Diario de Madrid
Sindicación
 
FANTASMAS
Otro mes para la saca de lo vivido. En el desván de los recuerdos y los olvidos se va acumulando este gran montante de días, que se mezclan en una confusión alegre de vivencias. Si no fuera por mi Diario, todo redundaría en la amalgama imprecisa de lo no escrito, un revuelto caudal de experiencia donde uno nunca encuentra lo que busca. De su magma en continua ebullición, surgen de vez en cuando, como piedras de rara belleza, hechos y casos. Sobre todo por las noches, cuando el sueño va llegando, repaso rostros que me visitan desde tiempos pretéritos y me hablan en un lenguaje cifrado que sólo yo entiendo. Espíritus de navidades pasadas que me sonríen benévolos y, a la frase mágica de "¿te acuerdas?", me traen en volandas conversaciones, circunstancias, horas felices del ayer. Aunque también los hay que me observan con ojos oscuros y brillantes, ojos feroces, y no me perdonan. Fantasmas que hacen daño, sobre todo. Como cualquiera que haya vivido lo suyo, también yo me arrepiento de muchas cosas que hice o dejé de hacer. Durante el día, no, pero cuando cae la noche y me envuelvo en la crisálida de mi cama, las fronteras entre vigilia y sueño se difuminan y cobran importancia, poderosísimos, ciertos personajes que en su momento formaron parte de mi cotidianidad y hoy ya no están, unos porque los barrí yo de la mente, otros porque se esfumaron, otros más porque –asomados al abismo de mi personalidad, cambiante y obtusa– eligieron un mutis por el foro más que sonado. Pienso en Roberto O, por ejemplo, uno de los misterios sin resolver en mi vida. Pienso en Chus, que pudo ser (y no fue) un grandísimo amor. Pienso en Aitor, a quien durante años conté entre mis amigos y luego se reveló poderoso antagonista. Pienso en mis padres, incapaces de dar la talla en según qué circunstancias –y, por ende, en mi hermano, que estos días habrá alcanzado la treintena en algún lugar de Irlanda. Pienso en Chusa, con su fealdad (física y espiritual) a cuestas y la necesidad imperiosa de ser cruel con los más débiles, para ocultar su propia debilidad. Espectros que revolotean sobre esa masa encefálica del pasado, barquitos de papel que surcan el piélago oscuro del olvido, y no se hunden nunca, por muchas tempestades que se les echen encima. A partir de una edad, se debe aprender a vivir, también, con estas visitas non gratas. Aceptar su presencia en ocasiones incómoda. E intentar que las aristas de sus palabras imaginarias no corten.
No