Diario de Madrid
Sindicación
 
GAYS LIGANDO
Nueva ola directa desde el Ártico (y van tres) que se nos cuela por la puerta de servicio y a través de la cocina alcanza a los dormitorios, al salón, al cuarto de costura. Esta noche he dormido bien, pero con la impresión de frío metida en el cuerpo, acompañando todos mis sueños, los mismos que se esfumaron no bien abrí los ojos a este mediodía gris y falto de sustancia. En el Colby, me tomo un café ya casi helado (más el zumo de naranja que ahora me obligo a beber cada mañana, por aquello de alimentarse bien y hacer caso a la muchedumbre de pepitogrillos que tengo por amigos) y escribo esto después de terminar la novela de la Gaite y antes de comenzar "Retrato de grupo con señora", de Heinrich Böll. Un entremés entre platos fuertes.
Suena música de jazz –del moderno, con mucho arreglo electrónico–, que el aleteo incesante de las conversaciones ahoga, en una maraña de ruidos dominical. Degusto el paso lento del tiempo sin pensar en que, dentro de tres horas a lo sumo, estaré en el curro delante de un ordenador. Para qué, si ahora mismo es esta circunstancia y nada más; el futuro se perfila en un horizonte de páginas y noticias, de cigarrillos consumidos cerca de la zona del baño (adonde nos han relegado a los fumadores, otra ideología demoníaca, seguro), de charlas entrecortadas con los compañeros, pero de momento es eso, una bruma de obligaciones a lo lejos, que ni siquiera me toca, ni contamina esta primera hora de la tarde entre libros y folios en blanco.
La noche del viernes fui al teatro ("En grilletes", de Las Grotesques, en la sala Alfil) con E y Evísima. Las entradas las conseguí gratis a través de A**, y después de la función nos acercamos hasta su bar para tomar la primera de la noche y agradecerle el detalle. Comienza a resultar más que evidente su coqueteo conmigo, y yo dejo que me regale los oídos pero sin mostrar ningún interés por él (bueno, esto que acabo de escribir no es del todo exacto, hay alguna mirada de especial intensidad, frases con "mensaje subliminal" que llegan a su destino, un juego de seducción que también yo acepto, porque si no no existiría). Me dijo que estoy muy guapo, y ya me contentó para el resto de la noche.
–Cómo sois los gays–, afirmó un poco más tarde E.
–No te entiendo.
–Ligando... Sois muy directos: hubo un momento, cuando A** y tú hablábais, en que sentí que nosotras dos sobrábamos.
–Las lesbianas también podeis ser muy directas.
–No tanto.
A lo mejor tiene razón. Los hombres, como tal (no importa si heteros u homos), suelen ir directos al grano, no permiten cabos sueltos en el aire. Me gustas, te gusto, vámonos a la cama. Las mujeres prefieren que haya un juego previo, dan vueltas a la posibilidad del romance y quieren pero no quieren: deshojan la margarita. Eso, la generalidad. Aunque yo he conocido mujeres muy directas –casi brutales en su demanda de sexo– y hombres que reservaban su flor para el primer príncipe azul que pase por su lado, con pedigrí, of course. Es verdad que el jueguecito entre A** y yo quizá trasluce muy a las claras cierta urgencia por tocarse, por besarse, por follar el uno con el otro, pero también lo es que yo me regodeo en estos preliminares, y muchas veces se quedan en agua de borrajas, sin ir a más. Esta vez también puede que el arroz se pase. No hay que olvidar que tiene novio: a mí no me gusta meterme en medio de una pareja. Todo se verá.
Después de la ración de erotismo (de bajísima intensidad) fuimos hasta un garito de Malasaña, donde jugamos al Trivial –Eva enfurruñada porque no ganó– y, ademásde alguna cervecilla, cayeron un bocata de lomo con queso y una ración enorme, desmesurada, de patatas bravas. Serían más de las tres cuando me bajé en marcha (ellas enfilaron para Chueca: E quería tomarse la última) y caí sobre la cama no bien llegué a casita.
Hablando de mi casa. Con la visita a Ikea de hace dos días, el aspecto del salón ha mejorado considerablemente. Me gasté más de doscientos euros (cómo se nota que ganas bien, Cornelio). Y hubiera podido ser el doble. Tantos eran los objetos que, con su canto de sirena, me decían cómpranos. Pasamos la tarde eligiendo mesas, lámparas, cojines,... luego quedé con M, que nos ayudó a subirlo todo hasta el cuarto sin ascensor en que vivo.
Ayer por la mañana, después de que se fuera la luz y yo me pusiera de muy mal gas por esto (al final no fue nada, vino un técnico de Unión Fenosa a las seis y pico de la tarde, movió dos o tres interruptores y, oh misterio, la luz se hizo; no me quiso cobrar nada), bajé a La Antorcha a desayunar y me encontré con Jose y Raquel, pareja amiga de Arturo, a quienes no veía desde hace más de un año. Nos sentamos juntos y pasamos un rato agradable, en plan tertulia mañanera –pero eran más de las dos de la tarde–, a la que un poco más tarde se unió M. Hemos quedado en vernos más a menudo, quizá estaría bien instituir los sábados al mediodía como reunión por alguno de los bares de la calle del Pez. Seguiremos en contacto, de todos modos, a través de los hilos mágicos y conductores de Internet. M se quedó conmigo hasta media tarde, me ayudó con la mesa del salón, que se resistía a ser montada, y luego comimos en un Kebab. Para las cinco se volvió a Lavapiés: anda enredado en un cuento que no podía dejar de lado. Hablamos de literatura, de cómo la ficción que uno recrea en su cabeza se va desarrollando y finalmente atrapa al autor, sin remedio. Yo me refugié en casa, y con Anita vi dos películas seguidas ("En la ciudad sin límites" y "Los otros"), con porros a tutiplén y cena pantagruélica. Para las dos de la mañana ya estaba en la cama, soñando con angelitos negros.

Encuentro, hace unos minutos, con G. Está guapo, el cabrón, a pesar de una perilla feísima que se empeña en mantener. Encima no deja de repetirme lo bueno que estoy yo (para él), esto parece una competición tipo "tú más", "no, tonto, tú", "que no, que mucho más tú". Me mira de arriba abajo con detenimiento, como calibrando el cuerpo que late y transpira a través de la ropa. Me hubiera gustado subir a su buhardilla y encamarme con él unas horas, fue un deseo violento que hube de reprimir, porque él andaba con prisa y yo tengo periódico (ahora, ya, en hora y media). Otro día será.
 
Comentario:
Pues es cierto que los gays solemos ser más directos y mareamos menos la perdiz, que cuando hay tias de por medio.
Los tios (gays y heteros) somos mucho más facilones y aprovechamos cualquier oportunidad.
Pero es q algunos ya se pasan de rapidos, y si no les estas comiendo la boca en medio minuto se piran porque te enrollas mucho.

Muchas veces es más excitante el propio juego de seducción que lo que viene despues...
No