Diario de Madrid
Sindicación
 
MADRID NEVADO
Al levantarme este mediodía y abrir el balcón, el blanco de la nieve sobre los tejados me ha vuelto niño de golpe. Anoche lloviznaba, pero nada hacía suponer que a partir de la madrugada la lluvia pasaría a ser cellisca y dejaría una capa de blancura sobre edificios, calles y coches. Dicen que el Windsor estaba hermosísimo esta mañana. No lo sé, no tengo mayor interés en engordar el grupo de gente que va en procesión hasta allí a sacar fotos como recuerdo. Soy muy poco fetichista con estas cosas. Pero la ciudad nevada y silenciosa, como en sordina... Qué gozada. Como cuando, el invierno de 1985, nevó sobre Santander y estuvimos dos días sin clase –muchos de nosotros veíamos la nieve por primera vez: aunque hubo un contacto previo, mínimo, cuando papá nos subió en coche hasta Peñacabarga años antes–, alucinados frente al espectáculo de una ciudad nueva que se superponía (como un guante a su mano) sobre la otra ciudad tan conocida. En el colegio nos mandaron escribir una redacción que por ahí andará (lo guardo todo, como buen Capricornio). Esos días quedaron grabados en la memoria, fueron una especie de colofón final a la infancia que ya se despedía, sin estridencias, por la puerta de atrás. Hoy veo las calles cubiertas a causa del furioso nevazo de anoche y he de reprimir el deseo de soltar los bártulos y ponerme a hacer un muñeco de nieve, con su zanahoria y todo, o liarme contra los viandantes en una batalla campal de bolas de nieve. Qué tendrá ésta, que me regresa a la candidez de otra época, no lo sé. Quizá la razón resida en que vengo de la costa y allí es prácticamente imposible ver una nevada. Algo que se convierte en fiesta entre semana.
Igual deslumbramiento me embargaba esta mañana, pero con el peso de los años y de las obligaciones. Ya somos mayores, por muchos afanes peterpanescos que nos muevan. El otro día me lo comentaba M:
–A veces me parece increíble que todos tengamos una profesión, que vivamos de ella y seamos independientes, con unos ingresos y unas obligaciones.
Tiene razón. Yo mismo, en lugar de hablar de la gente del trabajo, a veces me descubro diciendo "mis compañeros de clase". Como si no fueran conmigo el pagar un alquiler, subirme tíos a casa, hacer viajes que decido sin necesidad de pedir permiso a nadie, salir por la noche hasta la hora que me dé la gana. Supongo que le pasa a todo el mundo: este negarse a crecer, este beberse la vida a tragos sedientos, este espejismo de juventud eterna que, en ocasiones (hoy mismo, con la nieve sobre los tejados de Madrid), me arrebata. Y al no tener críos alrededor que con su crecimiento diario marquen la pauta del paso del tiempo, es mucho más sencillo esquivar la realidad dolorosa de que todo se termina, tarde o temprano. La vida la entiendo como una maravilla continua, un sucederse alucinado de experiencias a cada cual más intensa. Definitivamente, soy un tipo feliz.
Ayer comí con M y Cristina, sin H (que estaba en la piscina, empeñado en perder peso). Cristina nos ha ofrecido corregir libros que la Fundación para la que trabaja tiene pensado publicar. Sería una pastizara por cada libro, y nos hemos comprometido a hacerlo entre los dos. El tema de la corrección recaería –mayormente– en mí, y M se encargaría de la edición. Me parece bien. Luego lo cobraría él y nos repartiríamos las ganancias, porque si en algún papel constara que lo cobro yo, luego Hacienda se iba a afilar de lo lindo las uñas conmigo.

He releído lo que llevo escrito de la historia de Julio y debo reconocer que me ha sorprendido. No está mal, la narración no pierde pulso, el tono es el adecuado. Lo recordaba todo más farragoso, como un batiburrillo de frases recargadas, excesivas. Hay que podar, por supuesto, pero creo que voy por buen camino. Las ganas de continuar con ello, ni qué decir, se han incrementado muchísimo.
Lo más complicado va a ser mostrar la vida en La Habana, que desconozco por completo. Es cierto que puedo echar mano de mis recuerdos de Santo Domingo (y del Diario de viaje que escribí, más de treinta páginas), pero supongo que la diferencia entre ambas capitales será tremenda. A Julio no quiero preguntarle, claro –prefiero que no sepa que escribo sobre él–, me queda Tony, que de cuando en cuando me llama. Un café con él (o varios) sería la solución.
 
Comentario:
Como buena capricornio yo no creo en los horoscopos... :)
No