PESADOS: ESPECIE EN DESARROLLO
Ya se han ido, con sus maletas a cuestas, mis invitadas búlgaras. Camino del Rastro, porque se empeñaron en comprar algo de recuerdo.
–¿Pero vais a ir al Rastro con todo el equipaje encima? Es un lugar muy concurrido...
–No te preocupes, está bien así.
Las acompañé a un taxi y le di la dirección al conductor, no fuera a pasearlas por media ciudad para engordar la carrera. Ahora vuelvo a estar tranquilo, me deslizo suavemente hacia la rutina de los domingos. Sin resaca, aunque anoche bebí lo mío. Primero cenamos en La Nieta, calle Libertad. Más tarde, ya animados con el vino, le llegó el turno a La Fábrica de Pan. Recalamos en Angie sobre las doce y pico de la noche, y allí se intensificó un poco el coqueteo de Virginia conmigo.
–¿Qué quieres?–, le pregunté nada más entrar.
–No me preguntes eso, porque igual te lo digo...
–Bueno, bueno, ¿qué quieres de beber?
–Así mejor. Un vodka con naranja, darling.
A última hora se nos unió R, que andaba por la zona y me había llamado al móvil. Fue un alivio, porque el peso de la conversación dejó de recaer solamente en mí y pude relajarme un poco. Terminamos la minijuerga en un bareto cercano a Dos de Mayo, creo que se llamaba Garage Sónico. Un garito lleno de gente y de humo, entrabas a una primera estancia de la que salía un pasillo que se alargaba y alargaba hasta desembocar en una sala enorme, repleta hasta los topes de chicos y chicas bebiendo, bailando, besándose. Allí casi me pego con un pesado que entró a M**. Ya el hecho de estar con una tía en un local y que se acerquen a ella como si yo no existiera, me mosquea. Lo reconozco: ¿es que se me ve tan maricón que resulta evidente que sólo somos amigos?, ¿o como uno es poca cosa no tienen ningún reparo en colarse en la conversación porque suponen que semejante piltrafilla no es rival de altura? El caso es que no me hace ni puta gracia. El tipo pretendía beberse la copa de M**. Como una tonta, ella le dio dinero para una cerveza. Ya no nos le quitamos de encima hasta que salimos de allí, y yo notaba cómo se me iba erizando la mala hostia por el pecho hasta la garganta. Él trató de darme palique, pero le corté en seco.
–Mira, tío, no me hables, que tienes un morro que te lo pisas.
–Pero colega, ¿qué dices?
–Lo sabes muy bien. No quiero hablar contigo.
–Ojalá nunca pases hambre...
–Si tengo hambre, pringao, me jodo. Pero no voy rapiñando copas por ahí.
El mundo está lleno de pícaros. Y la noche, más. Y la noche madrileña, ni te cuento.
–¿Pero vais a ir al Rastro con todo el equipaje encima? Es un lugar muy concurrido...
–No te preocupes, está bien así.
Las acompañé a un taxi y le di la dirección al conductor, no fuera a pasearlas por media ciudad para engordar la carrera. Ahora vuelvo a estar tranquilo, me deslizo suavemente hacia la rutina de los domingos. Sin resaca, aunque anoche bebí lo mío. Primero cenamos en La Nieta, calle Libertad. Más tarde, ya animados con el vino, le llegó el turno a La Fábrica de Pan. Recalamos en Angie sobre las doce y pico de la noche, y allí se intensificó un poco el coqueteo de Virginia conmigo.
–¿Qué quieres?–, le pregunté nada más entrar.
–No me preguntes eso, porque igual te lo digo...
–Bueno, bueno, ¿qué quieres de beber?
–Así mejor. Un vodka con naranja, darling.
A última hora se nos unió R, que andaba por la zona y me había llamado al móvil. Fue un alivio, porque el peso de la conversación dejó de recaer solamente en mí y pude relajarme un poco. Terminamos la minijuerga en un bareto cercano a Dos de Mayo, creo que se llamaba Garage Sónico. Un garito lleno de gente y de humo, entrabas a una primera estancia de la que salía un pasillo que se alargaba y alargaba hasta desembocar en una sala enorme, repleta hasta los topes de chicos y chicas bebiendo, bailando, besándose. Allí casi me pego con un pesado que entró a M**. Ya el hecho de estar con una tía en un local y que se acerquen a ella como si yo no existiera, me mosquea. Lo reconozco: ¿es que se me ve tan maricón que resulta evidente que sólo somos amigos?, ¿o como uno es poca cosa no tienen ningún reparo en colarse en la conversación porque suponen que semejante piltrafilla no es rival de altura? El caso es que no me hace ni puta gracia. El tipo pretendía beberse la copa de M**. Como una tonta, ella le dio dinero para una cerveza. Ya no nos le quitamos de encima hasta que salimos de allí, y yo notaba cómo se me iba erizando la mala hostia por el pecho hasta la garganta. Él trató de darme palique, pero le corté en seco.
–Mira, tío, no me hables, que tienes un morro que te lo pisas.
–Pero colega, ¿qué dices?
–Lo sabes muy bien. No quiero hablar contigo.
–Ojalá nunca pases hambre...
–Si tengo hambre, pringao, me jodo. Pero no voy rapiñando copas por ahí.
El mundo está lleno de pícaros. Y la noche, más. Y la noche madrileña, ni te cuento.
Comentario:
La verdad es que yo he estao en muchas como esa....con pesao de turno...y siempre me he preguntao, al iwual que tu, si tanto se me nota la vena rosa....
Será cosa del aura?
Será cosa del aura?