Diario de Madrid
Sindicación
 
VISITA
A la espera de que sean las cuatro y media para ir a buscar a M** y Virginia al aeropuerto. Disfruto del mediodía en La Sueca, calle Hortaleza, con un café bien caliente, el dolor sordo pero molesto del flemón –aunque tiene los minutos contados: ahora mismo me doparé con el Ibuprofeno que he comprado en la farmacia–, la cabeza a pájaros y muy pocas ganas de ponerme en marcha camino de Barajas. Anoche, a pesar de que la cita era en firme desde hacía días, decidí quedarme en casa en lugar de salir por ahí con Héctor y compañía (Lavapiés... muy alejado de mi zona para lo bajo de ánimo que yo estaba; no había fuerzas para cruzar el Rubicón de Gran Vía). P** estuvo en casa, en plan polvo de médico, y después me dominó la pereza de vestirme de nuevo y poner la maquinaria (chucuchú, chucuchú) en marcha. Demasiado invierno soplando por las esquinas.
El encuentro con P** no me dejó buen sabor de boca. Resulta evidente que de esta historia no va a surgir mucho más de lo que ya hay –a saber, buen rollo comunicativo y una tensión sexual evidente–, ni siquiera sé si yo deseo algo más. Pero lo cierto es que me sabe a poco. No sé. Yo creo que debería salir de mi caparazón y largarme por esos bares del centro, a ver qué pasa y a quién conozco. Me apetece una aventura loca, no reglada. Y esto excluye a la pareja, con sus cadenas invisibles que con el tiempo se hacen bien reales e impiden todo movimiento, pero también al simple verse cada seis o siete días para, tras unos preliminares más o menos largos, terminar en la cama y desfogar las ganas acumuladas durante la semana. Él no tiene culpa de nada, desde el principio quedaron las cosas claras: soy yo quien no termina de encontrarle el punto a esto nuestro que, por no tener, ni siquiera cuenta con un nombre que lo defina. Al final, hasta va a alentar un corazoncito romántico y apasionado dentro de esta armazón de acero y cristal que soy...
Buenas noticias en el curro. El director me habló el otro día de subirme el sueldo, "porque ganas muy poco y eso no es justo". Se me puso cara de idiota. Fui muy sincero con él: si no existieran los extras que consigo publicando (y que cada mes incrementan mi nómina en seiscientos euros), estaría de acuerdo con él, pero en general me siento bien pagado.
–No me digas eso. Nunca afirmes algo así delante de tu jefe. Hay que quejarse siempre.
–Contigo tengo confianza y no voy a mentirte. Claro que una subida me viene de puta madre.
–Pues entonces ya está. Calculo que para abril se podrá hacer. Aunque ya sabes cómo funcionan las cosas aquí. Debo esperar el momento preciso para conseguirlo.
Qué bien. Así que aquí estoy, esperando a que el momento preciso se digne a hacer acto de presencia. Prefiero no hacerme ilusiones vanas hasta que vea reflejado todo esto en la nómina. Se barajó un aumento de cerca de cuatrocientos euros al mes.

Paula se fue para Santander –y Anita, durante el finde, con ella–, así que tengo la casa para mí solo. Con la marcha de Patricia, se impone una visita esta semana a Ikea. Hacen falta dos mesas, algo de vajilla, cubertería y platos. También quiero pasar por Menaje del Hogar (donde compré la nave espacial que tengo por televisor) y hacerme con un DVD/vídeo. Con esto y una lámpara de pie, ya tendríamos el salón resuelto.
Ayer comí con E en su piso. Pollo asado a manta –me puse hasta arriba–, luego tele y porrito. Me costó arrancarme del sofá, a las seis y pico, y si lo hice fue porque ya había quedado con P** en La ida, una hora más tarde.

Son las ocho de la noche y descanso, por un momento, de la presencia de mis invitadas, que se han ido de compras por la Gran Vía. Toda la tarde hablando inglés, me ha puesto la cabeza como un bombo: se quedan en casa y mucho me temo que no habrá medio de quitármelas de encima. Pretenden cenar conmigo y salir un rato por ahí. ¿Adónde llevarlas? Ni idea. Todas mis ganas de noche se han ido al traste con esta visita inesperada... M** sigue igual que siempre, parece que los años no pasan por ella (y me saca unos cuantos): con su melena rizada y de tintes rojizos, su rostro eslavo de anchos pómulos y nariz respingona, los azules ojos engastados en un gesto de sorpresa. Virginia se ha hecho mayor: de la "teenager" reidora que yo recordaba, ha surgido esta hermosa mariposa de vivos colores que, me parece, me mira con ojos golositos. Su inglés ha mejorado muchísimo, y ya no queda ni rastro en su apariencia de la tímida búlgara perdida en la gran ciudad que yo conocí hace seis años.
 
Comentario:
No te preocupes por lo de P, supongo que es como todo, se pasa pagina y a otra cosa. Es eso lo correcto no???
No