GERRY ADAMS
Ayer recibí una llamada desde Londres. Era M**, mi mujer búlgara. Este año se cumplen cinco desde que logró los papeles y ahora debemos firmar no sé qué para que a ella le concedan la residencia definitiva. Así que, en lugar de pagarme un viajecito al Reino Unido para este fin de semana (que era lo que yo esperaba cuando, muy sibilina, me preguntó qué hacía este finde y si no tenía ganas de verla... "sí, sí", contesté yo sin pensarlo dos veces), se viene para Madrid este sábado, en plan viaje relámpago –menos de veinticuatro horas– y sorpresa: no sé si pretende quedarse en casa, donde no hay espacio suficiente. Encima no viene sola, lo hace con dama de honor. Virginia. Una chiquita con la que en su momento coqueteé sin llegar nunca a mayores. La historia de M** daría para más de una entrada de Diario, pero de momento se queda en la sombra; no es cuestión de complicar las cosas con la Justicia de Su Graciosa Majestad.
Hoy me he vuelto a levantar con resaca. Presiento que esta nueva era en compañía de Anita va a estar llena de acontecimientos con los bares como centro neurálgico. Mi natural deseo de permanecer dentro de la concha no va a poder continuar por mucho tiempo. Anoche se pasaron Paula y ella (junto con una amiga que apenas despegó la boca) por el Angie. Donde E y yo estábamos en plan relax después de una típica jornada de trabajo en el periódico. O sea, neuróticos perdidos hasta que nos pusieron un par de cervezas enfrente. E me comentaba la impresión tan positiva que le había producido Gerry Adams en el Círculo de Bellas Artes esa misma mañana. Yo pasé de ir, demasiado temprano para mí. Además, nunca me he sentido especialmente atraido por los políticos, quiero decir que verlos en persona, tocarles la ropa o hablar con ellos no me emociona en absoluto. Por lo visto, el hombre es un político de fuste, y a ella al menos la encandiló con su manera de hablar y cómo expresaba sus ideas.
–Si Llamazares fuera así...
Pero no lo es. La izquierda en este país es un hervidero de pequeñas corrientes que se atacan las unas a las otras, hoy se alían contra una guerra y crean la ilusión de unidad necesaria para derrocar tanta rancia costumbre como impera por estos pagos, mañana se descuartizan por culpa de una prebenda o un quítame allá esos votos, siempre una parcela –por mínima que ésta sea– de poder real. Por eso es tan complicado el juego democrático (por eso y por muchas otras cosas, claro): por una parte, una derecha monolítica vota en bloque lo que le echen, cualquier cosa que digan sus líderes es aceptado (casi) como dogma de fe; y mientras, la izquierda se desangra en inútiles batallas fraternas por un término o una idea. Los socialistas son otra cosa, el partido híbrido que aglutina conceptos y los pasa por la minipímer del marketing y lo políticamente correcto. Aunque en esencia no me disgusta su acción de gobierno, nunca me he fiado del todo de ellos. Será un resto de la educación conservadora y pepeísta (entonces, apeísta) que sufrí de pequeño.
Me siento a una de las mesas altas del Colby, con el amplio y limpio ventanal a mi izquierda y una sucesión de bellezas, en marea ascendente y descendente, que pasan por la calle. Alguno de ellos me corta la respiración, son como cuadros neoclásicos que hubieran cobrado vida y se pasearan por el mundo para deleite de unos pocos y envidia (nada sana... los dientes me llegan hasta el suelo) de muchos. Camisetas con fórmulas mágicas o frases expresivas, pantalones anchos, gorros invernales; toda la parafernalia de esta joven generación que se lanza al mundo con hambre atrasada, que devora la vida como si ésta fuera una aventura continua, un más difícil todavía que les llenará de experiencia. Después, ya con la famosa experiencia ganada, todo pierde fuste, brillo, la superficie de las cosas no está satinada como antes y debajo de ella, muchas veces, no hay más que dolor e indiferencia.
Hoy me he vuelto a levantar con resaca. Presiento que esta nueva era en compañía de Anita va a estar llena de acontecimientos con los bares como centro neurálgico. Mi natural deseo de permanecer dentro de la concha no va a poder continuar por mucho tiempo. Anoche se pasaron Paula y ella (junto con una amiga que apenas despegó la boca) por el Angie. Donde E y yo estábamos en plan relax después de una típica jornada de trabajo en el periódico. O sea, neuróticos perdidos hasta que nos pusieron un par de cervezas enfrente. E me comentaba la impresión tan positiva que le había producido Gerry Adams en el Círculo de Bellas Artes esa misma mañana. Yo pasé de ir, demasiado temprano para mí. Además, nunca me he sentido especialmente atraido por los políticos, quiero decir que verlos en persona, tocarles la ropa o hablar con ellos no me emociona en absoluto. Por lo visto, el hombre es un político de fuste, y a ella al menos la encandiló con su manera de hablar y cómo expresaba sus ideas.
–Si Llamazares fuera así...
Pero no lo es. La izquierda en este país es un hervidero de pequeñas corrientes que se atacan las unas a las otras, hoy se alían contra una guerra y crean la ilusión de unidad necesaria para derrocar tanta rancia costumbre como impera por estos pagos, mañana se descuartizan por culpa de una prebenda o un quítame allá esos votos, siempre una parcela –por mínima que ésta sea– de poder real. Por eso es tan complicado el juego democrático (por eso y por muchas otras cosas, claro): por una parte, una derecha monolítica vota en bloque lo que le echen, cualquier cosa que digan sus líderes es aceptado (casi) como dogma de fe; y mientras, la izquierda se desangra en inútiles batallas fraternas por un término o una idea. Los socialistas son otra cosa, el partido híbrido que aglutina conceptos y los pasa por la minipímer del marketing y lo políticamente correcto. Aunque en esencia no me disgusta su acción de gobierno, nunca me he fiado del todo de ellos. Será un resto de la educación conservadora y pepeísta (entonces, apeísta) que sufrí de pequeño.
Me siento a una de las mesas altas del Colby, con el amplio y limpio ventanal a mi izquierda y una sucesión de bellezas, en marea ascendente y descendente, que pasan por la calle. Alguno de ellos me corta la respiración, son como cuadros neoclásicos que hubieran cobrado vida y se pasearan por el mundo para deleite de unos pocos y envidia (nada sana... los dientes me llegan hasta el suelo) de muchos. Camisetas con fórmulas mágicas o frases expresivas, pantalones anchos, gorros invernales; toda la parafernalia de esta joven generación que se lanza al mundo con hambre atrasada, que devora la vida como si ésta fuera una aventura continua, un más difícil todavía que les llenará de experiencia. Después, ya con la famosa experiencia ganada, todo pierde fuste, brillo, la superficie de las cosas no está satinada como antes y debajo de ella, muchas veces, no hay más que dolor e indiferencia.
Comentario:
Quizás si lo digo queda mal, pero me quedaba con las ganas: me he quedao muelta con lo de tu "mujer" búlgara, córcholis!
Referente a lo de la Izquierda, muy de acuerdo...me consideraría de Izquierdas acérrimamente si el plan que tienen fuera un consenso por todos los que están, o pretenden estar y/o ser...
Cuídate!
Referente a lo de la Izquierda, muy de acuerdo...me consideraría de Izquierdas acérrimamente si el plan que tienen fuera un consenso por todos los que están, o pretenden estar y/o ser...
Cuídate!