LIBRE, LIBRE
Según me levanté esta mañana y leí la nota que Patricia me había dejado en el salón, sentí que el corazón cesaba en su latir acompasado mientras un coro de ángeles (Aleluyah, aleluyah) me susurraba al oído y el tiempo se detenía, maravillosamente, por un segundo. Patricia se va de casa, ha encontrado un piso junto con Pedro y vivirán los dos, en amor y compañía, su peculiar historia hecha de frases en diminutivo y engaños sutiles. No quepo en mí de felicidad: parece que Anita ha llegado con el pan de esta liberación bajo el brazo. Aún no he hablado con Patricia, pero supongo que se irá para el uno de marzo. Después de algo menos de cuatro años, se cierra una etapa y comienza otra. No podía suceder en mejor momento: ahora que mi prima está aquí, me apetece vivir con ella y con nadie más. Se trasladará a la habitación de Patricia (mucho más grande y con balcón al exterior), el cuarto pequeño lo acondicionaremos como cuarto de invitados y podremos ir adecentando las zonas comunes, haciendo más vivible el piso. Con lo que gano, puedo permitirme el pagar dos tercios de la renta y hacer, poquito a poco, pequeñas reformas. Esto es un sueño hecho realidad, algo en lo que prefería no pensar porque jamás imaginé que fuera a suceder de una manera tan rápida y sencilla.
Estoy en La Antorcha y acabo de escribir un artículo del tirón. Me lo encargó el otro día E B, mi dire, así que no dudo de que se publicará. He sido todo lo cañero que a él le gusta. Con las ganas y con la energía con que he salido a la calle, podría haberme pedido cuatro, que se los hubiera escrito. Afuera hace bastante frío, y me adormezco con la música romanticona de Kiss FM, a pesar de los cafés y de un flemón que me nació esta madrugada. Durante el sueño y a traición, como suele pasar con los flemones (malditos). Como estoy sin móvil (anoche me lo dejé en el periódico), el tiempo es un concepto sin entidad propia, que se acelera o ralentiza según el ánimo de cada uno. Ignoro si son las doce o la una de la tarde. Por ahí, por ahí.
Ayer por la tarde, antes de ir a trabajar, pasé un rato por el BAires. Vi a Pilar en la acera, atendiendo a una mujer desmayada en plena calle, justo a las puertas del local. Una personilla insignificante, de pelo sucio y escaso, peinado de cualquier manera, a pegotes castaños, rostro hinchado de bebedora habitual y la mirada extraviada, muy azul y como vencida. La mujer había caído al suelo sin motivo aparente. Y se negaba a levantarse de allí. Con un poco de mano zurda, y hablando con ella para que se tranquilizara, entre una señora y yo conseguimos levantarla para que se sentase en el escalón de entrada al BAires. Enseguida me envolvió un hedor insufrible a vino barato y poca higiene personal. Si no borracha, era evidente que la tía andaba más ida que cuerda. Pilar y yo esperamos a pie de cañón la llegada del Samur –hacía un frío intensísimo, a mí me castañeteaban los dientes– y, una vez se la llevaron, entramos al bar con el bienestar que crea el haber ayudado al prójimo pintado en la cara y la satisfacción calentándonos por dentro, pero también con un sentimiento de culpa porque estábamos deseando un café bien caliente que nos templara el cuerpo mientras que afuera, en la inmensidad caótica que es Madrid (con príncipes y mendigos en cada esquina), hay gente como esa pobre mujer alcoholizada y envejecida. Lo de siempre: yo hace años que me busco la vida y no he de agradecerle a nadie mi actual situación de bonanza (bueno, a alguno que otro sí); pero existen muchas personas que no han tenido la misma fortuna, y su vida se consume en las colas del Inem y por los sumideros de este mundo globalizado y cibernético que no se hizo para ellos. Cómo no sentirse culpable.
Estoy en La Antorcha y acabo de escribir un artículo del tirón. Me lo encargó el otro día E B, mi dire, así que no dudo de que se publicará. He sido todo lo cañero que a él le gusta. Con las ganas y con la energía con que he salido a la calle, podría haberme pedido cuatro, que se los hubiera escrito. Afuera hace bastante frío, y me adormezco con la música romanticona de Kiss FM, a pesar de los cafés y de un flemón que me nació esta madrugada. Durante el sueño y a traición, como suele pasar con los flemones (malditos). Como estoy sin móvil (anoche me lo dejé en el periódico), el tiempo es un concepto sin entidad propia, que se acelera o ralentiza según el ánimo de cada uno. Ignoro si son las doce o la una de la tarde. Por ahí, por ahí.
Ayer por la tarde, antes de ir a trabajar, pasé un rato por el BAires. Vi a Pilar en la acera, atendiendo a una mujer desmayada en plena calle, justo a las puertas del local. Una personilla insignificante, de pelo sucio y escaso, peinado de cualquier manera, a pegotes castaños, rostro hinchado de bebedora habitual y la mirada extraviada, muy azul y como vencida. La mujer había caído al suelo sin motivo aparente. Y se negaba a levantarse de allí. Con un poco de mano zurda, y hablando con ella para que se tranquilizara, entre una señora y yo conseguimos levantarla para que se sentase en el escalón de entrada al BAires. Enseguida me envolvió un hedor insufrible a vino barato y poca higiene personal. Si no borracha, era evidente que la tía andaba más ida que cuerda. Pilar y yo esperamos a pie de cañón la llegada del Samur –hacía un frío intensísimo, a mí me castañeteaban los dientes– y, una vez se la llevaron, entramos al bar con el bienestar que crea el haber ayudado al prójimo pintado en la cara y la satisfacción calentándonos por dentro, pero también con un sentimiento de culpa porque estábamos deseando un café bien caliente que nos templara el cuerpo mientras que afuera, en la inmensidad caótica que es Madrid (con príncipes y mendigos en cada esquina), hay gente como esa pobre mujer alcoholizada y envejecida. Lo de siempre: yo hace años que me busco la vida y no he de agradecerle a nadie mi actual situación de bonanza (bueno, a alguno que otro sí); pero existen muchas personas que no han tenido la misma fortuna, y su vida se consume en las colas del Inem y por los sumideros de este mundo globalizado y cibernético que no se hizo para ellos. Cómo no sentirse culpable.