BISABUELA
El invierno es una serpiente de hielo, ahora en febrero, que se insinúa apenas y, un segundo más tarde, muerde a traición e inocula su veneno de frío y destemplanza. Hoy se ha hecho notar y ralentiza los pasos de la gente por la calle, como autómatas que se desplazan de un lado para otro y suspiran, ay, por el buen tiempo. Paciencia, Cornelio, y a barajar.
Me refugio de las bajas temperaturas en el Laan. A través del ventanal, observo el acolchado de piedra de los edificios de enfrente, que a veces se impregna de sol porque un rayo travieso consiguió penetrar las nubes compactas y oscurísimas que amenazan lluvia. Aquí dentro, pocos clientes y música del desierto: un café sobre mi mesa, el paquete de tabaco y el móvil, los ensayos de Martín Gaite y este conjunto desordenado de folios en los que escribo, tejo y destejo el tapiz de mi vida. Anoche fui caliente a la cama, después de unos porros y varios tercios en el Angie, donde estuve confraternizando con mis primas Paula y Anita. Son un encanto de niñas (no tan niñas: cumplirán 26 y 24 años en los próximos meses). Aparecieron por allí sobre las doce y media, las presenté a R, que se quedó un rato con nosotros, y luego ya dimos rienda suelta a una conversación de las nuestras, en que se mezclan retazos de memoria a tres, cambiadas las cosas de sitio según a quién pertenezca el ojo que fue testigo de la acción. Hablamos de la Bisa, por ejemplo, que para Anita es poco más que un nombre mítico (tenía dos años y medio cuando murió), alguien a quien los adultos hacían referencia de cuando en cuando. Algo más recuerda Paula.
–Íbamos con abuelita al cuarto de la Bisa y le dábamos la pastilla. Era una especie de honor: te sentías importante cuando te tocaba hacerlo.
Yo, que fui el bisnieto mayor, la conocí mucho más profundamente, claro. No en vano contaba casi trece años al morir ella. Les narré la historia del día en que le salvé la vida. Fue durante una celebración familiar –el aniversario de boda de mis abuelos, quizás– y yo rondaría los siete años, porque es seguro que aún no había hecho la Primera Comunión. Había chipirones en su salsa para comer, y todos menos la Bisa estábamos en el salón. Ella era quien cocinaba, y aquel espacio diminuto conformaba su reino, en el que no permitía la entrada a nadie, ni siquiera a su hija, celosa de sus dominios. Y aunque todo el mérito de esas comidas era suyo, jamás participó en una de ellas, al menos que yo sepa. Como si fuera la criada, y no se sintiera cómoda en el mundo opulento y ruidoso de sus señores, se quedaba en la cocina a comer, sentada en una silla baja que aún sobrevive en casa de mis abuelos, donde tantas veces la viera pelando patatas, el pelo de un blanco bastardo, que amarilleaba en las puntas, retorcido en un moño pequeño a la altura casi de la nuca. Rarezas suyas, como la manía de no salir nunca a la calle: creo que la última vez fue en la boda de mis padres. Existe una fotografía que lo atestigua, en ella se ve, en la terraza del Casino, a papá y mamá jovencitos y emperifollados, ella de riguroso blanco, él con traje y corbata (se negó a llevar chaqué), flanqueando a una señora menuda y regordeta, de piernas arqueadas, vestido "de alivio" y gafas de concha. Ellos dos miran a la cámara mientras que la Bisa levanta la vista al cielo, en un gesto desafiante, porque no quiere que la retraten y le han obligado a hacerlo. Todo un carácter, mi bisabuela. Enviudó en 1923, con veintisiete años y tres hijos de cuatro, dos y un año. Primero intentó sobrevivir abriendo una pensión, pero no se le debieron dar muy bien los números, porque aquella aventura empresarial duró muy poco. Más tarde, repartidos los niños cada uno en lugares diferentes (mi abuela pasó largas temporadas en casa de unos tíos, en Reinosa, y siempre se quejó de esa falta de calor familiar que vivió tan pequeña), se enroló en un transatlántico de lujo como camarera. Muy pronto cambió las mesas por las vendas, porque decía que no le gustaba servir a nadie, así que mintió sobre sus conocimientos de medicina (nulos) y los siguientes once años se los pasó navegando por esos mares de dios, como falsa enfermera. Tuvo suerte, y nunca sucedió nada más allá de unos cortes sin importancia o algún dolor de cabeza. Estuvo en Alemania (la Alemania de Hitler, primeros treinta), en Brasil, en Estados Unidos, en Argentina. En realidad, si hay que hacer caso a la leyenda familiar, no disfrutó mucho esos viajes, porque habitualmente, cuando hacían escala, se quedaba arriba en el barco y no bajaba a tierra, por aquello de ahorrar al máximo para luego emplearlo en la educación de sus retoños. Una lástima. Tampoco volvió a casarse, dicen que dijo que no deseaba un padrastro para sus hijos (otra vez, según la leyenda familiar). No sé, de ser cierto me parece una pérdida de tiempo y de energía, los hijos nunca te agradecen estas cosas, vuelan lejos del nido y si te he visto no me acuerdo. Prefiero pensar que en alguno de aquellos viajes fantásticos por tierras lejanas hizo amistad con alguien y disfrutó un poco de lo que la vida le ofrecía. En fin. Llegada la Guerra Civil, volvió a Santander y ya no se movió de allí. Cuando mis abuelos se casaron, en el 43, se quedó a vivir con ellos para siempre, durante cuarenta largos años en los que pinchó todo lo que pudo a mi abuelo (su yerno, nunca se llevaron del todo bien) y tiranizó de muchas y muy sutiles maneras a abuelita, que era tonta y se dejaba mangonear por su madre. Al nacer yo, en Bilbao, se trasladó hasta allá para cuidar de su bisnieto mayor y ayudar a su nieta preferida, pero no duró ni tres semanas. En cuanto trató de repetir con la nueva generación idénticos hábitos y mangoneos que con la vieja, se encontró con la oposición férrea de mamá ("A mí no me hables así, abuelita", llegó a soltarle en medio de una discusión que comenzaba a subir de tono) y enseguida hizo las maletas para Santander. Fue su último viaje a un mundo exterior que cada día comprendía menos. Aún la recuerdo activa y lúcida, cuando me preparaba los huevos con bechamel, que me encantaban. Pero poco a poco fue perdiendo fuste y los últimos tres o cuatro años los pasó en cama, prácticamente inválida después de varias trombosis. Lo que cuento a continuación es anterior a esa última época de enfermedad y miserias.
En medio de la comida, fui a la salita a por algo, y al atravesar el pasillo crucé por delante de la cocina. Vi a la Bisa en el suelo, retorciéndose con las manos en la garganta. Pensé que era rarísimo que mi bisabuela hiciera esos malabares ahí tirada, era la primera vez que veía a un adulto hacer cosas tan extrañas, tan fuera de su ser habitual. Continué hacia la salita, quizás contando con que, a mi vuelta, ella estaría sentada en su silla, con un plato sobre las rodillas y comiendo, que todo habría sido un espejismo absurdo del que no quedaría ni rastro. Pero no, allí seguía, luchando contra algo que la iba venciendo, porque sus movimientos se iban haciendo más leves, como si no tuviera ya fuerzas. A punto estuve de callarme la boca y no decir nada, total, serían cosas de mayores que a mí ni me iban ni me venían. Menos mal que no seguí ese primer impulso.
–¿Qué hace la Bisa tirada en el suelo de la cocina?–, pregunté con un hilo de voz.
Hubo un movimiento acelerado de todo el mundo hacia la cocina, la levantaron en vilo y consiguieron que escupiera el trozo de comida que se le había quedado atravesado en la garganta. Yo me sentí importante. Gracias a mí, aquello no acabó en tragedia. Es algo que nunca he olvidado. Por eso, cuando siglos después se lo recordé a mis padres, me dio mucho coraje descubrir que no lo recordaban en absoluto, que la historia se había borrado por completo de su mente. Incluso bromearon con la idea de que me había inventado toda la escena. Fue como si me quitaran algo mío. El soldado raso que, después de una acción de guerra especialmente arriesgada, no ve reconocido su valor en combate y todavía ha de pasar unos días en el calabozo, como castigo.
Paula me comentó que el otro día, cuando abuelito supo que Anita y yo viviremos juntos, se echó a llorar.
–¿Cornelio y ella? ¿En casa de él? Qué bien...
Pobre hombre. Entre una cosa y otra, cada vez está más sensible.
Comí con G en su casa de Vázquez de Mella. Un antiguo desván con los techos agaterados que ha amueblado con gusto exquisito, en tonos blancos, con una facilidad para combinar formas y colores que siempre me provoca envidia, porque yo no la tengo. Me recibió a pecho descubierto, consciente del impacto de su torso moreno, imberbe y levemente musculado. Con tanto blanco, su cuerpo de anguila parecía una pintura prehistórica sobre la pared, o mejor aún, recordaba a uno de esos esclavos egipcios inmortalizados en las tumbas de sus amos. Se tiró todo el rato hablándome de sus muchos proyectos, ignoro cuántos serán reales y cuántos producto de su imaginación. Este chico siempre me provoca una desconfianza tremenda, nunca sé cuándo me miente y si dice o no la verdad. Por lo visto, trabaja montando un negocio aquí, en Madrid. Su jefe, un cincuentón valenciano que anda detrás suyo, se comporta con G como un novio celoso y posesivo, cosa que a éste le agobia.
–Siempre quiere que se la chupe. No le gusta follar, tampoco quiere que le follen: sólo disfruta cuando le comen la polla.
–...
–Alguna vez se lo he hecho. Total, es un rato de nada y me paga más de mil euros al mes por cerca de cuatro horas al día.
–Claro, claro.
Reconozco que me escandalizó, eso tiene un nombre muy significativo en el diccionario. Pero allá él con su vida, no me meto.
–Qué pena que estés mal de los bajos, si no, después de comer, echábamos un polvazo como postre–, me soltó entre plato y plato. Yo tuve un principio de erección que traté de disimular bebiendo más coca cola.
–Ya, una lástima.
A los postres, con música de jazz y el sol entrando por la ventana, le di su regalo.
Me refugio de las bajas temperaturas en el Laan. A través del ventanal, observo el acolchado de piedra de los edificios de enfrente, que a veces se impregna de sol porque un rayo travieso consiguió penetrar las nubes compactas y oscurísimas que amenazan lluvia. Aquí dentro, pocos clientes y música del desierto: un café sobre mi mesa, el paquete de tabaco y el móvil, los ensayos de Martín Gaite y este conjunto desordenado de folios en los que escribo, tejo y destejo el tapiz de mi vida. Anoche fui caliente a la cama, después de unos porros y varios tercios en el Angie, donde estuve confraternizando con mis primas Paula y Anita. Son un encanto de niñas (no tan niñas: cumplirán 26 y 24 años en los próximos meses). Aparecieron por allí sobre las doce y media, las presenté a R, que se quedó un rato con nosotros, y luego ya dimos rienda suelta a una conversación de las nuestras, en que se mezclan retazos de memoria a tres, cambiadas las cosas de sitio según a quién pertenezca el ojo que fue testigo de la acción. Hablamos de la Bisa, por ejemplo, que para Anita es poco más que un nombre mítico (tenía dos años y medio cuando murió), alguien a quien los adultos hacían referencia de cuando en cuando. Algo más recuerda Paula.
–Íbamos con abuelita al cuarto de la Bisa y le dábamos la pastilla. Era una especie de honor: te sentías importante cuando te tocaba hacerlo.
Yo, que fui el bisnieto mayor, la conocí mucho más profundamente, claro. No en vano contaba casi trece años al morir ella. Les narré la historia del día en que le salvé la vida. Fue durante una celebración familiar –el aniversario de boda de mis abuelos, quizás– y yo rondaría los siete años, porque es seguro que aún no había hecho la Primera Comunión. Había chipirones en su salsa para comer, y todos menos la Bisa estábamos en el salón. Ella era quien cocinaba, y aquel espacio diminuto conformaba su reino, en el que no permitía la entrada a nadie, ni siquiera a su hija, celosa de sus dominios. Y aunque todo el mérito de esas comidas era suyo, jamás participó en una de ellas, al menos que yo sepa. Como si fuera la criada, y no se sintiera cómoda en el mundo opulento y ruidoso de sus señores, se quedaba en la cocina a comer, sentada en una silla baja que aún sobrevive en casa de mis abuelos, donde tantas veces la viera pelando patatas, el pelo de un blanco bastardo, que amarilleaba en las puntas, retorcido en un moño pequeño a la altura casi de la nuca. Rarezas suyas, como la manía de no salir nunca a la calle: creo que la última vez fue en la boda de mis padres. Existe una fotografía que lo atestigua, en ella se ve, en la terraza del Casino, a papá y mamá jovencitos y emperifollados, ella de riguroso blanco, él con traje y corbata (se negó a llevar chaqué), flanqueando a una señora menuda y regordeta, de piernas arqueadas, vestido "de alivio" y gafas de concha. Ellos dos miran a la cámara mientras que la Bisa levanta la vista al cielo, en un gesto desafiante, porque no quiere que la retraten y le han obligado a hacerlo. Todo un carácter, mi bisabuela. Enviudó en 1923, con veintisiete años y tres hijos de cuatro, dos y un año. Primero intentó sobrevivir abriendo una pensión, pero no se le debieron dar muy bien los números, porque aquella aventura empresarial duró muy poco. Más tarde, repartidos los niños cada uno en lugares diferentes (mi abuela pasó largas temporadas en casa de unos tíos, en Reinosa, y siempre se quejó de esa falta de calor familiar que vivió tan pequeña), se enroló en un transatlántico de lujo como camarera. Muy pronto cambió las mesas por las vendas, porque decía que no le gustaba servir a nadie, así que mintió sobre sus conocimientos de medicina (nulos) y los siguientes once años se los pasó navegando por esos mares de dios, como falsa enfermera. Tuvo suerte, y nunca sucedió nada más allá de unos cortes sin importancia o algún dolor de cabeza. Estuvo en Alemania (la Alemania de Hitler, primeros treinta), en Brasil, en Estados Unidos, en Argentina. En realidad, si hay que hacer caso a la leyenda familiar, no disfrutó mucho esos viajes, porque habitualmente, cuando hacían escala, se quedaba arriba en el barco y no bajaba a tierra, por aquello de ahorrar al máximo para luego emplearlo en la educación de sus retoños. Una lástima. Tampoco volvió a casarse, dicen que dijo que no deseaba un padrastro para sus hijos (otra vez, según la leyenda familiar). No sé, de ser cierto me parece una pérdida de tiempo y de energía, los hijos nunca te agradecen estas cosas, vuelan lejos del nido y si te he visto no me acuerdo. Prefiero pensar que en alguno de aquellos viajes fantásticos por tierras lejanas hizo amistad con alguien y disfrutó un poco de lo que la vida le ofrecía. En fin. Llegada la Guerra Civil, volvió a Santander y ya no se movió de allí. Cuando mis abuelos se casaron, en el 43, se quedó a vivir con ellos para siempre, durante cuarenta largos años en los que pinchó todo lo que pudo a mi abuelo (su yerno, nunca se llevaron del todo bien) y tiranizó de muchas y muy sutiles maneras a abuelita, que era tonta y se dejaba mangonear por su madre. Al nacer yo, en Bilbao, se trasladó hasta allá para cuidar de su bisnieto mayor y ayudar a su nieta preferida, pero no duró ni tres semanas. En cuanto trató de repetir con la nueva generación idénticos hábitos y mangoneos que con la vieja, se encontró con la oposición férrea de mamá ("A mí no me hables así, abuelita", llegó a soltarle en medio de una discusión que comenzaba a subir de tono) y enseguida hizo las maletas para Santander. Fue su último viaje a un mundo exterior que cada día comprendía menos. Aún la recuerdo activa y lúcida, cuando me preparaba los huevos con bechamel, que me encantaban. Pero poco a poco fue perdiendo fuste y los últimos tres o cuatro años los pasó en cama, prácticamente inválida después de varias trombosis. Lo que cuento a continuación es anterior a esa última época de enfermedad y miserias.
En medio de la comida, fui a la salita a por algo, y al atravesar el pasillo crucé por delante de la cocina. Vi a la Bisa en el suelo, retorciéndose con las manos en la garganta. Pensé que era rarísimo que mi bisabuela hiciera esos malabares ahí tirada, era la primera vez que veía a un adulto hacer cosas tan extrañas, tan fuera de su ser habitual. Continué hacia la salita, quizás contando con que, a mi vuelta, ella estaría sentada en su silla, con un plato sobre las rodillas y comiendo, que todo habría sido un espejismo absurdo del que no quedaría ni rastro. Pero no, allí seguía, luchando contra algo que la iba venciendo, porque sus movimientos se iban haciendo más leves, como si no tuviera ya fuerzas. A punto estuve de callarme la boca y no decir nada, total, serían cosas de mayores que a mí ni me iban ni me venían. Menos mal que no seguí ese primer impulso.
–¿Qué hace la Bisa tirada en el suelo de la cocina?–, pregunté con un hilo de voz.
Hubo un movimiento acelerado de todo el mundo hacia la cocina, la levantaron en vilo y consiguieron que escupiera el trozo de comida que se le había quedado atravesado en la garganta. Yo me sentí importante. Gracias a mí, aquello no acabó en tragedia. Es algo que nunca he olvidado. Por eso, cuando siglos después se lo recordé a mis padres, me dio mucho coraje descubrir que no lo recordaban en absoluto, que la historia se había borrado por completo de su mente. Incluso bromearon con la idea de que me había inventado toda la escena. Fue como si me quitaran algo mío. El soldado raso que, después de una acción de guerra especialmente arriesgada, no ve reconocido su valor en combate y todavía ha de pasar unos días en el calabozo, como castigo.
Paula me comentó que el otro día, cuando abuelito supo que Anita y yo viviremos juntos, se echó a llorar.
–¿Cornelio y ella? ¿En casa de él? Qué bien...
Pobre hombre. Entre una cosa y otra, cada vez está más sensible.
Comí con G en su casa de Vázquez de Mella. Un antiguo desván con los techos agaterados que ha amueblado con gusto exquisito, en tonos blancos, con una facilidad para combinar formas y colores que siempre me provoca envidia, porque yo no la tengo. Me recibió a pecho descubierto, consciente del impacto de su torso moreno, imberbe y levemente musculado. Con tanto blanco, su cuerpo de anguila parecía una pintura prehistórica sobre la pared, o mejor aún, recordaba a uno de esos esclavos egipcios inmortalizados en las tumbas de sus amos. Se tiró todo el rato hablándome de sus muchos proyectos, ignoro cuántos serán reales y cuántos producto de su imaginación. Este chico siempre me provoca una desconfianza tremenda, nunca sé cuándo me miente y si dice o no la verdad. Por lo visto, trabaja montando un negocio aquí, en Madrid. Su jefe, un cincuentón valenciano que anda detrás suyo, se comporta con G como un novio celoso y posesivo, cosa que a éste le agobia.
–Siempre quiere que se la chupe. No le gusta follar, tampoco quiere que le follen: sólo disfruta cuando le comen la polla.
–...
–Alguna vez se lo he hecho. Total, es un rato de nada y me paga más de mil euros al mes por cerca de cuatro horas al día.
–Claro, claro.
Reconozco que me escandalizó, eso tiene un nombre muy significativo en el diccionario. Pero allá él con su vida, no me meto.
–Qué pena que estés mal de los bajos, si no, después de comer, echábamos un polvazo como postre–, me soltó entre plato y plato. Yo tuve un principio de erección que traté de disimular bebiendo más coca cola.
–Ya, una lástima.
A los postres, con música de jazz y el sol entrando por la ventana, le di su regalo.