SILENCIO DE DÍAS
Como siempre, cuando menos escribe uno en el Diario, más cosas suceden. Se acumulan en la memoria, se atropellan unas a otras y pugnan por salir y ocupar su lugar en el papel. Tengo comprobado que la vida corre libre, alegremente, cuando no se la trata de atrapar en unas cuantas frases heridas de temporalidad, que a la postre son la mortaja que se superpone a esta brillantez de lo cotidiano. Como mariposas disecadas, lo que escribo no muestra mis días, sino el reflejo pálido de esos días vividos. Por las escurriduras de las palabras se me escapa el aliento que las animó. En fin, que llevo desde el miércoles sin anotar nada aquí, y en ese tiempo mi prima ya tiene las llaves de casa (se instala esta noche), ha habido nuevas incorporaciones en el curro –R, mi antigua compañera de piso, entra como coordinadora–, pasé una tarde (la del viernes) con P**, fui paño de lágrimas para Montse, M rompió un armario de una patada rabiosa porque el ordenador se le llenaba de virus –ahora ya lo tiene controlado–, comí con Marta C, su novio H y M S (sobredosis transversal; entre otras cosas, se habló de unas posibles vacaciones en la Tosacana, este agosto), vi a Ma y dormí la noche del sábado en su casa, tuve una discusión sobre otras culturas frente a la nuestra con E (aún me dura la afonía: uno se exalta con facilidad y pronto eleva demasiado el tono), me encontré con G, mi ex novio venezolano, que este miércoles cumple 27 y me ha invitado a comer hoy en su casa, etcétera, etcétera. Tengo la impresión de no haber parado ni un minuto desde el jueves: ahora, este mediodía cuasi primaveral (aunque un viento desagradable lo estropea bastante), me siento en un café maravillosamente vacío para hacer el recopilatorio de todo.
Ayer a las cinco, junto con su hermana Paula –que pasa unos días en Madrid– y una amiga, Anita tomó posesión de su cuarto. Parece que le gustó el piso, y allí las dejé haciéndose su composición de lugar, porque yo llegaba tarde al periódico y no era plan de empezar la semana con retrasos. Previamente, había quedado con R en La ida, donde me encontré a J&A, de paseo dominical, periódico y suplemento bajo el brazo. Nos tomamos, los cuatro, unas cañas en amor y compañía, y después comimos ella y yo en La divina (calle Divino Pastor). Tardaron eternidades en servirnos, y R cada vez estaba más nerviosa con su estreno en el trabajo: traté de tranquilizarla, pero esta chica es una máquina de provocarse estrés, y no hubo manera de borrarle el gesto preocupado y la mirada ausente, apagada y distante. No sé cómo encajará con el ritmo alocado del periódico, espero que todo vaya bien. A quien puede que no le haga gracia compartir mesa con ella es a E, no hay que olvidar que unos meses atrás estuvieron enrolladas.
La noche del sábado, una vez que me despedí de M (con el que había pasado unas horas frente al televisor, viendo capítulos atrasados de Aquí no hay quien viva y fumando porros: por lo visto se está planteando un viaje, para marzo, a Palestina... Menudo culo inquieto), la dediqué a Ma. Esperé a que terminara su turno en el bar donde curra. Su jefe, un tipo delgado y muy atractivo, de esos feos con encanto, anda en plena crisis con su novio; me tocó presenciar una pseudo pelea nada agradable. Para colmo, creí notar tejillos por su parte, pero a lo mejor todo es producto de mi imaginación desvocada y de mi ego, más desbocado aún. Terminamos en casa de Ma, bebiendo cerveza y hablando de tíos, que une mucho. Dormí allí, en la habitación de invitados, y me levanté tardísimo, con el tiempo justo para acudir a la cita con R. Ma se puso cotilla y estuvo preguntándome por mi vida sexual/sentimental: quiso saber cosas de P**, pero obvié el tema porque sabía muy bien por dónde iban los tiros y darle detalles íntimos de mis encuentros con P** sería como manchar una historia que, hoy por hoy, tiene su importancia en mi vida.
La quedada con P** fue en La ida. El día cedía su lugar a las sombras y, dentro del local, un ruido de mil demonios arrullaba nuestra conversación detenida. Sobre recuerdos de infancia, mayormente. La sensación de vértigo que, a los seis años, causa el entrar en la clase de los mayores, todo son rostros desconocidos que te observan (casi duelen esas miradas que abrasan sobre la piel). Travesuras que permiten ver, como a través del ojo de una cerradura, la ingenuidad de un alma todavía clara, no empañada por el vaho sucio de la adultez. Así pasamos el rato, intercambiando anécdotas –cuando él le abrió la cabeza a un compañero de clase de una pedrada; la tarde en que yo vertí sobre la melena rubia y preciosísima de una niña todo un bote de pegamento blanco– y bebiendo cerveza. Luego, en mi casa, tocamos con la punta de los dedos un poco de cielo. Y descubrí que su cuerpo es como un campo de minas: depende de dónde (y cómo) le ponga la mano encima, brota un chorro imparable de risa por su garganta. A la hora y media, cuando ya era tiempo de irse (yo había quedado con A G-A y Montse en el Belén, a las once de la noche), me parecía que llevábamos juntos apenas unos minutos. El encuentro me supo a poco. P** es como una sed que me nace de dentro; por mucho que hunda la cabeza en su manantial, para beberle con ansia, quiero más y más.
De modo que, con sed y todo, nos vestimos aprisa y le despedí a la altura de Tribunal con un beso torpe y un hasta luego que dejaba todas las puertas abiertas y ninguna senda clara. Con las chicas, bien. Montse anda alicaída, con una depresión galopante que nubla sus ojos de cebra e imprime a su perfil levemente caballuno un aire trágico, como de damisela gótica. Intentamos animarla (A G-A, su amiga Marina y yo) con sucesivas copas en La fábrica de pan y después en Priscilla. Algo conseguimos. Yo, según hablaba de esto y de aquello, disfrutaba de mi pequeño tesoro: unas cuantas imágenes vividas horas antes –P** sobre mí, con sus brazos alrededor de mi cuerpo, sus besos lentos, el aleteo de sus piernas enlazadas con las mías... Estaba allí con ellas pero sin estar del todo. En el Priscilla, de nuevo G, que me invitó a una copa.
Ayer a las cinco, junto con su hermana Paula –que pasa unos días en Madrid– y una amiga, Anita tomó posesión de su cuarto. Parece que le gustó el piso, y allí las dejé haciéndose su composición de lugar, porque yo llegaba tarde al periódico y no era plan de empezar la semana con retrasos. Previamente, había quedado con R en La ida, donde me encontré a J&A, de paseo dominical, periódico y suplemento bajo el brazo. Nos tomamos, los cuatro, unas cañas en amor y compañía, y después comimos ella y yo en La divina (calle Divino Pastor). Tardaron eternidades en servirnos, y R cada vez estaba más nerviosa con su estreno en el trabajo: traté de tranquilizarla, pero esta chica es una máquina de provocarse estrés, y no hubo manera de borrarle el gesto preocupado y la mirada ausente, apagada y distante. No sé cómo encajará con el ritmo alocado del periódico, espero que todo vaya bien. A quien puede que no le haga gracia compartir mesa con ella es a E, no hay que olvidar que unos meses atrás estuvieron enrolladas.
La noche del sábado, una vez que me despedí de M (con el que había pasado unas horas frente al televisor, viendo capítulos atrasados de Aquí no hay quien viva y fumando porros: por lo visto se está planteando un viaje, para marzo, a Palestina... Menudo culo inquieto), la dediqué a Ma. Esperé a que terminara su turno en el bar donde curra. Su jefe, un tipo delgado y muy atractivo, de esos feos con encanto, anda en plena crisis con su novio; me tocó presenciar una pseudo pelea nada agradable. Para colmo, creí notar tejillos por su parte, pero a lo mejor todo es producto de mi imaginación desvocada y de mi ego, más desbocado aún. Terminamos en casa de Ma, bebiendo cerveza y hablando de tíos, que une mucho. Dormí allí, en la habitación de invitados, y me levanté tardísimo, con el tiempo justo para acudir a la cita con R. Ma se puso cotilla y estuvo preguntándome por mi vida sexual/sentimental: quiso saber cosas de P**, pero obvié el tema porque sabía muy bien por dónde iban los tiros y darle detalles íntimos de mis encuentros con P** sería como manchar una historia que, hoy por hoy, tiene su importancia en mi vida.
La quedada con P** fue en La ida. El día cedía su lugar a las sombras y, dentro del local, un ruido de mil demonios arrullaba nuestra conversación detenida. Sobre recuerdos de infancia, mayormente. La sensación de vértigo que, a los seis años, causa el entrar en la clase de los mayores, todo son rostros desconocidos que te observan (casi duelen esas miradas que abrasan sobre la piel). Travesuras que permiten ver, como a través del ojo de una cerradura, la ingenuidad de un alma todavía clara, no empañada por el vaho sucio de la adultez. Así pasamos el rato, intercambiando anécdotas –cuando él le abrió la cabeza a un compañero de clase de una pedrada; la tarde en que yo vertí sobre la melena rubia y preciosísima de una niña todo un bote de pegamento blanco– y bebiendo cerveza. Luego, en mi casa, tocamos con la punta de los dedos un poco de cielo. Y descubrí que su cuerpo es como un campo de minas: depende de dónde (y cómo) le ponga la mano encima, brota un chorro imparable de risa por su garganta. A la hora y media, cuando ya era tiempo de irse (yo había quedado con A G-A y Montse en el Belén, a las once de la noche), me parecía que llevábamos juntos apenas unos minutos. El encuentro me supo a poco. P** es como una sed que me nace de dentro; por mucho que hunda la cabeza en su manantial, para beberle con ansia, quiero más y más.
De modo que, con sed y todo, nos vestimos aprisa y le despedí a la altura de Tribunal con un beso torpe y un hasta luego que dejaba todas las puertas abiertas y ninguna senda clara. Con las chicas, bien. Montse anda alicaída, con una depresión galopante que nubla sus ojos de cebra e imprime a su perfil levemente caballuno un aire trágico, como de damisela gótica. Intentamos animarla (A G-A, su amiga Marina y yo) con sucesivas copas en La fábrica de pan y después en Priscilla. Algo conseguimos. Yo, según hablaba de esto y de aquello, disfrutaba de mi pequeño tesoro: unas cuantas imágenes vividas horas antes –P** sobre mí, con sus brazos alrededor de mi cuerpo, sus besos lentos, el aleteo de sus piernas enlazadas con las mías... Estaba allí con ellas pero sin estar del todo. En el Priscilla, de nuevo G, que me invitó a una copa.
Comentario:
Encantado de volver a verte.
Siete días dan para mucho, no? Es curioso que mientras vivimos nos dedicamos a crear los recuerdos que luego tendremos, aunque más curioso es que de repente el curso de los acontecimientos tenga un eje central del que sólo somos conscientes cuando lo escribimos. Yo, por lo menos, veo el encuentro con p** como el sitio al que regresas cuando todo se mueve demasiado. Me alegro de que sea así.
Un placer que hayas vuelto, y a ver si yo vuelvo también pronto (mucho estrés, arg....)
Un beso.
Siete días dan para mucho, no? Es curioso que mientras vivimos nos dedicamos a crear los recuerdos que luego tendremos, aunque más curioso es que de repente el curso de los acontecimientos tenga un eje central del que sólo somos conscientes cuando lo escribimos. Yo, por lo menos, veo el encuentro con p** como el sitio al que regresas cuando todo se mueve demasiado. Me alegro de que sea así.
Un placer que hayas vuelto, y a ver si yo vuelvo también pronto (mucho estrés, arg....)
Un beso.
Comentario:
Tienes razón en cuanto a la sucesión de hechos!! Wuau!!
BEsotes!
BEsotes!
Comentario:
Lo único que me da ánimos para levantarme es el cafelito que me espera antes de subir a la oficina, tu blog es el empujón definitivo para entrar en el ascensor.
Me encanta leerte!!!
Por cierto, cuando va a volver tu amiga E a escribir? dile que no nos haga eso....
Me encanta leerte!!!
Por cierto, cuando va a volver tu amiga E a escribir? dile que no nos haga eso....
Comentario:
Olasssss!!!
Sorry, he estado desconectao....este ya.com que ni me dejaba postear ni nap. Pero aqui toy d nuevo!! Besukis
Sorry, he estado desconectao....este ya.com que ni me dejaba postear ni nap. Pero aqui toy d nuevo!! Besukis
Comentario:
que sí... q m las piro a palestina!! compré hoy el billete tiradillo d precio. x cierto, t llamó mi amiga s. para lo d la limpieza en tu casa pero no s lo cogiste. mañana t doy el phone si quieres: cafetillo sobre la una?