DE MI FOBIA A LAS JERINGAS
Las nueve y media de la mañana de un día de cielos blanquecinos y humedad en el ambiente. En pie desde las ocho, acaban de sacarme sangre y me repongo del pinchazo con un café en La Antorcha.
–¿Te vas a desmayar?–, me preguntó la enfermera mientras yo le mostraba el antebrazo desnudo.
–No lo sé, hace bastante que no me sacan sangre. Mejor no miro, por si acaso.
–Eso, tú no mires. Si esto es un momentín, ya verás. Acabo enseguida.
Una chica muy joven, casi una adolescente, nos observaba, lánguida, desde la camilla donde estaba recostada. Ella sí se había desmayado. A mi alrededor, en una sala enorme y mal climatizada, todo eran viejillos con el brazo al aire y un gesto de concentración máxima, como de monaguillos atendiendo a su primera misa. Dos de ellos habían trabado conocimiento y estaban de charleta mientras les cicatrizaba la herida. Uno, tocado con un extraño gorro de lana y un deje canario en la voz, le preguntó al otro por su edad ("En abril cumpliré los ochenta", contestó su compañero con mal disimulado orgullo) y se sorprendió de lo bien conservado que estaba el viejo ("Yo haré los cincuenta y nueve en mayo... Tengo veintiún años menos que usted y está usted veintiún veces mejor que yo", le observó con envidia el más joven, que realmente parecía senil y acabado en comparación con el octogenario, un pimpollo alto y enjuto, con una espesa mata de pelo blanco y gafas de concha en equilibrio sobre su gran y curva nariz). Todavía cuando me fui de allá, continuaban su conversación salpimentada de impronunciables nombres de medicamentos.
Apenas sentí el pinchazo, esa es la verdad, pero la idea de la aguja llevaba obsesionándome desde que me levanté. Todo son recuerdos: tiras de un hilo y salen muchos más, y de éstos aún otros más antiguos. A poco que te despistes, el regazo de la memoria se te llena de hilachas de diferentes tamaños y colores. El más lejano en el tiempo, de estos hilillos que me han crecido en el jardín umbrío de la memoria, me devuelve a Santander, yo andaría por los cinco o seis años. Algo debía pasarme, porque durante un tiempo que a mí se me antoja eterno (una o dos veces por semana) estuvimos yendo a la practicante para que me pinchara. Era una señora mayor que vivía por la colonia de edificios color arena, feos y deslucidos, que se extiende a uno de los lados de Vía Cornelia. Cogíamos, mamá y yo, el "coche rojo", como llamábamos los niños al Seiscientos que abuelito le regaló en el 64, cuando ella cumplió dieciocho y se sacó el carné de conducir. Y salíamos de Los Castros en dirección al centro. Creo que Eva, muy pequeña todavía, nos acompañó en alguna ocasión. Con qué envidia la miraba, a ella que no había de sufrir la tortura de inclinarse sobre las rodillas de la buena señora, sentir el alcohol sobre la piel y un suave (y traicionero) masaje, luego el pinchazo rápido y avieso, las palmaditas en el culo y el algodón para secar la sangre. A medida que nos acercábamos a Vía Cornelia, yo sentía una desazón creciente, que se agudizaba al aparcar y pasar por debajo de las arcadas y los patios interiores de la colonia, camino del pisito de la practicante. Una angustia que me subía por el pecho y ya no me abandonaba hasta que, libre, salía de allí con el culo dolorido y una impresión de haber sido violado en mi intimidad que aún hoy puedo sentir como la primera vez. Han pasado casi treinta años. Pues bien, siempre que paso por allí me asalta idéntico mal rollo que entonces...
Y otro recuerdo, algo posterior: curso sexto de EGB (es, pues, la primavera de 1982) y han organizado en el cole una vacunación colectiva. La circular había llegado poco antes a casa y mis padres la firmaron, conformes con que se me vacunara. Estoy en la cola, en el patio de los Agustinos, a la espera de que me toque el turno. La mayoría de los niños hacen bromas entre ellos, y vemos a los primeros de la fila frotarse con gesto contrariado en el hombro. La bromas se vuelven caritas de espanto. Cuando ya sólo quedan dos o tres delante mío, le cedo el puesto al de atrás, y luego al siguiente, hasta que voy quedándome rezagado en la cola: los curas ni se enteran, y consigo zafarme de su vigilancia. Así que no me vacuno. A papá y mamá les dije que ya estaba hecho. Años más tarde, les conté la verdad y me cayó una bronca monumental, que si era mi salud y tal. Desde entonces, cuando había que pincharme, yo me negaba y el médico de turno me recetaba en lugar de las inyecciones unas pastillas, o lo que fuera, en lugar de la aguja ("Así tardas más en ponerte bueno, pero como quieras...", me advertía papá). De modo que lo de hace un rato en el Centro de Salud ha sido todo un reto para mí. Prueba superada.
Ya tengo cita para dentro de doce días, en que me dirán los resultados. Casi dos semanas de incertidumbre y miedo disimulado (¿anemia? ¿sida? ¿sífilis? ¿escoliosis múltiple? ¿metástasis en el dedo gordo del pie?... Así de exagerado, aprensivo y cagueta puedo llegar a ser). Habrá que armarse de paciencia y no pensar demasiado en ello.
–¿Te vas a desmayar?–, me preguntó la enfermera mientras yo le mostraba el antebrazo desnudo.
–No lo sé, hace bastante que no me sacan sangre. Mejor no miro, por si acaso.
–Eso, tú no mires. Si esto es un momentín, ya verás. Acabo enseguida.
Una chica muy joven, casi una adolescente, nos observaba, lánguida, desde la camilla donde estaba recostada. Ella sí se había desmayado. A mi alrededor, en una sala enorme y mal climatizada, todo eran viejillos con el brazo al aire y un gesto de concentración máxima, como de monaguillos atendiendo a su primera misa. Dos de ellos habían trabado conocimiento y estaban de charleta mientras les cicatrizaba la herida. Uno, tocado con un extraño gorro de lana y un deje canario en la voz, le preguntó al otro por su edad ("En abril cumpliré los ochenta", contestó su compañero con mal disimulado orgullo) y se sorprendió de lo bien conservado que estaba el viejo ("Yo haré los cincuenta y nueve en mayo... Tengo veintiún años menos que usted y está usted veintiún veces mejor que yo", le observó con envidia el más joven, que realmente parecía senil y acabado en comparación con el octogenario, un pimpollo alto y enjuto, con una espesa mata de pelo blanco y gafas de concha en equilibrio sobre su gran y curva nariz). Todavía cuando me fui de allá, continuaban su conversación salpimentada de impronunciables nombres de medicamentos.
Apenas sentí el pinchazo, esa es la verdad, pero la idea de la aguja llevaba obsesionándome desde que me levanté. Todo son recuerdos: tiras de un hilo y salen muchos más, y de éstos aún otros más antiguos. A poco que te despistes, el regazo de la memoria se te llena de hilachas de diferentes tamaños y colores. El más lejano en el tiempo, de estos hilillos que me han crecido en el jardín umbrío de la memoria, me devuelve a Santander, yo andaría por los cinco o seis años. Algo debía pasarme, porque durante un tiempo que a mí se me antoja eterno (una o dos veces por semana) estuvimos yendo a la practicante para que me pinchara. Era una señora mayor que vivía por la colonia de edificios color arena, feos y deslucidos, que se extiende a uno de los lados de Vía Cornelia. Cogíamos, mamá y yo, el "coche rojo", como llamábamos los niños al Seiscientos que abuelito le regaló en el 64, cuando ella cumplió dieciocho y se sacó el carné de conducir. Y salíamos de Los Castros en dirección al centro. Creo que Eva, muy pequeña todavía, nos acompañó en alguna ocasión. Con qué envidia la miraba, a ella que no había de sufrir la tortura de inclinarse sobre las rodillas de la buena señora, sentir el alcohol sobre la piel y un suave (y traicionero) masaje, luego el pinchazo rápido y avieso, las palmaditas en el culo y el algodón para secar la sangre. A medida que nos acercábamos a Vía Cornelia, yo sentía una desazón creciente, que se agudizaba al aparcar y pasar por debajo de las arcadas y los patios interiores de la colonia, camino del pisito de la practicante. Una angustia que me subía por el pecho y ya no me abandonaba hasta que, libre, salía de allí con el culo dolorido y una impresión de haber sido violado en mi intimidad que aún hoy puedo sentir como la primera vez. Han pasado casi treinta años. Pues bien, siempre que paso por allí me asalta idéntico mal rollo que entonces...
Y otro recuerdo, algo posterior: curso sexto de EGB (es, pues, la primavera de 1982) y han organizado en el cole una vacunación colectiva. La circular había llegado poco antes a casa y mis padres la firmaron, conformes con que se me vacunara. Estoy en la cola, en el patio de los Agustinos, a la espera de que me toque el turno. La mayoría de los niños hacen bromas entre ellos, y vemos a los primeros de la fila frotarse con gesto contrariado en el hombro. La bromas se vuelven caritas de espanto. Cuando ya sólo quedan dos o tres delante mío, le cedo el puesto al de atrás, y luego al siguiente, hasta que voy quedándome rezagado en la cola: los curas ni se enteran, y consigo zafarme de su vigilancia. Así que no me vacuno. A papá y mamá les dije que ya estaba hecho. Años más tarde, les conté la verdad y me cayó una bronca monumental, que si era mi salud y tal. Desde entonces, cuando había que pincharme, yo me negaba y el médico de turno me recetaba en lugar de las inyecciones unas pastillas, o lo que fuera, en lugar de la aguja ("Así tardas más en ponerte bueno, pero como quieras...", me advertía papá). De modo que lo de hace un rato en el Centro de Salud ha sido todo un reto para mí. Prueba superada.
Ya tengo cita para dentro de doce días, en que me dirán los resultados. Casi dos semanas de incertidumbre y miedo disimulado (¿anemia? ¿sida? ¿sífilis? ¿escoliosis múltiple? ¿metástasis en el dedo gordo del pie?... Así de exagerado, aprensivo y cagueta puedo llegar a ser). Habrá que armarse de paciencia y no pensar demasiado en ello.
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serguor que salen bien los resultados ;), no te preocupes. Un beso!!
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Yo también tengo problemas con las agujas....(vaya panda de cagaos xDD )
Afortunadamente, mi madre es enfermera y tiene buen tino....
Besotes!
Afortunadamente, mi madre es enfermera y tiene buen tino....
Besotes!
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Si es que es normal, horroroso, que te metan una aguja en la vena, por dios, que sensación más horrible, y mira que no se nota, pero no, no, es superior a mis fuerzas. Bueno, que no sea nada, y gracias por los ánimos.
Un beso.
Un beso.
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Si te sirve de consuelo yo tengo autentico panico a las agujas. Me tienen que tumbar y reanimarme despues del pinchazo, es algo que no puedo con ello
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esclerosis como que no. al final no m llamaste. bueno, ahora acabo d terminar el montaje del ordenador, tras tres semanas de avería y caos! a ver si dura. mañana cafetín?