Diario de Madrid
Sindicación
 
REALIDADES Y SUEÑOS
Vengo del médico, que me envía mañana a hacerme un chequeo completo y me da cita para ver al especialista de la piel... ¡el 25 de febrero! Así que hasta dentro de dos semanas y media, a seguir el tratamiento de Lexema (aunque casi estoy seguro de que no sirve para nada). Los análisis no sé si me los hacen en el mismo centro de salud o en el Doce de Octubre –me comenta A G-A, cuando paso esto al ordenador, que debe ser en el centro de salud: ojalá, si no el madrugón va a ser de espanto (la cita es a las nueve de la mañana)–. La verdad es que tengo el ánimo por los suelos. Trato de leer, ahora en el Colby, y las letras se me atragantan, avanzo en las frases, una detrás de otra, pero no penetro su significado. Ando distraído, cabizbajo. Las pruebas de mañana... ¿y si tengo algo malo? Claro que mejor, sin duda, saberlo cuanto antes, pero el miedo a los médicos y las enfermedades no me lo quita nadie. En estos casos me sale a la luz el hijo del pueblo, temeroso ante la verborrea inasible de los que "tienen estudios", que prefiere no saber, como si los problemas se disiparan en el aire prístino e idiota de la ignorancia. Cómo envidio, ahora mismo, a éstos que me rodean y son felices sin caer en la cuenta de serlo, hablan alto, se ríen mucho, su cuerpo es un templo de salud y de fortaleza, un limpio castillo inexpugnable. En cambio yo... yo me desespero por la lentitud de las cosas, no veo posible soportar este mes sin curarme de una puta vez. Hoy hace sol, a rachas, y las temperaturas son algo más altas. No importa, estoy metidito en mi pozo, y allí todo es húmedo y viscoso, ni siquiera se ve la luz del día, tengo la impresión (ya sé que equivocada: mañana será otro día) de que no habrá marcha atrás para mí, que nunca más reiré con esta despreocupada alegría que hoy me rodea pero no me toca. Ni siquiera estoy rabioso, o enfadado o desesperado. Es más bien un cansancio que se convierte en agobio y me impide pensar con claridad. Cuando uno se siente enfermo, qué de ideas descabelladas le rondan la cabeza, como si el día fuera una repetición de la noche con sus imágenes veladas, como si viviera en un sueño feo que es pesadilla, y despertar fuera imposible porque uno ya está despierto. En el fondo, todo esto se reduce a lo dicho: terror al gusarapo de la enfermedad. Ni siquiera soy capaz de poner en claro lo que me ocurre, es esta prosa desordenada y tonta que hoy me sale la que lo enmaraña y complica todo. Bueno. A otra cosa, Cornelio.

Ayer fue el cumpleaños de E. Ya tiene 28 tacazos, aunque, como alguien le dijo anoche, mantiene el aspecto aniñado de muñequita hosca tras sus gafas de pasta. Estuvimos unos cuantos (R, Javi y Anna, Laura y Anuska) en el Angie. Al final nos quedamos los dos solos, a la una y pico hubo desbandada general. R se dejó olvidados los guantes –parecen de miniatura, no me cabía la mano, y no la tengo grande– y un horrible paraguas.
–Se han ido y no tenemos de qué hablar–, suspiró E una vez solos, frente a frente.
–No es cierto.
–Hasta ahora mismo estabas animado, hablando con todos. Y mírate, no dices nada.
–Porque contigo tengo confianza y éste que calla soy más yo que el que hacía chistes hace un rato. Se han ido ellos, no tengo público ni necesidad de seguir con las gracietas.
–Pues vaya.
Cómo explicarlo. El mayor grado de intimidad con alguien se mide por los silencios. Cuando puedo estar sin hablar con una persona, sin que el silencio se espese en una masa incómoda que nos separe, es que estoy a gusto con esa persona. Lo que me sucede con E. Bebimos en amor y compañía hasta más allá de las tres. Luego, para casa a escuchar el disco de John Coltrane que me han regalado (por mi cumple, dijeron) Javi y Anna.

Ahora escribo desde el curro, directamente al ordenador. He comido con M S, que ayer recibió un inesperado regalo por parte de Raúl, su ex. Un retrato de ella en uno de los momentos álgidos de su relación. Debe ser hermoso que alguien ocupe una semana de su trabajo (Raúl es pintor) en ti. M S se puso a llorar, conmovida y alegre, cuando vio el cuadro y comprendió cuánto amor y buenos recuerdos compartidos se esconden detrás de las pinceladas que conforman su rostro. Musa de pintores... Bonita profesión. Me estuvo contando anécdotas del estreno de la peli que produce su jefe, al que acudió este fin de semana junto con un montón de gente. De repente nombró a una tal Jimena y algo se despertó en mí: esta noche he soñado que mi hermana Eva tenía una niña a la que yo acunaba en brazos y quería con desesperación. Había que buscarle nombre y yo le propuse que por qué no la llamaba Jimena. Eso es todo lo que recuerdo del sueño, lo demás queda en la zona de sombras. Me pareció curioso que, en el mismo día y a través de conductos tan diversos, saltara ese nombre, Jimena, que no es nada común. Curioso, ¿verdad?
 
Comentario:
No te comas el tarro mucho, que verás que luego no es nada, chico...

ánimos y besotes!
No