Diario de Madrid
Sindicación
 
INMIGRANTE
Continúo durmiendo horrores, esto ya me preocupa. Anoche decidí quedarme en casa, pedir una pizza familiar (que me ventilé yo solito) y aburrirme delante de la tele. Estuve a punto de pasarme por el bar donde trabaja Ma para proponerle una salida de las nuestras, pero recordé a tiempo que es Carnaval y desistí, no me seducía nada el rollito de los disfraces y demás. Había comido al mediodía con C&H y M. Fue en el Alambique y la sobremesa, entre una cosa y otra, se alargó hasta las seis de la tarde. Política nacional, una pizca de Bush y Condoleezza y nuestras (complicadas) vidas sentimentales. C estaba muy mona con sus calentadores de última generación y un nuevo corte de pelo que le favorece. A ver si nos vemos más –aunque esto es lo que nos decimos siempre: luego, la vorágine del día a día nos engulle y no hay manera de quedar más de una o dos veces por quincena. Para cuando nos despedimos de la parejita, el cuerpo me pedía calor de hogar (un decir, porque en casa, de calor, nada). M quería hacer el empalme para colocar la lámpara que me ha regalado (una preciosidad en forma de sol). Le miré con un cansancio infinito y al final lo dejamos para otro día. Esto de estar cegato me inhibe de historias, como si me hubiera entrado un autismo feroz. Así que, después de una siesta larga con Duke Ellington de fondo –ayer me compré tres discos suyos–, coloqué el calefactor en el salón y me dispuse a tragar todo lo que pasaran por la tele: una entrevista a Concha Velasco, los telediarios, El comisario, un cachito de la peli de Versión española (que no me gustó, era una cubana bastante rara, como demasiado mística), ¿Dónde estás corazón? (denigrante, pero ahí estuve yo, viendo cómo unos y otros exponían sus miserias) y El ala oeste de la Casa Blanca. >De vez en cuando se iluminaba la pantallita del móvil y era siempre Mara/pesada, a quien no se lo cogí. Esperaba, acaso, una llamada de P**, que no se produjo: es el único que me hubiera arrancado de mi cómoda desidia. Por cierto, que hemos hablado hoy y nos encontraremos a las seis en La ida. Me dice que está libre hasta las nueve y media, así que tomaremos algo por ahí o haremos un cine. Después saldré con E y su gente, a ver qué se cuece.

El otro día, después de unas cervezas en La Vía Lactea (primero: mucha gente para un día de entre semana, música buena, ningún sitio libre para sentarse) y el Only You (más tarde: había concierto y mogollón de peña, con lo que no teníamos dónde sentarnos; nos limitamos a estar cerca de la barra, de pie y sin hablar), sucumbí a un hambre repentina y atroz –en casita, nada para comer, la nevera languidece en su rincón, triste y vacía, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca– y me acerqué hasta el Sprint de Alonso Martínez para comprar algo de cena. La tienda estaba llena hasta los topes, fundamentalmente por grupos de postadolescentes que hacían un alto en el camino (entre calimocho y calimocho) para comisquear algo con que paliar la borrachera incipiente. Muchos gritos y mucho desenfreno, pues. La dependienta era todo un poema de aburrimiento y fastidio, una sudamericana regordeta y con cara de pocos amigos, mirada idiotizada tras las muchas horas allí dentro, de pie y lidiando con la fauna nocturna. Una mirada opaca, como un espejo brumoso que no retuviera ninguna imagen, para qué. Antes que a mí, atendió a una pareja. La chica le pidió dos o tres pastelillos de chocolate, y ella, con un mohín de fastidio ("Cómo me hacen trabajar estos cabrones desocupados", parecía rumiar para sus adentros), comenzó a escogerlos de la fuente.
–¿Los croissants valen lo mismo?
–No.
Así de tajante. Ni una sonrisa. Ni pasársele por las mientes decir cuál era, entonces, el precio de los croissants. La chavala acusó el golpe de indiferencia, casi de feroz oposición, y se echó para atrás buscando la presencia protectora del cuerpo de su novio, como quien se resguarda de la lluvia que de repente es chaparrón. No respondió nada. Su mano muy blanca extrajo del monedero un billete de diez euros y pagó, azorada, los pasteles. Cuando me tocó el turno, fui lo más cortante posible, de algún modo advirtiendo a la dependienta. "Ojito, tú, que yo no me achanto como la otra". Pedí, pagué y me fui.
En el camino a casa, me dio por pensar en el porqué de mi reacción. ¿Apoyo a la rubia acoquinada por la bordería de la dependienta? ¿Sentimiento de pertenencia a una clase, una casta especial: la rubia y yo, europeos y blancos, frente a la sudamericana chiquita y renegrida? ¿Ganas de buscar pelea? Primero me había parecido fatal la contestación de la dependienta, por muchas horas que llevara en el curro, nadie merece que se le trate así. Pero después comencé a imaginar su vida fuera de esas cuatro paredes de la tienda, lejos de su país y de su familia. A lo mejor vive sola y todo lo que ahorra es para sus hijos, que crecen sin ella al otro lado del Atlántico. A lo mejor su vida de empleada que trabaja todas las horas del mundo, está mal pagada y ha de aguantar las gracietas de tanto borrachín como hay suelto por las noches, esa vida de mierda la vive para el giro mensual que a ella le supone sacrificar cualquier pequeño vicio... A lo mejor, o puede que no, pero casos de estos los hay a patadas. Recordé la impresión (cercana al odio) que me provocaban los clientes del hotel, en Londres, cuando se cruzaban conmigo en los pasillos sin siquiera reparar en la presencia de ese trabajador con un mono azul, extranjero y de cabello oscuro. Un paria en su país que no merecía ni la triste limosna de un gesto afable, de un saludo. Y me sentí muy cerca de esta dependienta, pero también en otra esfera, ya, totalmente distinta. Ahora no soy ese trabajador del hotel, y veo la vida pasar desde la barrera de la comodidad y de una generosa nómina a fin de mes. Qué mezquino es todo.
 
Comentario:
Un maleducado es un maleducado siempre, sea inmigrante o no. Estamos tan, tan, tan obligados a ser políticamente correctos que cualquier reproche a un sujeto que pertenece a una minoría (cualquiera que sea, no hablo sólo de inmigrantes) puede llegar a malentenderse como un ataque a esa persona sólo por el hecho de pertenecer a un grupo. Y no siempre es así. Hay de todo.
Entiendo tu viernes, yo tuve uno de relax peliculero que me vino muy, pero que muy bien.
Un beso
 
Comentario:
Ey Cornelio... tanto sueño no será porque tienes una pataleta al hígado... o quizá te estás transformando en un bichito de hibernación... uy uy uy.

salute desde una gris rosario...
No