CEGATO
Como Mister Magoo. Así estoy desde esta mañana. Me levanté –sin resaca, anoche sólo fueron dos cervezas en La Vaca Austera– y, ya en el baño, al ponerme las lentillas una se coló por el desagüe del lavabo. Dios. Se me quedó una cara de gilipollas... Casi veinte años poniéndome cada mañana las lentillas y por fin se había cumplido uno de mis temores recurrentes. Todo por idiota, claro: ¿quién me manda no poner el tapón? Vengo de Vision Lab, donde tienen mi ficha con todos los datos. En una semana me darán una nueva, de momento me han prestado otra de menor graduación, sirve para estos días, pero noto que veo fatal. Y aún es de día. En cuanto caiga la noche, todo será para mí un baile de luces y sombras en que me tocará danzar con la más fea. El cabreo conmigo mismo es monumental.
Reconozco que ayer, cuando quedé para comer con Anita, no las tenía todas conmigo. ¿Habría conversación? ¿Nos miraríamos incómodos, tras unas primeras frases de opereta, sin saber qué decirnos? Todo fue como la seda. Me cuenta que lo ha dejado con Capi, estas navidades, y que ahora, aquí en Madrid, trabaja por las mañanas de teleoperadora en El País ("Hay días en que sólo tengo una llamada; puedo leer o estudiar") y por las tardes está haciendo un curso –que durará seis meses– de fotografía. También se ha metido a clases de Capoeira, acaba de empezarlas y ya tiene agujetas hasta en el carné de identidad. El café de sobremesa nos lo tomamos en casa de Ramón, calle Velarde. Ramón es un tipo curioso, amigo de mi tío Charly desde siempre. Debió de ser un hombre guapo a rabiar: ahora, con más de cincuenta, mantiene un cuerpo delgado y flexible, lleva el pelo recogido en una coleta y exhibe un aire a lo indio cherokee, muy moreno de piel y con unos ojos negros y profundos que enganchan. Es un viva la Virgen, por descontado, uno de esos saurios de la noche que lo han probado todo, lo han visto todo, andan ya de vuelta de media vida. Ha sido actor, músico, hippy de los de antes. Su casa es una preciosidad de techos altos y habitaciones enormes, donde ahora recibe a sus pacientes de raiki –lo que le da de comer actualmente. También escribe una novela: estuvimos hablando de ello. Tiene una novia italiana de 27 años, fuma porros y es un tipo muy listo. Ante gente así, siento un poco de admiración (porque saben buscarse muy bien la vida) y un mucho de aprensión. Cuando quieres darte cuenta, te han liado en su tela de araña.
Al despedirnos, se tocó el corazón con el puño, y me abrazó. Como si nos conociéramos de toda la vida. Ésta es –que yo recuerde– la segunda vez que nos vemos. Lo dicho: todo un personaje.
Reconozco que ayer, cuando quedé para comer con Anita, no las tenía todas conmigo. ¿Habría conversación? ¿Nos miraríamos incómodos, tras unas primeras frases de opereta, sin saber qué decirnos? Todo fue como la seda. Me cuenta que lo ha dejado con Capi, estas navidades, y que ahora, aquí en Madrid, trabaja por las mañanas de teleoperadora en El País ("Hay días en que sólo tengo una llamada; puedo leer o estudiar") y por las tardes está haciendo un curso –que durará seis meses– de fotografía. También se ha metido a clases de Capoeira, acaba de empezarlas y ya tiene agujetas hasta en el carné de identidad. El café de sobremesa nos lo tomamos en casa de Ramón, calle Velarde. Ramón es un tipo curioso, amigo de mi tío Charly desde siempre. Debió de ser un hombre guapo a rabiar: ahora, con más de cincuenta, mantiene un cuerpo delgado y flexible, lleva el pelo recogido en una coleta y exhibe un aire a lo indio cherokee, muy moreno de piel y con unos ojos negros y profundos que enganchan. Es un viva la Virgen, por descontado, uno de esos saurios de la noche que lo han probado todo, lo han visto todo, andan ya de vuelta de media vida. Ha sido actor, músico, hippy de los de antes. Su casa es una preciosidad de techos altos y habitaciones enormes, donde ahora recibe a sus pacientes de raiki –lo que le da de comer actualmente. También escribe una novela: estuvimos hablando de ello. Tiene una novia italiana de 27 años, fuma porros y es un tipo muy listo. Ante gente así, siento un poco de admiración (porque saben buscarse muy bien la vida) y un mucho de aprensión. Cuando quieres darte cuenta, te han liado en su tela de araña.
Al despedirnos, se tocó el corazón con el puño, y me abrazó. Como si nos conociéramos de toda la vida. Ésta es –que yo recuerde– la segunda vez que nos vemos. Lo dicho: todo un personaje.
Comentario:
Si es que todavía existe gente que lleva una vida interesante alejada de la mediocridad monótona en la que vivimos algunos. A mí me da un punto de envidia, qué digo un punto, un huevo de envidia este tipo de peña que siempre ha hecho lo que ha querido o aparenta muy bien haberlo hecho. Bonita despedida la del puño en el corazón, ya la había visto antes, pero el caso es que no sé donde.
En fin, vuelvo a mi rutina.
Un beso
En fin, vuelvo a mi rutina.
Un beso
Comentario:
Personajes, eh? A mí me encanta conocerlos, y después pensar que hay que gente que no para de vivir, que son impresionantes y yo con esa impresión me convierto en personaje también, que tiene que ser como ser más persona pero sin ser consciente de ello, sólo serlo.
Un abrazo, y paciencia con la ceguera transitoria.
Un abrazo, y paciencia con la ceguera transitoria.
Comentario:
Bueeeeno tio...mientras puedas ver lo suficiente como para escribirnos tus post...jejeje
Muakis :-p
Muakis :-p