LA GALA
Último día del mes. En una hora, tertulia en BAires con Noeli. El sábado la vi de paseo con Mónica y su niño (enorme para los ocho meses), y decidimos que ya estaba bien de aparcar ese café que nos ponga al día.
Me he levantado tardísimo, a la una y media, tras diez horas de sueño. Que me han sentado muy bien. Parece que todo lo miro con ojos nuevos, hay una nitidez especial en las cosas, como si alguien les hubiera sacado brillo para mí. A esta impresión ayuda el que los cielos sean azules y las temperaturas se hayan recuperado bastante. Aún es pronto, lo sé, pero hoy olisqueo en el ambiente un anticipo de la primavera por venir. Algo que alegra, y mucho, mi espíritu.
Monsieur de Chateaubriand me noqueó con su prosa decimonónica y, entre bostezos de aburrimiento, he decidido darme un respiro (todavía lo tengo sobre la mesita de noche: no le he dado carpetazo del todo) para releer "Últimas tardes con Teresa", de Marsé. En ello me ocupo ahora.
Después del trabajo, E y yo fuimos a Lavapiés, casa de los hermanos GM (Lola, A y Espe), donde un grupo de amigos seguía la gala de los Goya... Demasiado "Mar adentro", yo creo que Saura y su película merecían mayor atención. Pero en fin, gala insulsa, sin mayores, que no disgustó. Vi a JL, el amigo jiennense (director de teatro, oh la la) de los GM. Cayeron tejillos simulados con ironía de sal gorda; pero a quien eché en falta fue a Rubén, su ex novio, el chico monillo (y actor, vaya) e interesante a quien E no soporta. Fumamos algún porro de marihuana y sobre las dos y media levantamos el campamento. Entre bromas y veras –Lola andaba cocidísima y a todo le encontraba su lado gracioso–, la velada pasó agradable. Hemos hablado de vernos el jueves. Quién sabe.
Llamé a P** desde el curro, pero me parece que no debí hacerlo. Seguí un impulso repentino, aunque quizás él lo pudo interpretar como el primer paso para ponerle un anillo de compromiso ("Alto. Propiedad privada") que, por el momento, ni siquiera existe. Lo escribí ayer: hay ganas por mi parte de seguir viéndole. Eso ya es mucho, en tratándose de mí, pero no quiero (ni puedo) ver más allá. La experiencia es un grado y yo me sé muy veleta.
A D le he enviado un mensaje al móvil explicándole que he conocido a alguien y entre nosotros no va a haber más que amistad. Parece que tiene buen perder, por como ha reaccionado.
Me he levantado tardísimo, a la una y media, tras diez horas de sueño. Que me han sentado muy bien. Parece que todo lo miro con ojos nuevos, hay una nitidez especial en las cosas, como si alguien les hubiera sacado brillo para mí. A esta impresión ayuda el que los cielos sean azules y las temperaturas se hayan recuperado bastante. Aún es pronto, lo sé, pero hoy olisqueo en el ambiente un anticipo de la primavera por venir. Algo que alegra, y mucho, mi espíritu.
Monsieur de Chateaubriand me noqueó con su prosa decimonónica y, entre bostezos de aburrimiento, he decidido darme un respiro (todavía lo tengo sobre la mesita de noche: no le he dado carpetazo del todo) para releer "Últimas tardes con Teresa", de Marsé. En ello me ocupo ahora.
Después del trabajo, E y yo fuimos a Lavapiés, casa de los hermanos GM (Lola, A y Espe), donde un grupo de amigos seguía la gala de los Goya... Demasiado "Mar adentro", yo creo que Saura y su película merecían mayor atención. Pero en fin, gala insulsa, sin mayores, que no disgustó. Vi a JL, el amigo jiennense (director de teatro, oh la la) de los GM. Cayeron tejillos simulados con ironía de sal gorda; pero a quien eché en falta fue a Rubén, su ex novio, el chico monillo (y actor, vaya) e interesante a quien E no soporta. Fumamos algún porro de marihuana y sobre las dos y media levantamos el campamento. Entre bromas y veras –Lola andaba cocidísima y a todo le encontraba su lado gracioso–, la velada pasó agradable. Hemos hablado de vernos el jueves. Quién sabe.
Llamé a P** desde el curro, pero me parece que no debí hacerlo. Seguí un impulso repentino, aunque quizás él lo pudo interpretar como el primer paso para ponerle un anillo de compromiso ("Alto. Propiedad privada") que, por el momento, ni siquiera existe. Lo escribí ayer: hay ganas por mi parte de seguir viéndole. Eso ya es mucho, en tratándose de mí, pero no quiero (ni puedo) ver más allá. La experiencia es un grado y yo me sé muy veleta.
A D le he enviado un mensaje al móvil explicándole que he conocido a alguien y entre nosotros no va a haber más que amistad. Parece que tiene buen perder, por como ha reaccionado.