QUINCE AÑOS
El tiempo vuela y reduce a cenizas lo que antes estuvo vivo. Las llamas de fuegos antiguos son ahora rescoldos fríos que apenas si calientan el corazón. Hoy se cumplen quince años de mi declaración de amor a Chus. Y me cuesta reconocerme, claro, en aquel muchacho atolondrado a quien se le revolucionaban las hormonas cada vez que él aparecía. Que se apostaba en el mirador de casa, preparado para salir, y atisbaba su paso por la calle. No bien le distinguía doblando la esquina de Magallanes, yo salía disparado por la puerta y corría escaleras abajo como alma que lleva el diablo (y era eso, un alma post adolescente con un diablo inmenso dentro, que me cosquilleaba las ganas de vivir, de enamorarme, de ser enorme, terrible, dramáticamente feliz). Ya en el portal, recomponía el gesto y salía pausado, tranquilo, para dar impronta de casualidad a un encuentro más que buscado. Eso fue al principio de nuestra amistad, cuando aún no se habían sentado las bases de una relación que pasaba por ir juntos a la facultad, caminando al tiempo que nos contábamos la vida, discutíamos de política, hablábamos de cine, de arte, de literatura. Fueron tres meses de películas los martes, día del espectador, cenas algún fin de semana en su casa (él y yo solos, sus compis de piso en Reinosa) hasta las tantas de la madrugada –Chus preparando tortilla de patatas en la cocina, yo a su lado observando cómo batía los huevos, mientras un mechón largo y rebelde le caía sobre la frente, el gesto reconcentrado, la sonrisa traviesa–, vinos por la mañana, en alguna tasca de mediopelo cerca del Interfacultativo, olvidados de las clases.
Yo le quería con desesperación, como se ama la primera vez, sin medida, a lo loco, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de estar a su lado. Primero, antes de que nos hiciéramos amigos, todo lo que le pedía a la vida era el privilegio de poder sentarme frente a él y sostenerle la mirada, bucear en esos ojos negros y de un profundo que mareaba, formar parte de su grupo, tener cabida en sus pensamientos. Más tarde, esto no era suficiente: como el yonqui que aumenta su dosis de heroína, caminaba ciegamente hacia el chute definitivo que me helara las venas y terminase con una agonía (¿es posible este amor?, ¿le gusto?) que era dulce pero también insoportable, toda la tensión acumulada de meses. Así que el 30 de enero de 1990 me lancé sin paracaídas, pegué un salto enorme y me fui de bruces contra el suelo de la piscina, que estaba vacía. Menudo castañazo... había pasado la tarde bebiendo en compañía de Roberto, hablándole de Alicia –el nombre que le puse a Chus para poder contar, a un amigo que no sabía que yo era gay (así de armarizado estaba a los diecinueve), lo que me sucedía, con pelos y señales– y acumulando valor para encarar a Chus y gritarle, sin circunloquios ni medias tintas, que me moría de amor por él. Ya era noche cerrada cuando llegué a su portal y a través del telefonillo le pedí que bajara un momento. Necesitaba comentarle algo muy importante. Se resistió, supongo que se olía por dónde iban los tiros, pero ante mi insistencia terminó bajando. Fuimos a La Ópera, el café contiguo a mi casa que tantas veces amparara nuestros encuentros. Y allí se lo solté. Que me gustas, tío. Silencio incómodo y negación por su parte: que no podía ser, él no era homosexual. Me sentí morir, de verguenza y de rabia (la vida, menuda lianta hija de puta, me ponía delante a Chus, que era el compendio de todo lo que yo apetecía en un hombre, y luego, abracadabra, me lo quitaba: no es para ti, nene).
Hoy incluso puedo hacer chistes sobre la ingenuidad a machamartillo que me caracterizaba. Quedé aniquilado, hundido, hecho un guiñapo que tardó lo suyo en recuperarse (meses y meses) pero que nunca volvió a ser el de antes: esa noche de enero, en Santander, nació el Cornelio cínico y descreído que soy ahora. O que pretendo ser.
De todo lo anterior, aparte un montón informe de recuerdos, tres fotografías, un dibujo suyo dedicado y páginas enteras de mi Diario deshojando la margarita del desamor, quedó el libro con que gané mi primer premio –del que ahora reniego: torpe, cursi y alambicado– y una desconfianza congénita en eso de la media naranja, que me temo que no existe. Y de hacerlo, seguro que es un chinito perdido en la inmensidad de su país, al otro lado del mundo.
No veo a Chus desde hace la friolera de cinco años. Una tarde de junio, a mi vuelta de Londres, di un paseo largo por Santander y terminé en el Bar Gas, un garito al que iba mucho en mis últimos tiempos de universitario. De ladrillo visto y con motivos celtas –muy en la línea "nacionalista cántabra" del momento–, la simbiosis de clientes de siempre (viejecillos con bastón) y nueva clientela (jóvenes desaliñados que fuman porros y quieren cambiar el mundo) es casi idílica y da mucho juego cuando se está solo y cuanto pasa alrededor es un espectáculo que vale la pena analizar. A la salida, ya en plena calle, me topé con Marián (la repelente ex de M, una pequeña aprendiz de bruja con quien nunca simpaticé).
–Hola Cornelio. ¿Qué tal?
–Muy bien, ¿y tú?
–Estupendo todo. Pero yo pensaba que estabas en Londres.
–Sí, estaba...
Y me lancé, sin ganas, a la enésima explicación del porqué de mi regreso a España. Fue inevitable que M saliera entre medias, y me encantó que supiera que yo seguía en contacto con él, no así Marián: años atrás, ella se había empeñado en una cruzada anti Cornelio que a punto estuvo de cargarse mi amistad con M. Aquello era agua pasada, y la que había quedado fuera de su vida era ella.
–¿Y cómo le va a M?
–Hace una semana estuve en Madrid con él. Ya sabías que vive en Madrid, ¿no?
A punto de buscar una fórmula para despedirme de Marián, en mi campo visual se destacó un grupito de cuatro que charlaban animadamente. Y de esos cuatro, como un pálpito (antes incluso de comprobarlo), supe que uno era Chus. No nos saludamos. Yo mantuve una aparente calma, y renuncié a forzar ninguna despedida. Al contrario: alargué el encuentro todo lo que fue posible. Mientras, había elevado el tono de voz, en un intento triste –por no decir patético– de hacerme notar dos metros más allá. Seguía guapo el cabrón, como si el tiempo se hubiera detenido ante su belleza para respetar la línea delicada de boca y nariz, los pómulos altos y su mirada dulce, altiva, misteriosa. Llegó el momento de decir adiós a Marián, inadvertido peón en el tablero de ajedrez que se había montado en cuestión de segundos. Estoy seguro de que me vio, aunque no hizo ningún movimiento que le delatara, y mi rey se enrocó con una cierta gélida indiferencia que no era del todo real. Además, por esas fechas el libro estaba publicado y cabía la posibilidad de que lo hubiera leído: no me sentía con fuerzas para encarar su juicio, acaso su desprecio.
Este seis de enero habrá cumplido los 35. Mi primer amor (la primera herida en un corazoncito que ya es un compendio de cicatrices más o menos sangrantes). Ay, qué nostalgia más tonta para este mediodía de sol frío en el centro de Madrid.
Del cumpleaños de M S –en Doña Fernanda, muy cerca de Las Vistillas– salí escopetado hacia Sol, donde había quedado (y llegaba tarde) con P**. Para entonces, llevaba yo encima varias cervezas y todo el peso de un conjunto de diálogos de salón que, sin ser aburridos, no me interesaron nada. Vi a todos los amigos transversales de M S, y a la pregunta ociosa (repetida demasiadas veces) de cómo me iban las cosas, la pereza de responder era tremenda. Contesté maquinalmente, bebí lo mío y sonreí a diestro y siniestro. Pero la llamada de P**, que andaba por Huertas y estaba a punto de quedarse solo, fue la excusa ideal para desaparecer de allí.
Desde Sol nos encaminamos a casa. Allí volvimos a repetir los gestos y caricias de la noche anterior, aunque ya macerados por el conocimiento previo del cuerpo del otro. Charlamos y nos besamos, hasta alcanzar el momento álgido del orgasmo. Más tarde caímos rendidos, abrazados, sobre la cama. Y poco antes de las cuatro, él se levantó para vestirse y volar a su nido, porque no duerme bien acompañado. Yo tampoco. Imagino que seguiremos viéndonos: a mí me apetece. Sin prisas ni falsas promesas. Sólo por ver qué sucede.
Yo le quería con desesperación, como se ama la primera vez, sin medida, a lo loco, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de estar a su lado. Primero, antes de que nos hiciéramos amigos, todo lo que le pedía a la vida era el privilegio de poder sentarme frente a él y sostenerle la mirada, bucear en esos ojos negros y de un profundo que mareaba, formar parte de su grupo, tener cabida en sus pensamientos. Más tarde, esto no era suficiente: como el yonqui que aumenta su dosis de heroína, caminaba ciegamente hacia el chute definitivo que me helara las venas y terminase con una agonía (¿es posible este amor?, ¿le gusto?) que era dulce pero también insoportable, toda la tensión acumulada de meses. Así que el 30 de enero de 1990 me lancé sin paracaídas, pegué un salto enorme y me fui de bruces contra el suelo de la piscina, que estaba vacía. Menudo castañazo... había pasado la tarde bebiendo en compañía de Roberto, hablándole de Alicia –el nombre que le puse a Chus para poder contar, a un amigo que no sabía que yo era gay (así de armarizado estaba a los diecinueve), lo que me sucedía, con pelos y señales– y acumulando valor para encarar a Chus y gritarle, sin circunloquios ni medias tintas, que me moría de amor por él. Ya era noche cerrada cuando llegué a su portal y a través del telefonillo le pedí que bajara un momento. Necesitaba comentarle algo muy importante. Se resistió, supongo que se olía por dónde iban los tiros, pero ante mi insistencia terminó bajando. Fuimos a La Ópera, el café contiguo a mi casa que tantas veces amparara nuestros encuentros. Y allí se lo solté. Que me gustas, tío. Silencio incómodo y negación por su parte: que no podía ser, él no era homosexual. Me sentí morir, de verguenza y de rabia (la vida, menuda lianta hija de puta, me ponía delante a Chus, que era el compendio de todo lo que yo apetecía en un hombre, y luego, abracadabra, me lo quitaba: no es para ti, nene).
Hoy incluso puedo hacer chistes sobre la ingenuidad a machamartillo que me caracterizaba. Quedé aniquilado, hundido, hecho un guiñapo que tardó lo suyo en recuperarse (meses y meses) pero que nunca volvió a ser el de antes: esa noche de enero, en Santander, nació el Cornelio cínico y descreído que soy ahora. O que pretendo ser.
De todo lo anterior, aparte un montón informe de recuerdos, tres fotografías, un dibujo suyo dedicado y páginas enteras de mi Diario deshojando la margarita del desamor, quedó el libro con que gané mi primer premio –del que ahora reniego: torpe, cursi y alambicado– y una desconfianza congénita en eso de la media naranja, que me temo que no existe. Y de hacerlo, seguro que es un chinito perdido en la inmensidad de su país, al otro lado del mundo.
No veo a Chus desde hace la friolera de cinco años. Una tarde de junio, a mi vuelta de Londres, di un paseo largo por Santander y terminé en el Bar Gas, un garito al que iba mucho en mis últimos tiempos de universitario. De ladrillo visto y con motivos celtas –muy en la línea "nacionalista cántabra" del momento–, la simbiosis de clientes de siempre (viejecillos con bastón) y nueva clientela (jóvenes desaliñados que fuman porros y quieren cambiar el mundo) es casi idílica y da mucho juego cuando se está solo y cuanto pasa alrededor es un espectáculo que vale la pena analizar. A la salida, ya en plena calle, me topé con Marián (la repelente ex de M, una pequeña aprendiz de bruja con quien nunca simpaticé).
–Hola Cornelio. ¿Qué tal?
–Muy bien, ¿y tú?
–Estupendo todo. Pero yo pensaba que estabas en Londres.
–Sí, estaba...
Y me lancé, sin ganas, a la enésima explicación del porqué de mi regreso a España. Fue inevitable que M saliera entre medias, y me encantó que supiera que yo seguía en contacto con él, no así Marián: años atrás, ella se había empeñado en una cruzada anti Cornelio que a punto estuvo de cargarse mi amistad con M. Aquello era agua pasada, y la que había quedado fuera de su vida era ella.
–¿Y cómo le va a M?
–Hace una semana estuve en Madrid con él. Ya sabías que vive en Madrid, ¿no?
A punto de buscar una fórmula para despedirme de Marián, en mi campo visual se destacó un grupito de cuatro que charlaban animadamente. Y de esos cuatro, como un pálpito (antes incluso de comprobarlo), supe que uno era Chus. No nos saludamos. Yo mantuve una aparente calma, y renuncié a forzar ninguna despedida. Al contrario: alargué el encuentro todo lo que fue posible. Mientras, había elevado el tono de voz, en un intento triste –por no decir patético– de hacerme notar dos metros más allá. Seguía guapo el cabrón, como si el tiempo se hubiera detenido ante su belleza para respetar la línea delicada de boca y nariz, los pómulos altos y su mirada dulce, altiva, misteriosa. Llegó el momento de decir adiós a Marián, inadvertido peón en el tablero de ajedrez que se había montado en cuestión de segundos. Estoy seguro de que me vio, aunque no hizo ningún movimiento que le delatara, y mi rey se enrocó con una cierta gélida indiferencia que no era del todo real. Además, por esas fechas el libro estaba publicado y cabía la posibilidad de que lo hubiera leído: no me sentía con fuerzas para encarar su juicio, acaso su desprecio.
Este seis de enero habrá cumplido los 35. Mi primer amor (la primera herida en un corazoncito que ya es un compendio de cicatrices más o menos sangrantes). Ay, qué nostalgia más tonta para este mediodía de sol frío en el centro de Madrid.
Del cumpleaños de M S –en Doña Fernanda, muy cerca de Las Vistillas– salí escopetado hacia Sol, donde había quedado (y llegaba tarde) con P**. Para entonces, llevaba yo encima varias cervezas y todo el peso de un conjunto de diálogos de salón que, sin ser aburridos, no me interesaron nada. Vi a todos los amigos transversales de M S, y a la pregunta ociosa (repetida demasiadas veces) de cómo me iban las cosas, la pereza de responder era tremenda. Contesté maquinalmente, bebí lo mío y sonreí a diestro y siniestro. Pero la llamada de P**, que andaba por Huertas y estaba a punto de quedarse solo, fue la excusa ideal para desaparecer de allí.
Desde Sol nos encaminamos a casa. Allí volvimos a repetir los gestos y caricias de la noche anterior, aunque ya macerados por el conocimiento previo del cuerpo del otro. Charlamos y nos besamos, hasta alcanzar el momento álgido del orgasmo. Más tarde caímos rendidos, abrazados, sobre la cama. Y poco antes de las cuatro, él se levantó para vestirse y volar a su nido, porque no duerme bien acompañado. Yo tampoco. Imagino que seguiremos viéndonos: a mí me apetece. Sin prisas ni falsas promesas. Sólo por ver qué sucede.
Comentario:
Pues yo tuve una historia parecida, sólo que la declaración de amor fue en un burguer que hay en Gran Vía, lugar romántico donde los haya. En fin. Un abrazo.
Comentario:
HOla Cornelio, gracias por la visita y el enlace a mi blog. Sólo una cosita: la dirección no inlcuye las 3W, es así: http://pont_des_arts.blogspot.com/
Gracias de nuevo, Gabby
Gracias de nuevo, Gabby
Comentario:
Hola! me ha gustado tu blog, y he hecho un enlace en mi bloga.
Si te interesa hacer intercambio de links, buenísimo.
Suerte!, Gabby
Si te interesa hacer intercambio de links, buenísimo.
Suerte!, Gabby