LÍO...
Después del fin de semana, con fiesta de cumpleaños de J P-I el viernes y visita familiar al pueblo de mis primos, regreso al trabajo con la moral por los suelos y una sensación de fracaso, de final, que no me abandona. Según he llegado a la redacción, A G-A me ha mirado a los ojos y me ha preguntado que qué me pasa.
-¿A mí?, nada...
-Estás triste, se te nota en la mirada.
Pues qué bien. Ahora voy a tener que hacer un curso de autocontrol para que la gente en el curro no adivine mis altos y bajos. Menos mal que uno tiene fama de borde acabado (cuando me pongo) y me han dejado tranquilo con mi mismidad. Porque lo que menos me apetece es andar con explicaciones de si estoy animado o deprimido por esta razón o aquella. Así que aquí estoy, con cara de perro de presa, frente al ordenador, sin apenas despegar los labios y contando los minutos para salir de aquí y largarme con viento fresco. Me encantaría llegar a casa y cenar tranquilo, viendo la tele para no pensar. Pero recuerdo que G todavía está de okupa en mi habitación (se va mañana a primera hora: tengo que mantener una charla con él en serio; con P en Madrid, si es que seguimos juntos para cuando G regrese, no puede quedarse en mi cuarto, tendrá que buscarse la vida) y lo que no quiero es charlar con nadie, menos que con nadie con él.
Pasó lo que ya se adivinaba en el horizonte. Que hubo sexo en recuerdo de los viejos tiempos. Pero lo que yo nunca hubiera supuesto es lo mucho que me iba a afectar esta nueva traición hacia P. Así como con J no sentí ningún tipo de remordimiento, en el caso de G se dan una serie de circunstancias que me pesan (P sabe quién es, no le cae bien, en su momento se mostró celoso cuando alguna vez nos encontramos por la calle... y está el asunto de las fotos de G desnudo en mi cama, que P vio en un descuido mío y que provocaron nuestra primera discusión). Y cómo pesan. Desde hace dos días he de lidiar con la angustia creciente de saberme un cabrón integral, el estúpido que se pasa la vida suspirando porque alguien le haga caso más allá de las primeras semanas y, cuando por fin aparece ese alguien, no para hasta cagarla, de la peor manera posible. ¿Cómo mirar a P a los ojos, a su vuelta, sin que adivine todo lo que pasa por mi interior, esta zozobra, este miedo, este engaño? No me siento con ánimos para encararle. Creo que llega mañana mismo, pero si continúo así tendré que inventar una excusa creíble para no verle en unos días, hasta que me calme y recomponga un poco por dentro. Jamás me había pasado esto, es algo nuevo para mí. Y qué poco me gusta.
El pueblo de mis primos es una población de casas feas, contrahechas y en cuesta, rodeada de vegetación rala, sin mayor aliciente que dos o tres bares donde la "juventud" se reúne, bebe alegremente y se acuesta (que yo sepa, sólo los unos con las otras) en lo que es una alegre juerga de promiscuidad. Este finde estaban en fiestas patronales, pero me resistí con uñas y dientes a participar en la romería. Lo que me faltaba: haber terminado anoche de marchuqui en la plaza Mayor, escuchando joyas como Fran Perea, la Rosa de España, Bisbal y sus ricitos de oro o Chenoa, la dulce Chenoa. Había fuegos artificiales en un pueblo vecino, y mi primo R se puso pesadín, empeñado en que le acompañara. Que iba a haber porros a tutiplén y, quizá, farlopa. Ni de coña. Puse cara de eremita, hice algún chistecillo acerca de la edad y de que ya no tengo el cuerpo jotero de antaño (R anda por los 19 y sus amigos son los típicos chulitos de barrio que escuchan bakalao y se meten de todo para flipar... menudo panorama) y me escudé tras el libro de Cheever -que, dicho sea de paso, me parece muy bueno-. Al final sólo salió R, porque su madre y T decidieron cenar conmigo, ya que hacía mucho que no nos veíamos. Yo hubiera preferido quedarme solo, pero estaba de visita y, como es lógico, querían pasar tiempo conmigo. A B no la veía desde el entierro de abuelita, y entonces no le hice mucho caso. Las cosas siguen como siempre, ella enfangada en una vida que no le gusta, sin posibilidades reales de escapatoria. R con sus chanchullos, sus peleas callejeras, sus fantasías que nunca se cumplen (ahora está de mozo de almacén en una fábrica, va a ganar 1.100 euros al mes y ya se imagina montado en el dólar... luego siempre le echan, por llegar tarde, por estar fumado, por lo que sea). Menos mal que ahora está T, que desde la separación de B es su pareja actual y que parece un tipo serio y con los pies en el suelo. A ver si esta familia levanta cabeza, porque en los últimos años han ido de mal en peor. En su momento, me ayudaron mucho, y yo sé que me aprecian, pero cada vez que voy de visita me ocurre lo mismo: no bien pongo los pies en su casa, con la tele atronando desde el salón, los perros y gatos campando a sus anchas, R en su cuarto contándome sus últimas aventuras (lo que esnifó, lo que robó, lo que folló) y B en la cocina, cada día más gorda y triste, estoy deseando largarme de allí, a respirar aire limpio y no la atmósfera viciada en que viven. Este barco se hunde y yo soy la rata que va y viene pero nunca se queda. Por cuestión de salud mental.
La fiesta del viernes en casa de J P-I estuvo concurrida y muy, muy animada. Yo, en mi línea. Trasegando vaso tras vaso (primero de cerveza, luego de vodka con naranja). Pasé bastante rato con M S, pletórica con su nueva relación, después de la larga travesía del desierto que supuso su ruptura con M. El chico con el que está me cae bien, y la verdad es que les vi de puta madre. Hablé y hablé, coqueteé con alguno que otro y me fui muy tarde a casa, a eso de las siete de la mañana, cuando ya no quedaba allí ni el tato. Una fiesta de "transversales", con DJ incluído y mucha gente guapa y de la otra. Me vino bien para desconectar unas horas de mi propio y querido infierno. Que soy yo mismo.
-¿A mí?, nada...
-Estás triste, se te nota en la mirada.
Pues qué bien. Ahora voy a tener que hacer un curso de autocontrol para que la gente en el curro no adivine mis altos y bajos. Menos mal que uno tiene fama de borde acabado (cuando me pongo) y me han dejado tranquilo con mi mismidad. Porque lo que menos me apetece es andar con explicaciones de si estoy animado o deprimido por esta razón o aquella. Así que aquí estoy, con cara de perro de presa, frente al ordenador, sin apenas despegar los labios y contando los minutos para salir de aquí y largarme con viento fresco. Me encantaría llegar a casa y cenar tranquilo, viendo la tele para no pensar. Pero recuerdo que G todavía está de okupa en mi habitación (se va mañana a primera hora: tengo que mantener una charla con él en serio; con P en Madrid, si es que seguimos juntos para cuando G regrese, no puede quedarse en mi cuarto, tendrá que buscarse la vida) y lo que no quiero es charlar con nadie, menos que con nadie con él.
Pasó lo que ya se adivinaba en el horizonte. Que hubo sexo en recuerdo de los viejos tiempos. Pero lo que yo nunca hubiera supuesto es lo mucho que me iba a afectar esta nueva traición hacia P. Así como con J no sentí ningún tipo de remordimiento, en el caso de G se dan una serie de circunstancias que me pesan (P sabe quién es, no le cae bien, en su momento se mostró celoso cuando alguna vez nos encontramos por la calle... y está el asunto de las fotos de G desnudo en mi cama, que P vio en un descuido mío y que provocaron nuestra primera discusión). Y cómo pesan. Desde hace dos días he de lidiar con la angustia creciente de saberme un cabrón integral, el estúpido que se pasa la vida suspirando porque alguien le haga caso más allá de las primeras semanas y, cuando por fin aparece ese alguien, no para hasta cagarla, de la peor manera posible. ¿Cómo mirar a P a los ojos, a su vuelta, sin que adivine todo lo que pasa por mi interior, esta zozobra, este miedo, este engaño? No me siento con ánimos para encararle. Creo que llega mañana mismo, pero si continúo así tendré que inventar una excusa creíble para no verle en unos días, hasta que me calme y recomponga un poco por dentro. Jamás me había pasado esto, es algo nuevo para mí. Y qué poco me gusta.
El pueblo de mis primos es una población de casas feas, contrahechas y en cuesta, rodeada de vegetación rala, sin mayor aliciente que dos o tres bares donde la "juventud" se reúne, bebe alegremente y se acuesta (que yo sepa, sólo los unos con las otras) en lo que es una alegre juerga de promiscuidad. Este finde estaban en fiestas patronales, pero me resistí con uñas y dientes a participar en la romería. Lo que me faltaba: haber terminado anoche de marchuqui en la plaza Mayor, escuchando joyas como Fran Perea, la Rosa de España, Bisbal y sus ricitos de oro o Chenoa, la dulce Chenoa. Había fuegos artificiales en un pueblo vecino, y mi primo R se puso pesadín, empeñado en que le acompañara. Que iba a haber porros a tutiplén y, quizá, farlopa. Ni de coña. Puse cara de eremita, hice algún chistecillo acerca de la edad y de que ya no tengo el cuerpo jotero de antaño (R anda por los 19 y sus amigos son los típicos chulitos de barrio que escuchan bakalao y se meten de todo para flipar... menudo panorama) y me escudé tras el libro de Cheever -que, dicho sea de paso, me parece muy bueno-. Al final sólo salió R, porque su madre y T decidieron cenar conmigo, ya que hacía mucho que no nos veíamos. Yo hubiera preferido quedarme solo, pero estaba de visita y, como es lógico, querían pasar tiempo conmigo. A B no la veía desde el entierro de abuelita, y entonces no le hice mucho caso. Las cosas siguen como siempre, ella enfangada en una vida que no le gusta, sin posibilidades reales de escapatoria. R con sus chanchullos, sus peleas callejeras, sus fantasías que nunca se cumplen (ahora está de mozo de almacén en una fábrica, va a ganar 1.100 euros al mes y ya se imagina montado en el dólar... luego siempre le echan, por llegar tarde, por estar fumado, por lo que sea). Menos mal que ahora está T, que desde la separación de B es su pareja actual y que parece un tipo serio y con los pies en el suelo. A ver si esta familia levanta cabeza, porque en los últimos años han ido de mal en peor. En su momento, me ayudaron mucho, y yo sé que me aprecian, pero cada vez que voy de visita me ocurre lo mismo: no bien pongo los pies en su casa, con la tele atronando desde el salón, los perros y gatos campando a sus anchas, R en su cuarto contándome sus últimas aventuras (lo que esnifó, lo que robó, lo que folló) y B en la cocina, cada día más gorda y triste, estoy deseando largarme de allí, a respirar aire limpio y no la atmósfera viciada en que viven. Este barco se hunde y yo soy la rata que va y viene pero nunca se queda. Por cuestión de salud mental.
La fiesta del viernes en casa de J P-I estuvo concurrida y muy, muy animada. Yo, en mi línea. Trasegando vaso tras vaso (primero de cerveza, luego de vodka con naranja). Pasé bastante rato con M S, pletórica con su nueva relación, después de la larga travesía del desierto que supuso su ruptura con M. El chico con el que está me cae bien, y la verdad es que les vi de puta madre. Hablé y hablé, coqueteé con alguno que otro y me fui muy tarde a casa, a eso de las siete de la mañana, cuando ya no quedaba allí ni el tato. Una fiesta de "transversales", con DJ incluído y mucha gente guapa y de la otra. Me vino bien para desconectar unas horas de mi propio y querido infierno. Que soy yo mismo.