Diario de Madrid
Sindicación
 
MARÍA LA RUBIA
Vuelta a mi rutina de cafés a media mañana. Dicen que se acerca un frente frío, pero de momento, ahora mismo, seguimos con cielos despejados y temperaturas no demasiado extremas. Fin del parte meteorológico.
He dormido a trompicones, con el fastidio de la dichosa psoriasis que no cesa. Parece que la cosa va para largo, y ya no es que me inutilice para el sexo, sino que duele, y mucho. Los vaqueros me los he prohibido por el roce, y llevo toda una colección de pantalones hippies sacados del fondo de armario, que no tiene fondo.

Continúo con las novelas de Martín Gaite. Ahora le toca el turno a "Nubosidad variable". Curioso cómo olvidamos cosas: al rescatar el libro de mi biblioteca, vi que estaba dedicado por la autora. Fue en una Feria del Libro de Retiro, hace años. Ni recordaba haberlo comprado para que ella me lo firmara. Sin embargo, ahí está la prueba manuscrita. La novela me va gustando, es de un estilo muy suyo. Bien urdida, mejor escrita, no pierde fuste (de momento) a medida que se desarrolla la historia. No puedo evitar relacionarla con María la rubia, que fue quien primero la leyó de todos mis amigos de entonces, y que hablaba entusiasmada de ella. Una novela de mujeres para mujeres. Eso decía María. No estoy del todo de acuerdo: una buena novela escrita por una mujer, sobre mujeres, para todo amante de la literatura con la mente abierta, y despierta. Voy por la mitad, y ya me enredo sin querer en los meandros, como surcos que dejan las lágrimas al secarse, de las historias entreveradas de Sofía y Mariana.
A María la rubia, una treintañera (hace una década, ahora rondará los cincuenta) teñida de rubio platino y muy consciente del paso del tiempo y sus estragos, la traté por espacio de unos meses en Santander. Llegué a formar parte de su guardia de honor, el grupo exclusivo de amigos gays –mucho más jovenes y tiernines, claro– que la adoraban sin reservas. Aunque nunca alcancé los extremos de dependencia anímica y admiración desmedida de Pedrito, su socio en el negocio de estética que los dos tenían. Cuando me salí de su órbita fui capaz de ver al personaje sin aderezos ni afeites: una señora estupenda, vestida con ropa provocativa y sexy (que potenciaba turgencias y escondía defectos) y dueña de una voz profunda y ronca de fumadora que no fuma. Salida de un matrimonio desastroso con un guardia civil –se casaron cuando ella, embarazada, sólo tenía 16 años–, había logrado una independencia económica e intelectual que le honra. Pero también era muy harpía, no admitía movimientos extraños, que ella no supervisara y decidiera, entre sus fieles. María castraba a cuantos se acercaban a su vera, ahora lo veo. Y me alegra haber huido de aquel círculo asfixiante y pelín grotesco (con su punto almodovariano, mucho rollito fashion y de culto al cuerpo). Hace milenios que no nos vemos, y si lo hiciésemos no nos saludaríamos, tan mal terminaron las cosas entre nosotros. De cadáveres exquisitos, o estatuas de sal, está el pasado lleno.
 
Comentario:
ME cabreo mucho cuando una tía me llega y me dice que tal libro o tal peli es para mujeres, que un hombre no la puede entender de la misma manera. Me cabreo porque no creo que sea verdad, pero sobretodo, y aunque lo fuera, me cabreo porque ellas sí quieren que sea verdad. Cuando he leído a Martín Gaite me enredado completamente en la historia, así que por ahora y hasta que me demuestren lo contrario, todo es una cuestión de sensibilidad, no de género (uy, perdón mi brusquedad con este tema, pero es que me cabrea mucho, no sé por qué).

Bueno, a estas alturas supongo que estarás entre nieves, como todos los madrileños, así que a disfrutar.

Un beso.
No