EL NIETO DEL GALLEGO
En Lerma. Dormidísimo, trato de despejarme un poco con un café. Anoche, entre una cosa y otra, me acosté a las tres de la mañana. Quedé con M S para celebrar su cumpleaños en una pizzería de Cueto, con horno de leña, pizzas deliciosas y un nombre de lo más original (Mamma mía...). Fuimos, además de nosotros dos, las hermanas de ella (Rosa y Chelo, con quien compartí veraneo hace unos meses en la playa de Bolonia), junto a Colo y Lola. Lo pasé bien, pusimos a parir a la iglesia católica y su sistema educativo, que tantos débiles mentales y esquizofrénicos funcionales ha creado (sistema del que todos, por desgracia, teníamos experiencias personales no muy positivas), y a los fachas en general de este mundo. Nos tomamos una copa por ahí y nos retiramos pronto, que los años no perdonan. M S está increíble, más guapa que nunca. Y son treinta y seis tacos.
La comida con mamá, bien. Previamente fuimos los dos (con abuelito) hasta el cementerio de Soto de la Marina con un ramo de flores para la tumba de mi abuela. Todos los sábados lo hacen. Mientras él, con mano temblorosa, cambiaba el agua de los pequeños jarrones, a ambos lados de la lápida, mamá cortaba los tallos de claveles y margaritas y yo me fumaba un cigarro al tiempo que leía, una y otra vez, la sencilla inscripción sobre el mármol. Ahí dentro está el cuerpo de ella. Sentimientos encontrados. No soy muy partidario de estos actos de veneración a los muertos: como no creo en una vida más allá de ésta, no veo la razón para algunos ceremoniales. Pensaba que mi abuelo visita el cementerio todas las semanas en atención al vacío que dejó en su vida la esposa fallecida. Sin embargo, ayer, mamá me cogió en un aparte:
-Dice tu abuelo que cuando se cumpla el año vendremos aquí una vez al mes. Mira cómo están las flores de la semana pasada: perfectas. Es una pena tirarlas, y cada semana son siete euros en ramos. Menudo gasto.
Bueno. Aparte de lo mezquino que pueda ser el que a alguien le parezcan un dispendio siete euros semanales (que conforman la altísima cantidad de 28 al mes) por unas flores, me sorprendió ver lo esclavo de las convenciones sociales que es abuelito. Es cosa de la edad y de la cultura en que ha vivido inmerso toda la vida, un mundo cerrado donde la muerte y el duelo a los muertos tienen sus reglas, sus tiempos, su alivio. Me enternecía la fidelidad de este anciano por la compañera durante más de sesenta años. Y sí, pero no. En el momento en que se cumpla el primer aniversario, ya no es preciso ir al cementerio cada semana. Hay aquí un tufillo a norma, a seguir lo establecido, que me chirría: qué diría la gente (ah, la gente: muy propio de los pueblos, y él es de pueblo, no hay que olvidarlo, vivir en una continua marea de maledicencia y cotilleos, con sus flujos y reflujos) si el viudo no demuestra su fidelidad perruna yendo al cementerio cada siete días. Eso sí, al año ya nadie podrá hablar mal, se habrá cumplido el plazo que prescribe la costumbre –esa gran tirana–, ya nos podremos relajar todos. No critico a mi abuelo, de sobra sé que en él son mecanismos inconscientes, aprendidos, hondamente impresos en su carácter. Aunque no dejó de sorprenderme y... escandalizarme.
Del camposanto (o dormidero de muertos, donde aún hicimos una tour guiada por otras tumbas familiares, tía Leonor, tío Vicente y la pobre tía Amparo, a quien no llegué a conocer y que murió atropellada por un coche a la salida de misa) enfilamos para casa de Marina, una de las sobrinas mayores de abuelito. A punto de cumplir ochenta años, mantiene el genio y figura de mujer de su casa, atenta a todo lo que ocurre de puertas para adentro, siempre activa y trabajando. Nos recibió en lo alto de la escalera, envuelta en el ladrido furioso de los perros, a quienes mandó callar con un gesto de la mano.
–Cada día te pareces más a tu padre. De pequeñín eras igual que mamá, pero ahora...–, me soltó después de los besos/achuchones de rigor. Lleva quince años diciendo lo mismo cada vez que nos encontramos. Y yo siempre respondo igual ("Es una pena, porque, de los dos, la guapa es ella"), en un ritual que no varía nunca.
Pasamos unos minutos en la cocina, con Marina y uno de sus nietos. El chavalín que trasteaba entre nuestras piernas hace un tiempo, es ahora un toro de mihura, grande y cuadradote, cargado de joyas de oro (sello, cadena y esclava), que trabaja en una fábrica de no sé qué y piensa ya en casarse con la novia. Nos fumamos un cigarrillo juntos y trató de coleguear conmigo. Yo hice lo que pude por ser amable, aunque resultaba evidente que no teníamos mucho que decirnos el uno al otro. Un tipo majo, buena persona y sin dobleces. Pero pertenece a un mundo tan ajeno al mío que no era posible el acercamiento más que de un modo un tanto superficial. Como de hecho fue.
Antes de regresar a Santander, aún recalamos en "donde Juliuca", así lo dijo abuelito:
–Vamos donde Juliuca y nos tomamos un blanco allí.
Pues ala, donde Juliuca. Un bareto de los de toda la vida (de joven, mi abuelo, cuando volvía de romería las noches de verano, desayunaba allí a las siete de la mañana), abierto por los padres de la tal Julia, que hoy es una venerable anciana auxiliada tras la barra por el hijo y uno de los nietos. Toda una dinastía de bareros. Al ir a pagar, me escrutó con la mirada:
–¿Eres nieto de Lecio?
–El mayor.
–¿Pero directo?
–¿Cómo directo? Soy hijo de su hija, sí.
–Ah, es que pensé que a lo mejor eras un nieto político. Pero no, tienes el aire de la familia, eres un Gallego.
En Soto de la Marina, la familia de mi abuelo es conocida con el sobrenombre de los Gallegos, porque su padre fue un marinero venido del Ferrol. Así, yo soy el orgulloso nieto de Lecio el Gallego. Estas cosas de los pueblos me parecen de lo más entrañables.
La comida con mamá, bien. Previamente fuimos los dos (con abuelito) hasta el cementerio de Soto de la Marina con un ramo de flores para la tumba de mi abuela. Todos los sábados lo hacen. Mientras él, con mano temblorosa, cambiaba el agua de los pequeños jarrones, a ambos lados de la lápida, mamá cortaba los tallos de claveles y margaritas y yo me fumaba un cigarro al tiempo que leía, una y otra vez, la sencilla inscripción sobre el mármol. Ahí dentro está el cuerpo de ella. Sentimientos encontrados. No soy muy partidario de estos actos de veneración a los muertos: como no creo en una vida más allá de ésta, no veo la razón para algunos ceremoniales. Pensaba que mi abuelo visita el cementerio todas las semanas en atención al vacío que dejó en su vida la esposa fallecida. Sin embargo, ayer, mamá me cogió en un aparte:
-Dice tu abuelo que cuando se cumpla el año vendremos aquí una vez al mes. Mira cómo están las flores de la semana pasada: perfectas. Es una pena tirarlas, y cada semana son siete euros en ramos. Menudo gasto.
Bueno. Aparte de lo mezquino que pueda ser el que a alguien le parezcan un dispendio siete euros semanales (que conforman la altísima cantidad de 28 al mes) por unas flores, me sorprendió ver lo esclavo de las convenciones sociales que es abuelito. Es cosa de la edad y de la cultura en que ha vivido inmerso toda la vida, un mundo cerrado donde la muerte y el duelo a los muertos tienen sus reglas, sus tiempos, su alivio. Me enternecía la fidelidad de este anciano por la compañera durante más de sesenta años. Y sí, pero no. En el momento en que se cumpla el primer aniversario, ya no es preciso ir al cementerio cada semana. Hay aquí un tufillo a norma, a seguir lo establecido, que me chirría: qué diría la gente (ah, la gente: muy propio de los pueblos, y él es de pueblo, no hay que olvidarlo, vivir en una continua marea de maledicencia y cotilleos, con sus flujos y reflujos) si el viudo no demuestra su fidelidad perruna yendo al cementerio cada siete días. Eso sí, al año ya nadie podrá hablar mal, se habrá cumplido el plazo que prescribe la costumbre –esa gran tirana–, ya nos podremos relajar todos. No critico a mi abuelo, de sobra sé que en él son mecanismos inconscientes, aprendidos, hondamente impresos en su carácter. Aunque no dejó de sorprenderme y... escandalizarme.
Del camposanto (o dormidero de muertos, donde aún hicimos una tour guiada por otras tumbas familiares, tía Leonor, tío Vicente y la pobre tía Amparo, a quien no llegué a conocer y que murió atropellada por un coche a la salida de misa) enfilamos para casa de Marina, una de las sobrinas mayores de abuelito. A punto de cumplir ochenta años, mantiene el genio y figura de mujer de su casa, atenta a todo lo que ocurre de puertas para adentro, siempre activa y trabajando. Nos recibió en lo alto de la escalera, envuelta en el ladrido furioso de los perros, a quienes mandó callar con un gesto de la mano.
–Cada día te pareces más a tu padre. De pequeñín eras igual que mamá, pero ahora...–, me soltó después de los besos/achuchones de rigor. Lleva quince años diciendo lo mismo cada vez que nos encontramos. Y yo siempre respondo igual ("Es una pena, porque, de los dos, la guapa es ella"), en un ritual que no varía nunca.
Pasamos unos minutos en la cocina, con Marina y uno de sus nietos. El chavalín que trasteaba entre nuestras piernas hace un tiempo, es ahora un toro de mihura, grande y cuadradote, cargado de joyas de oro (sello, cadena y esclava), que trabaja en una fábrica de no sé qué y piensa ya en casarse con la novia. Nos fumamos un cigarrillo juntos y trató de coleguear conmigo. Yo hice lo que pude por ser amable, aunque resultaba evidente que no teníamos mucho que decirnos el uno al otro. Un tipo majo, buena persona y sin dobleces. Pero pertenece a un mundo tan ajeno al mío que no era posible el acercamiento más que de un modo un tanto superficial. Como de hecho fue.
Antes de regresar a Santander, aún recalamos en "donde Juliuca", así lo dijo abuelito:
–Vamos donde Juliuca y nos tomamos un blanco allí.
Pues ala, donde Juliuca. Un bareto de los de toda la vida (de joven, mi abuelo, cuando volvía de romería las noches de verano, desayunaba allí a las siete de la mañana), abierto por los padres de la tal Julia, que hoy es una venerable anciana auxiliada tras la barra por el hijo y uno de los nietos. Toda una dinastía de bareros. Al ir a pagar, me escrutó con la mirada:
–¿Eres nieto de Lecio?
–El mayor.
–¿Pero directo?
–¿Cómo directo? Soy hijo de su hija, sí.
–Ah, es que pensé que a lo mejor eras un nieto político. Pero no, tienes el aire de la familia, eres un Gallego.
En Soto de la Marina, la familia de mi abuelo es conocida con el sobrenombre de los Gallegos, porque su padre fue un marinero venido del Ferrol. Así, yo soy el orgulloso nieto de Lecio el Gallego. Estas cosas de los pueblos me parecen de lo más entrañables.
Comentario:
Yo tambien soy de pueblo como sabes y me encantaba cuando mi abuela me contaba las cosas de los pueblos de Jaen. Lastima que todo aquello se vaya perdiendo con el paso de los años
Comentario:
¡Cuántas veces habré discutido con mi abuela acerca de las "leyes no escritas" que a nivel social nos tienen atenazados?
Y un punto de inflexión importante es la visita al a tumba familiar. Mientras ella dice ir a "adorar el hueso" de quien la amó, yo no encuentro más que losa fría y gestos de desolación de los que me rodean en cierto sitio.
Y un punto de inflexión importante es la visita al a tumba familiar. Mientras ella dice ir a "adorar el hueso" de quien la amó, yo no encuentro más que losa fría y gestos de desolación de los que me rodean en cierto sitio.
Comentario:
A pesar de las costumbres represoras y los "qué dirán", a pesar de las líneas que sigue una vida paralela pero totalmente ajena a nosotros en un pueblo como el tuyo, es, como dices, entrañable, encontrar por ejemplo un gesto como ése, reconocerse en tus raíces, el punto de partida que tuvo, hace siglos, tu vida.
Esta experiencia no tiene nada que envidiar a la de los hongos.
Un beso.
Esta experiencia no tiene nada que envidiar a la de los hongos.
Un beso.
Comentario:
Jo, me encanta tu post. Los apodos y los pueblos son un mundo. Mi familia también tiene el suyo, bueno dos.