LOS AMIGOS DE MI ABUELO
Once de la mañana, cielo cubierto. Las calles están empapadas del suave chirimiri que ha caído durante parte de la noche; ahora, sin embargo, no llueve. Y frente al diapasón siempre cambiante (con su poquito de estrés) que es el centro de Madrid durante el fin de semana, aquí da gusto salir a pasear en sábado, con poca gente en el exterior y una impresión de día nuevo, recién estrenado, en el aire.
Me he levantado pronto porque ayer no trasnoché. Para la una y pico ya estaba en la cama, con un globazo de traca gracias al porro que mi tío y yo nos fumamos juntos. Estuvimos charlando sobre mi madre, "una buena mujer que está muy perdida, en mi opinión se ha equivocado de rumbo; tanta fe y tanta religiosidad no pueden ser buenas", decía Charly con voz pastosa, de quien se ha tomado unas cuantas cervezas y está en disposición de hablar claro, sin tapujos, de lo que se piensa. De acuerdo, aunque él tuvo mucha suerte con su madre (un apoyo incondicional en todas las situaciones, el tipo de matriarca sacrificada por todos y sin vida propia que, convinimos los dos, ya va desapareciendo), mientras que yo he de lidiar con la que me tocó, una señora con miedo a vivir, necesitada de las consabidas muletas (marido, posición desahogada, dios y los ángeles y la virgen a su lado, como apoyo silencioso a todos y cada uno de sus actos), que trata de hacer las cosas bien pero con un desfase horario respecto a sus hijos y el mundo en que ellos viven de lo más evidente. Creo que hoy comeremos juntos, así que va a ser cosa de ponerse la careta de animal social –que me queda estupenda, no en vano soy su hijo y bebí de sus fuentes los primeros veinte años de mi vida– y pasar el trago como buenamente pueda.
A última hora de la tarde de ayer fui con abuelito a Los Riojanos, donde se reúne cada viernes con sus amigos. La bodega es un espacio amplio, de techos muy altos, con el molesto televisor dominando desde una esquina, en lo alto, siempre encendido, y la decoración en madera noble, coronada por una cantidad ingente de barriles de vino apilados tras la barra. El olor a vinazo flota en el ambiente y se confunde con las voces recias, varoniles, rotas, de los hombres, la mayoría en la cincuentena o más, que son la clientela fija, fidelísima, del local. Entre estas voces y este aroma a vino se desarrolló parte de mi infancia, viendo jugar a mi abuelo y a su cuadrilla a los dados mientras abuelita y yo, sentados a una esquina de la mesa donde se desarrollaba el juego, comíamos cacahuetes y nos contábamos (me contaba ella, mayormente) historias. En esa misma mesa, abuelito y yo aguardamos a que llegaran el resto. Faltó Luis, con un gripazo tremendo que amenaza la estabilidad de sus noventa años. También con gripe, vino Salva, el amigo más antiguo de mi abuelo –fueron monaguillos juntos, y juntos le bebían el vino al cura: ochenta años después, mantienen su amistad. A mí, de pequeño, me asustaban sus maneras bruscas y su vozarrón intempestivo, como de eterno cabreado con el mundo. Se conserva muy bien, es el mismo de siempre, sólo que con el cabello completamente blanco (pero abundante) y muchas más arrugas en el rostro. Luego aparecieron Manolo, Gerardo (el que nos colaba por la puerta de atrás a las matinés del Coliseum los domingos por la mañana, cuando era administrador del cine) y el Triste –ni idea de cómo se llama: un viejito con buena planta que no se cansa nunca de narrar historias picantes de borracheras y putas, putas y borracheras–, los tres de setenta y dos. Y el último de todos, que es también el benjamín, Ángel, un simpático sesentón, el único que aún no está jubilado: es funcionario de prisiones, me parece.
Abuelito, para celebrar los ochenta y ocho, se trajo consigo unos callos cocinados por mi madre (que no probé, no me gustan) y una tortilla gigante hecha por mi prima Paula. La cosa estuvo bien y se cargó de anécdotas que se contaban los unos a los otros, sin escucharse apenas, con grandes risotadas y continuos tragos de tinto, entre los seis se bebieron tres botellas... A mi abuelo, normalmente más callado, le dio por largarse a contarnos historias encadenadas de su experiencia en la guerra civil como conductor de camiones y mecánico, en el norte de África. Llevo un tiempo notando que revive esos años con especial atención. Puede que la razón oculta resida en que entonces aún no conocía a abuelita, y que sea una manera como otra cualquiera de protegerse de recuerdos dolorosos. El caso es que nos tiramos cerca de media hora oyéndole perorar de Alcazarquivir y alrededores, años 38 y 39 del siglo pasado. Ellos con paciencia y tacto extremos, yo un tanto aburrido y con miedo de que se eternizara demasiado. De cuando en cuando, me levantaba para hablar en la barra con Maite. ¿Cómo será alcanzar la edad de mi abuelo y estar lleno a rebosar de cuentos vividos, gentes que conocimos, hechos y gestas que presenciamos? La incontinencia verbal de los viejos, siempre a la búsqueda compulsiva de alguien a quien contarle sus batallitas.
Hablando de recuerdos exhumados del pasado. Antes, recién llegado a casa, necesitaba unas tijeras y abrí una caja de abuelita, pensando que guardaba allí los útiles de costura. Pero no, lo que vi fueron unas fotografías en sepia de su hijo mayor, mi tío Vicente, el que murió con dos años y medio. Y también otro atadijo de fotos de mi abuela misma, de su madre y de su suegra visitando la tumba del niño, que fue enterrado en Madrid. Hasta allá le llevaron para que lo viera un médico y tratar de salvarle la vida. No hubo nada que hacer: el doctor les dijo que, de haber llegado unos meses antes le hubieran podido curar con penicilina –recién venida a España–, pero que ya entonces, enero de 1947, era demasiado tarde. Con las fotografías, amarilleaba una hoja en que el médico garabateó con letra impenetrable los síntomas de la enfermedad del bebé con su diagnóstico y lo que le recetó. Macabro. Y un mechón de su pelo guardado en una bolsa de plástico, junto a unos botes que no quise tocar y un trozo de tela, a saber de qué. Se lo mostré a Paula, y estuvimos de acuerdo en que aquello era de lo más tétrico. Los restos del paso por este mundo de una criatura que hoy tendría sesenta años y que desapareció hace tantísimo. Al final somos menos que nada, un rizo de pelo en una bolsita y algunas fotografías cuidadosamente conservadas que alguien, antes o después, tirará al cubo de la basura.
Me llamó Tony el cubano para quedar, pero no pudo ser, claro: le comenté que estaba en Santander ("Nunca te cazo, nene", contestó) y prometí que nos veremos la semana que viene. De quien no sé nada es de D, le llamaré a mi vuelta para ver qué se cuenta.
Me he levantado pronto porque ayer no trasnoché. Para la una y pico ya estaba en la cama, con un globazo de traca gracias al porro que mi tío y yo nos fumamos juntos. Estuvimos charlando sobre mi madre, "una buena mujer que está muy perdida, en mi opinión se ha equivocado de rumbo; tanta fe y tanta religiosidad no pueden ser buenas", decía Charly con voz pastosa, de quien se ha tomado unas cuantas cervezas y está en disposición de hablar claro, sin tapujos, de lo que se piensa. De acuerdo, aunque él tuvo mucha suerte con su madre (un apoyo incondicional en todas las situaciones, el tipo de matriarca sacrificada por todos y sin vida propia que, convinimos los dos, ya va desapareciendo), mientras que yo he de lidiar con la que me tocó, una señora con miedo a vivir, necesitada de las consabidas muletas (marido, posición desahogada, dios y los ángeles y la virgen a su lado, como apoyo silencioso a todos y cada uno de sus actos), que trata de hacer las cosas bien pero con un desfase horario respecto a sus hijos y el mundo en que ellos viven de lo más evidente. Creo que hoy comeremos juntos, así que va a ser cosa de ponerse la careta de animal social –que me queda estupenda, no en vano soy su hijo y bebí de sus fuentes los primeros veinte años de mi vida– y pasar el trago como buenamente pueda.
A última hora de la tarde de ayer fui con abuelito a Los Riojanos, donde se reúne cada viernes con sus amigos. La bodega es un espacio amplio, de techos muy altos, con el molesto televisor dominando desde una esquina, en lo alto, siempre encendido, y la decoración en madera noble, coronada por una cantidad ingente de barriles de vino apilados tras la barra. El olor a vinazo flota en el ambiente y se confunde con las voces recias, varoniles, rotas, de los hombres, la mayoría en la cincuentena o más, que son la clientela fija, fidelísima, del local. Entre estas voces y este aroma a vino se desarrolló parte de mi infancia, viendo jugar a mi abuelo y a su cuadrilla a los dados mientras abuelita y yo, sentados a una esquina de la mesa donde se desarrollaba el juego, comíamos cacahuetes y nos contábamos (me contaba ella, mayormente) historias. En esa misma mesa, abuelito y yo aguardamos a que llegaran el resto. Faltó Luis, con un gripazo tremendo que amenaza la estabilidad de sus noventa años. También con gripe, vino Salva, el amigo más antiguo de mi abuelo –fueron monaguillos juntos, y juntos le bebían el vino al cura: ochenta años después, mantienen su amistad. A mí, de pequeño, me asustaban sus maneras bruscas y su vozarrón intempestivo, como de eterno cabreado con el mundo. Se conserva muy bien, es el mismo de siempre, sólo que con el cabello completamente blanco (pero abundante) y muchas más arrugas en el rostro. Luego aparecieron Manolo, Gerardo (el que nos colaba por la puerta de atrás a las matinés del Coliseum los domingos por la mañana, cuando era administrador del cine) y el Triste –ni idea de cómo se llama: un viejito con buena planta que no se cansa nunca de narrar historias picantes de borracheras y putas, putas y borracheras–, los tres de setenta y dos. Y el último de todos, que es también el benjamín, Ángel, un simpático sesentón, el único que aún no está jubilado: es funcionario de prisiones, me parece.
Abuelito, para celebrar los ochenta y ocho, se trajo consigo unos callos cocinados por mi madre (que no probé, no me gustan) y una tortilla gigante hecha por mi prima Paula. La cosa estuvo bien y se cargó de anécdotas que se contaban los unos a los otros, sin escucharse apenas, con grandes risotadas y continuos tragos de tinto, entre los seis se bebieron tres botellas... A mi abuelo, normalmente más callado, le dio por largarse a contarnos historias encadenadas de su experiencia en la guerra civil como conductor de camiones y mecánico, en el norte de África. Llevo un tiempo notando que revive esos años con especial atención. Puede que la razón oculta resida en que entonces aún no conocía a abuelita, y que sea una manera como otra cualquiera de protegerse de recuerdos dolorosos. El caso es que nos tiramos cerca de media hora oyéndole perorar de Alcazarquivir y alrededores, años 38 y 39 del siglo pasado. Ellos con paciencia y tacto extremos, yo un tanto aburrido y con miedo de que se eternizara demasiado. De cuando en cuando, me levantaba para hablar en la barra con Maite. ¿Cómo será alcanzar la edad de mi abuelo y estar lleno a rebosar de cuentos vividos, gentes que conocimos, hechos y gestas que presenciamos? La incontinencia verbal de los viejos, siempre a la búsqueda compulsiva de alguien a quien contarle sus batallitas.
Hablando de recuerdos exhumados del pasado. Antes, recién llegado a casa, necesitaba unas tijeras y abrí una caja de abuelita, pensando que guardaba allí los útiles de costura. Pero no, lo que vi fueron unas fotografías en sepia de su hijo mayor, mi tío Vicente, el que murió con dos años y medio. Y también otro atadijo de fotos de mi abuela misma, de su madre y de su suegra visitando la tumba del niño, que fue enterrado en Madrid. Hasta allá le llevaron para que lo viera un médico y tratar de salvarle la vida. No hubo nada que hacer: el doctor les dijo que, de haber llegado unos meses antes le hubieran podido curar con penicilina –recién venida a España–, pero que ya entonces, enero de 1947, era demasiado tarde. Con las fotografías, amarilleaba una hoja en que el médico garabateó con letra impenetrable los síntomas de la enfermedad del bebé con su diagnóstico y lo que le recetó. Macabro. Y un mechón de su pelo guardado en una bolsa de plástico, junto a unos botes que no quise tocar y un trozo de tela, a saber de qué. Se lo mostré a Paula, y estuvimos de acuerdo en que aquello era de lo más tétrico. Los restos del paso por este mundo de una criatura que hoy tendría sesenta años y que desapareció hace tantísimo. Al final somos menos que nada, un rizo de pelo en una bolsita y algunas fotografías cuidadosamente conservadas que alguien, antes o después, tirará al cubo de la basura.
Me llamó Tony el cubano para quedar, pero no pudo ser, claro: le comenté que estaba en Santander ("Nunca te cazo, nene", contestó) y prometí que nos veremos la semana que viene. De quien no sé nada es de D, le llamaré a mi vuelta para ver qué se cuenta.
Comentario:
Que tal por esas tierras?? Joder tio...a mi tambien me ha parecido bastante macabro eso que cuentas...pero en fin!! Tienes razon, no somos na....pero este tipo de comentarios incita al Carpe Diem...pues qué frase y que razón tiene...
Besotes ;-)
Besotes ;-)
Comentario:
me has dejado.... pues yo no he conocido a mis abuelos, aunque a mis abuelas si, y no aparentan nada la edad que tienen, eso es pa verlas... jajajaja.
Comentario:
alcazarquivir m trae recuerdos del viaje algo asustado que hicimos hace ya algo más de un año... ojalá contemos nosotros batallitas del marruecos dentro de 50 años... "me acuerdo cuando vivía el rey ese... cómo se llamaba, ah, sí, mohammed vi!" niño, no te llamo pq m robaron el móvil y ando liadísimo... pero si quieres hablar conmigo, staré sta noche en casa cuando tu salgas del currele, q t tengo q contar. bsote
Comentario:
Suerte que al menos tienes abuelos. Yo no conoci a ninguno de mis abuelos, snif snif