EN SANTANDER
El autobús ha parado en Burgos ciudad. Disponemos de veinte minutos para descansar y tomo un café en la estación, el mismo bar donde pasé unas horas, hace siglos, en plena noche, sentado a una de las mesas de plástico blanco, igual de feas y sucias que en mi recuerdo. Han modernizado un tanto la cafetería, pero su aire desangelado, de lugar de paso y sin clientes habituales que den un aspecto hogareño al local, me envuelve como si diera un paso atrás (un triple salto mortal atrás, más bien) en el tiempo. Por algún lugar dormirán su sueño largo y sin imágenes las páginas que escribí durante esas horas de espera, en que me dediqué -un ejercicio, el de la escritura, que entonces me ayudó a que el tiempo pasara más rápido, minutos interminables sucediéndose perezosos los unos a los otros- a describir cuanto veía a mi alrededor. Lo dicho, un lugar de paso.
He dormido casi todo el trayecto, y ya más despejado me he puesto a leer el libro de Martín Gaite, un último empujón que me queda para terminarlo. Como siempre que una novela me gusta (y ésta me deslumbra), resulta difícil arrancarse del poder onírico de la narración y volver a poner los pies en el suelo. Esta realidad, ahora, de la cafetería en la estación de Burgos. Leonardo y Casilda, que en la parte que leo de "La Reina de las Nieves" se han quedado hablando por teléfono, su primera conversación, se me antojan seres con mayor entidad y colorido que estos desconocidos con los que viajo, que se acodan en la barra, como yo mismo, y engullen cafés, bocadillos de jamón o de tortilla, un pastelillo con crema dentro. Mantienen el gesto de viajero cansado y la mirada atenta a las agujas del reloj, para no perder el autobús, que saldrá en breve. La puerta de la entrada bate una y otra vez su hoja contra el marco de aluminio y hace un ruido desabrido, metálico, que impide relajarse y olvidar dónde estamos.
Ya en Santander, por primera vez he roto la rutina de la llegada. En lugar de apresurarme hacia casa, he hecho un alto en el camino y me tomo un mediano en el bar donde estrené el año. De algún modo, antes de saludar a nadie, me apetece este demorarse en el camino. Tal vez necesito digerir el conjunto de emociones que me han nacido del final de la novela. Hay una escena, la del encuentro entre madre e hijo, cuando Leonardo apoya su cabeza sobre el regazo de ella y rompe a llorar, que me ha puesto a mí en un tris de hacer lo mismo. Un nudo en la garganta según leía, una comunicación intensa con lo que ocurría, que no se han resuelto en lágrimas porque no estaba solo, en el asiento de al lado se sentaba uno que, con su presencia incómoda, ha impedido que llore. Según devoraba las últimas páginas, las grúas del muelle se hacían visibles, con sus brazos como antenas metálicas que aguijonearan el cielo gris, próximo el ocaso, preñado de nubes oscuras que amenazan lluvia. El tinte nostálgico de un aire fresco, intensamente salado de mar. Luego, al pasar por Marqués de la Hermida, divisé el taller de abuelito (sin el cartel de Talleres Lecio, ahora quien se lo alquiló ha puesto otro nombre), iluminado por dentro y con obreros trabajando. Esto me ha traído en barullo un montón de recuerdos de niñez, esos días de verano o Navidad en que yo jugaba por allí, ajeno a preocupaciones de ningún tipo, cuando tuercas y bujías formaban el incontable ejército con que yo pasaba las horas, bujías contra tuercas, las había grandes y brillantes, o más pequeñas y como renegridas. Luego, cuando abuelito se quitaba el mono y se lavaba las manos, íbamos toda la familia a tomar el aperitivo a Los Riojanos, el bar de Maite. Todo aquello se acabó, desapareció en el tráfago de años y ahora sólo reside en mi memoria de elefante. Es un pensamiento triste, pero del orden de tristeza dulce, que me cosquillea el alma y me dibuja una sonrisa en el rostro.
He dormido casi todo el trayecto, y ya más despejado me he puesto a leer el libro de Martín Gaite, un último empujón que me queda para terminarlo. Como siempre que una novela me gusta (y ésta me deslumbra), resulta difícil arrancarse del poder onírico de la narración y volver a poner los pies en el suelo. Esta realidad, ahora, de la cafetería en la estación de Burgos. Leonardo y Casilda, que en la parte que leo de "La Reina de las Nieves" se han quedado hablando por teléfono, su primera conversación, se me antojan seres con mayor entidad y colorido que estos desconocidos con los que viajo, que se acodan en la barra, como yo mismo, y engullen cafés, bocadillos de jamón o de tortilla, un pastelillo con crema dentro. Mantienen el gesto de viajero cansado y la mirada atenta a las agujas del reloj, para no perder el autobús, que saldrá en breve. La puerta de la entrada bate una y otra vez su hoja contra el marco de aluminio y hace un ruido desabrido, metálico, que impide relajarse y olvidar dónde estamos.
Ya en Santander, por primera vez he roto la rutina de la llegada. En lugar de apresurarme hacia casa, he hecho un alto en el camino y me tomo un mediano en el bar donde estrené el año. De algún modo, antes de saludar a nadie, me apetece este demorarse en el camino. Tal vez necesito digerir el conjunto de emociones que me han nacido del final de la novela. Hay una escena, la del encuentro entre madre e hijo, cuando Leonardo apoya su cabeza sobre el regazo de ella y rompe a llorar, que me ha puesto a mí en un tris de hacer lo mismo. Un nudo en la garganta según leía, una comunicación intensa con lo que ocurría, que no se han resuelto en lágrimas porque no estaba solo, en el asiento de al lado se sentaba uno que, con su presencia incómoda, ha impedido que llore. Según devoraba las últimas páginas, las grúas del muelle se hacían visibles, con sus brazos como antenas metálicas que aguijonearan el cielo gris, próximo el ocaso, preñado de nubes oscuras que amenazan lluvia. El tinte nostálgico de un aire fresco, intensamente salado de mar. Luego, al pasar por Marqués de la Hermida, divisé el taller de abuelito (sin el cartel de Talleres Lecio, ahora quien se lo alquiló ha puesto otro nombre), iluminado por dentro y con obreros trabajando. Esto me ha traído en barullo un montón de recuerdos de niñez, esos días de verano o Navidad en que yo jugaba por allí, ajeno a preocupaciones de ningún tipo, cuando tuercas y bujías formaban el incontable ejército con que yo pasaba las horas, bujías contra tuercas, las había grandes y brillantes, o más pequeñas y como renegridas. Luego, cuando abuelito se quitaba el mono y se lavaba las manos, íbamos toda la familia a tomar el aperitivo a Los Riojanos, el bar de Maite. Todo aquello se acabó, desapareció en el tráfago de años y ahora sólo reside en mi memoria de elefante. Es un pensamiento triste, pero del orden de tristeza dulce, que me cosquillea el alma y me dibuja una sonrisa en el rostro.
Comentario:
Como dice Swagger, Gracias por dejarnos leer esto, de verdad, gracias.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
aish...los bonitos recuerdos cuando vienen a nosostros ;).Un beso!
Comentario:
No me cabe ninguna duda de que tu abuelo está orgulloso de ti. Y si 'todo' reside en tu memoria no ha desaparecido. Ese 'todo', Cornelio, eres tú. Por cierto, ¿qué le has hecho a la Horadada? ¿No te gustaba? ¿Una mala noche? ;)
Un besazo
Un besazo
Comentario:
Te leo y respiro el aire de la estación.
Te leo y veo la grúa al entrar a la ciudad.
Gracias por compartir!
Un Abrazo
Te leo y veo la grúa al entrar a la ciudad.
Gracias por compartir!
Un Abrazo