NO PUEDO EVITARLO
Hechopolvísimo, de nuevo en casa de M para terminar lo de la revista (que se me resiste...). Anoche apenas dormí, salí un ratito con la gente del curro por Malasaña y, a eso de la 1.30, cambié los aires hippies de la calle La Palma por Chueca. Recalé en el LL a ver la actuación, emborracharme un poco más (la cerveza se me sube con una facilidad pasmosa) y charlar con Ma y J, que pululaban por allí y me habían llamado. Estando como yo estaba, pasó lo que tenía que pasar. J estuvo muy meloso toda la noche, abrazándome, rozándose conmigo desde atrás, diciéndome lo guapo que me veía y las ganas que tenía de que nos diéramos un homenaje..., así que terminamos en su casa y follamos. La experiencia no fue nada mal, sobre todo porque, antes y después, J estuvo muy majo, cariñoso y atento como el que más. Justo lo que yo necesitaba. Y en la cama, todo genial, hubo química de la buena, ejercicios gimnásticos en plan más difícil todavía, besos apasionados que casi eran mordiscos (había mucha fame por ambas partes), etcétera, etcétera. Él se levantó prontísimo, a eso de las siete de la mañana, yo ni me enteré, y, para cuando me desperté, encontré una nota en la almohada diciéndome dónde estaban las cosas para darme una ducha y desayunar, si quería. Un encanto de tío, ya digo. Sabe perfectamente que estoy con P y que eso, de momento, no va a cambiar, pero no me hizo preguntas y yo no le di explicaciones. Mejor así. ¿Por qué no me liaré con alguien como J, que no es nada complicado y nunca me daría problemas? La respuesta, por evidente, es tristísima y devastadora: siempre me gustan los tíos retorcidillos y con una vida interior atormentada. Como le sucede al 99% de la gente, imagino. Manda huevos, que diría mister Trillo.
Al mediodía (alegría), tomé un café en el Colby y me puse a leer, después de un lingotazo de Alka-Seltzer en casa que me reconstruyó por dentro, ya que no por fuera. He dejado de lado a Henry James y sus frases río, no estoy de humor para complicadas geometrías del alma humana. Así que en el Colby comencé "La familia Wapshot", de John Cheever, que de momento (llevo sólo 20 páginas) me está gustando. Y enganchando.
A lo que iba. Estoy leyendo, lde cuando en cuando (muy en la línea de chico solo con pensamientos profundos, profundos) levanto la vista del libro y observo a la gente pasar por Fuencarral, toda una fauna de lo más variopinta desfilando frente a mí. De entre todos, se destaca de repente G, mi rollo del mes de abril. Venezolano guapísimo, piel morena, ojos grandes y rasgados, cuerpo glorioso y verborrea de culebrón como para parar un tren de mercancías. Se vino a mi mesa, me abrazó y ya inició, sin transición, el acoso y derribo. Total, que se va a quedar en casa unos días (vive a caballo entre Madrid y Alicante) y, casi seguro, echaremos un polvo de recuerdo, por aquello de ver si todo sigue en su sitio como hace unos meses. Madre mía, la que se me viene encima. Yo cada día tengo más olvidado a P, ahora vuelve a hacer acto de presencia G, de quien jamás podría enamorarme pero que por eso mismo (y porque está cañón) es super cómodo para mí, acabo de iniciarme en la práctica de la infidelidad, la bola de nieve crece y amenaza convertirse en alud... Esto no acabará bien, lo presiento. Pero, como decía Valmont, "no puedo evitarlo".
P me llamó antes y, esta vez sí, cogí el teléfono. A su pregunta de qué había pasado ayer, mentí y dije que me había dejado el móvil en casa. Está ya en Almería y anuncia su llegada para el miércoles, más o menos. Tengo ganas de verle, a qué engañarnos. Pero también mucho miedo por lo que pueda pasar. Después del punto de inflexión que suponer haberle puesto los cuernos (de lo que no me arrepiento en absoluto, siempre dije que tengo una ética muy poco estética), a lo mejor descubro que el globo del amor se desinfló y que el llanero solitario cabalga solo de nuevo. Veremos.
Al mediodía (alegría), tomé un café en el Colby y me puse a leer, después de un lingotazo de Alka-Seltzer en casa que me reconstruyó por dentro, ya que no por fuera. He dejado de lado a Henry James y sus frases río, no estoy de humor para complicadas geometrías del alma humana. Así que en el Colby comencé "La familia Wapshot", de John Cheever, que de momento (llevo sólo 20 páginas) me está gustando. Y enganchando.
A lo que iba. Estoy leyendo, lde cuando en cuando (muy en la línea de chico solo con pensamientos profundos, profundos) levanto la vista del libro y observo a la gente pasar por Fuencarral, toda una fauna de lo más variopinta desfilando frente a mí. De entre todos, se destaca de repente G, mi rollo del mes de abril. Venezolano guapísimo, piel morena, ojos grandes y rasgados, cuerpo glorioso y verborrea de culebrón como para parar un tren de mercancías. Se vino a mi mesa, me abrazó y ya inició, sin transición, el acoso y derribo. Total, que se va a quedar en casa unos días (vive a caballo entre Madrid y Alicante) y, casi seguro, echaremos un polvo de recuerdo, por aquello de ver si todo sigue en su sitio como hace unos meses. Madre mía, la que se me viene encima. Yo cada día tengo más olvidado a P, ahora vuelve a hacer acto de presencia G, de quien jamás podría enamorarme pero que por eso mismo (y porque está cañón) es super cómodo para mí, acabo de iniciarme en la práctica de la infidelidad, la bola de nieve crece y amenaza convertirse en alud... Esto no acabará bien, lo presiento. Pero, como decía Valmont, "no puedo evitarlo".
P me llamó antes y, esta vez sí, cogí el teléfono. A su pregunta de qué había pasado ayer, mentí y dije que me había dejado el móvil en casa. Está ya en Almería y anuncia su llegada para el miércoles, más o menos. Tengo ganas de verle, a qué engañarnos. Pero también mucho miedo por lo que pueda pasar. Después del punto de inflexión que suponer haberle puesto los cuernos (de lo que no me arrepiento en absoluto, siempre dije que tengo una ética muy poco estética), a lo mejor descubro que el globo del amor se desinfló y que el llanero solitario cabalga solo de nuevo. Veremos.