MI AMIGA MARA
Llamé a Mara A-R, después de varios meses en que di la callada por respuesta, porque me sentía ahogado en su verborrea de mujer siempre enferma y en trance de desaparición. No parece que hayan cambiado mucho las cosas: continúa con sus dolores en la espalda (la amenaza de terminar en silla de ruedas siempre está ahí) y una anemia importante que limita sus ganas de vivir. Me escudé en una supuesta depresión tras la muerte de abuelita que me ha mantenido encerrado en mi concha, olvidado de todo lo que viniera del exterior. Una bonita (y piadosa) mentira para soslayar este mar de tiempo sin noticias mías. Es buena persona, con un corazón inmenso, pero actúa con sus amigos –al menos conmigo, que fui durante años su paño de lágrimas– de un modo compulsivo, sin medida. Llamaba a cualquier hora y nuestras conversaciones eran un vómito sin digerir de sus miedos y fobias, sin preguntar nunca cómo me encontraba yo. Semeja una boa constrictor de los sentimientos: a poco que te despistes, te traga entero y ya no hay nada que hacer más que escuchar sus lamentos (de viva voz o por teléfono) y disquisiciones varias. Un día es lo mala a morir que está, otro es el chulazo que se ligó por la noche y los polvos (con pelos y señales que nunca ahorra) que echó con él. He cometido el error de hablarle de que este viernes subo a Santander por el cumpleaños de mi abuelo, y enseguida comenzó a hacer planes por mí: se le ha ocurrido la genial idea de llevarme en coche hasta allá.
–Necesito ver el mar, así que no me importa que pases tiempo con tu familia, yo me busco la vida sin problemas. Ya lo sabes.
–Bueno... vale.
–Todo depende de cómo esté mi espalda. Si tú condujeras podríamos turnarnos al volante, pero el viaje tendré que hacerlo entero yo, igual no puedo, no sabes lo enferma que estoy.
–Vamos a hacer una cosa: te llamo el miércoles para confirmar, y si no puede ser, compro un billete y voy en autobús.
Me agarré al clavo ardiendo de esa posibilidad, porque el viaje con Mara no me apetece nada. Más que ansiedad ante la perspectiva de unas horas encerrado en el coche con ella (lo que supone escuchar la retahíla de males y bienes que jalonan su existencia), lo que me da pánico es el viaje en sí: Mara es una pésima conductora, siempre al borde del accidente. Y 300 kilómetros son muchos, temo que no lleguemos. Hablándolo con E, decidí que hoy mismo vuelvo a llamarla para decirle que mis padres pasan por Madrid y me llevan ellos. Que ahora volvemos a estar en contacto y no quiero hacerles un feo. Otra mentira más en nuestra relación, que es de lo más atípica.
Nos presentaron hace casi trece años, en Plaza del Rey (más conocido por Las Gallinas), cuando ella era una casi cuarentona, rubia y regordeta, con enormes ojos azules, voz de estibador del puerto y una fuerza vital realmente arrolladora, hasta cansina. Yo entonces me sentía muy solo en Madrid, rodeado de gente a la que no consideraba mis verdaderos amigos, y permití que ella me prohijara, encontré acomodo bajo sus alas maternales y me quedé a vivir allí, bien mullidito, durante una temporada. El problema es que los años pasaron y ella siguió basando nuestra amistad en esos mismos parámetros: el alevín de escritor, joven y de provincias, un poco perdidillo en la marabunta informe y despiadada de la capital; la gran dama mundana, sexualmente agresiva, un trasunto de las marquesas en la Francia del XVIII que recibían en sus salones a la flor y nata de su tiempo. Una falsedad que yo acepté como parte del juego entre los dos. Pero en absoluto real. Un día me lo soltó a bocajarro:
–Tú necesitas un interlocutor válido, alguien a tu altura con quien charlar. Y esa persona, la única posible, soy yo.
No tuve valor para deshacer el engaño en que vivía. Cómo explicarle que para entonces, de nuevo en Madrid, ya estaba rodeado de interlocutores más que válidos, que el binomio discípulo/maestra nunca fue cierto, pero menos que nunca, ahora. Las cenas en su casa de Majadahonda, con algún famosillo de turno que ella mostraba como una adquisición de valor incalculable, siempre me resultaron aburridas, muy poco naturales. Mara rodeada de hombres, la única mujer en un universo marica de admiradores ("No soporto a las mujeres, soy una misógina", reía con una carcajada honda y gutural. "No las quiero en mis fiestas"). Se vestía muy elegante, con alguna joya de familia con más de un siglo de historia, perfecta en su papel de anfitriona exquisita y demodè. Ellos eran una masa cambiante de gays que Mara recolectaba por los garitos de Chueca, entre los veinte y los cuarenta años. Unos estaban allí por méritos propios (escultura, literatura, teatro), otros por su cuna: eran hijos de las mejores familias de Madrid, con ese tonillo vocacional de niños pijos y tontines. Que no soporto: me sentía como pez fuera del agua. Supongo que yo era una pieza importante en la tramoya de aquellas cenas elegantísimas: un chavalín guapo y joven, muy de izquierdas y bastante rebelde. Como el elemento picante que se añade a una salsa demasiado suave, poco transgresora.
Conmigo, Mara revivía sus años en la facultad de Derecho, cuando era anarquista y descubrió los placeres del sexo...
–Necesito ver el mar, así que no me importa que pases tiempo con tu familia, yo me busco la vida sin problemas. Ya lo sabes.
–Bueno... vale.
–Todo depende de cómo esté mi espalda. Si tú condujeras podríamos turnarnos al volante, pero el viaje tendré que hacerlo entero yo, igual no puedo, no sabes lo enferma que estoy.
–Vamos a hacer una cosa: te llamo el miércoles para confirmar, y si no puede ser, compro un billete y voy en autobús.
Me agarré al clavo ardiendo de esa posibilidad, porque el viaje con Mara no me apetece nada. Más que ansiedad ante la perspectiva de unas horas encerrado en el coche con ella (lo que supone escuchar la retahíla de males y bienes que jalonan su existencia), lo que me da pánico es el viaje en sí: Mara es una pésima conductora, siempre al borde del accidente. Y 300 kilómetros son muchos, temo que no lleguemos. Hablándolo con E, decidí que hoy mismo vuelvo a llamarla para decirle que mis padres pasan por Madrid y me llevan ellos. Que ahora volvemos a estar en contacto y no quiero hacerles un feo. Otra mentira más en nuestra relación, que es de lo más atípica.
Nos presentaron hace casi trece años, en Plaza del Rey (más conocido por Las Gallinas), cuando ella era una casi cuarentona, rubia y regordeta, con enormes ojos azules, voz de estibador del puerto y una fuerza vital realmente arrolladora, hasta cansina. Yo entonces me sentía muy solo en Madrid, rodeado de gente a la que no consideraba mis verdaderos amigos, y permití que ella me prohijara, encontré acomodo bajo sus alas maternales y me quedé a vivir allí, bien mullidito, durante una temporada. El problema es que los años pasaron y ella siguió basando nuestra amistad en esos mismos parámetros: el alevín de escritor, joven y de provincias, un poco perdidillo en la marabunta informe y despiadada de la capital; la gran dama mundana, sexualmente agresiva, un trasunto de las marquesas en la Francia del XVIII que recibían en sus salones a la flor y nata de su tiempo. Una falsedad que yo acepté como parte del juego entre los dos. Pero en absoluto real. Un día me lo soltó a bocajarro:
–Tú necesitas un interlocutor válido, alguien a tu altura con quien charlar. Y esa persona, la única posible, soy yo.
No tuve valor para deshacer el engaño en que vivía. Cómo explicarle que para entonces, de nuevo en Madrid, ya estaba rodeado de interlocutores más que válidos, que el binomio discípulo/maestra nunca fue cierto, pero menos que nunca, ahora. Las cenas en su casa de Majadahonda, con algún famosillo de turno que ella mostraba como una adquisición de valor incalculable, siempre me resultaron aburridas, muy poco naturales. Mara rodeada de hombres, la única mujer en un universo marica de admiradores ("No soporto a las mujeres, soy una misógina", reía con una carcajada honda y gutural. "No las quiero en mis fiestas"). Se vestía muy elegante, con alguna joya de familia con más de un siglo de historia, perfecta en su papel de anfitriona exquisita y demodè. Ellos eran una masa cambiante de gays que Mara recolectaba por los garitos de Chueca, entre los veinte y los cuarenta años. Unos estaban allí por méritos propios (escultura, literatura, teatro), otros por su cuna: eran hijos de las mejores familias de Madrid, con ese tonillo vocacional de niños pijos y tontines. Que no soporto: me sentía como pez fuera del agua. Supongo que yo era una pieza importante en la tramoya de aquellas cenas elegantísimas: un chavalín guapo y joven, muy de izquierdas y bastante rebelde. Como el elemento picante que se añade a una salsa demasiado suave, poco transgresora.
Conmigo, Mara revivía sus años en la facultad de Derecho, cuando era anarquista y descubrió los placeres del sexo...
Comentario:
Bueno mas que una novela yo diria un culebron de TVE jejejeje. No coño que es broma. Pero cuando termino de leer tus post solo falta escuchar "no se vayan todavia... aun hay mas"
Comentario:
Sí, Mot, le da una aire novelesco a sus post que a mi también me encanta. La verdad es que hay por ahí sueltas bastantes personas aficionadas a convertirte en un objeto con el que divertir/fascinar a su grupo de amigos. Que gustan de llevarte a su ámbito para decir 'mirad lo que he adquirido' o, peor, 'mirad a lo que me estoy tirando ahora' Y sobra decir que, cuando tú eres el objeto, lo único que quieres es salir de allí corriendo porque te sientes como un florero o una litografía... En fin, hay gente para todo.
Besos
Besos
Comentario:
Cornelio, ay, a mí es que me encanta cómo cuentas las cosas, tu vida parece una novela, a ver si te pones en serio y la escribes, por cierto, ¿cómo va? ¿le estás echando tiempo? Porque dijimos que este año acabábamos la historia de Julio, no? Jeje, en cuanto al tema del artículo, te entiendo, a veces me he sentido el yogur de una reunión de cuarentones que intentaba ver reflejada su rebeldía a través de mí, eso pasa, eso me pasará a mí cuando sea mayor, supongo. Creo que el tiempo hace esto con las personas, extrapola ilusiones perdidas a gente que parece tener más tiempo que tú para conseguirlo.
Un beso
Un beso