Diario de Madrid
Sindicación
 
¿ALGUIEN NUEVO EN MI VIDA?
Giro de ciento ochenta grados. V, mi amigo ocasional en Londres, a quien de cuando en cuando he encontrado por ahí, ha hecho acto de presencia en mi vida y la ha desbaratado sin remedio. Ya al vernos en Noxx, a finales de septiembre, estuvo especialmente cariñoso y terminamos morreando como hienas. Entonces le propuse irnos juntos, pero él me miró largo y tendido, movió la cabeza pensativo y dijo que no -a lo mejor tenía un novio esperándole en la cama, o estaba demasiado puesto, o cansado, o bien no le apetecía estar conmigo. Se quedó todo en un tonteo (inesperado, por cuanto V nunca había parecido interesado en mí) que olvidé a los pocos días. Pasaron las semanas, se sucedieron varios en mi vida, ninguno muy importante -quizás Gabriel y Jacobo, el uno por guapísimo, el otro por inteligente, hicieron un poco más de impresión, dejaron una tenue huella en la memoria-, hasta que el miércoles por la noche salí de nuevo con Ma (esta vez, J sí estaba presente, como siempre tirándome los tejos, y yo haciendo quiebros de torero bombero para esquivarlos). La cosa fue divertida, seguí la ruta habitual que ellos hacen, primero Cool con una música bastante normalita tirando a mala, a ver si ya se modernizan algo que va siendo hora; y luego Heaven. Me sentí observado, así que la dosis de vanidad para mi ego se colmó de sobra. De nuevo bailé como un loco. Vi a N, el amigo mexicano de mi ex vecino Jose, que se empeñó en que le acompañara al baño para que me bajara los pantalones y le enseñara la polla (?). Está la gente muy desatada... Aunque en su momento hubo tensioncilla sexual entre los dos, eso quedó atrás en el tiempo. Y pasé de él.
-Esto igual te sirve con los niños de veinte años (a cambio de una raya unas migajas de sexo), pero ya estamos mayores tú y yo para según qué juegos.
Le dije. Y era verdad, ahora en mi vida prima la calidad sobre la cantidad a la hora de irme con alguien. Quiero decir que, por una parte soy el tío más facilón del planeta, pero también he aprendido a decir que no si lo que se me ofrece no me convence del todo. Era el caso. Bailoteaba por ahí, rondándonos, un rapado cañón, cañón que me miraba y sonreía. Terminó acercándose para decirme que soy clavado a un camarero del Kolabora, me abrazó y estampó un casto beso de amigo en mi frente. Qué bien. Su colega, chiquitín y gracioso, me miraba con ojos golositos, ese sí, pero no me gustaba mucho y lo dejé correr.
Llegamos al Heaven (el lugar, ya lo he dicho en este Diario, es infecto, pero la música me encanta, más si pensamos que se trata de un after). J se perdió con uno que al principio no le gustaba nada pero que, a medida que los minutos pasaban y la hambruna apretaba, comenzó a hacerle gracia; Ma y yo nos movimos a la zona de los baños, menos concurrida. Necesitábamos bailar por encima de todo, y la pista estaba imposible de gente, cuerpos sudorosos, músculos de diseño, miradas y manos acariciadoras. Y entonces me di de bruces con V. En un instante, desaparecieron Ma y la música, los que nos rodeaban se esfumaron y quedamos los dos solos, frente a frente. Nos mirábamos con sorpresa, como si nunca antes nos hubiésemos mirado. No de aquella manera. Cuando hablábamos, juntaba su cabeza con la mía y me pasaba el brazo por la cintura, la palma de su mano abierta sobre mi costado. Le pedí su número para llamarle algún día, y lo memoricé. Rozó sus labios con los míos y antes de darme cuenta mi universo eran su boca y su lengua, sus manos y su pelo, su cuerpo pegado al mío. Nos besábamos con furia y ganas y ansia desbordada. De una forma un poco brutal, es cierto: me buscaba el labio inferior y cuando lo apresaba entre los dientes tiraba de él con fuerza hasta hacerme daño. Yo no me atrevía a decirle que se cortara algo, que a mí aquello no me ponía, que el dolor y el sexo, para el moi, están reñidos. Navegaba en una nube y no quería bajarme de ella, ni hacer que bajara él. Resultado: todavía hoy tengo el labio dolorido, poco a poco cicatrizan las heridas que me dejó (cuando Ma me vio a la luz del día, se quedó asustado de lo inflamada que tenía la boca). Estuvimos juntos por espacio de media hora, esta vez era él quien me pedía que nos fuéramos juntos.
-¿No se te hace raro que estemos así?-, me preguntó al oido.
-Un poco sí.
-Tú y yo siempre nos rozamos, pero nunca llegamos a nada.
No lo recuerdo así. Que yo sepa, nunca demostró el más mínimo interés por mí. A V le conocí a través de Pau, en el Old Compton's Café, adonde íbamos mucho Ainhoa y yo. Nada más verle me gustó, alto y espigado, dos ojos azules como piedras un poco frías, que me intimidaban. Vivía en Winchester, con una beca -creo que esculpía, pero no estoy seguro-, y no siempre pasaba los fines de semana en Londres. Quedamos unas cuantas veces, espaciadas en el tiempo. Éramos amigos, podría decirse, aunque nunca dejé de sentirme levemente incómodo, azorado, frente a la dura determinación de su mirada añil, casi de anciano en un rostro de veinteañero serio y parco en palabras... Y ahora no sé qué pensar, la verdad. Bueno, no: sé qué debería hacer, que es no pensar y tirarme en plancha, por ver qué resulta. Claro que eso es imposible cuando se trata de mí. A punto estuve de irme con él, pero Ma estaba solo (J brujuleaba por allí, desatado en busca de alguien que llevarse a la boca) y le expliqué que iba a hacer compañía a mi amigo, que nos veríamos después. A la salida (serían las diez de la mañana) ya no le encontré, y nada más llegar a casa le envié un mensaje prometiendo que hoy le llamaría. Su respuesta: "Me hubiera gustado dormir contigo, entre otras cosas". Un nuevo mensaje mío, ayer por la tarde: "Acabo de pagar el alquiler y la casera me ha mirado raro... Tengo los labios destrozados... A mí también me hubiera gustado dormir contigo. Todavía estamos a tiempo si cuando se te pase el pedo aún te quedan ganas. A mí no se me han ido... Un beso".
Y es verdad que uno de los motivos por que no me fui con él era el miedo a que todo fuera un combinado de borrachera y química corriendo por las venas, que en realidad V pudiera estar ahí conmigo como con cualquier otro, el primero que pillara por banda. No sé, esas aprensiones que me dominan a veces, algo así como "no puede ser que yo le guste, soy muy poca cosa para él". Anoche recibí su último mensaje: "Un beso de buenas noches, guapo". Parece, pues, que pasada la resaca todavía se acuerda de mí. Y aquí estoy, con nervios de adolescente y una ilusión loca por llamarle, pero retrasando el momento por temor a que todo sea una hermosa y perfecta pompa de jabón que se deshaga al contacto con la realidad.
 
Comentario:
Jajajajaja, si es que somos los eternos adolescentes, temblando con los mensajes y la mínima posibilidad de que alguien entre para quedarse. A ver que pasa, no hace falta que te lo diga porque ya sé que lo harás: pero a por él, descubre qué es lo que quiere, y sea lo que sea, disfrútalo.
No