NEURAS, QUERIDAS NEURAS
Ayer hablé por teléfono con P y todo fue mal. Estaba a punto de salir a la calle, a eso de las dos de la tarde, cuando descolgué el auricular para marcar su número. Aun antes de que diera la señal, pensé que no sabía qué contarle y colgué. Miedo escénico, supongo. Respiré hondo, busqué en mi interior un tema de interés para que la conversación fluyera y volví a marcar, cruzando los dedos. En cuanto comenzamos a charlar, comprendí que había sido un error llamarle. P estaba aún en la cama, medio dormido, en lo que no es su mejor momento del día: hasta una o dos horas después de despertarse, es imposible comunicarse con él, se levanta de mal humor, responde con monosílabos... Se lo tengo dicho: cuando dormimos juntos por la noche, estoy con el doctor Jekyll, un chico cariñoso y atento, que me abruma con mimos y palabras bonitas; a la mañana siguiente, sin embargo, es un horrible mister Hyde el que ocupa su lugar en mi cama, hosco y con malas pulgas. Como para volverse loco, ¿eh? El caso es que, ayer por teléfono, mi tema de conversación se agotó en menos de dos minutos, me quedé callado, él hizo lo mismo y, cuando vi que no estaba por la labor, se lo dije, que ya hablaríamos en otro momento.
-Oye, que veo que estás medio dormido, mejor ya hablamos otro día...
-Bueno, adiós.
Y colgó así, sin más. Mi cabreo fue monumental, y a lo largo de la tarde, en el curro, el comecome no hizo sino aumentar, como un dolor sordo que no me dejaba ni un momento. Pasé del estupor inicial al enfado. ¿Pero de qué coño iba este niñato? Me sentía como el muñequito con el que no siempre apetece jugar, arrinconado en la habitación de los niños, solo en su esquina a la espera de que llegue su dueño y lo coja y lo quiera de nuevo. Hubo un conato de rebeldía, casi estuve a punto de enviarle un mensaje en plan destroyer, algo así como "Esto no funciona, nene, yo no estoy bien y para andar así de jodido prefiero estar solo". No lo hice, por supuesto, lo de la política de tierra quemada es para los valientes y para los locos, no para inseguros compulsivos como yo. Después del periódico traté de oxigenarme con unas cañas por Malasaña con E y J&A, pero en realidad se tomaron las cervezas con un autómata que levantaba el vaso y bebía a sorbos espaciados mientras hacía como que escuchaba. Yo estaba a muchos kilómetros de distancia, perdido en mi mundo de dudas y contradudas. A las dos de la mañana me despedí y enfilé para casa, a fumarme un porrito en la cama, poner The Cure y caer dormido casi al instante.
Hoy madrugué (lo que en mí quiere decir que abrí los ojos antes de las 11) y acompañé a E a la búsqueda de su querido coche, en un taller cerca de Ascao. Luego nos metimos en todo el tráfago circulatorio madrileño, que a ella le pone histérica y que a mi me adormece, como buen mal copiloto que soy. Me invitó a comer en su casa y tuvimos minisobremesa con su compañera de piso, L, mientras veíamos un capítulo de "Friends" (que me sigue pareciendo una serie muy buena, a E no le hace tanta gracia). Ya en el periódico, hace menos de media hora que P me ha llamado dos o tres veces. No he contestado. Por una parte me apetece que llame, que se preocupe por mí, que sienta deseos de hablarme, y por otra lo único que quiero es que sufra, que se pregunte dónde me meto y si no estaré poniéndole los cuernos. ¿Cómo se puede querer hacer daño a la persona de la cual se supone que estás enamorado? ¿Estoy de verdad enamorado o estoy bajo los efectos de un espejismo que se difumina por momentos? Ya llevo fumados unos cuantos cigarros haciéndome éstas y otras preguntas, sin encontrar la respuesta. Hay que ver, el ser humano. La vida no deja de ser maravillosa, y sencilla a poco que lo pensemos. Y aquí estamos todos, en este amasijo de amores y de odios, complicándolo todo. Dice E que soy un excesivo, que debería cogerle el teléfono a P y decirle lo que pienso. Pero no lo creo: si hiciera eso, seguramente pensaría que se ha liado con un pirado histérico que no es capaz de soportar con dignidad una separación de tres semanas. Y razón no le falta. Jamás pensé que la ausencia física de alguien iba a afectarme hasta este punto. Si al final va a resultar que estoy colgado hasta las patas...
-Oye, que veo que estás medio dormido, mejor ya hablamos otro día...
-Bueno, adiós.
Y colgó así, sin más. Mi cabreo fue monumental, y a lo largo de la tarde, en el curro, el comecome no hizo sino aumentar, como un dolor sordo que no me dejaba ni un momento. Pasé del estupor inicial al enfado. ¿Pero de qué coño iba este niñato? Me sentía como el muñequito con el que no siempre apetece jugar, arrinconado en la habitación de los niños, solo en su esquina a la espera de que llegue su dueño y lo coja y lo quiera de nuevo. Hubo un conato de rebeldía, casi estuve a punto de enviarle un mensaje en plan destroyer, algo así como "Esto no funciona, nene, yo no estoy bien y para andar así de jodido prefiero estar solo". No lo hice, por supuesto, lo de la política de tierra quemada es para los valientes y para los locos, no para inseguros compulsivos como yo. Después del periódico traté de oxigenarme con unas cañas por Malasaña con E y J&A, pero en realidad se tomaron las cervezas con un autómata que levantaba el vaso y bebía a sorbos espaciados mientras hacía como que escuchaba. Yo estaba a muchos kilómetros de distancia, perdido en mi mundo de dudas y contradudas. A las dos de la mañana me despedí y enfilé para casa, a fumarme un porrito en la cama, poner The Cure y caer dormido casi al instante.
Hoy madrugué (lo que en mí quiere decir que abrí los ojos antes de las 11) y acompañé a E a la búsqueda de su querido coche, en un taller cerca de Ascao. Luego nos metimos en todo el tráfago circulatorio madrileño, que a ella le pone histérica y que a mi me adormece, como buen mal copiloto que soy. Me invitó a comer en su casa y tuvimos minisobremesa con su compañera de piso, L, mientras veíamos un capítulo de "Friends" (que me sigue pareciendo una serie muy buena, a E no le hace tanta gracia). Ya en el periódico, hace menos de media hora que P me ha llamado dos o tres veces. No he contestado. Por una parte me apetece que llame, que se preocupe por mí, que sienta deseos de hablarme, y por otra lo único que quiero es que sufra, que se pregunte dónde me meto y si no estaré poniéndole los cuernos. ¿Cómo se puede querer hacer daño a la persona de la cual se supone que estás enamorado? ¿Estoy de verdad enamorado o estoy bajo los efectos de un espejismo que se difumina por momentos? Ya llevo fumados unos cuantos cigarros haciéndome éstas y otras preguntas, sin encontrar la respuesta. Hay que ver, el ser humano. La vida no deja de ser maravillosa, y sencilla a poco que lo pensemos. Y aquí estamos todos, en este amasijo de amores y de odios, complicándolo todo. Dice E que soy un excesivo, que debería cogerle el teléfono a P y decirle lo que pienso. Pero no lo creo: si hiciera eso, seguramente pensaría que se ha liado con un pirado histérico que no es capaz de soportar con dignidad una separación de tres semanas. Y razón no le falta. Jamás pensé que la ausencia física de alguien iba a afectarme hasta este punto. Si al final va a resultar que estoy colgado hasta las patas...