AMISTAD VERSUS FAMILIA
Nada es lo que parece. Y cuanto más parece una cosa, más hay que desconfiar. Anoche, por las entrañas de Lavapiés, hablé con E de todo el affaire Paula. Me lo dijo muy claro: “No quiero que vuelvas a meterte en mi vida; y mucho menos que me juzgues”. Tiene razón, al menos en parte. Contesté que nunca hasta ahora lo había hecho, que el deporte del metiche no va conmigo, pero que la historia me había superado y no pude sino enfurecerme con el rumbo que tomaron las cosas. A medida que hablábamos –y E me desvelaba, sutilmente, detalles desconocidos por mí, mensajes de Paula, llamadas, toques de atención parecidos al de las pastas que hizo y pretendía que yo llevara al periódico para E–, me daba cuenta de que mi amiga no es el monstruo que Paula, en plan dulce y virginal doncella, inocente enamorada del amor, me ha hecho ver… Lo cierto es que, hasta que apareció mi prima en escena hace unos meses, nunca tuve un problema serio, de los graves, con E. Y me niego a romper una amistad que me es muy querida a cuenta de los tejemanejes de terceras personas. He comenzado a ver a Paula con otra mirada, y lo que se me presenta no me gusta nada: una lianta de marca mayor. Cuánto mejor vivir solo, sin problemas de ningún tipo, disfrutando de la vida que me he montado y elegido. Para bien o para mal, es mía y de nadie más. La charla de anoche puso las cosas en su sitio: espero que ya no se muevan de allí.
Vi a Natalia, la amiga de Anuska a quien conocí en Vigo. Esta chica me cae bien, sin apenas conocerla. Regordeta y con un desparpajo que puede confundirse con agresividad hacia los otros (pero que no es sino timidez e inseguridad, a mí me va a venir con esas), ya en Vigo tuvimos nuestras más y nuestras menos, ese tipo de encontronazos que lo que auguran es mucha empatía y un cierto reconocimiento inter pares. A ciertas edades, cada día resulta más difícil hallar almas gemelas. Me riñó por la aventura de Avilés, suavemente (porque no le casa con la idea que se ha hecho de mí; uno es mucho más de lo que se ve a simple vista, más complejo, más retorcido y también más paradójico). Resulta que ella es de allí y hasta podría conocerle. Pero no le conoce. Demos gracias.
Vi a Natalia, la amiga de Anuska a quien conocí en Vigo. Esta chica me cae bien, sin apenas conocerla. Regordeta y con un desparpajo que puede confundirse con agresividad hacia los otros (pero que no es sino timidez e inseguridad, a mí me va a venir con esas), ya en Vigo tuvimos nuestras más y nuestras menos, ese tipo de encontronazos que lo que auguran es mucha empatía y un cierto reconocimiento inter pares. A ciertas edades, cada día resulta más difícil hallar almas gemelas. Me riñó por la aventura de Avilés, suavemente (porque no le casa con la idea que se ha hecho de mí; uno es mucho más de lo que se ve a simple vista, más complejo, más retorcido y también más paradójico). Resulta que ella es de allí y hasta podría conocerle. Pero no le conoce. Demos gracias.
ALEGRÍA
Me resisto como gato panza arriba a escribir aquí sobre él. Quizás (no, quizás no, segurísimo) sea un miedo atávico a que también se desbarajuste esta historia, esta mínima historia que, por no ser, no es ni siquiera real. No todavía. En Avilés está la respuesta. Y la solución al misterio, con un poco de suerte, llegará en unos días. De momento, silencio. Sólo constatar que sus llamadas y nuestras conversaciones me han alegrado toda la semana. Y que he cortado amarras con otros pseudo amoríos, más truculentos, para no estropear la inocencia de éste.
DESIDIA
Aquí me encuentro, al borde de un mediodía más, con la cabeza algo alborotada, sentado a la mesa de uno de mis bares preferidos y leyendo. Leyendo por no escribir, que es lo que debo hacer si no quiero tener problemas en el periódico. Un articulito/cuento sobre la noche madrileña. Como diría Rosa Chacel, un trabajo alimenticio, nada más que para ganar dinero. Y ni me apetece ponerme con ello ni en realidad tengo muchas ganas de continuar con la lectura, que se me hace muy cuesta arriba. “La flecha del miedo”, de Miguel Sánchez-Ostiz: un párrafo es de una hermosura críptica que da miedo; una página ya supone un esfuerzo de concentración, atarse los machos del pensamiento para que éste no vuele, y andar atento a lo que se lee; un capítulo es como la montaña de piedra que hay que escalar duramente (dejándose uno las uñas de los dedos en el intento) para, una vez llegado a la cumbre, descubrir otra montaña igual, y luego otra, y luego otra más. Así casi seiscientas páginas. No sé si me daré por vencido. De momento dejo el libro a un lado y escribo aquí, en lo que supone una especie de precalentamiento para lo gordo que viene ahora, que me espera en breve… Lo que quisiera de verdad es olvidarme de todo y de todos para mecerme en la duermevela de este mediodía perezoso, silente. Sol, sequía y otoño todo en una. Dejo esto, que no es nada (una mierda pinchada en un palo, según expresión de Umbral –aunque él se refería a los académicos de la Lengua), y me pongo con el artículo. Es casi la una, a ver cuánto me ocupa lo alimenticio.
ENFADO CON E
Ya está de nuevo en marcha la maquinaria Fundación Autor. Después de una semana remoloneando, esta mañana he visitado a C –aproveché y también estuve con su/nuestro jefe– para llevarme nuevo trabajo a casa. De paso, en un café rápido a pie de barra, le conté a C acerca de la bronca ayer tarde con E. Que me ha dejado un profundo mal sabor de boca, no tanto por lo que le dije (me reafirmo en todo) como por el tono que empleé, bronco y desabrido, que debería haber controlado y no controlé. A la postre, el desembarco de Paula pasará factura, como si lo viera.
Esto de convertirse en abanderado de una causa que no es la mía, en donde ni entro ni salgo, tiene miga. Pero estoy adentro, no lo dudo. O peor: en medio. Me pongo la cota de mallas de San Jorge y salvo a la princesa Paula del dragón E. Pero las cosas nunca son blancas o negras, y llevo varias horas dándole vueltas a la infinidad de grises que hay en este embrollo a tres. Me pregunto si he calibrado bien el ataque frontal, a degüello. De ayer. No quisiera que mi amistad con E –hecha de muchísimas incomprensiones, de silencios, de malentendidos, pero también de cariño y apoyo mutuo, de afinidad, de risas y complicidades, de respeto entre iguales– se fuera al garete por cuestiones ajenas a nosotros dos. Difícil. Por de pronto, hoy toca entonar el mea culpa, excusarme por el tono airado que usé con ella.
Esto de convertirse en abanderado de una causa que no es la mía, en donde ni entro ni salgo, tiene miga. Pero estoy adentro, no lo dudo. O peor: en medio. Me pongo la cota de mallas de San Jorge y salvo a la princesa Paula del dragón E. Pero las cosas nunca son blancas o negras, y llevo varias horas dándole vueltas a la infinidad de grises que hay en este embrollo a tres. Me pregunto si he calibrado bien el ataque frontal, a degüello. De ayer. No quisiera que mi amistad con E –hecha de muchísimas incomprensiones, de silencios, de malentendidos, pero también de cariño y apoyo mutuo, de afinidad, de risas y complicidades, de respeto entre iguales– se fuera al garete por cuestiones ajenas a nosotros dos. Difícil. Por de pronto, hoy toca entonar el mea culpa, excusarme por el tono airado que usé con ella.
INMORTALITÉ
Y este afán de inmortalidad, ¿de dónde viene? Casi todo el mundo disfruta, en mayor o menor medida, con su vida diaria. Se conforman con lo que ésta les presta, sin buscarle tres pies al gato ni tratar de darle la vuelta al guante. Nacen con el consiguiente azotito de regalo, caen en la familia que les toca, primero estudian y luego trabajan, se enamoran y ennovian, huyen de casa de los padres y se montan una propia, tienen hijos y facturas que pagar e hipotecas que les ahogan, pero menos, se caen y se levantan, exaltan la amistad y sufren desengaños de esos que envenenan el alma, envejecen (solos o en compañía) y se jubilan, luego aguantan unos años más entre viajes con el Inserso y pastillas para los achaques, más tarde se mueren, alguien los entierra –o incinera su cuerpo para darlo como pasto al viento– y ya está. Fin de la historia. El único objetivo parece ser la felicidad, así sin más, sin rollos morales ni alharacas. Ya es una cosa difícil, una pica en Flandes esto de ser feliz... Pero luego estamos un puñado de raros que no nos conformamos con lo que hay, que encima queremos trascender de algún modo, conocer las mieles del éxito, las famosas mieles que si no llegan (no tienen por qué llegar, claro) nos hunden en el mayor de los pesimismos. Escribir y publicar, que se nos conozca y aprecie. Llenarnos de egomanía hasta rebosar de amor propio y de autosatisfacción. Que se nos quiera, como decía Bryce Echenique. Lo dicho ayer, un esnob de la farándula que encima va de todo lo contrario. Así no hay manera, Cornelio querido.
El sábado, café en La Antorcha con Raquel y Jose. Comentario sobre este blog (y por ende sobre los basamentos de mis relaciones erótico/sentimentales y desde qué óptica las encaro): cuando hablo de alguien nuevo en mi vida siempre hago referencia a lo guapo y joven que es, nunca a cómo es, a si me gusta su conversación y lo que piensa, a la persona y no al envoltorio que lo adorna. Es cierto, suspiro por un amor que no aparece y soy el primero en dinamitar la posibilidad de ese amor porque en lo único en lo que me fijo es en su belleza. Y no sólo de hermosura vive el hombre. Cuando pienso con la de abajo más que con la de arriba, no me soporto ni yo mismo. Parezco un coleccionista de objetos raros, el eremita encerrado en su cubil que sale a darse una vuelta, caza un poco por deporte y regresa a su madriguera saciado pero vacío. Así una y otra vez. Realmente no le veo solución a esta inmadurez crónica, como no sea la misantropía pura y dura, que cada día que pasa se me hace más apetecible. Algo parecido a: "Si no puedo relacionarme con los demás de un modo óptimo y satisfactorio, mejor será darle la espalda al mundo y renunciar a cualquier tipo de relación afectiva". Triste, triste.
El sábado, café en La Antorcha con Raquel y Jose. Comentario sobre este blog (y por ende sobre los basamentos de mis relaciones erótico/sentimentales y desde qué óptica las encaro): cuando hablo de alguien nuevo en mi vida siempre hago referencia a lo guapo y joven que es, nunca a cómo es, a si me gusta su conversación y lo que piensa, a la persona y no al envoltorio que lo adorna. Es cierto, suspiro por un amor que no aparece y soy el primero en dinamitar la posibilidad de ese amor porque en lo único en lo que me fijo es en su belleza. Y no sólo de hermosura vive el hombre. Cuando pienso con la de abajo más que con la de arriba, no me soporto ni yo mismo. Parezco un coleccionista de objetos raros, el eremita encerrado en su cubil que sale a darse una vuelta, caza un poco por deporte y regresa a su madriguera saciado pero vacío. Así una y otra vez. Realmente no le veo solución a esta inmadurez crónica, como no sea la misantropía pura y dura, que cada día que pasa se me hace más apetecible. Algo parecido a: "Si no puedo relacionarme con los demás de un modo óptimo y satisfactorio, mejor será darle la espalda al mundo y renunciar a cualquier tipo de relación afectiva". Triste, triste.
MALAS PULGAS
Hoy es el cumpleaños de Roberto O y de Pierre, dos amigos que se perdieron en la tramoya del tiempo y hoy para mí son menos que dos fantasmas (con sábana, cadenas de las de meter mucho miedo y ulular por los pasillos). Pero las fechas poseen ese algo mágico que nos trae el recuerdo, guste o no, de ciertos cadáveres exquisitos. Que ya ni huelen, puro hueso descarnado.
Continúo con los diarios de Sánchez-Ostiz. La mala hostia del que se siente ninguneado, avasallado, maltratado sin motivo, o por muy torticeros y sucios motivos. Todo ello por gente que no le llega a la altura del betún, a la que no puede (ni quiere) respetar. Y no me refiero sólo a los aldeanos de ciudad pequeña que se la tienen jurada por algún comentario, algún artículo, algún libro que de cerca o de lejos les roce. Hablo también de los literatos de postín, a quienes Sánchez-Ortiz suele incomodar con ganas. El mundo literario es, en cierta manera, como el Ejército: allí los galones son lo único que (parece) importa. Un sargento chusco y montaraz, sin dos dedos de frente, puede hacer con el soldado raso lo que se le antoje, no importa si en la vida civil este último es catedrático de Psicología en la Autónoma. El que llega a uno de los "pesebres", como dice el autor, se convierte en uno de los que deciden quién entra a formar parte de los elegidos y quién se queda fuera del olimpo de los dioses. No hay más que dos opciones, o tragar con ello y esperar a que te toque el turno a ti o mandarlos a todos a la mierda, que es lo que hace Sánchez-Ostiz en estos diarios descarnados y muy auténticos. A él, como novelista, nunca he sido capaz de tragarlo –pero ahora mismo, sugestionado por su día a día de hace seis años, me entran ganas de intentarlo de nuevo–, sin embargo en sus diarios, y en el librito sobre Madrid que publicó en 2003, encuentro un escritor de primera, de los que dicen cosas. Aunque no nos gusten, aunque no comulguemos de ninguna de las maneras con ellas. Su voz es real, cercana, sin florituras esteticistas, nítida y cálida. Me atrae la persona, seguro que es de lo más interesante una parrafada con él, frente a frente en algún bar, o al amor de la lumbre en un caserío en pleno invierno norteño. O quizás no, con la mala leche que destilan sus palabras, puede que no viera en mí sino al esnob cazador de autógrafos, redicho y poco interesante una vez que rascas la superficie de listeza (falsa, cada día me confirmo más en esto).
Continúo con los diarios de Sánchez-Ostiz. La mala hostia del que se siente ninguneado, avasallado, maltratado sin motivo, o por muy torticeros y sucios motivos. Todo ello por gente que no le llega a la altura del betún, a la que no puede (ni quiere) respetar. Y no me refiero sólo a los aldeanos de ciudad pequeña que se la tienen jurada por algún comentario, algún artículo, algún libro que de cerca o de lejos les roce. Hablo también de los literatos de postín, a quienes Sánchez-Ortiz suele incomodar con ganas. El mundo literario es, en cierta manera, como el Ejército: allí los galones son lo único que (parece) importa. Un sargento chusco y montaraz, sin dos dedos de frente, puede hacer con el soldado raso lo que se le antoje, no importa si en la vida civil este último es catedrático de Psicología en la Autónoma. El que llega a uno de los "pesebres", como dice el autor, se convierte en uno de los que deciden quién entra a formar parte de los elegidos y quién se queda fuera del olimpo de los dioses. No hay más que dos opciones, o tragar con ello y esperar a que te toque el turno a ti o mandarlos a todos a la mierda, que es lo que hace Sánchez-Ostiz en estos diarios descarnados y muy auténticos. A él, como novelista, nunca he sido capaz de tragarlo –pero ahora mismo, sugestionado por su día a día de hace seis años, me entran ganas de intentarlo de nuevo–, sin embargo en sus diarios, y en el librito sobre Madrid que publicó en 2003, encuentro un escritor de primera, de los que dicen cosas. Aunque no nos gusten, aunque no comulguemos de ninguna de las maneras con ellas. Su voz es real, cercana, sin florituras esteticistas, nítida y cálida. Me atrae la persona, seguro que es de lo más interesante una parrafada con él, frente a frente en algún bar, o al amor de la lumbre en un caserío en pleno invierno norteño. O quizás no, con la mala leche que destilan sus palabras, puede que no viera en mí sino al esnob cazador de autógrafos, redicho y poco interesante una vez que rascas la superficie de listeza (falsa, cada día me confirmo más en esto).
ÁLBUM FOTOGRÁFICO II

Y esta otra, de cuando mi abuela tenía veinte años. Ya era novia de abuelito, pero todavía la tristeza nubla su mirada. Ellos dos se conocieron gracias a la labor de zapa, celestinesca, de tía María y tío Pepe, hermana de él y hermano de ella respectivamente. La historia tiene su miga, y me presenta a una mujer desconocida recubierta con los atributos de mi abuela. Como si, bajo la misma piel e idéntica personalidad, latiera un corazón distinto. Pasa también cuando nos cuentan historias de la mili de nuestro padre, o de repente un amigo de la familia nos comenta lo grupie del Dúo Dimámico que fue nuestra madre. Que ni a papá te lo imaginas borracho en la cantina, ni a mamá tirándose histérica de las coletas en un concierto de Manolo y Ramón. Pues eso, la historia de amor de mis abuelos cuesta digerirla si uno conoció a los dos protagonistas cuando ya peinaban canas.
Vamos a ver. Entonces ella se llamaba Maruchi y vivía con su madre después de varios años rodando de casa en casa, al cuidado de tíos y familiares que le dejaron un marcado carácter de reserva, como si nunca se permitiera ser ella misma, expandirse, porque siempre se sentía de prestado allá por donde iba. Poco antes o poco después del inicio de la Guerra Civil, se echó un novio diez años mayor que ella –lo cual no era necesariamente un problema– y de muy buena familia. Por ahí sí debieron surgir complicaciones, porque la sociedad (la buena sociedad del Sardinero y de fiestas en el Marítimo) cateta y endogámica de la primerísima posguerra no veía con buenos ojos el ayuntamiento de uno de los suyos con la huérfana de carabinero que, de parné, no andaría sobrada. Su amor creció contra viento y marea (ni sé qué vientos ni qué mareas, hablar de ello sería hacer literatura, ninguno de los que podían haberme aclarado la historia está vivo) pero se truncó cuando él falleció en un accidente de moto. Debió de ser un trago duro de pasar. Maruchi cayó en una depresión de caballo, no salía a la calle, apenas prestaba atención a cuanto sucedía a su alrededor, todo le daba igual.
Poco después fueron las fiestas de Soto de la Marina (¿verano de 1940?) y su hermano Pepe, a la sazón flamante y joven guardia civil –lagarto, lagarto–, fue para allá de jarana con unos cuantos amigos. La relación de Pepe con ese pueblo venía de años atrás. A principios de los veinte, mis bisabuelos José y María vivieron allí hasta la muerte del primero, en junio del 23 –el día en que cumplía los veintiocho, de fiebres tifoideas: murió cantando la Marsellesa, quién sabe por qué. Creo que eran vecinos de los padres de abuelito, y algo de relación hubo de haber entre ambas familias (cuenta la leyenda que, con seis años, mi abuelo, Leciuco, llevaba a todas partes de la mano a Maruchi, que no tenía aún los tres) porque lo primero que hizo Pepe fue preguntarle a la moza con la que bailaba por los Gallegos. Así que un día de San Judas, pongamos que del verano de 1940, tío Pepe (de veintiún años) se corre una juerga con los amigotes en Soto, echa un vistazo a las bellezas locales, se decide por una morenaza de caderas rotundas y mirada zumbona, bailotea con ella y, por aquello de entablar conversación, le pregunta por los Gallegos.
–¿Los conoces?
–Sí, bueno... en realidad yo era muy pequeño. Me acuerdo de Sebio y de María...
–¿De María? ¿Y tú para qué la buscas? ¿Tienes algo con ella?
–No, no es eso. ¿Sabes? De niños jugábamos juntos. Entre mi familia y la suya hubo mucha amistad.
–Pues estás bailando con ella...
Besos, abrazos, presentaciones varias. El siguiente paso fue una visita de María a mi bisabuela, durante la que se hizo muy amiga de Maruchi. Tanto María, que era una fuerza de la naturaleza, siempre reidora y jaranera, como Pepe estaban preocupados al ver que mi abuela no levantaba cabeza, que cada día se abismaba más en su dolor. Que éste era ya una enfermedad morbosa. Y decidieron presentarle a Lecio, recién llegado de Marruecos, donde había estado trabajando para el Ejército como mecánico. A ver qué pasaba... Y lo que pasó fue un corto noviazgo, un matrimonio que se alargó en el tiempo durante más de seis decenios, tres hijos, una ristra de nietos y dos bisnietas. Toda una vida que fue posible porque el destino, de existir, mira tú por dónde lo caprichoso que puede llegar a ser.
ÁLBUM FOTOGRÁFICO

He aquí una fotografía del verano de 1975. El chiquillo aupado en las rodillas de su abuela soy yo, seguro en su regazo, mirando tímido a la cámara. Ella es abuelita, tal y como la recuerdo, con la especie de turbante que entonces llevaban todas las señoras de mediana edad a la playa –al menos en Santander, no sé si en otros lugares de España también–, guapetona y contenta, muy contenta y sonriente. Estamos en la terraza de Avenida de los Castros, probablemente en un día de julio, con el sol de la atardecida ya bajo. Por entonces los lazos entre los dos estaban más que consolidados, yo era el nieto preferido (el nietísimo, decían mis hermanos). Un cariño que no hizo sino crecer con el tiempo, que nunca me falló y del que todavía hoy me alimento: una de las cosas más bellas que la vida me ha regalado. Lleva casi un año y medio muerta, siento la culpabilidad de quien no ha llorado su pérdida como debiera, ya no pienso en ella de continuo y el dolor de su pérdida deja paso a una alegría por los treinta y tres años que pude disfrutar en su compañía. Otros no tienen tanta suerte. Son infinidad de momentos y situaciones, anécdotas, enfados, crisis familiares y de las otras. Tanto amor y tanta comprensión son suficiente motor como para tirar solo, sin ayuda de nadie, el resto de mi vida. A veces la imaginación me arrebata en su oleaje hecho de espuma y deseos, en ocasiones juego con la posibilidad de que esté por ahí, en el limbo incierto de los muertos, y me hago a la idea de que puede verme por un agujerito, que se alegra con mis alegrías y me consuela en mis tristezas... Daría lo que fuera por creer en que otra vida es posible después de ésta. Pero sé que no, que solamente en mi memoria ella habla, me escucha y acuna como entonces lo hacía. Algo más solitario, un poco más curtido que antes, ya no navego las aguas turbias de estos años como antes, seguro sobre sus rodillas, caballero andante ilusionado. Esta foto, de alguna manera oscura que se me escapa (por lo tanto, de algún modo que no puedo ni siquiera tratar de explicar), resume toda una relación que nunca más será posible. Y sin embargo, soy un privilegiado por haberla vivido, de eso no me cabe la menor duda.
SUEÑO AMERICANO
La Antorcha, lugar de encuentros varios, cuanto más inesperados, mejor. Este mediodía fue con Noe y Mónica, que tomaban un café después de su habitual paseo con Bruno. El crío me pareció que está enorme, se nota que no le veía desde junio. Es igual que su madre, los mismos ojos, pero castaños, la misma nariz y el mismo obstinado gesto en la boca. Hablamos de sus proyectos, de E (de quien Noe está más que curada, y yo que me alegro), de situaciones y gentes que se cruzan en nuestras vidas y la mayoría de las veces las desbaratan. Siempre es un gustazo pasar un rato a su lado, insufla vitalidad, alegría y desparpajo a cuanto toca, levanta el ánimo hasta a un muerto, esta Noe querida. Ahora tiene en mente irse con una amiga a Buenos Aires. Es un propósito a largo plazo, de aquí a un año. Por lo visto, hay más posibilidades de trabajo allí para una actriz con un físico que no cumple los patrones elsapataky –y que se arrastra de casting en casting pidiendo una oportunidad que no llega, precisamente porque no sigue el canon de cintura de avispa, pechos enormes, pecaminosas caderas y vocecita de ingenua–, así que ha decidido liar el petate e irse a hacer la Américas. Veremos. De momento me cuenta que está en vías de amour fou con una tal Sandra; y se la ve contenta, con la energía necesaria para detener no un tren sino hasta veinte talgos. Lo dicho, buena gente.
Desde hace tres días luzco una perilla que no sé, no sé. Las canas en la barba, hasta hace poco una curiosidad simpática, son ya mayoría, toda una hermosa mata blanca que delata, más que ninguna otra cosa, la edad. Y yo vivo en un mundo competitivo de cojones, máxime si pesco siempre (como lo hago) en bancos donde abundan los pezqueñines. Ando a vueltas en Internet –el cajón de sastre de los tímidos– con dos chicos, uno de Tenerife (veintiún años, alto y guapetón, con novio aquí en Madrid, pero que chatea demasiado conmigo, me llama con cierta frecuencia y uno de estos días va a invitarme a un café que quién sabe adónde habrá de conducirnos) y otro de Avilés, donde vive (dieciocho añitos, más guapo que el anterior, alternativo en el vestir y muy simpático: la distancia, por narices, convertirá este primer coqueteo en amistad difusa o puede que en nada, seguramente en nada). Aire en el aire, humo. Pero me divierte llegar a la redacción, encender el ordenador y tenerlos allí, saludándome por el messenger y dorándome el ego a cuenta de mi supuesta guapura y de estos ojos que nunca agradeceré lo suficiente al juego genético. Qué sería de mi fama de donjuán sin mis ojos... Vaya, que esta perilla traicionera lo mismo no sobrevive al finde. O puede que sí.
Desde hace tres días luzco una perilla que no sé, no sé. Las canas en la barba, hasta hace poco una curiosidad simpática, son ya mayoría, toda una hermosa mata blanca que delata, más que ninguna otra cosa, la edad. Y yo vivo en un mundo competitivo de cojones, máxime si pesco siempre (como lo hago) en bancos donde abundan los pezqueñines. Ando a vueltas en Internet –el cajón de sastre de los tímidos– con dos chicos, uno de Tenerife (veintiún años, alto y guapetón, con novio aquí en Madrid, pero que chatea demasiado conmigo, me llama con cierta frecuencia y uno de estos días va a invitarme a un café que quién sabe adónde habrá de conducirnos) y otro de Avilés, donde vive (dieciocho añitos, más guapo que el anterior, alternativo en el vestir y muy simpático: la distancia, por narices, convertirá este primer coqueteo en amistad difusa o puede que en nada, seguramente en nada). Aire en el aire, humo. Pero me divierte llegar a la redacción, encender el ordenador y tenerlos allí, saludándome por el messenger y dorándome el ego a cuenta de mi supuesta guapura y de estos ojos que nunca agradeceré lo suficiente al juego genético. Qué sería de mi fama de donjuán sin mis ojos... Vaya, que esta perilla traicionera lo mismo no sobrevive al finde. O puede que sí.
VIVA EL CINE MUDO
Anoche, por casualidad y gracias a un zapping feroz por culpa de la mierda de programación que padecemos, di con dos películas de Charles Chaplin, en La 2. A lo mejor fueron los porros que se lía mi prima Paula (no digo que no, la distorsión de la realidad que se vuelve como de chicle, el salirse levemente de uno mismo, con la impresión de flotar en el aire, la nitidez con que se ven objetos y situaciones, lo risible de todo, ayuda, qué duda cabe), pero el caso es que me parecieron dos joyas de la cinematografía, el colmo de la genialidad. Era como ver fotografías antiguas en movimiento, los gestos histriónicos y exagerados de actores y actrices que murieron hace décadas y fueron olvidados mucho antes (Edna Purviance, por ejemplo, musa de Chaplin que no resiste el paso del tiempo: "Qué tetas más feas tiene", dijo Paula cuando la vio en pantalla... pobre Edna). Y la frescura, la gracia inmensa de Charlot. Fue un bonito final para un domingo gris y anodino, sin pizca de interés. Uno de esos regalos que a veces te encuentras sin esperarlo. Y menos mal, porque el día no fue una maravilla precisamente.
Me había levantado tarde, esa mañana, y bajé al Colby con intención de meterle el diente a la Guía del Reino Unido –M, desaparecido en combate, me ha dejado tirado con el marrón. No sólo es fastidioso sino que supone el punto y final a nuestros trabajos juntos. Yo no puedo andar detrás de nadie para que cumpla los plazos, me sale la vena de mamá cargante encima del niño travieso y vaguete, algo que no le hace ningún bien a nuestra amistad; mejor dejar las cosas claras, que él se ponga con unos libros y yo con otros. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Al final apenas trabajé, embebido en los últimos capítulos de "Drop City". Para cuando terminé la novela, eran casi las dos de la tarde. Después de un jari que se montó con unos niños rumanos que intentaron robar en la cafetería –hasta vino la poli a por ellos–, ya no me quedaron ganas sino para arrastrarme hasta casa, comer algo e ir al periódico. Donde no hubo gran cosa que hacer. Y mi estado de ánimo, por el desencuentro con M y el tema Paula/E (que daría para mucho en este Diario, pero mis labios están sellados: cuanto menos sepa de toda la historia menos mosqueado estaré con las dos, la una por tonta y sufridora en casa, la otra por puñetera), no mejoró nada.
En fin. Lo dicho, un comienzo de semana triste.
Me había levantado tarde, esa mañana, y bajé al Colby con intención de meterle el diente a la Guía del Reino Unido –M, desaparecido en combate, me ha dejado tirado con el marrón. No sólo es fastidioso sino que supone el punto y final a nuestros trabajos juntos. Yo no puedo andar detrás de nadie para que cumpla los plazos, me sale la vena de mamá cargante encima del niño travieso y vaguete, algo que no le hace ningún bien a nuestra amistad; mejor dejar las cosas claras, que él se ponga con unos libros y yo con otros. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Al final apenas trabajé, embebido en los últimos capítulos de "Drop City". Para cuando terminé la novela, eran casi las dos de la tarde. Después de un jari que se montó con unos niños rumanos que intentaron robar en la cafetería –hasta vino la poli a por ellos–, ya no me quedaron ganas sino para arrastrarme hasta casa, comer algo e ir al periódico. Donde no hubo gran cosa que hacer. Y mi estado de ánimo, por el desencuentro con M y el tema Paula/E (que daría para mucho en este Diario, pero mis labios están sellados: cuanto menos sepa de toda la historia menos mosqueado estaré con las dos, la una por tonta y sufridora en casa, la otra por puñetera), no mejoró nada.
En fin. Lo dicho, un comienzo de semana triste.
MENUDA SEMANITA
En el Colby, después del habitual encuentro con Gabo, que me magrea, me besuquea en la cabeza –como las tías abuelas de antaño me comían los mofletes a besos húmedos, ruidosos, largos– y es una ametralladora de proyectos, intenciones y gente que entra y sale de su vida. Ahora que por fin se fue, retomo la calma de un mediodía otoñal en Madrid. Lo cual incluye cielo despejado con el sol brillante colgado de la bóveda, un aire cargado de polución que nos coloca a todos, temperaturas más que agradables y el suave hormigueo de gente por las calles, en búsqueda del infinito. Que nunca llega.
Acabo de comprarme los diarios (Liquidación por derribo) de Miguel Sánchez-Ostiz, mi próxima lectura para cuando termine el mes de T C Boyle, el autor norteamericano que descubrí por casualidad en Vigo y que me ha mantenido atrapado en su tela de araña todo este tiempo. Tramas trepidantes, metáforas magníficas (de las que me dejan sin aliento), una construcción de personajes y de ambientes que ya quisieran muchos para sí… Aún me restan, de toda su obra traducida al castellano, otras dos novelas que, hoy por hoy, son inencontrables. Hay dos o tres librerías de viejo que todavía no he visitado, y, si no hay suerte, a esperar que reediten sus libros o se publique algo nuevo.
La semana de trabajo, que hoy toca a su fin, ha discurrido lentísima. Por culpa de mi mala cabeza, claro. El sábado, con M S, primero estuve en el Populart (adonde no iba desde hace la friolera de trece años, cuando las noches de calimocho y rosas con Daniel P) y algo más tarde, ya con M a nuestra vera, en casa de ella para que se cambiara de ropa. Alrededor de las once y media, previa caña en La Ida, nos encontramos con el núcleo duro de transversales en José Alfredo, un antiguo puticlub a lo años setenta devenido bar de copas. Estaban María&Fefa, Javier P-I sin su media naranja, Quique con su flamante novio bajo el brazo y alguno más. Corrió la coca de nariz en nariz pero yo no tomé. Aunque a medida que la noche me nublaba el entendimiento, fui acariciando la posibilidad de salir, en plan destroyer, con M. Se lo propuse y enseguida aceptó. Así que recondujimos la noche, ya solos, hasta el Ohm. Hacía meses que no me pasaba por allí, vi a unos cuantos fantasmas del pasado –Vicente entre ellos, con su apostura anoréxica y ese rostro hermoso e impenetrable con perfil de medalla que tantísimo me gustan: no le saludé–, tomé la dosis de droga necesaria y me desboqué lo justo como para bailar sin parar, ayudado por el efecto de las luces estroboscópicas (qué palabro) y el retorcimiento de otros cuerpos como islas del tesoro a mi alrededor. Ni ligué ni me ligaron. Éste es un aliciente de las drogas del que ya no disfruto, con lo que las noches de colocón junto a M ya no son lo que eran. Antes, tomarse un éxtasis era sinónimo de sexo de baja intensidad (a veces, también, del otro), y rara era la ocasión en que no buceaba con mi lengua en otras bocas, a la búsqueda de un antídoto contra la soledad. Pero eso era antes, ay. Quizá por ello, la idea de salir hasta bien entrada la mañana me dé tanta pereza. Porque no hay caramelito de regalo al final del camino. No sé. M sí se enrolló con una tía, mientras yo cargaba con su amiga, una moderna complaciente de 21 años con todos los tópicos de su edad a cuestas y una coletilla (“qué fuerte”) prendida a los labios. Terminamos en el Space, vacío de gente y con esa música que a mí me aburre soberanamente. Sentados, casi desmayados sobre los sillones que hay cerca de la pista, observábamos cómo los dos tortolitos (M y ¿Ana?) se comían a besos. Entrada, primer plato, segundo y postre.
–Cari, en cuanto el Space se llene, tú y yo triunfamos. Hacemos un trato, ¿vale? Tú me buscas un hetero que esté potente y yo te presento un gay guapo.
–De acuerdo. Pero son casi las doce y esto no remonta…
–Ya. Qué fuerte…
Y así ad infinitum. Hasta que no aguantamos más y nos fuimos cada uno por su lado. Dormí apenas tres horas y llegué al periódico muerto, destruido, derrengado.
Inicié la semana con muy mal pie, qué duda cabe. Y para cuando empezaba a recuperarme y a ser persona, la noche del martes hubo sesión Angie con E y su novia Eva. Milagrosamente, ligué allí. Uno, cuando malasañea con los amigos da por supuesto que no se va a encontrar con un solo gay a dos kilómetros a la redonda. Error. Fue con Andrew, un chaval irlandés de vacaciones en Madrid. Algo perfecto si uno busca un polvo fácil y ningún tipo de ataduras. Lechoncito guiri, recién horneado, cosecha del 84. Primero fueron unas tímidas miradas a través de la barra, refrendadas con alguna tímida sonrisa. Tímidamente fui al baño y regresé cruzando a su lado. Después de un buen rato, en que ya no hice mucho caso a la conversación (todos los sentidos puestos en el nuevo rol de cazador), se marcharon E y Eva. Yo decidí quedarme a ver qué sucedía, aunque las cervezas ya eran muchas y me acercaba a la definitiva, ésa que te sienta como un tiro y te noquea rápidamente, sin remedio, dando con tus huesos en el baño más cercano, con la cabeza en la taza del váter y toda la bilis del mundo en la boca. No fue así. Una vez solo, le sostuve la mirada. Siempre me ha fascinado ese instante previo al conocimiento de alguien, cuando el otro aún es un extraño, la armazón de huesos y músculos y tendones recubierta de carne, con una cabeza pensante ahí arriba de la que no se sabe nada. Ni qué pensamientos, ni qué emociones, la pueblan. Y entonces, zas, un movimiento hacia el otro (al abordaje, mis valientes) y todo son ojos curiosos asomándose al pozo ajeno, manos que se curvan en caricias, lo carnal que precede a todo lo demás.
A los cinco minutos (yo le miraba, bajaba la vista, le miraba), dejó a su grupo con la palabra en la boca y sorteando gente se acercó hasta mí.
–¿Hablas inglés?–, me preguntó, por supuesto en inglés.
La conversación fluyó sin problemas, nos reímos mucho y poco a poco acercamos posiciones. Que si una mano en la rodilla, que si su aliento sobre mi cara, que si el azul de su mirada enganchada a la mía. Sus colegas se marcharon y él permaneció allí, cada vez más metido en un juego de seducción que no pudo terminar de otra manera que besándonos. Con ganas, apasionados, como dos ermitaños perdidos en el desierto que de repente encuentran un oasis, sólo para ellos. Cerramos el bar y a trompicones llegamos a casa, con parada y fonda en cada esquina, olisqueándonos como animales en celo y con toda la prisa del mundo por llegar. Ya en la cama, hubo buena química y el amor/pasión aún nos duró unas horas, hasta que casi eran las seis y había que dormir, porque Andrew se levantaba en tres horas.
Ha quedado en llamarme. Espero, sinceramente, que no lo haga. ¿Para qué? Como estuvo, estuvo muy bien. Todo lo demás serían segundas partes que estropearían el recuerdo que conservo.
Acabo de comprarme los diarios (Liquidación por derribo) de Miguel Sánchez-Ostiz, mi próxima lectura para cuando termine el mes de T C Boyle, el autor norteamericano que descubrí por casualidad en Vigo y que me ha mantenido atrapado en su tela de araña todo este tiempo. Tramas trepidantes, metáforas magníficas (de las que me dejan sin aliento), una construcción de personajes y de ambientes que ya quisieran muchos para sí… Aún me restan, de toda su obra traducida al castellano, otras dos novelas que, hoy por hoy, son inencontrables. Hay dos o tres librerías de viejo que todavía no he visitado, y, si no hay suerte, a esperar que reediten sus libros o se publique algo nuevo.
La semana de trabajo, que hoy toca a su fin, ha discurrido lentísima. Por culpa de mi mala cabeza, claro. El sábado, con M S, primero estuve en el Populart (adonde no iba desde hace la friolera de trece años, cuando las noches de calimocho y rosas con Daniel P) y algo más tarde, ya con M a nuestra vera, en casa de ella para que se cambiara de ropa. Alrededor de las once y media, previa caña en La Ida, nos encontramos con el núcleo duro de transversales en José Alfredo, un antiguo puticlub a lo años setenta devenido bar de copas. Estaban María&Fefa, Javier P-I sin su media naranja, Quique con su flamante novio bajo el brazo y alguno más. Corrió la coca de nariz en nariz pero yo no tomé. Aunque a medida que la noche me nublaba el entendimiento, fui acariciando la posibilidad de salir, en plan destroyer, con M. Se lo propuse y enseguida aceptó. Así que recondujimos la noche, ya solos, hasta el Ohm. Hacía meses que no me pasaba por allí, vi a unos cuantos fantasmas del pasado –Vicente entre ellos, con su apostura anoréxica y ese rostro hermoso e impenetrable con perfil de medalla que tantísimo me gustan: no le saludé–, tomé la dosis de droga necesaria y me desboqué lo justo como para bailar sin parar, ayudado por el efecto de las luces estroboscópicas (qué palabro) y el retorcimiento de otros cuerpos como islas del tesoro a mi alrededor. Ni ligué ni me ligaron. Éste es un aliciente de las drogas del que ya no disfruto, con lo que las noches de colocón junto a M ya no son lo que eran. Antes, tomarse un éxtasis era sinónimo de sexo de baja intensidad (a veces, también, del otro), y rara era la ocasión en que no buceaba con mi lengua en otras bocas, a la búsqueda de un antídoto contra la soledad. Pero eso era antes, ay. Quizá por ello, la idea de salir hasta bien entrada la mañana me dé tanta pereza. Porque no hay caramelito de regalo al final del camino. No sé. M sí se enrolló con una tía, mientras yo cargaba con su amiga, una moderna complaciente de 21 años con todos los tópicos de su edad a cuestas y una coletilla (“qué fuerte”) prendida a los labios. Terminamos en el Space, vacío de gente y con esa música que a mí me aburre soberanamente. Sentados, casi desmayados sobre los sillones que hay cerca de la pista, observábamos cómo los dos tortolitos (M y ¿Ana?) se comían a besos. Entrada, primer plato, segundo y postre.
–Cari, en cuanto el Space se llene, tú y yo triunfamos. Hacemos un trato, ¿vale? Tú me buscas un hetero que esté potente y yo te presento un gay guapo.
–De acuerdo. Pero son casi las doce y esto no remonta…
–Ya. Qué fuerte…
Y así ad infinitum. Hasta que no aguantamos más y nos fuimos cada uno por su lado. Dormí apenas tres horas y llegué al periódico muerto, destruido, derrengado.
Inicié la semana con muy mal pie, qué duda cabe. Y para cuando empezaba a recuperarme y a ser persona, la noche del martes hubo sesión Angie con E y su novia Eva. Milagrosamente, ligué allí. Uno, cuando malasañea con los amigos da por supuesto que no se va a encontrar con un solo gay a dos kilómetros a la redonda. Error. Fue con Andrew, un chaval irlandés de vacaciones en Madrid. Algo perfecto si uno busca un polvo fácil y ningún tipo de ataduras. Lechoncito guiri, recién horneado, cosecha del 84. Primero fueron unas tímidas miradas a través de la barra, refrendadas con alguna tímida sonrisa. Tímidamente fui al baño y regresé cruzando a su lado. Después de un buen rato, en que ya no hice mucho caso a la conversación (todos los sentidos puestos en el nuevo rol de cazador), se marcharon E y Eva. Yo decidí quedarme a ver qué sucedía, aunque las cervezas ya eran muchas y me acercaba a la definitiva, ésa que te sienta como un tiro y te noquea rápidamente, sin remedio, dando con tus huesos en el baño más cercano, con la cabeza en la taza del váter y toda la bilis del mundo en la boca. No fue así. Una vez solo, le sostuve la mirada. Siempre me ha fascinado ese instante previo al conocimiento de alguien, cuando el otro aún es un extraño, la armazón de huesos y músculos y tendones recubierta de carne, con una cabeza pensante ahí arriba de la que no se sabe nada. Ni qué pensamientos, ni qué emociones, la pueblan. Y entonces, zas, un movimiento hacia el otro (al abordaje, mis valientes) y todo son ojos curiosos asomándose al pozo ajeno, manos que se curvan en caricias, lo carnal que precede a todo lo demás.
A los cinco minutos (yo le miraba, bajaba la vista, le miraba), dejó a su grupo con la palabra en la boca y sorteando gente se acercó hasta mí.
–¿Hablas inglés?–, me preguntó, por supuesto en inglés.
La conversación fluyó sin problemas, nos reímos mucho y poco a poco acercamos posiciones. Que si una mano en la rodilla, que si su aliento sobre mi cara, que si el azul de su mirada enganchada a la mía. Sus colegas se marcharon y él permaneció allí, cada vez más metido en un juego de seducción que no pudo terminar de otra manera que besándonos. Con ganas, apasionados, como dos ermitaños perdidos en el desierto que de repente encuentran un oasis, sólo para ellos. Cerramos el bar y a trompicones llegamos a casa, con parada y fonda en cada esquina, olisqueándonos como animales en celo y con toda la prisa del mundo por llegar. Ya en la cama, hubo buena química y el amor/pasión aún nos duró unas horas, hasta que casi eran las seis y había que dormir, porque Andrew se levantaba en tres horas.
Ha quedado en llamarme. Espero, sinceramente, que no lo haga. ¿Para qué? Como estuvo, estuvo muy bien. Todo lo demás serían segundas partes que estropearían el recuerdo que conservo.