NOCHES Y COSAS
El calor ha llegado en un rapto de voluptuosidad que, por las noches, llena las terrazas del centro y deja una película finísima (como de calma tranquila) en el rostro de la gente. La noche del jueves y la de ayer anduve por la zona de Plaza Mayor y Latina, que no son mis cotos de caza habituales, donde cientos de jóvenes se agolpaban en unos cuantos metros cuadrados para celebrar la llegada del buen tiempo, que falta nos hacía.
Una vez libres de la carga laboral, igual de agotadora pero más controlada que la semana pasada, el jueves estaba por irme a casa, y fue tras la insistencia de Anuska cuando decidí darme el enésimo homenaje y acompañarlos a todos (Anuska, Javi&Carol, que mantienen su tórrido romance, R y E) por ahí. Apareció Iván, asturiano afincado en Valencia, amigo de Anuska. Estaba en Madrid para presentarse a las pruebas como Policía Nacional, pero le han tumbado, así que el chaval andaba algo cabizbajo y, previamente, se había metido él solito tres litros de cerveza entre pecho y espalda. Guapo y cachas, me llamó la atención el interés desusado con que me hablaba, buscando el contacto físico. ¿Qué sucede estos días? A lo mejor he florecido, estoy en mi mejor momento y ni me he dado cuenta. Quién sabe (desde luego, yo no). El caso es que, otra noche más, me vi admirado y deseado. Todo se aclaró cuando Iván, sin pestañear, lanzó a los cuatro vientos una declaración de principios en toda regla.
–Yo soy hetero, pero desde hace años salgo por el ambiente (mi primo es gay, te encantaría: guapísimo, y me introdujo en su mundo). Para qué te voy a mentir, me he acostado con tíos, puede que veinticinco o más. Si me lo paso bien y me lo pide el cuerpo, ¿por qué me tengo que cortar?
Al tiempo que me ceñía la cintura y rozaba su costado con el mío. Iniciamos una conversación plagada de dobles sentidos y mucha picardía. Cuando cambiamos de bar –a una tasca pequeñita forrada entera en madera, con dos o tres paisanos de más de sesenta como única clientela y música aflamencada de fondo–, todos me observaban sorprendidos, como diciendo "caray con Cornelio, no pierde el tiempo". Fue entonces cuando se torcieron las cosas. Yo daba por sentado que él se vendría conmigo para echar el polvazo del milenio, pero bebimos demasiado, se alargó el juego en exceso y el interés del pájaro se diluyó en un fárrago de alcohol. Ayudó lo suyo R, que se puso a bailar delante suyo, en plan odalisca voluptuosa. Al comprobar que él no era insensible a sus movimientos (la seguía con mirada de lobo y me decía: "Joder, tío, llevo sin hacerme una paja más de ocho días") incrementó los giros y miraditas hacia Iván, que se desentendió de mí. En ese instante, a qué negarlo, la hubiera matado. Mantuve la sonrisa como si nada de aquello fuera conmigo e interpreté el papel de quien está por encima de esas menudencias.
–Pero esta chica, ¿no está enrrollada con E?
–Lo estuvieron. Aunque ya no, es bisexual.
–Ostias, chaval, pues cómo se mueve la cabrona.
Es lo que tiene ligar con heteros liberados, que durante un tiempo los seduces pero enseguida, en cuanto se cruza en su horizonte la posibilidad de una chica, se desentienden de ti. Iván llegó a proponerme un trío con R y él. Contesté que no, porque no me veo en la cama con R. Después, a la mañana siguiente, todo sería muy embarazoso. Y además, no me gusta nada. Paso de movidas a tres.
A la postre, R sólo estaba jugueteando con él y no continuó por ese camino, así que cada uno se marchó para su casa, con el calentón consiguiente. Fue divertido, sin embargo.
Anoche salimos M y yo con H&C. Por Latina, primero en una terraza y más tarde en el Marula, donde sufrimos ración doble de pesados. Una chica se puso a hablar con M –que está muy mal de lo suyo, con tremendas ganas de echar un polvo– y poco más tarde cambió de idea y me dio la chapa a mí.
–Guapetón, me encanta tu sonrisa. Tenía que decírtelo, es preciosa.
Pues mira tú qué bien. Sonreí de nuevo y me escapé de ella como pude. Entonces fue a C a quien le tocó el turno; un tipo comenzó a darle la brasa a H y, devorándola con la mirada, la piropeó sin reservas:
–Eres guapísima, la tía más guapa de todas. ¿Con quién de ellos estás?
–Con los tres.
–¿Sí? Qué suerte.
En fin. Noches y cosas.
Una vez libres de la carga laboral, igual de agotadora pero más controlada que la semana pasada, el jueves estaba por irme a casa, y fue tras la insistencia de Anuska cuando decidí darme el enésimo homenaje y acompañarlos a todos (Anuska, Javi&Carol, que mantienen su tórrido romance, R y E) por ahí. Apareció Iván, asturiano afincado en Valencia, amigo de Anuska. Estaba en Madrid para presentarse a las pruebas como Policía Nacional, pero le han tumbado, así que el chaval andaba algo cabizbajo y, previamente, se había metido él solito tres litros de cerveza entre pecho y espalda. Guapo y cachas, me llamó la atención el interés desusado con que me hablaba, buscando el contacto físico. ¿Qué sucede estos días? A lo mejor he florecido, estoy en mi mejor momento y ni me he dado cuenta. Quién sabe (desde luego, yo no). El caso es que, otra noche más, me vi admirado y deseado. Todo se aclaró cuando Iván, sin pestañear, lanzó a los cuatro vientos una declaración de principios en toda regla.
–Yo soy hetero, pero desde hace años salgo por el ambiente (mi primo es gay, te encantaría: guapísimo, y me introdujo en su mundo). Para qué te voy a mentir, me he acostado con tíos, puede que veinticinco o más. Si me lo paso bien y me lo pide el cuerpo, ¿por qué me tengo que cortar?
Al tiempo que me ceñía la cintura y rozaba su costado con el mío. Iniciamos una conversación plagada de dobles sentidos y mucha picardía. Cuando cambiamos de bar –a una tasca pequeñita forrada entera en madera, con dos o tres paisanos de más de sesenta como única clientela y música aflamencada de fondo–, todos me observaban sorprendidos, como diciendo "caray con Cornelio, no pierde el tiempo". Fue entonces cuando se torcieron las cosas. Yo daba por sentado que él se vendría conmigo para echar el polvazo del milenio, pero bebimos demasiado, se alargó el juego en exceso y el interés del pájaro se diluyó en un fárrago de alcohol. Ayudó lo suyo R, que se puso a bailar delante suyo, en plan odalisca voluptuosa. Al comprobar que él no era insensible a sus movimientos (la seguía con mirada de lobo y me decía: "Joder, tío, llevo sin hacerme una paja más de ocho días") incrementó los giros y miraditas hacia Iván, que se desentendió de mí. En ese instante, a qué negarlo, la hubiera matado. Mantuve la sonrisa como si nada de aquello fuera conmigo e interpreté el papel de quien está por encima de esas menudencias.
–Pero esta chica, ¿no está enrrollada con E?
–Lo estuvieron. Aunque ya no, es bisexual.
–Ostias, chaval, pues cómo se mueve la cabrona.
Es lo que tiene ligar con heteros liberados, que durante un tiempo los seduces pero enseguida, en cuanto se cruza en su horizonte la posibilidad de una chica, se desentienden de ti. Iván llegó a proponerme un trío con R y él. Contesté que no, porque no me veo en la cama con R. Después, a la mañana siguiente, todo sería muy embarazoso. Y además, no me gusta nada. Paso de movidas a tres.
A la postre, R sólo estaba jugueteando con él y no continuó por ese camino, así que cada uno se marchó para su casa, con el calentón consiguiente. Fue divertido, sin embargo.
Anoche salimos M y yo con H&C. Por Latina, primero en una terraza y más tarde en el Marula, donde sufrimos ración doble de pesados. Una chica se puso a hablar con M –que está muy mal de lo suyo, con tremendas ganas de echar un polvo– y poco más tarde cambió de idea y me dio la chapa a mí.
–Guapetón, me encanta tu sonrisa. Tenía que decírtelo, es preciosa.
Pues mira tú qué bien. Sonreí de nuevo y me escapé de ella como pude. Entonces fue a C a quien le tocó el turno; un tipo comenzó a darle la brasa a H y, devorándola con la mirada, la piropeó sin reservas:
–Eres guapísima, la tía más guapa de todas. ¿Con quién de ellos estás?
–Con los tres.
–¿Sí? Qué suerte.
En fin. Noches y cosas.
HETEROS, HETEROS
No es resaca pero sí un cansancio suave el que me aletarga y vuelve pesados, demorados y torpes cada uno de mis movimientos. Anoche armamos una buena varios del periódico y yo hice lo que todo gay con dos dedos de frente debe evitar, por salud mental y de la otra. Coqueteé con dos tíos del trabajo, ambos heterosexuales. Juro que no quería, pero el alcohol y la noche –en que los gatos más variados te confunden y pueden llegar a parecer de un pardo lustroso– hicieron de las suyas y viví la fantasía más recurrente entre los gays.
Nick es irlandés, delgadísimo hasta la náusea y de unos ojazos azules como dos piedras congeladas en medio de un lago. Rostro franco y sonrisa abierta. Mayor para mí (me saca tres años y ya tiene el cabello completamente blanco), el atractivo que anoche irradiaba era el canto de sirena que amenazaba con el naufragio de mi barquichuela. Trabaja con los de diseño, y apenas habíamos cruzado un par de palabras hasta anoche. Preguntó mi nombre, se lo dije, preguntó si yo sabía cómo se llama él.
–¿Kevin?
–Nooo, Nick.
–Ah, bueno. Yo sabía que por ahí había una k...
A lo largo de la noche, volvía una y otra vez a mí, y de nuevo me preguntaba por su nombre.
–Kevin.
–Que no, me llamo Nick.
–Eso, Nick. Con k al final y no al principio.
Risas y miradas extrañas, muy poco definidas. Me hizo dudar. ¿Sería un gay armarizado? Todos estos extranjeros, con su acento farragoso, destilan una pluma que a veces es complicado clarificar. Aunque enseguida entreví que quien le interesaba (no podía ser de otra manera) era Anuska. La observó con detenimiento y quiso ser caballeroso con un piropo.
–Tienes unos dientes muy buenos.
Rocío (compañera de piso de Anuska) y yo nos partíamos de risa.
–Que no se dice así, Nick. Se dice "tienes una sonrisa preciosa". Porque lo de los dientes parece más propio de una yegua.
Se me abrazaba, un poco demasiado, la verdad, mientras trasegábamos nuestras copas. Por allí brujuleaba Antonio, redactor de Castilla-La Mancha. Muy machote, guapo y cuerpazo, con veinticinco años bien plantados y el último tío en quien pondría los ojos encima (porque exuda masculinidad y en esos campos de rastrojo no se me ha perdido nada). De hecho, durante el mes en que estuvo de prácticas con nosotros, antes de volver a Ciudad Real, era alguien a quien admirar pero siempre de lejos: espaldas anchas, brazos musculados, culo redondo y atrapado en unos vaqueros demasiado ajustados, piernas de futbolista... No obstante, anoche, cuando Nick desaparecía para charlar con Miguelón, o con Enrique, o con Anuska, él se acercaba y me pasaba el brazo por el hombro con una naturalidad turbadora, me miraba a los ojos con una rara fijeza y entraba al trapo de un coqueteo deslavazado pero intenso. Hubo un momento en que bajé al servicio y allí estaba él, charlando mientras meaba con un tipo que, no bien me vio, comenzó a alabar mi camiseta.
–Qué guapa, con el Naranjito. Tú sí que eres un crack.
Salieron del baño y entré yo. Di por supuesto que se habían ido, aunque sus voces seguían sonando nítidas. Antonio me llamó:
–Cornelio, ¿sales?
–Sí, ahora mismo.
Así que me había esperado, en lugar de reunirse arriba con los demás, que era lo lógico. Podía ser un detalle amable por su parte o, quién sabe, algo menos claro y más interesante. Según subíamos las escaleras, me puso la mano en la espalda, acariciándola levemente, al tiempo que me decía lo pesado que era el tío ése.
–¿Lo escuchas? Pues así de cargante todo el rato. Vamos a darle esquinazo.
No digo que él (pobriño) fuera consciente de lo que ocurría entre los dos. Ya me ha pasado otras veces con machos de su calibre. Recuerdo a Carlos "Caranca", en la Universidad, alto y bien proporcionado, lleno de novias por todas partes y que se tiró dos o tres meses lanzándome mensajes ambiguos que me desorientaban, emocionaban y ponían nervioso a partes iguales. Nunca pasó nada, por supuesto, porque si hubo algo más que amistad –el iceberg del deseo asomando un pico tímido por encima del piélago de camaradería– él no llegó a definirlo. Y de haber sido consciente, seguro que le hubiera entrado un acojone importante. "¿Seré gay?", es la pregunta que se hacen cuando, sin saber por qué, sienten la punzada de interés hacia otro tío. Dar el paso de lo prohibido (homosexualidad) a lo establecido (heterosexualidad) es muchísimo más sencillo que realizar el trayecto contrario. A mí me ha ocurrido: si me acuesto con una chica, no me levanto al día siguiente cuestionando mi orientación sexual, tengo muy claro que soy gay y que no voy a dejar de serlo por haber follado con alguien del sexo contrario. En cambio, un hetero no se lía fácilmente con otro tío –si no hay copas o sustancias ilícitas, unidas a la noche y al cachondeo, de por medio. Sería una hecatombe para su autoestima, para la imagen que de sí mismo se ha construido. De manera que la mayoría se limita a balancearse en la cuerda floja de este erotismo de bajísima intensidad, con coqueteos y juegos teñidos de morbidez, poco más. Al día siguiente pueden llamarlo amistad. Pero trasciende lo que entendemos por amistad, por supuesto. Si no fuera por los fortísimos condicionantes culturales que nos dominan, el número de bisexuales, en mayor o menor grado, sería enorme. No escribo esto tratando de barrer para casa: simplemente es algo que tengo muy comprobado.
Total, que ya en el Taboo Rocío me confesó que Antonio le ponía, y yo me retiré a un segundo plano del que no debía haber salido. Nick y Anuska se marcharon juntos en taxi –viven cerca– y Antonio se lanzó a una conversa con Rocío que era un puro devaneo. Como pasaba de ser un aguantavelas, los dejé allí a la buena de dios y puse el piloto automático hacia casa. Fin de la historia. Pero no me quedé con un regusto de frustración, ni mucho menos, porque me iba con la dosis de flirteo divertido e inocuo suficiente como para reforzar un poquito más (y cómo está de hinchado ya) mi ego.
Nick es irlandés, delgadísimo hasta la náusea y de unos ojazos azules como dos piedras congeladas en medio de un lago. Rostro franco y sonrisa abierta. Mayor para mí (me saca tres años y ya tiene el cabello completamente blanco), el atractivo que anoche irradiaba era el canto de sirena que amenazaba con el naufragio de mi barquichuela. Trabaja con los de diseño, y apenas habíamos cruzado un par de palabras hasta anoche. Preguntó mi nombre, se lo dije, preguntó si yo sabía cómo se llama él.
–¿Kevin?
–Nooo, Nick.
–Ah, bueno. Yo sabía que por ahí había una k...
A lo largo de la noche, volvía una y otra vez a mí, y de nuevo me preguntaba por su nombre.
–Kevin.
–Que no, me llamo Nick.
–Eso, Nick. Con k al final y no al principio.
Risas y miradas extrañas, muy poco definidas. Me hizo dudar. ¿Sería un gay armarizado? Todos estos extranjeros, con su acento farragoso, destilan una pluma que a veces es complicado clarificar. Aunque enseguida entreví que quien le interesaba (no podía ser de otra manera) era Anuska. La observó con detenimiento y quiso ser caballeroso con un piropo.
–Tienes unos dientes muy buenos.
Rocío (compañera de piso de Anuska) y yo nos partíamos de risa.
–Que no se dice así, Nick. Se dice "tienes una sonrisa preciosa". Porque lo de los dientes parece más propio de una yegua.
Se me abrazaba, un poco demasiado, la verdad, mientras trasegábamos nuestras copas. Por allí brujuleaba Antonio, redactor de Castilla-La Mancha. Muy machote, guapo y cuerpazo, con veinticinco años bien plantados y el último tío en quien pondría los ojos encima (porque exuda masculinidad y en esos campos de rastrojo no se me ha perdido nada). De hecho, durante el mes en que estuvo de prácticas con nosotros, antes de volver a Ciudad Real, era alguien a quien admirar pero siempre de lejos: espaldas anchas, brazos musculados, culo redondo y atrapado en unos vaqueros demasiado ajustados, piernas de futbolista... No obstante, anoche, cuando Nick desaparecía para charlar con Miguelón, o con Enrique, o con Anuska, él se acercaba y me pasaba el brazo por el hombro con una naturalidad turbadora, me miraba a los ojos con una rara fijeza y entraba al trapo de un coqueteo deslavazado pero intenso. Hubo un momento en que bajé al servicio y allí estaba él, charlando mientras meaba con un tipo que, no bien me vio, comenzó a alabar mi camiseta.
–Qué guapa, con el Naranjito. Tú sí que eres un crack.
Salieron del baño y entré yo. Di por supuesto que se habían ido, aunque sus voces seguían sonando nítidas. Antonio me llamó:
–Cornelio, ¿sales?
–Sí, ahora mismo.
Así que me había esperado, en lugar de reunirse arriba con los demás, que era lo lógico. Podía ser un detalle amable por su parte o, quién sabe, algo menos claro y más interesante. Según subíamos las escaleras, me puso la mano en la espalda, acariciándola levemente, al tiempo que me decía lo pesado que era el tío ése.
–¿Lo escuchas? Pues así de cargante todo el rato. Vamos a darle esquinazo.
No digo que él (pobriño) fuera consciente de lo que ocurría entre los dos. Ya me ha pasado otras veces con machos de su calibre. Recuerdo a Carlos "Caranca", en la Universidad, alto y bien proporcionado, lleno de novias por todas partes y que se tiró dos o tres meses lanzándome mensajes ambiguos que me desorientaban, emocionaban y ponían nervioso a partes iguales. Nunca pasó nada, por supuesto, porque si hubo algo más que amistad –el iceberg del deseo asomando un pico tímido por encima del piélago de camaradería– él no llegó a definirlo. Y de haber sido consciente, seguro que le hubiera entrado un acojone importante. "¿Seré gay?", es la pregunta que se hacen cuando, sin saber por qué, sienten la punzada de interés hacia otro tío. Dar el paso de lo prohibido (homosexualidad) a lo establecido (heterosexualidad) es muchísimo más sencillo que realizar el trayecto contrario. A mí me ha ocurrido: si me acuesto con una chica, no me levanto al día siguiente cuestionando mi orientación sexual, tengo muy claro que soy gay y que no voy a dejar de serlo por haber follado con alguien del sexo contrario. En cambio, un hetero no se lía fácilmente con otro tío –si no hay copas o sustancias ilícitas, unidas a la noche y al cachondeo, de por medio. Sería una hecatombe para su autoestima, para la imagen que de sí mismo se ha construido. De manera que la mayoría se limita a balancearse en la cuerda floja de este erotismo de bajísima intensidad, con coqueteos y juegos teñidos de morbidez, poco más. Al día siguiente pueden llamarlo amistad. Pero trasciende lo que entendemos por amistad, por supuesto. Si no fuera por los fortísimos condicionantes culturales que nos dominan, el número de bisexuales, en mayor o menor grado, sería enorme. No escribo esto tratando de barrer para casa: simplemente es algo que tengo muy comprobado.
Total, que ya en el Taboo Rocío me confesó que Antonio le ponía, y yo me retiré a un segundo plano del que no debía haber salido. Nick y Anuska se marcharon juntos en taxi –viven cerca– y Antonio se lanzó a una conversa con Rocío que era un puro devaneo. Como pasaba de ser un aguantavelas, los dejé allí a la buena de dios y puse el piloto automático hacia casa. Fin de la historia. Pero no me quedé con un regusto de frustración, ni mucho menos, porque me iba con la dosis de flirteo divertido e inocuo suficiente como para reforzar un poquito más (y cómo está de hinchado ya) mi ego.
TERAPIA
La semana que viene se incorpora Eloísa como correctora en el periódico. Al parecer, los suecos se han apiadado de mí y dieron luz verde a la contratación de alguien que me libere de trabajo por las tardes. Muchas cosas van a cambiar, entre ellas mi horario, porque de lo que se trata es de que yo entre pronto -pretenden tener páginas listas a las tres de la tarde- y me pueda ir antes del cierre, alrededor de las diez de la noche. Todo será acostumbrarse, aunque a mí el actual horario me resulta cómodo. En cuanto a Eloísa, espero que nos llevemos bien. Es una chica sensible y buena gente, pero tiene un punto contestatario que puede chocar con mi carácter. Veremos.
Al final, no sólo comí ayer al mediodía con M S sino que M también se apuntó. Lleva una temporada sin poder cazar al tipo de la bombona y no tiene agua caliente, así que me pidió las llaves de casa para darse una ducha. Cuando terminó, se pasó por el chino donde M S y yo estábamos a punto de empezar a comer y ya se quedó. Terapia a tres.
Yo ando a vueltas con mi robertitis aguda ("Tu monotema", lo llama M), no exactamente desesperado pero sí cercano a la incertidumbre de no saber cuándo volveré a verle: no voy a insistir a Lucía sobre este punto, me da verguenza resultar tan crío y meterla en estas movidas para, de algún modo, provocar equis encuentros que de otra manera no se darían –asegura M que no suelen quedar con tanta frecuencia como en la última semana, y que pueden pasar hasta un mes sin verse. No voy a ponerme pesadito.
A M el amor se le ha presentado en forma de chica guapa con novio, se llama Jara y lo tiene encandilado. Creo que esta noche cenará con ella –junto a otra gente y, quizás, su novio. Está nervioso y excitado con la cena, ya nos contará cómo va la cosa. Porque afirma que hacía tiempo que una tía no le impresionaba tanto. Le aconsejamos calma, lo mismo que me digo yo con respecto a Roberto (consejos doy que para mí no tengo).
Y M S desea con fuerza que alguien la deslumbre esta primavera, necesita una inyección de romance y violines en el aire para sentirse viva y en mercado.
Menuda panda de tres. Cuando ya nos íbamos, M S me miró a los ojos, con un resto de tristeza en los suyos.
–Estamos en plena crisis de los cuarenta.
–No fastidies. A ti te quedan cuatro años y a mí seis hasta los cuarenta. Vamos a dejar algo para cuando los cumplamos de verdad, ¿no?
Supongo que es la necesidad de absoluto que, como un niño pequeño y malcriado, tironea de nuestra pernera para que le hagamos caso.
La necesidad de absoluto. En forma de amorcito que nos arrope en la cama las noches de invierno, que nos bese en la nuca en medio de la noche y pose una mano confiada en nuestro flanco, dulcemente, suavemente, maritalmente. He pasado toda mi vida sin esa presencia y sé que podría vivir el resto de mis días sin haberla encontrado, pero no sería una vida completa –o ahora lo veo así. Supongo que es el daño irreparable que las películas de Hollywood y los cuentos de princesas encantadas nos han hecho. Nos educan con la idea del gran amor que algún día llegará e iluminará con su sola presencia hasta los rincones más oscuros de nuestra alma; cuando éste no se presenta –o tarda en venir o se nos hurta delante de las narices momentos antes de que podamos hacerlo nuestro (en un juego de magia absurdo)–, sentimos que alguien o algo nos ha arrebatado lo que en justicia nos pertenece. Pero esto es falso, claro. A nadie se le prometen las mieles del amor. Tocan en suerte o no. Eso es todo: tan simple y tan terrible como que tú puede que nunca encuentres a nadie mientras que tu vecino, sin ningún esfuerzo, tuvo la fortuna que a ti te falta. La suerte del ganador unida a un cierto afán por ganar. El que no es aventurero –y yo no lo soy: es algo que no se aprende, o se es o no se es– difícilmente logrará vivir historias que le conduzcan al límite. Cómo acercarse al universo de los demás, a esa otredad que asoma las orejas por el horizonte, sin dar un triple salto mortal sin red. Existe el riesgo de partirse la crisma en el intento, sí, pero también la posibilidad de caer sobre un suelo mullido de algodón.
Uno de los clientes habituales del bar en que escribo –tan habitual como yo mismo, que comienzo a ser una especie de elemento arquitectónico más– se ha quedado ciego. Creo que aún no cumple los cuarenta, por mucho que la línea irregular del cráneo desprovisto de pelo, el rostro cadavérico y las arruguillas en torno a unos ojos empequeñecidos y muy azules o a una boca sin labios digan lo contrario. Es joven y tiene toda una vida por delante que, en cuestión de días, se arruina y deshace entre los dedos. Una semana atrás, amaneció con la visión dañada sin motivo aparente. Y un día más tarde la cosa había ido a peor. Lo llevaron al hospital, le miraron de arriba abajo y le dejaron marchar (estrés, cansancio acumulado, algo de esto debieron diagnosticarle). Esta mañana, ya directamente no veía nada. Lo han vuelto a ingresar, de Urgencias, y sólo queda esperar algún milagro de la ciencia. Yo soy pesimista: la cosa pinta mal. Pobre hombre.
Y, de improviso, uno cae en la cuenta de lo efímero que es todo en esta vida, lo cerca que estamos siempre de la tragedia, de la enfermedad, del fin. Caminamos por la vida con las anteojeras del presente más inmediato. Ahora me levanto, en media hora tomaré un café que me despabile, mañana he de entregar un trabajo urgente. Ese cuerpo entrevisto mientras esperaba el semáforo me despierta una desazón y una sexualidad imperiosas. Hay que pagar la factura de la luz, la factura del agua, la factura del teléfono. Todas las facturas. Y, sumidos en esa inmediatez, no queremos pensar (no podemos permitírnoslo) en que algún día todas esas menudencias que jalonan nuestra existencia serán mero recuerdo, una triste prueba de que alguna vez tuvimos toda la vida por delante. La misma que entonces se escapará con una risa maliciosa, esquiva. Telón y final.
Al final, no sólo comí ayer al mediodía con M S sino que M también se apuntó. Lleva una temporada sin poder cazar al tipo de la bombona y no tiene agua caliente, así que me pidió las llaves de casa para darse una ducha. Cuando terminó, se pasó por el chino donde M S y yo estábamos a punto de empezar a comer y ya se quedó. Terapia a tres.
Yo ando a vueltas con mi robertitis aguda ("Tu monotema", lo llama M), no exactamente desesperado pero sí cercano a la incertidumbre de no saber cuándo volveré a verle: no voy a insistir a Lucía sobre este punto, me da verguenza resultar tan crío y meterla en estas movidas para, de algún modo, provocar equis encuentros que de otra manera no se darían –asegura M que no suelen quedar con tanta frecuencia como en la última semana, y que pueden pasar hasta un mes sin verse. No voy a ponerme pesadito.
A M el amor se le ha presentado en forma de chica guapa con novio, se llama Jara y lo tiene encandilado. Creo que esta noche cenará con ella –junto a otra gente y, quizás, su novio. Está nervioso y excitado con la cena, ya nos contará cómo va la cosa. Porque afirma que hacía tiempo que una tía no le impresionaba tanto. Le aconsejamos calma, lo mismo que me digo yo con respecto a Roberto (consejos doy que para mí no tengo).
Y M S desea con fuerza que alguien la deslumbre esta primavera, necesita una inyección de romance y violines en el aire para sentirse viva y en mercado.
Menuda panda de tres. Cuando ya nos íbamos, M S me miró a los ojos, con un resto de tristeza en los suyos.
–Estamos en plena crisis de los cuarenta.
–No fastidies. A ti te quedan cuatro años y a mí seis hasta los cuarenta. Vamos a dejar algo para cuando los cumplamos de verdad, ¿no?
Supongo que es la necesidad de absoluto que, como un niño pequeño y malcriado, tironea de nuestra pernera para que le hagamos caso.
La necesidad de absoluto. En forma de amorcito que nos arrope en la cama las noches de invierno, que nos bese en la nuca en medio de la noche y pose una mano confiada en nuestro flanco, dulcemente, suavemente, maritalmente. He pasado toda mi vida sin esa presencia y sé que podría vivir el resto de mis días sin haberla encontrado, pero no sería una vida completa –o ahora lo veo así. Supongo que es el daño irreparable que las películas de Hollywood y los cuentos de princesas encantadas nos han hecho. Nos educan con la idea del gran amor que algún día llegará e iluminará con su sola presencia hasta los rincones más oscuros de nuestra alma; cuando éste no se presenta –o tarda en venir o se nos hurta delante de las narices momentos antes de que podamos hacerlo nuestro (en un juego de magia absurdo)–, sentimos que alguien o algo nos ha arrebatado lo que en justicia nos pertenece. Pero esto es falso, claro. A nadie se le prometen las mieles del amor. Tocan en suerte o no. Eso es todo: tan simple y tan terrible como que tú puede que nunca encuentres a nadie mientras que tu vecino, sin ningún esfuerzo, tuvo la fortuna que a ti te falta. La suerte del ganador unida a un cierto afán por ganar. El que no es aventurero –y yo no lo soy: es algo que no se aprende, o se es o no se es– difícilmente logrará vivir historias que le conduzcan al límite. Cómo acercarse al universo de los demás, a esa otredad que asoma las orejas por el horizonte, sin dar un triple salto mortal sin red. Existe el riesgo de partirse la crisma en el intento, sí, pero también la posibilidad de caer sobre un suelo mullido de algodón.
Uno de los clientes habituales del bar en que escribo –tan habitual como yo mismo, que comienzo a ser una especie de elemento arquitectónico más– se ha quedado ciego. Creo que aún no cumple los cuarenta, por mucho que la línea irregular del cráneo desprovisto de pelo, el rostro cadavérico y las arruguillas en torno a unos ojos empequeñecidos y muy azules o a una boca sin labios digan lo contrario. Es joven y tiene toda una vida por delante que, en cuestión de días, se arruina y deshace entre los dedos. Una semana atrás, amaneció con la visión dañada sin motivo aparente. Y un día más tarde la cosa había ido a peor. Lo llevaron al hospital, le miraron de arriba abajo y le dejaron marchar (estrés, cansancio acumulado, algo de esto debieron diagnosticarle). Esta mañana, ya directamente no veía nada. Lo han vuelto a ingresar, de Urgencias, y sólo queda esperar algún milagro de la ciencia. Yo soy pesimista: la cosa pinta mal. Pobre hombre.
Y, de improviso, uno cae en la cuenta de lo efímero que es todo en esta vida, lo cerca que estamos siempre de la tragedia, de la enfermedad, del fin. Caminamos por la vida con las anteojeras del presente más inmediato. Ahora me levanto, en media hora tomaré un café que me despabile, mañana he de entregar un trabajo urgente. Ese cuerpo entrevisto mientras esperaba el semáforo me despierta una desazón y una sexualidad imperiosas. Hay que pagar la factura de la luz, la factura del agua, la factura del teléfono. Todas las facturas. Y, sumidos en esa inmediatez, no queremos pensar (no podemos permitírnoslo) en que algún día todas esas menudencias que jalonan nuestra existencia serán mero recuerdo, una triste prueba de que alguna vez tuvimos toda la vida por delante. La misma que entonces se escapará con una risa maliciosa, esquiva. Telón y final.
SAN JORGE Y EL DRAGÓN
Experiencia directa y brutal con el tema de la legalización de inmigrantes de fondo. Fali, amigo de mi tío Charly, se largó hace un mes a vivir a Brasil y necesita el permiso de residencia. Primero fueron los pasos dados en Santander, ahora se precisan unos cuantos sellos de diversos organismos aquí en Madrid. El marrón le cayó a Anita, que como curra por las mañanas me ha pedido a mí el favor. Ayer, sobre las doce y media, me acerqué hasta el ministerio de Asuntos Exteriores, en General Pardiñas. Calles amplias y edificios de piedra, aristocráticos y de líneas puras. En mi ingenuidad para con la burocracia, creí que sería cosa de unos minutos. Pero no. A cuenta de la conclusión del plazo para la legalización en España, aquello estaba rebosante de gente y me condujeron a una gran sala donde, obedientes y poseedores de una paciencia infinita, un grupo de cerca de cincuenta personas (hispanoamericanos y marroquíes en mayor medida, pero también angoleños y guineanos y emigrados de la Europa más oriental) aguardaba su turno, como pequeños y desvalidos sanjorges que portaban la lanza de unos cuantos papeles manoseados y sucios de ventanillas y colas imposibles contra el dragón sin sentimientos del Estado español. El tiempo se arrastraba, lento, y una madre daba el pecho a su hijo sin rastro de pudor por la centena de ojos que la observaban; dos amigos se encontraban con otros tres ("Salam aleikum", "Aleikum salam") y hablaban rápido, en su jerga enrevesada; un hombre de mediana edad, alto y delgado como un palo, se aflojaba el cuello de la camisa, embutido en el traje marrón que, casi seguro, guarda para las grandes ocasiones.
De tanto en tanto, uno de los guardias uniformados de la entrada se acercaba y gritaba fuerte la nueva tanda de números que tocaba. Entonces, los afortunados se disponían a seguirle, siempre con los papeles/talismán bien visibles en la mano alzada, como tabla de náufrago o guía hacia la salvación. A medida que las sillas de plástico habilitadas para todos nosotros se vaciaban, el silencio iba ganando terreno entre los que quedábamos allí. Yo era incapaz de leer, con el miedo tonto de que pudiera no oír mi número arrebatado por la trama de la novela. Salí a fumar un cigarrillo rápido y al sol del mediodía vegeté unos minutos antes de zambullirme de nuevo en los entresijos del ministerio.
Finalmente le llegó el turno a mi grupo, unas quince personas. Otro individuo uniformado nos condujo fuera del edificio hasta uno de los laterales, donde nos aguardaba otra cola frente a la puerta custodiada por dos guardianes de la ley. Una vez en el interior, me llevaron hasta una sala de espera diminuta, donde hube de agenciarme un nuevo número. Allá sólo estábamos dos mujeres y yo, más el ojo rojo de un contador detenido en el número 83 (yo tenía el 87). Al cabo del tiempo, viendo que aquello no se movía y que el resto de mis compañeros había desaparecido en no sé qué estancia, volví a la entrada y le pregunté al guardia de seguridad si donde yo esperaba era el lugar que me correspondía.
-¿Le ha enviado mi compañero?
-Sí.
-Pues entonces siga allí que ya le atenderán.
Estos grandes monstruos de cemento y burocracia, si algo tienen de particular, es que te anulan la personalidad y hasta al más osado le vuelven corderito en menos que canta un gallo. Cuánto más a mí, que raramente elevo la voz o me enfado en estos casos, que soy paciente en extremo y confío siempre en la bondad de quien me atiende tras una ventanilla y en su capacidad de compasión para con el prójimo. Así que, lechal que bala, me volví por donde había venido y continué aguardando no sabía muy bien qué. A los quince o veinte minutos, el ojo rojo seguía sin parpadear, congelado en aquel 83 maldito, mientras las dos mujeres se enredaban en una conversación sobre maridos maltratadores, niños de teta y labores propias del hogar. Vino más gente y uno preguntó si ése era el sitio de espera para recabar información. ¿Información? Qué coño hacía yo en una cola para pedir información si lo que necesitaba como el comer -aparte de salir de allí cuanto antes- era un sello de nada. De nuevo me acerqué hasta el vigilante, pero esta vez ya enfadado y con la mala ostia hinchándome la yugular.
-Llevo treinta minutos esperando y me entero ahora de que no es donde tengo que estar. Necesito que me sellen este documento, no que me informen de nada- le espeté al tiempo que esgrimía ante sus narices el papel de Fali, yo también un iluso sanjorge dispuesto a plantarle cara al dragón de las mil bocas.
-Pero si mi compañero le envió allí...
-Su compañero no tiene ni idea de a qué he venido al ministerio. Mire, entro a trabajar dentro de poco y hace más de una hora que espero.
-No sé... Pregunte en información.
-¿Y he de hacer cola para eso? No tengo ni tiempo ni ganas, la verdad. Yo entro directo.
-Sí, sí, claro. Es esa puerta de la derecha. Llame y entre sin esperar la respuesta.
A información que me fui, indignado. Una habitación amplia y vacía, con varias ventanillas al otro lado de la estancia donde cuatro funcionarias sin otra cosa que hacer más que mirarse las uñas y desgranar lo que había sido su fin de semana (interesantísimo, seguro) se aburrían a dos manos. Me acerqué hasta una de ellas, que me miró desde la lejanía de su puesto de trabajo, con un hastío y una indiferencia infinitos. Le enseñé el papel de marras.
-Eso no es aquí.
-Ya sé que no es aquí. Por eso le pregunto a dónde he de ir.
-Al fondo del pasillo, a la derecha.
Ay, qué sería de un ministerio sin su incontable gama de pasillos, corredores, despachitos cual celdas en la colmena y sus funcionarios cansados, pendientes del reloj y del café (los cafés) del mediodía. Cuando entré en la nueva celda, allí estaban las abejas que yo había dejado atrás, junto con dos zánganos (él y ella) tras el cristal de sus respectivas ventanillas. Como mi número ya había pasado, hube de coger otro más y armarme, nuevamente, de paciencia. Dios, qué cruz. A los veinte minutos, pasé por el ventanuco donde se asomaba él -ella se demoraba en una explicación complicadísima a una anciana marroquí de los pasos a seguir en el tema de la legalización, a voz en grito, para que todos la oyeran- y en cuestión de segundos obtuve el preciado sello. Estaba salvado. Salí al exterior como quien vuelve del infierno, un hades de prohibiciones y papeleo que existe, aunque no lo veamos, en esos condenados edificios oficiales. Encabronado con la burocracia estúpida, pero aliviado porque había sobrevivido y estaba entero.
Queda pasar por la Embajada de Brasil, en Almagro. Eso lo haré mañana, que hoy no estoy de humor como para perder unas preciosas horas de sol antes del trabajo.
De tanto en tanto, uno de los guardias uniformados de la entrada se acercaba y gritaba fuerte la nueva tanda de números que tocaba. Entonces, los afortunados se disponían a seguirle, siempre con los papeles/talismán bien visibles en la mano alzada, como tabla de náufrago o guía hacia la salvación. A medida que las sillas de plástico habilitadas para todos nosotros se vaciaban, el silencio iba ganando terreno entre los que quedábamos allí. Yo era incapaz de leer, con el miedo tonto de que pudiera no oír mi número arrebatado por la trama de la novela. Salí a fumar un cigarrillo rápido y al sol del mediodía vegeté unos minutos antes de zambullirme de nuevo en los entresijos del ministerio.
Finalmente le llegó el turno a mi grupo, unas quince personas. Otro individuo uniformado nos condujo fuera del edificio hasta uno de los laterales, donde nos aguardaba otra cola frente a la puerta custodiada por dos guardianes de la ley. Una vez en el interior, me llevaron hasta una sala de espera diminuta, donde hube de agenciarme un nuevo número. Allá sólo estábamos dos mujeres y yo, más el ojo rojo de un contador detenido en el número 83 (yo tenía el 87). Al cabo del tiempo, viendo que aquello no se movía y que el resto de mis compañeros había desaparecido en no sé qué estancia, volví a la entrada y le pregunté al guardia de seguridad si donde yo esperaba era el lugar que me correspondía.
-¿Le ha enviado mi compañero?
-Sí.
-Pues entonces siga allí que ya le atenderán.
Estos grandes monstruos de cemento y burocracia, si algo tienen de particular, es que te anulan la personalidad y hasta al más osado le vuelven corderito en menos que canta un gallo. Cuánto más a mí, que raramente elevo la voz o me enfado en estos casos, que soy paciente en extremo y confío siempre en la bondad de quien me atiende tras una ventanilla y en su capacidad de compasión para con el prójimo. Así que, lechal que bala, me volví por donde había venido y continué aguardando no sabía muy bien qué. A los quince o veinte minutos, el ojo rojo seguía sin parpadear, congelado en aquel 83 maldito, mientras las dos mujeres se enredaban en una conversación sobre maridos maltratadores, niños de teta y labores propias del hogar. Vino más gente y uno preguntó si ése era el sitio de espera para recabar información. ¿Información? Qué coño hacía yo en una cola para pedir información si lo que necesitaba como el comer -aparte de salir de allí cuanto antes- era un sello de nada. De nuevo me acerqué hasta el vigilante, pero esta vez ya enfadado y con la mala ostia hinchándome la yugular.
-Llevo treinta minutos esperando y me entero ahora de que no es donde tengo que estar. Necesito que me sellen este documento, no que me informen de nada- le espeté al tiempo que esgrimía ante sus narices el papel de Fali, yo también un iluso sanjorge dispuesto a plantarle cara al dragón de las mil bocas.
-Pero si mi compañero le envió allí...
-Su compañero no tiene ni idea de a qué he venido al ministerio. Mire, entro a trabajar dentro de poco y hace más de una hora que espero.
-No sé... Pregunte en información.
-¿Y he de hacer cola para eso? No tengo ni tiempo ni ganas, la verdad. Yo entro directo.
-Sí, sí, claro. Es esa puerta de la derecha. Llame y entre sin esperar la respuesta.
A información que me fui, indignado. Una habitación amplia y vacía, con varias ventanillas al otro lado de la estancia donde cuatro funcionarias sin otra cosa que hacer más que mirarse las uñas y desgranar lo que había sido su fin de semana (interesantísimo, seguro) se aburrían a dos manos. Me acerqué hasta una de ellas, que me miró desde la lejanía de su puesto de trabajo, con un hastío y una indiferencia infinitos. Le enseñé el papel de marras.
-Eso no es aquí.
-Ya sé que no es aquí. Por eso le pregunto a dónde he de ir.
-Al fondo del pasillo, a la derecha.
Ay, qué sería de un ministerio sin su incontable gama de pasillos, corredores, despachitos cual celdas en la colmena y sus funcionarios cansados, pendientes del reloj y del café (los cafés) del mediodía. Cuando entré en la nueva celda, allí estaban las abejas que yo había dejado atrás, junto con dos zánganos (él y ella) tras el cristal de sus respectivas ventanillas. Como mi número ya había pasado, hube de coger otro más y armarme, nuevamente, de paciencia. Dios, qué cruz. A los veinte minutos, pasé por el ventanuco donde se asomaba él -ella se demoraba en una explicación complicadísima a una anciana marroquí de los pasos a seguir en el tema de la legalización, a voz en grito, para que todos la oyeran- y en cuestión de segundos obtuve el preciado sello. Estaba salvado. Salí al exterior como quien vuelve del infierno, un hades de prohibiciones y papeleo que existe, aunque no lo veamos, en esos condenados edificios oficiales. Encabronado con la burocracia estúpida, pero aliviado porque había sobrevivido y estaba entero.
Queda pasar por la Embajada de Brasil, en Almagro. Eso lo haré mañana, que hoy no estoy de humor como para perder unas preciosas horas de sol antes del trabajo.
SEGUNDO ROUND
Debo tragarme mis palabras de ayer y reconocer que el concierto de Samba da rua me gustó, me electrizó y puso en contacto con un tipo de gente que habitualmente no trato. En la plaza de Cabestreros, rodeados de un gentío diverso, nos dejamos envolver por el ritmo atronador, sincopado, de los tambores, en una especie de comunión magnífica: todos jóvenes, todos felices, todos combativos, reclamando el uso de las calles y su disfrute. Yo estaba nervioso, claro, y envarado, con Roberto muy cerca, apenas a dos metros de distancia que se me hacían enormes e insalvables. Charlaba animadamente con Lucía y yo no sabía cómo hacer para acercarme hasta ellos. Tardé en relajarme: no fue hasta más tarde (en parte gracias a los porros y la cerveza) cuando me sacudí el yugo de inseguridades y pude iniciar una tímida conversación con él. Creo que las ganas de conocernos eran mutuas, no podría asegurarlo pero me parece que sí. Poco a poco, fuimos entrando en materia, pasando de las frases cortas y sin sustancia a una conversación con más enjundia, al tiempo que a nuestro alrededor todo era un remolino de grupos compactos, chicos y chicas con rastas, el porro prendido en los labios, la ropa casi andrajosa y la música como una bicha peligrosa corriéndoles por dentro. La fiesta se trasladó hasta la plaza de Lavapiés, por callejas angostas y sinuosas –los vecinos asomados a sus balcones, participando también del ambiente distendido y festivalero– fuimos bailando al son de los bombos, también nosotros atrapados en la hermosa utopía de una humanidad hermanada y en paz.
Una vez en la plaza, desistimos de seguir a los músicos y sus cohortes Ave María arriba, que el hambre apretaba, y terminamos en una terraza de Argumosa, el aire de la noche un tanto frío aunque agradable y la sensación de estar viviendo dentro de una película. Impresión que se incrementó cuando un hombrecillo en la cincuentena, armado con un acordeón, cantó varias canciones de su tierra, con aires balcánicos y ligeramente italianizantes. Fue un momento bello, la noche detenida, nosotros sentados alrededor de una mesa, riendo y bebiendo y comiendo, la voz trémula y emocionada del hombre flotando por encima de nuestras cabezas. ¿Qué más pedir? Amigos y el (oscuro) objeto de deseo ahí enfrente, abriendo despacio sus pétalos de abundancia para mostrarme un universo rico en matices, que no puedo sino querer explorar.
Anoche, cuando ya era capaz de enfrentarle a los ojos, me zambullía en su mirada mientras hablábamos, junto a Lucía/Hada madrina, de "cosas serias". La muerte, el afán de inmortalidad, temas profundos que sin embargo se me antojaban livianos a su lado, fáciles de tratar, como puertas esotéricas que se abrían a estancias secretas del otro, en que descansar y perderse del mundo. Ya me ha sucedido otras veces –pero no demasiadas– esto de sentir una tonta felicidad por el mero hecho de estar charlando con alguien que me gusta: formar parte de su círculo (aunque sea por unos minutos) es regalo suficiente. Claro que luego nunca me conformo con esas migajas y quiero más. Estuvimos en un lugar curiosísimo, que yo no conocía y me entusiasmó, Oeste Celeste, al que debo regresar con algo más de tiempo y calma. Luego terminamos en La Ventura, muy fashion y cool, con un gran cuadro de Lucía Etxebarría en la barra, a mayor gloria del ego de su propietaria. Allí se formaron grupitos, y a mí me parecía que Roberto buscaba mi compañía. No sé, a lo mejor todo es una broma del destino y mi imaginación me hace ver cosas que no existen, confunde anhelo con realidad. La pena fue que se marchó pronto, antes de las tres, y la noche perdió toda su tersura para mí, se terminó en ese mismo punto, el Cornelio que continuó bebiendo y danzando en realidad estaba muy lejos de esa gente y de ese barrio. La despedida, rara e intensa, no se me olvida. Yo había ido a por otra copa y cuando volví de la barra le vi de pie (habíamos estado sentados, los dos, en medio de un caudal mareante de palabras), con la chamarra puesta y listo para salir.
–¿Te vas ya?– pregunté con un matiz de fastidio en la voz.
–Sí, es que mañana tengo muchas cosas que hacer y he de madrugar.
–Bueno, pues nada...– contesté al tiempo que me desinflaba como un globo abatido y enfermo al que le niegan oxígeno.
Nos quedamos de pie, en silencio, mirándonos (a lo mejor, yo un poco demasiado fijamente), y se creó una cierta tensión, no sabría explicar de qué tipo.
–Nos veremos un día de estos...–dijo.
–Sí, claro.
Y eso fue todo. Pero no me dio un apretón de manos, que es como nos saludábamos hasta ahora, tanto al vernos como al despedirnos. Igual me estoy columpiando, pero creo que eso es un paso adelante. Algo así como "no me atrevo con el beso, pero lo de darnos la mano es demasiado frío". Bien. Yo estaba a dos metros por encima del suelo, y cuando una hora más tarde me despedí de M, Lucía y su hermano Miguel, que continuaban la marcha en la sala Sol, llegué a casa en una nube, con la sonrisa tonta moldeándome los labios. Ahora sí que es imposible cualquier otra historia paralela, los R** y los Víctor y los G son nada en comparación con lo que me provoca la mera presencia física de Roberto.
Como no hubo intercambio de teléfonos, dependo nuevamente de Lucía para una próxima quedada. No tengo prisa aunque sí una gran curiosidad por ahondar en la personalidad del primer chaval que me gusta en mucho tiempo.
Una vez en la plaza, desistimos de seguir a los músicos y sus cohortes Ave María arriba, que el hambre apretaba, y terminamos en una terraza de Argumosa, el aire de la noche un tanto frío aunque agradable y la sensación de estar viviendo dentro de una película. Impresión que se incrementó cuando un hombrecillo en la cincuentena, armado con un acordeón, cantó varias canciones de su tierra, con aires balcánicos y ligeramente italianizantes. Fue un momento bello, la noche detenida, nosotros sentados alrededor de una mesa, riendo y bebiendo y comiendo, la voz trémula y emocionada del hombre flotando por encima de nuestras cabezas. ¿Qué más pedir? Amigos y el (oscuro) objeto de deseo ahí enfrente, abriendo despacio sus pétalos de abundancia para mostrarme un universo rico en matices, que no puedo sino querer explorar.
Anoche, cuando ya era capaz de enfrentarle a los ojos, me zambullía en su mirada mientras hablábamos, junto a Lucía/Hada madrina, de "cosas serias". La muerte, el afán de inmortalidad, temas profundos que sin embargo se me antojaban livianos a su lado, fáciles de tratar, como puertas esotéricas que se abrían a estancias secretas del otro, en que descansar y perderse del mundo. Ya me ha sucedido otras veces –pero no demasiadas– esto de sentir una tonta felicidad por el mero hecho de estar charlando con alguien que me gusta: formar parte de su círculo (aunque sea por unos minutos) es regalo suficiente. Claro que luego nunca me conformo con esas migajas y quiero más. Estuvimos en un lugar curiosísimo, que yo no conocía y me entusiasmó, Oeste Celeste, al que debo regresar con algo más de tiempo y calma. Luego terminamos en La Ventura, muy fashion y cool, con un gran cuadro de Lucía Etxebarría en la barra, a mayor gloria del ego de su propietaria. Allí se formaron grupitos, y a mí me parecía que Roberto buscaba mi compañía. No sé, a lo mejor todo es una broma del destino y mi imaginación me hace ver cosas que no existen, confunde anhelo con realidad. La pena fue que se marchó pronto, antes de las tres, y la noche perdió toda su tersura para mí, se terminó en ese mismo punto, el Cornelio que continuó bebiendo y danzando en realidad estaba muy lejos de esa gente y de ese barrio. La despedida, rara e intensa, no se me olvida. Yo había ido a por otra copa y cuando volví de la barra le vi de pie (habíamos estado sentados, los dos, en medio de un caudal mareante de palabras), con la chamarra puesta y listo para salir.
–¿Te vas ya?– pregunté con un matiz de fastidio en la voz.
–Sí, es que mañana tengo muchas cosas que hacer y he de madrugar.
–Bueno, pues nada...– contesté al tiempo que me desinflaba como un globo abatido y enfermo al que le niegan oxígeno.
Nos quedamos de pie, en silencio, mirándonos (a lo mejor, yo un poco demasiado fijamente), y se creó una cierta tensión, no sabría explicar de qué tipo.
–Nos veremos un día de estos...–dijo.
–Sí, claro.
Y eso fue todo. Pero no me dio un apretón de manos, que es como nos saludábamos hasta ahora, tanto al vernos como al despedirnos. Igual me estoy columpiando, pero creo que eso es un paso adelante. Algo así como "no me atrevo con el beso, pero lo de darnos la mano es demasiado frío". Bien. Yo estaba a dos metros por encima del suelo, y cuando una hora más tarde me despedí de M, Lucía y su hermano Miguel, que continuaban la marcha en la sala Sol, llegué a casa en una nube, con la sonrisa tonta moldeándome los labios. Ahora sí que es imposible cualquier otra historia paralela, los R** y los Víctor y los G son nada en comparación con lo que me provoca la mera presencia física de Roberto.
Como no hubo intercambio de teléfonos, dependo nuevamente de Lucía para una próxima quedada. No tengo prisa aunque sí una gran curiosidad por ahondar en la personalidad del primer chaval que me gusta en mucho tiempo.
PAÑO DE LÁGRIMAS
Comí con Victor y después me inventé un pretexto tonto para que la cosa no se alargara demasiado. Niñín majo, pero en los antípodas de lo que me despierta la libido y las ganas de guerrear. Cita fallida, pues. A ver cuándo aprendo la lección y dejo de hozar en el estercolero de Internet por ver de hallar alguna trufa mágica que me consuele de una soledad muchas veces buscada (entonces, calma balsámica) pero en ocasiones impuesta (en ese caso, enemiga a batir).
Por la tarde, un conato de siesta en el salón, con el libro de Alan Pauls a un lado, incapaz de descifrar las líneas apretadas y compactas del relato, se vio abortado en sus inicios por la llamada de auxilio de Javi, que poco antes lo había dejado con Anna. Nos encontramos en La ida, donde traté –torpemente– de ejercer como paño de lágrimas. Se me da mal esto de proporcionar consuelo a mis semejantes: rebusco en mi interior, a la caza de la palabra mágica que cauterice heridas, y nunca la encuentro, sé que está por ahí, recóndita, pero no doy con ella. Y me lanzo a un discurso apresurado, lleno de lugares comunes y muy poco efectivo. Estuve a su lado, eso sí, acompañándolo con mi silencio –mientras él desgranaba la lista de frases inconclusas, de pequeñas frustraciones, de desapegos que fueron minando una relación aparentemente perfecta, hablaba de modo entrecortado, casi al borde de una emoción intensa–, un muchacho sensible y desorientado con su posición de malo de la película en las primeras horas de su nueva vida sin Anna, la novia de dos años. A eso de las nueve y media subimos a casa y vimos un vídeo junto con Anita y una amiga de Santander (¿Cacón? Bueno, algo parecido a eso, uno de tantos nombres imposibles de niña bien). R** me envió un mensaje a su salida del concierto de Fangoria: se iba derechito para casa porque tres porros mal asimilados le habían tumbado. ¿Me importó? En absoluto, casi fue un alivio saber que era él quien rompía la posibilidad de un encuentro. Estoy ya a años luz de esta historia, que se me antoja antediluviana. Así que, cuando Javi se marchó, decidí no moverme de casa y continuar un rato más con mi prima y su amiga en el salón, hasta que el sueño se volvió marea poderosa y me arrastró, quieras que no, a la cama.
Hoy me he levantado sin resaca, alrededor de las once y media. Con un mensaje de Raquel y de Jose emplazándome una hora más tarde en La Antorcha. Allí tertuliamos, junto con M, hasta las tres de la tarde. Están bien estas citas sabatinas, da gusto hablar con los dos, y reírse, y a ratos ponerse serio y discursear un poco sobre la condición humana.
De La Antorcha –previo paso por caja en FNAC, donde me hice con tres nuevas películas: esto comienza a ser una costumbre peligrosa– fui a casa a dormir una siesta que resultó corta e insuficiente, atrapado como estoy entre las mallas de la prosa potente, maravillosa, de Alan Pauls. Hay párrafos en que, de puro perfectos, he de pararme para tomar aliento y continuar, mareado, la lectura. Metáforas por las cuales mataría, si es que matar fuera la clave secreta que conduce a la sabiduría del escritor auténtico, excelso. Me reconozco un aprendiz de todo, muy poco maestro en la vida. Y libros como el que ahora me ocupa son una tabla de náufrago al mismo tiempo que la soga de desesperación que yo mismo me anudo al cuello. No hay más remedio que quitarse el sombrero en señal de reconocimiento y seguir tratando de aprender, como sea, a toda costa.
Escribo en el Nuevo Barbieri, por Lavapiés. Café de techos altos, paredes desconchadas y amplios ventanales. Lo que más me gusta a la hora de cafetear yo solo por ahí. Eso sí, hay demasiada gente; y muy ruidosa, además. A una de las mesas del fondo, se sienta un bebito que bien podría ser M hace unos años, sólo que con el cabello y las cejas más negros. De cuando en cuando, dejo de garabatear en el Diario y deslizo la mirada hasta él, me lleno de su gestualidad (mueve mucho las manos) y de su sonrisa, que prodiga con frecuencia. Ni siquiera busco que me mire: es más bien una especie de ancla que me mantiene en esta realidad de sábado por la tarde e impide que me vaya por los cerros de Úbeda. Como la obra de arte que cuelga en el salón y atempera las cosas con su sola presencia.
En media hora veré a M y a Lucía para el concierto, no sé dónde, de Samba da rua. A mí este tipo de música no me emociona, pero la posibilidad de algún encuentro fortuito con quien yo me sé es motivo de sobra para acudir.
Por la tarde, un conato de siesta en el salón, con el libro de Alan Pauls a un lado, incapaz de descifrar las líneas apretadas y compactas del relato, se vio abortado en sus inicios por la llamada de auxilio de Javi, que poco antes lo había dejado con Anna. Nos encontramos en La ida, donde traté –torpemente– de ejercer como paño de lágrimas. Se me da mal esto de proporcionar consuelo a mis semejantes: rebusco en mi interior, a la caza de la palabra mágica que cauterice heridas, y nunca la encuentro, sé que está por ahí, recóndita, pero no doy con ella. Y me lanzo a un discurso apresurado, lleno de lugares comunes y muy poco efectivo. Estuve a su lado, eso sí, acompañándolo con mi silencio –mientras él desgranaba la lista de frases inconclusas, de pequeñas frustraciones, de desapegos que fueron minando una relación aparentemente perfecta, hablaba de modo entrecortado, casi al borde de una emoción intensa–, un muchacho sensible y desorientado con su posición de malo de la película en las primeras horas de su nueva vida sin Anna, la novia de dos años. A eso de las nueve y media subimos a casa y vimos un vídeo junto con Anita y una amiga de Santander (¿Cacón? Bueno, algo parecido a eso, uno de tantos nombres imposibles de niña bien). R** me envió un mensaje a su salida del concierto de Fangoria: se iba derechito para casa porque tres porros mal asimilados le habían tumbado. ¿Me importó? En absoluto, casi fue un alivio saber que era él quien rompía la posibilidad de un encuentro. Estoy ya a años luz de esta historia, que se me antoja antediluviana. Así que, cuando Javi se marchó, decidí no moverme de casa y continuar un rato más con mi prima y su amiga en el salón, hasta que el sueño se volvió marea poderosa y me arrastró, quieras que no, a la cama.
Hoy me he levantado sin resaca, alrededor de las once y media. Con un mensaje de Raquel y de Jose emplazándome una hora más tarde en La Antorcha. Allí tertuliamos, junto con M, hasta las tres de la tarde. Están bien estas citas sabatinas, da gusto hablar con los dos, y reírse, y a ratos ponerse serio y discursear un poco sobre la condición humana.
De La Antorcha –previo paso por caja en FNAC, donde me hice con tres nuevas películas: esto comienza a ser una costumbre peligrosa– fui a casa a dormir una siesta que resultó corta e insuficiente, atrapado como estoy entre las mallas de la prosa potente, maravillosa, de Alan Pauls. Hay párrafos en que, de puro perfectos, he de pararme para tomar aliento y continuar, mareado, la lectura. Metáforas por las cuales mataría, si es que matar fuera la clave secreta que conduce a la sabiduría del escritor auténtico, excelso. Me reconozco un aprendiz de todo, muy poco maestro en la vida. Y libros como el que ahora me ocupa son una tabla de náufrago al mismo tiempo que la soga de desesperación que yo mismo me anudo al cuello. No hay más remedio que quitarse el sombrero en señal de reconocimiento y seguir tratando de aprender, como sea, a toda costa.
Escribo en el Nuevo Barbieri, por Lavapiés. Café de techos altos, paredes desconchadas y amplios ventanales. Lo que más me gusta a la hora de cafetear yo solo por ahí. Eso sí, hay demasiada gente; y muy ruidosa, además. A una de las mesas del fondo, se sienta un bebito que bien podría ser M hace unos años, sólo que con el cabello y las cejas más negros. De cuando en cuando, dejo de garabatear en el Diario y deslizo la mirada hasta él, me lleno de su gestualidad (mueve mucho las manos) y de su sonrisa, que prodiga con frecuencia. Ni siquiera busco que me mire: es más bien una especie de ancla que me mantiene en esta realidad de sábado por la tarde e impide que me vaya por los cerros de Úbeda. Como la obra de arte que cuelga en el salón y atempera las cosas con su sola presencia.
En media hora veré a M y a Lucía para el concierto, no sé dónde, de Samba da rua. A mí este tipo de música no me emociona, pero la posibilidad de algún encuentro fortuito con quien yo me sé es motivo de sobra para acudir.
LÍO MENTAL
Desperté con un dolor de cabeza persistente, fruto de la resaca, y a golpe de Ibuprofeno me lo he quitado de encima. La casa era un océano de luminosidad, por las ventanas abiertas del salón y la cocina se colaba el sol, como un intruso bienvenido que acariciaba en ondas de calor las paredes, los muebles, el suelo. Después de la ducha, recogí la casa, algo desordenada porque Anita invitó a varias amigas a cenar. Luego, cosa rara en mí, lavé toda la platada que dormitaba plácida y pringosa en el fregadero. Y resultaba agradable estar allí de pie, descamisado, la mente en otra parte y con la primavera aposentándose sobre las cosas, a medida que los platos y cubiertos y vasos iban quedando limpios. Con la sensación del deber cumplido –y disfrutando de antemano la sorpresa que mi prima se llevará cuando llegue y vea que todo está recogido– he salido a la calle para venirme hasta La Antorcha a escribir un rato y a leer ("El pasado", de Alan Pauls). Saber que hasta el domingo no trabajo, que dispongo de cuarenta y ocho horas de asueto, vírgenes de obligaciones, es suficiente para que un ramalazo de felicidad me recorra la espina dorsal. Hoy apetece irse al Retiro, por ejemplo, y pasar la tarde tirado sobre el césped, como una lagartija de dimensiones monstruosas al sol.
Pero no. A las dos y media veré a Víctor, un chavalín de veintiuno que desde hace un tiempo está interesado en conocerme. Así será. Después, sobre las seis, he de llamar a R**, que anoche me envió un mensaje/toque de atención. Me sentí culpable por haberlo apartado tan drásticamente de mi vida y decidí darle a la historia una oportunidad. Roberto es una bandada de pájaros hermosos que sobrevuela alta mi cielo, una posibilidad que, a lo mejor, nunca se cumple. R** está ahí: a pesar de mi desidia y falta de interés, llama a la puerta para que le deje entrar. A lo mejor va siendo hora de que yo me vuelva más conservador en mis relaciones y acepte lo que vaya llegando sin mirarle tanto los dientes a cuanto caballo me sea regalado.
Pero no. A las dos y media veré a Víctor, un chavalín de veintiuno que desde hace un tiempo está interesado en conocerme. Así será. Después, sobre las seis, he de llamar a R**, que anoche me envió un mensaje/toque de atención. Me sentí culpable por haberlo apartado tan drásticamente de mi vida y decidí darle a la historia una oportunidad. Roberto es una bandada de pájaros hermosos que sobrevuela alta mi cielo, una posibilidad que, a lo mejor, nunca se cumple. R** está ahí: a pesar de mi desidia y falta de interés, llama a la puerta para que le deje entrar. A lo mejor va siendo hora de que yo me vuelva más conservador en mis relaciones y acepte lo que vaya llegando sin mirarle tanto los dientes a cuanto caballo me sea regalado.
AMBIVALENCIAS
Al final no escribí ni una línea, con lo que me toca darme la paliza ahora, en cuanto termine de apuntar esto. Me he despertado poco antes de las nueve y media, cosa difícil de creer en mí, pero en lugar de salir a toda prisa de casa para trabajar cuanto antes (yo, en casa, nunca me concentro), me he pasado la mañana remoloneando entre la cocina y el salón. De manera que aquí estoy, a las doce y media del mediodía y sin haber dado un palo al agua. Miro por la ventana del bar y compruebo que el día parece que se salvará: después de unas nubes que afeaban el panorama, el sol ha salido con fuerza y por las esquinas de la ciudad el buen tiempo vocea sus ofertas de jardines y parques públicos. Mi estado de ánimo es ambivalente, y de ello tiene gran parte de culpa el cómo van las cosas en el periódico. Yo no puedo quejarme, de momento, pero ayer se respiraba una tensión en el curro, entre mis compañeros, que no es de extrañar, porque llevaban todos allí desde las diez de la mañana, a cuenta de las famosas reuniones que los suecos han impuesto. Los ánimos andaban soliviantados y la gente se mostraba irascible en extremo. Corren aires de revuelta popular por los mentideros de la redacción –supongo que se quedarán en nada. No sé si esto es positivo para la marcha del trabajo. E tuvo problemas con ML R, que está insoportable en su nueva posición de directora en funciones. Parece que espera a que uno esté a punto de estallar de trabajo acumulado y entonces, con una crueldad oriental, se dedica a tocar los huevos. Esta vez fue a E a quien le cupo el dudoso honor de ser centro de atención de la arpía. Jamás antes la vi tan descompuesta, hasta lloró por culpa de ML R. No delante suyo, claro, que esa alegría no hay que dársela nunca si se puede evitar.
De cabeza nos fuimos al Angie. M y su prima estaban en el Kabokla, porque Julio actuaba allí, pero E no se sentía de humor como para mandangas caribeñas y decidimos esperarlos en el espacio de tranquilidad que es Angie. Por lo visto, con ellos estaba Roberto, y la idea de verle me ilusionaba, a qué negarlo. La putada es que se le hizo tarde y cogió el metro antes de que M y compañía llegaran hasta donde estábamos nosotros. Qué pena, penita, pena... A los diez minutos me fui para casa, con un sentimiento cercano a la frustración. Si seré crío.
De cabeza nos fuimos al Angie. M y su prima estaban en el Kabokla, porque Julio actuaba allí, pero E no se sentía de humor como para mandangas caribeñas y decidimos esperarlos en el espacio de tranquilidad que es Angie. Por lo visto, con ellos estaba Roberto, y la idea de verle me ilusionaba, a qué negarlo. La putada es que se le hizo tarde y cogió el metro antes de que M y compañía llegaran hasta donde estábamos nosotros. Qué pena, penita, pena... A los diez minutos me fui para casa, con un sentimiento cercano a la frustración. Si seré crío.
HABEMUS PAPAM... INQUISIDOR
Con Ratzinger han triunfado la ortodoxia y la intolerancia. Ayer por la tarde, al grito de que ya había fumata blanca, todos aguardábamos, entre curiosos e impacientes, para saber quién sería el nuevo Papa. Cuando se nombró al cardenal Ratzinger, a la mayoría se nos dibujó en el rostro una cierta decepción, un "no es posible, éste no". Pues bien, es posible. Benedicto XVI será el pastor de una Iglesia agónica –en Europa, no en otros puntos del planeta– y perdida en estos albores del siglo XXI. La conducirá con mano de hierro, sin dar pábulo a la esperanza de cambios que modernicen su estructura y pensamiento. En mi opinión, esto es un camino suicida que puede conducir al Vaticano a la disolución final. Juan Pablo II, con todos sus defectos (que los tenía, no se puede olvidar uno de las barbaridades que Wojtyla soltaba por esa boquita parkinsoniana y muy polaca), era un tipo que conectaba con la juventud. Esos chicos y chicas, siempre felices y sonrientes,con sus guitarras colgadas al hombro ("Alabaré, alabaré a mi Señor", "Señor, me has mirado a los ojos" y en ese plan), una ingenua mirada sobre cuanto los rodea y ganas de cambiar, desde abajo (inocentes corderillos), a su carca y santa madre Iglesia. Éstos, difícilmente van a sentirse llamados por el nuevo Papa, verdadera eminencia gris de los pasillos vaticanos, azote de infieles y preservador de la Palabra. Ratzinger, tras muchos años siendo la mano visible/invisible que movía los hilos, sale de su armario particular y se alza con el Poder. Echémonos a temblar.
En unos minutos, comida en Bauzá. Y luego a escribir como un loco, que mañana tocan columna, gastronomía y noche. Por supuesto, aún no he comenzado.
En unos minutos, comida en Bauzá. Y luego a escribir como un loco, que mañana tocan columna, gastronomía y noche. Por supuesto, aún no he comenzado.
CÓNCLAVE
Café y zumo en una mañana dispersa, que ha pasado del sol de las diez a este cielo cuajado de nubes de la una de la tarde. Dentro de un rato comeré con Marisa, de A&C, para inaugurar la nueva temporada como crítico gastronómico. Y luego a la redacción, donde siguen cayendo cabezas con cuentagotas, imperando la ley del miedo y la delación, un "mañana me puede tocar a mí" y un "voy a putear al vecino antes de que éste me putee a mí" que, en mi opinión, no son el mejor caldo de cultivo para hacer un periódico. Allá ellos. Los suecos, por ahora, son la última asomada de salvajes que nos ha invadido, en una razia que se alarga en el tiempo pero no ha de durar eternamente. A estos también habrá que sobrevivirlos, no hay más remedio que apretar los dientes y aguantar el chaparrón.
Ya estamos de lleno metidos en la fumata negra/blanca, a la espera de que salga un Papa del conjunto de cardenales encerrados a cal y canto en la Capilla Sixtina. Me es indiferente quién sea el elegido, en ningún caso le va a tocar a un revolucionario con ideas complicadas para la Curia –a esos, como sucedió con Juan Pablo I, se los cargan rápido, con nocturnidad y alevosía–, y el nuevo Papa, sea considerado más o menos liberal, siempre resultará un conservador con piel de cordero (Madariaga) o, directamente, con dientes amarillos de lobo feroz (Ratzinger). Sólo espero que la famosa fumata blanca salga al mediodía y no a las ocho de la tarde. Lo que nos obligaría a cambiar páginas en el último momento. Ya queda menos para que todo termine.
Es una suave zozobra. Los prolegómenos de una primavera que alterar, lo que se dice alterar, no altera nada, pero sí revoluciona un poco las hormonas. Aunque tampoco es esto. Mis hormonas andan muy calmadas las pobres. Es el espíritu, necesitado de alimento, el que se revuelve en su cuna dorada y exige el biberón de las tres, y luego el de las seis, y aún el de las nueve. Un bebito ruidoso que pide a gritos su dosis de cariño.
Ya estamos de lleno metidos en la fumata negra/blanca, a la espera de que salga un Papa del conjunto de cardenales encerrados a cal y canto en la Capilla Sixtina. Me es indiferente quién sea el elegido, en ningún caso le va a tocar a un revolucionario con ideas complicadas para la Curia –a esos, como sucedió con Juan Pablo I, se los cargan rápido, con nocturnidad y alevosía–, y el nuevo Papa, sea considerado más o menos liberal, siempre resultará un conservador con piel de cordero (Madariaga) o, directamente, con dientes amarillos de lobo feroz (Ratzinger). Sólo espero que la famosa fumata blanca salga al mediodía y no a las ocho de la tarde. Lo que nos obligaría a cambiar páginas en el último momento. Ya queda menos para que todo termine.
Es una suave zozobra. Los prolegómenos de una primavera que alterar, lo que se dice alterar, no altera nada, pero sí revoluciona un poco las hormonas. Aunque tampoco es esto. Mis hormonas andan muy calmadas las pobres. Es el espíritu, necesitado de alimento, el que se revuelve en su cuna dorada y exige el biberón de las tres, y luego el de las seis, y aún el de las nueve. Un bebito ruidoso que pide a gritos su dosis de cariño.
MÁS DE LO MISMO
Sigo a vueltas con lo de Roberto, que me ha afectado más de lo que sospechaba. No tanto por él mismo cuanto por lo claro que me quedó lo mucho que aún he de aprender. Digamos que Roberto se presenta como el síntoma que me hace descubrir la enfermedad. Veremos ahora si hay tratamiento posible.
Anoche, estuve contándole a Anita cómo fue la cena del sábado y el poquísimo caso que le hice, no porque no me gustara sino precisamente porque me gustaba. Cada vez que me dirigía la palabra –y yo lograba sostenerle, a duras penas, la mirada–, era incapaz de elaborar una simple frase de respuesta, me bloqueaba y buscaba una salida del atolladero hablando con los otros, dándole ostensiblemente la espalda. Que el triunfo (en forma de felicidad, por muy efímera que sea ésta) pertenece a los valientes, me parece –a esta altura de mi película– una verdad incuestionable. Desde luego, con la cobardía que me caracteriza, poco puedo esperar. O parezco idiota, o un tío sobrado y casi, casi borde, o un pedantillo al que nadie soporta más de media hora seguida. Y muchas veces un bonito compendio de los tres.
Ayer a primera hora de la tarde, antes de ir a trabajar, nos tomamos M S y yo unas cervezas en La ida e hicimos terapia, que ambos estamos necesitados de ella. Cada uno en su estilo. Ella dice que nota cómo he crecido y madurado en los últimos años, desde que me conoció. No lo veo, la verdad. O, como le dije entre risas (que hay que reírse, y de uno mismo el primero), ahora soy capaz de contar mis desventuras con un mínimo de humor y de distanciamiento –del Cornelio cronista frente al Cornelio personaje. Pero nada más. Los problemas de autoestima continúan allí, como el puto dinosaurio de Monterroso bajo la cama, tras la luna del armario, dentro de un cajón, haciendo burla y descojonándose de mí. Y no hay manera de echarlo. Yo ya me doy por vencido.
Todo esto para decir que Roberto ocupa mi pensamiento. Y que tengo la impresión –la seguridad– de que el ¿examen? de la otra noche lo cateé, en gran medida por mi culpa. No habrá muchas más oportunidades: de aquí a que Lucía organice una nueva cena (y me invite) pueden pasar meses. Y encontrarnos por la calle, en este Madrid de millones de almas, es bien difícil. Perdí el tren.
Anoche, estuve contándole a Anita cómo fue la cena del sábado y el poquísimo caso que le hice, no porque no me gustara sino precisamente porque me gustaba. Cada vez que me dirigía la palabra –y yo lograba sostenerle, a duras penas, la mirada–, era incapaz de elaborar una simple frase de respuesta, me bloqueaba y buscaba una salida del atolladero hablando con los otros, dándole ostensiblemente la espalda. Que el triunfo (en forma de felicidad, por muy efímera que sea ésta) pertenece a los valientes, me parece –a esta altura de mi película– una verdad incuestionable. Desde luego, con la cobardía que me caracteriza, poco puedo esperar. O parezco idiota, o un tío sobrado y casi, casi borde, o un pedantillo al que nadie soporta más de media hora seguida. Y muchas veces un bonito compendio de los tres.
Ayer a primera hora de la tarde, antes de ir a trabajar, nos tomamos M S y yo unas cervezas en La ida e hicimos terapia, que ambos estamos necesitados de ella. Cada uno en su estilo. Ella dice que nota cómo he crecido y madurado en los últimos años, desde que me conoció. No lo veo, la verdad. O, como le dije entre risas (que hay que reírse, y de uno mismo el primero), ahora soy capaz de contar mis desventuras con un mínimo de humor y de distanciamiento –del Cornelio cronista frente al Cornelio personaje. Pero nada más. Los problemas de autoestima continúan allí, como el puto dinosaurio de Monterroso bajo la cama, tras la luna del armario, dentro de un cajón, haciendo burla y descojonándose de mí. Y no hay manera de echarlo. Yo ya me doy por vencido.
Todo esto para decir que Roberto ocupa mi pensamiento. Y que tengo la impresión –la seguridad– de que el ¿examen? de la otra noche lo cateé, en gran medida por mi culpa. No habrá muchas más oportunidades: de aquí a que Lucía organice una nueva cena (y me invite) pueden pasar meses. Y encontrarnos por la calle, en este Madrid de millones de almas, es bien difícil. Perdí el tren.
CENA DEL SÁBADO
La garganta fastidiada desde hace varios días, con una ronquera persistente que el tabaco no ayuda a curar, todo el agotamiento del mundo encima, pesándome sobre los párpados, que se cierran a la mínima, y ninguna gana de trabajar esta tarde. He amanecido a la una, después de seis horas de sueño pétreo y sin imágenes. Anoche fue la cena en casa de Lucía –que yo esperaba con expectación creciente–, y volví a hacer honor a mi fama de tipo introvertido y absurdo. En fin. Como el personaje de Gil de Biedma en muchos de sus mejores poemas, ese alter ego incómodo con el que hubo de convivir (como yo con el mío), soy el muchacho de más de treinta años que no entiende que su sonrisa ya no es seductora, "es un resto penoso, un intento patético". Que el tiempo fue horadando la roca frondosa de juventud hasta reducirla a mero islote de náufrago, pelado y sin vegetación, un granito en medio del océano a merced de las tempestades. Sin entidad propia que me defina, represento lo que el ojo del espectador ve en cada momento. Así, frente a R**, que está demostrando un relativo interés que no merezco (y que ya no me llama la atención: el otro día, cuando Lucía le conoció, se me terminó de caer la venda de irrealidad), me siento fuerte y yo mismo, capaz de una naturalidad que anoche, de todas todas, brilló por su ausencia.
Por de pronto, las cosas comenzaron a torcerse cuando me quedé dormido y no llegué a la hora en que se nos había dicho. Mi idea, después de una tarde tirado en el sofá de casa, frente al televisor, era dormir una pequeña siesta, levantarme con tiempo suficiente para afeitarme, cortarme el pelo y darme una ducha. Ponerme guapo, vaya, que es una manera como otra cualquiera de ganar en seguridad. A las nueve y media me despertó una llamada de M, que ya estaba en El Carmen y se preguntaba dónde coño me habría metido. "Estupendo", pensé. Adiós preliminares en el cuarto de baño. Un afeitado rápido, tratando de no cortarme en el cuello, y salir escopetado en dirección al metro. Ya dentro, me di cuenta de que con las prisas no había cogido la botella de vino que pensaba llevar. "Esstupendo", pensé. Llegaba tarde y encima con las manos vacías. Una vez en El Carmen, llamada a Lucía, para que me diera la dirección de su piso. La pobre tuvo humor como para acercarse hasta donde yo estaba y llevarme de la mano, por si me perdía. Cuando llegué, presentación a todo el mundo –a mí me pitaban los oídos de retraimiento y confusión– y a la mesa rápidamente, que estaban aguardando a que yo apareciera para hincarle el diente a la cena. "Essstupendo", pensé. Si quería pasar desapercibido, no podía haberlo hecho mejor...
Conocí a Roberto, el amigo de Lucía que hace unos meses me causara tanta impresión en el Angie. Alto, desgarbado, con una belleza asimétrica que hacía que, cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos, un pequeño seísmo de curiosidad y deseo se aposentara en mí para tormento de este pobre desgraciado (cúmulo de rarezas e inseguridades) que soy yo. No estuve en mi mejor momento, eso es cierto, y más bien vegeté en las aguas tranquilas, sin monzones, de la hospitalidad de Sara y Lucía, más sus amigos. Todos ellos universitarios –me parece– en su último tramo de facultad, henchidos de conocimiento y con una curiosa mezcla de ingenuidad y suficiencia al hablar que me recordó a mí mismo hace unos años. Gente muy agradable. Y Roberto en medio, no sólo guapo –eso es, me atrevería a decir, y lo digo, lo menos interesante de su persona– sino también inteligente, y simpático y tímido. Con una timidez encantadora que supuraba sensibilidad por los cuatro costados. Un ente inalcanzable, casi perfecto si tenemos en cuenta lo que a mí me atrae en un chico. Ay, qué adusto, áspero y gilipollas puedo llegar a ser. En la mesa, estuvo sentado a mi izquierda y lo único que podía hacer era fijarme en sus manos, sin pasar más arriba, por miedo a decir tonterías y balbucear frases sin sentido... Más tarde, mientras jugábamos a las pelis, de nuevo a mi lado, de cuando en cuando, ligerísimo, un contacto que me quemaba y ponía más y más nervioso. Bueno. Pudo haber sido peor.
Prueba superada, sin llegar al medallero (ni un triste bronce) pero también sin hacer el ridículo de ser el último en ninguna carrera. Del montón, sin más. Cuando salimos de allí, M y yo, al filo de las seis de la madrugada, se lo dije.
–Menos mal que no he de verle todos los días. Que no es un compañero de trabajo, o algo así, con quien mantener un trato continuado.
–¿Por?
–Porque podría enamorarme hasta las patas de él.
El día en que estas zozobras del corazón no me afecten, creo que seré feliz. O a lo mejor es que para entonces estoy muerto.
Por de pronto, las cosas comenzaron a torcerse cuando me quedé dormido y no llegué a la hora en que se nos había dicho. Mi idea, después de una tarde tirado en el sofá de casa, frente al televisor, era dormir una pequeña siesta, levantarme con tiempo suficiente para afeitarme, cortarme el pelo y darme una ducha. Ponerme guapo, vaya, que es una manera como otra cualquiera de ganar en seguridad. A las nueve y media me despertó una llamada de M, que ya estaba en El Carmen y se preguntaba dónde coño me habría metido. "Estupendo", pensé. Adiós preliminares en el cuarto de baño. Un afeitado rápido, tratando de no cortarme en el cuello, y salir escopetado en dirección al metro. Ya dentro, me di cuenta de que con las prisas no había cogido la botella de vino que pensaba llevar. "Esstupendo", pensé. Llegaba tarde y encima con las manos vacías. Una vez en El Carmen, llamada a Lucía, para que me diera la dirección de su piso. La pobre tuvo humor como para acercarse hasta donde yo estaba y llevarme de la mano, por si me perdía. Cuando llegué, presentación a todo el mundo –a mí me pitaban los oídos de retraimiento y confusión– y a la mesa rápidamente, que estaban aguardando a que yo apareciera para hincarle el diente a la cena. "Essstupendo", pensé. Si quería pasar desapercibido, no podía haberlo hecho mejor...
Conocí a Roberto, el amigo de Lucía que hace unos meses me causara tanta impresión en el Angie. Alto, desgarbado, con una belleza asimétrica que hacía que, cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos, un pequeño seísmo de curiosidad y deseo se aposentara en mí para tormento de este pobre desgraciado (cúmulo de rarezas e inseguridades) que soy yo. No estuve en mi mejor momento, eso es cierto, y más bien vegeté en las aguas tranquilas, sin monzones, de la hospitalidad de Sara y Lucía, más sus amigos. Todos ellos universitarios –me parece– en su último tramo de facultad, henchidos de conocimiento y con una curiosa mezcla de ingenuidad y suficiencia al hablar que me recordó a mí mismo hace unos años. Gente muy agradable. Y Roberto en medio, no sólo guapo –eso es, me atrevería a decir, y lo digo, lo menos interesante de su persona– sino también inteligente, y simpático y tímido. Con una timidez encantadora que supuraba sensibilidad por los cuatro costados. Un ente inalcanzable, casi perfecto si tenemos en cuenta lo que a mí me atrae en un chico. Ay, qué adusto, áspero y gilipollas puedo llegar a ser. En la mesa, estuvo sentado a mi izquierda y lo único que podía hacer era fijarme en sus manos, sin pasar más arriba, por miedo a decir tonterías y balbucear frases sin sentido... Más tarde, mientras jugábamos a las pelis, de nuevo a mi lado, de cuando en cuando, ligerísimo, un contacto que me quemaba y ponía más y más nervioso. Bueno. Pudo haber sido peor.
Prueba superada, sin llegar al medallero (ni un triste bronce) pero también sin hacer el ridículo de ser el último en ninguna carrera. Del montón, sin más. Cuando salimos de allí, M y yo, al filo de las seis de la madrugada, se lo dije.
–Menos mal que no he de verle todos los días. Que no es un compañero de trabajo, o algo así, con quien mantener un trato continuado.
–¿Por?
–Porque podría enamorarme hasta las patas de él.
El día en que estas zozobras del corazón no me afecten, creo que seré feliz. O a lo mejor es que para entonces estoy muerto.
CANSANCIO
Aniversario de la Segunda República. Celebro la fecha con el cansancio blando, algodonoso, de una noche pasada con Anita y R, primero en Angie, donde ambas se encontraron con la sorpresa de conocer al mismo tipo por diferentes vías, y más tarde en casa, ya sin R, metidos a mayores: cena mano a mano con mi prima mientras veíamos el capítulo grabado de Aquí no hay quien viva y nos desternillábamos de risa a cada poco. Ahora trato de luchar contra la desidia (igual, en mi caso, a empanada mental), porque hoy me toca noche y he de escribir el artículo en cuestión de una hora.
De R** me voy olvidando, porque no tengo noticias suyas desde el viernes pasado y a estas alturas doy por finiquitada la historia. Mentiría si dijera que no me jode, porque sí que me fastidia, pero es más una cuestión de ego que otra cosa. Sentirse rechazado por alguien a quien yo estaba en un tris de rechazar. Cuando menos, gracioso.
De R** me voy olvidando, porque no tengo noticias suyas desde el viernes pasado y a estas alturas doy por finiquitada la historia. Mentiría si dijera que no me jode, porque sí que me fastidia, pero es más una cuestión de ego que otra cosa. Sentirse rechazado por alguien a quien yo estaba en un tris de rechazar. Cuando menos, gracioso.
MIRIAM
Es la una de la tarde de un día diáfano y soleado. Las primeras camisetas en manga corta se pasean por las calles (y nos ponen los dientes largos de deseo) al tiempo que espero a Miguel en La Antorcha, donde nos tomaremos un algo y me propondrá negocios "gastronómicos", ahora que la sección ha vuelto, momentáneamente, a mis manos. Anteanoche, ML R pidió hablar conmigo y, con motivo de sus nuevas atribuciones tras el despido de E B, me comentó que anda muy liada y no puede encargarse de gastronomía. Bien: más dinero en la bolsa para mí.
Las cosas en la redacción están raras. Ha habido filtraciones a otros medios de la crisis vivida aquí en las últimas dos semanas, y los jefazos están inquietos y muy molestos. Resulta evidente que hay un topo entre nosotros, ¿quién será? Lo ignoro. Ayer, nada más llegar al curro, me cogió por banda A G-A y, mientras fumábamos un cigarrillo, soltó la bomba informativa.
–Con lo de que alguien se ha ido de la lengua, están muy mosqueados. Van a investigar quién puede haber sido. Esta mañana, en la fotocopiadora, uno de ellos me dijo que sospecha de ti, como te contrató M**...
–¿Qué? Pero bueno. Es alucinante. ¿Por qué iba a poner en peligro mi puesto de trabajo jugando a ser espía? Además, yo comencé a colaborar con el periódico cuando M** era la directora, vale, pero se me contrató estando ya en su puesto ML R. A M** no la veo desde hace más de dos años. Esto es ridículo. Y frustrante.
–Ya contesté yo que pongo la mano en el fuego por ti.
–¿Y quién es esa lumbrera que sospecha de mí?
–Se dice el pecado pero no el pecador.
Pues mira qué bien, ya se me puso mal cuerpo para el resto de la jornada. Al no saber quién podía ser el tío del dedo acusador, me pasé toda la tarde observando a mis compañeros y demás personal de la empresa, tratando de descubrir alguna mirada que me pusiera sobre la pista, dudando de unos y de otros. A G-A me ha prometido que, cuando se calmen las aguas y esto pase, me dirá quién ha sido. Yo estoy limpio y no tengo nada que ocultar, así que por mí que hagan lo que quieran.
La noche del domingo al lunes, con Ma, me lié la manta a la cabeza y salí en plan bestia por la noche madrileña. De R** no tenía noticias, le había llamado el viernes por si le apetecía quedar y me había dicho que estaba muy cansado y que ya me llamaría él el sábado. Cosa que no hizo. Así que me apetecía un poco de marchilla, después de un fin de semana aburrido y a la espera de que sonara el móvil. Estuvimos en Kapital, más tarde en Velada y finalmente en otro garito de cuyo nombre ni podría no quisiera acordarme. Un antro de los que funcionan como after, con mucho desquiciado y lo peor de cada casa reunido en unos pocos metros cuadrados, música atronadora y luces bajísimas. Nos acompañaba Bruno, amigo de Ma y relaciones públicas de medio Madrid –por lo que dio a entender–, un chico de veintiún años demasiado hablador aunque simpático. Y con él venía Miriam, travesti rubia con unas tetas enormes, embutida en un top rosa y con minifalda del mismo color, botas altas de tacón de aguja. Una buena chica, por lo que entreví con un gran corazón, pero totalmente trastornada –acaso por las hormonas, o por la droga, o por la vida dura y terrible que debe llevar–, muy loca e impulsiva. Trabaja haciendo la calle en Almagro (por donde yo paso casi todas las noches camino a casa) y ha de chupar muchas pollas al día para sacarse el dinero necesario para vivir.
–Yo soy puta. Y no lo oculto como otras.
Delante de mí, pues, uno de los ejemplares que pululan por los transversales de la sociedad, un ser utilizado y con las mismas abandonado por aquellos que buscan emociones nuevas, experiencias fuertes, diferentes, pero siguen siendo muy machos y se la meten por el culo a un travelo en la Casa de Campo pero luego jamás se tomarían un café con ella, qué pensaría la gente. Antes de llegar al último after, lo intentamos en otro lugar, pero la dueña no nos dejó pasar con el argumento de que no quiere ni travestis ni moros en su local. A Miriam, que le habían robado el bolso con doscientos euros –su recaudación de la noche anterior– se le saltaban las lágrimas.
–Pero si yo siempre me he portado bien en ese sitio... ¿Verdad, Bruno? Nunca monto números ni me follo a ninguno en los baños.
Pobrecilla. ¿A quién le importan realmente los sentimientos de Miriam? ¿Dónde estará el amorcito de su vida, para cuidarla y mimarla? Medio chico, medio chica, es el monstruo al que observar desde lejos, dando un codazo entre divertido y escandalizado al vecino, para luego, con las mismas, borrarla de la mente.
Las cosas en la redacción están raras. Ha habido filtraciones a otros medios de la crisis vivida aquí en las últimas dos semanas, y los jefazos están inquietos y muy molestos. Resulta evidente que hay un topo entre nosotros, ¿quién será? Lo ignoro. Ayer, nada más llegar al curro, me cogió por banda A G-A y, mientras fumábamos un cigarrillo, soltó la bomba informativa.
–Con lo de que alguien se ha ido de la lengua, están muy mosqueados. Van a investigar quién puede haber sido. Esta mañana, en la fotocopiadora, uno de ellos me dijo que sospecha de ti, como te contrató M**...
–¿Qué? Pero bueno. Es alucinante. ¿Por qué iba a poner en peligro mi puesto de trabajo jugando a ser espía? Además, yo comencé a colaborar con el periódico cuando M** era la directora, vale, pero se me contrató estando ya en su puesto ML R. A M** no la veo desde hace más de dos años. Esto es ridículo. Y frustrante.
–Ya contesté yo que pongo la mano en el fuego por ti.
–¿Y quién es esa lumbrera que sospecha de mí?
–Se dice el pecado pero no el pecador.
Pues mira qué bien, ya se me puso mal cuerpo para el resto de la jornada. Al no saber quién podía ser el tío del dedo acusador, me pasé toda la tarde observando a mis compañeros y demás personal de la empresa, tratando de descubrir alguna mirada que me pusiera sobre la pista, dudando de unos y de otros. A G-A me ha prometido que, cuando se calmen las aguas y esto pase, me dirá quién ha sido. Yo estoy limpio y no tengo nada que ocultar, así que por mí que hagan lo que quieran.
La noche del domingo al lunes, con Ma, me lié la manta a la cabeza y salí en plan bestia por la noche madrileña. De R** no tenía noticias, le había llamado el viernes por si le apetecía quedar y me había dicho que estaba muy cansado y que ya me llamaría él el sábado. Cosa que no hizo. Así que me apetecía un poco de marchilla, después de un fin de semana aburrido y a la espera de que sonara el móvil. Estuvimos en Kapital, más tarde en Velada y finalmente en otro garito de cuyo nombre ni podría no quisiera acordarme. Un antro de los que funcionan como after, con mucho desquiciado y lo peor de cada casa reunido en unos pocos metros cuadrados, música atronadora y luces bajísimas. Nos acompañaba Bruno, amigo de Ma y relaciones públicas de medio Madrid –por lo que dio a entender–, un chico de veintiún años demasiado hablador aunque simpático. Y con él venía Miriam, travesti rubia con unas tetas enormes, embutida en un top rosa y con minifalda del mismo color, botas altas de tacón de aguja. Una buena chica, por lo que entreví con un gran corazón, pero totalmente trastornada –acaso por las hormonas, o por la droga, o por la vida dura y terrible que debe llevar–, muy loca e impulsiva. Trabaja haciendo la calle en Almagro (por donde yo paso casi todas las noches camino a casa) y ha de chupar muchas pollas al día para sacarse el dinero necesario para vivir.
–Yo soy puta. Y no lo oculto como otras.
Delante de mí, pues, uno de los ejemplares que pululan por los transversales de la sociedad, un ser utilizado y con las mismas abandonado por aquellos que buscan emociones nuevas, experiencias fuertes, diferentes, pero siguen siendo muy machos y se la meten por el culo a un travelo en la Casa de Campo pero luego jamás se tomarían un café con ella, qué pensaría la gente. Antes de llegar al último after, lo intentamos en otro lugar, pero la dueña no nos dejó pasar con el argumento de que no quiere ni travestis ni moros en su local. A Miriam, que le habían robado el bolso con doscientos euros –su recaudación de la noche anterior– se le saltaban las lágrimas.
–Pero si yo siempre me he portado bien en ese sitio... ¿Verdad, Bruno? Nunca monto números ni me follo a ninguno en los baños.
Pobrecilla. ¿A quién le importan realmente los sentimientos de Miriam? ¿Dónde estará el amorcito de su vida, para cuidarla y mimarla? Medio chico, medio chica, es el monstruo al que observar desde lejos, dando un codazo entre divertido y escandalizado al vecino, para luego, con las mismas, borrarla de la mente.
NOCHE CON R**
Despierto desde las nueve de la mañana, me tomo un café con su zumo correspondiente en La Antorcha, mientras afuera llovizna sin ganas y hago tiempo para ir a Majadahonda, donde comeré con Mara. Ha pasado cerca de un año desde la última vez que nos vimos, y ya agoté todas las excusas para no quedar con ella –todas las creíbles, pero también alguna que otra inverosímil. Será una visita de médico porque ella anda convaleciente de su última operación y a mí me gustaría disponer, al menos, de una parte de la tarde para mis cosas. Aunque sea de unas horas para no hacer nada.
Ayer me llamó R**, a eso de las siete de la tarde, y mi estado de ánimo, algo decaidillo, se elevó de golpe y batió palmas de alegría (resulta tan fácil contentarme: alguna llamada de vez en cuando y unos golpecitos cariñosos en el moflete bastan y sobran). Quedamos en vernos por la noche. No quiso ir por Lavapiés, donde el grueso de la redacción nos esperaba a E y a mí, con la excusa de que no se sentía muy sociable. Lo que yo creo es que le horroriza cierto aspecto de mi vida, que él define como "perroflautismo" (un perroflauta es uno de estos hippilongos trasnochados con perro y flauta, cabello no muy limpio, pantalones raídos y un eterno porro pegado a los labios; todo esto definición de R**, no mía), y la idea de pasearse por los garitos de Lavapiés no le seduce nada de nada. Así que la cita fue en el Angie, para variar. E me acompañó hasta Tribunal; hacía buena noche y nos apetecía un paseo desde Serrano. Aguantó con paciencia infinita mi nerviosismo ante la idea de ver a R** en breve, después de casi una semana. Pensaba (cenizo y negativo, sí) que a lo mejor no teníamos mucho de qué hablar, que fuera de una evidente atracción física no hay demasiados elementos comunes entre su mundo y el mío. Ejemplo de ello, es esto del perroflautismo que he escrito un poco más arriba. Un estilo de vida que a mí me atrae y me parece interesante, para él resulta ridículo y despreciable. Cuando estábamos a la altura del metro de Tribunal, y mientras me despedía de E, llamó al móvil con un tono vehemente.
–¿Por dónde andas? Ya he llegado.
–Estoy aquí al lado. Dame cinco minutos.
–Venga... que me aburro.
Un tonillo de voz quejumbroso, de niño pequeño acostumbrado a que se haga lo que él dice, porque si no patalea y llora de rabia. Tomé nota. Una vez en el Angie, todo fue (sin embargo) sobre ruedas. Nos bebimos unas cervezas de descompresión y hubo besuqueo tímido ("Me da vergüenza morrearte aquí", dijo), además de una conversación, si no apasionante, al menos distendida. He de aprender a relajarme en este tipo de situaciones, no tanto para dominarlas desde la atalaya de autocontrol y confianza en uno mismo como para disfrutarlas, sin más. Me llevó al Tupperware, que yo no conocía, un templo indie repleto de erasmus bailongos donde ya los besos se sucedieron en orden ascendente. Era agradable sentir su presencia a mi lado, el saber que ahí había alguien atento al más pequeño de mis gestos. Cuando me propuso pasar la noche en su casa ("Mi madre se ha ido por unos días a la sierra con su novio", explicó al tiempo que me lanzaba una mirada turbia de noche y de deseo) no lo dudé ni un momento. Allá que nos fuimos, muy amartelados, como dos novios risueños, un taxi en lugar de carroza y sin zapatitos de cristal que pudieran romper el encanto. Claro que el encanto, quieras que no, siempre se rompe.
Vive con su madre en un primero espacioso y lleno de luz, decoración minimalista con algún toque orientalizante, bastantes libros en las estanterías –me mostró varios de su abuelo, el premio nacional de literatura allá por los años cuarenta– y su poquito de obra pictórica para vestir las paredes. Por la zona de Argüelles. La casa/tipo de una progresía setentera (hija de familia bien) que se encontró con dinero en el bolsillo, una vez iniciada la cultura del pelotazo en el felipismo, y muchas ganas de dilapidarlo y vivir bien. Dormimos en la habitación de su madre, con una cama enorme que acogió caricias y abrazos, sexo de baja intensidad y un sueño racheado, a ratos profundo y a ratos agitado, que se interrumpió a las nueve, cuando hubo que levantarse porque R** –como la gente normal, hoy, viernes– trabajaba.
Tiene un despertar malhumorado: no sé qué coño me pasa que siempre doy con tipos que se despiertan enfadados, con el rostro serio y desabrido. Yo habitualmente me levanto contento, con ganas de continuar la intimidad conquistada unas horas antes, y lo que me encuentro enfrente es un muro de contención de los sentimientos, una muralla china hecha de seriedad que casi parece fastidio porque yo siga ahí y no me haya desvanecido como las luces de neón y los vapores alcohólicos de la noche. Mientras se duchaba, curioseé un rato en su cuarto. Posters de macizas rubias y tetudas, libros sobre la movida madrileña –a la que está muy unido, como novio que fue de uno de sus protagonistas– y la foto claveteada en la pared de un R** adolescente y de pelo largo, recogido en una coleta (parecía un poco perroflauta, la verdad, pero no se lo dije). Le acompañé hasta el metro. La despedida fue fría, con la distancia que imprime la luz de la mañana sobre lo que, durante la noche, parecía brillante y fresco.
–Aquí sí que no te doy un beso.
–Bueno, vale. Te llamo esta noche.
Y lo haré. Venceré los miedos tontos que tengo a ser pesado. Aunque el despertar de hoy no haya resultado como yo esperaba.
Ayer me llamó R**, a eso de las siete de la tarde, y mi estado de ánimo, algo decaidillo, se elevó de golpe y batió palmas de alegría (resulta tan fácil contentarme: alguna llamada de vez en cuando y unos golpecitos cariñosos en el moflete bastan y sobran). Quedamos en vernos por la noche. No quiso ir por Lavapiés, donde el grueso de la redacción nos esperaba a E y a mí, con la excusa de que no se sentía muy sociable. Lo que yo creo es que le horroriza cierto aspecto de mi vida, que él define como "perroflautismo" (un perroflauta es uno de estos hippilongos trasnochados con perro y flauta, cabello no muy limpio, pantalones raídos y un eterno porro pegado a los labios; todo esto definición de R**, no mía), y la idea de pasearse por los garitos de Lavapiés no le seduce nada de nada. Así que la cita fue en el Angie, para variar. E me acompañó hasta Tribunal; hacía buena noche y nos apetecía un paseo desde Serrano. Aguantó con paciencia infinita mi nerviosismo ante la idea de ver a R** en breve, después de casi una semana. Pensaba (cenizo y negativo, sí) que a lo mejor no teníamos mucho de qué hablar, que fuera de una evidente atracción física no hay demasiados elementos comunes entre su mundo y el mío. Ejemplo de ello, es esto del perroflautismo que he escrito un poco más arriba. Un estilo de vida que a mí me atrae y me parece interesante, para él resulta ridículo y despreciable. Cuando estábamos a la altura del metro de Tribunal, y mientras me despedía de E, llamó al móvil con un tono vehemente.
–¿Por dónde andas? Ya he llegado.
–Estoy aquí al lado. Dame cinco minutos.
–Venga... que me aburro.
Un tonillo de voz quejumbroso, de niño pequeño acostumbrado a que se haga lo que él dice, porque si no patalea y llora de rabia. Tomé nota. Una vez en el Angie, todo fue (sin embargo) sobre ruedas. Nos bebimos unas cervezas de descompresión y hubo besuqueo tímido ("Me da vergüenza morrearte aquí", dijo), además de una conversación, si no apasionante, al menos distendida. He de aprender a relajarme en este tipo de situaciones, no tanto para dominarlas desde la atalaya de autocontrol y confianza en uno mismo como para disfrutarlas, sin más. Me llevó al Tupperware, que yo no conocía, un templo indie repleto de erasmus bailongos donde ya los besos se sucedieron en orden ascendente. Era agradable sentir su presencia a mi lado, el saber que ahí había alguien atento al más pequeño de mis gestos. Cuando me propuso pasar la noche en su casa ("Mi madre se ha ido por unos días a la sierra con su novio", explicó al tiempo que me lanzaba una mirada turbia de noche y de deseo) no lo dudé ni un momento. Allá que nos fuimos, muy amartelados, como dos novios risueños, un taxi en lugar de carroza y sin zapatitos de cristal que pudieran romper el encanto. Claro que el encanto, quieras que no, siempre se rompe.
Vive con su madre en un primero espacioso y lleno de luz, decoración minimalista con algún toque orientalizante, bastantes libros en las estanterías –me mostró varios de su abuelo, el premio nacional de literatura allá por los años cuarenta– y su poquito de obra pictórica para vestir las paredes. Por la zona de Argüelles. La casa/tipo de una progresía setentera (hija de familia bien) que se encontró con dinero en el bolsillo, una vez iniciada la cultura del pelotazo en el felipismo, y muchas ganas de dilapidarlo y vivir bien. Dormimos en la habitación de su madre, con una cama enorme que acogió caricias y abrazos, sexo de baja intensidad y un sueño racheado, a ratos profundo y a ratos agitado, que se interrumpió a las nueve, cuando hubo que levantarse porque R** –como la gente normal, hoy, viernes– trabajaba.
Tiene un despertar malhumorado: no sé qué coño me pasa que siempre doy con tipos que se despiertan enfadados, con el rostro serio y desabrido. Yo habitualmente me levanto contento, con ganas de continuar la intimidad conquistada unas horas antes, y lo que me encuentro enfrente es un muro de contención de los sentimientos, una muralla china hecha de seriedad que casi parece fastidio porque yo siga ahí y no me haya desvanecido como las luces de neón y los vapores alcohólicos de la noche. Mientras se duchaba, curioseé un rato en su cuarto. Posters de macizas rubias y tetudas, libros sobre la movida madrileña –a la que está muy unido, como novio que fue de uno de sus protagonistas– y la foto claveteada en la pared de un R** adolescente y de pelo largo, recogido en una coleta (parecía un poco perroflauta, la verdad, pero no se lo dije). Le acompañé hasta el metro. La despedida fue fría, con la distancia que imprime la luz de la mañana sobre lo que, durante la noche, parecía brillante y fresco.
–Aquí sí que no te doy un beso.
–Bueno, vale. Te llamo esta noche.
Y lo haré. Venceré los miedos tontos que tengo a ser pesado. Aunque el despertar de hoy no haya resultado como yo esperaba.
QUE VIENEN LOS SUECOS, MADRE
Semana complicada la que hoy termina. Con el despido de E B, se acaba la tranquilidad, el Nirvana en que vivíamos adocenados, y hay que ponerse las pilas. El jefazo sueco, un trasunto del Jack Nicholson del "Resplandor" pero en rubio, es un hueso duro de roer. Está empecinado en reflotar el periódico, y para ello no deja de organizar reuniones de trabajo diarias (a las cuatro de la tarde) que obligan a la gente a llegar primero para preparar temas y que luego no les pille el toro. Total, hay quien aparece por la redacción al mediodía y sale de allí doce horas más tarde. Yo, como corrector, ya me he quitado el marronazo de encima: anoche, aprovechando un raro momento de comunión con ML R, le dije que pienso escaquearme de las reunioncitas –que, dicho sea de paso, y en mi muy humilde opinión, no sirven de nada: no mientras haya problemas congénitos a la empresa que impiden todo cambio y mejora.
–Haz lo que quieras, Cornelio–, resopló ML R con la mirada fija en el ordenador y cara de "todos los problemas me vienen a mí".
–Si te soy sincero, creo que no pinto mucho en esas reuniones. De todos modos, si puedo ayudar en algo, me lo decís y yo encantado...
Cómo puedo ser tan falso. Esta mujer saca de mí la parte más retorcida y canallesca..
Llevamos varios días, pues, de muchas conversaciones en inglés (ni Jack Nicholson II ni el "creativo", un noruego de veintitantos con cara de apanojado que responde al nombre de Casper, hablan castellano) y de multitud de corrillos que de modo espontáneo se forman por la redacción para comentar las últimas novedades. Yo veo complicado que la gente reaccione y mejore su calidad de trabajo: a todos ellos los leo cada día, y salvo contadas excepciones son muy, muy malos. Por mi parte estoy tranquilo, sé que mi trabajo está bien hecho.
De R**, poco nuevo. Ha habido algún que otro mensaje y una llamada de teléfono, pero hasta el próximo fin de semana, en que los dos estaremos libres, no sé por dónde respirará la cosa. Tal vez quede en nada. Por si acaso, me preparo para lo peor. Asegura E que soy un cenizo, que la negatividad rezuma por todos los poros de mi piel, y acaso tenga razón, no lo niego. Pero la experiencia (ese grado que nos eleva de soldado raso a cabo de infantería) me enseñó a ser cauto. Y de tal modo pienso seguir: cenizo y negativo, por lo que pudiera pasar.
–Haz lo que quieras, Cornelio–, resopló ML R con la mirada fija en el ordenador y cara de "todos los problemas me vienen a mí".
–Si te soy sincero, creo que no pinto mucho en esas reuniones. De todos modos, si puedo ayudar en algo, me lo decís y yo encantado...
Cómo puedo ser tan falso. Esta mujer saca de mí la parte más retorcida y canallesca..
Llevamos varios días, pues, de muchas conversaciones en inglés (ni Jack Nicholson II ni el "creativo", un noruego de veintitantos con cara de apanojado que responde al nombre de Casper, hablan castellano) y de multitud de corrillos que de modo espontáneo se forman por la redacción para comentar las últimas novedades. Yo veo complicado que la gente reaccione y mejore su calidad de trabajo: a todos ellos los leo cada día, y salvo contadas excepciones son muy, muy malos. Por mi parte estoy tranquilo, sé que mi trabajo está bien hecho.
De R**, poco nuevo. Ha habido algún que otro mensaje y una llamada de teléfono, pero hasta el próximo fin de semana, en que los dos estaremos libres, no sé por dónde respirará la cosa. Tal vez quede en nada. Por si acaso, me preparo para lo peor. Asegura E que soy un cenizo, que la negatividad rezuma por todos los poros de mi piel, y acaso tenga razón, no lo niego. Pero la experiencia (ese grado que nos eleva de soldado raso a cabo de infantería) me enseñó a ser cauto. Y de tal modo pienso seguir: cenizo y negativo, por lo que pudiera pasar.
LA EXTRAÑA PAREJA
Coincidí, de nuevo, con Lolo, el curioso personaje que describí en el Diario hace unos días. Y se añadieron datos para dar el perfil completo de quien, por lo que supe ayer, resulta mucho más completo de lo que yo pensaba. Lleno de oros como de costumbre, la camisa de seda estampada abierta hasta el ombligo, mostrando un pecho renegrido y libre de vello, el moreno encendido y la mirada igual de ingenua y juvenil, esperaba a su mujer, que llegó puntual a la cita. Una matrona de cincuenta y dos tacos, generosa en carnes, de un rubio pajizo y la piel blanquísima, apenas surcada por unas cuantas arrugas de expresión. Por fuerza se destaca frente al cobrizo de la dermis y las canas elegantes de Lolo. Son pareja –sin estar casados– desde hace veintinueve años. Que se dice pronto. Ella sabe de la homosexualidad de él, lo cual no impide que se respire a su alrededor un aire amoroso y de respeto mutuo que para sí querrían muchos matrimonios "normales". Y son padres de varios chicos y chicas (creo que siete, de los veintiocho a los dieciséis años) a quienes, seguro, han criado con mucho cariño y no poco sufrimiento. He aquí, me dije, otro ejemplo de que los catolicones y su concepto cerrado de familia se da de bruces con la vida, que bulle y se agita de múltiples formas, alegre, y siempre triunfa, pase lo que pase –como el agua de un torrente para la que no bastan acequias ni diques que canalicen su avance. Sentí una ternura infinita hacia estos dos, que han sido capaces de crear un mundo propio y defenderlo a capa y espada durante casi tres décadas.
También una punzada de envidia, claro.
También una punzada de envidia, claro.
FIN DE SEMANA IN LOVE...
Todavía no estoy del todo recuperado, tras el intensísimo fin de semana vivido. Reencuentro con Marcos tras su estancia de quince días en Palestina; un cúmulo de casualidades que se arman en su puzzle extraño –por no decir imposible– y me hacen un regalo inesperado en forma de chico guapo y dispuesto; comida en casa de Anuska con parte de la redacción del periódico (la parte buena); cita abortada con un estudiante de periodismo, diecinueve años muy poco agraciados junto con algún kilo de más repartido por un cuerpo grande y peludo; comida del sábado, acompañado por Paula, en casa de mis primos –Mariblanca más calmada y feliz ahora que Rubén anda por Oviedo, desintoxicándose, y Azucena levantó el vuelo hasta casa de su novio. Muchas cosas, en los días en que no he escrito. Vayamos por partes.
Marcos recaló en Madrid la madrugada del 31, y como no salió esa noche nos vimos ya el viernes, a la una de la tarde en Sol. Tomamos un café largo y distendido a la vera de la Gran Vía y su tráfico loco de gente, marea humana y gastadora en el primer día de mes (cuando la bolsa está llena y de repente uno descubre cuantísimas cosas le hacen falta para ser un poco más feliz). Me enseñó fotografías de su viaje y contó infinidad de anécdotas: un pueblo oprimido por otro, con la complicación ambiental de muchos grupos étnicos y religiosos que atomizan la sociedad, son como chinitas en los zapatos durante el camino, tortuoso y lleno de espinas, hacia la paz. Judíos ortodoxos, judíos laicos, árabes musulmanes, árabes católicos, árabes laicos, negros judíos... Controles de la policía –brutal, avasalladora–, jóvenes de ambos sexos con el uniforme militar y el arma al costado, siempre a punto para ser disparada. El odio apostado en cada esquina, que de repente estalla en forma de pedrada a un carro de combate, la fábula de David y Goliat que, necesariamente, muestra a un Goliat poderoso que siempre gana al David harapiento y enclenque que es el pueblo palestino. Una madre árabe reñía a su hijito de cinco años porque éste no tiraba piedras a los soldados israelíes como sí hacían el resto de sus amigos. El mundo al revés.
De allí, corriendo, a casa de Anuska, por Palos de la Frontera. Comimos ocho alrededor de la mesa, en un ambiente distendido y agradable, y hubo tertulia hasta las seis y pico, con muchas risas, chistes y guiños de complicidad. Ya sólo tuve tiempo para pasar por casa, en plan escala técnica, cruzar varias frases con mi prima Paula y bajar a La ida, donde debía encontrarme con K. Eran las ocho, el local estaba semivacío y el niñato con que me encontré resultó un fiasco en toda regla: la fotografía que me había enviado le mostraba más finito y guapo; lo que yo tenía enfrente era un tipo grande, con enormes lorzas a los costados y una mirada bovina, cardenalicia, que no me atraía en absoluto. Más bien lo contrario. Como estudia periodismo, por ahí sacamos tema de conversación suficiente para varias cervezas, que me dejaron un poco tocado. Luego él se marchó con sus amigos ("¿Te quieres venir?", me preguntó; "Muchas gracias, pero no: me quedo en casa", contesté) y yo, bastante borrachillo, llamé a Marcos para ver qué hacía. Al no contestarme, ya me apalanqué frente al televisor dispuesto a pasar una noche de viernes tranquila y casera. Pero, oh cielos, el destino nunca para mientes en si uno está cansado o no. Pasada la medianoche, recibí una llamada de Marcos, que salía en esos momentos del cine en compañía de Marta S y el sobrino de ésta, Carlos. Me propusieron una cerveza por mi zona, así que hablamos de encontrarnos en El Pez Gordo unos quince minutos más tarde. Llegué yo primero, y allí estaba Vera con unos amigos, entre ellos Laura, a la que no veía desde nuestro viaje a Castellcir, hace dos años. Me besó muy efusiva y lo primero que me preguntó, acercándose a mi oído, fue si tengo novio.
–¿Estás soltero?
–Sí.
–Pues ya verás, te voy a presentar a un amigo que acaba de dejarlo con su pareja.
–No, no. Paso de movidas de ésas, que me pongo muy nervioso.
Pero Laura, cuando se siente celestina y va algo cargada de copas, no atiende a razones. No sólo me presentó a R** –un morenito alto y desgarbado que, es cierto, me entró por los ojos desde el primer momento–, sino que estuvo toda la noche pesadita, lanzando indirectas al uno y al otro, frases cargadas de intención matrimonial que yo hacía por no oír. Del primer bar, después de una desbandada generalizada que redujo el grupo a cuatro (R**, Laura, Marcos y yo), fuimos a otro garito, donde cayó la primera raya de coca, invitación de R**. Y de ahí, ya embalados, a un bar curiosísimo, por Chueca, que yo no conocía: llegas, saludas al dueño, le pides medio gramo o lo que sea de cocaína y te lo sirve junto con la copa, allí delante de todo el mundo, como quien te pone medio kilo de carne sobre la mesa. Un supermercado de la droga. A mí me sorprendió tanto desparpajo.
–¿Y no tienen problemas con la poli?
–Yo he estado aquí con unas rayas sobre la mesa, ha entrado la policía y no me han dicho nada–, respondió tan tranquilo R**.
Supongo que por medio habrá una jugosa comisión para que los agentes uniformados (de moral intachable, qué risa) hagan la vista gorda.
Más noche y más comunicación a cuatro, R** y yo cada vez un poco más juntos, ganando rápidamente en intimidad. Laura se me colgó por la calle del brazo.
–¿Qué te ha parecido mi amigo?
–Muy bien, es un chaval majo.
–Cómo me alegro, a él también le gustas. Y es la primera vez que me dice eso de alguien desde que rompió con el otro. Que, por cierto, se llama como tú.
–No fastidies. Qué mal rollo.
En el antiguo Baticano (de cuyo nombre actual no tengo ni idea) nos besamos por primera vez. Unos besos robados en el baño con la premura de quien espera más aún y tiene prisa por quemar etapas. De allí, los invité a subir a casa para montarnos un chill out que duró hasta casi las ocho y media de la mañana, cuando Laura y Marcos (cada uno por su lado, para frustración de él) se fueron. A Marcos le hubiera apetecido enrollarse con Laura, pero ella tiene novio y no había mucho que hacer. Así se lo dije cuando me preguntó. Por fin se marcharon, y ya nos quedamos R** y yo solos en casa.
R** es un tío cariñoso, simpático y muy en la línea de lo que me gusta. Follamos, nos acariciamos, dormimos juntos hasta la una de la tarde. Bueno, durmió él, más acostumbrado a la farlopa, porque yo fui incapaz de conciliar el sueño. De hecho, me levanté volado y con una pereza de aúpa con sólo pensar que, en una hora, Paula y yo debíamos coger el bus en Méndez Álvaro para el pueblo de Blanca. Todavía nos demoramos un rato en la cama, estudiando el cuerpo del otro con las manos, que son los ojos del deseo. Él me comía la boca a lengüetazos y yo respondía con idéntico ímpetu, seguro y cómodo entre sus brazos. Cuando nos despedimos en Tribunal, me escocía la nariz y un sentimiento cercano a la plenitud (pero con el cansancio royéndome las neuronas) hacía que flotara por los pasillos del metro, con mi prima al lado. Que me dio el visto bueno.
–Es muy mono.
Y sí que lo es. Después de la visita familiar, alrededor de las diez de la noche, ya de vuelta en Madrid, me llamó y quedamos en vernos algo más tarde. Yo había dudado durante todo el día en proponérselo o no, porque es ley no escrita (aunque muy seguida) eso de que hay que dejar pasar dos o tres días para que la pieza no se asuste y no parezca que buscamos ponerle el anillo de casado o el cartel de vendido al mejor postor. Pudieron mis ganas de verle, así que mandé a la mierda todas las leyes del mundo y le envié un mensaje en que le decía que me apetecía estar con él. Así fue. Recorrimos los bares de la zona hasta las tres, y las miradas quemaban, y los cuerpos transmitían una extraña radiación que sólo se aplacaba con la cercanía, el roce, la entrega del otro, ahí para lo que fuera.
–¿Me vas a invitar a dormir en tu casa?–, preguntó con voz ronca y acuciante.
–Claro que sí. No deseo otra cosa desde que te vi.
Muy bonito, bucólico, idílico y tal. Volvimos a dormir pegados, y era hermoso sentir a alguien en la cama que de cuando en cuando, y en sueños, se abrazaba a mí con fuerza. La verdad es que lo he pasado muy bien este fin de semana y creo que hay posibilidades de que la cosa continúe. Entre semana es difícil que nos encontremos, por su horario y el mío, pero no dejo de pensar en el próximo viernes para retomar esto que nos ha nacido casi sin esperarlo. Hay un solo fallo en este muchacho: su afición a las drogas. El sábado pretendía que nos metiéramos de nuevo y yo dije que no. Paso de seguir a nadie por un camino que conozco de sobra y no me convence. Como exceso que se comete de vez en cuando, sí, pero no como algo habitual y, me temo, necesario. Esto es algo que nos puede alejar, lo sé. Veremos.
Los días con Paula en casa me han descubierto a la persona que es mi prima muchísimo más que el trato puntual, deslavazado, cortés, de los últimos quince años. A punto de cumplir veintiséis, es una mujer dulce de intensos ojos azules y un gran parecido –más en la forma que en el fondo– a mi tío Charly, su padre. Si uno rasca la superficie de pijismo, que es producto del ambiente de familia bien santanderina en que ha sido educada, encuentra un ser duro y fuerte, pero también muy vulnerable, que desea con todas sus ganas ser feliz y de momento no lo ha logrado. Aunque vino a remolque mío hasta el pueblo donde Mariblanca vegeta, disfrutó mucho con la visita, y era evidente que se sentía a sus anchas después del cocido que nuestra prima segunda (fiel a lo de que donde comen dos comen tres) nos metió entre pecho y espalda. Con los vapores del café y de la sobremesa, se fue desgranando una charleta amable, a ratos intensa, que puso al descubierto muchas miserias y alguna rara virtud en mi familia materna. Luego, ya en el autobús, antes de descolgarse con una serie de confidencias que no esperaba, me confesó que lo había pasado bien. Me alegro. En cuanto a los secretos que me reveló... en fin, pertenecen a su intimidad y no es justo que yo los airee a los cuatro vientos. Pero me reafirmaron en la idea de que Paula es un ser con los sentimientos a flor de piel y una disposición innata al sufrimiento que, espero, no le pase factura. Al contrario que su hermana –mucho más preparada para batirse en duelo frente al mundo, si fuera necesario–, ella arrastra una tristeza infinita que me apena, porque sé muy bien de dónde viene y el daño que causa. Sólo confío en que sea capaz de desprenderse de todo un universo (ficticio y asfixiante) de amigas repollo y encuentre su camino. Lo merece.
La muerte del Papa nos ha pillado a todos en el curro con el paso –de Semana Santa– cambiado. Llevamos dos días de hagiografía vergonzante, con varias páginas dedicadas al pontífice (para no decir más que vanalidades, porque la noticia es que ha fallecido y cuáles son los pasos a seguir por la Iglesia para buscarle sucesor; lo demás entra dentro del relleno más evidente, el tópico más repugnante y la beatitud más grimosa). Hasta la sección de cartas al director está dedicada íntegramente al óbito. Lectores que hablan del "amigo Karol", del "hombre vestido de blanco", de su ejemplo "de sufrimiento y coraje". Para vomitar. Encima, con el despido fulminante e inesperado de Enrique B (el pasado jueves), que nos ha dejado a todos un amargo sabor de boca, el río revuelto de la redacción está más enlodado que nunca, y ML R pesca a dos manos en él, encantada con su nueva posición de directora en funciones. Cómo no darse a la bebida, después de la dosis habitual de mediocridad, cada noche.
Marcos recaló en Madrid la madrugada del 31, y como no salió esa noche nos vimos ya el viernes, a la una de la tarde en Sol. Tomamos un café largo y distendido a la vera de la Gran Vía y su tráfico loco de gente, marea humana y gastadora en el primer día de mes (cuando la bolsa está llena y de repente uno descubre cuantísimas cosas le hacen falta para ser un poco más feliz). Me enseñó fotografías de su viaje y contó infinidad de anécdotas: un pueblo oprimido por otro, con la complicación ambiental de muchos grupos étnicos y religiosos que atomizan la sociedad, son como chinitas en los zapatos durante el camino, tortuoso y lleno de espinas, hacia la paz. Judíos ortodoxos, judíos laicos, árabes musulmanes, árabes católicos, árabes laicos, negros judíos... Controles de la policía –brutal, avasalladora–, jóvenes de ambos sexos con el uniforme militar y el arma al costado, siempre a punto para ser disparada. El odio apostado en cada esquina, que de repente estalla en forma de pedrada a un carro de combate, la fábula de David y Goliat que, necesariamente, muestra a un Goliat poderoso que siempre gana al David harapiento y enclenque que es el pueblo palestino. Una madre árabe reñía a su hijito de cinco años porque éste no tiraba piedras a los soldados israelíes como sí hacían el resto de sus amigos. El mundo al revés.
De allí, corriendo, a casa de Anuska, por Palos de la Frontera. Comimos ocho alrededor de la mesa, en un ambiente distendido y agradable, y hubo tertulia hasta las seis y pico, con muchas risas, chistes y guiños de complicidad. Ya sólo tuve tiempo para pasar por casa, en plan escala técnica, cruzar varias frases con mi prima Paula y bajar a La ida, donde debía encontrarme con K. Eran las ocho, el local estaba semivacío y el niñato con que me encontré resultó un fiasco en toda regla: la fotografía que me había enviado le mostraba más finito y guapo; lo que yo tenía enfrente era un tipo grande, con enormes lorzas a los costados y una mirada bovina, cardenalicia, que no me atraía en absoluto. Más bien lo contrario. Como estudia periodismo, por ahí sacamos tema de conversación suficiente para varias cervezas, que me dejaron un poco tocado. Luego él se marchó con sus amigos ("¿Te quieres venir?", me preguntó; "Muchas gracias, pero no: me quedo en casa", contesté) y yo, bastante borrachillo, llamé a Marcos para ver qué hacía. Al no contestarme, ya me apalanqué frente al televisor dispuesto a pasar una noche de viernes tranquila y casera. Pero, oh cielos, el destino nunca para mientes en si uno está cansado o no. Pasada la medianoche, recibí una llamada de Marcos, que salía en esos momentos del cine en compañía de Marta S y el sobrino de ésta, Carlos. Me propusieron una cerveza por mi zona, así que hablamos de encontrarnos en El Pez Gordo unos quince minutos más tarde. Llegué yo primero, y allí estaba Vera con unos amigos, entre ellos Laura, a la que no veía desde nuestro viaje a Castellcir, hace dos años. Me besó muy efusiva y lo primero que me preguntó, acercándose a mi oído, fue si tengo novio.
–¿Estás soltero?
–Sí.
–Pues ya verás, te voy a presentar a un amigo que acaba de dejarlo con su pareja.
–No, no. Paso de movidas de ésas, que me pongo muy nervioso.
Pero Laura, cuando se siente celestina y va algo cargada de copas, no atiende a razones. No sólo me presentó a R** –un morenito alto y desgarbado que, es cierto, me entró por los ojos desde el primer momento–, sino que estuvo toda la noche pesadita, lanzando indirectas al uno y al otro, frases cargadas de intención matrimonial que yo hacía por no oír. Del primer bar, después de una desbandada generalizada que redujo el grupo a cuatro (R**, Laura, Marcos y yo), fuimos a otro garito, donde cayó la primera raya de coca, invitación de R**. Y de ahí, ya embalados, a un bar curiosísimo, por Chueca, que yo no conocía: llegas, saludas al dueño, le pides medio gramo o lo que sea de cocaína y te lo sirve junto con la copa, allí delante de todo el mundo, como quien te pone medio kilo de carne sobre la mesa. Un supermercado de la droga. A mí me sorprendió tanto desparpajo.
–¿Y no tienen problemas con la poli?
–Yo he estado aquí con unas rayas sobre la mesa, ha entrado la policía y no me han dicho nada–, respondió tan tranquilo R**.
Supongo que por medio habrá una jugosa comisión para que los agentes uniformados (de moral intachable, qué risa) hagan la vista gorda.
Más noche y más comunicación a cuatro, R** y yo cada vez un poco más juntos, ganando rápidamente en intimidad. Laura se me colgó por la calle del brazo.
–¿Qué te ha parecido mi amigo?
–Muy bien, es un chaval majo.
–Cómo me alegro, a él también le gustas. Y es la primera vez que me dice eso de alguien desde que rompió con el otro. Que, por cierto, se llama como tú.
–No fastidies. Qué mal rollo.
En el antiguo Baticano (de cuyo nombre actual no tengo ni idea) nos besamos por primera vez. Unos besos robados en el baño con la premura de quien espera más aún y tiene prisa por quemar etapas. De allí, los invité a subir a casa para montarnos un chill out que duró hasta casi las ocho y media de la mañana, cuando Laura y Marcos (cada uno por su lado, para frustración de él) se fueron. A Marcos le hubiera apetecido enrollarse con Laura, pero ella tiene novio y no había mucho que hacer. Así se lo dije cuando me preguntó. Por fin se marcharon, y ya nos quedamos R** y yo solos en casa.
R** es un tío cariñoso, simpático y muy en la línea de lo que me gusta. Follamos, nos acariciamos, dormimos juntos hasta la una de la tarde. Bueno, durmió él, más acostumbrado a la farlopa, porque yo fui incapaz de conciliar el sueño. De hecho, me levanté volado y con una pereza de aúpa con sólo pensar que, en una hora, Paula y yo debíamos coger el bus en Méndez Álvaro para el pueblo de Blanca. Todavía nos demoramos un rato en la cama, estudiando el cuerpo del otro con las manos, que son los ojos del deseo. Él me comía la boca a lengüetazos y yo respondía con idéntico ímpetu, seguro y cómodo entre sus brazos. Cuando nos despedimos en Tribunal, me escocía la nariz y un sentimiento cercano a la plenitud (pero con el cansancio royéndome las neuronas) hacía que flotara por los pasillos del metro, con mi prima al lado. Que me dio el visto bueno.
–Es muy mono.
Y sí que lo es. Después de la visita familiar, alrededor de las diez de la noche, ya de vuelta en Madrid, me llamó y quedamos en vernos algo más tarde. Yo había dudado durante todo el día en proponérselo o no, porque es ley no escrita (aunque muy seguida) eso de que hay que dejar pasar dos o tres días para que la pieza no se asuste y no parezca que buscamos ponerle el anillo de casado o el cartel de vendido al mejor postor. Pudieron mis ganas de verle, así que mandé a la mierda todas las leyes del mundo y le envié un mensaje en que le decía que me apetecía estar con él. Así fue. Recorrimos los bares de la zona hasta las tres, y las miradas quemaban, y los cuerpos transmitían una extraña radiación que sólo se aplacaba con la cercanía, el roce, la entrega del otro, ahí para lo que fuera.
–¿Me vas a invitar a dormir en tu casa?–, preguntó con voz ronca y acuciante.
–Claro que sí. No deseo otra cosa desde que te vi.
Muy bonito, bucólico, idílico y tal. Volvimos a dormir pegados, y era hermoso sentir a alguien en la cama que de cuando en cuando, y en sueños, se abrazaba a mí con fuerza. La verdad es que lo he pasado muy bien este fin de semana y creo que hay posibilidades de que la cosa continúe. Entre semana es difícil que nos encontremos, por su horario y el mío, pero no dejo de pensar en el próximo viernes para retomar esto que nos ha nacido casi sin esperarlo. Hay un solo fallo en este muchacho: su afición a las drogas. El sábado pretendía que nos metiéramos de nuevo y yo dije que no. Paso de seguir a nadie por un camino que conozco de sobra y no me convence. Como exceso que se comete de vez en cuando, sí, pero no como algo habitual y, me temo, necesario. Esto es algo que nos puede alejar, lo sé. Veremos.
Los días con Paula en casa me han descubierto a la persona que es mi prima muchísimo más que el trato puntual, deslavazado, cortés, de los últimos quince años. A punto de cumplir veintiséis, es una mujer dulce de intensos ojos azules y un gran parecido –más en la forma que en el fondo– a mi tío Charly, su padre. Si uno rasca la superficie de pijismo, que es producto del ambiente de familia bien santanderina en que ha sido educada, encuentra un ser duro y fuerte, pero también muy vulnerable, que desea con todas sus ganas ser feliz y de momento no lo ha logrado. Aunque vino a remolque mío hasta el pueblo donde Mariblanca vegeta, disfrutó mucho con la visita, y era evidente que se sentía a sus anchas después del cocido que nuestra prima segunda (fiel a lo de que donde comen dos comen tres) nos metió entre pecho y espalda. Con los vapores del café y de la sobremesa, se fue desgranando una charleta amable, a ratos intensa, que puso al descubierto muchas miserias y alguna rara virtud en mi familia materna. Luego, ya en el autobús, antes de descolgarse con una serie de confidencias que no esperaba, me confesó que lo había pasado bien. Me alegro. En cuanto a los secretos que me reveló... en fin, pertenecen a su intimidad y no es justo que yo los airee a los cuatro vientos. Pero me reafirmaron en la idea de que Paula es un ser con los sentimientos a flor de piel y una disposición innata al sufrimiento que, espero, no le pase factura. Al contrario que su hermana –mucho más preparada para batirse en duelo frente al mundo, si fuera necesario–, ella arrastra una tristeza infinita que me apena, porque sé muy bien de dónde viene y el daño que causa. Sólo confío en que sea capaz de desprenderse de todo un universo (ficticio y asfixiante) de amigas repollo y encuentre su camino. Lo merece.
La muerte del Papa nos ha pillado a todos en el curro con el paso –de Semana Santa– cambiado. Llevamos dos días de hagiografía vergonzante, con varias páginas dedicadas al pontífice (para no decir más que vanalidades, porque la noticia es que ha fallecido y cuáles son los pasos a seguir por la Iglesia para buscarle sucesor; lo demás entra dentro del relleno más evidente, el tópico más repugnante y la beatitud más grimosa). Hasta la sección de cartas al director está dedicada íntegramente al óbito. Lectores que hablan del "amigo Karol", del "hombre vestido de blanco", de su ejemplo "de sufrimiento y coraje". Para vomitar. Encima, con el despido fulminante e inesperado de Enrique B (el pasado jueves), que nos ha dejado a todos un amargo sabor de boca, el río revuelto de la redacción está más enlodado que nunca, y ML R pesca a dos manos en él, encantada con su nueva posición de directora en funciones. Cómo no darse a la bebida, después de la dosis habitual de mediocridad, cada noche.