PRIMAVERA
La belleza. En todas sus acepciones, una puesta de sol frente al mar, el desnudo grecorromano de un muchacho sobre la cama, lo dantesco y espectacular de un gran incendio en medio de la noche sin luna, la cuidada precisión de un reloj de pulsera, un paisaje al óleo que cuelga de la pared... Siempre he sido un esclavo –más que enamorado– de la belleza. Ya he dicho aquí, en alguna otra entrada de Diario, lo despojado, inerme y desvalido que me veo frente a alguien esencialmente "bello". Ernst Jünger, durante un bombardeo de los aliados sobre París, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, despreció la seguridad relativa de los refugios antiaéreos y se aposentó en la azotea de su hotel para, desde allí, disfrutar del deslumbramiento de las bombas (como hongos de fuego) que estallaban sobre los edificios de la ciudad. Todo ello mientras saboreaba una copa de Borgoña con fresas. Lo dejó escrito, y fue duramente criticado por ello. De un modo, en mi opinión, absurdo y hasta ridículo: el alemán no se regodeaba en el sufrimiento humano que tal escena, dantesca, llevaba aparejado, sino que se limitaba a constatar lo que de hermoso yacía en esa teatralización del poder destructor del hombre. Sólo un espíritu romo puede ver en ello maldad o desprecio por la vida ajena. Claro que el mundo está repleto de mediocres y simples.
Cada vez que la primavera sucede al rigor invernal, el aire se llena de vida al tiempo que yo siento reavivarse en mí, casi de un modo violento (pero dulce), el deseo de belleza, la necesidad de rodearme, saturarme incluso, de hermosura. Es una pasión cercana a lo sexual, que engloba lo sexual pero también lo supera: en ella anida un ansia de inmortalidad, de plenitud, que me intoxica y marea. La exigencia de emborracharme de vida.
Cada vez que la primavera sucede al rigor invernal, el aire se llena de vida al tiempo que yo siento reavivarse en mí, casi de un modo violento (pero dulce), el deseo de belleza, la necesidad de rodearme, saturarme incluso, de hermosura. Es una pasión cercana a lo sexual, que engloba lo sexual pero también lo supera: en ella anida un ansia de inmortalidad, de plenitud, que me intoxica y marea. La exigencia de emborracharme de vida.
RUTINA
Con mi café de los mediodías, única evasión del hogar, espero a que mamá me haga una perdida para acompañarles, a ella y abuelito, al cementerio. Es sábado, y toca cambio de flores en la tumba de mi abuela. La mañana fluctúa entre claros y brumas, parece que de momento será el sol quien gane la batalla. A mí me da un poco lo mismo, tampoco hoy pienso salir por la tarde, estoy llevando a rajatabla esta cura de reposo autoimpuesta. Entre que Karen no está aquí –pasa las vacaciones en Almería– y que no hay mucha más gente a quien llamar, un día tipo en Santander se reduce a mis escapadas al mediodía, leer un poco ("Días felices en Argüelles", de Umbral), escribir en el Diario, aperitivo con la familia y largas sesiones de televisión y lectura hasta las dos o las tres de la mañana. Y el caso es que no me aburro.
CONFLICTOS
Viernes Santo. Nublado y algo más fresco que el día de ayer, cafeteo en La Viña, casi la única hora de la jornada en que salgo a la calle y me relaciono (poco, por no decir nada) con los demás. Viejos en todas sus formas y acepciones, desde los renqueantes y derrotados hasta los exultantes que disfrutan de una segunda juventud agreste y montaraz. Sentados a las mesas, de pie ante la barra. Me observan con desconfianza, como a un intruso en su mundo reglado y siempre igual, petanca para ellos los sábados y festivos, tertulia en las cafeterías del centro para ellas. Santander es el oasis pacífico de la tercera edad; dónde mejor que en una ciudad de provincias, al borde del mar y con estatua de Franco en la plaza del Ayuntamiento iban a estar... A mí me sucede como de costumbre: los primeros días son un ejercicio de adaptación, después llega el periodo de disfrute y, más tarde –pero no habrá tiempo en esta ocasión–, la necesidad imperiosa de salir de aquí y respirar aire puro, no viciado de provincianismo.
Ayer, tras un paseo por el muelle, tomé el aperitivo con mis padres y abuelito. Papá, como siempre, haciendo chistes sobre mí.
–Caray Cornelio, te estás quedando pelón...
–No te creas. Aquí hay pelo, sólo que me lo rapo al cero, es más cómodo.
–Ya, ya. Macho, vas camino de quedarte como una bola de billar.
–Qué le vamos a hacer, serán los genes.
Me preguntó de qué manera puede leer mis artículos, porque ahora navega mucho por Internet y en la página web del periódico no los encuentra. Le expliqué los pasos a seguir. Y ahí entró mamá con su batería de preguntas: que sobre qué versaba el último. Comenzamos una discusión, en ningún momento apasionada (mi padre no se metió en ella, cosa rara en él), acerca de los socialistas y su primer año de mandato.
–Dios mío, ¿y qué te parece que han hecho bien?
–Se trata de ver qué han hecho mal, mamá. Yo creo que por ahora están cumpliendo. Y noto más transparencia en el Gobierno que antes. No sé, algo más de libertad.
–Zapatero es un cantamañanas.
–Como antes lo fueron, a su manera, Aznar y González. Todos los políticos son iguales.
Mi madrecita del alma querida fruncía las cejas sin decir nada. Estaba claro que debía pensar algo así como "este hijo mío es irrecuperable, está vendido a los malos". Es lo que sucede si se lee solamente el ABC y se escucha a todas horas la cadena Cope. Que el concepto de realidad se distorsiona. Me lo confirmó cuando echó un vistazo a la trilogía de Primo Levi.
–Creo que es muy bueno. El otro día, por la radio, César Vidal habló muy bien de este libro.
César Vidal, un tipo a quien nunca he podido soportar, untuoso y torticero, con una visión de España completamente opuesta a la que yo defiendo. Esta madre mía es irrecuperable, está vendida a los malos...
Al salir del bar, comprobé satisfecho que abuelito llevaba consigo el bastón. Bien. Una de mis preocupaciones era pensar en una eventual caída (no sería la primera ni la segunda) que, a sus años, podría ser fatal. Mamá me confirmó que ya no sale nunca sin la cachava (como él le dice):
–Se ve que se encuentra más seguro y ya se ha bajado de la parra.
El bastón, para él, suponía una nueva renunciación, aceptar el peso de los años y su derrota en la lucha contra el tiempo. Pero le veo bien, mejor que hace unos meses; empiezo a confiar en que resistirá algunos años más. Crucemos los dedos.
Mi tío y mamá tuvieron ayer un conato de bronca. Hasta la fecha han manejado bien lo de la viudez de su padre y la consiguiente dependencia del hombre para casi todo lo material. Lo que pasa es que en el día a día, entre hermanos que se quieren pero son tan diferentes, surgen piques, acusaciones soterradas, pequeños terremotos internos que apenas se notan, si no es con una lente de aumento. Fue por la perra, a la que hay que sacar tres veces al día. Charly le pidió a mamá que la bajaran ella y mi padre, para poder irse a tomar unas cañas con su novia. Mi madre se negó y mi tío torció el gesto. Volvió a insistir, y mamá contestó de nuevo que no. Él salió de casa furioso y pegando gritos.
–Ya le dije, "a mí no me grites, vete a ver si te calmas un rato". Para una cosa que tiene que hacer...
Ésa era la versión de mamá, que todos los mediodías llega a casa de abuelito, da un paseo con él y le prepara la comida. La de mi tío, necesariamente, es muy distinta:
–Vale que ella hace esto cada día, pero el que está aquí a todas horas soy yo. Tu madre, con tres horas que esté, ya ha cumplido. Saco a la perra siempre, y me parece que no se le tendrían que caer los anillos por hacerme el favor de vez en cuando. Además, a tu abuelo le hubiera gustado.
Intento no meterme en estas movidas. Sé que hay mar de fondo –pequeñas heridas no cerradas del todo que supuran en cuanto se las toca– y sólo paso en Santander un tiempo breve cada dos o tres meses. Lo único que puedo (y quiero) hacer es descargar a Charly de trabajo. No olvido que él es un experto en quitarse responsabilidades de encima, pero también es verdad que ha de estar ahí casi a todas horas, y la esclavitud es grande. Ahora abuelito ha cogido miedo y no quiere quedarse solo por la noche. Así que ni esa evasión –pasar alguna que otra noche con Caque en casa de ésta– tiene.
Ayer, tras un paseo por el muelle, tomé el aperitivo con mis padres y abuelito. Papá, como siempre, haciendo chistes sobre mí.
–Caray Cornelio, te estás quedando pelón...
–No te creas. Aquí hay pelo, sólo que me lo rapo al cero, es más cómodo.
–Ya, ya. Macho, vas camino de quedarte como una bola de billar.
–Qué le vamos a hacer, serán los genes.
Me preguntó de qué manera puede leer mis artículos, porque ahora navega mucho por Internet y en la página web del periódico no los encuentra. Le expliqué los pasos a seguir. Y ahí entró mamá con su batería de preguntas: que sobre qué versaba el último. Comenzamos una discusión, en ningún momento apasionada (mi padre no se metió en ella, cosa rara en él), acerca de los socialistas y su primer año de mandato.
–Dios mío, ¿y qué te parece que han hecho bien?
–Se trata de ver qué han hecho mal, mamá. Yo creo que por ahora están cumpliendo. Y noto más transparencia en el Gobierno que antes. No sé, algo más de libertad.
–Zapatero es un cantamañanas.
–Como antes lo fueron, a su manera, Aznar y González. Todos los políticos son iguales.
Mi madrecita del alma querida fruncía las cejas sin decir nada. Estaba claro que debía pensar algo así como "este hijo mío es irrecuperable, está vendido a los malos". Es lo que sucede si se lee solamente el ABC y se escucha a todas horas la cadena Cope. Que el concepto de realidad se distorsiona. Me lo confirmó cuando echó un vistazo a la trilogía de Primo Levi.
–Creo que es muy bueno. El otro día, por la radio, César Vidal habló muy bien de este libro.
César Vidal, un tipo a quien nunca he podido soportar, untuoso y torticero, con una visión de España completamente opuesta a la que yo defiendo. Esta madre mía es irrecuperable, está vendida a los malos...
Al salir del bar, comprobé satisfecho que abuelito llevaba consigo el bastón. Bien. Una de mis preocupaciones era pensar en una eventual caída (no sería la primera ni la segunda) que, a sus años, podría ser fatal. Mamá me confirmó que ya no sale nunca sin la cachava (como él le dice):
–Se ve que se encuentra más seguro y ya se ha bajado de la parra.
El bastón, para él, suponía una nueva renunciación, aceptar el peso de los años y su derrota en la lucha contra el tiempo. Pero le veo bien, mejor que hace unos meses; empiezo a confiar en que resistirá algunos años más. Crucemos los dedos.
Mi tío y mamá tuvieron ayer un conato de bronca. Hasta la fecha han manejado bien lo de la viudez de su padre y la consiguiente dependencia del hombre para casi todo lo material. Lo que pasa es que en el día a día, entre hermanos que se quieren pero son tan diferentes, surgen piques, acusaciones soterradas, pequeños terremotos internos que apenas se notan, si no es con una lente de aumento. Fue por la perra, a la que hay que sacar tres veces al día. Charly le pidió a mamá que la bajaran ella y mi padre, para poder irse a tomar unas cañas con su novia. Mi madre se negó y mi tío torció el gesto. Volvió a insistir, y mamá contestó de nuevo que no. Él salió de casa furioso y pegando gritos.
–Ya le dije, "a mí no me grites, vete a ver si te calmas un rato". Para una cosa que tiene que hacer...
Ésa era la versión de mamá, que todos los mediodías llega a casa de abuelito, da un paseo con él y le prepara la comida. La de mi tío, necesariamente, es muy distinta:
–Vale que ella hace esto cada día, pero el que está aquí a todas horas soy yo. Tu madre, con tres horas que esté, ya ha cumplido. Saco a la perra siempre, y me parece que no se le tendrían que caer los anillos por hacerme el favor de vez en cuando. Además, a tu abuelo le hubiera gustado.
Intento no meterme en estas movidas. Sé que hay mar de fondo –pequeñas heridas no cerradas del todo que supuran en cuanto se las toca– y sólo paso en Santander un tiempo breve cada dos o tres meses. Lo único que puedo (y quiero) hacer es descargar a Charly de trabajo. No olvido que él es un experto en quitarse responsabilidades de encima, pero también es verdad que ha de estar ahí casi a todas horas, y la esclavitud es grande. Ahora abuelito ha cogido miedo y no quiere quedarse solo por la noche. Así que ni esa evasión –pasar alguna que otra noche con Caque en casa de ésta– tiene.
MAÑANA EN MI CIUDAD NATAL
El viaje en coche con mi prima: prueba superada. Como no había ni radio ni CD ni nada, temía el pasar tantas horas con ella sin que mediara conversación posible. Pero no fue así, charlamos mucho, hicimos dos o tres paradas técnicas y fuimos escalando por la piel de toro hasta llegar a Santander. Como llovía y hacía un tiempo pésimo, tomamos el camino de Aguilar de Campoo en lugar de atrevernos con El Escudo. Yo casi me duermo en un par de ocasiones –mal, malísimo copiloto–, pero aguanté como un jabato y cumplí la función de entretener a la conductora. Salimos de Madrid en medio de un aguacero, después de semanas viviendo en un auténtico secarral. Fui a buscarla hasta su trabajo, en Doctor Zamenhof, y resultó una lástima la cortina densa de agua, que impedía el disfrutar del paseo hasta allí, cruzando desde la estación de Suanzes todo el parque Quinta de los Molinos. La tierra exhalaba un olor dulzón, a matriz fecundada, y los árboles, grandes pero dispersos, no servían gran cosa como enorme paraguas vegetal. Al llegar allí aún era pronto, así que busqué la seguridad de una marquesina para esperar fumando a que dieran las dos y saliera Anita del curro.
Entramos en Santander alrededor de las diez y pico de la noche. No fue difícil encontrar sitio cerca de casa, pero ya abuelito se había ido a la cama, cansado de esperarnos. Saludé a mi tío y dejé solos a padre e hija para que hablaran de sus cosas mientras yo acondicionaba el salón para estos próximos días. No me acosté muy tarde, y he madrugado relativamente. Nada más levantarme, miré por la ventana y los ojos se me llenaron de luz y cielo azul. Qué maravilla. Como esperaba chaparrones continuados de aquí al lunes, este día cálido y desusado de primavera es un bonus que me regala la ciudad, por haber sido un niño bueno. Ahora estoy en el bar cerca de casa, el de las máquinas tragaperras pero un café inmejorable, donde pasé la mañana del uno de enero, parece que hace milenios. En manga corta y acunado por las conversaciones de los clientes en la barra. No sabría decir por qué, pero este runrún cantarín e inconexo lo reconocería en cualquier parte: es el mismo castellano que en Madrid, pero con el deje cántabro que me dice que estoy en casa. Una vez más.
Abuelito parece estar bien de salud. Allí le he dejado, inundado de luminosidad a la mesa del salón, el periódico desplegado y leyéndolo minuciosamente, lupa en mano para desentrañar la letra pequeña. Dentro de dos horas nos veremos con mi madre en La Cepa Riojana, el bar en que suelen recalar todos los mediodías, tras su paseo, para tomar el aperitivo. Antes daré una vuelta larga y descansada por el muelle, para empaparme de este sol y de la vitalidad que transmite.
Cuando me desperté, Luisa, la interina, trasteaba por la cocina gamuza en mano. Hubo un segundo, cuando nos cruzamos en el pasillo, en que la confundí con abuelita y me dio un vuelco el corazón. No se parecen en nada, pero una cierta manera de moverse, un gesto mínimo de Luisa que recordó a mi abuela (y encima estábamos en su casa, en sus dominios), crearon el engaño y llevaron a la confusión. Por un momento pensé que a lo mejor... En fin. El ser humano, que nunca acepta del todo la desaparición de aquellos a quienes ama.
A través de la puerta del bar, desfila el tráfico calmo y escaso de esta mañana de jueves, día santo a decir de los cristianos, en que la ciudad se despereza y estira, aún con el sueño atrasado de la noche anterior. El Sardinero debe de recibir ya a los primeros bañistas, aunque a mí no me apetece gran cosa ir a la playa. Prefiero la inspección minuciosa de un paseo, para comprobar que todo sigue en pie y que mi sueño/pesadilla de la otra noche no fue más que producto de una mala digestión.
Entramos en Santander alrededor de las diez y pico de la noche. No fue difícil encontrar sitio cerca de casa, pero ya abuelito se había ido a la cama, cansado de esperarnos. Saludé a mi tío y dejé solos a padre e hija para que hablaran de sus cosas mientras yo acondicionaba el salón para estos próximos días. No me acosté muy tarde, y he madrugado relativamente. Nada más levantarme, miré por la ventana y los ojos se me llenaron de luz y cielo azul. Qué maravilla. Como esperaba chaparrones continuados de aquí al lunes, este día cálido y desusado de primavera es un bonus que me regala la ciudad, por haber sido un niño bueno. Ahora estoy en el bar cerca de casa, el de las máquinas tragaperras pero un café inmejorable, donde pasé la mañana del uno de enero, parece que hace milenios. En manga corta y acunado por las conversaciones de los clientes en la barra. No sabría decir por qué, pero este runrún cantarín e inconexo lo reconocería en cualquier parte: es el mismo castellano que en Madrid, pero con el deje cántabro que me dice que estoy en casa. Una vez más.
Abuelito parece estar bien de salud. Allí le he dejado, inundado de luminosidad a la mesa del salón, el periódico desplegado y leyéndolo minuciosamente, lupa en mano para desentrañar la letra pequeña. Dentro de dos horas nos veremos con mi madre en La Cepa Riojana, el bar en que suelen recalar todos los mediodías, tras su paseo, para tomar el aperitivo. Antes daré una vuelta larga y descansada por el muelle, para empaparme de este sol y de la vitalidad que transmite.
Cuando me desperté, Luisa, la interina, trasteaba por la cocina gamuza en mano. Hubo un segundo, cuando nos cruzamos en el pasillo, en que la confundí con abuelita y me dio un vuelco el corazón. No se parecen en nada, pero una cierta manera de moverse, un gesto mínimo de Luisa que recordó a mi abuela (y encima estábamos en su casa, en sus dominios), crearon el engaño y llevaron a la confusión. Por un momento pensé que a lo mejor... En fin. El ser humano, que nunca acepta del todo la desaparición de aquellos a quienes ama.
A través de la puerta del bar, desfila el tráfico calmo y escaso de esta mañana de jueves, día santo a decir de los cristianos, en que la ciudad se despereza y estira, aún con el sueño atrasado de la noche anterior. El Sardinero debe de recibir ya a los primeros bañistas, aunque a mí no me apetece gran cosa ir a la playa. Prefiero la inspección minuciosa de un paseo, para comprobar que todo sigue en pie y que mi sueño/pesadilla de la otra noche no fue más que producto de una mala digestión.
VACACIONES
A las cuatro de la tarde debo de estar en Suanzes, donde Anita trabaja, para recogerla e irnos a Santander. Espero que las carreteras no estén muy mal y la gente decida posponer unas horas su salida de Madrid. Con toda probabilidad nos encontraremos lluvia y tiempo desapacible, así que deberemos viajar con cuidado. Ya esta mañana, al levantarme, el cielo era un amasijo de nubes, y un viento revoltoso las maceraba unas con otras, como si centenares de manos invisibles jugaran a ordeñarlas para los de aquí abajo.
Café y zumo de naranja en el Colby. Poca gente, música agradable –el chill out de siempre, en sus infinitas variantes posibles– y ninguna gana de escribir aquí. Si lo hago es por pura inercia, para desentumecer los músculos de la mente, un tanto dañados por las cervezas de anoche. Estuvimos en La Vaca Austera. Nos costó un buen rato conseguir que Javi y E olvidaran los entresijos del trabajo nuestro de cada día (ML R y su capacidad innata para dar por culo, María S, alias Leoncio, la reportera más dicharachera de Barrio Sésamo, Anajako, conocida también por Tristón, en su mundo hecho de perplejidades unineuronales...). Para E ha sido una semana durilla, porque ha debido encargarse ella sola de la sección de Cultura y Espectáculos –más espectáculos que nunca; al parecer no es bueno repartir demasiada cultura entre nuestro público lector: si hubiera que hacer caso a ML R y a las estadísticas que tan alegremente utiliza para apoyar sus argumentaciones, nuestro lector tipo es un ágrafo de mediana edad con muy pocas luces y menos ganas de conseguirlas–, y no ha contado más que con la dudosa ayuda de P T, conocido en nuestro mundo de maledicencia por Sosoman. Pero llegaron las vacaciones, se va junto con Eva a las Asturias y ya le he dicho que pensar demasiado en la redacción y sus intríngulis no es sano. Serán unos días de descanso en que no andar con vueltas acerca del trabajo le vendrá muy bien.
Café y zumo de naranja en el Colby. Poca gente, música agradable –el chill out de siempre, en sus infinitas variantes posibles– y ninguna gana de escribir aquí. Si lo hago es por pura inercia, para desentumecer los músculos de la mente, un tanto dañados por las cervezas de anoche. Estuvimos en La Vaca Austera. Nos costó un buen rato conseguir que Javi y E olvidaran los entresijos del trabajo nuestro de cada día (ML R y su capacidad innata para dar por culo, María S, alias Leoncio, la reportera más dicharachera de Barrio Sésamo, Anajako, conocida también por Tristón, en su mundo hecho de perplejidades unineuronales...). Para E ha sido una semana durilla, porque ha debido encargarse ella sola de la sección de Cultura y Espectáculos –más espectáculos que nunca; al parecer no es bueno repartir demasiada cultura entre nuestro público lector: si hubiera que hacer caso a ML R y a las estadísticas que tan alegremente utiliza para apoyar sus argumentaciones, nuestro lector tipo es un ágrafo de mediana edad con muy pocas luces y menos ganas de conseguirlas–, y no ha contado más que con la dudosa ayuda de P T, conocido en nuestro mundo de maledicencia por Sosoman. Pero llegaron las vacaciones, se va junto con Eva a las Asturias y ya le he dicho que pensar demasiado en la redacción y sus intríngulis no es sano. Serán unos días de descanso en que no andar con vueltas acerca del trabajo le vendrá muy bien.
ZAPAS MOJADAS
Misterios sin resolver. Expedientes equis caseros que nos vuelven loca la cabeza sin resultado alguno. Hace cosa de media hora, cuando estaba a medio vestir, fui a echar mano de las deportivas y una de ellas, inexplicablemente, estaba calada por completo, como si la hubiera metido en un valde lleno de agua. Apoyada sobre la carpeta de cartón donde guardo los recortes de viejos, el agua había traspasado las tapas y los papeles del interior también estaban mojados. La he puesto en el balcón, para que se seque, y los papeles están esparcidos por el suelo, a ver si no quedan inservibles. La superficie de alrededor de la zapatilla no presentaba ningún tipo de humedad, como un tonto miré hacia el techo, a ver si tenía goteras (pero una gotera no hace eso ni de coña), mis pantalones y los calcetines de ayer estaban secos, la botella de agua con que duermo a un lado de la cama no se había movido de su sitio, como es lógico... Por más que trato de buscarle una explicación plausible, no se me ocurre qué ha podido suceder, cómo ha ocurrido algo tan extraño. Es cierto que anoche me pasé con la dosis de cerveza –cinco tercios en lugar de los dos o tres habituales–, pero no llegué muy borracho a casa, y recuerdo perfectamente lo que hice durante el paseo hasta el portal y cuando subí. ¿O no? ¿Se me estará yendo la olla sin saberlo? Bueno, bueno...
Conocinos a David, el noviete de R, un tío al que se ligó hace dos o tres semanas en el Coppelia. Alto y guapetón, un cuerpo muy bonito (lo que se adivinaba, al menos, parecía interesante; claro que todo pudo ser producto de mi mente calenturienta, que está falta de sexo) y pintas de bakala y macarrilla de barrio. Ella pasó por el Angie creyendo que no estaríamos, no sé hasta qué punto no le fastidiaría la cita el vernos allí, pero ya se quedó con nosotros. Al principio, David me pareció un tío muy poco interesante, sin ninguna conversación: el típico chico sin interés, un polvo (o varios) y nada más. Como mi primo, un animal sexual y pastillero al que tirarse en la intimidad del hogar, entre cuatro paredes y a salvo de miradas indiscretas. Alguien a quien nunca se debe pasear por ahí, para que los amigos no critiquen. Me equivoqué. Por listillo y prejuicioso. Lo cierto es que nos embarcamos en una discusión acerca de la prensa española –qué periódico es más objetivo, cuál menos– y me sorprendió con sus opiniones, muy medidas y bien pensadas. Salí de allí envidiando (no de un modo sano) a R. Que lo disfrute. Y a ver cuándo me regala el destino uno parecido. Más que nada para ir haciendo boca hasta que llegue ese improbable príncipe azul.
Conocinos a David, el noviete de R, un tío al que se ligó hace dos o tres semanas en el Coppelia. Alto y guapetón, un cuerpo muy bonito (lo que se adivinaba, al menos, parecía interesante; claro que todo pudo ser producto de mi mente calenturienta, que está falta de sexo) y pintas de bakala y macarrilla de barrio. Ella pasó por el Angie creyendo que no estaríamos, no sé hasta qué punto no le fastidiaría la cita el vernos allí, pero ya se quedó con nosotros. Al principio, David me pareció un tío muy poco interesante, sin ninguna conversación: el típico chico sin interés, un polvo (o varios) y nada más. Como mi primo, un animal sexual y pastillero al que tirarse en la intimidad del hogar, entre cuatro paredes y a salvo de miradas indiscretas. Alguien a quien nunca se debe pasear por ahí, para que los amigos no critiquen. Me equivoqué. Por listillo y prejuicioso. Lo cierto es que nos embarcamos en una discusión acerca de la prensa española –qué periódico es más objetivo, cuál menos– y me sorprendió con sus opiniones, muy medidas y bien pensadas. Salí de allí envidiando (no de un modo sano) a R. Que lo disfrute. Y a ver cuándo me regala el destino uno parecido. Más que nada para ir haciendo boca hasta que llegue ese improbable príncipe azul.
FOTOGRAFÍA
Según llegué al periódico, ayer tarde, O P me miró con ojos dulces, movió su melena rizada de sirenita y, en medio de un vaho a maquillaje y feminidad, me contó que ha habido un sorteo entre las redacciones por no sé qué motivo y soy el flamante ganador de un Home Cinema. Mira tú qué bien: se agradecen estos detalles de empresa, tan lindos. He de ponerme en contacto con una tal Nuria, de Barcelona, y no tengo ni idea de cómo será la cosa. ¿Me lo llevarán a casa? ¿Al curro? La verdad es que, como a mí estas movidas de tecnología punta nunca me llamaron mucho la atención, no me sentí especialmente emocionado. "Otro trasto en casa", pensé. Parece que la primavera comienza con buen pie. Y siempre queda la reventa.
Recibí dos mails cortos de M desde Palestina. Por lo visto se encuentra bien y pasó el trago del aeropuerto de Tel Aviv sin mayores problemas. Dentro de diez días, a su vuelta, le agarraré por banda para que me cuente todas las historias, los personajes, las vivencias y aventuras de su viaje. Espero que lo pase en grande.

Revolviendo por los cajones de mi cuarto, he encontrado una vieja fotografía del verano de 1979. Celebrábamos el cumpleaños de mi hermana Eva y yo era el orgulloso poseedor de un reloj de pulsera –regalo de la Bisa en mi Primera Comunión, mes y pico antes. En la foto, con el fondo setentero del papel de la pared, me carcajeo ante algo que alguien dice. Olvidé de qué se trataba, y tampoco sé a quién se dirigía la risotada (una de las pocas instantáneas en las que me permito reír sin reservas, francamente), pero recuerdo perfectamente cómo me gustaba el tacto de la correa del reloj en la muñeca (signo de adultez, ya era capaz de leer la hora) y lo bien que lo pasamos esa tarde. Emparedados para comer, pasteles a los postres, juegos y canciones; la expresión de Eva, arrobada con sus regalos, a medida que iba recibiendo a sus amigos. La mano del extremo inferior izquierdo, ¿es la suya? Lo ignoro. Ya no hay mucha gente por el mundo que recuerde a este niño, aparentemente feliz y despreocupado, fuera de mí mismo: en la sonrisa, en la manera de acercar la palma hacia la boca, para taparla, estoy y soy yo. El mismo de ahora. Un crío de ocho años atrapado en este cuerpo de treinta y cuatro. Y entre medias, toda una vida, muchas experiencias que (se supone) me han hecho crecer y madurar. Pero, en esencia, continúo siendo ese chaval asomado al mundo con una risa traviesa, ingenua, que ya alguien se encargará de borrar más adelante.
Café con G, que se estira como una pantera a mi lado, me estudia con detenimiento y un poco de lascivia, se levanta la camiseta para enseñarme un ombligo en donde caracolean cuatro pelos negros. Hoy he descubierto el motivo principal por el que nunca me siento del todo a gusto en su presencia. Mientras me habla (con la incontinencia propia de su pueblo, que ha dado grandes oradores y mejores buhoneros) y busca el contacto físico –una mano sobre mi rodilla, sus muslos cerca de los míos, esos labios, gruesos y abultados, que me susurran obscenidades al oído: yo no hago nada, me quedo muy quieto y le dejo hacer–, no cesa de otear a su alrededor, eternamente en guardia, atento al más mínimo movimiento en torno suyo. Y ese estar ojo a vizor, ese no bajar la guardia, propio de quien ha pasado necesidades y sabe que dormirse en los laureles puede ser un error mayúsculo, me pone en tensión a mí también, me transmite un desasosiego cercano al pánico. Como si yo mismo fuera un animal salvaje que depende de la propia astucia para sobrevivir en un hábitat hostil, rodeado de alimañas. Ahora que leo a Primo Levi –y me acongojo con su narración del día a día en un campo de exterminio nazi–, estoy por asegurar que G sobreviviría en el "Lager" muchísimo mejor que yo, gracias a su capacidad de reacción (y de adaptación), a su inteligencia natural, a su mayor conocimiento de los intríngulis del ser humano, con sus zonas de sombra, que yo apenas he intuido. Esta actitud la he visto ya en otros sudamericanos, gente que ha pasado lo suyo, que a base de golpes y de humillaciones aprendió que nada se da gratis y todo, todo, es susceptible de ser comprado.
Recibí dos mails cortos de M desde Palestina. Por lo visto se encuentra bien y pasó el trago del aeropuerto de Tel Aviv sin mayores problemas. Dentro de diez días, a su vuelta, le agarraré por banda para que me cuente todas las historias, los personajes, las vivencias y aventuras de su viaje. Espero que lo pase en grande.

Revolviendo por los cajones de mi cuarto, he encontrado una vieja fotografía del verano de 1979. Celebrábamos el cumpleaños de mi hermana Eva y yo era el orgulloso poseedor de un reloj de pulsera –regalo de la Bisa en mi Primera Comunión, mes y pico antes. En la foto, con el fondo setentero del papel de la pared, me carcajeo ante algo que alguien dice. Olvidé de qué se trataba, y tampoco sé a quién se dirigía la risotada (una de las pocas instantáneas en las que me permito reír sin reservas, francamente), pero recuerdo perfectamente cómo me gustaba el tacto de la correa del reloj en la muñeca (signo de adultez, ya era capaz de leer la hora) y lo bien que lo pasamos esa tarde. Emparedados para comer, pasteles a los postres, juegos y canciones; la expresión de Eva, arrobada con sus regalos, a medida que iba recibiendo a sus amigos. La mano del extremo inferior izquierdo, ¿es la suya? Lo ignoro. Ya no hay mucha gente por el mundo que recuerde a este niño, aparentemente feliz y despreocupado, fuera de mí mismo: en la sonrisa, en la manera de acercar la palma hacia la boca, para taparla, estoy y soy yo. El mismo de ahora. Un crío de ocho años atrapado en este cuerpo de treinta y cuatro. Y entre medias, toda una vida, muchas experiencias que (se supone) me han hecho crecer y madurar. Pero, en esencia, continúo siendo ese chaval asomado al mundo con una risa traviesa, ingenua, que ya alguien se encargará de borrar más adelante.
Café con G, que se estira como una pantera a mi lado, me estudia con detenimiento y un poco de lascivia, se levanta la camiseta para enseñarme un ombligo en donde caracolean cuatro pelos negros. Hoy he descubierto el motivo principal por el que nunca me siento del todo a gusto en su presencia. Mientras me habla (con la incontinencia propia de su pueblo, que ha dado grandes oradores y mejores buhoneros) y busca el contacto físico –una mano sobre mi rodilla, sus muslos cerca de los míos, esos labios, gruesos y abultados, que me susurran obscenidades al oído: yo no hago nada, me quedo muy quieto y le dejo hacer–, no cesa de otear a su alrededor, eternamente en guardia, atento al más mínimo movimiento en torno suyo. Y ese estar ojo a vizor, ese no bajar la guardia, propio de quien ha pasado necesidades y sabe que dormirse en los laureles puede ser un error mayúsculo, me pone en tensión a mí también, me transmite un desasosiego cercano al pánico. Como si yo mismo fuera un animal salvaje que depende de la propia astucia para sobrevivir en un hábitat hostil, rodeado de alimañas. Ahora que leo a Primo Levi –y me acongojo con su narración del día a día en un campo de exterminio nazi–, estoy por asegurar que G sobreviviría en el "Lager" muchísimo mejor que yo, gracias a su capacidad de reacción (y de adaptación), a su inteligencia natural, a su mayor conocimiento de los intríngulis del ser humano, con sus zonas de sombra, que yo apenas he intuido. Esta actitud la he visto ya en otros sudamericanos, gente que ha pasado lo suyo, que a base de golpes y de humillaciones aprendió que nada se da gratis y todo, todo, es susceptible de ser comprado.
MEDIODÍA DE DOMINGO
Café tras café (un día de estos voy a sufrir una intoxicación aguda de cafeína), el tiempo que aún resta hasta la hora de entrar en el periódico se adelgaza, imperceptiblemente. De momento, aún hay ocasión de leer y escribir, con calma, en este local de la calle Pez. Por fin estoy solo, después de dos horas en que primero me encontré con Oriol –más de un año sin vernos, la conversación fue lenta y como a trompicones– y más tarde con una de las clientas habituales del bar, ni siquiera sé su nombre: una mujer en los últimos treinta, perfectamente vulgar en su normalidad, de rostro ancho y ojos muy separados. Piel gruesa y cetrina: la típica madrileña de barrio castizo. Ahora mismo vive sola, pero desde niña lo ha hecho en torno al eje de Corredera Baja. Por los garitos de la zona se toma sus cervezas, mira la vida pasar y hace amigos, casi todos meros conocidos con o sin derecho a roce.
–Me fui de casa a los veintidós, por culpa de mi madre, que era muy católica y estricta. Figúrate que a las diez nos obligaba a estar en casa. Yo es que ("ej que") dicen que siempre he sido muy ligera de cascos.
Charla agradable. Aunque ya me apetecía tomar posesión de esta mesa pegada al ventanal. Leo a Primo Levi y su "Trilogía de Auschwitz", conmovedora en la desnudez ornamental con que narra los hechos más devastadores, la bajada a los infiernos de los judíos en los campos de concentración. Como Semprún, pero en otro tono menos erudito y por tanto, quizá, más cercano a la confesión descarnada. Pone los pelos de punta. Una situación extrema que no debería repetirse jamás. Sin embargo, ¿qué es Guantánamo sino un calco de Buchenwald o Auschwitz, los campos de exterminio? Sabemos (intuimos) que allá se vulneran los derechos más elementales del ser humano, se humilla al otro, se le conduce a una muerte segura (puede que no física, pero sí de los sentidos, de la propia personalidad: todo aquello que hace que un hombre sea un hombre y no un fantasma idiotizado). Qué hago yo por ellos. Nada. Qué podría hacer... Aquí estoy, con un café sobre la mesa, la cajetilla de tabaco a mano y escuchando música brasileña. Luego, dentro de un tiempo, puede que un antiguo preso en Guantánamo escriba sus recuerdos. Entonces sabremos con pelos y señales lo que está ocurriendo allá. Y nos rasgaremos las vestiduras. ¿Ahora? A seguir con los cafés y la vida contemplativa. Saber, en ocasiones, supone una responsabilidad excesiva, nos exige posicionarnos. Es más cómodo mirar para otro lado.
La tarde de ayer salí de Madrid, en dirección a Segovia, con E y Eva más Angelillo y M**. Nuestro destino era Valsaín, un pueblito lleno de caballos y turisteo rural, donde ya nos esperaban Laura y Antón, junto a Pochi, para comer en un asador argentino que hay allí. El atracón a carnaza fue superior, creí que no iba a poder levantarme de la mesa. Aun así, logré vencer mi natural desidia y les acompañé, en un corto paseo, hasta la orilla del río, donde nos tiramos sobre la hierba a fumar canutos y llenarnos la vista de Naturaleza (un tanto rala y pobre, para uno del norte como yo), muy en nuestro papel de urbanitas en busca de la serenidad que no hallamos en las ciudades. El olor intenso de la tierra mojada, las aguas del río, allá abajo, discurriendo tranquilas mientras hablabamos, con la desgana propia de la digestión lenta, pesada. Yo, como siempre, en mi línea bufonesca, juego de palabras va, juego de palabras viene. Fue una lástima que el solecito que nos acompañó durante la comida se escondiera tras las brumas grises y tristonas del atardecer. Aún es pronto para que llegue el calor del verano, y un frío repentino (pero tolerable) nos arrancó de allí, camino del coche. Regresamos a Madrid hacia las nueve y media de la noche.
Ya tengo organizada la Semana Santa. Ayer llamé a abuelito por lo del Día del Padre y me cayó una pequeña bronca:
–Hombre, Cornelio. Dichosos los oídos.
–Hola abuelito, ¿qué tal estás?
–Bien, ¿y tú? Nunca llamas.
–Es que estoy muy liado... Pero me acuerdo de vosotros.
–Pues un telefonazo de vez en cuando, hijo, se agradece.
–Tienes razón. Lo siento–, ya nervioso con el sesgo de la conversación, que tomaba derroteros imprevistos... Y para ganarme la indulgencia plenaria: –Pero el miércoles subo con Anita en coche y pasaré con vosotros cuatro o cinco días, lo prometo.
–Bien, bien. Pues nos vemos el miércoles. Un beso.
–Un beso, hasta luego.
Podría explicarle que llamar para no hablar de nada (mi abuelo es un ser cerrado, parco en palabras) me resulta molesto y desasosegante (con abuelita nunca sucedió así). Pero tiene razón: a sus ojos, este nieto mayor es un descastado. Trataré de hacérmelo perdonar durante mi visita. Rumbo a Santander, pues.
–Me fui de casa a los veintidós, por culpa de mi madre, que era muy católica y estricta. Figúrate que a las diez nos obligaba a estar en casa. Yo es que ("ej que") dicen que siempre he sido muy ligera de cascos.
Charla agradable. Aunque ya me apetecía tomar posesión de esta mesa pegada al ventanal. Leo a Primo Levi y su "Trilogía de Auschwitz", conmovedora en la desnudez ornamental con que narra los hechos más devastadores, la bajada a los infiernos de los judíos en los campos de concentración. Como Semprún, pero en otro tono menos erudito y por tanto, quizá, más cercano a la confesión descarnada. Pone los pelos de punta. Una situación extrema que no debería repetirse jamás. Sin embargo, ¿qué es Guantánamo sino un calco de Buchenwald o Auschwitz, los campos de exterminio? Sabemos (intuimos) que allá se vulneran los derechos más elementales del ser humano, se humilla al otro, se le conduce a una muerte segura (puede que no física, pero sí de los sentidos, de la propia personalidad: todo aquello que hace que un hombre sea un hombre y no un fantasma idiotizado). Qué hago yo por ellos. Nada. Qué podría hacer... Aquí estoy, con un café sobre la mesa, la cajetilla de tabaco a mano y escuchando música brasileña. Luego, dentro de un tiempo, puede que un antiguo preso en Guantánamo escriba sus recuerdos. Entonces sabremos con pelos y señales lo que está ocurriendo allá. Y nos rasgaremos las vestiduras. ¿Ahora? A seguir con los cafés y la vida contemplativa. Saber, en ocasiones, supone una responsabilidad excesiva, nos exige posicionarnos. Es más cómodo mirar para otro lado.
La tarde de ayer salí de Madrid, en dirección a Segovia, con E y Eva más Angelillo y M**. Nuestro destino era Valsaín, un pueblito lleno de caballos y turisteo rural, donde ya nos esperaban Laura y Antón, junto a Pochi, para comer en un asador argentino que hay allí. El atracón a carnaza fue superior, creí que no iba a poder levantarme de la mesa. Aun así, logré vencer mi natural desidia y les acompañé, en un corto paseo, hasta la orilla del río, donde nos tiramos sobre la hierba a fumar canutos y llenarnos la vista de Naturaleza (un tanto rala y pobre, para uno del norte como yo), muy en nuestro papel de urbanitas en busca de la serenidad que no hallamos en las ciudades. El olor intenso de la tierra mojada, las aguas del río, allá abajo, discurriendo tranquilas mientras hablabamos, con la desgana propia de la digestión lenta, pesada. Yo, como siempre, en mi línea bufonesca, juego de palabras va, juego de palabras viene. Fue una lástima que el solecito que nos acompañó durante la comida se escondiera tras las brumas grises y tristonas del atardecer. Aún es pronto para que llegue el calor del verano, y un frío repentino (pero tolerable) nos arrancó de allí, camino del coche. Regresamos a Madrid hacia las nueve y media de la noche.
Ya tengo organizada la Semana Santa. Ayer llamé a abuelito por lo del Día del Padre y me cayó una pequeña bronca:
–Hombre, Cornelio. Dichosos los oídos.
–Hola abuelito, ¿qué tal estás?
–Bien, ¿y tú? Nunca llamas.
–Es que estoy muy liado... Pero me acuerdo de vosotros.
–Pues un telefonazo de vez en cuando, hijo, se agradece.
–Tienes razón. Lo siento–, ya nervioso con el sesgo de la conversación, que tomaba derroteros imprevistos... Y para ganarme la indulgencia plenaria: –Pero el miércoles subo con Anita en coche y pasaré con vosotros cuatro o cinco días, lo prometo.
–Bien, bien. Pues nos vemos el miércoles. Un beso.
–Un beso, hasta luego.
Podría explicarle que llamar para no hablar de nada (mi abuelo es un ser cerrado, parco en palabras) me resulta molesto y desasosegante (con abuelita nunca sucedió así). Pero tiene razón: a sus ojos, este nieto mayor es un descastado. Trataré de hacérmelo perdonar durante mi visita. Rumbo a Santander, pues.
REENCUENTRO
Cumpleaños de papá. El número sesenta y cuatro, a un paso como quien dice de la tercera edad. Acabo de enviarle un mensaje al móvil y ya tengo acuse de recibo. Cumplido, pues, con las convenciones sociales y la Normativa del Buen y Amante Hijo.
Ayer quedé con P** en La ida a las siete y media. Como el bar estaba hasta los topes de gente, entramos en Bodegas la Ardosa. Cervezas y conversación distendida. Ya un poco tocadillos, terminamos en el Nanai, que él no conocía. Juego de miradas, deseo en el aire (por mi parte, clarísimo). Al final subimos a casa con la intención de ver una película y nos encontramos arriba con mi prima y su amiga (que se va mañana a Santander). Noté que P** se puso tenso, no esperaba que hubiera nadie en el piso y debió cortarse –le entiendo: yo también me hubiera sentido violento.Tras un primer conato de inhibición, le presenté y los cuatro, en amor y compañía, vimos "Requiem for a dream", que les impresionó. Lógico. La película es dura y no deja indiferente a nadie.
Al terminar la peli, me moría de ganas por ir al cuarto con P**, pero éste se hacía el remolón (supongo que le daba apuro lo evidente que resultaba que íbamos a hacer algo más que punto de cruz juntos. Le llamé para que me acompañara pero se quedó allí, hablando con ellas y riéndose de no sé qué que daban por la tele. Mientras, yo observaba desde el balcón el brujuleo incierto de la gente en la calle, unos metros más abajo, en plena fiebre de viernes noche. Anita fue inteligente y se despidió enseguida con la excusa del sueño y del madrugón que le esperaba. Su amiga (¿Ainhoa? Nunca recuerdo el nombre de esta chica) fue detrás inmediatamente. Una vez solos en el salón, nos enganchamos el uno al otro con una violencia que eran ganas atrasadas y principió un periodo de intimidad que había echado en falta (sin siquiera saberlo) estas últimas semanas. P** es un tío estupendo, y en la cama hay muy buena conexión entre los dos. Lo pasé muy bien, a pesar de algunos inconvenientes dermatológicos que a mí, personalmente, no me molestaron.
Ayer quedé con P** en La ida a las siete y media. Como el bar estaba hasta los topes de gente, entramos en Bodegas la Ardosa. Cervezas y conversación distendida. Ya un poco tocadillos, terminamos en el Nanai, que él no conocía. Juego de miradas, deseo en el aire (por mi parte, clarísimo). Al final subimos a casa con la intención de ver una película y nos encontramos arriba con mi prima y su amiga (que se va mañana a Santander). Noté que P** se puso tenso, no esperaba que hubiera nadie en el piso y debió cortarse –le entiendo: yo también me hubiera sentido violento.Tras un primer conato de inhibición, le presenté y los cuatro, en amor y compañía, vimos "Requiem for a dream", que les impresionó. Lógico. La película es dura y no deja indiferente a nadie.
Al terminar la peli, me moría de ganas por ir al cuarto con P**, pero éste se hacía el remolón (supongo que le daba apuro lo evidente que resultaba que íbamos a hacer algo más que punto de cruz juntos. Le llamé para que me acompañara pero se quedó allí, hablando con ellas y riéndose de no sé qué que daban por la tele. Mientras, yo observaba desde el balcón el brujuleo incierto de la gente en la calle, unos metros más abajo, en plena fiebre de viernes noche. Anita fue inteligente y se despidió enseguida con la excusa del sueño y del madrugón que le esperaba. Su amiga (¿Ainhoa? Nunca recuerdo el nombre de esta chica) fue detrás inmediatamente. Una vez solos en el salón, nos enganchamos el uno al otro con una violencia que eran ganas atrasadas y principió un periodo de intimidad que había echado en falta (sin siquiera saberlo) estas últimas semanas. P** es un tío estupendo, y en la cama hay muy buena conexión entre los dos. Lo pasé muy bien, a pesar de algunos inconvenientes dermatológicos que a mí, personalmente, no me molestaron.
UMBRALIANA
Tarde del viernes, en La Antorcha. Mi amigo Ma acaba de comentarme que no habrá viaje a Lisboa: el gozo viajero de Cornelio en un pozo. Parece que no es el mejor momento para visitar a su familia, él sabrá por qué. Pero a mí me ha hecho cisco los planes: ya pedí el domingo 27 libre y movilicé (ayer mismo) a Eloísa para sustituirme. ¿Qué hago? Una opción, que era la de inicio, pasa por permanecer estos días en Madrid, pero reconozco que la posibilidad no me atrae mucho... ¿Santander? Ahora mismo, según escribo, debería estar montado en un autobús camino de la Tierruca, y así hubiera sido de no haber olvidado comprar los billetes. Anoche, sin ellos en la mano, me descubrí perezoso con la idea de ir para allá, así que lo anulé y me quedaré este fin de semana por los madriles. Total, nadie sabía de mi intención de subirme: con llamar mañana a abuelito y enviar un mensaje de felicitación a papá por su cumpleaños van que chutan. Ya les veré a todos en abril.
La comida de ayer con Francisco Umbral fue, cuando menos, interesante. Era en el ABC Serrano, a las dos de la tarde. Llegué puntual, y aún tuve tiempo para fumarme un cigarrillo nervioso a la puerta, no en vano estaba a punto a conocer a uno de los escritores que más me han influido y que, de algún modo, decidieron mi vocación. En la terraza de la cuarta planta, me encontré con toda la feria de las vanidades en pleno. El autor, hierático y sin gafas, con la mirada gavilana oculta entre los pliegues de la carne y una torpeza en sus movimientos más que preocupante, se sentaba en una silla a la sombra de unos macizos de flores, mientras los fotógrafos apuntaban con cuidado sus objetivos una y otra vez sobre la piel blanquísima de Umbral. Grupitos dispersos hablaban animadamente al tiempo que se movían por el rectángulo que era la azotea (entreví a Raúl del Pozo, un trasunto de Pepe Sancho pero en político de raza, idénticos rasgos de madurito interesante, misma sonrisa picarona, un moreno anacrónico y la mata de pelo, blanca pero todavía abundante, alborotada al viento; también a Ángel Antonio Herrera, vestido de negro, como un mosquetero de las letras, botas relucientes de puntera exagerada, una cazadora de cuero chulísima, tío, y la melena larga, oscura, apelmazada sobre los hombros de poeta maldito –pero cronista del mundo rosa más que bien pagado). Otros en fin, sin el aura de éxito de algunos, apuraban sus copas en solitario, como yo mismo. Algo intimidado, puse cara de "este tipo de eventos son mi desayuno de cada día", busqué un lugar discretito desde el que observar sin ser demasiado visto y agarré al vuelo la primera cerveza que me ofreció uno de los camareros. Esto del alcohol me sucede siempre: si bebo una o dos cañas (no más, entonces el efecto es negativo) soy capaz de encarar situaciones que, de otro modo, me superarían. Maldita timidez. No bien me posicioné en mi esquina, un rumor sordo y creciente, a mis espaldas, me avisó de que alguien importante llegaba. Resulta curioso cómo, antes de que el prócer en cuestión aparezca, viene siempre precedido del ruido de sables que su presencia concita. En efecto, rodeados por una manada de guardaespaldas –altos y macizos, como dogos amaestrados que comen de la mano de sus señores y gruñen, disuasorios, al resto de los mortales–, hicieron acto de presencia ("Venimos sólo a saludar, no podemos quedarnos", decía ella con voz cantarina) Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy. Pasaron por mi lado y se acercaron al escritor, que lentamente se levantó, con visible esfuerzo, de su asiento y les hizo los honores.
–Don Francisco, no te levantes–, sonreía Esperanza.
Quien, por cierto, me llamó la atención por lo bien conservada que está. La cara es la cara, qué le vamos a hacer (y ella no puede negar en la forma de mirar y de atender una cierta idiocia, a medio camino entre la sumisión y el saber estar de señora de toda la vida), pero el cuerpazo de la presidenta es digno de mención: delgada y muy elegante, el traje pantalón le modelaba unas piernas largas y finas, una cintura estrecha y flexible, un culo poderoso, rotundo, en absoluto acorde con su edad. Rajoy, con aire decimonónico y monacal, de señor feudal que visita sus tierras, palmeaba el brazo de Umbral mientras se interesaba por su salud. España, la mujer del homenajeado, cuchicheaba al oído de Aguirre, y los cámaras de televisión más los fotógrafos eran un enjambre de moscardones furiosos por inmortalizar el encuentro. Yo estaba a unos dos metros, sorbiendo de a poquito mi caña (que entraba como dios y me despejaba de una resaca monumental, recuerdo de la noche previa), asistiendo a todo aquello con manifiesto interés, no todos los días se encuentra uno con parte de la cúpula política del país.
Nada más irse los dos, que por lo visto llevaban mucha prisa, pasamos al salón. Suelo enmoquetado, lujo discreto, mesas redondas para seis comensales cada una. Umbral, cogido del brazo de uno de los mandamases de Planeta, caminaba a pasos cansados, envarado y muy puesto en su papel de escritor consagrado que gusta a las marquesas y se tira a las colegialas tísicas. Un triste recuerdo del bohemio de izquierdas que él se creó como sello de fábrica (nunca fue, en realidad, ni lo uno ni lo otro). Ya sentados a las mesas, hubo un discursito de Raúl del Pozo, que ejerció de padrino del libro ("Días felices en Argüelles"), bien escrito pero mal leído, y con ribetes umbralianos clarísimos: todos se impregnan de su prosa antropófaga, caen rendidos a sus pies de barro y oro. De toda la introducción lírica, una frase me llamó poderosamente la atención: "No cruza por sus páginas la maldad". Momentos antes afirmaba que en el libro de memorias (el enésimo) no hablaba bien de nadie excepto de su gata, así que la contradicción es patente. A ver si a Del Pozo también se le va la cabeza...
Aplausos tibios y respuesta inconexa del autor. Recordó los años sesenta y setenta, cuando ambos se conocieron y fueron activos periodistas de la cosa pública: "Somos bandidos por naturaleza... Hoy estamos humildemente acomodados (sic) pero no le robamos nada a nadie, ni siquiera metáforas a los clásicos, que siempre son los mismos". Nuevos aplausos, algo más cálidos en esta ocasión, que quien hablaba es un Cervantes y un hombre póstumo de sí mismo.
Comimos. En mi mesa éramos seis, dos fotógrafos y cuatro periodistas, uno de ellos de postín (P C). Apenas necesitamos estímulos para charlar (pero yo me pasé de la cerveza al vino, blanco y tinto, por si acaso), porque uno de los fotógrafos, cuarentón de voz bronca y gesto inteligente, se despachó a gusto con la sociedad española en general. A todo lo que decía, le añadía una coletilla: "Vamos a ser claros de una vez, coño; llamemos a las cosas por su nombre". Así, con la estatua de Franco que han retirado de Nuevos Ministerios, el mundo del rock, las relaciones hombre/mujer, etcétera. Yo pasé bien el trago, que no fue tan amargo como esperaba. Me explico: en las últimas comidas de este tipo a las que he acudido, yo hacía la crítica gastronómica, terreno en el que no me sentía del todo seguro, consciente de lo poco gastrónomo que soy (una nulidad, vaya). En esos casos, para que no se notara que no domino la materia, estaba siempre en guardia para no meter la pata, y ni lograba relajarme ni disfrutaba. Pero ayer, el tema de conversación (la literatura, los literatos y el mundo en que se mueven) me era más que familiar, con lo que pude participar en la conversación sin miedo a pifiarla. Otra cosa no, pero de Umbral uno se lo ha leído casi todo, era seguro que ninguno de mis compañeros de mesa iba a pillarme en falta.
A los postres, hubo turno de preguntas. Y Paco Umbral (en un tono balbuciente, ancianísimo) las fue leyendo una a una y contestándolas mal que bien. Más mal que bien, la verdad. A mí me dio mucha pena ver lo mayor y trabado que está el hombre. Independientemente de su ser como persona, está el escritor, ahora mediocre y repetitivo, pero un renovador del lenguaje no hace tanto.
Para terminar, varias perlas del personaje:
–Digamos la Península, porque decir España está mal visto, se ha vuelto un poco gay.
–En general, los periodistas podemos felicitarnos, hemos ganado en libertad con la democracia: hoy en día se puede hablar de todo.
–Mi devoción por Cela es absoluta. En "Cela, un cadáver exquisito", se aludía a un nudo de complicaciones, mayormente femeninas (risas entre el público), que salieron a la luz cuando se murió Camilo.
–La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo. Luego, si te pagan por ello, mucho mejor.
En fin. Una jornada para el recuerdo.
La comida de ayer con Francisco Umbral fue, cuando menos, interesante. Era en el ABC Serrano, a las dos de la tarde. Llegué puntual, y aún tuve tiempo para fumarme un cigarrillo nervioso a la puerta, no en vano estaba a punto a conocer a uno de los escritores que más me han influido y que, de algún modo, decidieron mi vocación. En la terraza de la cuarta planta, me encontré con toda la feria de las vanidades en pleno. El autor, hierático y sin gafas, con la mirada gavilana oculta entre los pliegues de la carne y una torpeza en sus movimientos más que preocupante, se sentaba en una silla a la sombra de unos macizos de flores, mientras los fotógrafos apuntaban con cuidado sus objetivos una y otra vez sobre la piel blanquísima de Umbral. Grupitos dispersos hablaban animadamente al tiempo que se movían por el rectángulo que era la azotea (entreví a Raúl del Pozo, un trasunto de Pepe Sancho pero en político de raza, idénticos rasgos de madurito interesante, misma sonrisa picarona, un moreno anacrónico y la mata de pelo, blanca pero todavía abundante, alborotada al viento; también a Ángel Antonio Herrera, vestido de negro, como un mosquetero de las letras, botas relucientes de puntera exagerada, una cazadora de cuero chulísima, tío, y la melena larga, oscura, apelmazada sobre los hombros de poeta maldito –pero cronista del mundo rosa más que bien pagado). Otros en fin, sin el aura de éxito de algunos, apuraban sus copas en solitario, como yo mismo. Algo intimidado, puse cara de "este tipo de eventos son mi desayuno de cada día", busqué un lugar discretito desde el que observar sin ser demasiado visto y agarré al vuelo la primera cerveza que me ofreció uno de los camareros. Esto del alcohol me sucede siempre: si bebo una o dos cañas (no más, entonces el efecto es negativo) soy capaz de encarar situaciones que, de otro modo, me superarían. Maldita timidez. No bien me posicioné en mi esquina, un rumor sordo y creciente, a mis espaldas, me avisó de que alguien importante llegaba. Resulta curioso cómo, antes de que el prócer en cuestión aparezca, viene siempre precedido del ruido de sables que su presencia concita. En efecto, rodeados por una manada de guardaespaldas –altos y macizos, como dogos amaestrados que comen de la mano de sus señores y gruñen, disuasorios, al resto de los mortales–, hicieron acto de presencia ("Venimos sólo a saludar, no podemos quedarnos", decía ella con voz cantarina) Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy. Pasaron por mi lado y se acercaron al escritor, que lentamente se levantó, con visible esfuerzo, de su asiento y les hizo los honores.
–Don Francisco, no te levantes–, sonreía Esperanza.
Quien, por cierto, me llamó la atención por lo bien conservada que está. La cara es la cara, qué le vamos a hacer (y ella no puede negar en la forma de mirar y de atender una cierta idiocia, a medio camino entre la sumisión y el saber estar de señora de toda la vida), pero el cuerpazo de la presidenta es digno de mención: delgada y muy elegante, el traje pantalón le modelaba unas piernas largas y finas, una cintura estrecha y flexible, un culo poderoso, rotundo, en absoluto acorde con su edad. Rajoy, con aire decimonónico y monacal, de señor feudal que visita sus tierras, palmeaba el brazo de Umbral mientras se interesaba por su salud. España, la mujer del homenajeado, cuchicheaba al oído de Aguirre, y los cámaras de televisión más los fotógrafos eran un enjambre de moscardones furiosos por inmortalizar el encuentro. Yo estaba a unos dos metros, sorbiendo de a poquito mi caña (que entraba como dios y me despejaba de una resaca monumental, recuerdo de la noche previa), asistiendo a todo aquello con manifiesto interés, no todos los días se encuentra uno con parte de la cúpula política del país.
Nada más irse los dos, que por lo visto llevaban mucha prisa, pasamos al salón. Suelo enmoquetado, lujo discreto, mesas redondas para seis comensales cada una. Umbral, cogido del brazo de uno de los mandamases de Planeta, caminaba a pasos cansados, envarado y muy puesto en su papel de escritor consagrado que gusta a las marquesas y se tira a las colegialas tísicas. Un triste recuerdo del bohemio de izquierdas que él se creó como sello de fábrica (nunca fue, en realidad, ni lo uno ni lo otro). Ya sentados a las mesas, hubo un discursito de Raúl del Pozo, que ejerció de padrino del libro ("Días felices en Argüelles"), bien escrito pero mal leído, y con ribetes umbralianos clarísimos: todos se impregnan de su prosa antropófaga, caen rendidos a sus pies de barro y oro. De toda la introducción lírica, una frase me llamó poderosamente la atención: "No cruza por sus páginas la maldad". Momentos antes afirmaba que en el libro de memorias (el enésimo) no hablaba bien de nadie excepto de su gata, así que la contradicción es patente. A ver si a Del Pozo también se le va la cabeza...
Aplausos tibios y respuesta inconexa del autor. Recordó los años sesenta y setenta, cuando ambos se conocieron y fueron activos periodistas de la cosa pública: "Somos bandidos por naturaleza... Hoy estamos humildemente acomodados (sic) pero no le robamos nada a nadie, ni siquiera metáforas a los clásicos, que siempre son los mismos". Nuevos aplausos, algo más cálidos en esta ocasión, que quien hablaba es un Cervantes y un hombre póstumo de sí mismo.
Comimos. En mi mesa éramos seis, dos fotógrafos y cuatro periodistas, uno de ellos de postín (P C). Apenas necesitamos estímulos para charlar (pero yo me pasé de la cerveza al vino, blanco y tinto, por si acaso), porque uno de los fotógrafos, cuarentón de voz bronca y gesto inteligente, se despachó a gusto con la sociedad española en general. A todo lo que decía, le añadía una coletilla: "Vamos a ser claros de una vez, coño; llamemos a las cosas por su nombre". Así, con la estatua de Franco que han retirado de Nuevos Ministerios, el mundo del rock, las relaciones hombre/mujer, etcétera. Yo pasé bien el trago, que no fue tan amargo como esperaba. Me explico: en las últimas comidas de este tipo a las que he acudido, yo hacía la crítica gastronómica, terreno en el que no me sentía del todo seguro, consciente de lo poco gastrónomo que soy (una nulidad, vaya). En esos casos, para que no se notara que no domino la materia, estaba siempre en guardia para no meter la pata, y ni lograba relajarme ni disfrutaba. Pero ayer, el tema de conversación (la literatura, los literatos y el mundo en que se mueven) me era más que familiar, con lo que pude participar en la conversación sin miedo a pifiarla. Otra cosa no, pero de Umbral uno se lo ha leído casi todo, era seguro que ninguno de mis compañeros de mesa iba a pillarme en falta.
A los postres, hubo turno de preguntas. Y Paco Umbral (en un tono balbuciente, ancianísimo) las fue leyendo una a una y contestándolas mal que bien. Más mal que bien, la verdad. A mí me dio mucha pena ver lo mayor y trabado que está el hombre. Independientemente de su ser como persona, está el escritor, ahora mediocre y repetitivo, pero un renovador del lenguaje no hace tanto.
Para terminar, varias perlas del personaje:
–Digamos la Península, porque decir España está mal visto, se ha vuelto un poco gay.
–En general, los periodistas podemos felicitarnos, hemos ganado en libertad con la democracia: hoy en día se puede hablar de todo.
–Mi devoción por Cela es absoluta. En "Cela, un cadáver exquisito", se aludía a un nudo de complicaciones, mayormente femeninas (risas entre el público), que salieron a la luz cuando se murió Camilo.
–La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo. Luego, si te pagan por ello, mucho mejor.
En fin. Una jornada para el recuerdo.
SORPRESA, SORPRESA
Acabo de hablar con Mara, que de nuevo ha de pasar por el quirófano, esta vez por un problema de estrógenos que le repercute en el útero. Se lo extirparán pasado mañana. Será en una clínica de Torrelodones, privada y carísima –ya se encargó, a lo largo de la conversación, de dejarlo claro. Espero que todo le vaya bien; seguiremos en contacto. La pobre mujer no levanta cabeza, lo de que al perro flaco todo son pulgas se cumple en ella a la perfección. Ha vuelto a engordar pero se encuentra bien de ánimo, con muchas ganas de escribir, dice, y muchas historias para contar. También apuntó por ahí una aventurilla que ha vivido hace poco ("Ya te contaré, muy divertida") y un posible viaje a Brasil para el verano. Me preguntó cómo me encuentro, y hube de hacer la comedia de la depresión.
–¿Cómo estás, Cornelio?
–Así, así. Utilizo el móvil sólo como teléfono fijo, por eso no respondo a tus llamadas.
–Bueno. Lo que tienes que hacer es poner las cosas sobre la mesa y enfrentarte a ellas.
–He pensado en ir al psicólogo.
–Eso no serviría de nada, créeme. La gente como tú y como yo, que somos seres emocionalmente fuertes y muy inteligentes, nos los comemos con patatas. Piensa que el ochenta por ciento de los psicólogos son gente con una personalidad muy débil (sic). Hazme caso: saca los problemas que llevas dentro y ponles nombre, como hizo Yaveh en el Génesis...
Menudo consejo para una persona que supuestamente está pasando por un bache depresivo. Si yo estuviera mal de verdad, su concepto de "autopsicoanalícese, que algo queda" podría ser letal. Le di las gracias y, cuando colgué, no pude evitar un sentimiento de desprecio hacia mí mismo por engañarla de tal manera. En lugar de ser valiente y decirle que no me apetece verla (no como antes de mi espantada del último verano), que es un vampiro chupasangre para cuantos la rodean, me escudo en una enfermedad imaginaria y así voy quitándomela de encima. No estoy nada orgulloso de mi actitud.
Ya escribí un cuento, hace años, en que presenté un personaje femenino basado, casi al milímetro, en ella. Cuando lo leyó –y yo temía que se viera reflejada al instante–, fue una sorpresa el comprobar que no se reconocía en aquel ser, y que el concepto que tiene de sí misma es claramente opuesto. La eterna dicotomía entre lo que pensamos que somos y cómo nos ven realmente los demás. Luego, para liar aún más la cosa, está el cómo somos de veras.
Comido con M S y M. En el cumpleaños de este último, que alcanza la cúspide de los veintitodos. Ay, cómo pasa el tiempo, tan en silencio. Del adolescente que conocí (y me enamoró durante varios años) poco queda hoy. M ha crecido como persona, y se ha convertido en quien es. Un tipo complejo y de personalidad apasionante, así las tiene, enamoradas a pares. Está muy liado con el trabajo –artículos diversos para varias publicaciones– y se le presenta un día bastante movidito, sin él saberlo. Su amiga Susana se ha encargado de organizarle una fiesta sorpresa en casa de él, a la que yo asistiré pero algo más tarde, cuando salga de la redacción. Me alegra no estar al principio, me ponen muy nervioso todo tipo de sorpresas y no me veo gritando cumpleaños feliz mientras le tiro a M confeti por encima de la cabeza. Es mi timidez maldita y ese carácter asilvestrado (muy poco romántico) que me caracteriza.
–¿Cómo estás, Cornelio?
–Así, así. Utilizo el móvil sólo como teléfono fijo, por eso no respondo a tus llamadas.
–Bueno. Lo que tienes que hacer es poner las cosas sobre la mesa y enfrentarte a ellas.
–He pensado en ir al psicólogo.
–Eso no serviría de nada, créeme. La gente como tú y como yo, que somos seres emocionalmente fuertes y muy inteligentes, nos los comemos con patatas. Piensa que el ochenta por ciento de los psicólogos son gente con una personalidad muy débil (sic). Hazme caso: saca los problemas que llevas dentro y ponles nombre, como hizo Yaveh en el Génesis...
Menudo consejo para una persona que supuestamente está pasando por un bache depresivo. Si yo estuviera mal de verdad, su concepto de "autopsicoanalícese, que algo queda" podría ser letal. Le di las gracias y, cuando colgué, no pude evitar un sentimiento de desprecio hacia mí mismo por engañarla de tal manera. En lugar de ser valiente y decirle que no me apetece verla (no como antes de mi espantada del último verano), que es un vampiro chupasangre para cuantos la rodean, me escudo en una enfermedad imaginaria y así voy quitándomela de encima. No estoy nada orgulloso de mi actitud.
Ya escribí un cuento, hace años, en que presenté un personaje femenino basado, casi al milímetro, en ella. Cuando lo leyó –y yo temía que se viera reflejada al instante–, fue una sorpresa el comprobar que no se reconocía en aquel ser, y que el concepto que tiene de sí misma es claramente opuesto. La eterna dicotomía entre lo que pensamos que somos y cómo nos ven realmente los demás. Luego, para liar aún más la cosa, está el cómo somos de veras.
Comido con M S y M. En el cumpleaños de este último, que alcanza la cúspide de los veintitodos. Ay, cómo pasa el tiempo, tan en silencio. Del adolescente que conocí (y me enamoró durante varios años) poco queda hoy. M ha crecido como persona, y se ha convertido en quien es. Un tipo complejo y de personalidad apasionante, así las tiene, enamoradas a pares. Está muy liado con el trabajo –artículos diversos para varias publicaciones– y se le presenta un día bastante movidito, sin él saberlo. Su amiga Susana se ha encargado de organizarle una fiesta sorpresa en casa de él, a la que yo asistiré pero algo más tarde, cuando salga de la redacción. Me alegra no estar al principio, me ponen muy nervioso todo tipo de sorpresas y no me veo gritando cumpleaños feliz mientras le tiro a M confeti por encima de la cabeza. Es mi timidez maldita y ese carácter asilvestrado (muy poco romántico) que me caracteriza.
CASOS Y TIPOS
La jornada de ayer en el periódico: inenarrable. Jamás tuve tantas páginas para leer, aquello parecía una maratón de letra impresa, por un instante pensé que no sería capaz de terminar a tiempo. Pero pude con ello. Cuando ya habíamos terminado, a punto de irme, M-L R me comentó en un aparte que quieren contratar a otro corrector para liberarme un poco de trabajo... no sé, no sé. Temo que sea una persona mejor preparada que yo (lo cual no es difícil: no soy filólogo, lo mío es escribir, y funciono más bien por una intuición macerada con muchas horas de lectura a mis espaldas). ¿Qué sucederá el día en que surja una duda y el nuevo corrector me ponga en un aprieto? Miedo me da, entonces se comprobaría que soy un fiasco con patas. Bueno, non ti preocupare, Cornelio, lo que sea será.
Sueño de esta noche. Yo caminaba por Santander, una ciudad muy diferente a la que conozco, como si hubiera pasado por ella el ciclón de la guerra y aquello fueran las ruinas bombardeadas de lo que antaño habían sido calles y avenidas bien conservadas. Ni rastro de vida animal entre los escombros, algunas zonas expelían un humo negro y maloliente, a carne quemada. Una especie de zona cero en medio de un paisaje apocalíptico y lunar. De repente, estaba muy cerca del barrio de Porrúa, donde durante más de treinta años viviera la abuela Carmen, hasta que sufrió la trombosis que la confinó en una silla de ruedas y acabó con su independencia. Buscaba el edificio sin dar con él, todo era diferente, estaba cambiado. Recordaba el nombre de la calle (Portugal) y para cuando la encontré, después de muchas vueltas, el color arenoso de las fachadas, las paredes con profundas heridas en forma de desconchado y el aluminio feo de los portales, todo, era tal y como aún debe ser. Vi que ya no era una calle propiamente dicha: las dos hileras de edificios que la acotaban habían sido unidas desde arriba por una especie de techumbre gigante de uralita, así que ahora era un pasaje oscuro, como una especie de túnel negro y alargado. Entraba en él, y me ponía a buscar, con una cierta desazón, el piso de la abuela, un tercero sin ascensor al que se accedía a través de unas escaleras estrechas y cubiertas de baldosas en tonos grises. Tenía curiosidad por ver si la casa aún existía, si habían hecho obra o por el contrario conservaba su apariencia primigenia. En el sueño me parece que la hallé, pero no consigo ponerlo en claro una vez que estoy despierto. Sé que por ahí, como salida de la nada, aparecía la tía Peque –que vive muy cerca– y no tengo ni idea de lo que hablamos, aunque nos tiramos un buen rato contándonos cosas. El despertar fue agridulce: una gran nostalgia por algo que no ha de volver (la abuela y aquellos mediodías en su comedor, comiendo unos platos malísimos –la mujer cocinaba pésimo– y charlando sobre infinidad de cosas, sobre todo acerca de sus recuerdos más antiguos, de infancia y juventud) junto con la desazón al descubrir que todo estaba cambiado y sin embargo conservaba un rastro de lo que fue.
Tipos humanos. Al levantarme (el recuerdo de mi abuela paterna desapareciendo con los últimos girones del sueño), una amiga de mi prima que anda de visita por la capi y se quedará en casa hasta el domingo estaba viendo la tele en el salón. Nos saludamos. Por lo visto la conozco de algo (según me dijo), yo hice como que la recordaba, aunque sin las gafas –uno es presumido y no se muestra con ellas así como así– su rostro era impenetrable. Alta y rubia, estuve muy sociable con ella, como soy cuando quiero ganarme a alguien y estoy en vena.
–Al salir, ¿cierro arriba y abajo?–, me preguntó antes de que yo entrara en el baño.
–Sí, mejor cierras en ambas. Es que cuando vine a vivir aquí sólo había una cerradura y mi compañera de piso era una histérica que estaba empeñada en que cualquier día entrarían a robarnos.
–¿Sí?
–Como te lo cuento. Más de una vez, si yo había salido de marcha y volvía a las tantas un poco bolinga, me la encontraba esperándome tras la puerta de la cocina con un cuchillo en la mano y atacada de los nervios porque al oír ruido pensaba que eran ladrones. No sé quién de los dos gritaba más. Estoy vivo de milagro.
Se reía de la anécdota, con un deje muy santanderino en la voz, engolada y algo pija. Le pregunté si conocía Madrid.
–Bastante bien. A los dieciocho años viví aquí una temporada.
–Ahora es cuando yo me pongo en plan caballero y te digo que de eso hará, como muchísimo, un año...
–Ja, ja... No fuera malo. Voy a cumplir veintiséis.
–Pues pareces tu hermana pequeña–, contesté tratando de distinguirla entre brumas miopes.
Volvió a reírse. Antes de marchar, me arrancó la promesa de que esta noche nos tomamos unas cañas. Yo pensaba irme directo para la piltra, pero en fin... No me pierdo ni una, luego no me extraña que llegue el finde y esté muerto de cansancio.
Otro tipo humano. Lolo, cliente de un bar al que voy de vez en cuando. Rondará la cincuentena, orondo (aunque no gordo, más bien hinchado como un pavo relleno), con una gran papada que le cuelga de las mejillas lustrosas, brillantes y aceitosas, ojos grandes, reidores –ojos andaluces, se me ocurre escribir, no sé por qué–, naricilla respingona y pequeña en comparación con el rostro casi redondo, grandes gafas doradas, un moreno de solarium a todas luces excesivo y que hace daño a la vista, cabello blanco ahuecado hacia atrás, de rockero insurgente, mucho meneo de manos y teatralidad a lo Marujita Díaz pero en loca de barrio. Que es más sano. Venía de comprarse unos pantalones y un cinturón en Zara (blancos, siempre que le he visto por ahí va de blanco inmaculado, supongo que para resaltar lo más posible el moreno fosforito).
–Bajé a por unos polvos para mis rosales, que están hermosísimos pero han criado pulgones. Claro que, chico, entré en Zara y no me pude resistir, ¿a que son una preciosidad? A los rosales, que les den.
Mucho oro por centímetro cuadrado: dorado en los anillos, uno de ellos un sello enorme, en las pulseras, en las cadenas. Toda la joyería del mundo en manos y cuello, parecía un bazar andante. Es un hombre simpático, vividor y jaranero.
–Yo, en cuanto abren las piscinas, allá que voy cada día hasta fin de temporada. Me encanta el sol, soy como un lagarto. Y luego, claro, veo a cada ejemplar (aquí un gritito largo). Unos muchachos que me vuelven loco. Salgo malísimo de allí, qué torsos, qué brazos, qué muslos, qué pollas se les adivinan bajo los bañadores... Uff, cariño, me pongo enfermo sólo de pensarlo.
¿A esto llegaré? Espero que no. Como especimen que observar, está bien. Pero no me gustaría verme un día reflejado en el espejo con esta facha. Aunque el señor parece feliz tal y como es. No lo dudo.
Sueño de esta noche. Yo caminaba por Santander, una ciudad muy diferente a la que conozco, como si hubiera pasado por ella el ciclón de la guerra y aquello fueran las ruinas bombardeadas de lo que antaño habían sido calles y avenidas bien conservadas. Ni rastro de vida animal entre los escombros, algunas zonas expelían un humo negro y maloliente, a carne quemada. Una especie de zona cero en medio de un paisaje apocalíptico y lunar. De repente, estaba muy cerca del barrio de Porrúa, donde durante más de treinta años viviera la abuela Carmen, hasta que sufrió la trombosis que la confinó en una silla de ruedas y acabó con su independencia. Buscaba el edificio sin dar con él, todo era diferente, estaba cambiado. Recordaba el nombre de la calle (Portugal) y para cuando la encontré, después de muchas vueltas, el color arenoso de las fachadas, las paredes con profundas heridas en forma de desconchado y el aluminio feo de los portales, todo, era tal y como aún debe ser. Vi que ya no era una calle propiamente dicha: las dos hileras de edificios que la acotaban habían sido unidas desde arriba por una especie de techumbre gigante de uralita, así que ahora era un pasaje oscuro, como una especie de túnel negro y alargado. Entraba en él, y me ponía a buscar, con una cierta desazón, el piso de la abuela, un tercero sin ascensor al que se accedía a través de unas escaleras estrechas y cubiertas de baldosas en tonos grises. Tenía curiosidad por ver si la casa aún existía, si habían hecho obra o por el contrario conservaba su apariencia primigenia. En el sueño me parece que la hallé, pero no consigo ponerlo en claro una vez que estoy despierto. Sé que por ahí, como salida de la nada, aparecía la tía Peque –que vive muy cerca– y no tengo ni idea de lo que hablamos, aunque nos tiramos un buen rato contándonos cosas. El despertar fue agridulce: una gran nostalgia por algo que no ha de volver (la abuela y aquellos mediodías en su comedor, comiendo unos platos malísimos –la mujer cocinaba pésimo– y charlando sobre infinidad de cosas, sobre todo acerca de sus recuerdos más antiguos, de infancia y juventud) junto con la desazón al descubrir que todo estaba cambiado y sin embargo conservaba un rastro de lo que fue.
Tipos humanos. Al levantarme (el recuerdo de mi abuela paterna desapareciendo con los últimos girones del sueño), una amiga de mi prima que anda de visita por la capi y se quedará en casa hasta el domingo estaba viendo la tele en el salón. Nos saludamos. Por lo visto la conozco de algo (según me dijo), yo hice como que la recordaba, aunque sin las gafas –uno es presumido y no se muestra con ellas así como así– su rostro era impenetrable. Alta y rubia, estuve muy sociable con ella, como soy cuando quiero ganarme a alguien y estoy en vena.
–Al salir, ¿cierro arriba y abajo?–, me preguntó antes de que yo entrara en el baño.
–Sí, mejor cierras en ambas. Es que cuando vine a vivir aquí sólo había una cerradura y mi compañera de piso era una histérica que estaba empeñada en que cualquier día entrarían a robarnos.
–¿Sí?
–Como te lo cuento. Más de una vez, si yo había salido de marcha y volvía a las tantas un poco bolinga, me la encontraba esperándome tras la puerta de la cocina con un cuchillo en la mano y atacada de los nervios porque al oír ruido pensaba que eran ladrones. No sé quién de los dos gritaba más. Estoy vivo de milagro.
Se reía de la anécdota, con un deje muy santanderino en la voz, engolada y algo pija. Le pregunté si conocía Madrid.
–Bastante bien. A los dieciocho años viví aquí una temporada.
–Ahora es cuando yo me pongo en plan caballero y te digo que de eso hará, como muchísimo, un año...
–Ja, ja... No fuera malo. Voy a cumplir veintiséis.
–Pues pareces tu hermana pequeña–, contesté tratando de distinguirla entre brumas miopes.
Volvió a reírse. Antes de marchar, me arrancó la promesa de que esta noche nos tomamos unas cañas. Yo pensaba irme directo para la piltra, pero en fin... No me pierdo ni una, luego no me extraña que llegue el finde y esté muerto de cansancio.
Otro tipo humano. Lolo, cliente de un bar al que voy de vez en cuando. Rondará la cincuentena, orondo (aunque no gordo, más bien hinchado como un pavo relleno), con una gran papada que le cuelga de las mejillas lustrosas, brillantes y aceitosas, ojos grandes, reidores –ojos andaluces, se me ocurre escribir, no sé por qué–, naricilla respingona y pequeña en comparación con el rostro casi redondo, grandes gafas doradas, un moreno de solarium a todas luces excesivo y que hace daño a la vista, cabello blanco ahuecado hacia atrás, de rockero insurgente, mucho meneo de manos y teatralidad a lo Marujita Díaz pero en loca de barrio. Que es más sano. Venía de comprarse unos pantalones y un cinturón en Zara (blancos, siempre que le he visto por ahí va de blanco inmaculado, supongo que para resaltar lo más posible el moreno fosforito).
–Bajé a por unos polvos para mis rosales, que están hermosísimos pero han criado pulgones. Claro que, chico, entré en Zara y no me pude resistir, ¿a que son una preciosidad? A los rosales, que les den.
Mucho oro por centímetro cuadrado: dorado en los anillos, uno de ellos un sello enorme, en las pulseras, en las cadenas. Toda la joyería del mundo en manos y cuello, parecía un bazar andante. Es un hombre simpático, vividor y jaranero.
–Yo, en cuanto abren las piscinas, allá que voy cada día hasta fin de temporada. Me encanta el sol, soy como un lagarto. Y luego, claro, veo a cada ejemplar (aquí un gritito largo). Unos muchachos que me vuelven loco. Salgo malísimo de allí, qué torsos, qué brazos, qué muslos, qué pollas se les adivinan bajo los bañadores... Uff, cariño, me pongo enfermo sólo de pensarlo.
¿A esto llegaré? Espero que no. Como especimen que observar, está bien. Pero no me gustaría verme un día reflejado en el espejo con esta facha. Aunque el señor parece feliz tal y como es. No lo dudo.
BUEN TIEMPO
Anunciaban –meteorólogos agoreros– para este fin de semana poco menos que una réplica a escala del Diluvio Universal, y además de renunciar a hacer la colada (para qué, si no iba a poder colgar la ropa), empezaba a plantearme largas sesiones al calor del amor en mi salón, con cine a tutiplén y comida como para un regimiento. Luego resulta que los cielos se han mantenido obstinados en su ser azul, el frío se ha retirado de las calles hacia sus cuarteles de invierno (nunca mejor dicho), donde alguna Reina de las Nieves jugará al escondite con él, y yo he recibido este buen tiempo como lo que es: un regalo inesperado y maravilloso. Da gusto pasear con el abrigo abierto y la bufanda al cuello, sí, pero más como un aditamento estético que por una necesidad impuesta desde la climatología adversa.
Estoy en La Antorcha, acabo de terminar el artículo de turno (sin referencias a doña Espe, para evitar fricciones con la cúpula del periódico) y dejo pasar dulcemente el tiempo hasta que llegue la hora de ir a trabajar. Anoche, después de quedar con E y Eva para hacernos un cine (la película era española y bastante mal contada, "Para que no me olvides"; no vuelvo a hacer caso de las recomendaciones de M, está claro que nuestros gustos en cuestión de cine son opuestos), hubo la consabida ronda por Malasaña, sin Evísima –con dolores menstruales– y con J&A. Ninguno de nosotros estuvo especialmente animado, tengo la impresión de que alargábamos el momento de separarnos por pura inercia, nada más. Yo no deseaba más que dar cuanto antes carpetazo a la noche. Como no me acosté tarde (sobre las cuatro), hoy he amanecido muy descansado: ahora coqueteo con A y me dejo querer. Que buena falta hace. Ya siento, como marea envolvente, la sensualidad de la primavera.
Estoy en La Antorcha, acabo de terminar el artículo de turno (sin referencias a doña Espe, para evitar fricciones con la cúpula del periódico) y dejo pasar dulcemente el tiempo hasta que llegue la hora de ir a trabajar. Anoche, después de quedar con E y Eva para hacernos un cine (la película era española y bastante mal contada, "Para que no me olvides"; no vuelvo a hacer caso de las recomendaciones de M, está claro que nuestros gustos en cuestión de cine son opuestos), hubo la consabida ronda por Malasaña, sin Evísima –con dolores menstruales– y con J&A. Ninguno de nosotros estuvo especialmente animado, tengo la impresión de que alargábamos el momento de separarnos por pura inercia, nada más. Yo no deseaba más que dar cuanto antes carpetazo a la noche. Como no me acosté tarde (sobre las cuatro), hoy he amanecido muy descansado: ahora coqueteo con A y me dejo querer. Que buena falta hace. Ya siento, como marea envolvente, la sensualidad de la primavera.
BRASILEIRO
En mi primer día libre del finde, salgo de casa para huir de la sobredosis de 11-M que acapara todas las televisiones. No soporto cierta instrumentalización de las víctimas –de uno y otro bando, como si esto fuera un partido en que los políticos hacen la función de árbitro, las víctimas son el balón de unos jugadores fantasma y los demás conformamos el público, que aplaude o silba las jugadas, según–, el regodeo en lo morboso que hoy he entrevisto en la tele, en todos y cada uno de los canales (María Teresa Campos y Ana Rosa Quintana con gesto grave e "histórico"), y los actos organizados en torno al aniversario. No me extraña que muchos de los afectados por la masacre (los que se lo hayan podido permitir, claro) prefirieran salir del país durante estos días. Eso que se ahorran.
A pesar de haberme acostado a las siete y media, no dormí ni cuatro horas y luego he estado haraganeando hasta las cinco. Comí con Anita, que se encuentra bastante recuperada de su catarro, y nos pusimos al día respectivamente de nuestra semana, porque cuando yo trabajo nos vemos más bien poco.
Anoche rompí con mi abstinencia y me llevé a la cama a K, brasileño de veinte años, cuerpazo y lampiño, un gusto para los sentidos. Apenas hablamos, su español no daba para mucho. Y como lo que yo buscaba era un polvo sin mayores, cumplió de sobra su papel de kleenex. Al terminar la función, me pidió una ducha y, como un niño bueno y bien educado, se fue para su casa. No hemos intercambiado teléfonos.
Antes de conocer a K, me di de bruces con JM, más quijotesco que nunca y hablando del único tema –su particular desvarío– que le interesa: una gran cruzada contra la homofobia interiorizada del mundo en general. Estaba sin dinero y me comentó que era la primera noche que salía después de cinco o seis días encerrado en su cueva, sin lavarse ni afeitarse... Le invité a cigarrillos y a un zumo de piña, tan mal le vi. El desmoronamiento vital de este hombre me da mucha lástima. Ya nunca podremos ser amigos, pero aún me provoca sentimientos de ternura y simpatía. Siempre y cuando no se toque su tema, es una persona cabal y muy inteligente.
A pesar de haberme acostado a las siete y media, no dormí ni cuatro horas y luego he estado haraganeando hasta las cinco. Comí con Anita, que se encuentra bastante recuperada de su catarro, y nos pusimos al día respectivamente de nuestra semana, porque cuando yo trabajo nos vemos más bien poco.
Anoche rompí con mi abstinencia y me llevé a la cama a K, brasileño de veinte años, cuerpazo y lampiño, un gusto para los sentidos. Apenas hablamos, su español no daba para mucho. Y como lo que yo buscaba era un polvo sin mayores, cumplió de sobra su papel de kleenex. Al terminar la función, me pidió una ducha y, como un niño bueno y bien educado, se fue para su casa. No hemos intercambiado teléfonos.
Antes de conocer a K, me di de bruces con JM, más quijotesco que nunca y hablando del único tema –su particular desvarío– que le interesa: una gran cruzada contra la homofobia interiorizada del mundo en general. Estaba sin dinero y me comentó que era la primera noche que salía después de cinco o seis días encerrado en su cueva, sin lavarse ni afeitarse... Le invité a cigarrillos y a un zumo de piña, tan mal le vi. El desmoronamiento vital de este hombre me da mucha lástima. Ya nunca podremos ser amigos, pero aún me provoca sentimientos de ternura y simpatía. Siempre y cuando no se toque su tema, es una persona cabal y muy inteligente.
ARTÍCULO
Anoche fue un tanto patético el fin de fiesta. Después de unas horas en amor y compañía con los crápulas del curro (somos una orden mendicante –de cervezas– que crece a buen ritmo), decidí que no quería dormir solo y me lancé a esos bajos fondos de dios a la búsqueda de una tierna paloma a la que hincarle el diente. Lo único que conseguí fue ligar con un pesado que estaba empeñado en darme un masaje... Para cuando conseguí quitármelo de encima, ya estaban encendiendo las luces y echándonos a todos del local. Así que me fui, pasito a paso, hasta mi casa, calenté un poco de la lasaña de tía Ana y vi, entre brumas etílicas, el último capítulo de "Aquí no hay quien viva".
Definitivamente, por cuestiones ajenas a la redacción, no se publica la columna. El caso es que no me apetece que se pierda, así que la copio aquí, para que conste en acta (y para atenuar mi frustración de articulista censurado):
LA CARIDAD MAL ENTENDIDA
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha bajado al metro para encontrarse con el pueblo, así, sin red. A pelo. Como una aparición mariana, pero mejor vestida, qué duda cabe. Y con ropa de marca. Un baño de cotidianidad que la ha rejuvenecido, no hay más que verla: está guapetona doña Esperanza, con su cutis perfumado de presidencias (la de la Comunidad más la del PP madrileño) y su cabello bien peinado a lo chica Telva, que se lleva mucho entre la rancia progresía del Partido Popular. Esto de rancia progresía podría parecer una paradoja, y de hecho lo es. Se trata de reflejar una imagen moderna, aunque sin pasarse, manteniendo al mismo tiempo –por dentro, para que no se note demasiado– la férrea ideología que hace del PP ese partido que quisiera ser de centro y nunca pasa de una tibia derecha europeizante. De ahí para atrás, hasta las cavernas donde rugen Fraga y Álvarez-Cascos. Esperanza pone morritos de no enterarse de nada (de nada que no le interese, claro), observa con mirada sorprendida cuanto le rodea, da la mano a unos y a otros, se monta en los vagones y lanza exclamaciones de admiración ante lo que ve, como una colegiala a quien las monjitas llevaron de excursión, por excelente estudiante y mejor presidenta. “Pues tampoco está tan mal esto del metro, la gente es que se queja de vicio”, parece pensar mientras regala su sonrisa más electoral a quien quiera recogerla. A su séquito lo tiene frito a preguntas, porque son muchas novedades en un solo día y ella quiere saber, como Mercedes Milá pero en gran señora. Salir del palacio ducal es lo que tiene. Uno se mezcla con la plebe –que huele un poquito a sudor y a letras sin pagar, qué fastidio, pero no pasa nada: un buen Diorazo y como nueva– para tratar de entender a esas hormigas que, allá abajo, se rompen los cuernos por el pan suyo de cada día. Digo suyo porque Aguirre, probablemente, lo tiene más que asegurado: ella es rica por su casa (aparte de Dama del Imperio Británico, una cosita muy mona que viste mucho en fiestas y saraos). Pero es difícil comprender a quien madruga cada día y tiene problemas para llegar a fin de mes. Esperanza Aguirre, como tantos otros políticos de altura, necesita un cursillo acelerado que le ayude a moverse entre la clase media.
Para qué mentir, a estas alturas de artículo, sobre lo que pienso de la bajada a los infiernos de Esperanza/Rimbaud. No hay cosa que me ponga de peor humor que ver a nuestros políticos haciendo de Reyes Magos por un día, pasando la mano (envuelta en guantes de cabritilla) por la cabeza al populacho verbenero y tan poco de diseño. La normalidad es aburridísima, no destila glamour alguno. Parece que el tiempo no ha pasado por la Europa nuestra de cada día, menos por la España camisa blanca de mi Esperanza. Cuando, en los años previos a la Revolución de 1789, María Antonieta supo que el pueblo se quejaba porque no tenía pan, ensayó un mohín de fastidio y dijo: “Harían bien en comer bollos”. Con razón le cortaron la cabeza...
La hermosa cabeza de Aguirre no parece peligrar: la gente es muy tímida cuando se encuentra de sopetón con sus dirigentes, sólo acierta a balbucear unas palabras y generalmente no molesta con reivindicaciones incómodas. Menos bollos, menos sonrisas acrisoladas y menos “estudiaré su caso”. No se trata de poner un parche a la realidad, que te topes un buen día con el prócer de turno (tu alcalde, tu presidente regional, tu ministra de Vivienda), le caigas en gracia y te toque con su varita mágica. La política social, creo yo, es algo más que realizar obras de caridad. Las damas del PP diríase que se han quedado en chicas de la Cruz Roja, cuando era divertidísimo salir a postular para que los chinitos se convirtieran y comieran caliente al menos una vez al día. De tanto en tanto salen a la calle para hacer la obra pía del semestre y luego vuelven, reconfortadas y sintiéndose unas santas, a sus palacios de invierno. Afuera hace mucho frío, pero un baño de sales aromáticas, un buen masaje en la espalda, manicura y peluquería, y ya no olerán a humedad y a pueblo llano. Menudo incordio esto de mezclarse con la clase trabajadora, menos mal que siempre les quedarán Prada y Chanel.
Definitivamente, por cuestiones ajenas a la redacción, no se publica la columna. El caso es que no me apetece que se pierda, así que la copio aquí, para que conste en acta (y para atenuar mi frustración de articulista censurado):
LA CARIDAD MAL ENTENDIDA
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha bajado al metro para encontrarse con el pueblo, así, sin red. A pelo. Como una aparición mariana, pero mejor vestida, qué duda cabe. Y con ropa de marca. Un baño de cotidianidad que la ha rejuvenecido, no hay más que verla: está guapetona doña Esperanza, con su cutis perfumado de presidencias (la de la Comunidad más la del PP madrileño) y su cabello bien peinado a lo chica Telva, que se lleva mucho entre la rancia progresía del Partido Popular. Esto de rancia progresía podría parecer una paradoja, y de hecho lo es. Se trata de reflejar una imagen moderna, aunque sin pasarse, manteniendo al mismo tiempo –por dentro, para que no se note demasiado– la férrea ideología que hace del PP ese partido que quisiera ser de centro y nunca pasa de una tibia derecha europeizante. De ahí para atrás, hasta las cavernas donde rugen Fraga y Álvarez-Cascos. Esperanza pone morritos de no enterarse de nada (de nada que no le interese, claro), observa con mirada sorprendida cuanto le rodea, da la mano a unos y a otros, se monta en los vagones y lanza exclamaciones de admiración ante lo que ve, como una colegiala a quien las monjitas llevaron de excursión, por excelente estudiante y mejor presidenta. “Pues tampoco está tan mal esto del metro, la gente es que se queja de vicio”, parece pensar mientras regala su sonrisa más electoral a quien quiera recogerla. A su séquito lo tiene frito a preguntas, porque son muchas novedades en un solo día y ella quiere saber, como Mercedes Milá pero en gran señora. Salir del palacio ducal es lo que tiene. Uno se mezcla con la plebe –que huele un poquito a sudor y a letras sin pagar, qué fastidio, pero no pasa nada: un buen Diorazo y como nueva– para tratar de entender a esas hormigas que, allá abajo, se rompen los cuernos por el pan suyo de cada día. Digo suyo porque Aguirre, probablemente, lo tiene más que asegurado: ella es rica por su casa (aparte de Dama del Imperio Británico, una cosita muy mona que viste mucho en fiestas y saraos). Pero es difícil comprender a quien madruga cada día y tiene problemas para llegar a fin de mes. Esperanza Aguirre, como tantos otros políticos de altura, necesita un cursillo acelerado que le ayude a moverse entre la clase media.
Para qué mentir, a estas alturas de artículo, sobre lo que pienso de la bajada a los infiernos de Esperanza/Rimbaud. No hay cosa que me ponga de peor humor que ver a nuestros políticos haciendo de Reyes Magos por un día, pasando la mano (envuelta en guantes de cabritilla) por la cabeza al populacho verbenero y tan poco de diseño. La normalidad es aburridísima, no destila glamour alguno. Parece que el tiempo no ha pasado por la Europa nuestra de cada día, menos por la España camisa blanca de mi Esperanza. Cuando, en los años previos a la Revolución de 1789, María Antonieta supo que el pueblo se quejaba porque no tenía pan, ensayó un mohín de fastidio y dijo: “Harían bien en comer bollos”. Con razón le cortaron la cabeza...
La hermosa cabeza de Aguirre no parece peligrar: la gente es muy tímida cuando se encuentra de sopetón con sus dirigentes, sólo acierta a balbucear unas palabras y generalmente no molesta con reivindicaciones incómodas. Menos bollos, menos sonrisas acrisoladas y menos “estudiaré su caso”. No se trata de poner un parche a la realidad, que te topes un buen día con el prócer de turno (tu alcalde, tu presidente regional, tu ministra de Vivienda), le caigas en gracia y te toque con su varita mágica. La política social, creo yo, es algo más que realizar obras de caridad. Las damas del PP diríase que se han quedado en chicas de la Cruz Roja, cuando era divertidísimo salir a postular para que los chinitos se convirtieran y comieran caliente al menos una vez al día. De tanto en tanto salen a la calle para hacer la obra pía del semestre y luego vuelven, reconfortadas y sintiéndose unas santas, a sus palacios de invierno. Afuera hace mucho frío, pero un baño de sales aromáticas, un buen masaje en la espalda, manicura y peluquería, y ya no olerán a humedad y a pueblo llano. Menudo incordio esto de mezclarse con la clase trabajadora, menos mal que siempre les quedarán Prada y Chanel.
DON ROMÁN
Primer atisbo de primavera en mucho tiempo. Bien envuelto en mi abrigo, con la bufanda al cuello y la boina de viejo, acabo de salir a la calle y me encuentro con el regalo inesperado de un día espléndido, sol y temperaturas algo más altas que las últimas semanas. Se nota en cómo camina la gente, con un suplemento de alegría en la mirada. Hemos sobrevivido al crudo invierno, parecen decir. Y es verdad que se echaban de menos los días largos, llenos de luz, de atardeceres cálidos. El sol es vida, energía, actividad desenfrenada. Este mediodía, al salir de casa, he recibido una inyección de optimismo.
Supe ayer, a través de Daniel P, que su tío Román murió hace una semana. El padre de quien fuera, por muchos años, mi mejor amigo. Menuda temporadita llevamos. Le recuerdo como un hombre feo, de enorme cabeza casi despoblada de pelo, una manera de hablar que podía resultar cómica –y para sus alumnos en el colegio, sin duda, fuente de inspiración para bromas y chanzas– y un magnífico fondo. Era un tipo de una bondad a prueba de apodos estudiantiles, desengaños amorosos y batacazos vitales. Tenía setenta y dos años, vivía desde hace más de una década con su madre (que le sobrevive, pobre mujer) y portaba un aura de tristeza, de dulce rendición, con gran dignidad. Debió de casarse muy enamorado, allá por el 60 o el 61, pero con el tiempo su matrimonio se torció. Pilar, su ex, no me parece un ser ni muy maduro ni muy equilibrado emocionalmente: en las fotografías de la boda, se la ve jovencita e ingenua, con un parecido asombroso con la más pequeña de sus hijos, Belén; para cuando yo la conocí, a mediados de los ochenta, era una arpía de labios finos, apretados en un gesto de enfado permanente, lengua viperina y muy cotilla. Bastante poco inteligente también. Ella se lió con un cura del colegio donde el pobre Román daba clase, así que, al estallar la cosa, el escándalo fue mayúsculo y marcó para siempre a toda la familia.
Ana, una de las mayores, recordaba haber hecho un viaje con Pilar al pueblo de los padres del sacerdote, y cómo a media noche se había despertado para comprobar que su madre no estaba en la cama de al lado. Durante el tiempo que duró su estancia allí, cada noche Pilar salía a hurtadillas del cuarto para encontrarse con su amante. Ana rondaría los doce o trece años. Y nunca lo olvidó. Roberto O, por su parte, además de las broncas monumentales que hubo de presenciar, todavía mucho después se encontró cartas del amor adúltero olvidadas en algún cajón de la cómoda. Al cura, una vez descubierto el pastel, lo enviaron lejos, la historia se rompió y en los inicios de nuestra amistad aún vivían ambos (Román y Pilar) bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones y sin apenas dirigirse la palabra. Yo venía de un hogar unido, todo cuanto había visto entre mis padres era respeto, cariño y confianza, así que fue un golpe el saber de una realidad tan dañada, de una familia tan desestructurada. Imagino lo que debe ser vivir bajo el mismo techo con alguien a quien amaste pero que ahora te desprecia. Incluso un día, delante mío, Pilar llamó calzonazos a su marido. Él no respondió nada, aguantó como pudo la humillación continua. Hasta que también de allí le expulsaron, ignoro de qué manera y con qué excusas (me parece recordar algo de unas obras en el piso y la necesidad de que abandonara, "por un tiempo", su dormitorio). Regresó a casa de su madre viuda. Román no gozaba de buena salud, en el 96 le ingresaron por una tromboflebitis en la pierna durante más de una semana. Sólo espero –y deseo– que estos últimos años haya podido ser medianamente feliz. Da miedo comprobar que ninguna ley no escrita nos garantiza, al nacer, una vida llena de venturas. La de don Román, el viejo y vencido profesor de EGB, estuvo llena de sinsabores.
Anoche volví a romper mi promesa de no salir entre semana (por tercer día consecutivo... me pregunto qué fuerza de voluntad tengo: ninguna) y tomé unas cervezas con M y E en el Angie. Era la primera salida nocturna de él tras su gripazo, con lo que todavía no estaba del todo bien. En principio se iba a quedar en mi casa a dormir, por no volverse a Lavapiés con el frío intenso que caía fuera a cuchillo, pero le comenzó a doler la cabeza y nos abandonó antes de lo previsto. Nosotros cerramos el local, eran más de las cuatro cuando nos despedimos en la esquina de Corredera Alta con San Vicente Ferrer. Estuvo bien.
Supe ayer, a través de Daniel P, que su tío Román murió hace una semana. El padre de quien fuera, por muchos años, mi mejor amigo. Menuda temporadita llevamos. Le recuerdo como un hombre feo, de enorme cabeza casi despoblada de pelo, una manera de hablar que podía resultar cómica –y para sus alumnos en el colegio, sin duda, fuente de inspiración para bromas y chanzas– y un magnífico fondo. Era un tipo de una bondad a prueba de apodos estudiantiles, desengaños amorosos y batacazos vitales. Tenía setenta y dos años, vivía desde hace más de una década con su madre (que le sobrevive, pobre mujer) y portaba un aura de tristeza, de dulce rendición, con gran dignidad. Debió de casarse muy enamorado, allá por el 60 o el 61, pero con el tiempo su matrimonio se torció. Pilar, su ex, no me parece un ser ni muy maduro ni muy equilibrado emocionalmente: en las fotografías de la boda, se la ve jovencita e ingenua, con un parecido asombroso con la más pequeña de sus hijos, Belén; para cuando yo la conocí, a mediados de los ochenta, era una arpía de labios finos, apretados en un gesto de enfado permanente, lengua viperina y muy cotilla. Bastante poco inteligente también. Ella se lió con un cura del colegio donde el pobre Román daba clase, así que, al estallar la cosa, el escándalo fue mayúsculo y marcó para siempre a toda la familia.
Ana, una de las mayores, recordaba haber hecho un viaje con Pilar al pueblo de los padres del sacerdote, y cómo a media noche se había despertado para comprobar que su madre no estaba en la cama de al lado. Durante el tiempo que duró su estancia allí, cada noche Pilar salía a hurtadillas del cuarto para encontrarse con su amante. Ana rondaría los doce o trece años. Y nunca lo olvidó. Roberto O, por su parte, además de las broncas monumentales que hubo de presenciar, todavía mucho después se encontró cartas del amor adúltero olvidadas en algún cajón de la cómoda. Al cura, una vez descubierto el pastel, lo enviaron lejos, la historia se rompió y en los inicios de nuestra amistad aún vivían ambos (Román y Pilar) bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones y sin apenas dirigirse la palabra. Yo venía de un hogar unido, todo cuanto había visto entre mis padres era respeto, cariño y confianza, así que fue un golpe el saber de una realidad tan dañada, de una familia tan desestructurada. Imagino lo que debe ser vivir bajo el mismo techo con alguien a quien amaste pero que ahora te desprecia. Incluso un día, delante mío, Pilar llamó calzonazos a su marido. Él no respondió nada, aguantó como pudo la humillación continua. Hasta que también de allí le expulsaron, ignoro de qué manera y con qué excusas (me parece recordar algo de unas obras en el piso y la necesidad de que abandonara, "por un tiempo", su dormitorio). Regresó a casa de su madre viuda. Román no gozaba de buena salud, en el 96 le ingresaron por una tromboflebitis en la pierna durante más de una semana. Sólo espero –y deseo– que estos últimos años haya podido ser medianamente feliz. Da miedo comprobar que ninguna ley no escrita nos garantiza, al nacer, una vida llena de venturas. La de don Román, el viejo y vencido profesor de EGB, estuvo llena de sinsabores.
Anoche volví a romper mi promesa de no salir entre semana (por tercer día consecutivo... me pregunto qué fuerza de voluntad tengo: ninguna) y tomé unas cervezas con M y E en el Angie. Era la primera salida nocturna de él tras su gripazo, con lo que todavía no estaba del todo bien. En principio se iba a quedar en mi casa a dormir, por no volverse a Lavapiés con el frío intenso que caía fuera a cuchillo, pero le comenzó a doler la cabeza y nos abandonó antes de lo previsto. Nosotros cerramos el local, eran más de las cuatro cuando nos despedimos en la esquina de Corredera Alta con San Vicente Ferrer. Estuvo bien.
PÉSAME
Por fin regresó E B a la redacción. Cuando llegué, hube de obligarme a entrar en su despacho para darle el pésame, él lo hizo en su momento con abuelita y no podía comportarme como si su madre no hubiera muerto esta semana pasada. Pero las palabras, si se repiten hasta la saciedad durante siglos de cultura, dicen tan poco... mi más sentido pésame, te acompaño en el sentimiento, descansó el (la) pobre. Son fórmulas milenarias que acallan la mala conciencia de quien las dice. ¿Realmente acompaño a esta persona en el sentimiento?, ¿siento como ella, puedo ponerme en su lugar por algo más de unos segundos y compartir un dolor tan personal?, ¿soy consciente de lo devastadora que haya podido resultar esta muerte para la persona en cuestión? Siempre me veo muy falso en estas situaciones, nada cómodo con el papel que toca representar, quisiera poseer el don de la sanación que el lenguaje, por manido, me niega. Yo a la madre de E B no llegué a conocerla, no puedo sentir pesar por un fallecimiento que ni me roza, de tan ajeno que es a mí. Uno suelta, sin pestañear, la consabida letanía y enseguida se da media vuelta y bromea con el compañero de mesa. La vida sigue. Nada ni nadie se va a detener por una desgracia personal (ni tampoco por una colectiva): el sol continúa su amanecer y su ocaso, los amores surgen por las esquinas con la primavera y casi nunca sobreviven al final del verano, los bebés nacen y engordan a lo largo de meses, las tristezas y alegrías se suceden en una danza vertiginosa. ¿Qué es una muerte sino un fin necesario?
Lo único que le dije –porque soy muy consciente de todo lo anterior– fue que entendía el proceso por el que está pasando. Que, aunque no es comparable una abuela con una madre (pero aquí habría mucho que discutir, de hecho, yo lo discuto), no hace aún un año que pasé por algo similar. Me comentó que ha sido terrible, un mazazo del que le va a costar recuperarse: estaba muy unido a ella y ni siquiera pudo verla despierta, ya había entrado en coma para cuando él pudo llegar a Santander. Al parecer fue muy repentino, la mujer era una persona activa, "llena de vida". Lo que parecía una gripe se complicó en neumonía, los médicos no supieron verlo a tiempo y fin de la historia. Cómo, en estos casos, uno se da cuenta de lo efímero que resulta todo. Pobre hombre, le entiendo perfectamente. Estuvimos un rato largo en el despacho, creo que comunicándonos de verdad, me parece que era evidente que yo no estaba haciendo el paripé.
Esto es una carrera hacia la disolución y la nada. Cuando el zarpazo de la guadaña nos toca de cerca, las dimensiones de nuestro día a día se vuelven mínimas, desaparecen: ¿para qué me levanto cada mañana?, ¿por qué esta lucha feroz por la supervivencia? Allá en el horizonte, antes o después, también a nosotros nos espera el hoyo. Cuando yo muera, ¿se acordará alguien de mí? Y en el caso de que así sea, ¿a mí qué coño me importa? Uno no cree en el más allá, ni en la resurrección de ninguna carne, ni en cielos o infiernos que premien y castiguen, así que lo único que me resta es este discurrir cotidiano. Y es bello estar vivo, vaya que sí, soy el primero que se alegra cada mañana por seguir aquí. Pero hacer el viaje sin aquellos a quienes quisimos... a veces se vuelve intolerable. Sé que abuelita ha muerto porque la vi, como un muñeco cerúleo que recordaba vagamente a quien era, dentro del ataúd. Las veces que he acompañado a mi abuelo al cementerio, sin embargo, hube de hacer un esfuerzo de comprensión para entender que tras la lápida del nicho (una piedra lisa con su nombre, apellidos, edad y fecha de fallecimiento), está el cuerpo de mi abuela en descomposición. ¿Y el alma? Su espíritu reside en mí, en todos y cada uno de los recuerdos que conservo de ella –y son cientos. Bien poco, la verdad. Daría esos recuerdos (aire en el aire) por que apareciera ahora mismo por la puerta del Colby, con su manera de caminar tan personal, que se sentara a la mesa y me sonriera una vez más. Cogerla de la mano y decirle de nuevo cuánto la quiero. Y pedirle que me contara un cuento, o la sinopsis de una película muda de las que veía de pequeña con su abuela. O que jugáramos a la brisca, aunque me ganara cien veces. Sé que no es posible, pero mi mente se rebela ante la estupidez de una muerte estúpida. Cayó el telón y soy como ese espectador que no comprende que la obra terminó, los actores saludaron y fueron aplaudidos, las luces de las candilejas, una a una, se apagaron: obstinado, me mantengo atento a las bambalinas por si un milagro ocurre y el espectáculo comienza de nuevo. Ha de venir el acomodador e indicarme la salida, por un lateral del edificio. Afuera están en pleno Carnaval. Qué absurdo es todo.
Lo único que le dije –porque soy muy consciente de todo lo anterior– fue que entendía el proceso por el que está pasando. Que, aunque no es comparable una abuela con una madre (pero aquí habría mucho que discutir, de hecho, yo lo discuto), no hace aún un año que pasé por algo similar. Me comentó que ha sido terrible, un mazazo del que le va a costar recuperarse: estaba muy unido a ella y ni siquiera pudo verla despierta, ya había entrado en coma para cuando él pudo llegar a Santander. Al parecer fue muy repentino, la mujer era una persona activa, "llena de vida". Lo que parecía una gripe se complicó en neumonía, los médicos no supieron verlo a tiempo y fin de la historia. Cómo, en estos casos, uno se da cuenta de lo efímero que resulta todo. Pobre hombre, le entiendo perfectamente. Estuvimos un rato largo en el despacho, creo que comunicándonos de verdad, me parece que era evidente que yo no estaba haciendo el paripé.
Esto es una carrera hacia la disolución y la nada. Cuando el zarpazo de la guadaña nos toca de cerca, las dimensiones de nuestro día a día se vuelven mínimas, desaparecen: ¿para qué me levanto cada mañana?, ¿por qué esta lucha feroz por la supervivencia? Allá en el horizonte, antes o después, también a nosotros nos espera el hoyo. Cuando yo muera, ¿se acordará alguien de mí? Y en el caso de que así sea, ¿a mí qué coño me importa? Uno no cree en el más allá, ni en la resurrección de ninguna carne, ni en cielos o infiernos que premien y castiguen, así que lo único que me resta es este discurrir cotidiano. Y es bello estar vivo, vaya que sí, soy el primero que se alegra cada mañana por seguir aquí. Pero hacer el viaje sin aquellos a quienes quisimos... a veces se vuelve intolerable. Sé que abuelita ha muerto porque la vi, como un muñeco cerúleo que recordaba vagamente a quien era, dentro del ataúd. Las veces que he acompañado a mi abuelo al cementerio, sin embargo, hube de hacer un esfuerzo de comprensión para entender que tras la lápida del nicho (una piedra lisa con su nombre, apellidos, edad y fecha de fallecimiento), está el cuerpo de mi abuela en descomposición. ¿Y el alma? Su espíritu reside en mí, en todos y cada uno de los recuerdos que conservo de ella –y son cientos. Bien poco, la verdad. Daría esos recuerdos (aire en el aire) por que apareciera ahora mismo por la puerta del Colby, con su manera de caminar tan personal, que se sentara a la mesa y me sonriera una vez más. Cogerla de la mano y decirle de nuevo cuánto la quiero. Y pedirle que me contara un cuento, o la sinopsis de una película muda de las que veía de pequeña con su abuela. O que jugáramos a la brisca, aunque me ganara cien veces. Sé que no es posible, pero mi mente se rebela ante la estupidez de una muerte estúpida. Cayó el telón y soy como ese espectador que no comprende que la obra terminó, los actores saludaron y fueron aplaudidos, las luces de las candilejas, una a una, se apagaron: obstinado, me mantengo atento a las bambalinas por si un milagro ocurre y el espectáculo comienza de nuevo. Ha de venir el acomodador e indicarme la salida, por un lateral del edificio. Afuera están en pleno Carnaval. Qué absurdo es todo.
NUEVO VIAJE A LA VISTA
En La Antorcha. El tema de la caldera anda en vías de solucionarse: después de un amago de inundación (que se quedó en nada, aunque pudo haber sido muy serio), los caseros llamaron al fontanero y allá los he dejado a todos desmontando la vieja y colocando la nueva. Volverán, aparte de las oscuras golondrinas, las duchas de agua caliente en mi bañera sus gotitas a repicar. Qué bien.
Acabo de hablar con Ma, que me cuenta sus últimas aventuras sexuales –se miden por número de pollas al día y tamaño de éstas– y los problemas, cercanos a lo marital, con J, su compañero de piso y ex rollo corneliano. En un momento dado, cuando me preguntó qué tal estaba de lo mío (léase mis irritados bajos a causa de la puñetera psoriasis invertida), le contresté que casi curado del todo: y la libido –bajísima en los últimos dos meses– disparada y por las nubes.
–Veo un tío bueno por la calle y me revoluciono. No puedo evitar el imaginarlo sin ropa, desnudo en mi cama. Sus muslos suaves al tacto, el vientre plano y palpitando, un culo bien redondo...
–No sigas, que me pongo–, se reía.
–Chico, tengo las hormonas a cien por hora.
–Oye, Cornelio... ¿Qué haces en Semana Santa?
–Nada. Me quedo en Madrid: el finde del 19, que es el Día del Padre, iré a Santander para ver a mi abuelo, pero después no tengo planes.
–Yo voy a Lisboa a casa de mis padres. ¿Y si te vienes conmigo? Casa hay, pagamos la gasolina a medias y nos corremos una buena juerga: conozco a mucha gente allí y nos lo podemos pasar en grande.
–Suena bien. Así me desquito del mal sabor de boca de principios de diciembre... Sí, hecho: vamos a Lisboa.
–Guay, tío. Pero una cosa, se lo he propuesto también a J. No creo que, después de los feos que me ha hecho últimamente, se atreva a venir. Por si acaso no le digas nada de que te vienes tú, es capaz de apuntarse para ver si se acuesta contigo.
–Uff, qué pereza... Mejor nos callamos como muertos.
Visto y no visto, de repente hay planazo para dentro de quince días. Me seduce la idea de regresar –esta vez de la mano de un nativo– a esa ciudad que tantos posibles despliega. Unos días de frivolidad, drogas y sexo por todo lo alto... Para entonces se supone que ya habré cobrado la extra, con lo que no hay problemas de dinero y sí muchas ganas de marcha: con Ma, ésta la tengo garantizada.
Anoche pasé por el Gris con E y Evísima, en parte por el repor de bares, en parte porque hacía mucho que no iba por allí y me apetecía. Luego terminamos en el Escape, remozado por dentro en tonos verdes y con metálicos por todas partes: había muy poca gente, y menos que habrá si son estrictos en la nueva política del bar. El portero nos miró de arriba abajo y berreó que por esta vez pasábamos, pero que en adelante debíamos calzar zapatos, no zapatillas de deporte. Vale que uno gasta un look muy poco fashion, con deportivas, el abrigo marrón a lo Resistencia francesa y un sombrero calado, pero estábamos en Chueca, no en Serrano, y los gays van mayoritariamente en zapas, no con calzado "normal". Además, muchas deportivas son dos y tres veces más caras que cualquier zapato. Ellos sabrán: yo, desde luego, no vuelvo a pisar por allí.
El teatro del sábado no me entusiasmó. Los mejores momentos de los Monty Python, mira tú qué bien. Llegué al Alfil con la lengua a la altura de las rodillas, de lo mucho que corrí para ser puntual (una llamada de Alejandra, de paso por Madrid y que quería verme, desestabilizó mis planes). Estuvimos J&A, R, Anuska y yo. Por su cuenta y en la zona de arriba (porque llegaron tarde), E y Eva. Luego tomé con ellos una caña rápida en El pez gordo y enseguida cambié de decorado para encontrarme con P** en La Tetería de la calle Minas. Fue por poco tiempo, él había quedado para cenar con unos amigos. Nos reímos bastante de lo ridículos que son ciertos personajes a quienes ambos conocemos, la capacidad de autoengaño que los pobres exhiben, cómo se atreven (la ignorancia, que es muy mala) a juzgar a los demás sin conocerlos siquiera, amparados en una supuesta capacidad para distinguir el bien del mal, y cómo van pidiendo a gritos un buen batacazo en la vida que les ponga los pies en el suelo... Después nos desentendimos del tema, que da para unos cuantos chistes pero no para mucho más. Hubo un momento en que le hubiera agarrado de la mano para arrastrarlo corriendo a la cama y echar un polvo (hubiera sido polvazo), pero no había tiempo y ahí se quedó la cosa. Cuando nos despedimos, a la altura de los cines Luna, de nuevo el deseo imperioso de aplastarlo contra el hueco de un portal oscuro y besarle salvajemente. De nuevo fui buen chico y no hice nada.
Acabo de hablar con Ma, que me cuenta sus últimas aventuras sexuales –se miden por número de pollas al día y tamaño de éstas– y los problemas, cercanos a lo marital, con J, su compañero de piso y ex rollo corneliano. En un momento dado, cuando me preguntó qué tal estaba de lo mío (léase mis irritados bajos a causa de la puñetera psoriasis invertida), le contresté que casi curado del todo: y la libido –bajísima en los últimos dos meses– disparada y por las nubes.
–Veo un tío bueno por la calle y me revoluciono. No puedo evitar el imaginarlo sin ropa, desnudo en mi cama. Sus muslos suaves al tacto, el vientre plano y palpitando, un culo bien redondo...
–No sigas, que me pongo–, se reía.
–Chico, tengo las hormonas a cien por hora.
–Oye, Cornelio... ¿Qué haces en Semana Santa?
–Nada. Me quedo en Madrid: el finde del 19, que es el Día del Padre, iré a Santander para ver a mi abuelo, pero después no tengo planes.
–Yo voy a Lisboa a casa de mis padres. ¿Y si te vienes conmigo? Casa hay, pagamos la gasolina a medias y nos corremos una buena juerga: conozco a mucha gente allí y nos lo podemos pasar en grande.
–Suena bien. Así me desquito del mal sabor de boca de principios de diciembre... Sí, hecho: vamos a Lisboa.
–Guay, tío. Pero una cosa, se lo he propuesto también a J. No creo que, después de los feos que me ha hecho últimamente, se atreva a venir. Por si acaso no le digas nada de que te vienes tú, es capaz de apuntarse para ver si se acuesta contigo.
–Uff, qué pereza... Mejor nos callamos como muertos.
Visto y no visto, de repente hay planazo para dentro de quince días. Me seduce la idea de regresar –esta vez de la mano de un nativo– a esa ciudad que tantos posibles despliega. Unos días de frivolidad, drogas y sexo por todo lo alto... Para entonces se supone que ya habré cobrado la extra, con lo que no hay problemas de dinero y sí muchas ganas de marcha: con Ma, ésta la tengo garantizada.
Anoche pasé por el Gris con E y Evísima, en parte por el repor de bares, en parte porque hacía mucho que no iba por allí y me apetecía. Luego terminamos en el Escape, remozado por dentro en tonos verdes y con metálicos por todas partes: había muy poca gente, y menos que habrá si son estrictos en la nueva política del bar. El portero nos miró de arriba abajo y berreó que por esta vez pasábamos, pero que en adelante debíamos calzar zapatos, no zapatillas de deporte. Vale que uno gasta un look muy poco fashion, con deportivas, el abrigo marrón a lo Resistencia francesa y un sombrero calado, pero estábamos en Chueca, no en Serrano, y los gays van mayoritariamente en zapas, no con calzado "normal". Además, muchas deportivas son dos y tres veces más caras que cualquier zapato. Ellos sabrán: yo, desde luego, no vuelvo a pisar por allí.
El teatro del sábado no me entusiasmó. Los mejores momentos de los Monty Python, mira tú qué bien. Llegué al Alfil con la lengua a la altura de las rodillas, de lo mucho que corrí para ser puntual (una llamada de Alejandra, de paso por Madrid y que quería verme, desestabilizó mis planes). Estuvimos J&A, R, Anuska y yo. Por su cuenta y en la zona de arriba (porque llegaron tarde), E y Eva. Luego tomé con ellos una caña rápida en El pez gordo y enseguida cambié de decorado para encontrarme con P** en La Tetería de la calle Minas. Fue por poco tiempo, él había quedado para cenar con unos amigos. Nos reímos bastante de lo ridículos que son ciertos personajes a quienes ambos conocemos, la capacidad de autoengaño que los pobres exhiben, cómo se atreven (la ignorancia, que es muy mala) a juzgar a los demás sin conocerlos siquiera, amparados en una supuesta capacidad para distinguir el bien del mal, y cómo van pidiendo a gritos un buen batacazo en la vida que les ponga los pies en el suelo... Después nos desentendimos del tema, que da para unos cuantos chistes pero no para mucho más. Hubo un momento en que le hubiera agarrado de la mano para arrastrarlo corriendo a la cama y echar un polvo (hubiera sido polvazo), pero no había tiempo y ahí se quedó la cosa. Cuando nos despedimos, a la altura de los cines Luna, de nuevo el deseo imperioso de aplastarlo contra el hueco de un portal oscuro y besarle salvajemente. De nuevo fui buen chico y no hice nada.
DANZA DE LO SOCIAL
Mañana complicada. Llevo levantado desde las diez a cuenta de Tere, la chica que limpia. Necesitaba una serie de productos de limpieza (de cuyo nombre no es que no quiera, es que nunca consigo acordarme) y hasta hoy mismo no se los había comprado. Así que, aunque ella no llegaba hasta las once y media, decidí pegarme el madrugón y dejarlo todo preparado. Salí al supermercado, con una cara de sueño y de pocos amigos de no te menees, y me llevé para casa dos bolsas llenas de lejía, amoniaco, balletas y demás. Bueno. Me dio tiempo de sobra, y para las once y veinte ya estaba de vuelta, esperándola. En esas me llegó un mensaje suyo: que se iba a retrasar un poco. Mecachis... En fin, puse la tele y continué viendo "Un hombre llamado Flor de Otoño", la peli de Olea que grabé ayer. Para cuando llegó Tere, eran las doce. Tiene pinta de ser maja, cara alargada y peinado inexistente, una melena lacia que recoge en un moño, como las abuelas de los pueblos de antes de la guerra, en plan Hurdes y así. Incluso alguna hebra canosa rompía la monotonía del castaño, para darle más realismo a la cosa. Traté de ser amable, pero sin pasarme, no vaya a ser que me tome por tonto y no limpie en condiciones. Dios, ya estoy hablando como mi madre. ¿Será verdad que me vuelvo un poquito conservador? Con mala conciencia burguesa, me tomo el zumo y el café en el Colby. Y ella estará trajinando por la casa... Vale, será cuestión de ponerse a trabajar con la novela para acallar estas vocecillas pusilánimes que ahora me cuchichean al oido. Claro que ganas de trabajar, no tengo. Ignoro lo que me pasa: en cuanto se presenta aquí el fin de semana (y en lugar de salir, hacer cosas interesantes, no sé, pasear bajo este cielo tan azul), lo que me pide el cuerpo es desconectar el teléfono, cerrar bien los postigos de las ventanas para que no entre la luz y ver película tras película. Ayer, después de estar en Lavapiés con M, cayeron tres, casi seguidas: "Dioses y monstruos", "Mogambo" y "Doce monos". En medio, brevísima, mi aparición junto a M S en la expo de Fernando. Quedamos en Tribunal, ella subida en sus zapatos rojos de bailarina, yo con las pilas de socializar en punto muerto. Los amigos de M S son gente maja, qué duda cabe, pero cada día me cuesta más hacer pandi con ellos, no me siento cómodo, tengo la impresión de estar metido en una película de Woody Allen, en medio de alguna "vernissage" muy culta y fina, con un canapé en la mano y muchísimas frases ingeniosas por metro cuadrado. Un horror. La sala estaba poblada con todos los personajes que conforman/deforman el mundo del Arte y de los artistas, mucho transversal y la consiguiente tontería ambiente. Como no se podía fumar dentro, se formaban corrillos en la entrada de chimeneas andantes (yo una de ellas), que aspiraban el humo con delectación. Javier P-I, con una barbita a lo Lincoln, sombrero de ala años cuarenta, abrigo hasta los tobillos y jersey de cuello alto, un look muy neoyorquino, hacía las veces de anfitrión para cuantos iban llegando.
–Esto de ser artista consorte es muy cansino.
Él ha dejado el tabaco hace poco, pero se solidarizaba con todos nosotros (yo creo que no le apetecía estar adentro) y lucía sus encantos intelectuales a la primera de cambio.
–Soy fumadora pasiva... Ya sabes que una es pasivísima en todo.
Y así durante los veinte minutos que aguanté. La verdad es que yo no tenía el día, me notaba espeso y como cansado. Llegó un tipo de labios abultados y ojos saltones, muy azules. Por la sombra de la barba se veía que era un hombre, pero todas sus maneras recordaban a las de una abadesa en pleno desempeño de sus funciones religiosas. O a un sacerdote lascivo y pelín pedófilo. Maneras blandas de seminarista y, también él como Javier (debe ser lo último en estilismo transversal), hermoso abrigo en tonos marrones. Unos cincuenta años. Había otro, largo y desgarvado, con gafitas y media melena apergaminada sobre una frente de pensador, que dijo conocerme de alguna fiesta. Yo no le recordaba y cometí el error de decírselo: noté cómo no le hacía gracia. Me anduve con mucho tiento, porque el tío tenía una pinta de marica mala y retorcida, de las de lengua muy suelta, de las que ponen el dedo en la llaga y, de no haber llaga, la crean en dos frases. No era plan de que me latigara con ella. Traté de integrarme, pero lo único a mano eran unas botellas de rioja y no me provocaba beber vino. Qué pereza me daba mantener una conversación mínimamente "social" con aquellos especímenes. Así que, en un pronto que me dio, les dije adiós a todos (Fernando muy guapo en su traje de ante azul, y un encanto de chaval, pero ocupadísimo saludando a unos y a otros) y desaparecí de allí lo más deprisa que pude.
–Esto de ser artista consorte es muy cansino.
Él ha dejado el tabaco hace poco, pero se solidarizaba con todos nosotros (yo creo que no le apetecía estar adentro) y lucía sus encantos intelectuales a la primera de cambio.
–Soy fumadora pasiva... Ya sabes que una es pasivísima en todo.
Y así durante los veinte minutos que aguanté. La verdad es que yo no tenía el día, me notaba espeso y como cansado. Llegó un tipo de labios abultados y ojos saltones, muy azules. Por la sombra de la barba se veía que era un hombre, pero todas sus maneras recordaban a las de una abadesa en pleno desempeño de sus funciones religiosas. O a un sacerdote lascivo y pelín pedófilo. Maneras blandas de seminarista y, también él como Javier (debe ser lo último en estilismo transversal), hermoso abrigo en tonos marrones. Unos cincuenta años. Había otro, largo y desgarvado, con gafitas y media melena apergaminada sobre una frente de pensador, que dijo conocerme de alguna fiesta. Yo no le recordaba y cometí el error de decírselo: noté cómo no le hacía gracia. Me anduve con mucho tiento, porque el tío tenía una pinta de marica mala y retorcida, de las de lengua muy suelta, de las que ponen el dedo en la llaga y, de no haber llaga, la crean en dos frases. No era plan de que me latigara con ella. Traté de integrarme, pero lo único a mano eran unas botellas de rioja y no me provocaba beber vino. Qué pereza me daba mantener una conversación mínimamente "social" con aquellos especímenes. Así que, en un pronto que me dio, les dije adiós a todos (Fernando muy guapo en su traje de ante azul, y un encanto de chaval, pero ocupadísimo saludando a unos y a otros) y desaparecí de allí lo más deprisa que pude.
VISITA A LOS ENFERMOS
Cumpleaños de mamá. Le caen cincuenta y nueve, y, si no fuera por lo gorda que está, probablemente no los representaría. He seguido la tónica dominante en nuestra relación: nada más levantarme, le escribí un mensaje al móvil, para cumplir pero menos. Ya me ha contestado ("Los cumplo con alegría", me dice entre otras cosas... Alegría cristiana; me alegro por ella, creer con la firmeza con que ella lo hace es una de las cosas que, seguro, le ayudan a caminar por la vida sin verle los pliegues oscuros a nuestra sociedad). Inicio mi fin de semana con el montante habitual de ocupaciones: hoy a las ocho de la tarde se inaugura la exposición de Fernando en una galería de Augusto Figueroa, supongo que M S asistirá, así que la llamaré para ver si vamos juntos; mañana hay teatro, a las seis y media, con un montón de gente del curro; luego, imagino, cena y posterior salida nocturna... En medio, tal vez, un cine con P**, pero me lo tiene que confirmar. Y yo con estos pelos y poquísimas ganas de salir de casita.
Por cierto que los problemas, en mi hogar dulce hogar, no cesan. Parece que Patricia, antes de largarse, nos ha echado un mal de ojo. Ahora es la caldera (eléctrica) que pierde agua. De momento lo he solucionado con un balde: gota a gota se va llenando y ya veremos qué sucede esta próxima semana (tendré que hablar con los caseros, el tema no es cosa mía y son ellos quienes han de arreglarlo). La ducha de esta mañana, templada tirando a fría, ha sido de órdago. Creí que me daba algo mientras tiritaba bajo el chorro de agua. por lo menos estoy yo solo y Anita no tiene que pasar por el trance.
Vengo de visitar a M, que aún permanece recluido en casa a costa de una gripe que no termina de curarse. Hemos tomado café y charlado un poco. Vienen bien, de vez en cuando, estas conversaciones con mi amigo más antiguo. Leí uno de los últimos cuentos que ha escrito y se nota la evolución de su prosa, de lírica galaica a algo un poco más firme y contundente. Me parece que va por buen camino, y eso siempre ha sido motivo más de orgullo que de envidia (este sentimiento, muy humano y tal, no recuerdo haberlo desarrollado nunca hacia él). A ver si en breve los termina todos y "habemus" libro.
Por cierto que los problemas, en mi hogar dulce hogar, no cesan. Parece que Patricia, antes de largarse, nos ha echado un mal de ojo. Ahora es la caldera (eléctrica) que pierde agua. De momento lo he solucionado con un balde: gota a gota se va llenando y ya veremos qué sucede esta próxima semana (tendré que hablar con los caseros, el tema no es cosa mía y son ellos quienes han de arreglarlo). La ducha de esta mañana, templada tirando a fría, ha sido de órdago. Creí que me daba algo mientras tiritaba bajo el chorro de agua. por lo menos estoy yo solo y Anita no tiene que pasar por el trance.
Vengo de visitar a M, que aún permanece recluido en casa a costa de una gripe que no termina de curarse. Hemos tomado café y charlado un poco. Vienen bien, de vez en cuando, estas conversaciones con mi amigo más antiguo. Leí uno de los últimos cuentos que ha escrito y se nota la evolución de su prosa, de lírica galaica a algo un poco más firme y contundente. Me parece que va por buen camino, y eso siempre ha sido motivo más de orgullo que de envidia (este sentimiento, muy humano y tal, no recuerdo haberlo desarrollado nunca hacia él). A ver si en breve los termina todos y "habemus" libro.
NOCHE DE JUERGA
Aún atontado tras la farra de ayer, que fue de órdago. Salimos los de siempre más Charo, la redactora de Málaga, Miguel y un amigo suyo. Perdí la cuenta de las cervezas que bebí y las pavadas que dije. Al principio, la gente estaba como inhibida, no terminaban de encajar los unos con los otros. Se formaron dos grupos, los chicos por un lado y las chicas por el suyo. Más tarde, en cuanto el alcohol fue calentándonos las venas, ya fuimos todos muy colegas, como si nos conociéramos de toda la vida. Los elementos extraños encajaron sin problema. La reina de la fiesta fue Charo. E le ponía ojos golositos. La niña es –como diría un abuelete– una real hembra. Mirada dulce, curvas por las que perderse y marearse, un rostro muy agradable y todo el gracejo del sur en la voz aterciopelada, susurrante. Ella se dejaba querer, pero yo creo que de un modo inconsciente, como quien no sabe que es el vórtice de los deseos. Javi resoplaba de cuando en cuando, como diciendo "qué buena está esta tía", a mí me hacía gracia el juego erótico festivo de (casi) todos con ella. Miguel también rondaba a la víctima propiciatoria, con gestos calculados de cazador nocturno, movimientos lentos, cada vez más cerca de la pieza a cobrar (si alguien se la lleva, por lo que entreví anoche, será él). R bailaba enloquecida, girando sobre sí misma como una peonza, con mucha gestualidad a lo Sarah Bernard, mientras el amigo de Miguelón me contaba algo que no me interesaba gran cosa, la verdad. Lo pasé muy bien, y quise coronar la noche con E en casa, viendo Aquí no hay quien viva mientras tomábamos cerveza gentileza de la casa (léase mi prima Anita, que ayer por la tarde se fue a Santander para la boda de una tía suya y me había dejado cerveza en la nevera y dos porros sobre la mesa del salón). No aguanté ni dos asaltos, en cuanto le di una calada al canuto el salón comenzó a dar vueltas y ya no fui capaz de seguir la trama de la serie. Le di unas llaves a E para que pudiera salir y yo me desmayé sobre la cama después de recorrer el pasillo –que se me hizo larguísimo– dando tumbos.
La mañana ha discurrido frente al televisor, en bata y zapatillas, con las gafas puestas y muy, muy pocas ganas de ponerme en marcha. Terminé de ver el capítulo que había dejado a medias mientras hacía acopio de fuerzas para levantarme, ir al baño, ponerme las lentillas y darme una ducha. No hubo manera hasta más allá de las tres. Ahora son las cuatro de la tarde y me tomo el primer café del día en el BAires, a ver si me entono un poco y soy capaz de rendir en el trabajo. Hoy me toca noche, y ni siquiera tengo preparado el local del que hablar. Ay, igualito que a los dieciocho en la facultad, algunas cosas nunca cambiarán. De todos modos, tampoco me preocupo, por algún lugar saldrá el sol (aunque sea por Antequera). Además, ayer me curré la columna para nada: como era muy cañera con Esperanza Aguirre, decidieron que no podía publicarse, porque el periódico ha firmado una publicidad muy jugosa con el Gobierno regional y no era plan de estropearle el desayuno a Espe con un artículo crítico. Anda y que les den. He guardado el texto, que me gusta, y para cuando vuelva E B –en Santander durante toda la semana, su madre falleció hace dos días– se lo enseñaré para que decida o no su publicación. Confío en la manga ancha que siempre ha mostrado para conmigo. Debo de estar aprendiendo a contenerme con el tiempo, porque hace bien poco me hubieran cabreado muchísimo los tijeretazos de la censura. Ayer, en cambio, acepté los hechos sin rechistar (y ML R se sorprendió, porque esperaba que me rebelara más). Arrieros somos.
La mañana ha discurrido frente al televisor, en bata y zapatillas, con las gafas puestas y muy, muy pocas ganas de ponerme en marcha. Terminé de ver el capítulo que había dejado a medias mientras hacía acopio de fuerzas para levantarme, ir al baño, ponerme las lentillas y darme una ducha. No hubo manera hasta más allá de las tres. Ahora son las cuatro de la tarde y me tomo el primer café del día en el BAires, a ver si me entono un poco y soy capaz de rendir en el trabajo. Hoy me toca noche, y ni siquiera tengo preparado el local del que hablar. Ay, igualito que a los dieciocho en la facultad, algunas cosas nunca cambiarán. De todos modos, tampoco me preocupo, por algún lugar saldrá el sol (aunque sea por Antequera). Además, ayer me curré la columna para nada: como era muy cañera con Esperanza Aguirre, decidieron que no podía publicarse, porque el periódico ha firmado una publicidad muy jugosa con el Gobierno regional y no era plan de estropearle el desayuno a Espe con un artículo crítico. Anda y que les den. He guardado el texto, que me gusta, y para cuando vuelva E B –en Santander durante toda la semana, su madre falleció hace dos días– se lo enseñaré para que decida o no su publicación. Confío en la manga ancha que siempre ha mostrado para conmigo. Debo de estar aprendiendo a contenerme con el tiempo, porque hace bien poco me hubieran cabreado muchísimo los tijeretazos de la censura. Ayer, en cambio, acepté los hechos sin rechistar (y ML R se sorprendió, porque esperaba que me rebelara más). Arrieros somos.
CANDELA
Removiendo Roma con Santiago, he conseguido que G esté en casa a las seis menos cuarto para que alguien pueda abrirle la puerta a Tere, la chica que va a limpiar. En principio iba a ser M quien me hiciera el favor, pero está baldado en la cama, por culpa de una gripe traidora con fiebre de hasta 39 grados, y no es posible. Por un momento, pensé que tendría que anular de nuevo la cita con esta mujer. Me hubiera gustado recibirla yo, por aquello de conocernos desde el principio y decirle qué espero de ella. No ha podido ser.
En el Colby, intento contrarrestar los apenas dos grados del exterior con un café bien caliente. Mañana he de escribir un artículo, y como siempre no tengo ni idea de sobre qué irá. Toca rastrear los periódicos a la búsqueda de una noticia que me sirva como gancho. Las ganas no acompañan, pero es esta climatología infame la que me las arrebata. Ayer avancé algo en la novela, y sólo eso –la vuelta al único trabajo que me importa– es suficiente incentivo para ponerse las pilas. Candela está a punto de iniciar su viaje a Cuba y revisa el equipaje. Asomada a la terraza de su casa, que da sobre San Fernando y los jardines de la Alameda, recuerda su café con Sofía, dos días antes. Por ahí también asoma Ramón, un chico con el que no terminan de cuadrar las cuentas. Toca ahora contar con cierto detenimiento su historia, una descripción de él (a través de la mirada de Candela), cómo se conocieron (en la cola del súper) y el modo de ser misterioso de Ramón, que aparentemente la desea pero luego se escabulle, no da la cara, desaparece durante temporadas que a ella la tienen en vilo ("¿le habrá pasado algo?", "¿me quiere o está jugando con mis sentimientos?"). Estoy contentillo, la cosa parece que arranca.
En el Colby, intento contrarrestar los apenas dos grados del exterior con un café bien caliente. Mañana he de escribir un artículo, y como siempre no tengo ni idea de sobre qué irá. Toca rastrear los periódicos a la búsqueda de una noticia que me sirva como gancho. Las ganas no acompañan, pero es esta climatología infame la que me las arrebata. Ayer avancé algo en la novela, y sólo eso –la vuelta al único trabajo que me importa– es suficiente incentivo para ponerse las pilas. Candela está a punto de iniciar su viaje a Cuba y revisa el equipaje. Asomada a la terraza de su casa, que da sobre San Fernando y los jardines de la Alameda, recuerda su café con Sofía, dos días antes. Por ahí también asoma Ramón, un chico con el que no terminan de cuadrar las cuentas. Toca ahora contar con cierto detenimiento su historia, una descripción de él (a través de la mirada de Candela), cómo se conocieron (en la cola del súper) y el modo de ser misterioso de Ramón, que aparentemente la desea pero luego se escabulle, no da la cara, desaparece durante temporadas que a ella la tienen en vilo ("¿le habrá pasado algo?", "¿me quiere o está jugando con mis sentimientos?"). Estoy contentillo, la cosa parece que arranca.