Diario de Madrid
Sindicación
 
LA MOSCA TSE TSE
Tal que si me hubiera picado una, llevo dos días como atontolinado, medio dormido y con cara de lelo. Algo sordo también. Ya sea en casa, o en el trabajo, o por ahí (acompañado o solo), tengo la impresión de que me deslizo por una rampa de inclinación imperceptible, me voy cayendo por ella y no sé adónde me conducirá, al olvido, al fracaso, a la nada. A poco que me deje llevar, el sueño me vence, me agarra del cuello y se me lleva consigo, a dar un paseo por esos mundos oníricos de dios (paraísos artificiales entre nubecillas de algodón). Hoy he pasado por la mañana sin enterarme, primero un café en Colby (de nuevo mi mesa una especie de consultorio sentimental, esta vez fue el turno de R, que me habló de su cambio de casa, su cambio de estudios, su cambio de vida; y que no folla porque no quiere, se encuentra inapetente y esas cosas... pues qué bien), luego el encuentro fortuito con J "Tenedor", un torbellino de prisas y de proyectos, de simpatía y calor humano. A ver si nos vemos más a menudo, hombre, que este chico me cae bien.
A la una de la tarde estuve en el bareto de Castellana donde trabaja A BAires, para el reportaje de gastronomía. Me invitaron a comer pero preferí dar un paseo por la zona de Gregorio Marañón hasta el parquecito que hay frente a la Escuela de ingenieros industriales, un lugar que siempre me gusta mirar cuando paso cada día con el 150, pero en el que nunca antes puse los pies. Me senté en la hierba, a la sombra de un castaño enorme, y por un momento imaginé que era uno de esos estudiantes que veo a través de la ventana del autobús, desdoblado el espectador en actor de su propio sueño. Por un momento tan sólo: de repente sentí una especie de impostura, me levanté rápido y seguí caminando, sin rumbo fijo.
 
UN CLAVO NUNCA SACA OTRO...
Desde anoche y hasta el domingo, se quedará G en casa. Ayer al mediodía nos encontramos por casualidad y, cuando me contó que estaba en una pensión por 20 euros diarios, me dio lástima y le invité a pasar estos días en mi habitación. Contando con que P no está ya en mi vida y que he ordenado mi cuarto...
-Pero ¿no te molestaré?-, me dijo con ese tono suyo, entre venezolano y seductor.
-Qué tontería. Ya no tengo novio que se moleste-, contesté con ese tono mío, entre santanderino y seductor...
Por la noche se me abrazaba desde atrás y hundía su rostro en mi cuello. Aseguraba que se siente a salvo en mi cama, conmigo al lado. Yo me dejaba querer, siempre es agradable que alguien te demuestre cariño, sea del tipo que sea. El ego crece que da gusto, oyes. Pero a la hora de dormir, cuando tenía su cuerpo tan cerca del mío y escuchaba, muy leve, su respiración acompasada, no pude evitar recordar que la última vez, en esta misma cama, era P quien se abrazaba a mí, quien me decía cosas lindas al oído, quien se eternizaba en sus caricias y no me dejaba dormir, de pura excitación, de tanta felicidad condensada en el aire cerrado del cuarto. Fue un segundo, en el que llegué a creer que, si alargaba la mano y acariciaba su pecho, sería el pecho de P el que tocaría, sería la respiración dormida de P la que me acunaría, serían sus labios los que besaría... El fantasma que se resiste a desaparecer, un holograma hecho de recuerdos muy concretos, de imágenes prendidas en la mente con las chinchetas de la costumbre. Se cumplen dos semanas desde que me dejó, no lo llevo mal (a qué negarlo), pero, de cuando en cuando, como un vértigo dulcísimo que me coge en la boca del estómago, le echo de menos. Vaya que sí.

Leo los cuentos completos de Cortázar, en edición de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Qué decir de este genio que se fue demasiado pronto. Esta mañana, una vez que G y yo nos separamos, él a sus cosas, yo a perderme por ahí con mis pensamientos, entré en el Laan (a las 11.30) y comencé a leer y a leer y a leer. Más de 150 páginas de una tacada, dos cafés en el cuerpo y toda la tranquilidad de un mediodía en Pelayo, con ese aire cuasi pueblerino que conservan algunas calles de Madrid. Cuando salí de allí, a las tres de la tarde, la cabeza me daba vueltas, era la felicidad absoluta: los personajes de Cortázar me poseían por completo, dueños y señores del castillo.

En el BAires, me contaron las últimas noticias sobre JM. Al parecer, se pasa días y días callejeando, sin pasar por su casa, sin dormir (o durmiendo quién sabe dónde), sin afeitarse, sin lavarse, perdido en su mundo cada vez más hermético y distante. Dicen P&M que piensan que tiene problemas con la coca... No lo creo. No hace tanto, hasta mayo, que él y yo salíamos con cierta frecuencia por ahí, a empaparnos de noche y de amistad. Soy bastante inocente con estas cosas, pero estoy casi seguro de que me hubiera dado cuenta de suceder algo así. El caso es que nuestro común amigo cada día está peor. Huele mal, habla solo por las esquinas, sus conocidos le huyen por miedo al sablazo o al monólogo interminable. Una lástima.
 
LUNES CANALLA
Acabo de tener un altercado en la redacción con M S (nuestro Leoncio particular) por un problema de competencias en el trabajo. Después de un año currando a sabiendas de que me pagaban menos de lo que en principio habíamos negociado (pero como la culpa de no comprobarlo antes de firmar el contrato fue mía, decidí callarme), y una vez que me han hecho indefinido, he pedido un aumento de 75 euros. Tras muchos conciliábulos -supongo que la empresa, por 75 euros, puede quebrar si no se anda con cuidado-, mi jefe, E B, me llamó al despacho y me dijo lo que ya sospechaba: hasta diciembre no revisarán ningún contrato. Pues qué bien. Reconozco que la cosa me ha jodido, no por los 75 euros en sí, sino por el hecho de sentir que mi trabajo (y todos los extras que realizo) no se valora una mierda. Así que a partir de ahora he avisado a M S y demás que me voy a limitar a cumplir las funciones que estipula mi contrato, ni más ni menos. Lo siento por J, y pr L, y por E, pero tengo la impresión de que por ahí arriba, en las alturas de alguna dirección general, se están riendo mucho (pero mucho) de mí. Y no me da la gana.
Vaya, que hoy no tengo el día, y M S con su tonillo de voz (algo así como "si no haces esto, vas a ir a la seño") me tocó la moral. Cuando me soltó que no debía hablar directamente con ellos, sino con mi director, se lo dije:
-Yo no tengo que hablar con nadie, en todo caso habláis vosotros con E B, con R P o con san Pedro...
Un silencio incómodo a mi alrededor me demostró que, quizá, me había pasado un poco en la respuesta. Pero es que me quema la sangre...
 
DE FIESTA CON M
Aunque anoche bajaron las temperaturas y ya hoy llevo una camiseta de manga larga, el sol acaricia las esquinas de la ciudad con sus dedos de fuego, y da gusto caminar por Madrid, sin el calor sofocante del verano, disfrutando de estos días imprecisos, de transición, que luego se acabarán, tan de repente, para dar paso a la destemplanza del invierno. Como un regalo inesperado, cada mañana al despertarme corro al balcón, abro de par en par las ventanas y siento una felicidad difusa (pero muy real) porque el cielo es de nuevo azul, y el sol derrama su potencia sobre todos nosotros, y su lengua humedece las esquinas, juega al escondite con los gatos en el tejado de enfrente, arrulla a las palomas -lejos de los gatos, como olvidadas de ellos pero alerta, siempre a desmano de sus saltos y sus garras hambrientas de caza. Cada mañana vivo el regalo de otro día hermoso, perfecto. Y lo disfruto pensando que acaso sea el último, que el próximo puede traer en sus alas de tiempo el primer escalofrío de un invierno que está al llegar, que viene para quedarse, quieras que no, por unos meses.

Me he levantado pronto y ya me encuentro mejor que ayer, aunque persiste un ligero dolor en la mandíbula si froto los dientes unos con otros y todavía me duele el cardenal que me hizo V en el cuello. La noche del Viernes, después de cafetear durante toda la tarde en casa de M S (sigue felicísima con R, se le nota en el brillo de los ojos cuando me cuenta; y qué emocionante ese arrodillarse de él frente a ella, ese cogerle la cabeza con las manos, ese hundirse en su mirada y decirle, por primera vez, te quiero); paseamos a Tommy por Huertas, un lento paseo porque el pobre bicho ya tiene 14 años, está ciego y sordo (un ancianito torpón y ladrador). Luego M se pasó por allí y de nuevo, por un rato, fuimos los tres amigos, frase ingeniosa va, risa viene, como un aleteo de ironía y buen rollito en el ambiente. Una vez solos, M y yo cenamos una parrillada por ahí (nada del otro mundo, pero barata) y nos encontramos con E y su amiga X, recién venida de Lugo y con el jet lag del autobús pintado en el rostro. X me pareció una chica muy dulce y muy callada. Hace unos años me hubiera sentido en la obligación de sacarla de su ensimismamiento, no sé, animarla y esas cosas. Tipo relaciones públicas del Princesa del Caribe. Ahora, con la edad (y la experiencia), entiendo y respeto a este tipo de personas silenciosas, parcas en palabras -que no en emociones. Así que no fui muy pesado con ella y dejé que siguiera su tempo, que nos fuera conociendo poco a poco, hasta donde quisiera. Estuvimos primero en una taberna de la plaza de Dos de Mayo, donde se nos unió L (divertida como siempre, y muy guapetona). Fuimos dando tumbos de bar en bar, hasta que recalamos (previa visita al Angie, como era de rigor, para que lo conociera X) en el Mission Cleimd, donde pinchaba nosequién amigo de J&A. Hubo fotografías, a mí se me cayó una mahou entera, que se estrelló contra el suelo y lo dejó todo perdido. Y, cuando iba a sacar el costo de mi tío ante la petición del respetable, no sé qué coño hice que también se fue al suelo. Imposible encontrarlo, entre los trozos de vidrio de la mahou y demás, la piedra se perdió, ya para siempre. A quien lo haya encontrado le habré hecho un favor, porque era buenísimo y merecía la pena el ser fumado.
A las tres de la mañana, los unos estaban cansados, los otros se perdieron por ahí, así que M y yo, solos y muy, muy animados, decidimos continuar por nuestra cuenta. Hacía mucho que no nos corríamos una juerga de antología, por lo menos desde febrero. Nos largamos, sin pensarlo, al Ohm. Allí fue la locura, compramos drogas y dejamos que la química, muy lentamente al principio (como un cosquilleo en las piernas, como una risa floja en la mirada), se fuera apoderando de nuestros actos. Durante horas fuimos unos autómatas que lo bailaron todo, se lo bebieron todo, hablaron con todo el mundo y se lo pasaron en grande. Este tipo de fiestas, repetidas cada fin de semana, no sólo me aburrirían sino que me dejarían grillada la cabeza, como he visto que les ha pasado a muchos. Pero, de vez en cuando, tomarle el pulso a la noche y desfasarse un poco está bien. Uno se siente vivo, maravillosamente vivo.
Acabamos muy tarde ya, a eso del mediodía, en el Nox, un after por Galileo. M ligó con una chica de Valencia, una tal T, que estaba rodeada de muchos amigos, de esos que no te dejan ni a sol ni a sombra. Ella se hubiera ido con él, pero "debía" regresar a Alcalá de Henares con ellos y no pudo ser. Se pasaron los teléfonos y quedaron en llamarse. Yo me encontré con V, un chico al que conocí hace años en Londres, cuando él disfrutaba de una beca como escultor y yo limpiaba habitaciones ganándome el pan con el sudor de mi frente... Durante una temporada quedamos mucho, salíamos por ahí juntos. Sobre todo al Popstarz, al que éramos adictos y donde había un tío guapísimo al que él se estaba tirando. V siempre me resultó atractivo, pero nunca sucedió nada entre nosotros. Hasta que ayer, cuando ya quedaba poco para que nos fuéramos, nos miramos y, sin saber cómo, nos enganchamos como dos posesos. Al final, cada uno se marchó para su casa, pero todavía me quema el recuerdo de sus besos, y el cardenal del cuello me dice que aquello fue muy real. En fin...
M me acompañó a casa y se quedó a dormir. Fumamos tres porros seguidos (pero continúo sin tocar el tabaco) y reincidimos en los extremos de una amistad que me es tan querida como necesaria. Él dice que hemos pasado una temporada más distantes, y puede que tenga razón, pero después de diez años y tantas, tantísimas cosas que hemos pasado, para mí sigue siendo quien es, sin vuelta de hoja. Más que un amigo (no digo un hermano, porque él y yo nos descojonaríamos con el símil...). Soy un tipo afortunado.
 
OSCURIDADES DEL CUARTO OSCURO
Anoche rompí el periodo de calma y de hogar dulce hogar que llevaba siendo la semana. Salí primero con la gente del trabajo por Malasaña -Radio Palma, La vaca austera, Laberinto... Éramos E, J&A, L sin su chico y R, antigua novia de J, actriz y filóloga que se quedará a vivir en mi casa hasta fin de año. Es una chica pequeñina pero con carácter, un poco lumia (como decimos por Cantabria), un tanto mandona. Pero me cae bien. A E no, a ella no le cuadra del todo, dice que hay algo extraño en ella, que le desasosiega. Charlé por los codos, como de costumbre, y, alta ya la madrugada de cervezas y de porros, dije adiós a E en la encrucijada de Callao con Jacometrezo y me acerqué al Strong, lugar infame donde los haya, antro de perdición, lupanar, etcétera. Pero curioso y digno de conocerse. A través de unas escaleras que son la bajada a los infiernos (así me lo pareció la primera vez que fui, hace varios años), uno accede a la zona de bar, vacía de gente, huérfana de toda decoración y mobiliario -únicamente la barra y varios taburetes para clientes cansados-; la música es una letanía que nadie escucha y lo de menos es la pista, donde bailan unos pocos, desganados y muy borrachos ya. La zona más visitada, la que da renombre al garito, es el cuarto oscuro, amplio y con multitud de recovecos por donde perderse (y uno se pierde, doy fe de ello). Cuando entré, pedí una copa y casi me la bebí entera -a mi ritmo habitual- antes de reunir el valor para entrar en la "zona oscura". Una vez dentro, aquello parecía el metro en hora punta. Gente, gente, gente. De muy diversa procedencia, guapos unos, otros no tanto, jóvenes, algo maduros o francamente viejos. Todos con el gusanillo del deseo, el comecome del sexo escrito en la mirada, en la cercanía obscena de cuerpos semidesnudos, en el temblor de unas manos camino de una bragueta (cuando aún no sabes si te rechazarán o no), en las prisas y el nerviosismo. El área más iluminada era un pasar continuo de humanidad, mientras unos cuantos se hacían fuertes contra las paredes y ponían cara de cazador furtivo, de chapero de ocasión, de mírame pero no me toques pero mírame pero tócame. Di vueltas, brujuleé por aquí y por allá, pasé por alguna que otra mano (como la falsa moneda o el paño estropeado que no se vende, ay) hasta que encontré a uno que me gustó -y yo a él- como para subirlo a casa. Entre una cosa y otra, para cuando se estaba yendo eran las siete y pico de la mañana...
A mediodía ya estaba en pie, absolutamente volado pero en pie. Una ducha de agua fría, afeitado y a la calle. Mi intención primera era un café tranquilo en Colby y lectura. Pero no pudo ser. Me agarró por banda So, que ha cogido la costumbre de contarme su vida, como si yo fuera su confesor o un psquiatra de reconocido prestigio (y gratuito, claro). Casi, casi fue kafkiano. Yo sentado a la mesa, dando sorbos quedos al café, con el libro abierto y sin poder leerlo; ella de pie, vigilando que la encargada no la pillara, dándome el parte de su vida sentimental, con pelos y señales. Dios. Voy a tener que cambiar de sitio si quiero currar un poco por las mañanas. Quizá el Laan: hasta primera hora de la tarde apenas hay clientela y los camareros son amables pero, de momento, no han intentado coleguear en exceso.
De la tortura de So me salvó una llamada de J. Que si nos veíamos para tomar unas cañas. Dije que por supuesto. Traté de que E bajara también, pero estaba catatónica en la cama y se negó en redondo. Vaya amiga... Con J me llevo bien, de los compañeros de redacción es uno de los que más aprecio, pero era la primera vez que nos íbamos a encontrar él y yo solos y no sabía muy bien de qué hablaríamos, o si habría o no fluidez en la conversación. Apenas tocamos el tema (recurrente) del trabajo, y sí charlamos de teatro y de literatura. Caminamos por Palma en dirección a San Bernardo y nos metimos en la zona de Comendadoras. El sol de otoño apretaba, las calles estaban limpias, como recién puestas por el Ayuntamiento. Terminamos en la plaza de los Guardias de Corps, un lugar recoleto y muy agradable, sentados a una de las mesas de la terraza de la Taberna de Corps, frente al cuartel del Conde-Duque. Piedras centenarias, ambiente casi rural, aire detenido. Luego regresamos, sin prisas, hasta Dos de Mayo, para tomar la última. La plaza descuidada, joven de botellones, sucia de noche. Algún que otro marroquí susurraba costo (o lo que quieras, amigo) por las esquinas, una viejecilla daba de comer a las palomas. Plenitud. A pesar de la resaca.
 
JÚPITER Y SUS REVOLUCIONES
Al final, A G-A va a tener razón. Ayer, en el curro, me dijo que Júpiter regirá nuestras vidas a partir del día 26 y que, hasta que se "acomode", andamos todos un poco revueltos. Normalmente me río de estas cosas, pero lo cierto es que llevo unos días mordiendo el aire, con un humor cambiante de lo más carca, pocas ganas de socializar y sí muchas de armar trifulca... Vaya, vaya.
Anoche fue una duermevela continua, espesa, con el dolor de garganta (que no cede) martilleando en algún lugar de mi cabeza, donde la consciencia se agazapa cuando es el sueño quien manda. A lo peor uno va de supermán por la vida, las cosas aparentemente me resbalan, pero es el cuerpo el que sí acusa los golpes (de la ruptura con P, en este caso) y ahora estoy somatizando cuanto ha pasado en esta quincena. Garganta inflamada, una tos seca y silicótica, sensación extraña de irrealidad. Como si mi cuerpo no fuera mío y estuviera a punto de remontar el vuelo y huir de esta esfera para entrar en otro plano diferente, más vívido y vivible. No sé. Creo que tengo un poco de fiebre y por eso escribo tonterías. Seguro que mañana me reiré de esto, de las frases pesimistas y absurdas que hoy me crecen sin querer, de entre los dedos, como enanos rebeldes de mi particular circo.
A la noche, después del periódico, E pretende salir por ahí. Viene desde Santiago de Compostela su amiga X, y quiere que la conozca. Supongo que al final diré que sí, pero en estos momentos lo único que realmente me apetece es echar el cierre, colgar el cartel de cerrado por vacaciones, meterme en la cama y perder el sentido durante los dos días del finde. Patético.
 
MI VIDA NUEVA
Éste es mi segundo día sin fumar. El fin de semana, en un rapto de locura -o de insensatez- me decidí a limpiar y ordenar la habitación, después de meses dominado por la desidia. Muchas ganas de escribir, de salir, de conocer gente y hacer cosas. ¿La conclusión? Mi estado natural es el de la soltería.
Café por la mañana, a las once, con A en Colby. Charla sobre mi ruptura con P (¿cómo estás?) y sobre Marruecos -adonde J y él van este próximo puente, una especie de luna de miel, supongo. Se interesa por mi estado de ánimo, y cuando afirmo que estoy bien, noto en su mirada una sombra de duda, lo que a su vez me hace dudar y trastabillear con las palabras.
-Bueno, estoy bien dentro de lo que cabe, pero yo creo que, después de ocho días, si no me he derrumbado en todo este tiempo, ya no me caigo.
Su respuesta: "Como nunca te caes en público, parece que las cosas no te afectan". Que no me caigo en público... Uff. Las conversaciones con los demás son como asomarse a un espejo deformante (o no): según como sean de intensas, uno se mira de cuerpo entero o sólo vislumbra la línea de la nariz, el lóbulo de una oreja, un trozo de pómulo. La imagen que A devuelve de mí es sorprendente, y no me la creo mucho. Más bien nada. Una especie de Clint Eastwood de las emociones, el vaquero inasequible al desaliento. Conozco a alguien, dejo que su vida y la mía se enreden por un tiempo y, para cuando me abandonan y de nuevo estoy solo, masco un poco de tabaco y suelto un salivazo hasta medio metro de distancia. Con esa agüilla hecha de saliva y tabaco se van todas mis frustraciones, vuelvo a ser el llanero solitario que cabalga bajo el sol. Pues no. Si caerse en público es montar un show con lágrimas y pucheros, probablemente nadie me vea caer nunca, porque uno es producto de su educación y eso de mostrarse débil no se hace (ya, ya sé: ideas trasnochadas, y como tal las sufro). Pero también tengo mi corazoncito. Y estos días algo he flaqueado, aunque poco.
Acompaño a A hasta Tribunal y, como perla final, me dice que M y él siempre lo han dicho:
-Si hubiera una guerra nuclear, sobreviviríais tú y las cucarachas.
No sé si tomarme esto como un cumplido y más bien todo lo contrario...

Acabo de terminar las dos novelas de Cheever ("Crónica de los W" y "El escándalo de los W") y aún estoy flotando en el limbo de esa América dulce y cruel que muestra. Hay pasajes de una brutalidad tan ingenua -si esto es posible: a poco que uno lo piense, lo es- que tenía que cerrar el libro, respirar hondo y continuar unos segundos más tarde. La majestad atemporal de la prima Honora, el doctor Cameron y ese enfrentamiento en el tribunal con su hijo, Coverley y sus miedos homosexuales, la pasión de Melissa por el joven y guapo Emile. Seiscientas páginas que van montando y desmontando el mecanismo del sueño americano, un sueño que es pesadilla. Muy, muy buen libro.
Ahora comienzo "Del diario de un caracol", de Günter Grass. Las primeras páginas fueron como losas en mi cerebro, pero he conseguido alzar el vuelo y parece que me interesará lo suficiente como para llegar hasta el final. Veremos.

Idea sobre la novela. Cómo unir la realidad del narrador (yo) y el plano de la ficción (historia de Julio). A través de la palabra sueño. Que la historia de Julio comience siempre así: "Sueño que...", "Sueño a Julio con Candela en el malecón", "Sueño una rabia intensa que se disuelve en desesperación", etcétera. Darle un sentido onírico a esa parte. Pero que la cosa no quede ahí, que en el plano "real" el narrador haga referencia a esos sueños, los incorpore a su vida y discuta sobre ellos. Que ambas partes se tiñan la una de la otra.
 
TÍA ABUELA
Hoy la tía Cuca hubiera cumplido 94 años. Hermana de mi abuela paterna, fue siempre una mujer delgada, de rostro vivaracho y levemente caballuno, sonrisa amplia y mirada recta, dura e inteligente. Llevaba el pelo corto y peinado hacia atrás, de un blanco con tonos ligeramente azules que estaba de moda, entonces, entre las octogenarias de postín. En Santander, desde su atalaya de la calle Vargas, espiaba el discurrir de una ciudad que era casi un villorrio cuando nació en 1910 y que a su muerte, hace cinco años, seguía siendo (en espíritu) un pueblo grande con ínfulas de ciudad turística y cosmopolita. Como si una aldeuela perdida por las inmensidades de Castilla se vistiera de largo y pretendiera ser Cannes, o St Tropez, o el mismísimo París. Cuca leía mucho y escuchaba la radio a todas horas. Siempre estaba informada, perfectamente, de lo que ocurría en el mundo. Yo la visitaba con frecuencia. Me llegaba hasta su puerta y, al pulsar el timbre, sonaba la melodía antigua del "Para Elisa", un poco demasiado rápida, como forzada. No sabía de ninguna otra casa en la que sonara música clásica en lugar del típico sonido estridente de todos los hogares. Ya esta diferencia me indicaba que, con el simple hecho de llamar al timbre y esperar a que me abrieran, ingresaría en otro universo muy distinto del que palpitaba unos metros más allá, en las calles. El recibidor en tonos rojos, la salita llena de recuerdos y fotografías, las habitaciones, el comedor de muebles macizos y robustos (donde nunca comía nadie), la cocina con sus amplios ventanales, luminosa y funcional. Todo ello era como un viaje en el tiempo. Hablar con mi tía -casi siempre de política, o de cómo el sexo (esa cosa repugnante) teñía de turbiedad y sordidez cuanto tocaba- era rozar con la punta de los dedos la realidad social de los primeros años treinta. Se sentaba frente al televisor apagado, con la ventana que daba a la calle a su derecha, y me miraba largamente, mientras opinaba sobre esto y aquello. Era muy conservadora y chocábamos mucho. Franco representaba una verdad inmutable; Felipe González era el arribista con acento del sur -nunca se fió de los andaluces- y chaqueta de pana que estaba destruyendo al país; el Rey, un nieto guapo de aquel Alfonso XIII a quien ella se acostumbró a ver en los veranos santanderinos de antes de la República. Yo admiraba su inteligencia, y la fuerza terrible de su personalidad. Y su determinación.
Ante la tía Cuca, todos temblaban: temían el filo cortante de su verbo, la lúcida disección que hacía de los otros. Mi abuela, frente a su hermana, no era ya mi abuela sino la hermanita pequeña (y un poco tonta) que Cuca soportaba a duras penas. Mis tíos, empezando por las hermanas mayores de papá, no eran los adultos seguros de sí que acostumbran ser, sino los bebés que ella había ayudado a criar, a quienes tantas veces castigara por portarse mal, cuyos pañales había cambiado...
Cuca tenía vocación de solterona, en todas las fotografías de sus años jóvenes aparece con una expresión triste, pensativa, la mirada gacha y una falta de belleza evidente. Mi abuela paterna, en cambio, siempre sonríe, sale mucho rodeada de amigas y de amigos, en la playa, en la calle, en su casa. Ella se casó muy pronto, a los 21 años, y Cuca se fue resignando a su ser impar, a convertirse en esa tía solterona que tiene toda familia que se precie. El báculo de sus padres ancianos, la educadora de una riada de sobrinos. Pero cuando ya rondaba los cincuenta se cruzó en su camino Ramón, un conductor de camiones grande y torpe, muy buena persona, aunque un poco perdido en su mundo, que no siempre era el nuestro. Cuando se casaron en 1959, a los pocos meses de conocerse, hubo un pequeño escándalo familiar: la señoritinga de provincias, religiosa ortodoxa y muy remilgada, se casaba con un hombre varios años más joven, sin apenas cultura ni vocación de adquirirla. ¡Un camionero! A la abuela Carmen casi le dio un soponcio. Y la misma Cuca fue consciente de haber hecho un "matrimonio desigual": nunca más volvió a ponerse sombrero, porque consideraba que, como señora de su marido, había perdido la prerrogativa de llevarlo.
A pesar de los malos augurios, Cuca y Ramón fueron felices, vaya que sí. Con sus altos y bajos, pero la cosa resultó. Terminaron siendo una pareja de ancianitos, un poco sordo él, un tanto gruñona ella, que iban juntos del brazo a misa, o a tomar el aperitivo los domingos, o a dar un paseo en una tarde de verano. Ramón murió en el 96, y entonces ella volvió a su natural estado de viuda o de solterona, persona impar. El luto realzaba el blanco azulado de su cabello, confería un aura de fragilidad al cuerpecillo menudo, comido de osteoporosis. Nunca se recuperó de esta pérdida. Con entereza soportó los dolores de su enfermedad, que a cada poco la conducían hasta la Unidad del Dolor, en Valdecilla. Los médicos, ante la visión de su osamenta desmadejada, no entendían que siguiera en pie. Decían que era imposible. Pero no. Su mente se negaba a perder la batalla, a dejarse vencer: era su tenacidad quien tiraba del guiñapo informe sobre el que se sostenía su inteligencia. Qué mujer más valiente.
Al tiempo que yo preparaba las maletas para trasladarme a vivir a Bilbao, ella cedió al paso cruel de los años, buscó por su cuenta una residencia y, sin avisar a nadie, cerró la casa de la calle Vargas y se largó a un moridero de viejos, a las afueras de la ciudad. Todavía allí la visité alguna vez. En silla de ruedas, su existencia se limitaba a un monótono ir y venir de la habitación a la capilla, donde rezaba a su dios. Murió estando yo en Londres, demasiado lejos como para asistir al funeral.
Creo que quise de verdad a esta mujer. No con el amor que siento por abuelita (de la que todavía no podría escribir aquí: su pérdida está muy reciente, y el vacío que ha dejado en mí es enorme), pero sí con cariño y con una especie de orgullo por haberla conocido y, me parece, entendido muy bien.
 
TIPOS HUMANOS
Este mediodía he salido de casa con unas ganas tremendas de leer y escribir. Meterme en un café, pedirme un ídem, encender un cigarrillo y estar un rato a solas. Primer estadio: Colby, donde me di de bruces con S, a quien saludé sin muchas ganas y que inició conmigo una conversación de esas tan trilladas y archisabidas:
-¿Qué tal todo?
-Bien, un poco cansado.
-Es que los lunes pesan, ¿verdad?
-Y que lo digas, estoy que me caigo de sueño.
Y así, repetido, hasta la náusea. S es un tipo alegre y optimista, que mira el mundo de frente desde su silla de ruedas y se ríe de todo y de todos. A mí me admira su desparpajo, cómo no se arredra, ni mucho menos, por su minusvalía. En mes y medio se casa con su novia M, y anda enredado en los preparativos de última hora. Entre este tema y el de qué-hicimos-cada-uno-de-nosotros-el-fin-de-semana, se fue pasando el tiempo. No me soltó en una hora, y para cuando se marchó a trabajar (es teleoperador cerca de allí, no sé muy bien de qué) me dejó en manos de una señora a la que él conoce y que cinco minutos antes se había acercado a saludar. Una mujer en la cincuentena, grandes gafas de miope sobre una nariz pequeñina y respingona. De joven debió ser, si no guapa, al menos graciosa. Parecía muy agradable, pero a mí maldita la gracia que me hacía continuar allí sentado, con mi libro cerrado al lado, que me llamaba y me pedía, por favor, que lo leyera. Encontró que teníamos algo en común y ya se lanzó. Ella trabaja en un hotelito por la zona, haciendo camas y limpiando habitaciones. Se queja de que nadie deja propinas (¿la culpa? de ese malvado euro, que todo lo trastocó con su llegada; da la impresión de que antes de 2001 aquí todo dios nadaba en la abundancia y llegaba a fin de mes sin problema), que no hay compañerismo, no como antes.
-Cuando yo trabajaba en La Paz, también en el sector de limpieza, antes de tener a mi hija, con 23 años, había un compañerismo increíble, todo el mundo se llevaba muy bien, los unos tapaban a los otros para que los jefes no se enterasen de nada. Ahora, en cambio, la gente es más egoísta, cada uno busca su propio provecho. Y así vamos muy mal.
Yo le hablé de mis años londinenses, de los días larguísimos de "departure" y la sensación cuartelaria que siempre tuve en los diversos hoteles en que trabajé. Cómo uno aprende mucho en este tipo de curros. Siempre que no se quede haciendo lo mismo, estancado, toda la vida. (Esto último me lo callé.) Trabajar en un hotel limpiando la mierda que otros van tirando te permite el acceso más directo a su mundo. Recuerdo que, cuando me cruzaba con algún cliente por los pasillos del hotel (cerca de Paddington), lo normal es que ni me mirasen a la cara. Yo era el último mono allí, un chaval sospechosamente moreno (por lo tanto, of course, poco british), todo vestidito de azul con la chapita del hotel en la solapa, donde se podían leer mi nombre y cargo. No era digno de un saludo por su parte. Y por eso mismo, cuando entraba en sus cuartos, tampoco se preocupaban de hurtar a mi mirada objetos, papeles, restos de canutos, bragas sucias, condones usados, etc. Resultaba divertido meterse en alguna de las habitaciones e investigar, en la papelera, sobre la mesita de noche, en el cuarto de baño, cómo serían esas personas que se hospedaban allá por unos días. Divertido y muy aleccionador.
Al final, amiguísimos, nos despedimos hasta la próxima. Mi libro, sin leer. Enfilé para el BAires, pero sabiendo de antemano que allí sí que no tendría tiempo para nada. Segundo estadio. En la barra, Ma, que me cuenta que P aún no ha vuelto de su viaje a Suiza. Me tomo un café, hablamos de cine, miro el reloj y ya es tarde. Despedida de Ma, viaje en autobús hasta el curro y fin de mi día. El libro, claro, sin leer.
 
DESPUÉS DE LA CALMA...
Día complicado en la redacción, con M-L R dando por culo justo cuando más agobiado y cargado de trabajo estoy. A mi esta mujer me supera, hay días en que le ataba una piedra al cuello y la tiraba al mar, como comida para los peces. Menos mal que ya se ha terminado todo y ahora toca irse a casita (ni de coña salgo a tomar algo), a ver un rato la tele (7 Vidas, que lo he grabado) y a dormir, dormir, dormir.
Anoche hubo reunión en casa de C&H, con M, A y su novio, F con el suyo y Ai (morenísima, guapísima y con esa manera de ser suya que tanto me gusta: "Tengo mucha suerte, no me puedo quejar", dijo cuando hablaba de su casa y la compra de la misma). Yo invité a venirse conmigo a E, que como era de suponer se quedó prendada de C. No me extraña, C es una tía de lo más atractiva, y le gusta gustar más que a un tonto un lápiz. Lo pasamos muy bien. Nos quedamos allí hasta cerca de las tres de la mañana, bebiendo y fumando sin parar de reír (pero menos, que los tiempos de Mecano pasaron y mis amigos también empiezan a hacerse mayores: se nota en las conversaciones, serias y sesudas). Charlamos de esto de los blogs (E y yo estamos enganchadísimos) y la gente como que no lo entendía muy bien. En fins.
Cuando C&H consiguieron echarnos, muy amablemente, de su casa, E y yo decidimos que la noche aún no se había terminado, ni de coña. Teníamos el cuerpo jotero, vaya. Acompañamos un trecho del camino a M y luego enfilamos para Chueca, vía Sol, Montera y Hortaleza. Había mucha gente en la calle, imagino que porque ya ha vuelto todo el mundo de las vacaciones y precisamente este finde fue la rentrée. Grupos de chicos y chicas arracimados en las aceras, con el botellón a cuestas, cantando a voz en grito la última de Bisbal; gays super fashion que más que caminar parecían levitar sobre el asfalto, el gesto serio de quien se sabe y se desea observado; las putas de Montera que ya no saben dónde ponerse, con la oscuridad se vuelven audaces y buscan a los clientes como locas, haciéndose la competencia entre ellas; borrachuzos como E y yo mismo, que íbamos haciendo eses rumbo al bar salvador, de nuevo el Escape, a ver si E conseguía novia...
Hubo que hacer cola, porque el garito estaba lleno hasta los topes. Según entramos, una vaharada a alcoholazo y a sudor nos dio la bienvenida. Pedimos las copas y nos posicionamos, primero en una esquina, luego en otra. Vi dos o tres chicos que no estaban mal, sobre todo uno de ellos, muy delgado y con pintas de macarrilla, al que bautizamos como "vallecano". Pero, ay, el vallecano era más hetero que el padre de Julio Iglesias y Jose María Aznar juntos, y no había manera de que mirase hacia donde yo estaba (muy comedido, por otra parte: que nadie piense que andaba haciendo aspavientos y gracietas para que se fijasen en mí; en estos casos, siempre me da el punto tímido). Mientras tanto, entre cigarro y cigarro, charleta de esto y aquello más algún sorbo a la copa, E parecía un periscopio en plena acción de reconocimiento de las costas enemigas. Arrugaba la nariz, abría la boca y respiraba profundamente (era una especie de suspiro melodramático), enarcaba la ceja y me señalaba a una o a otra, sin decidirse por ninguna. De la nada surgió una chica delgada y rubia, que se puso a hablar sin parar con E, a la que conocía de antes y a quien (era tan evidente) quería follarse esa noche. Pero mi amiga sufre de una cosa que se llama miedo escénico: se muere de ganas de actuar en la función, le das un papel, se lo aprende, se maquilla y viste para el estreno, se plantifica sobre el escenario, suena un redoble de tambor, se levanta el telón y... ni rastro de E, que ha puesto pies en polvorosa. En fins.
A mí me entró un chico de Valladolid, con sólo 18 añitos y unas ganas de comerse el mundo que me hicieron bostezar de aburrimiento no bien llegamos a mi casa. El niño iba de sobrado: según entramos en la habitación, me dijo que si yo no sería de los que se "emocionan". Le pregunté que a qué se refería con eso de emocionarse.
-¿Qué quieres decir?
-Tú piensas que, porque he venido a tu casa, vamos a follar, ¿no?
Y claro que lo pensaba, joder. Si casi se había colgado de mi cuello en el Escape, después se había autoinvitado a mi casa y estábamos en el cuarto, sobre la cama, enzarzados como dos bestias...
Decidí seguirle el juego y me acosté, dándole la espalda y deseándole buenas noches. Ni qué decir tiene que, en menos de dos minutos, le tenía encima otra vez. Ay, la inocencia de los 18.
 
TARDE DE SÁBADO
Levantarse por la mañana –no muy temprano, pero tampoco demasiado tarde–, sin resaca (para variar), y salir de casa a mezclar mis pasos con los de cientos de viandantes en este sábado de septiembre. Sentir el sol que todavía quema sobre la piel, vagar sin rumbo, sin prisas, sin destino final prefijado. Y recalar en un café cualquiera, desde cuyas mesas vigilar el ritmo endiablado del centro de Madrid, una curiosa simbiosis entre la calma y la locura, tantos en las calles, entrando y saliendo de las tiendas, de los parkings, de los bares. Saberme hormiguita, una parte minúscula de este hormiguero donde (casi) todo es posible. También la felicidad. No hay obligaciones en la línea del horizonte; ningún trabajo pendiente. Qué bien.

Ayer quedé con E en los cines Princesa para ver la última de Amenábar. Este tío es un genio, o si no poco le falta. Buena dirección de actores, buen manejo de la cámara, sensibilidad que no se confunde, en ningún momento, con ñoñería. Yo también lloré, aunque sólo al final de la peli, cuando toda la platea era ya un mar de lágrimas. Quzás es la dichosa coraza de según M viaja conmigo a todas partes. E sí que se largó una llantina de antología, de esas que te dejan como nuevo, con las pilas cargadas y tal. Sentada a mi lado, oía de vez en cuando cómo se sorbía la nariz, mientras que justo detrás nuestro se escuchaban los comentarios de una pareja de mediana edad, de los que siempre han de contarse (y contarnos) la película. E afirma que ella ni se enteró, tan metida estaba en la trama. Y que soy un gruñón (no con estas palabras, pero por ahí iba la cosa). A lo mejor está en lo cierto, la verdad es que de vez en cuando saco al perro de la misantropía, le doy una vuelta por ahí, para que haga sus necesidades y corretee, y luego lo vuelvo a meter en casa, hasta la próxima. Sí que me molestan muchas cosas de los demás, su falta de respeto al hablar en voz alta en un cine; su presencia excesiva y sudorienta en el bus, una tarde oscura y lluviosa de invierno; cuando cenas en algún sitio y al lado te toca una despedida de soltero. P decía que parezco un abuelo, protestando por todo. Mi madre, de niño, que qué poco sentido del humor tengo, que cuando sea viejo no me va a aguantar nadie. Igual esa falta de empatía con el medio ambiente es lo que hace que la gente se acerque (primero) y se aleje (inmediatamente después). Reconozco que determinado tipo de persona me saca de quicio. Y que la paciencia, para la estupidez y la estulticia, nunca la tuve larga. Pero me temo que a estas alturas va a ser complicadillo el cambiar. A quien le guste, bien, y a quien no, pues a otra cosa.

La noche del jueves, después del curro, nos tomamos unas cañas E y yo en el Angie. Hablamos de mi ruptura con P y de si estamos o no preparados para la vida en pareja, que es tan dificil de llevar. Ella dice que echa de menos un vínculo con el mundo de las lesbianas, que últimamente su círculo de amigos son un conjunto de parejas hetero y que toda su actividad bollo se resume en alguna llamada en la noche de A y los mensajes de móvil (agradables o bordes, según su estado de ánimo) de N. Aparte de su relación conmigo, que en ocasiones alcanza cotas elevadas de cariño, otras de resentimiento. Salir sola no es la solución, porque asegura que las bolleras son muy cerradas, que acceder a un grupo de lesbianas amigas es casi imposible sin que alguna te introduzca previamente. Puede que tenga algo de razón; entre los gays es diferente, si eres guapo y joven, enseguida se te abren las puertas. Las hay que conducen directamente a una cama, un polvo y la promesa de una llamada que nunca se cumple, y ya está. Pero algunas, con o sin cama previa, devienen amistad. Creo que E exagera, que pasa ahora por momentos duros y que todo cuanto toca lo tiñe de un pesimismo enfermizo que no le hace ningún bien. Yo veo ante mí a una chica de 27 años, guapa y seria como un ratoncillo, muy interesante y seductora. No en vano, cuando nos conocimos, sentí una atracción por ella cercana al amor. Y me fastidia ver que no se saca partido, que se mete en su concha amarga y no asoma la cabeza sino en contadas ocasiones... La otra noche, cuando nos cerraron el Angie, fuimos al Escape, en pleno Chueca, por ver si E se ligaba a alguna –ésa era mi intención. Terminé borrachísimo y, a eso de las cuatro, se me despertaron todos los instintos de golpe, me puse la gorra de cazador y dejé a E sola con sus neuras. Con un ansia terrible, me lancé a la noche y terminé en mi cuarto con un mulato al que conocí en un bar, que me entró y me hizo gracia. Ni siquiera recuerdo muy bien su rostro, mucho menos su nombre. Fue un polvo simpático y sin mayor trascendencia. Otra muesca en el fusil para tratar de enterrar la imagen de P y olvidarle cuanto antes. Ni ha llamado ni espero que lo haga en un tiempo. A veces me descubro pensando en él, o suena música de Bowie, de los Cure o Elbicho y me viene a la mente (como una foto-fija desde el pasado) la imagen de P en mi cama, cuando me acariciaba muy suave y me decía "cuánto te quiero". Aparto los pensamientos fúnebres como quien despeja de telarañas el viejo desván de casa y miro a mi alrededor. Sorprendido. La vida fluye, no se detiene por nada ni por nadie, aunque nos hiele el corazón un golpe seco, o se nos corte el aliento y surjan la angustia y el temor, como una bola negra en el pecho que nos impide respirar. Mis problemas, que por ser míos se me antojan un mundo, apenas sí resisten la mirada de los otros. Nadie es tan importante, y la función de esta obra antiquísima continúa (con diferentes actores, con nuevos decorados), debe continuar.
 
MEDIODÍA EN LAVAPIÉS
En la taberna Chilostra, Lavapiés, con música de St Germain como fondo a una mañana hermosísima de otoño. A mi alrededor, pocos en las mesas y en la barra. Qué placer este momento raro de soledad, en pleno centro de Madrid, mientras el mediodía se despereza y crece poco a poco hasta alcanzar la cúspide de una tarde tranquila y reposada. Vengo de casa de M, donde he dormido después de una sesión maratoniana de cortos españoles, conversación con el amigo, cerveza y porros. Siempre viene bien la compañía de M en mi vida. Saber que puede haber incendios, soplar huracanes, abrirse el suelo con el temblor de un terremoto, pero que él está allí para compartir experiencias. No sólo cuando uno se siente con los huesos doloridos después de caerse, por enésima vez, del caballo asilvestrado que es la vida, sino en todo momento. Disfrutar los altos, minimizar los bajos.
Y en eso ando empeñado. Minimizando, que es gerundio. Ya lo escribí ayer aquí: la evidencia del abandono se me hace menos cuesta arriba que la incertidumbre de ser o no amado. Claro que jode el que a uno le rechacen. Se ponen en marcha todos mis mecanismos de autodestrucción, el ego se resiente (de qué manera) y parece que el mundo, tan variado, se reduce a su mínima expresión, pierde color y se torna una serie infinita de fotogramas en blanco y negro. Contra la impresión en sepia del universo que me rodea es contra lo que he de luchar. P es un síntoma, un botón que hace la muestra, un signo de interrogación más en la larga cadena de despropósitos que arrastro. Y la solución, me parece, pasa por atarse los machos, asomarse sin miedo a la sima del interior (no importa lo que veamos) y tirar para adelante. He de aprender a quererme, y entonces seguro que aparece alguien en mi vida, sin necesidad de buscarlo, sin que haya que convocarlo con los ojos del deseo y de la imaginación. El día en que me reconcilie definitivamente con la maraña de pulsiones encontradas que me dominan, que me confunden, que me pueden, ese día vendrá a llamar hasta mi puerta un P renovado, un P cualquiera, y podré construir algo a su lado. O no. Quién sabe. A lo mejor entonces ya no quiero a ningún P, puede que ya no sea preciso encontrarlo... En una entrevista de hace varios años, Chavela Vargas, refiriéndose a su turbulento pasado de amores, desengaños y pasiones siempre fracasadas (todo lo que termina, de un modo u otro, implica un cierto grado de fracaso), decía que era otra persona desde que se sentía inmune a los embates del amor. Después de lustros dándose de cabezazos contra la pared, en busca quizás de una salida, un ventanuco desde el que admirar el mar, una puerta, por muy pequeña que fuera, para colarse en el corazón del otro, ese amor/pasión ya no tenía cabida en su vida. Se sentía tranquila, en paz consigo misma. En ese momento, cuando lo leí, me pareció la paz de los cementerios, aquello se me antojaba una cosa tristísima, las palabras de una muerta viviente con la voz cascada y el rostro devastado de quienes han vivido tanto que ya están de vuelta de todo. No sé. Ahora anhelo esa calma seráfica, ese mirar de frente a los delirios amorosos y reírse de sus cantos de sirena, porque ya no hace falta que nadie nos ate al mástil de ningún barco. Oímos el ulular insistente de su son y nos quedamos como estamos. Ni frío, ni calor. Puede que alcanzar ese estadio zen sea la solución. ¿Y mientras tanto? De momento, a lamerse las heridas y a esperar. Que el tiempo -esa alcahueta- lo cura todo.

Ahora en el curro, a punto de dar carpetazo a una semana más. Saldré con la pobre E, que de nuevo tiene problemas con el coche (algo de la ventanilla, que no funciona) y necesita unas cañas de apoyo. Por mí que no quede. Mañana llamaré a D, con quien comí el otro día en el Momo, a ver si se anima y sale un ratillo por la noche. El sábado será el turno de C&H, que montan fiestuqui en casa para saludar al otoño y, con esta excusa, reúnen a unos cuantos que hace tiempo que no veo. Habrá que aguantar el chorreo de preguntas, supongo...
 
CORAZA FRENTE A TRISTEZA
Cuando me levanté este mediodía, con una resaca de espanto y la boca un lodazal de nicotina, me miré en el espejo del cuarto de baño y pensé que no estoy tan hecho polvo. Y es verdad. Las cosas, cuando suceden, son siempre menos dramáticas que en nuestra imaginación, y los días de incertidumbre pasados fueron mucho más duros que esta sensación de vacío de ahora. Echo de menos a P, aunque de un modo extraño. Como si su ausencia fuera un leve dolor de muelas. Un dolor sordo, permanente, pero ligero. Un buen nolotilazo al día y ya no lo siento.
M dice que eso no es real, que no puedo estar tan entero con lo enamorado que él me ha visto. Que lo que hago es ponerme la coraza de superviviente y negar una serie de sentimientos que, por fuerza, están en mí. La caída, si esto es cierto, llegará tarde o temprano. Y será una hostia de las buenas. Puede que tenga razón. Pero si es así, que vivan las corazas salvadoras.
 
NO SOBREVIVIÓ AL FINAL DEL VERANO
P llegó anoche a Madrid y ya hoy hemos dejado, oficialmente, de ser novios. Quedamos al mediodía y, frente a un café cerca de su casa en Prosperidad, me lo soltó de a poquito, para que no me asustara y no le montara una escena, supongo. Se me quedó cara de gilipollas, yo nunca sé qué hacer en este tipo de situaciones. Casi me preocupaba más que no se agobiara con mi reacción que la reacción misma. A veces sentía la tentación de ponerme melodramático y culebrónico ("¿por qué me haces esto?", "como yo te he querido no podrá quererte nadie", "démonos otra oportunidad" y lindezas por el estilo). Pero nunca fui capaz de esos extremos, siempre he sido excesivamente consciente de eso que nuestras bisabuelas llamaban "saber estar". Otra cosa que tengo que agradecer a esa educación católico-represiva que tanto bien me ha hecho.
Simplemente pregunté cuál era el motivo. De sobra sé que sólo hay un motivo real, la falta de amor, pero quería ver qué me respondía P, a qué se agarraba para explicar la ruptura. Fue muy tópico todo.
-No tiene que ver contigo, no te ralles. Es que no puedo tener pareja ahora, no con todo lo que tengo encima. Estoy muy agobiado y lo último que necesito es un novio.
Pues qué bien. Podías haberlo pensado un poco antes, ¿no? Cuando yo me mostraba cauto y tú me decías lo mucho que me querías. Cuando yo trataba de evitar palabras clave como amor, y compromiso, y pareja, mientras que tú hablabas de "años juntos", de "fidelidad", de "te amo más que a nada". Joder con P. Ahora me deja porque fuimos demasiado rápido, porque nos dejamos envolver en la nube tóxica de la pasión y no vimos más allá de nuestras narices. No siento rabia, ni rencor. La verdad es que no le odio. Sigo pensando que es un buen chaval, y que me pierdo a alguien que vale la pena, que me hubiera podido hacer muy feliz. Lo que me encuentro es cansado, aburrido de que todas y cada una de mis incursiones en el terreno pantanoso del amor acaben en fracaso, fiebres tifoideas y final de expedición. A ver cuándo coño descubro algún El Dorado que llevarme a la boca, antes de que sea demasiado tarde, me haga viejo esperando y algún sobrino hijoputa me confine en una residencia de esas en las que uno se muere poco a poco, sin remedio.
Trato de no dejarme llevar por la autocompasión (¿de qué serviría?). Sé que ninguna lágrima conseguirá mover un solo músculo de su rostro. Las cosas son como son, y si P se cansó de mí, pues a otra cosa, mariposa. Hoy por hoy, eso sí, no quiero oír ni hablar de noviazgos, ni de amores, ni de ostias en vinagre. Espero que no se me cruce en el camino ninguna almita cándida en busca del amor de su vida, porque tal y como estoy ahora (de cerrado a todo lo que no sea sexo puro y duro, del aquí te pillo, aquí te mato) creo que podría hacerle mucho daño. Y no es cosa de morir matando.
De manera que este finde me pongo guapo, salgo a comerme la noche y me llevo puesto al primero que me haga un poco de caso. Ya, ya sé que es una táctica de salvamento de lo más infantil, pero es la que siempre me funcionó mejor. Para cuando quiera darme cuenta, P será sólo una inicial en este Diario, un rostro descolorido en un puñado de fotografías y el protagonista de cuatro o cinco anécdotas que contar en una reunión de amigos, cuando el vino y los porros ya han soltado bien la lengua. Lástima que éste, a quien de verdad deseé vincularme no sé si para siempre pero sí por un tiempo largo, haya sido como los otros, un cometa que pasó rapidísimo por mi universo particular, hecho de cadáveres exquisitos y promesas rotas. Ni siquiera ha sobrevivido a este verano que ya se acaba. Bueno... veremos qué nos depara el otoño.
 
BARBACOA FAMILIAR
Este verano, mis padres me invitaron a una barbacoa en su casa. Estamos tratando de redefinir (qué bien, y políticamente correcto, suena esto) nuestra relación, que ha pasado por tantos altos y bajos. A raíz de la enfermedad y muerte de abuelita, hice un esfuerzo y volví a tratarlos, después de casi tres años sin apenas dirigirnos la palabra. Ahora, ambas partes realizamos ímprobos esfuerzos por llevarnos bien y restañar viejas, viejísimas heridas. La barbacoa de ese sábado de agosto fue, pues, una gran pipa de la paz que nos fumamos entre todos.
Llegué al pueblo donde viven ahora (creo que se llama Entrambasaguas) alrededor de las cinco, en una tarde de cielos azules y calor intenso, perfecta como marco para una de esas reuniones familiares que siempre hicieron las delicias de dramaturgos del teatro del absurdo y directores de cine (si suecos, mejor) en general. Íbamos a ser diez a cenar. A saber, papá y mamá, los tíos B&P, L&R, Li&M y la tía V, sin su marido, que andaba navegando por aguas del Oriente Próximo. Guau, menuda representación de la familia. A muchos de ellos hacía años que no les veía, y me invadía una mezcla de curiosidad morbosa y de temor (por qué no admitirlo) a lo que pudiera resultar de la mezcla. La cosa podía ir muy bien o muy mal. Y la cosa fue, efectivamente, muy bien y muy mal. Mis tíos (todos por la parte de papá) llegaron escalonadamente al chalet, visitaron la casa, alabaron el buen gusto de mamá como decoradora y comenzaron a posicionarse en torno a la mesa del jardín, donde un poco más tarde nos daríamos el homenaje. A B&P, que viven aquí en Madrid, los encontré mayores, son casi una pareja de ancianitos, llenos de hijos y de nietos por los cuatro costados. Siempre me cayó bien él, general en la reserva del ejército, un tipo con el sentido del humor ágil y una manera de guiñar el ojo, cuando yo era pequeño, que siempre me hizo sentir a gusto y confiado. No bien me vieron, ella (hermana mayor de mi padre) me dio dos besos de lo más falsos y me soltó que estoy muy delgado.
-Estás muy delgado, ¿no?
-¿Tú crees? Yo me veo como siempre.
-No, no, estás mucho más delgado. Claro, que con la vida que debes hacer en Madrid...
Dos frases y ya me había clavado el estilete. Qué bien. Inmediatamente después, le tocó el turno a su señor esposo, que enfiló muy serio hacia donde me encontraba, me tendió la mano muy serio y, muy serio, me dijo que de cuando en cuando me lee. Dios, con el tonillo que empleó quedó clarísimo que no sólo me lee sino que no aprueba ni de coña lo que escribo. Supongo que resulta demasiado liberal para su ser español y militar a ultranza.
A lo largo de la barbacoa se habló, sobre todo, de política. Ahora en Cantabria, con el cambio de Gobierno, la gente está muy esquinada en sus opiniones. Es a favor o en contra, sin término medio desde el que conversar de un modo pausado. El general, cuando se refería a Zapatero le llamaba Rodríguez (será que a su nariz finamente aristocrática le huelen mal todos los apellidos que no sean compuestos y tengan pedigree), y llegó a decir, refiriéndose a los matrimonios gays, que dentro de poco, a este paso, el pastor podría casarse con la oveja a la que se folla. Muchas risas y alguna que otra mirada intranquila (de mamá a papá, temiéndose que yo saltara y montara un pollo). Pero no hizo falta. La tía M salió en defensa de la política social de Rodríguez (Zapatero) y le faltó el canto de un duro para pegarse con B, que, al comentario de "es que tú te mueves en un ambiente muy conservador, de la extrema derecha del ejército", enarcó una ceja, se ofendió un poco (parecía una gallina clueca protestando por lo que le habían dicho) y luego ya estuvo calladita, por si acaso.
Yo le pegué bien al vino y a la cerveza, charlé por los codos con Li, hermano pequeño de papá y uno de mis tíos preferidos, aluciné con algunas de las cosas que allí se dijeron y me dediqué de lleno a la barbacoa, que estas reuniones taaan familiares me dan un hambre de caballo, mira tú.
Casi al final de toda la movida, V (la mujer de mi tío el marino) soltó la siguiente perla:
-Cuando era joven siempre estaba fantaseando con cómo serían mis hijos... Lo que más me apetecía era casarme y tener hijos para ser una buena ama de casa. Y Dios me ha bendecido.
La madre que me parió. Tuve que pegarle un trago a la cerveza para que no se me leyera en la cara lo que pensaba de la pobre V y sus aspiraciones de juventud. ¿No es un poco triste en una mujer de 48 años? El día que el marino vuelva a casa para siempre, los niños le crezcan del todo y se den al botellón (primero) y se vayan de casa (segundo), a ésta le da el patatús, se nos deprime y descubre que ha tirado por la borda toda su vida de servicio y sumisión. Lástima.
 
LÍO...
Después del fin de semana, con fiesta de cumpleaños de J P-I el viernes y visita familiar al pueblo de mis primos, regreso al trabajo con la moral por los suelos y una sensación de fracaso, de final, que no me abandona. Según he llegado a la redacción, A G-A me ha mirado a los ojos y me ha preguntado que qué me pasa.
-¿A mí?, nada...
-Estás triste, se te nota en la mirada.
Pues qué bien. Ahora voy a tener que hacer un curso de autocontrol para que la gente en el curro no adivine mis altos y bajos. Menos mal que uno tiene fama de borde acabado (cuando me pongo) y me han dejado tranquilo con mi mismidad. Porque lo que menos me apetece es andar con explicaciones de si estoy animado o deprimido por esta razón o aquella. Así que aquí estoy, con cara de perro de presa, frente al ordenador, sin apenas despegar los labios y contando los minutos para salir de aquí y largarme con viento fresco. Me encantaría llegar a casa y cenar tranquilo, viendo la tele para no pensar. Pero recuerdo que G todavía está de okupa en mi habitación (se va mañana a primera hora: tengo que mantener una charla con él en serio; con P en Madrid, si es que seguimos juntos para cuando G regrese, no puede quedarse en mi cuarto, tendrá que buscarse la vida) y lo que no quiero es charlar con nadie, menos que con nadie con él.
Pasó lo que ya se adivinaba en el horizonte. Que hubo sexo en recuerdo de los viejos tiempos. Pero lo que yo nunca hubiera supuesto es lo mucho que me iba a afectar esta nueva traición hacia P. Así como con J no sentí ningún tipo de remordimiento, en el caso de G se dan una serie de circunstancias que me pesan (P sabe quién es, no le cae bien, en su momento se mostró celoso cuando alguna vez nos encontramos por la calle... y está el asunto de las fotos de G desnudo en mi cama, que P vio en un descuido mío y que provocaron nuestra primera discusión). Y cómo pesan. Desde hace dos días he de lidiar con la angustia creciente de saberme un cabrón integral, el estúpido que se pasa la vida suspirando porque alguien le haga caso más allá de las primeras semanas y, cuando por fin aparece ese alguien, no para hasta cagarla, de la peor manera posible. ¿Cómo mirar a P a los ojos, a su vuelta, sin que adivine todo lo que pasa por mi interior, esta zozobra, este miedo, este engaño? No me siento con ánimos para encararle. Creo que llega mañana mismo, pero si continúo así tendré que inventar una excusa creíble para no verle en unos días, hasta que me calme y recomponga un poco por dentro. Jamás me había pasado esto, es algo nuevo para mí. Y qué poco me gusta.
El pueblo de mis primos es una población de casas feas, contrahechas y en cuesta, rodeada de vegetación rala, sin mayor aliciente que dos o tres bares donde la "juventud" se reúne, bebe alegremente y se acuesta (que yo sepa, sólo los unos con las otras) en lo que es una alegre juerga de promiscuidad. Este finde estaban en fiestas patronales, pero me resistí con uñas y dientes a participar en la romería. Lo que me faltaba: haber terminado anoche de marchuqui en la plaza Mayor, escuchando joyas como Fran Perea, la Rosa de España, Bisbal y sus ricitos de oro o Chenoa, la dulce Chenoa. Había fuegos artificiales en un pueblo vecino, y mi primo R se puso pesadín, empeñado en que le acompañara. Que iba a haber porros a tutiplén y, quizá, farlopa. Ni de coña. Puse cara de eremita, hice algún chistecillo acerca de la edad y de que ya no tengo el cuerpo jotero de antaño (R anda por los 19 y sus amigos son los típicos chulitos de barrio que escuchan bakalao y se meten de todo para flipar... menudo panorama) y me escudé tras el libro de Cheever -que, dicho sea de paso, me parece muy bueno-. Al final sólo salió R, porque su madre y T decidieron cenar conmigo, ya que hacía mucho que no nos veíamos. Yo hubiera preferido quedarme solo, pero estaba de visita y, como es lógico, querían pasar tiempo conmigo. A B no la veía desde el entierro de abuelita, y entonces no le hice mucho caso. Las cosas siguen como siempre, ella enfangada en una vida que no le gusta, sin posibilidades reales de escapatoria. R con sus chanchullos, sus peleas callejeras, sus fantasías que nunca se cumplen (ahora está de mozo de almacén en una fábrica, va a ganar 1.100 euros al mes y ya se imagina montado en el dólar... luego siempre le echan, por llegar tarde, por estar fumado, por lo que sea). Menos mal que ahora está T, que desde la separación de B es su pareja actual y que parece un tipo serio y con los pies en el suelo. A ver si esta familia levanta cabeza, porque en los últimos años han ido de mal en peor. En su momento, me ayudaron mucho, y yo sé que me aprecian, pero cada vez que voy de visita me ocurre lo mismo: no bien pongo los pies en su casa, con la tele atronando desde el salón, los perros y gatos campando a sus anchas, R en su cuarto contándome sus últimas aventuras (lo que esnifó, lo que robó, lo que folló) y B en la cocina, cada día más gorda y triste, estoy deseando largarme de allí, a respirar aire limpio y no la atmósfera viciada en que viven. Este barco se hunde y yo soy la rata que va y viene pero nunca se queda. Por cuestión de salud mental.
La fiesta del viernes en casa de J P-I estuvo concurrida y muy, muy animada. Yo, en mi línea. Trasegando vaso tras vaso (primero de cerveza, luego de vodka con naranja). Pasé bastante rato con M S, pletórica con su nueva relación, después de la larga travesía del desierto que supuso su ruptura con M. El chico con el que está me cae bien, y la verdad es que les vi de puta madre. Hablé y hablé, coqueteé con alguno que otro y me fui muy tarde a casa, a eso de las siete de la mañana, cuando ya no quedaba allí ni el tato. Una fiesta de "transversales", con DJ incluído y mucha gente guapa y de la otra. Me vino bien para desconectar unas horas de mi propio y querido infierno. Que soy yo mismo.



 
NO PUEDO EVITARLO
Hechopolvísimo, de nuevo en casa de M para terminar lo de la revista (que se me resiste...). Anoche apenas dormí, salí un ratito con la gente del curro por Malasaña y, a eso de la 1.30, cambié los aires hippies de la calle La Palma por Chueca. Recalé en el LL a ver la actuación, emborracharme un poco más (la cerveza se me sube con una facilidad pasmosa) y charlar con Ma y J, que pululaban por allí y me habían llamado. Estando como yo estaba, pasó lo que tenía que pasar. J estuvo muy meloso toda la noche, abrazándome, rozándose conmigo desde atrás, diciéndome lo guapo que me veía y las ganas que tenía de que nos diéramos un homenaje..., así que terminamos en su casa y follamos. La experiencia no fue nada mal, sobre todo porque, antes y después, J estuvo muy majo, cariñoso y atento como el que más. Justo lo que yo necesitaba. Y en la cama, todo genial, hubo química de la buena, ejercicios gimnásticos en plan más difícil todavía, besos apasionados que casi eran mordiscos (había mucha fame por ambas partes), etcétera, etcétera. Él se levantó prontísimo, a eso de las siete de la mañana, yo ni me enteré, y, para cuando me desperté, encontré una nota en la almohada diciéndome dónde estaban las cosas para darme una ducha y desayunar, si quería. Un encanto de tío, ya digo. Sabe perfectamente que estoy con P y que eso, de momento, no va a cambiar, pero no me hizo preguntas y yo no le di explicaciones. Mejor así. ¿Por qué no me liaré con alguien como J, que no es nada complicado y nunca me daría problemas? La respuesta, por evidente, es tristísima y devastadora: siempre me gustan los tíos retorcidillos y con una vida interior atormentada. Como le sucede al 99% de la gente, imagino. Manda huevos, que diría mister Trillo.
Al mediodía (alegría), tomé un café en el Colby y me puse a leer, después de un lingotazo de Alka-Seltzer en casa que me reconstruyó por dentro, ya que no por fuera. He dejado de lado a Henry James y sus frases río, no estoy de humor para complicadas geometrías del alma humana. Así que en el Colby comencé "La familia Wapshot", de John Cheever, que de momento (llevo sólo 20 páginas) me está gustando. Y enganchando.
A lo que iba. Estoy leyendo, lde cuando en cuando (muy en la línea de chico solo con pensamientos profundos, profundos) levanto la vista del libro y observo a la gente pasar por Fuencarral, toda una fauna de lo más variopinta desfilando frente a mí. De entre todos, se destaca de repente G, mi rollo del mes de abril. Venezolano guapísimo, piel morena, ojos grandes y rasgados, cuerpo glorioso y verborrea de culebrón como para parar un tren de mercancías. Se vino a mi mesa, me abrazó y ya inició, sin transición, el acoso y derribo. Total, que se va a quedar en casa unos días (vive a caballo entre Madrid y Alicante) y, casi seguro, echaremos un polvo de recuerdo, por aquello de ver si todo sigue en su sitio como hace unos meses. Madre mía, la que se me viene encima. Yo cada día tengo más olvidado a P, ahora vuelve a hacer acto de presencia G, de quien jamás podría enamorarme pero que por eso mismo (y porque está cañón) es super cómodo para mí, acabo de iniciarme en la práctica de la infidelidad, la bola de nieve crece y amenaza convertirse en alud... Esto no acabará bien, lo presiento. Pero, como decía Valmont, "no puedo evitarlo".
P me llamó antes y, esta vez sí, cogí el teléfono. A su pregunta de qué había pasado ayer, mentí y dije que me había dejado el móvil en casa. Está ya en Almería y anuncia su llegada para el miércoles, más o menos. Tengo ganas de verle, a qué engañarnos. Pero también mucho miedo por lo que pueda pasar. Después del punto de inflexión que suponer haberle puesto los cuernos (de lo que no me arrepiento en absoluto, siempre dije que tengo una ética muy poco estética), a lo mejor descubro que el globo del amor se desinfló y que el llanero solitario cabalga solo de nuevo. Veremos.



 
NEURAS, QUERIDAS NEURAS
Ayer hablé por teléfono con P y todo fue mal. Estaba a punto de salir a la calle, a eso de las dos de la tarde, cuando descolgué el auricular para marcar su número. Aun antes de que diera la señal, pensé que no sabía qué contarle y colgué. Miedo escénico, supongo. Respiré hondo, busqué en mi interior un tema de interés para que la conversación fluyera y volví a marcar, cruzando los dedos. En cuanto comenzamos a charlar, comprendí que había sido un error llamarle. P estaba aún en la cama, medio dormido, en lo que no es su mejor momento del día: hasta una o dos horas después de despertarse, es imposible comunicarse con él, se levanta de mal humor, responde con monosílabos... Se lo tengo dicho: cuando dormimos juntos por la noche, estoy con el doctor Jekyll, un chico cariñoso y atento, que me abruma con mimos y palabras bonitas; a la mañana siguiente, sin embargo, es un horrible mister Hyde el que ocupa su lugar en mi cama, hosco y con malas pulgas. Como para volverse loco, ¿eh? El caso es que, ayer por teléfono, mi tema de conversación se agotó en menos de dos minutos, me quedé callado, él hizo lo mismo y, cuando vi que no estaba por la labor, se lo dije, que ya hablaríamos en otro momento.
-Oye, que veo que estás medio dormido, mejor ya hablamos otro día...
-Bueno, adiós.
Y colgó así, sin más. Mi cabreo fue monumental, y a lo largo de la tarde, en el curro, el comecome no hizo sino aumentar, como un dolor sordo que no me dejaba ni un momento. Pasé del estupor inicial al enfado. ¿Pero de qué coño iba este niñato? Me sentía como el muñequito con el que no siempre apetece jugar, arrinconado en la habitación de los niños, solo en su esquina a la espera de que llegue su dueño y lo coja y lo quiera de nuevo. Hubo un conato de rebeldía, casi estuve a punto de enviarle un mensaje en plan destroyer, algo así como "Esto no funciona, nene, yo no estoy bien y para andar así de jodido prefiero estar solo". No lo hice, por supuesto, lo de la política de tierra quemada es para los valientes y para los locos, no para inseguros compulsivos como yo. Después del periódico traté de oxigenarme con unas cañas por Malasaña con E y J&A, pero en realidad se tomaron las cervezas con un autómata que levantaba el vaso y bebía a sorbos espaciados mientras hacía como que escuchaba. Yo estaba a muchos kilómetros de distancia, perdido en mi mundo de dudas y contradudas. A las dos de la mañana me despedí y enfilé para casa, a fumarme un porrito en la cama, poner The Cure y caer dormido casi al instante.
Hoy madrugué (lo que en mí quiere decir que abrí los ojos antes de las 11) y acompañé a E a la búsqueda de su querido coche, en un taller cerca de Ascao. Luego nos metimos en todo el tráfago circulatorio madrileño, que a ella le pone histérica y que a mi me adormece, como buen mal copiloto que soy. Me invitó a comer en su casa y tuvimos minisobremesa con su compañera de piso, L, mientras veíamos un capítulo de "Friends" (que me sigue pareciendo una serie muy buena, a E no le hace tanta gracia). Ya en el periódico, hace menos de media hora que P me ha llamado dos o tres veces. No he contestado. Por una parte me apetece que llame, que se preocupe por mí, que sienta deseos de hablarme, y por otra lo único que quiero es que sufra, que se pregunte dónde me meto y si no estaré poniéndole los cuernos. ¿Cómo se puede querer hacer daño a la persona de la cual se supone que estás enamorado? ¿Estoy de verdad enamorado o estoy bajo los efectos de un espejismo que se difumina por momentos? Ya llevo fumados unos cuantos cigarros haciéndome éstas y otras preguntas, sin encontrar la respuesta. Hay que ver, el ser humano. La vida no deja de ser maravillosa, y sencilla a poco que lo pensemos. Y aquí estamos todos, en este amasijo de amores y de odios, complicándolo todo. Dice E que soy un excesivo, que debería cogerle el teléfono a P y decirle lo que pienso. Pero no lo creo: si hiciera eso, seguramente pensaría que se ha liado con un pirado histérico que no es capaz de soportar con dignidad una separación de tres semanas. Y razón no le falta. Jamás pensé que la ausencia física de alguien iba a afectarme hasta este punto. Si al final va a resultar que estoy colgado hasta las patas...


 
LIBRO
Falta menos de media hora para que se termine la jornada laboral y, una vez cumplida esa engañifa del "ganarás el pan con el sudor de tu frente", creo que me voy de cañas con E y J (seguramente también se nos una su novia A). Después de dos noches seguidas maldurmiendo en casa de M, con la vista fija en la pantalla del ordenador (de ésta me quedo ciego) y la mala conciencia de no haber trabajado lo suficiente en la revista, necesito como el comer (como el beber) unas mahou refrescantes que me abotarguen por dentro y por fuera. No sé cómo explicarlo, pero en la corrala donde vive M, un espacio diminuto en que apenas cabemos el ordenador, la cama, un sofá y yo mismo, me agobio muchísimo, caigo en la trampa de los pensamientos negros y le doy vueltas, una y otra vez de un modo enfermizo, a lo mío con P. ¡Basta ya! Cómo me aburre tanta autocompasión teñida de miedo al futuro. Esta noche salgo, me lío la manta a la cabeza y si vuelvo a casa haciendo eses, mejor que mejor.
Comienza un nuevo programa en Antena 3 ("La Granja"). Y, fieles a su ser catódico, mis compis de redacción están siguiendo minuto a minuto lo que pasa en plató, el embutido brillante de Terelu en un vestido varias tallas más pequeño, el bueno de David Meca y su "ligero" maquillaje de Tierra del Nilo (¿saldrá del armario en directo, para que lo vea, lo sienta, lo huela, España entera?... El programa ganaría audiencia) y, de entre todos los famosuelos a la búsqueda y captura de popularidad -esa diosa esquiva que, cuando abraza, ahoga-, de repente veo a Shangay Lilí. Qué lástima, cuando uno se vuelve insensible a todo lo que no sean un foco de luz y una tribuna desde la que soltar el discurso de turno... A mí esta persona siempre me fue bastante indiferente, pero cuando escuchaba alguna declaración suya reconocía, me gustara o no lo que decía, a un ser inteligente. Un poco estrambótico, probablemente tímido hasta límites insospechados, mas inteligente. ¿Y ahora? Ahora entra en el circo de la tele, se vende por un puñado de lentejuelas y a mí se me cae el alma a los pies con tanta estulticia por metro cuadrado. De veras que no pretendo ser un purista de nada, a mí plin con lo que haga el vecino. Lo que pasa es que nos lo meten, quieras que no, por los ojos todos los días, uno detrás de otro. Y ya cansa.
Estoy leyendo a Henry James. Una novela titulada "Los embajadores". Aún no sé si me gusta, no tengo ni idea de si seré capaz de terminarla o la dejaré de lado, cansado. El hombre retuerce las frases de una manera increíble, se vuelve críptico y oscuro, hasta el punto de que me obliga a volver sobre mis pasos una y otra vez. Los personajes se mueven en el ambiente elitista y sutil de lo no dicho del todo, lo meramente insinuado, una maraña de relaciones que envuelven al protagonista y, de momento, parece que le impiden elevarse, crecer, ganar entidad como personaje. Hay que tener en cuenta cuándo fue escrita la novela, claro (se publicó en 1903). El lenguaje es solemne, culto y plúmbeo. Adivino, escondido, todo un universo James que seguro que me seduce a poco que entre en él, pero lo cierto es que me recuerda a esas casas antiguas, aparentemente en ruinas, de acceso difícil a través de un jardín salvaje y descuidado y lleno el camino de carteles disuasorios, "cuidado con el perro", "peligro, casa en ruinas", etcétera. Si uno es capaz de seguir adelante, llega a un salón antiguo y muy hermoso desde el que se divisa una magnífica vista. Pero, hasta el salón, cuánto esfuerzo.
Este mediodía, al salir de casa, he tenido por primera vez la sensación de que el verano se acabó y que se acercan, a pasos agigantados, el frío y la inestabilidad propios del otoño. Sigo en camiseta, aunque ya dije adiós la semana pasada a las chanclas. Y empiezo a añorar los jerseys de lana, los pantalones de pana y las charlas con amigos, en torno a una mesa en algún cafetín del centro, mientras afuera arrecian el viento y la lluvia. Siempre, cada año, es lo mismo: en marzo deseo con todas mis fuerzas que llegue el buen tiempo y para septiembre ya estoy loco por sacar la ropa de invierno del armario. En fins.



 
MÁS SALIDO QUE EL PICO DE UNA PLANCHA
Así me siento. Son casi tres semanas de "viudedad" y el cuerpo, que es sabio y siempre campa a sus anchas, sin entender de sentimientos y demás historias, comienza a revolucionárseme. Parece que en lugar de ir camino del otoño (caída de la hoja, amarillos y ocres por doquier, atardeceres increibles, la berrea...) me acerco a una primavera con la sangre más alterada que nunca. Voy por la calle y parezco la niña del exorcista, vuelta de cuello va, vuelta de cuello viene, son tantos y tantos los chicos que se cruzan en mi camino y me dejan sin aliento: jóvenes delgados y casi imberbes, con esa mezcla de malicia e ingenuidad en la mirada que me pierde, me pierde; grunchies de camiseta raída y pelo desordenado, muy morenos tras las vacaciones; algún nuevo camarero en el Colby, o en el BAires, o en el Laan que parece mirarme unos segundos más de la cuenta, no sé si porque no he pagado el café (que sí he pagado) o porque le suena mi cara de algo (que no le suena, claro) o porque, mira tú por dónde, le gusto un poquillo. Y uno se pone el uniforme de madre superiora, hace oídos sordos a los cánticos de sirena que pueblan Chueca (mira tú, otro tipo de berrea, más urbana y seguramente más salvaje), procura que la mirada se deslice sobre tanta belleza sin ser consciente de ella y piensa en P, con tozudez, con intensidad, con nostalgia que empieza a ser olvido. Estoy muy a gusto con él, pero a medida que pasan los días, el teléfono se me antoja un ser cruel que me hurta su presencia, más que acercármele.
Dice que regresa a Madrid en torno al 15. Este finde tenía pensado hacer una excursión con E en su superbólido hasta Jaén, para compensar el fiasco de Torrevieja y romper con mi quincena de abstinencia, pero resulta que, justamente este viernes, P se larga de Jaén para encontrarse en Almería con M, su amiga de toda la vida a la que hace mucho que no ve y con la que tiene tanto que tratar... Pues qué bien. La gente me pregunta por mi novio y yo les contesto que está de gira por provincias. Cómo entiendo ahora a las mujeres de los toreros, y de los marinos, y de los astronautas. Menos mal que aún tengo las fotos y, así, cuando me entran unas ganas voraces de tirarme al primero que me haga caso, las repaso, recuerdo cuándo se hicieron y observo su rostro, rememoro su sonrisa, hundo la mirada en su pelo, acaricio sobre el papel su perfil romano y me digo que bueno, que puedo y debo aguantar, que son sólo unos días más y luego llegarán, otra vez, las vacas gordas...
Anoche me quedé a dormir en casa de M, para ver si terminaba de una puta vez el rollo de la revista, que me da una pereza tremenda (ahora mismo, sólo con pensar en lo que me queda, el sueño y el cansancio me pueden, amenazan con dislocarme la cabeza en caída libre sobre el teclado del ordenador: pero no, las fuerzas del mal -léase ML R- acechan). Poco después de la medianoche se pasó de visita L. Bebimos cerveza, fumamos algún canuto (más bien bebí y fumé yo, porque L es asquerosamente sano) y ya se nos fue el santo al cielo. La historia de este chico conmigo es curiosa: nos conocimos en el Gris, cuando ya cerraban el bar, hace más de un año. Fue engancharnos con la mirada, hablar cuatro palabras, darnos un morreo y ya quedamos en que nos veíamos al día siguiente. Y eso hicimos. Estuvimos paseando, un domingo primaveral, por las Vistillas. Buscamos un lugar apartado sobre el césped y nos enrollamos del todo (esto es, besos y magreos, con el consiguiente escándalo de viejecillas de misa diaria, abuelos con nieto de la mano, familias nucleares y limpísimas y demás fauna que andaba por allí). Pero entonces, después de todos esos preliminares, y cuando el polvo, cuando menos el polvo, parecía seguro, L levantó entre nosotros un muro de hormigón armado, dejó los cariños a un lado y al llegar a su portal quedó en llamarme (no lo hizo sino varios meses más tarde), con un "hasta luego" que me dejó completamente volado. Luego hemos seguido en contacto, siempre es él quien me llama, quien dice sí pero no, quien baila la danza de la seducción y me roza con sus siete velos para luego, sin transición, hacerse el estrecho, hablarme de su novio o del grado de inclinación de la torre de Pisa... Es un mulato muy guapo, tiene 26 años y un cuerpo, como decía la Melanie en aquella película, para el pecado. Muy bien, aunque yo no voy a babear por un espejismo que se me presenta de cuando en cuando en casa, sin previo aviso y hasta la cocina. Hace mucho que no deseo a L, al menos no de una manera activa. Pero anoche... Menos mal que preguntó por mi vida sentimental y entonces yo me lancé a una apología de P, del amor por fin encontrado y de lo feliz (?) que me siento. Exageré un poco, vale, pero es que era eso o tirarme en vuelo rasante sobre su bragueta. Y uno, además de no querer cagarla con P, todavía tiene su algo de dignidad...



 
AMISTAD VERSUS INTERÉS
Hacía casi un mes que no nos veíamos, aparentemente por culpa de las vacaciones y la diáspora propia de ellas (ya se sabe, en Madrid cada uno es de su padre y de su madre, así que cuando llega el verano, o algún puente importante, la gente huye a sus madrigueras particulares), en realidad porque, a raíz de un problema que tuve, comprobé que JM no es mi amigo. Al menos no el tipo de amigo que yo necesito y quiero a mi lado. En su momento me decepcionó; ni siquiera me hizo una putada, simplemente dijo que iba a estar a mi lado y, cuando miré a mi alrededor, había puesto pies en polvorosa dejándome tirado cual colilla. Aproveché, pues, el comienzo de mi historia con P y la llegada de julio para alejarme poco a poco, sin estridencias ni malos rollos. Desaparecer de su día a día y, si te he visto, no me acuerdo...
El caso es que me llamó el sábado con la milonga de que tenía una muy buena noticia que comunicarme, como amigo y como periodista (el tufillo interesado se podía oler a distancia). Quería quedar conmigo cuanto antes para ponerme en antecedentes y, si era posible, publicarlo en el periódico. Era sábado, yo estaba en casa de M con un medio dolor de cabeza que no se me iba, y esa misma noche tenía fiestuqui en casa de E (a la que me estaba dando pereza ir, pero que finalmente salió muy bien: terminamos fumadísimos, jugando a eso de adivinar el título de una película a través de la mímica), y le dije que no podría verle hasta el día siguiente... Noté que no le hacía gracia: JM, que es un tipo de una inteligencia increíble, está tan metido en su mundo, en su "vidita", como diría él mismo, que poco a poco se ha ido desligando de todo y de todos, ya no es capaz de mantener una conversación que verse sobre otra cosa que el tema de la homosexualidad (eso sí, la materia en cuestión la trata en sus múltiples variantes) y no entiende que hay un más allá (o más acá) de sus preocupaciones. Que me llame con una noticia sobre su particular batalla en contra de la homofobia y que yo no corra a su lado con la lengua colgando y moviendo el rabo, eso es algo que no le entra en la cabeza. Así de simple.
Bueno, a lo que iba, ayer al mediodía nos vimos en el Colby. Fueron dos horas de monólogo continuo, yo no fui capaz de meter ni dos frases en toda la conversación. Está delgadísimo, los tics que eran habituales en él se han agudizado mucho (una cierta forma de mirar a los otros, como si juzgara su "frivolidad", el cómo eleva el tono de voz a medida que se va indignando al hilo de su propio discurso, cuando te agarra del hombro y acerca su rostro a tu oreja, demasiado cerca siempre) y ya no es que se le vaya la olla con sus cosas: se le va muchísimo, como de aquí a Lima. Un ejemplo: me cuenta que la otra noche iba caminando por delante de la puerta del Cool y que hubo un grupo de chicos y chicas hetero que, al ver la cola de gays que esperaban para entrar, comenzaron a parodiar a los maricones, soltaban pluma y se reían, los chicos se daban la mano y las chicas se besaban entre ellas mientras la gente en la cola miraba para otro lado, haciendo como que no se daban cuenta. Entonces a JM le empezó a hervir la sangre, se puso el traje de superhéroe y, plantándose delante del grupo homófobo, les dijo que por ahí no pasaban si no se disculpaban con todos y cada uno de los que hacían la cola. Siempre según su versión (?), el grupito de heteros díscolos pidió perdón a la cola, los gays que iban al Cool reconocieron a JM (nótese el punto egotista de la narración), le dieron las gracias por salir en su defensa y le entraron a hombros en la discoteca (como lo escribo me lo contó él, sin rastro de vergüenza por la bola que me estaba intentando colar). Muy fuerte, ¿no? A mí se me quedó una cara de gilipollas que todavía me dura. Realmente el hombre está muy enfermo si piensa que me voy a creer tamaña estupidez. Hay días en que me da pena, en ocasiones me ataca los nervios, pero la mayoría de las veces lo que me provoca es un bostezo mental que es aburrimiento de tanta tontería junta. Y, para colmo, me coló la noticia (que sí se ha publicado, en una tercerita, él pretendía la portada íntegra) y no me preguntó ni por P, ni por mis vacvaciones ni por cómo me va la vida. ¿Para qué? Imagino que eso es algo que no le importa una mierda.
Cuando la amistad se diluye en un mero juego de apariencias, lo mejor que se puede hacer es acabar con ella y a otra cosa, mariposa. JM con sus fantasías animadas de ayer y hoy; yo con mi vida, que será mejor o peor, más o menos interesante, pero que es real y no una mera ficción.



 
DOMINGO, MALDITO DOMINGO
Ya de vuelta en el tajo, leo y escribo, escribo y leo con el humor propio de quien aún no se ha recuperado del fin de semana y ya tiene que empezar de nuevo, con las pilas bien cargaditas y la sonrisa más profident que nunca. Para que mi jefa no diga que soy un borde acabado (a veces lo soy, sí). Casi he terminado y escribo esto mientras, a mis espaldas, han encendido la tele y están viendo el comienzo de Gran Hermano VI... Dios, la que nos espera. Una nueva hornada de frikis, más Crónicas marcianas, corazón y vísceras a tutiplén. Algún día tendrá que pinchar esto por algún sitio. O eso deseo: un mundo en el que no haya aídas, ni bolleras que se follan las unas a las otras y luego corren a contárselo a España entera, que está ansiosa de saber de sus aventurillas, claro, ni parejas gays cursis hasta decir basta en búsqueda de la casa de su vida, ni famosillos en horas bajas que hacen casi cualquier cosa por un repunte de popularidad. No digo que el país se llene de seguidores de los documentales de La 2, tampoco es cuestión de aburrir al personal y sofronizarlos, pero una televisión un poquillo más inteligente redundaría en beneficio de los niños, esos monstruitos que crecen a nuestra vera y luego, con el tiempo, nos meterán en el asilo. Igual hasta se sensibilizaban un poco, rompían el póster de Bisbal o de Melodie y se ponían a leer.
He llamado a casa de mi abuelo para ver cómo están las cosas por allí y parece que no hay cambios. Después del susto que nos dio este pasado agosto, cuando le ingresaron por una úlcera en el hospital, veo mucho más cerca el final. Y es que después de la muerte de abuelita, hace cuatro meses, no levanta cabeza. Son casi 88 años, ya sé que es una edad avanzada y todo eso, pero se trata de mi abuelo, alguien a quien quiero mucho y que forma parte, de qué manera, de toda mi infancia y adolescencia. Cuando estuvo ingresado, me quedé una noche a cuidarle. Fue un suplicio, apenas pegué ojo. Cada hora, como un reloj, se levantaba a hacer pis, daba un respingo en la cama y se lanzaba al piso, sin preocuparse del gotero ni de nada. Apenas me daba tiempo a salir disparado detrás de él, para vigilar que no se cayera. Al final, sin hacer caso de sus protestas ("Que no me caigo, hombre"), le puse a la cama la barrita esa para evitar caídas y ya pude dormir algo. A eso de las seis de la mañana, me despertó porque, sin querer, le había pegado un tirón al gotero, se lo había arrancado de la muñeca y estaba sangrando y manchando la cama. ¡Menudo número se montó! El hombre, asustado, como el niño pequeño que ha hecho una trastada y teme el castigo de los mayores. Una de las enfermeras se lo dijo: "Pero, Joaquín, ¿qué ha hecho? ¿No sabe que no puede arrancarse el gotero?". No pude evitar salir en su defensa y, mirándole a él, dije: "Claro, como no duermes todas las noches con este trasto no te has hecho a él, ¿verdad?". Sonrió con esa sonrisa tan suya, medio divertida medio socarrona. Y luego vino lo más duro, tener que ayudarle a lavarse. Allí estaba mi abuelo, la roca inmensa y fuerte de mi niñez, reducida a un anciano tembloroso que mostraba su desnudez y se dejaba manejar, otra vez el niño pequeño asomando en su mirada. Fue triste y hermoso al mismo tiempo. El sentir que se apoyaba en mí, que confiaba en mí y dejaba en mis manos las decisiones importantes.
Ahora, de vuelta a casa, vuelve a ser, en la medida de lo posible, el mismo abuelo de siempre, ése al que le gusta la buena mesa y el buen vino, el que se va los domingos por la tarde al fútbol con los amigos de mi hermana (a los que saca casi 60 años) y se lo pasa de puta madre con ellos (y ellos con él), el que todos los viernes, sin perdonar uno solo, se reúne con sus amigos en el bar de M y canta montañesas a voz en grito. Dentro de dos semanas iré para allá y espero, de veras, encontrármelo así, aún fuerte como para tirar una temporada más, sólo unos meses más.



 
UN VIAJE FALLIDO
Sigo en Madrid, viendo las horas pasar y a este sábado cuasi otoñal despedirse sin siquiera haberlo disfrutado. Los últimos días, el cuatro de septiembre era la fecha mítica que esperaba con impaciencia, hacia la que miraba para poder sortear mejor los agobios del trabajo, la soledad de mi cama, el hastío de Madrid sin P. Me imaginaba un día soleado, al borde del mar (aunque no sea mi Cantábrico querido, sino un remedo domesticado, plano y caldoso de aquél) y con P a mi lado, después de casi dos semanas sin vernos... Ayer empezaron los problemas con el autobús, fui hasta Méndez Álvaro y comprobé que, efectivamente, no quedaban plazas a ninguna hora (yo lo flipo, ¿tanta gente se iba para Torrevieja justamente hoy?). Ya me enrrabieté y, muy en plan pataleta, le envié un mensaje en que le decía que no me esperase. Al cabo de dos o tres horas -yo estaba en casa, preparándome la cena- me llamó él. Que si no podía ir en tren hasta Alicante y desde allí coger un bus a Torrevieja. Dudé en hacerlo, le dije que lo miraría, pero una vez que colgué se me presentó la realidad que había estado ocultando todos estos días: trabajo el domingo, así que llegaría allí en torno al mediodía y me marcharía a primera hora de la mañana siguiente para estar a tiempo en el curro, ando pillado de pelas y, entre el tren y el autobús, el presupuesto del que disponía hacía aguas por todas partes, a lo mejor me iba a encontrar con que P no me haría mucho caso, metido en los intríngulis del estreno, y para colmo no conozco a ninguno de sus amigos y, quizá, me iba a dar el punto tímido y autista con todos ellos. Así que decidí no ir... Creo que no le ha hecho ni puñetera gracia. Acabo de llamarle para ver cómo fue todo (actuaba a las seis) y no me ha cogido el teléfono. Pero no me voy a rallar, he dejado un mensaje de voz y ya me contestará.
Anoche decidí que no me apetecía quedarme en casa y comerme el coco pensando en si había hecho bien o mal. Quedé con E en La ida. Estaba acompañada por Espe y L, dos hermanas de Jaén (de donde también es P) a las que conocí hará unos meses. Luego nos encontramos con J&A y ya malasañeamos hasta tarde. Lo pasé bien, aunque en todo momento tuve a P en mente. Creo que mis sentimientos están claros, pero a veces me dan ganas de mandar la relación a paseo. En el plano emocional no estoy acostumbrado a que las cosas me salgan bien (ningún novio me ha durado más de tres meses) y acojona ver el grado de enganche que podemos llegar a tener P y yo. ¿Y si no estoy preparado? ¿Y si me entrego y él me da la patada? P es un chico dulce, inteligente y sensible que lo ha pasado muy mal y que se merece lo mejor. ¿Soy yo ese "lo mejor"? En ocasiones me puede la inseguridad y lo poco que me quiero, y llego a la conclusión de que no soy la persona adecuada para él, con todas mis rarezas a cuestas. No sé.
Acaba de llamarme y todo bien... No le he notado enfadado y sí con ganas de hablar. El festival, un desastre. Se ha puesto a llover a manta y, como era al aire libre, han tenido que suspender la actuación. Pobrecillo, con todo lo que ha currado estos días. Ojalá que escampe y puedan hacer algo.
 
LA GRIPE, OTRA VEZ
Desde media mañana, en casa de M. para tratar de hacer algo en lo de su revista. He encendido el ordenador, he recogido la mesa, he puesto música y... nada. Intento concentrarme y hacer algo productivo pero, hasta el momento, todo mi trabajo se ha limitado a una llamada de teléfono a un tío al que hay que entrevistar. A medida que pasan las horas voy sintiendo la fiebre culebrear por mi interior. No me encuentro muy bien que digamos, y encima acabo de descubrir que no hay una sola plaza de autobús libre para ir a Torrevieja. Essstupendo.
He llamado a H&C en plan SOS y voy para su casa ahora, aprovechando que viven cerca y están de apalanque, viendo llover a través de los cristales del salón. Porque esa es otra, el día está tristón y gris, muy adecuado para levantarme el ánimo. En fin, primero un café en Santa Isabel para que me mimen y luego a la estación Sur de autobuses, a ver si consigo solucionar lo del viaje (se me están empezando a quitar las ganas de ir). Mañana más.



 
Y SIGUE LA RESACA
Anoche fue el turno de E. en el Angie. Salimos tardísimo del periódico y nos lanzamos a esas calles del extrarradio a la busca y captura de un taxi salvador que nos acercara hasta el centro y su matriz de bares. El taxi se hizo esperar un buen rato, y mientras tanto tuve una nueva sesión de Tristón y Leoncio en forma de dos chicas pijísimas y redichas (la una), lentas y poco espabiladas (la otra), que trabajan con nosotros. Menos mal que a lo largo del día no tengo mucho trato con ellas, que si no acabaría como las maracas de Machín, o pegándome un tiro o arrojándolas desde el quinto piso en que trabajamos. M. es guapa y alta, con un tipazo de aúpa y todo el moreno de las playas gallegas en la mirada. Profundamente insatisfecha en el periódico (a ella lo que le molaría es realizar entrevistas "humanas" y no cortar y pegar, que es lo que normalmente le toca), destila una ambición desmedida que casi es agresiva y no deja de hablar de temas laborales las veinticuatro horas del día. Qué pereza. Y si se emborracha (alguna vez lo he sufrido), entonces salta al tema del sexo y de su novio en BCN, al que no ve muy a menudo y a quien, literalmente, le debe chupar la médula en cuanto se lo ponen delante. A. es la tontina particular de mi curro, con una vocecilla muy propia de melodramas venezolanos. Es ese tipo de persona que siempre consigue que alguien le saque las castañas del fuego, porque se la ve tan desvalida, tan desatendida, tan poquita cosa que nunca deja de haber algún alma cándida que vaya en su ayuda y le solucione el problema. Para muestra, este botón: siempre termina la última, con bastante diferencia del resto, y sin embargo alguien ha de quedarse con ella para que luego no salga sola a la calle, porque la niña tiene miedo de violadores, pervertidos, gente de mal vivir y hasta de su sombra. Yo se lo tengo dicho a E., son tontos por permitirle estas milongas a una tía adulta de 28 tacazos. En fin.
Ya en el Angie, nos reímos bastante y nos emporramos demasiado. Yo estaba contentillo, porque después de la odisea del ramo internauta, P. me llamó al filo de la medianoche para darme las gracias y decirme cosas bonitas. Esto de tener novio, a mis años y con el carrerón de desengaños, cuernos y tristezas que arrastraba, es todo un descubrimiento. Y lo estoy disfrutando. Así que entre tercio y tercio le conté a E. (por enésima vez) lo contento que estoy. Ella me miraba con uno de sus arqueos de ceja, típicos de Navia, me da en la nariz, así que me callé y cambiamos de tema, que los enamorados somos mu pesados. Hablamos de este blog y del suyo, y nos enzarzamos en una conversación larguísima y con múltiples meandros de la que no recuerdo nada de nada (ah, los porros). Al salir de allí, cerca de las 4.30, fui muy malo malísimo y no quise acompañarla hasta la parada de taxis... Pero es que estaba al lado de casa y taaan fumado. Espero que no me lo recuerde cada dos por tres durante los próximos diez años (capaz es, je je).
Acabo de terminar en el curro, y todavía no me creo que esta primera semana después de las vacaciones se haya ido. Pensé que no sería capaz de superarla. Ahora me esperan dos días de descanso, que aprovecharé para trabajar en la revista de M., que anda de gira por Latinoamérica, y para visitar a P. en Torrevieja (el sábado) y verle actuar en esa obra que tanto sudor y energía le está costando. Tengo ganas de verle.



 
QUÉ MALOS QUE SON LOS EXCESOS...
Anoche quedé con A. en el Gris, después de más de seis meses sin vernos las caras. A pesar de un incipiente dolor de cabeza, me dejé arrastrar por el placer de hablar con un amigo a quien daba por perdido ya (también por la curiosidad de meter el hociquito en su vida y saber qué ha sido de todo un grupo de gente al que perdí de vista hace un año). Bebimos como cosacos y terminamos muy mal, recorriendo bares cada vez más infames, un poco más nublada la vista a cada copa y con aires de cazadores furtivos siempre que una pieza se nos presentaba en lontananza. Patetiquillo, sí. Pero también interesante lo de tomarle el pulso a la ciudad una noche de entre semana. Terminamos visitando un tugurio cercano a Callao, donde nos perdimos de vista definitivamente, cada uno en su historia. Yo amanecí (todavía no sé cómo) en mi cama, con todos los dientes en su sitio y dinero en el bolsillo. Y con un resacón de muerte que me ha acompañado el día entero y que, poco a poco, se difumina ahora frente a la pantalla del ordenador. Estoy rodeado por mis compañeros del curro y sin ninguna gana de ponerme a trabajar.
Echo de menos a P., que sigue en Torrevieja ensayando esa obra interminable que van a estrenar el sábado. Hablamos por teléfono, sí. Pero el teléfono es un artilugio que me resulta extraño, un frío comunicador de emociones que apenas cumple su función. Al no tener delante el rostro de tu interlocutor, nunca sabes si lo que dice es así o asá, todo se presta a equivocación y engaño. Desde luego no es el mejor modo de mantener una relación que sólo tiene tres meses (se cumplen hoy). Le he enviado un ramo de rosas rojas (ya, ya sé, el colmo de la cursilería, pero qué le vamos a hacer si me siento el más cursi de los cursis cuando pienso en P.: supongo que es el amor, je, je) a través de Internet. Aún no las ha recibido (problemas con la dirección qe me dio, que no es la de la casa donde se queda sino la del pub cercano de su amiga Paula), espero que le lleguen hoy, si no no tendría gracia. Ayer lo pasé fatal teniendo que dictarle a un tipo por teléfono el mensaje que acompaña a las rosas... Fue como desnudarse delante de un completo desconocido, como cuando era niño y me confesaba antes de comulgar, contándole mi vida a un cura ensotanado y avejentado, que me escuchaba con la cabeza entre las manos, totalmente concentrado o, quizás, profundamente dormido. Menudo alivio cuando decidí acabar con las confesiones y no volver a pisar una iglesia salvo imponderables (a saber, bodas, bautizos y funerales).