Diario de Madrid
Sindicación
 
EXPOSICIÓN
Todavía no estoy recuperado del todo. La noche del jueves al viernes la pasé en blanco, ultimando el trabajo para Fundación Autor. Fue en casa de Susana, sin cuya ayuda no hubiera podido entregar la corrección a tiempo. A base de cafés y sentido del humor, logramos no dormirnos y, tras horas y horas frente al ordenador –sobre las seis de la mañana me atacó la somnolencia y hube de hacer verdaderos esfuerzos para no rendirme–, le pasé a C el texto de don Harvey, medianamente mejorado. Luego todo fue muy rápido y pasó como en un sueño, tan cansado estaba: ducha reparadora en casa (que mitigó algo, pero no por completo, la sensación desagradable en el estómago, después de una noche en blanco con demasiada nicotina y cafeína como únicas drogas), llamada de M S convocándome media hora antes de lo acordado en su casa, preparación a todo gas de la mochila con las cuatro cosas necesarias para el fin de semana, encuentro en Antón Martín con M S, Javi P-I y Bárbara, breve caminata hasta Atocha y comienzo oficial del viaje a Santander. Era la una de la tarde, el día se presentaba espléndido y yo arrastraba un cansancio que era casi agradable somnolencia en el asiento trasero del coche, mientras alrededor todos hablaban y sus voces se confundían en un galimatías que me acunó, suave, hacia el sueño. Dormí poco tiempo, aunque lo justo como para descubrirme con un hambre voraz al llegar a Burgos. Hubo parada técnica en una cafetería de la ciudad (Siglo XX, todo un clásico en nuestros viajes en común), comimos algo y ya no paramos hasta llegar a Cantabria, cuando compramos una quesada en Ontaneda de la que no quedó nada en pocos minutos. La tarde era hermosísima, sin una nube: el paisaje verde y montañoso se desenrollaba a nuestro paso, como una alfombra de gala saludando a los hijos pródigos que regresaban al hogar. Arribamos a puerto sobre las seis y media, a mí me dejaron en Numancia y ellos siguieron ruta, con la promesa de vernos a las ocho en Siboney –donde inauguraba exposición el novio de Javi, Fernando M-G.
En casa de abuelito estaba mi tío. Charlamos brevemente, hice una llamada rápida a Avilés que me devolvió en parte la confianza en esta aventura que iniciaré hoy mismo, volví a ducharme y enfilé para Castelar. Para cuando llegué, aquello era un hervidero de gente, mucho rostro si no conocido, al menos entrevisto en otras ocasiones (Santander, como pañuelo, no tiene rival): Fernando estaba nervioso con su traje de las inauguraciones –en terciopelo azul, el uniforme de bohemia bien vestida que a la prensa le encanta–, me besó e hizo ademán de quedarse conmigo, pero le despaché con un “atiende a todos los demás” que en el fondo era un “no me dejes solo” desesperado. Pero, claro, a ver quién es el guapo que puede leerme entre líneas… Yo también estaba como un flan. Qué tontería. Pero hacía mucho que no asistía a una de estas fiestas sociales en el Santander de mis odios/amores, así que prefería estar solo a mantener una conversación con Fernando que sería forzada, seguro, con continuas interrupciones de quienes desean saludar, felicitar, demostrar que conocen al artista protagonista del sarao. Zamanillo, enorme y cardenalicio, se hallaba rodeado por una corte pretoriana que le hacía la ídem, había niños alegres que jugaban al escondite por entre las piernas de los adultos… Y ni rastro de mis amigos. Estuve muy incómodo, a qué negarlo (me temblaban las manos de tal manera que hube de agarrarme al respalde de una silla para tratar de controlar los temblores). Recorrí la exposición un par de veces hasta aprenderme los cuadros de memoria, trasegué una cerveza para atemperar los ánimos, leí y releí el texto del catálogo, fumé tres cigarrillos nerviosos en una esquina, tratando de no parecer muy solo en aquel entramado de conversaciones a media voz, saludos más o menos cariñosos y palmaditas en la espalda. Dudaba si saludar o no a Zamanillo: por una parte me daba corte acercarme hasta su rincón, interrumpirle en alguna conversación trascendental y luego, acaso, quedarme sin palabras; por otra parte, si llegaba a verme, podría pensar que estaba esquivándole. Así que allá fui, aprovechando un momento en que se quedó casi solo. Sentí la humillación de su desprecio: apenas sí me dedicó unos segundos, frío y distante. Quién lo iba a decir del hombre que, hace unos años, se me declaró en toda regla. Y por carta. Reconozco que aquello me dejó chafado y a punto estuve de irme sin más. Pero vi a las hermanas de M S y me agarré a ellas como a tabla de náufrago. Enseguida aparecieron “los madrileños”, comenzó para mí la danza de lo social y fue diluyéndose poco a poco la bola incómoda en la boca del estómago, la sensación triste y evidente de ser un paria, un marginado, un excluido en mi propia ciudad.
Terminamos cenando en una taberna cercana, más de veinte a una mesa, ruido estruendoso de fondo y unas raciones generosas, de las que dimos buena cuenta. Todo ello regado con abundante cerveza. Nos reímos mucho y yo saqué al payasete que siempre llevo en la chistera por si acaso. A mi lado se sentaban Fernando M-G y María. Esta última arqueó una ceja, sorprendida, cuando le hablé de mis planes para hoy. Cómo explicar, sin que suene a fantasías animadas de infante recién destetado, lo que estos últimos días ha significado Avilés para mí. A lo mejor es que soy eso, un niño de teta a nivel emocional. No sé.
Escribo en la estación de autobuses, a menos de cinco minutos de la salida para Oviedo. Ya no hay marcha atrás posible, los dados están echados. Ignoro qué número saldrá: pero cruzo los dedos y confío.

 
VIEJO POETA MALDITO
Trabajo, trabajo y más trabajo. He de entregar el Viernes, sin falta, todo el texto de Harvey corregido. Y no me da tiempo. Llevo días durmiendo poco y mal, acostándome tarde y levantándome casi al amanecer –exagero, vale: pero mucho más pronto que lo normal. La prosa del profesor Harvey (me cago en sus muertos) es farragosa, complicada, muy poco clara. Y yo he de releer dos o tres veces algunos de sus párrafos para, primero, entenderlos y, después, volcarlos a un castellano más sencillo, menos funcionarial. Difícil. Y muy cansino. Pero bueno, de momento la cosa avanza. Anoche pasé por casa de Susana, que ha sido un encanto y me ha prestado su ordenador portátil. Trabajando en casa, por la noche o en horas sueltas del día, espero cumplir los plazos marcados. Si no quiero que C me corte los huevos.

Escribo esto en La Ida, antes de la diaria tortura del periódico, y de repente una voz conocida, de mi más remoto pasado madrileño, se desliza hasta mí, me mira con sorna y se me cuela en los oídos. El timbre de voz y la entonación me retrotraen a los últimos días de la primavera de 1992, cuando yo iba de alevín de escritor por la vida y Antoñito era mi novio/castigo. Entonces, gracias a su desparpajo andaluz, conocimos a un grupo de escritores gays que pasaban las noches en “las gallinas”, donde bebían y hablaban hasta altas horas de la madrugada. Y en este momento, como salido del túnel negro del tiempo, L A, el poeta, ha entrado en La Ida, ha saludado a unos y a otros y se ha acodado en la barra, desde donde me llega su inconfundible voz aflautada. No guardo un buen recuerdo de su amistad, que, ahora sí lo veo (no entonces), nunca fue amistad sino mero interés. Tocado con una gorra marinera para ocultar su calvicie –que no parece natural, más bien producto de una enfermedad terminal: al menos parece muy enfermo y, por las pintas, debe ser una cosa seria, de las que te arrastran al hoyo–, ya no posee ese porte de enfant terrible de las letras que yo le conocí. Por un momento me siento tentado de acercarme hasta él y saludarle. Total, los años han pasado para los dos y es hora de olvidar viejas rencillas y venganzas de maruja desocupada. Me levanto, recojo mis cosas y salgo por la puerta sin siquiera mirarle. El tiempo pasó, sí, pero yo no olvido.
 
RUIDO DE MODERNIDAD
Ayer, tarde social. De las de no parar ni un minuto quieto, saludar a diestro y siniestro y sentirme muy bien conmigo mismo, por lo importante que es la gente entrevista y lo muy en el centro del mundo cultural que me parece estar. Es para troncharse, esta vena esnob que me domina de cuando en cuando. Comí con C al mediodía, sin H (que estaba en Barcelona). Los dos solitos, en amor y compañía, y sin las prisas que supone tener que ir a trabajar después. Hacía tiempo que no teníamos la oportunidad de charlar de nuestras cosas –más bien de las suyas, que ya me encargo yo de proclamar a los cuatro vientos, siempre, lo que me pasa, todo, todo, todo– sin testigos incómodos. Asegura que hay ciertos temas relacionados con su pareja que no se atreve a comentarme porque le parece que me incomodan ese tipo de confidencias. No creo que sea cierto, y me parece que ayer se lo demostré. El caso es que ella se ve bien con H, pero no lo suficiente: por su manera de ser, el cuerpo le pide coqueteos, juegos, aventuras. C es la dulce compañera que comparte una tarde lluviosa de sábado pero también el animal salvaje que te muerde el cuello y te araña la espalda. Y en la dicotomía está el problema. Porque H será muchas cosas, pero no le veo en plan Indiana Jones con el látigo (y la polla) en alto. De hecho es muy poco “picante” para las historietas que a C le gustaría vivir. Así que se busca las emociones fuertes lejos del nido, no porque el nido no sea cálido y acogedor, sino porque en ocasiones resulta pelín aburrido. La entiendo, pero... Hay muchos peros, claro, el primero de ellos la fragilidad (o no) de su relación con H, el que en un momento dado estos cuernos pudieran destruir la relación de ellos dos. No parece ser el caso. Y yo que me alegro. Así, de lo que se trata no es tanto de follar como una loca por las esquinas del mundo sino de disfrutar con el coqueteo previo, que le hace sentir muy viva. En fin, no soy quién para juzgarla, entre otras cosas porque no tengo ni puñetera idea de cómo se siente uno cuando lleva tres años de noviazgo y, encima, convive con su pareja. Entre la relación de sus andanzas y la de las mías, pasamos un rato agradable.
Después de un paréntesis de dos horas, en que dormí siesta y remoloneé por la casa, volvimos a encontrarnos en la plaza de los Cubos al filo de las siete. Era la presentación del libro de Jorge Coscia, en la Ocho y medio. Aquello estaba plagado de gente de la farándula, vi por allí a Antón Reixa, Diego Galán y muchos más. También una anciana Analía Gadé, el falso pelo rubio apelmazado sobre los hombros, un cierto rigor mortis en la manera de moverse, como en bloque, propia de los muy decrépitos, los ojos todavía reidores y pícaros, eso sí, y un modelo de traje pantalón imposible porque estaba hecho para una treintañera y cubría el cuerpo de una septuagenaria… Actores y actrices que me sonaban de algo pero a quienes era incapaz de poner nombre, rostros bonitos perdidos en el maremágnum del copeo inteligente. La presentación –larga, larguísima– dio paso a un ágape en alegre revoltijo de público y oficiantes. M llegó tarde, absolutamente dormido. En unos días se irá a la India (donde pasará casi un mes) y ultima todos los reportajes que ha de entregar antes del martes. Vive a golpe de Red Bull y sexo encanallado (lo último, un trío con tío y tía en que se vio metido sin comerlo ni beberlo); se le ve cansado y bastante ido. María, la dueña de la librería, brujuleaba por allí con un punto de histerismo que, a lo que parece, esconde muchos problemas, tanto personales como profesionales. Al mediodía, se había tomado una caña con C y conmigo. La impresión que entonces ya me produjo es la de una mujer en crisis, muy sensible y frágil. Me cayó bien. En varias ocasiones, a lo largo de la presentación, se acercó a nosotros agobiadísima y descargó un poco de la tensión acumulada con algunas risas. Vi también a la amiga de Nacho (un ligue de antes del verano que aquí ocupó un espacio mínimo, ahora ni siquiera recuerdo si llegué a hablar de él): se acercó a saludarme sin que yo cayera en quién demonios era esa moderna vestida para matar y con pañuelo pirata en la cabeza. La situación fue un poco violenta (para mí) hasta que al final descubrí de qué lme sonaba su cara, puse la sonrisa de cortesía y me la quité como pude de encima.
Todo resultó muy glamuroso y tal, los canapés tenían buena pinta, pero la cerveza escaseaba y decidimos salir de la librería cuanto antes para tomarnos algo los tres juntitos, en amor y compañía, por la zona de Comendadoras. Yo hice mi llamada de rigor a Avilés (con una sonrisa de oreja a oreja… no quiero hacerme ilusiones, no quiero y no debo). Charlamos bien, era agradable el anochecer aún cálido del último día de septiembre en compañía de dos amigos de años, dos personas que me quieren, lo sé. Nos unen muchas historias en común, desde aquella lejana estancia mía en Leicester, hace siglos. Tantas cosas han sucedido, tantos vientos huracanados soplaron ya y se llevaron gentes, haciendas, promesas y realidades que parecían mucho más sólidas de lo que luego fueron. Y aquí estamos nosotros, como sobrevivientes de una guerra nuclear que se miran estupefactos, porque siguen en pie, y siguen amistados.
De allá fui para casa, con la sana intención de comenzar a trabajar ya en serio con el libro de Harvey. Pero los buenos propósitos naufragaron en el mar tempestuoso de la televisión y de una nueva (y larga) llamada a Avilés, por aquello de irme a la cama con un buen sabor de boca.