Regresando a Juaruco

Por: Alberto Mario Suárez.
Pequeñas rocas y arena marcaban el camino de la calle sin pavimentar en la que estaba. El ambiente era un tanto fresco y los gallos empezaban a darle los buenos días al pueblo que apenas se levantaba. Baje unas cuadras desde el estadio, después de preguntarle a una señora que estaba en el mismo camino, encontré una pequeña casa de Puerto Colombia que alojaba a la persona que buscaba, José Taurino González.
Taurino, como es llamado por las personas que lo rodean. Trabaja en la Universidad del Norte hace 27 años. Barrer, cortar el césped, arreglar los jardines, son algunas de las funciones que día a día construyen sus manos en el campus universitario. “Hago todas las cosas bien para esperar un resultado excelente”, comenta Taurino con un tono de seguridad en su voz.
A sus 46 años, es el mayor de nueve hermanos y el padre de cinco hijos. De niño, se dedico a las labores del campo junto a su padre, “Sembrar rosas”, como le dice él, es el arte de cultivar Guandul, Yuca, Millo y Ajonjolí. De sus hijos, sólo espera que ninguno tome el camino equivocado en la vida, o como lo diría él, “que ninguno se le tuerza”
Mide un poco más de un metro con cincuenta. Su rostro es pequeño y sus ojos son medio rasgados. Tiene un bigote pequeño y el color de su piel es moreno. Por sus venas corre la sangre de un pasado indígena que sé rehusa a morir. Taurino vive en Puerto Colombia desde hace 28 años, Pero sus raíces y la esencia de su vida esta en el lugar donde nació, Juaruco, un corregimiento que busca ser reconocido como resguardo indígena Mocaná. Lugar al que vuelve cada domingo cuando el día apenas comienza. En el, todavía viven sus padres y hermanos.
Estaba apunto de amanecer, era domingo y faltaba un poco para las seis. Después de haber bajado unas dos cuadras desde el estadio por una calle de arena y pequeñas piedras, llegue a una pequeña casa de color rojo y blanco. Taurino me recibió sin camisa y asombrado de mi llegada a la hora acordada. Al igual que las otras veces que había hablado con él, se mostraba como una persona de pocas palabras pero de una amabilidad y nobleza dignas de un caballero.
La sala era pequeña, en ella, había un pequeño sillón en medio y unas cuantas sillas acomodadas en las esquinas. La mujer con la que se casó a los 17 años, Elza Rua, estaba en la cocina preparándole un café a su esposo antes de partir. Un día antes había llegado de visita Manuel González, él estaba en la sala conmigo y era el padre de Taurino.
Su estatura era pequeña, sus brazos cortos y la contextura de su cuerpo dejaba ver a un hombre saludable. Con un modo de hablar pausado, y después de haber prestado cautelosa atención a mis preguntas, me contó que si a su hijo le había ido bien en la vida era por las buenas costumbres que le había enseñado. Que si su hijo había llegado a la Universidad Del Norte fue por ser una buena persona, y de las buenas personas siempre se habla bien. Sus ojos mostraban cierto brillo y orgullo al decir que Juaruco era la tierra para él, porque fue criado allá. “Juaruco es un buen lugar para vivir, es un buen asilo”, sentencio Manuel.
Taurino termino de alistarse. Me dejo conocer el patio antes de salir, en el, había una pequeña casa de palos que guardaba a 12 patos que en ese instante corrían por todo el lugar al lado de 2 gallinas y unos cuantos pollos, juntos, armaban un caos en la parte trasera de la casa. Tenían un tamaño considerable y eran criados para ser vendidos.
Salimos de la casa rumbo a la plaza principal de Puerto Colombia, Taurino se acerco a una tienda para comprar algunas cosas y llevarlas a su familia en Juaruco. El sol ya estaba iluminando los pasos. Conseguía panela y azúcar, pues en el resguardo son más caros de lo que son en Puerto Colombia.
En la plaza esperamos cerca de media hora. Taurino me contaba que la primera parte del camino sería en un camión que nos llevaría por mil pesos hasta un municipio llamado el Morro, y allí, tomaríamos el camino a pie hacía Juaruco. Una camioneta blanca hizo su aparición. Nos montamos en la parte trasera con otras 7 personas. Una parada para meter un banco y después tomo un camino alterno a la avenida principal para evitar el peaje.
El camino estaba dañado, no se veía nada que pareciese un pueblo cerca y mientras más avanzaba la camioneta, más salían arboles a los lados de la carretera y crecían unos cuantos cerros delante de nosotros. Taurino llevaba la mirada perdida en el camino. Después de preguntarle cuanto demoraríamos, respondió que cuando nos bajáramos serían 20 minutos a pie, “eso no es nada, uno llega en un momentico”, me decía.
Después de internarse cada vez más entre los cerros y el camino convertirse cada vez más en un terreno que fácilmente podría ser el de una competencia de Rally, la camioneta salió a la avenida principal, avanzo unos kilómetros y se detuvo en un lugar de la carretera en cuya orilla había un letrero que decía, “el Morro”. Allí nos bajamos, cruzamos la calle y tomamos un camino sin pavimentar empinado de un cerro. El Morro era una pequeña población ubicada en los comienzos del cerro, unas cuantas casas y una cancha de fútbol en medio de ellas. Hombres que andaban en burros y una soledad en medio de todo, fue la impresión que tuve.
El Morro desapareció en nuestras espaldas escondido en el rastro que dejaban las faldas del cerro. Cuando comenzábamos a subir, el camino se hacía campestre, burros que comían césped, casas de palo en las orillas, montañas que empezaban a crecer en ambos lados del camino, y no dejaban más que una jungla a nuestro alrededor.
Taurino contaba que cuando estaba joven y vivía en Juaruco, acostumbraba subir y bajar ese camino en un burro para transportar, “las rosas”. Mientras caminábamos, bajaban en burro desde lo alto del cerro señores muy parecidos físicamente a Taurino, llevaban madera y carbón con ellos, todos daban los buenos días con una sonrisa. Eran campesinos indígenas del corregimiento, tal como lo fue alguna vez el pequeño hombre que me contaba sus historias.
Unos rugidos se escuchaban entre los arboles, en un principio eran leves, pero mientras avanzábamos se iban acrecentando. Sin alcanzar a preguntarle se adelanto a mi curiosidad y dijo, - Esos son monos que viven allí-, como buen citadino montefobico le pregunte, - Alguna vez esos monos han atacado a alguien?, -No, tranquilo, ellos no se meten con nadie a menos que se metan con ellos, entonces sí-, me respondió. En su voz manejaba un tono insinuando respeto por la naturaleza.
Los minutos que siguieron Taurino hablaba que montaña arriba se podía encontrar un lugar donde algunas veces se pueden ver los monos. Mientras decía esto, uno de sus hijos apareció unos metros cerca de nosotros, era Deivy, venía con un primo y traían de pie con gran esfuerzo para subir, tres bicicletas con ellos.
Los veinte minutos de los que hablaba Taurino al comenzar el viaje fueron una utopía, y el camino corto, ni hablar. Lo citadino y sedentario se comenzaba a notar con un mar de sudor sobre mi frente, y una respiración tan profunda que podría escucharse en toda la montaña. Sin embargo, Taurino estaba fuerte. Parecía una hormiga. No decía nada, sólo subía y subía sin dar queja alguna. La única razón que lo hacía deternerse era que yo tomara aire.
Taurino me pidió que me adelantara con su hijo en bicicleta, ya faltaba poco y él llegaría luego. Así fue, Deivy me acompaño un poco más adelante en la montaña, hasta llegar a un grupo de casas internadas a un lado del camino, las primeras de Juaruco, en ellas, vivían los hermanos, cuñados, y los padres de Taurino. Le pedí agua, pero me dijo que lo único que se tomaba en Juaruco era chicha. Mientras calmaba mi sed con unos sorbos de chicha de maíz, Taurino apareció, - Papá usted venía volando- dijo Deivy, - Que va ustedes venían muy despacio, respondió Taurino, mientras era recibido por su madre y hermanos.
“El siempre ha sido bastante trabajador, y cada vez que viene nos ayuda con las labores de la casa”, me contaba Adibeth, hermana de Taurino, mientras él un tomaba machete y comenzaba a bajar cocos. Adibeth preparaba algo de comer en un fogón que funcionaba con carbón, mientras Angie Paola, su hija de dos años, caminaba en medio de la cocina construida en palos por Taurino tiempo atras.
Deiby me mostró las calles de Juaruco, las casas estaban distantes las unas de las otras, los burros estaban a la orden del camino, y una pequeña cancha al final del resguardo le colocaba final al pueblo. Unas niñas de cabello largo y apariencia indígena le pedían a Deivy que le ayudaran con las tareas, el reía y les decía la hora en que podía ayudarles.
Deivy me mostró el camino que se toma cuando se va en burro para trasladarse por distintas partes del pueblo, era muy boscoso. Caminar entre los arbustos hizo que la montefobia reapareciera y le pregunté que pasaría si una culebra salía y picaba a alguien, el me respondió que las culebras sólo salían con la lluvia. Las personas picadas por culebras eran llevadas donde un señor en el pueblo que arrancaría el pedazo de piel donde la culebra mordió, y así sacar el veneno.
Deivy me decía que en el monte no solo había monos, también venados, algunos decían haber visto a un león. Deivy no creía que hubiese un león en Juaruco, pero una vez había visto la marca de unas garras en un árbol, él creía que era un puma.
En medio del pueblo y en la cima de la montaña había un paisaje hermoso, se veía un campo verde enorme, unas montañas lo rodeaban y el azul de cielo se derramaba sobre el campo llenándolo de leyenda. Por momentos quien pasase por allí se quedaría atónito, desvanecido delante su belleza.
Volví donde Taurino y me senté con él antes de partir. Le pregunté si podía resumir en pocas palabras, que era lo mas importante en su vida y el significado de Juaruco para él; “Lo mas grande de mi vida son mis hijos y mis viejos, no hay nada mas grande que eso, Guaruco es mi tierra, aquí están mis raíces, mi familia, y por eso siempre volveré”.
Cancion de la Semana
Resumen de Noticias
He estado al alcance de todos los bolsillos
porque no cuesta nada mirarse para adentro.
He estado al alcance de todas la manos
que han querido tocar mi mano amigamente.
Pero, pobre de mi, no he estado con los presos
de su propia cabeza acomodada,
no he estado en los que ríen con solo media risa,
los delimitadores de las primaveras.
No he estado en los archivos ni en las papelerías
y se me archiva en copias y no en originales.
No he estado en los mercados grandes de la palabra,
pero he dicho lo mío a tiempo y sonriente.
No he estado enumerando las manchas en el sol
pues sé que en una sola mancha cabe el mundo.
He procurado ser un gran mortificado
para, si mortifico, no vayan a acusarme.
Aunque se dice que me sobran enemigos,
todo el mundo me escucha bien quedo cuando canto.
Yo he preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible se sabe demasiado.
He preferido el polvo así, sencillamente,
pues la palabra amor aún me suena hueco.
He preferido un golpe así, de vez en cuando,
porque la inmunidad me carcome los huesos.
Agradezco la participación de todos
los que colaboraron en esta melodía.
Se debe subrayar la importante tarea
de los perseguidores de cualquier nacimiento.
Si alguien que me escucha se viera retratado,
sépase que se hace con ese destino.
Cualquier reclamación que sea sin membrete.
Buenas noches, amigos y enemigos.
Resumen de Noticias
Autor; Silvio Rodriguez.
¿Quién Le Debe A Quién?

Por primera vez en la ventana quiero mostrarles algo que no es de mi autorìa. Fuè algo que leì hace poco y con lo que me identifico mucho....
Con ustedes, la historia del Cacique Guaicaipuro Cuatémoc
--------------------------------------------------------------------------------
País: Argentina
Publicado: 18 de abril de 2002
Fuente: Universidad Nacional del Mar de Plata
¿Quién Le Debe A Quién?
Con lenguaje simple, que era trasmitido en traducción simultánea a más de un centenar de Jefes de Estado y dignatarios de la Comunidad Europea, el Cacique Guaicaipuro Cuatémoc logró inquietar a su audiencia cuando dijo: "Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatémoc he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.
Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace sólo quinientos años. Aquí pues, nos encontramos todos.
Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.
El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses, aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.
Yo los voy descubriendo. También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1.503 y 1660 llegaron a San lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.
¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos!¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.Yo, Guaicaipuro Cuatémoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis.
Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan Marshalltezuma", para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.
En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.
Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses, que tan generosamente hemos demorado todos estos siglos en cobrar.
Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarle a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que en ocasiones los hermanos europeos les cobran a los pueblos del Tercer Mundo.
Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia. .
Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 484.147 Billones de kilos de oro y 42 Trillones de kilos de plata.Es decir, masas que hoy equivalen a 212.345 millones de veces la producción mundial de oro por año, y 3.164 Billones de veces la de plata. El total también corresponde al 70% de toda la corteza terrestre, o al 0,7% de todo el planeta.
Muy pesadas son esas moles de oro y plata. ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?
Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.
Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos. Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente; y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica...."
Cuando el Cacique Guaicaipuro Cuatémoc dio su conferencia ante la reunión de Jefes de Estado de la Comunidad Europea, no sabía que estaba exponiendo una tesis de Derecho Internacional para determinar LA VERDADERA DEUDA EXTERNA.Ahora sólo resta que algún gobierno latinoamericano tenga el valor suficiente para hacer el reclamo ante los Tribunales Internacionales.
http://www.comminit.com/la/dicenlosmedios/ladicen/dicenlosmedios-393.html





