Trazos
El silencio reina a mi alrededor. Tan solo y por breves intervalos de tiempo, suena el ventilador del portátil.
Mejor así. Esta noche no necesito nada. Tan solo la soledad muda de mi habitación.
Unos momentos mágicos que atesoro avaramente y que forman con su decadente resplandor, los instantes mas místicos de todo mi dia.
Es muy sencillo volar si me lo propongo. Tan solo tengo que reclinarme sobre las pequeñas vocecitas que susurran sin parar y escucharlas con atención. Me cuentan secretos.
Algunas veces cuando mi percepción se haya en un punto álgido, puedo entender lo que escucho. Otras en cambio, no consigo descifrar el lenguaje que usan, aunque eso es lo de menos. Vuelo muy alto sin necesidad de comprender nada.
Ahora estoy cantando una canción. La más bonita que jamás se haya compuesto y se la estoy cantando a mi amor, que me mira con ojos enamorados. Es una felicidad pura la que recorre todo mi ser cuando veo tus ojos humedecerse por mis palabras. Yo escribo y tú sientes los trazos. Cada uno de ellos con deleite y desesperación. Escribo para ti. Tú eres mi motivo.
Más tarde y mucho más al norte, mis manos recorren un campo verde y mentolado, donde la claridad y la frescura impiden desear nada mas allá de sus confines. El lugar donde he nacido y el lugar donde algún día moriré.
Disfruto mucho con el fresco rocio que robo de los tiernos tallos, flexibles y suaves que son a la vez mi cama y mi sustento. El cielo no existe. No es más que una paradoja inventada por los infelices incapaces de sentir el aroma del campo.
Millones de pequeños insectos son mis hermanos y viven aquí conmigo sin preocuparse de nada, porque realmente en este campo no cabe ningún tipo de problema.
Camino descalzo, con confianza. Como por una cuerda tensada que adapta sus nudos a la forma de mis pies abrazándose a mi sin permitir que pueda resbalarme. Brevemente detengo mi marcha y escucho con atención. Nada, ni el más leve ruido.
No soy capaz de localizar tu respiración aquí.
En vano me giro pero nada. Nunca estuviste aquí. Paradójicamente es el único lugar donde te busco.
Sigo mi camino y llego a un pequeño riachuelo, reino indiscutible de las esbeltas y temidas libélulas.
Veo correr el agua, pero no me acerco mucho. Las traicioneras piedras de la orilla, planas y envidiosas, planean conspiraciones continuamente.
Me tumbo y pienso en pequeñas cosas sin importancia mientras la fresca hierba acaricia mi cuerpo. Duermo.
Desnudar el alma. Recorrer el lecho sinuoso de mi pequeño caudal y sorprenderme a cada paso de la pureza con que se refleja el vaivén de los árboles en el agua.
Un sutil y lejano mundo al que acceder cuando la realidad es demasiado espantosa para mirarla de frente.
Murmullo apagado que revienta los tímpanos humanos. Descenso en picado de la temperatura terrestre y Némesis de los insectos ávidos de fruta.
Infierno del sol. Cielo de la luna y archienemigo del hombre.
Blanco puro y brillante distante e inalcanzable, como el destino de un cometa.
Es el océano de las almas tristes que se refugian debajo de la ropa con la esperanza de poder encajar así en el silencio atronador de al autopista que circula por encima del bien y del mal.
Vomitar el miedo que se acumula en el corazón. Levantar la vista y observar la decadente miseria que nos rodea. En un mundo lleno de odio donde el más allá es la meta, un hombre solo no puede parar el engranaje de mentiras y estridencia que lo oprime.
Un hombre no puede cambiar nada. El agujero negro terminara absorbiéndolo y pasara a formar parte de la oscuridad.
Espirales que forman mas espirales. Quinientos soldados mercenarios que destripan y sofocan el ardor de tus ojos, mientras contemplas el triste final al que estas abocado. El silencio.
Pero la vida que crece en tu interior es la panacea que sanara la angustia.
La palabra que nunca te atreviste a pronunciar, revolotea a tu alrededor elevándote de suelo, desgranando el último sentido que solo se alcanza cuando el fin se acerca.
Nubes que forman figuras extrañas, se agolpan entre tus manos dándote un poder sobrenatural. Algo místico que se esconde dentro de ti. Una puerta al futuro que solo tu puedes abrir. Un incesante tintineo de campanitas, lecho de rosas, aullido en la noche. El milagro de la vida.
Un reloj que se persigue a si mismo sin comprender jamás que son tus dedos los que dan sentido a su existencia. Ignorante egoísmo que rechaza la calma. Decimales de pasión acumulados en el sendero que cruzas cada día donde poco a poco tu huella es mas profunda y los pájaros beben en ella sin tragar, tras las lluvias del verano.
Decías que odiabas la urgente necesidad de los débiles por recibir compasión, pero en el fondo lo que realmente trastornaba tu mente era el final de la ignominiosa realidad que llenaba tu mundo.
Ahora eres libre. Tu mente se ha salvado. Eres el destino.
Mejor así. Esta noche no necesito nada. Tan solo la soledad muda de mi habitación.
Unos momentos mágicos que atesoro avaramente y que forman con su decadente resplandor, los instantes mas místicos de todo mi dia.
Es muy sencillo volar si me lo propongo. Tan solo tengo que reclinarme sobre las pequeñas vocecitas que susurran sin parar y escucharlas con atención. Me cuentan secretos.
Algunas veces cuando mi percepción se haya en un punto álgido, puedo entender lo que escucho. Otras en cambio, no consigo descifrar el lenguaje que usan, aunque eso es lo de menos. Vuelo muy alto sin necesidad de comprender nada.
Ahora estoy cantando una canción. La más bonita que jamás se haya compuesto y se la estoy cantando a mi amor, que me mira con ojos enamorados. Es una felicidad pura la que recorre todo mi ser cuando veo tus ojos humedecerse por mis palabras. Yo escribo y tú sientes los trazos. Cada uno de ellos con deleite y desesperación. Escribo para ti. Tú eres mi motivo.
Más tarde y mucho más al norte, mis manos recorren un campo verde y mentolado, donde la claridad y la frescura impiden desear nada mas allá de sus confines. El lugar donde he nacido y el lugar donde algún día moriré.
Disfruto mucho con el fresco rocio que robo de los tiernos tallos, flexibles y suaves que son a la vez mi cama y mi sustento. El cielo no existe. No es más que una paradoja inventada por los infelices incapaces de sentir el aroma del campo.
Millones de pequeños insectos son mis hermanos y viven aquí conmigo sin preocuparse de nada, porque realmente en este campo no cabe ningún tipo de problema.
Camino descalzo, con confianza. Como por una cuerda tensada que adapta sus nudos a la forma de mis pies abrazándose a mi sin permitir que pueda resbalarme. Brevemente detengo mi marcha y escucho con atención. Nada, ni el más leve ruido.
No soy capaz de localizar tu respiración aquí.
En vano me giro pero nada. Nunca estuviste aquí. Paradójicamente es el único lugar donde te busco.
Sigo mi camino y llego a un pequeño riachuelo, reino indiscutible de las esbeltas y temidas libélulas.
Veo correr el agua, pero no me acerco mucho. Las traicioneras piedras de la orilla, planas y envidiosas, planean conspiraciones continuamente.
Me tumbo y pienso en pequeñas cosas sin importancia mientras la fresca hierba acaricia mi cuerpo. Duermo.
Desnudar el alma. Recorrer el lecho sinuoso de mi pequeño caudal y sorprenderme a cada paso de la pureza con que se refleja el vaivén de los árboles en el agua.
Un sutil y lejano mundo al que acceder cuando la realidad es demasiado espantosa para mirarla de frente.
Murmullo apagado que revienta los tímpanos humanos. Descenso en picado de la temperatura terrestre y Némesis de los insectos ávidos de fruta.
Infierno del sol. Cielo de la luna y archienemigo del hombre.
Blanco puro y brillante distante e inalcanzable, como el destino de un cometa.
Es el océano de las almas tristes que se refugian debajo de la ropa con la esperanza de poder encajar así en el silencio atronador de al autopista que circula por encima del bien y del mal.
Vomitar el miedo que se acumula en el corazón. Levantar la vista y observar la decadente miseria que nos rodea. En un mundo lleno de odio donde el más allá es la meta, un hombre solo no puede parar el engranaje de mentiras y estridencia que lo oprime.
Un hombre no puede cambiar nada. El agujero negro terminara absorbiéndolo y pasara a formar parte de la oscuridad.
Espirales que forman mas espirales. Quinientos soldados mercenarios que destripan y sofocan el ardor de tus ojos, mientras contemplas el triste final al que estas abocado. El silencio.
Pero la vida que crece en tu interior es la panacea que sanara la angustia.
La palabra que nunca te atreviste a pronunciar, revolotea a tu alrededor elevándote de suelo, desgranando el último sentido que solo se alcanza cuando el fin se acerca.
Nubes que forman figuras extrañas, se agolpan entre tus manos dándote un poder sobrenatural. Algo místico que se esconde dentro de ti. Una puerta al futuro que solo tu puedes abrir. Un incesante tintineo de campanitas, lecho de rosas, aullido en la noche. El milagro de la vida.
Un reloj que se persigue a si mismo sin comprender jamás que son tus dedos los que dan sentido a su existencia. Ignorante egoísmo que rechaza la calma. Decimales de pasión acumulados en el sendero que cruzas cada día donde poco a poco tu huella es mas profunda y los pájaros beben en ella sin tragar, tras las lluvias del verano.
Decías que odiabas la urgente necesidad de los débiles por recibir compasión, pero en el fondo lo que realmente trastornaba tu mente era el final de la ignominiosa realidad que llenaba tu mundo.
Ahora eres libre. Tu mente se ha salvado. Eres el destino.
Azabache 5
Aturdido, con la cámara entre las manos, se incorporó torpemente del suelo. Las voces de la gente llegaban ahora como un murmullo apagado y lejano. Giró la cabeza con la intención de encararse con el gentío que lo había expulsado tan violentamente, pero sintió como si algo dentro de ella hubiese explotado y la onda expansiva distorsionase la realidad que veía a través de los ojos.
Contempló los pequeños cristales rotos del suelo y de nuevo volvió la mirada hacia la multitud. Nadie había acudido a ayudarlo. A nadie parecía importarle un carajo que hubiese sido vapuleado de una manera tan humillante.
La masa de gente seguía empujando y apretujándose. Carne humana cada vez más compacta compartiendo un solo cerebro, una sola idea. Avanzar. Llegar a la cinta roja. Poder observar unos pocos segundos al islandés, o quizá, con algo de suerte darle la mano. Una singular hazaña de la que poder jactarse con orgullo.
- ¿Cómo nos recordarán las futuras generaciones? – Pensó con desazón, - seremos el pueblo pagano de los mil dioses, orgulloso de ser libre y de haberse librado de la opresión religiosa. ¡Menudos capullos! -
Resultaba evidente que nadie iba a prestarle la más mínima atención, así que optó por alejarse de allí para ordenar un poco sus ideas.
Con paso indeciso, comenzó a deambular por los muelles observando las embarcaciones. Todo estaba vacío. La vida se había parado esta mañana y las motoras bamboleaban huérfanas en sus fondeaderos. La gente olvidaba con facilidad su vida para ocuparse de los asuntos de los demás.
Recorriendo los muelles, pensó que seria muy fácil robar una lancha y desparecer. No habría testigos y nadie lo echaría de menos. Nadie salvo sus fotos.
Apoyó las manos en una de las cadenas que separaba los muelles y al momento sintió un dolor punzante en la mano derecha. Se había clavado un fragmento de cristal de la lente.
Lo sacó apretando la piel con los dedos y una minúscula gota de sangre manó de la pequeñísima herida.
Con la palma extendida, contempló el fragmento de cristal y la sangre. Una imagen trivial a la que nadie daría la menor importancia, pero que en estos momentos influyo poderosamente en su imaginación.
A su mente acudieron caballos de cristal, los caballos de hielo y sangre. Una vieja historia que le había contado su abuelo cuando apenas tenía diez años.
“Hace muchos años, durante la segunda guerra mundial, sucedió un hecho insólito.
En el mes de Octubre de 1942, las tropas finlandesas habían sitiado al ejército ruso en el inmenso bosque de Raikkola.
Los rusos huían con la esperanza de llegar al Ladoga y poder embarcar la munición y los caballos, para ponerlos a salvo al otro lado, antes de que el lago se helara por la proximidad del invierno.
Los remolcadores se retrasaban y cada hora era fatal para el ejército ruso, que era atacado por los dos flancos y la retaguardia, con grandes pérdidas de material caballos y hombres.
Sucedió que al tercer día de asedio, un enorme incendio atrapó a los rusos entre el lago y el ejército finlandés. La situación era insostenible y amenazaba exterminar la poca resistencia que los rusos podían ofrecer.
Los caballos soviéticos que se contaban por un millar, aterrados por el fuego y los disparos, se lanzaron contra las llamas y traspasaron la barrera llegando al lago. Murieron muchos, pero la mayoría entraron en el lago, que en aquella zona, apenas medía dos metros de profundidad. A unos cien pasos adentro, había una sima con lo que los caballos quedaron atrapados dentro del agua, ateridos de frío sin poder avanzar ni a un lado ni a otro, por causa del fuego y la profundidad del lado.
Encabritados, se mordían, coceaban e intentaban montarse unos encima de otros. Una escena macabra.
En plena refriega, fueron sorprendidos por el hielo. Durante las noches, baja el viento del norte. El frío se hace agudísimo. Se dice que la tierra es visitada por un ángel vengador y que todo muere a su paso.
De golpe, el lago se congeló con el sonido de un cristal cuando se resquebraja y con él los caballos.
Al día siguiente, cuando los finlandeses después de acabar con el ejército ruso cruzaron la chamuscada ensenada, no podían creer lo que estaban viendo.
Una enorme lapida de mármol, de la que sobresalían cientos de cabezas de caballo mirando hacia donde estaban las llamas. El terror aún se podía ver reflejado en sus ojos y aquel horrible espectáculo, sorprendió por su belleza y crueldad.
Hubo que esperar a la primavera siguiente para poder sacarlos de su tumba de hielo, pero mientras tanto, los niños jugaron con ellos durante todo el invierno. Eran los caballos de cristal montados por niños que se morían de hambre pero que habían recibido un regalo del cielo. Un parque donde poder jugar.
Verás; el agua estancada puede permanecer varios grados bajo cero sin llegar a congelarse. Tan solo hace falta una leve agitación del equilibrio para que se vuelva hielo. Y eso fue lo que sucedió. Los propios caballos con su calor corporal aceleraron el proceso y el helado viento del norte completó la tarea… “
- Todo puede explotar si se le aplica la mecha adecuada, - pensó sin dejar de mirar la palma de su mano.
Su vida transcurría como el lago Ladoga. Llevaba mucho tiempo bajo cero y aquel minúsculo cristal había producido el mismo efecto que los caballos en el agua.
Lloró de rabia e impotencia. Quería marcharse de allí, desaparecer para siempre, pero no encontraba un destino adecuado. Sabía que cualquier otra ciudad terminaría por congelar su alma. No existía ninguna motora que pudiese hacerle desparecer detrás del horizonte.
- ¿Cómo puede alguien escapar de si mismo? -
Contempló los pequeños cristales rotos del suelo y de nuevo volvió la mirada hacia la multitud. Nadie había acudido a ayudarlo. A nadie parecía importarle un carajo que hubiese sido vapuleado de una manera tan humillante.
La masa de gente seguía empujando y apretujándose. Carne humana cada vez más compacta compartiendo un solo cerebro, una sola idea. Avanzar. Llegar a la cinta roja. Poder observar unos pocos segundos al islandés, o quizá, con algo de suerte darle la mano. Una singular hazaña de la que poder jactarse con orgullo.
- ¿Cómo nos recordarán las futuras generaciones? – Pensó con desazón, - seremos el pueblo pagano de los mil dioses, orgulloso de ser libre y de haberse librado de la opresión religiosa. ¡Menudos capullos! -
Resultaba evidente que nadie iba a prestarle la más mínima atención, así que optó por alejarse de allí para ordenar un poco sus ideas.
Con paso indeciso, comenzó a deambular por los muelles observando las embarcaciones. Todo estaba vacío. La vida se había parado esta mañana y las motoras bamboleaban huérfanas en sus fondeaderos. La gente olvidaba con facilidad su vida para ocuparse de los asuntos de los demás.
Recorriendo los muelles, pensó que seria muy fácil robar una lancha y desparecer. No habría testigos y nadie lo echaría de menos. Nadie salvo sus fotos.
Apoyó las manos en una de las cadenas que separaba los muelles y al momento sintió un dolor punzante en la mano derecha. Se había clavado un fragmento de cristal de la lente.
Lo sacó apretando la piel con los dedos y una minúscula gota de sangre manó de la pequeñísima herida.
Con la palma extendida, contempló el fragmento de cristal y la sangre. Una imagen trivial a la que nadie daría la menor importancia, pero que en estos momentos influyo poderosamente en su imaginación.
A su mente acudieron caballos de cristal, los caballos de hielo y sangre. Una vieja historia que le había contado su abuelo cuando apenas tenía diez años.
“Hace muchos años, durante la segunda guerra mundial, sucedió un hecho insólito.
En el mes de Octubre de 1942, las tropas finlandesas habían sitiado al ejército ruso en el inmenso bosque de Raikkola.
Los rusos huían con la esperanza de llegar al Ladoga y poder embarcar la munición y los caballos, para ponerlos a salvo al otro lado, antes de que el lago se helara por la proximidad del invierno.
Los remolcadores se retrasaban y cada hora era fatal para el ejército ruso, que era atacado por los dos flancos y la retaguardia, con grandes pérdidas de material caballos y hombres.
Sucedió que al tercer día de asedio, un enorme incendio atrapó a los rusos entre el lago y el ejército finlandés. La situación era insostenible y amenazaba exterminar la poca resistencia que los rusos podían ofrecer.
Los caballos soviéticos que se contaban por un millar, aterrados por el fuego y los disparos, se lanzaron contra las llamas y traspasaron la barrera llegando al lago. Murieron muchos, pero la mayoría entraron en el lago, que en aquella zona, apenas medía dos metros de profundidad. A unos cien pasos adentro, había una sima con lo que los caballos quedaron atrapados dentro del agua, ateridos de frío sin poder avanzar ni a un lado ni a otro, por causa del fuego y la profundidad del lado.
Encabritados, se mordían, coceaban e intentaban montarse unos encima de otros. Una escena macabra.
En plena refriega, fueron sorprendidos por el hielo. Durante las noches, baja el viento del norte. El frío se hace agudísimo. Se dice que la tierra es visitada por un ángel vengador y que todo muere a su paso.
De golpe, el lago se congeló con el sonido de un cristal cuando se resquebraja y con él los caballos.
Al día siguiente, cuando los finlandeses después de acabar con el ejército ruso cruzaron la chamuscada ensenada, no podían creer lo que estaban viendo.
Una enorme lapida de mármol, de la que sobresalían cientos de cabezas de caballo mirando hacia donde estaban las llamas. El terror aún se podía ver reflejado en sus ojos y aquel horrible espectáculo, sorprendió por su belleza y crueldad.
Hubo que esperar a la primavera siguiente para poder sacarlos de su tumba de hielo, pero mientras tanto, los niños jugaron con ellos durante todo el invierno. Eran los caballos de cristal montados por niños que se morían de hambre pero que habían recibido un regalo del cielo. Un parque donde poder jugar.
Verás; el agua estancada puede permanecer varios grados bajo cero sin llegar a congelarse. Tan solo hace falta una leve agitación del equilibrio para que se vuelva hielo. Y eso fue lo que sucedió. Los propios caballos con su calor corporal aceleraron el proceso y el helado viento del norte completó la tarea… “
- Todo puede explotar si se le aplica la mecha adecuada, - pensó sin dejar de mirar la palma de su mano.
Su vida transcurría como el lago Ladoga. Llevaba mucho tiempo bajo cero y aquel minúsculo cristal había producido el mismo efecto que los caballos en el agua.
Lloró de rabia e impotencia. Quería marcharse de allí, desaparecer para siempre, pero no encontraba un destino adecuado. Sabía que cualquier otra ciudad terminaría por congelar su alma. No existía ninguna motora que pudiese hacerle desparecer detrás del horizonte.
- ¿Cómo puede alguien escapar de si mismo? -
Azabache 4
A la mañana siguiente, unos golpes en la puerta metálica lo despertaron. Al principio solo fueron toques de nudillo, pero al no obtener respuesta alguna del interior, los golpes pasaron a ser palmadas acompañadas de molestas voces; - ¡Marcial! ¿Estas ahí? ¡Eh Marcial! Vamos macho que ya son casi las doce.
- Ya va. – Respondió mientras se incorporaba pesadamente del sofá. La claridad del día atacó salvajemente sus pupilas cuando abrió la puerta. Sin tan siquiera mirar hacia fuera, volvió a entrar dejando a Ricardo en el quicio que, con cara de preocupación, lo siguió impaciente entrando en el almacén.
- Venga que a y media fletan el barco y no nos va a dar… ¡ostia! ¿Has dormido con la ropa puesta?-
Ricardo era el insólito compañero de trabajo de Marcial. El nervio personificado. Habían vivido una temporada los dos juntos en el almacén hasta que la hiperactividad de Ricardo hizo imposible la convivencia. Las situaciones con el eran imprevisibles, hasta el punto de que Marcial no sabia si de verdad era así o fingía.
Resultaba una tortura constante vivir con el. Hasta las cosas más sencillas como tomar un café o leer un libro, se convertían en experiencias estresantes a su lado. No dormía, apenas comía y se dedicaba a dar vueltas dentro del almacén con una bicicleta y la cabeza envuelta en una toalla a las cinco de la mañana. – Es lo único que me relaja cuando no puedo dormir. - Y claro, con este panorama el desayuno no podía ser muy normal tampoco. Muchos días al despertar, había encontrado hecho un festín para diez personas; - Es que me puse a exprimir naranjas y a hacer tostadas y cuando me di cuenta ya era muy tarde. Pero desayuna venga, que tenemos que dejar todo esto recogido antes de ir a trabajar. –
Frases como - ¿Pero te vas a poner a leer ahora?- o -Voy, voy…, Dios que tarde es ya -, eran el pan de cada día.
Lloraba viendo los programas basura o películas románticas pero inmediatamente después tenia que recoger todo lo de la mesa y dejarla inmaculada con el limpia cristales. Había que comer a la hora para ir a tomar café, cenar a la hora para no acostarse muy tarde, la hora, la hora…
Marcial no es que fuese una marmota, pero tampoco gustaba de prisas dentro de casa, así que decidió que lo mejor para su estómago sería seguir viviendo solo.
- Verás, es que mi creatividad y creo que la tuya también, merma ante la proximidad de un inquilino. Creo que lo mejor para los dos es que busques un apartamento para ti solo. – Pobre excusa, pero que dio un resultado mejor de lo que se hubiese esperado en un primer momento; - ¿Acaso he hecho algo que te haga sentir mal? – Ricardo no entendía – No, no es que hayas hecho nada malo, pero ya sabes como soy yo. Pensé que vivir con otra persona sería más fácil para mí, pero la verdad es que no consigo acostumbrarme. – En ese momento sus palabras sonaban sinceras incluso para el.
- Bueno, si eso es lo que quieres, buscaré algo, pero te advierto que mis fotos son buenas siempre eh? – inocente sonrisa de víctima ignorante.
- En el fondo no soy más que un cabrón. – pensó Marcial cuando Ricardo se ofreció para hacer mas café.
Justo una semana después, Ricardo entró muy alterado en el almacén.
- Ya lo tengo, he encontrado un apartamento en la calle Antares que está muy bien. Tiene vistas al mar y un cuarto que es perfecto para el laboratorio.
- ¿Qué bien no? – Marcial esbozaba una cínica sonrisa que ocultaba su explosión interior de alegría. – ¿Y cuando te mudas? – el plato que estaba secando giraba con rapidez por el trapo. – Pues ahora mismo. No me entregan las llaves hasta la semana que viene, pero tengo que salir de la ciudad por temas del curre y voy a aprovechar para adelantarlo todo. -
Atónito, sentado sobre un taburete alto en la barra de la cocina, Marcial no daba crédito a sus ojos. Parecía como si un huracán se moviese dentro de la casa vaciando armarios y preparando maletas; - Toma, aquí tienes las llaves y te apunto el teléfono de la casa de mis padres por si necesitas cualquier cosa. No mejor no, mejor voy a una pensión porque claro, no son horas de molestarlos y con la edad que tienen van a pensar que me ha pasado algo. Las fotos ya vendré a recogerlas otro día con más tiempo. Dios que tarde, el taxi ya estará al llegar mejor voy a la puerta no sea que se marche y tenga que volver a llamar que luego esta gente te cobra carrera completa que son unos jetas. Bueno me marcho ya, un abrazo tío. Que te vaya muy bien. –
Y lo mismo que vino, desapareció. A la carrera.
Marcial que sentado en la silla no había tenido tiempo ni de decir esta boca es mía, resopló con fuerza y exclamó; - Este muchacho no vivirá muchos años. – Pero en el fondo sentía como si un peso enorme hubiese sido descargado de sus hombros. Otra vez volvía a estar solo.
Nunca perdieron la relación y una extraña amistad fraguó entre ellos. Algo impensable durante la convivencia, pero que se había hecho realidad al separarse. Un colegueo respetuoso, que les permitía cierta confianza pero sin llegar nunca a involucrarse demasiado en la vida del otro. La simbiosis perfecta para algo duradero.
Los dos eran fotógrafos para el periódico local y mientras que Marcial se encargaba de los eventos destacados y sucesos en general, Ricardo capeaba con la gente guapa y llevaba la sección de sociedad.
Ambos tenían que acudir al bautizo de un nuevo yate, propiedad de un joven y rico empresario Islandés de nombre impronunciable y del que según decían, estaba hecho de hielo. Aunque eso no importaba demasiado ya que todo el mundo lo conocía por el vikingo. Hablar del hombre de hielo equivalía a hablar de farándula y glamour, al igual que ser amigo del vikingo significaba tener todas las puertas abiertas tanto en prensa como en televisión o en cualquier club elitista de la ciudad.
No era habitual que los dos tuviesen que acudir juntos a fotografiar algo, pero en este caso, la ocasión requería dos puntos de vista.
- Vaya, veo que ha sido una noche movidita- comentó Ricardo al tiempo que esquivaba los cristales del suelo.
- ¿Un café?- preguntó Marcial ignorando la pregunta. – No gracias, ya he desayunado – contestó Ricardo que, impaciente, observaba las fotografías de las paredes distraídamente.
Admiraba mucho el trabajo de Marcial, pero hoy las fotos tenían menos brillo que otras veces. Quizá debido al aspecto desliñado del autor, o quizá fuese debido a los cristales del suelo o a que nunca era capaz de entender el porqué de muchas cosas y entre las cosas que no entendía, estaba el hecho de que quizá Marcial desperdiciaba su vida.
- Ésta es mi favorita. ¿Cómo la titulaste?-
- ¿Qué dices? –
- Que como se llama la foto de la tía buena – contestó Ricardo levantando la voz.
Con el cepillo de dientes aún en la boca, Marcial asomó la cabeza por la mampara del baño y contestó; - Ah esa, pues no sé. No se me ocurrió nada, ahí está criando malvas. -
La foto en cuestión era un mural de dos metros de alto por uno de ancho y reflejaba a una modelo de color totalmente desnuda, de rodillas, con los brazos cruzados y las manos agarradas a los hombros en un gesto mezcla de sumisión y plegaria. La instantánea fue tomada desde un ángulo muy alto y el juego de sombras era realmente espectacular. Insinuación y erotismo sin llegar a mostrar nada.
- ¿Sabes?- comentó Ricardo sin apartar la vista del mural, - deberías salir con una de estas para variar. ¿Ya sabes que se puede follar gratis?-
- Siempre que follas, pagas. Y vamos que ya estoy. –
Diez minutos después el Citroen de Ricardo atravesaba la ciudad en dirección al club náutico. Cruzaron la plaza de Sotavento con sus dos fuentes gemelas de la suerte y la fortuna, representadas por cuatro inmensas gárgolas de piedra que escupían agua por la boca. Existía la creencia de que si alguien que llegaba por primera vez a la plaza, se lavaba las manos en una y acto seguido la cara en la otra, tendría precisamente eso; suerte y fortuna.
Siempre que pasaba por aquí, Marcial sonreía recordando la primera vez que pisó esta plaza. Atraído por la curiosidad, quiso hacer unas fotos a las gárgolas y de paso, probar que las leyendas no eran más que tonterías absurdas, así que, tras lavarse las manos en la primera fuente, introdujo la cabeza en la segunda y al tiempo que la cabeza salía chorreando agua, oyó la voz de una vecina que desde el balcón le gritaba; - ¡Pero oiga! Que lo ha hecho al revés. –
Más tarde se enteró de que solo valía la primera vez que se intentaba.
El camino siguió por los pasos del albatros, una enorme autovía de cuatro carriles paralela al mar, que unía su trayectoria con la avenida Norte, meta del viaje.
Pero nada más incorporarse a la avenida, una larga hilera de coches indicaba que aparcar a menos de quinientos metros del club, sería una misión imposible.
- Te dije que llegaríamos tarde, joder – Ricardo siempre perdía los nervios al volante y más cuando tenía prisa.
- Aparca por aquí y vamos andando.- Respondió Marcial que en ese momento se colgaba la cámara y el pase de prensa al cuello.
- Vamos andando, vamos andando; si te hubieses levantado a la hora convenida, ahora no tendríamos que correr. –
- Mira – intentó tranquilizar a Ricardo que en ese momento pugnaba por introducir el coche en un espacio bastante ajustado; - tenemos los pases de prensa y además las fotos buenas ya las han tirado. Piensa que los paparazzi llevarán fotografiando al vikingo desde que salió de Islandia. Tú y yo tenemos un trabajo que hacer. Lo hacemos y nos volvemos a casa. Total, las revistas del corazón son las que se van a llevar todo el mérito.-
- Si, si, lo que tu digas, pero venga ¡corre! – cerrando de un portazo y empezando a correr cómicamente calle abajo. Marcial resignado no tuvo más remedio que seguirlo.
- Deliciosa manera de comenzar una resaca.-
A la carrera, recorrieron el trecho que quedaba hasta el club náutico, pero al llegar, sus expectativas quedaron desbordadas. Había cientos de personas a un lado y otro de la cinta roja. Una alfombra tapizaba todo el recorrido hasta la pasarela y tras ella, como si se tratase de un cuadro que tapaba el horizonte, fondeaba el majestuoso barco.
Se trataba de un pequeño crucero de cuarentaicinco metros de eslora y que iba a ser bautizado como “Sea Dolphin “.
La multitud allí congregada, era de lo más variopinto. Empresarios locales ansiosos por demostrar su presencia en la alta sociedad, modelos de ambos sexos a la caza de alguna situación comprometida que los sacara del anonimato, lugareños que no tenían nada mejor que hacer durante la mañana salvo devorar los canapés del buffet y un sin fin de fotógrafos, reporteros y cámaras de televisión ávidos de fotos y declaraciones.
Con los pases de prensa colgados del cuello, y a fuerza de – disculpe – acompañado por algún empujón que otro, Marcial seguía al torbellino humano que era Ricardo por entre la maraña de gente.
Finalmente, a dos filas de la cinta roja, un muro infranqueable terminó con el avance. Tal era la barrera de carne allí formada.
- Así no vamos a tirar ni una foto decente, joder, si esto ya lo sabía yo. Tenía que haber venido solo y seguro que ahora no estaba aquí oliendo sobacos. Además es imposible llegar a la zona de fotógrafos. – protestó Ricardo.
Marcial estaba exhausto. El sofocón de la carrera, había hecho mella en su estomago que empezaba a molestar. Había tomado un antiácido en casa, pero la situación amenazaba con desbordarse.
- Tú intenta avanzar, que yo esperaré a que todo esto pase y luego ya fotografiaré el barco tranquilamente.-
- Como quieras, pero te vas a perder los canapés. – bromeó Ricardo.
Un fuerte retortijón sacudió el estomago de Marcial al escuchar la palabra canapé. Comprendió que si no salía de allí inmediatamente, aquello iba a convertirse en un infierno.
- Oye, luego nos vemos ¿eh? Yo me voy de este barullo.- pero Ricardo ya no escuchaba. Estaba intentando convencer a una opulenta señora que con sus dos hijas y un enorme sombrero floreado, se hallaba justo delante de el.
– Oiga señora, disculpe, ¿Señora? Tengo un pase de prensa, si me permite…-
- ¿Cómo que si me permite? Llevo esperando aquí más de dos horas y no pienso dejar pasar a nadie.- la mujer no estaba dispuesta a que le quitaran el sitio que tanto tiempo había guardado. – Vaya usted a la zona de fotógrafos joven. –
- Pero oiga,- la cara totalmente colorada; - que soy del diario costero y tengo preferencia.-
- A mí como si es usted del diario chino joven, ¡he dicho que no le dejo pasar y no le dejo pasar! Y deje de importunarme o llamare a la policía. -
Ricardo, al borde del colapso, se dispuso a contraatacar, pero en ese momento un murmullo emergió de la multitud indicando que el coche del vikingo había llegado.
El Islandés puso un pié en el suelo en el mismo momento en que Marcial estaba a punto de escapar a la culebra humana, pero un instante después sin saber cómo, se encontró zarandeado con fuerza y absorbido otra vez hacia dentro. Al final consiguió zafarse, pero terminó expulsado del gentío rodando por el suelo.
La cámara golpeó contra el suelo y la lente se hizo añicos.
- Realmente está resultando una mañana deliciosa. –
- Ya va. – Respondió mientras se incorporaba pesadamente del sofá. La claridad del día atacó salvajemente sus pupilas cuando abrió la puerta. Sin tan siquiera mirar hacia fuera, volvió a entrar dejando a Ricardo en el quicio que, con cara de preocupación, lo siguió impaciente entrando en el almacén.
- Venga que a y media fletan el barco y no nos va a dar… ¡ostia! ¿Has dormido con la ropa puesta?-
Ricardo era el insólito compañero de trabajo de Marcial. El nervio personificado. Habían vivido una temporada los dos juntos en el almacén hasta que la hiperactividad de Ricardo hizo imposible la convivencia. Las situaciones con el eran imprevisibles, hasta el punto de que Marcial no sabia si de verdad era así o fingía.
Resultaba una tortura constante vivir con el. Hasta las cosas más sencillas como tomar un café o leer un libro, se convertían en experiencias estresantes a su lado. No dormía, apenas comía y se dedicaba a dar vueltas dentro del almacén con una bicicleta y la cabeza envuelta en una toalla a las cinco de la mañana. – Es lo único que me relaja cuando no puedo dormir. - Y claro, con este panorama el desayuno no podía ser muy normal tampoco. Muchos días al despertar, había encontrado hecho un festín para diez personas; - Es que me puse a exprimir naranjas y a hacer tostadas y cuando me di cuenta ya era muy tarde. Pero desayuna venga, que tenemos que dejar todo esto recogido antes de ir a trabajar. –
Frases como - ¿Pero te vas a poner a leer ahora?- o -Voy, voy…, Dios que tarde es ya -, eran el pan de cada día.
Lloraba viendo los programas basura o películas románticas pero inmediatamente después tenia que recoger todo lo de la mesa y dejarla inmaculada con el limpia cristales. Había que comer a la hora para ir a tomar café, cenar a la hora para no acostarse muy tarde, la hora, la hora…
Marcial no es que fuese una marmota, pero tampoco gustaba de prisas dentro de casa, así que decidió que lo mejor para su estómago sería seguir viviendo solo.
- Verás, es que mi creatividad y creo que la tuya también, merma ante la proximidad de un inquilino. Creo que lo mejor para los dos es que busques un apartamento para ti solo. – Pobre excusa, pero que dio un resultado mejor de lo que se hubiese esperado en un primer momento; - ¿Acaso he hecho algo que te haga sentir mal? – Ricardo no entendía – No, no es que hayas hecho nada malo, pero ya sabes como soy yo. Pensé que vivir con otra persona sería más fácil para mí, pero la verdad es que no consigo acostumbrarme. – En ese momento sus palabras sonaban sinceras incluso para el.
- Bueno, si eso es lo que quieres, buscaré algo, pero te advierto que mis fotos son buenas siempre eh? – inocente sonrisa de víctima ignorante.
- En el fondo no soy más que un cabrón. – pensó Marcial cuando Ricardo se ofreció para hacer mas café.
Justo una semana después, Ricardo entró muy alterado en el almacén.
- Ya lo tengo, he encontrado un apartamento en la calle Antares que está muy bien. Tiene vistas al mar y un cuarto que es perfecto para el laboratorio.
- ¿Qué bien no? – Marcial esbozaba una cínica sonrisa que ocultaba su explosión interior de alegría. – ¿Y cuando te mudas? – el plato que estaba secando giraba con rapidez por el trapo. – Pues ahora mismo. No me entregan las llaves hasta la semana que viene, pero tengo que salir de la ciudad por temas del curre y voy a aprovechar para adelantarlo todo. -
Atónito, sentado sobre un taburete alto en la barra de la cocina, Marcial no daba crédito a sus ojos. Parecía como si un huracán se moviese dentro de la casa vaciando armarios y preparando maletas; - Toma, aquí tienes las llaves y te apunto el teléfono de la casa de mis padres por si necesitas cualquier cosa. No mejor no, mejor voy a una pensión porque claro, no son horas de molestarlos y con la edad que tienen van a pensar que me ha pasado algo. Las fotos ya vendré a recogerlas otro día con más tiempo. Dios que tarde, el taxi ya estará al llegar mejor voy a la puerta no sea que se marche y tenga que volver a llamar que luego esta gente te cobra carrera completa que son unos jetas. Bueno me marcho ya, un abrazo tío. Que te vaya muy bien. –
Y lo mismo que vino, desapareció. A la carrera.
Marcial que sentado en la silla no había tenido tiempo ni de decir esta boca es mía, resopló con fuerza y exclamó; - Este muchacho no vivirá muchos años. – Pero en el fondo sentía como si un peso enorme hubiese sido descargado de sus hombros. Otra vez volvía a estar solo.
Nunca perdieron la relación y una extraña amistad fraguó entre ellos. Algo impensable durante la convivencia, pero que se había hecho realidad al separarse. Un colegueo respetuoso, que les permitía cierta confianza pero sin llegar nunca a involucrarse demasiado en la vida del otro. La simbiosis perfecta para algo duradero.
Los dos eran fotógrafos para el periódico local y mientras que Marcial se encargaba de los eventos destacados y sucesos en general, Ricardo capeaba con la gente guapa y llevaba la sección de sociedad.
Ambos tenían que acudir al bautizo de un nuevo yate, propiedad de un joven y rico empresario Islandés de nombre impronunciable y del que según decían, estaba hecho de hielo. Aunque eso no importaba demasiado ya que todo el mundo lo conocía por el vikingo. Hablar del hombre de hielo equivalía a hablar de farándula y glamour, al igual que ser amigo del vikingo significaba tener todas las puertas abiertas tanto en prensa como en televisión o en cualquier club elitista de la ciudad.
No era habitual que los dos tuviesen que acudir juntos a fotografiar algo, pero en este caso, la ocasión requería dos puntos de vista.
- Vaya, veo que ha sido una noche movidita- comentó Ricardo al tiempo que esquivaba los cristales del suelo.
- ¿Un café?- preguntó Marcial ignorando la pregunta. – No gracias, ya he desayunado – contestó Ricardo que, impaciente, observaba las fotografías de las paredes distraídamente.
Admiraba mucho el trabajo de Marcial, pero hoy las fotos tenían menos brillo que otras veces. Quizá debido al aspecto desliñado del autor, o quizá fuese debido a los cristales del suelo o a que nunca era capaz de entender el porqué de muchas cosas y entre las cosas que no entendía, estaba el hecho de que quizá Marcial desperdiciaba su vida.
- Ésta es mi favorita. ¿Cómo la titulaste?-
- ¿Qué dices? –
- Que como se llama la foto de la tía buena – contestó Ricardo levantando la voz.
Con el cepillo de dientes aún en la boca, Marcial asomó la cabeza por la mampara del baño y contestó; - Ah esa, pues no sé. No se me ocurrió nada, ahí está criando malvas. -
La foto en cuestión era un mural de dos metros de alto por uno de ancho y reflejaba a una modelo de color totalmente desnuda, de rodillas, con los brazos cruzados y las manos agarradas a los hombros en un gesto mezcla de sumisión y plegaria. La instantánea fue tomada desde un ángulo muy alto y el juego de sombras era realmente espectacular. Insinuación y erotismo sin llegar a mostrar nada.
- ¿Sabes?- comentó Ricardo sin apartar la vista del mural, - deberías salir con una de estas para variar. ¿Ya sabes que se puede follar gratis?-
- Siempre que follas, pagas. Y vamos que ya estoy. –
Diez minutos después el Citroen de Ricardo atravesaba la ciudad en dirección al club náutico. Cruzaron la plaza de Sotavento con sus dos fuentes gemelas de la suerte y la fortuna, representadas por cuatro inmensas gárgolas de piedra que escupían agua por la boca. Existía la creencia de que si alguien que llegaba por primera vez a la plaza, se lavaba las manos en una y acto seguido la cara en la otra, tendría precisamente eso; suerte y fortuna.
Siempre que pasaba por aquí, Marcial sonreía recordando la primera vez que pisó esta plaza. Atraído por la curiosidad, quiso hacer unas fotos a las gárgolas y de paso, probar que las leyendas no eran más que tonterías absurdas, así que, tras lavarse las manos en la primera fuente, introdujo la cabeza en la segunda y al tiempo que la cabeza salía chorreando agua, oyó la voz de una vecina que desde el balcón le gritaba; - ¡Pero oiga! Que lo ha hecho al revés. –
Más tarde se enteró de que solo valía la primera vez que se intentaba.
El camino siguió por los pasos del albatros, una enorme autovía de cuatro carriles paralela al mar, que unía su trayectoria con la avenida Norte, meta del viaje.
Pero nada más incorporarse a la avenida, una larga hilera de coches indicaba que aparcar a menos de quinientos metros del club, sería una misión imposible.
- Te dije que llegaríamos tarde, joder – Ricardo siempre perdía los nervios al volante y más cuando tenía prisa.
- Aparca por aquí y vamos andando.- Respondió Marcial que en ese momento se colgaba la cámara y el pase de prensa al cuello.
- Vamos andando, vamos andando; si te hubieses levantado a la hora convenida, ahora no tendríamos que correr. –
- Mira – intentó tranquilizar a Ricardo que en ese momento pugnaba por introducir el coche en un espacio bastante ajustado; - tenemos los pases de prensa y además las fotos buenas ya las han tirado. Piensa que los paparazzi llevarán fotografiando al vikingo desde que salió de Islandia. Tú y yo tenemos un trabajo que hacer. Lo hacemos y nos volvemos a casa. Total, las revistas del corazón son las que se van a llevar todo el mérito.-
- Si, si, lo que tu digas, pero venga ¡corre! – cerrando de un portazo y empezando a correr cómicamente calle abajo. Marcial resignado no tuvo más remedio que seguirlo.
- Deliciosa manera de comenzar una resaca.-
A la carrera, recorrieron el trecho que quedaba hasta el club náutico, pero al llegar, sus expectativas quedaron desbordadas. Había cientos de personas a un lado y otro de la cinta roja. Una alfombra tapizaba todo el recorrido hasta la pasarela y tras ella, como si se tratase de un cuadro que tapaba el horizonte, fondeaba el majestuoso barco.
Se trataba de un pequeño crucero de cuarentaicinco metros de eslora y que iba a ser bautizado como “Sea Dolphin “.
La multitud allí congregada, era de lo más variopinto. Empresarios locales ansiosos por demostrar su presencia en la alta sociedad, modelos de ambos sexos a la caza de alguna situación comprometida que los sacara del anonimato, lugareños que no tenían nada mejor que hacer durante la mañana salvo devorar los canapés del buffet y un sin fin de fotógrafos, reporteros y cámaras de televisión ávidos de fotos y declaraciones.
Con los pases de prensa colgados del cuello, y a fuerza de – disculpe – acompañado por algún empujón que otro, Marcial seguía al torbellino humano que era Ricardo por entre la maraña de gente.
Finalmente, a dos filas de la cinta roja, un muro infranqueable terminó con el avance. Tal era la barrera de carne allí formada.
- Así no vamos a tirar ni una foto decente, joder, si esto ya lo sabía yo. Tenía que haber venido solo y seguro que ahora no estaba aquí oliendo sobacos. Además es imposible llegar a la zona de fotógrafos. – protestó Ricardo.
Marcial estaba exhausto. El sofocón de la carrera, había hecho mella en su estomago que empezaba a molestar. Había tomado un antiácido en casa, pero la situación amenazaba con desbordarse.
- Tú intenta avanzar, que yo esperaré a que todo esto pase y luego ya fotografiaré el barco tranquilamente.-
- Como quieras, pero te vas a perder los canapés. – bromeó Ricardo.
Un fuerte retortijón sacudió el estomago de Marcial al escuchar la palabra canapé. Comprendió que si no salía de allí inmediatamente, aquello iba a convertirse en un infierno.
- Oye, luego nos vemos ¿eh? Yo me voy de este barullo.- pero Ricardo ya no escuchaba. Estaba intentando convencer a una opulenta señora que con sus dos hijas y un enorme sombrero floreado, se hallaba justo delante de el.
– Oiga señora, disculpe, ¿Señora? Tengo un pase de prensa, si me permite…-
- ¿Cómo que si me permite? Llevo esperando aquí más de dos horas y no pienso dejar pasar a nadie.- la mujer no estaba dispuesta a que le quitaran el sitio que tanto tiempo había guardado. – Vaya usted a la zona de fotógrafos joven. –
- Pero oiga,- la cara totalmente colorada; - que soy del diario costero y tengo preferencia.-
- A mí como si es usted del diario chino joven, ¡he dicho que no le dejo pasar y no le dejo pasar! Y deje de importunarme o llamare a la policía. -
Ricardo, al borde del colapso, se dispuso a contraatacar, pero en ese momento un murmullo emergió de la multitud indicando que el coche del vikingo había llegado.
El Islandés puso un pié en el suelo en el mismo momento en que Marcial estaba a punto de escapar a la culebra humana, pero un instante después sin saber cómo, se encontró zarandeado con fuerza y absorbido otra vez hacia dentro. Al final consiguió zafarse, pero terminó expulsado del gentío rodando por el suelo.
La cámara golpeó contra el suelo y la lente se hizo añicos.
- Realmente está resultando una mañana deliciosa. –
Azabache 3ª parte.
El número 2 de la calle Manila, era una vieja construcción que en años anteriores había sido el enclave logístico de una antigua empresa de exportación. Aún se podía leer el viejo y descolorido cartel en su fachada; “Transocean exports S.A.”
Un edificio retratado al azar como tantos otros por un fotógrafo forastero tres años atrás, dentro de un proyecto que pretendía mostrar la arquitectura de las ciudades costeras en imágenes.
Un proyecto que se convirtió en la excusa perfecta para el inicio de una nueva vida. Reinventarse a si mismo y reinventar el camino. Un viaje sin fecha de caducidad que le llevaría a cualquier lugar donde el mar fuese protagonista. Cada etapa del camino, un mundo por descubrir, y cada ciudad un carrete. Pasos que se entrelazaban con imágenes en blanco y negro, dentro de una continua fuga interior que describía parábolas sobre una profunda herida, obstinada en supurar oscuridad continuamente.
Aquella apremiante carrera había llegado a su fin en el momento en que la bandeja con sulfato de bario, impregnaba de plata negra los contornos del viejo almacén. El resto fue solo cuestión de tiempo. Los minutos restantes que terminaron de revelar la foto y que encendieron una chispa de ilusión en el corazón de Marcial.
El flechazo fue instantáneo.
Siempre había soñado vivir en un sitio así. Espacios enormes y grandes ventanales que darían un toque bohemio y seductor a su comprimida existencia. Un refugio a prueba de claustrofobia donde tendría cabida todo su mundo.
Aquel viejo almacén que fue pasado por alto en un primer momento, (como casi todas las cosas autenticas de este mundo), había conseguido poner fin a un largo periplo que duraba ya dos años.
Tras una corta negociación con el anciano Saúl – ¿Sabes hijo?, pensé que todo el mundo se había olvidado de este decrépito almacén al igual que olvidaron a este decrepito viejo, y ahora llegas tú y quieres vivir en el como si eso fuese lo más normal del mundo. A veces tengo la impresión de que nunca tendré los suficientes años como para haberlo visto todo.-
- Usted no se preocupe Saúl, que yo me encargaré de todo.-
- Cuídalo bien hijo, este almacén ha sido testigo de tiempos más cabales.- y con manos temblorosas entregó las llaves a Marcial. Después con una sonrisa, se alejo calle abajo apoyándose en su cachaba y silbando una vieja tonada marinera. Al final de la acera se giró y observó de lejos el almacén y a Marcial. Un ligero temblor asomó a sus ojos antes de seguir el camino y desaparecer por la avenida Sur.
No fue fácil la tarea de limpieza y acondicionamiento del local. Hicieron falta más de cinco meses hasta que todo encajó en su lugar y las fotos quedaron situadas en sus lugares correspondientes. El pequeño laboratorio, la enorme cama, una cocina americana al fondo y todo un caótico universo de enseres que gravitaba en torno al mundo artificial que constituía aquella morada.
Y toda aquella obra quedó culminada el día en que habiendo ubicado el Cartier en su columna correspondiente (la columna para la cual esa litografía fue creada), se sentó en el sofá y exclamó; - ¡Estoy en casa!-.
Después de aquello, el hombre estaba listo para explorar el espacio, y eso fue lo que hizo. Buscó la realidad del cosmos exterior y se topó con una ciudad cincelada en neón, salitre y carmín rojo.
Una ciudad nueva que descubría su esencia en blanco y negro, en sabanas revueltas de pensiones baratas, en vasos de ron, en luces de zig-zag, en contratos apalabrados y en caminos al paraíso de la mano de ángeles complacientes, que agitaban sus blancas alas sobre la eterna espuma del mar.
Sin embargo esta noche era distinta. Esta era una de esas noches en que nada parecía ser suficiente.
El vino blanco que en un principio actuó como un bálsamo, estimulando su espíritu, ahora lo había dejado frío.
Llegó a la entrada del almacén y con pasos vacilantes traspasó las enormes puertas metálicas. Sabia que el rodaballo iba a dar guerra toda la noche, así que resignado, se sirvió un whisky y desplomándose en el sofá, dejo que su mirada se perdiese en una de las fotos que colgaba de la pared.
Resultaba curioso que aquellos once obreros que descansaban sobre la viga de un rascacielos en Nueva York, hoy no hablaran con el. Todos y cada uno de ellos, habían fraguado una vida ficticia en la mente de Marcial, y a veces charlaban con el en su imaginación, pero hoy no. Hoy simplemente conversaban entre ellos y se daban fuego unos a otros con los propios cigarrillos aún humeantes.
Aquellos once famosos desconocidos, que en otras ocasiones habían conseguido suavizar todo tipo de pensamientos calenturientos, no pudieron impedir que el vaso de whisky se estrellase contra la pared.
Lo demás, fue acurrucarse en el sofá y esperar a que las arcadas remitieran en un vano intento por ganar una batalla que sabía de sobra perdida.
Un edificio retratado al azar como tantos otros por un fotógrafo forastero tres años atrás, dentro de un proyecto que pretendía mostrar la arquitectura de las ciudades costeras en imágenes.
Un proyecto que se convirtió en la excusa perfecta para el inicio de una nueva vida. Reinventarse a si mismo y reinventar el camino. Un viaje sin fecha de caducidad que le llevaría a cualquier lugar donde el mar fuese protagonista. Cada etapa del camino, un mundo por descubrir, y cada ciudad un carrete. Pasos que se entrelazaban con imágenes en blanco y negro, dentro de una continua fuga interior que describía parábolas sobre una profunda herida, obstinada en supurar oscuridad continuamente.
Aquella apremiante carrera había llegado a su fin en el momento en que la bandeja con sulfato de bario, impregnaba de plata negra los contornos del viejo almacén. El resto fue solo cuestión de tiempo. Los minutos restantes que terminaron de revelar la foto y que encendieron una chispa de ilusión en el corazón de Marcial.
El flechazo fue instantáneo.
Siempre había soñado vivir en un sitio así. Espacios enormes y grandes ventanales que darían un toque bohemio y seductor a su comprimida existencia. Un refugio a prueba de claustrofobia donde tendría cabida todo su mundo.
Aquel viejo almacén que fue pasado por alto en un primer momento, (como casi todas las cosas autenticas de este mundo), había conseguido poner fin a un largo periplo que duraba ya dos años.
Tras una corta negociación con el anciano Saúl – ¿Sabes hijo?, pensé que todo el mundo se había olvidado de este decrépito almacén al igual que olvidaron a este decrepito viejo, y ahora llegas tú y quieres vivir en el como si eso fuese lo más normal del mundo. A veces tengo la impresión de que nunca tendré los suficientes años como para haberlo visto todo.-
- Usted no se preocupe Saúl, que yo me encargaré de todo.-
- Cuídalo bien hijo, este almacén ha sido testigo de tiempos más cabales.- y con manos temblorosas entregó las llaves a Marcial. Después con una sonrisa, se alejo calle abajo apoyándose en su cachaba y silbando una vieja tonada marinera. Al final de la acera se giró y observó de lejos el almacén y a Marcial. Un ligero temblor asomó a sus ojos antes de seguir el camino y desaparecer por la avenida Sur.
No fue fácil la tarea de limpieza y acondicionamiento del local. Hicieron falta más de cinco meses hasta que todo encajó en su lugar y las fotos quedaron situadas en sus lugares correspondientes. El pequeño laboratorio, la enorme cama, una cocina americana al fondo y todo un caótico universo de enseres que gravitaba en torno al mundo artificial que constituía aquella morada.
Y toda aquella obra quedó culminada el día en que habiendo ubicado el Cartier en su columna correspondiente (la columna para la cual esa litografía fue creada), se sentó en el sofá y exclamó; - ¡Estoy en casa!-.
Después de aquello, el hombre estaba listo para explorar el espacio, y eso fue lo que hizo. Buscó la realidad del cosmos exterior y se topó con una ciudad cincelada en neón, salitre y carmín rojo.
Una ciudad nueva que descubría su esencia en blanco y negro, en sabanas revueltas de pensiones baratas, en vasos de ron, en luces de zig-zag, en contratos apalabrados y en caminos al paraíso de la mano de ángeles complacientes, que agitaban sus blancas alas sobre la eterna espuma del mar.
Sin embargo esta noche era distinta. Esta era una de esas noches en que nada parecía ser suficiente.
El vino blanco que en un principio actuó como un bálsamo, estimulando su espíritu, ahora lo había dejado frío.
Llegó a la entrada del almacén y con pasos vacilantes traspasó las enormes puertas metálicas. Sabia que el rodaballo iba a dar guerra toda la noche, así que resignado, se sirvió un whisky y desplomándose en el sofá, dejo que su mirada se perdiese en una de las fotos que colgaba de la pared.
Resultaba curioso que aquellos once obreros que descansaban sobre la viga de un rascacielos en Nueva York, hoy no hablaran con el. Todos y cada uno de ellos, habían fraguado una vida ficticia en la mente de Marcial, y a veces charlaban con el en su imaginación, pero hoy no. Hoy simplemente conversaban entre ellos y se daban fuego unos a otros con los propios cigarrillos aún humeantes.
Aquellos once famosos desconocidos, que en otras ocasiones habían conseguido suavizar todo tipo de pensamientos calenturientos, no pudieron impedir que el vaso de whisky se estrellase contra la pared.
Lo demás, fue acurrucarse en el sofá y esperar a que las arcadas remitieran en un vano intento por ganar una batalla que sabía de sobra perdida.
Sky
Sigo trabajando en azabache, pero no es facil. Asi que para que tengais novedades aqui va algo muy especial.
Alguna vez os habeis fijado en lo grande que es el cielo?
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Azabache 2ª parte
El agua negra como el petróleo, iluminada tan solo por la luna, golpeaba contra los pilares del muelle con un ritmo constante y monótono. Hotel Costes amenizaba el ambiente y el rodaballo de Marcial iba desapareciendo del plato a la misma velocidad que se vaciaba la botella de Blanc pescador.
Fermín iba y venia entre las mesas hábilmente, abasteciendo de comida y comentarios jocosos a los comensales; - Los tengo saladitos saladitos – Pero que bien me come usted señor – Cuidado con las espinas – ¿Mas vino? – Pues mire usted, estos pantalones…
Dos velas mas tarde, el ambiente del restaurante había pasado del bullicio inicial a un clima mucho mas sosegado. Fermín ya no corría entre las mesas y los comensales se rendían al influjo de la luna, acompasada por los mástiles de los barcos que fondeaban en el puerto. Ahora le tocaba el turno a Café del mar y Massive attack hacia vibrar los talones de Marcial que, recostado sobre su silla buscaba entre los rostros de la gente la imagen de Lucia.
Era una sensación que no le gustaba. Llevaba cinco años aprendiendo a caminar sin tener que mirar atrás, aprendiendo a vivir con la ausencia que el mismo provocó. Cinco años desde su precipitada fuga en la que dejó a Lucia a tan solo quince días de la boda.
Y es que un corazón libre no se puede enjaular. El lo sabia, Lucia lo sabia y los padres de ella también, pero la vida es así. Está llena de buenas intenciones y también de buenas decepciones. Quisieron ser ciegos pero fue la luz la que terminó cegándolos.
Todo aquel trajín de la boda, el insistente egoísmo de Lucia buscando un futuro a su medida y la presión desmesurada por parte de los padres de ella.
Muchas veces pensaba Marcial en estas cuestiones y siempre llegaba a la misma conclusión. Dolor. Revestimiento de hormigón en el corazón y la satisfacción que emergía de la herida cuando pensaba en sus malogrados suegros.
- Que os jodan. Nunca os gusté ni vosotros a mí. Hicisteis lo imposible por impedir nuestra relación y después llorasteis como fariseos. Nunca se os ocurrió pensar que estabais destruyendo a vuestra propia hija, pero tuvisteis lo vuestro. Punto y final. Jamás volvisteis a verme.-
Siempre los mismos pensamientos una y otra vez. Y parecía que la construcción del muro estaba completada cuando de repente, algún inesperado terremoto hacia tambalear sus cimientos y resquebrajaba las sólidas paredes de hormigón.
Un gesto, un ademán familiar, o una palabra cazada al vuelo, desataba la vorágine. La caja de Pandora se abría y con ella todo un torbellino de dudas que golpeaba con fuerza los sentidos de Marcial, provocándole la sensación de ahogo y alguna indigestión que otra.
--------------------------------------------------------------------
- ¡¡La cuenta del putero!!
- ¡Fermín por dios! Te tengo dicho que hables así de los clientes.
- Sordenes jefe.
Manuel, el dueño del “Rincón de babor” un hombre de unos cincuenta años, bajito y rechoncho con una enorme papada que hacia imposible ver donde terminaba el tronco y empezaba la cabeza, perdía los nervios a cada momento por culpa de Fermín.
No soportaba ver la facilidad con que era capaz de reírse de la gente. Y más si eran buenos clientes como en el caso de Marcial. Qué mas da si el muchacho es aficionado a las mujeres de vida alegre, o que Manoli guardara todas las sobras para el gato, aún a sabiendas que no lo tenía. Que importaban todas esas cosas si al fin y al cabo no eran más que personas como los demás.
Acaso el tarado de Fermín podría preocuparse más por variar el vestuario y quitarse esos mugrientos pantalones, cortarse el pelo como dios manda y dejar de aporrear esa guitarra infernal. Si, eso es lo que debería hacer ese chico.
En más de una ocasión había pensado despedirle, pero resultaba un camarero muy eficiente y caía bien a los clientes. Hoy en día es más de lo que se puede pedir, además, en el fondo también Manuel se sonreía para sus adentros ante alguna de las bromas de Fermín.
- Lástima de muchacho -.
Fermín iba y venia entre las mesas hábilmente, abasteciendo de comida y comentarios jocosos a los comensales; - Los tengo saladitos saladitos – Pero que bien me come usted señor – Cuidado con las espinas – ¿Mas vino? – Pues mire usted, estos pantalones…
Dos velas mas tarde, el ambiente del restaurante había pasado del bullicio inicial a un clima mucho mas sosegado. Fermín ya no corría entre las mesas y los comensales se rendían al influjo de la luna, acompasada por los mástiles de los barcos que fondeaban en el puerto. Ahora le tocaba el turno a Café del mar y Massive attack hacia vibrar los talones de Marcial que, recostado sobre su silla buscaba entre los rostros de la gente la imagen de Lucia.
Era una sensación que no le gustaba. Llevaba cinco años aprendiendo a caminar sin tener que mirar atrás, aprendiendo a vivir con la ausencia que el mismo provocó. Cinco años desde su precipitada fuga en la que dejó a Lucia a tan solo quince días de la boda.
Y es que un corazón libre no se puede enjaular. El lo sabia, Lucia lo sabia y los padres de ella también, pero la vida es así. Está llena de buenas intenciones y también de buenas decepciones. Quisieron ser ciegos pero fue la luz la que terminó cegándolos.
Todo aquel trajín de la boda, el insistente egoísmo de Lucia buscando un futuro a su medida y la presión desmesurada por parte de los padres de ella.
Muchas veces pensaba Marcial en estas cuestiones y siempre llegaba a la misma conclusión. Dolor. Revestimiento de hormigón en el corazón y la satisfacción que emergía de la herida cuando pensaba en sus malogrados suegros.
- Que os jodan. Nunca os gusté ni vosotros a mí. Hicisteis lo imposible por impedir nuestra relación y después llorasteis como fariseos. Nunca se os ocurrió pensar que estabais destruyendo a vuestra propia hija, pero tuvisteis lo vuestro. Punto y final. Jamás volvisteis a verme.-
Siempre los mismos pensamientos una y otra vez. Y parecía que la construcción del muro estaba completada cuando de repente, algún inesperado terremoto hacia tambalear sus cimientos y resquebrajaba las sólidas paredes de hormigón.
Un gesto, un ademán familiar, o una palabra cazada al vuelo, desataba la vorágine. La caja de Pandora se abría y con ella todo un torbellino de dudas que golpeaba con fuerza los sentidos de Marcial, provocándole la sensación de ahogo y alguna indigestión que otra.
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- ¡¡La cuenta del putero!!
- ¡Fermín por dios! Te tengo dicho que hables así de los clientes.
- Sordenes jefe.
Manuel, el dueño del “Rincón de babor” un hombre de unos cincuenta años, bajito y rechoncho con una enorme papada que hacia imposible ver donde terminaba el tronco y empezaba la cabeza, perdía los nervios a cada momento por culpa de Fermín.
No soportaba ver la facilidad con que era capaz de reírse de la gente. Y más si eran buenos clientes como en el caso de Marcial. Qué mas da si el muchacho es aficionado a las mujeres de vida alegre, o que Manoli guardara todas las sobras para el gato, aún a sabiendas que no lo tenía. Que importaban todas esas cosas si al fin y al cabo no eran más que personas como los demás.
Acaso el tarado de Fermín podría preocuparse más por variar el vestuario y quitarse esos mugrientos pantalones, cortarse el pelo como dios manda y dejar de aporrear esa guitarra infernal. Si, eso es lo que debería hacer ese chico.
En más de una ocasión había pensado despedirle, pero resultaba un camarero muy eficiente y caía bien a los clientes. Hoy en día es más de lo que se puede pedir, además, en el fondo también Manuel se sonreía para sus adentros ante alguna de las bromas de Fermín.
- Lástima de muchacho -.
Azabache
Marcial aplasto el cigarrillo en el cenicero y se dirigió a la ventana. Las cortinas ondulaban por la suave brisa nocturna que traía aromas cotidianos. El pequeño restaurante chino de la esquina que siempre olía a pollo, la tienda de frutos secos, con ese particular dulzor como de algodón de feria, el lejano salitre del puerto y algún que otro escape tuneado que se encargaba de desvelar aún más, el sueño de los desvelados.
Apoyó las manos en la poyata e introdujo su cabeza en la oscuridad. La humedad de la noche cayo sobre él golpeando su rostro con la extraña suavidad de una caricia excitada y aquel aire tan cargado de aromas terminó por completar la tarea asfixiante que hizo retroceder rápidamente su cuerpo.
-Esta ciudad es una mierda. Me ahogo aquí.
-Deberías relajarte un poco corazón….
Se giro lentamente para contemplar la cama recién deshecha, ahora vacía, escenario de su última derrota. Una derrota aplastante que había concluido en uno a cero, sin derecho a prorroga.
Levantó la vista y observó a Susana de espaldas, tan solo con una toalla alrededor de la cintura, peinándose lentamente con la cabeza ligeramente inclinada.
Le volvía loco aquel pelo azabache. Intenso como la noche y que siempre olía a melocotón. Brillante y cegador a la luz del día como las ancas de un caballo árabe después de una carrera, iba ganando a medida que la luz decrecía. Un velo negro aéreo y liviano durante la noche. Cuantas veces se había perdido en aquel bosque misterioso! Cuantas veces había reclamado su reino en las olas negras de suave tacto!
Se vistió en silencio y dejando el dinero sobre la mesita, salió por la puerta sin despedirse.
Siempre tenía la misma sensación cada vez que huía de aquella habitación. El crujido de las escaleras bajo sus pies y la culpa de haber hecho algo sucio. Siempre la misma impresión de carrera vertiginosa en la que se proponía ganar a su propia inmundicia que posiblemente en aquellos momentos estuviese descendiendo por las tuberías a la misma velocidad que el. Tal vez conseguiría llegar a la calle antes de que aquella culebra se extendiese por los subterráneos de la ciudad y engullese toda su esencia, impidiendo así cualquier intento de redención por su parte.
Velozmente se escapaba de su culpa y caminando aprisa, se alejaba de esa calle tan cargada de olores y entes subterráneos.
Se dirigió al puerto con la intención de cenar algo. Le repugnaba el solo pensamiento de llevarse a la boca cualquier cosa que no fuese pescado y por supuesto que no oliese a pollo.
El paseo marítimo que transcurría desde la calle Ribó hasta el puerto, estaba iluminado por pequeños candiles blancos que surgían del suelo en disposición de zigzag y que marcaban el camino como las luces de las pistas de aterrizaje de los aeropuertos.
Una barandilla de piedra gris limitaba el corte vertical de la costa e invitaba a los transeúntes a apoyarse en ella para contemplar como el mar se estrellaba contra las rocas.
Siempre que recorría aquel espacio tenia la sensación de hallarse en un inmenso lavadero que utilizaba la espuma del mar como jabón y que centrifugaba las conciencias e inconsciencias de todo aquel que necesitase blanquear su alma. Un par de paseos semanales y las puertas del paraíso estaban abiertas de par en par.
En la entrada del puerto, se hallaba el arco del pescador donde por primera vez vio a Susana.
Escasa de ropa y abundante en curvas, lucia sus encantos entre las coladas que allí se arremolinaban. Demasiado blanca para aquella barandilla y demasiado negra para la espuma del mar. Un delicado ángel moreno accesible para todo aquel que dispusiese de cincuenta euros y media hora libre en la pensión “Gran Sol”.
Bajo aquel arco de madera y con el desparpajo obsceno y orgulloso de unas piernas tan largas como el propio paseo marítimo, cerraron su primer trato y desde aquel día algo había cambiado en la vida de Marcial.
Una especie de necesidad urgente, mezcla de ansiedad y desesperación que le impulsaba a visitar el “Gran Sol” dos veces por semana. Los remordimientos venían después en forma de hidra.
Una vez en el puerto, se encamino hacia “El rincón de babor”, donde se podía comer rodaballo de todas las formas imaginables; horneado, con una base de patata y cebolla, a la plancha, con sus ajos fritos por encima y regado de vinagre de manzana, en rodajas, enharinado con una deliciosa salsa de nata coñac y almendra, a la gallega, con sus cachelos y el pimentón dando color a una salsa capaz de terminar con la hornada entera de una panadería…etc.
Aunque quizá, el mayor atractivo de este restaurante era que, estando situado frente a los muelles, se podía cenar cómodamente fuera del local con el mar a solo unos palmos de la mesa.
-¡Que pasa machote!- Fermín el camarero, un tipo curioso que parecía sacado de la película “Grease”, con un exagerado tupé y largas patillas, que hacían un estupendo contraste con el delantal blanco de camarero del que tras ímprobos esfuerzos, no había conseguido deshacerse. El propietario del negocio era muy estricto en cuanto a este respecto.
-Que, para cuando el disco- comento Marcial a modo de guasa.
-Menos coña- respondió Fermín entregándole la carta. –Si no fuese por los cabrones de la discográfica ya estarías escuchándonos por la radio-
Fermín era un hombre de principios. Enclavado en una época que no era la suya, se obstinaba en vivir los años 50 una y otra vez. Desechaba cualquier tipo de música con menos de treinta años y vestía durante todo el año unos pantalones negros de cuero tan parcheados, que se hacia imposible distinguir cual era la piel original y cual la remendada.
-Estos pantalones tienen mas conciertos que tú años. Mongui que eres un mongui- siempre la misma respuesta hacia quién le preguntara por tan estrafalario atuendo.
Y es que Fermín era un superviviente. Acostumbrado a correr siempre detrás de un sueño, tenía la extraña facilidad de hacer la maleta en dos minutos y desaparecer para siempre.
Salió de su pueblo natal con tan solo quince años, cansado de ver como sus vecinos se reían de el y de su ropa.
Con tan solo la guitarra y una pequeña bolsa de viaje, emprendió un camino sin retorno. Un camino que le llevaría a decenas de ciudades y pueblos, a trabajar en casi todos los trabajos en los que una persona puede trabajar y a consolidarse como un hombre que no necesita nada de los demás. Un superviviente.
Apoyó las manos en la poyata e introdujo su cabeza en la oscuridad. La humedad de la noche cayo sobre él golpeando su rostro con la extraña suavidad de una caricia excitada y aquel aire tan cargado de aromas terminó por completar la tarea asfixiante que hizo retroceder rápidamente su cuerpo.
-Esta ciudad es una mierda. Me ahogo aquí.
-Deberías relajarte un poco corazón….
Se giro lentamente para contemplar la cama recién deshecha, ahora vacía, escenario de su última derrota. Una derrota aplastante que había concluido en uno a cero, sin derecho a prorroga.
Levantó la vista y observó a Susana de espaldas, tan solo con una toalla alrededor de la cintura, peinándose lentamente con la cabeza ligeramente inclinada.
Le volvía loco aquel pelo azabache. Intenso como la noche y que siempre olía a melocotón. Brillante y cegador a la luz del día como las ancas de un caballo árabe después de una carrera, iba ganando a medida que la luz decrecía. Un velo negro aéreo y liviano durante la noche. Cuantas veces se había perdido en aquel bosque misterioso! Cuantas veces había reclamado su reino en las olas negras de suave tacto!
Se vistió en silencio y dejando el dinero sobre la mesita, salió por la puerta sin despedirse.
Siempre tenía la misma sensación cada vez que huía de aquella habitación. El crujido de las escaleras bajo sus pies y la culpa de haber hecho algo sucio. Siempre la misma impresión de carrera vertiginosa en la que se proponía ganar a su propia inmundicia que posiblemente en aquellos momentos estuviese descendiendo por las tuberías a la misma velocidad que el. Tal vez conseguiría llegar a la calle antes de que aquella culebra se extendiese por los subterráneos de la ciudad y engullese toda su esencia, impidiendo así cualquier intento de redención por su parte.
Velozmente se escapaba de su culpa y caminando aprisa, se alejaba de esa calle tan cargada de olores y entes subterráneos.
Se dirigió al puerto con la intención de cenar algo. Le repugnaba el solo pensamiento de llevarse a la boca cualquier cosa que no fuese pescado y por supuesto que no oliese a pollo.
El paseo marítimo que transcurría desde la calle Ribó hasta el puerto, estaba iluminado por pequeños candiles blancos que surgían del suelo en disposición de zigzag y que marcaban el camino como las luces de las pistas de aterrizaje de los aeropuertos.
Una barandilla de piedra gris limitaba el corte vertical de la costa e invitaba a los transeúntes a apoyarse en ella para contemplar como el mar se estrellaba contra las rocas.
Siempre que recorría aquel espacio tenia la sensación de hallarse en un inmenso lavadero que utilizaba la espuma del mar como jabón y que centrifugaba las conciencias e inconsciencias de todo aquel que necesitase blanquear su alma. Un par de paseos semanales y las puertas del paraíso estaban abiertas de par en par.
En la entrada del puerto, se hallaba el arco del pescador donde por primera vez vio a Susana.
Escasa de ropa y abundante en curvas, lucia sus encantos entre las coladas que allí se arremolinaban. Demasiado blanca para aquella barandilla y demasiado negra para la espuma del mar. Un delicado ángel moreno accesible para todo aquel que dispusiese de cincuenta euros y media hora libre en la pensión “Gran Sol”.
Bajo aquel arco de madera y con el desparpajo obsceno y orgulloso de unas piernas tan largas como el propio paseo marítimo, cerraron su primer trato y desde aquel día algo había cambiado en la vida de Marcial.
Una especie de necesidad urgente, mezcla de ansiedad y desesperación que le impulsaba a visitar el “Gran Sol” dos veces por semana. Los remordimientos venían después en forma de hidra.
Una vez en el puerto, se encamino hacia “El rincón de babor”, donde se podía comer rodaballo de todas las formas imaginables; horneado, con una base de patata y cebolla, a la plancha, con sus ajos fritos por encima y regado de vinagre de manzana, en rodajas, enharinado con una deliciosa salsa de nata coñac y almendra, a la gallega, con sus cachelos y el pimentón dando color a una salsa capaz de terminar con la hornada entera de una panadería…etc.
Aunque quizá, el mayor atractivo de este restaurante era que, estando situado frente a los muelles, se podía cenar cómodamente fuera del local con el mar a solo unos palmos de la mesa.
-¡Que pasa machote!- Fermín el camarero, un tipo curioso que parecía sacado de la película “Grease”, con un exagerado tupé y largas patillas, que hacían un estupendo contraste con el delantal blanco de camarero del que tras ímprobos esfuerzos, no había conseguido deshacerse. El propietario del negocio era muy estricto en cuanto a este respecto.
-Que, para cuando el disco- comento Marcial a modo de guasa.
-Menos coña- respondió Fermín entregándole la carta. –Si no fuese por los cabrones de la discográfica ya estarías escuchándonos por la radio-
Fermín era un hombre de principios. Enclavado en una época que no era la suya, se obstinaba en vivir los años 50 una y otra vez. Desechaba cualquier tipo de música con menos de treinta años y vestía durante todo el año unos pantalones negros de cuero tan parcheados, que se hacia imposible distinguir cual era la piel original y cual la remendada.
-Estos pantalones tienen mas conciertos que tú años. Mongui que eres un mongui- siempre la misma respuesta hacia quién le preguntara por tan estrafalario atuendo.
Y es que Fermín era un superviviente. Acostumbrado a correr siempre detrás de un sueño, tenía la extraña facilidad de hacer la maleta en dos minutos y desaparecer para siempre.
Salió de su pueblo natal con tan solo quince años, cansado de ver como sus vecinos se reían de el y de su ropa.
Con tan solo la guitarra y una pequeña bolsa de viaje, emprendió un camino sin retorno. Un camino que le llevaría a decenas de ciudades y pueblos, a trabajar en casi todos los trabajos en los que una persona puede trabajar y a consolidarse como un hombre que no necesita nada de los demás. Un superviviente.
Asuntos pendientes
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Un día abrí un libro y empecé a leer; “La señora Dalloway salio a comprar flores...” y desde ese preciso momento supe que había comenzado una etapa de mi vida de la que aun no he conseguido escapar.
No me importó que la sra. Brown tomase su decisión o que Richad saltara por la ventana, mientras ms. Dalloway le despedía con lagrimas en los ojos. Tampoco me importó que Virginia Wolf se introdujese una enorme piedra en el bolsillo de su abrigo y se lanzara al agua mientras su cabeza no dejaba de susurrar ideas perdidas en las que ella era la única protagonista.
Me importó que esa historia y esa vida, quedaran grabadas en mi memoria hasta el punto de convertirse en el hilo conductor que tejió la telaraña de toda nuestra amistad.
También me importó mucho el hecho de perderte y encontrarte tantas veces en el mismo sitio mientras “Madrid” seguía sonando en mi cabeza.
No me importa mirarte a los ojos y decirte lo que siento aunque ello suponga perderte de nuevo. No me importa que tus ojos no me vean, porque encontrarte otra vez supondrá un premio más que suficiente.
Tribeca martillea su “Virus” cuando busco en los mapas el sentido del olvido sin darme cuenta de que ya anduve el camino hace mucho tiempo y mientras me pierdo en esta espiral de humo, tu rostro se ilumina en mi pantalla como una aparición.
Las horas que pasamos juntos, formaron la cubierta de un libro que se fue escribiendo poco a poco, sin prisas, sin prólogos pero con epílogos. Demasiados epílogos.
No me importa que mis noches de humo sean espesas y solitarias. Tengo a la sra Dalloway.
No me importa que las paredes de mi cuarto sean un refugio cuando escucho tu voz. Puedo saltar por la ventana.
No me importa que Virginia se suicidase. Tengo sus libros.
Me importa formar parte de tu vida aunque para eso tenga que alejarme de ti.
Un día cerré un libro y con el una etapa de mi vida mientras la sra Dalloway se empeñaba en decir que las flores tendría que elegirlas ella misma.
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Bueno, esto ya lo publiqué hace tiempo, pero tenia la impresión de que no estaba completo. Ahora ya lo está.
Digamos que las deudas hay que pagarlas de una forma o de otra.
El mar
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Hace tiempo que no veo el mar. Algunos días despierto con la sensación de que la brisa marina me envuelve acariciándome con una suavidad queda, azotando mi rostro y confundiéndose con mi pelo.
Esos días soy bastante torpe. Tropiezo con cualquier cosa, como si el suelo que piso fuese un enorme manto de arena y mis pies quedaran enterrados a cada paso que doy.
Mentiría si dijese que no me gusta esa sensación. La adoro.
No es extraño encontrarme sentado en el suelo, en cualquier rincón de casa con la mirada perdida en algún punto, viendo el ir y venir de las olas, asombrándome por la fuerza imparable que las mueve. Incluso huelo el salitre.
El mar no cesa. Es mas que agua. Es algo que puedes sentir sin tenerlo cerca.Tan solo necesitas verlo una vez y te acompañará durante toda la vida meciendo tu existencia y ronroneando tus sueños.
Hay quien dice que el mar es tramposo. Que engaña. Que no puedes hacer tratos con el.
También hay quién vendió sol a cambio de tempestad y se sintió engañado.
Yo no lo creo. No puedo imaginar estrellarme contra algo que siempre te acoge. Algo que está dispuesto a escuchar en cualquier momento y que nunca te deja sin respuesta.
Traspasar la barrera de agua como solo un hombre puede hacerlo, entregándose por completo, con los brazos extendidos ofreciendo todo el cuerpo hacia el suave azote que te transporta a otro mundo. El mar.
El mar que vive en mi cabeza y que en ocasiones se desata dejándome sentir que puedo nadar por el pasillo de mi casa.
Hace tiempo que no veo el mar. Hace tiempo que no te veo. Hace mucho tiempo que no me miro en el espejo.
Quizá algún día te encuentre chapoteando en la playa, vestida de arena, con los pies empapados rebosante de alegría.
Quizá algún día encuentre el mar en los ojos de un bañista tan torpe como yo, que nada contra corriente con la tranquilidad de un delfín adulto ejecutando cabriolas y riéndose del sol con una interminable y desafiante carcajada.
Guerra
Despierto. No necesito abrir los ojos para saber que me estás observando. La tensión de tu cuerpo revela que no estás dormida. Cuanto tiempo llevas así? Una hora? Dos? o quizá no has dormido en toda la noche?
Esta situación me incomoda. Se que no puedo fingir estar dormido, mi respiración me ha delatado. Sabes de sobra que estoy despierto.
Busco dentro de mí el valor suficiente para enfrentarme a tus ojos y lentamente me giro, sabiendo exactamente la mirada que voy a encontrarme.
Hola, digo de la manera más dulce de la que soy capaz. No respondes. Tus ojos lo hacen por ti. Conozco esa mirada y sé que no vas a decir nada. No hace falta. Comprendo muy bien tu lenguaje.
Beso tus labios y por un momento me da la impresión de que la barrera flaquea, de que el parapeto se balancea, pero solo es una impresión pasajera.
Gritas en silencio. Deseas hacer el amor, quieres abofetearme, besarme, quieres levantarte y no volver jamás.
El reloj es una cuenta atrás.
Los minutos pasan y con ellos tu paciencia. Puedo oler la batalla. Se exactamente lo que estás sintiendo.
Que ojos tan preciosos.
Acaricio tu cuerpo sintiéndome un cobarde. Te beso. No soy capaz de apretar el gatillo y pugno por destrozarte amándote. Quiero saciarte. Quiero saber que no tendrás nada que reprocharme, quiero hacer callar a esos ojos.
Quiero demasiadas cosas, pero ante todo, quiero saber como voy a ser capaz de afrontar el castigo que me viene encima.
Entre las sabanas tu y yo somos uno. Nos fundimos suavemente en una interminable caricia, en un acto de amor sublime. Te amo, pero no puedo amarte. Recorro tu piel con ansia atrapando tu sabor, deshaciendo los baluartes de tu cuerpo. Apropiándome de ti.
Corono tu cima, pero no dejo constancia de ello. No clavo mi bandera y tú lo sabes.
Más tarde, entre jadeos y sudor, nos abrazamos dejando que nuestra respiración se normalice.
Eres mi compañera. La mejor. Yo en cambio solo soy un cobarde.
Quiero dormir otra vez. Quiero despertar sin tener que rendir cuentas a esos ojos. Quiero que te vayas.
Lentamente cierro los ojos y el sopor se apodera de mí. Un segundo antes de dormir siento que soy feliz, que no puedo pedir más a la vida, que por fin la búsqueda finalizó. Pero cuando despierto y me topo con tu mirada, no puedo evitar darme cuenta de que sigo siendo un depredador.
Te acercaste mucho mi niña. Ahora tenemos que pagar.
Esta situación me incomoda. Se que no puedo fingir estar dormido, mi respiración me ha delatado. Sabes de sobra que estoy despierto.
Busco dentro de mí el valor suficiente para enfrentarme a tus ojos y lentamente me giro, sabiendo exactamente la mirada que voy a encontrarme.
Hola, digo de la manera más dulce de la que soy capaz. No respondes. Tus ojos lo hacen por ti. Conozco esa mirada y sé que no vas a decir nada. No hace falta. Comprendo muy bien tu lenguaje.
Beso tus labios y por un momento me da la impresión de que la barrera flaquea, de que el parapeto se balancea, pero solo es una impresión pasajera.
Gritas en silencio. Deseas hacer el amor, quieres abofetearme, besarme, quieres levantarte y no volver jamás.
El reloj es una cuenta atrás.
Los minutos pasan y con ellos tu paciencia. Puedo oler la batalla. Se exactamente lo que estás sintiendo.
Que ojos tan preciosos.
Acaricio tu cuerpo sintiéndome un cobarde. Te beso. No soy capaz de apretar el gatillo y pugno por destrozarte amándote. Quiero saciarte. Quiero saber que no tendrás nada que reprocharme, quiero hacer callar a esos ojos.
Quiero demasiadas cosas, pero ante todo, quiero saber como voy a ser capaz de afrontar el castigo que me viene encima.
Entre las sabanas tu y yo somos uno. Nos fundimos suavemente en una interminable caricia, en un acto de amor sublime. Te amo, pero no puedo amarte. Recorro tu piel con ansia atrapando tu sabor, deshaciendo los baluartes de tu cuerpo. Apropiándome de ti.
Corono tu cima, pero no dejo constancia de ello. No clavo mi bandera y tú lo sabes.
Más tarde, entre jadeos y sudor, nos abrazamos dejando que nuestra respiración se normalice.
Eres mi compañera. La mejor. Yo en cambio solo soy un cobarde.
Quiero dormir otra vez. Quiero despertar sin tener que rendir cuentas a esos ojos. Quiero que te vayas.
Lentamente cierro los ojos y el sopor se apodera de mí. Un segundo antes de dormir siento que soy feliz, que no puedo pedir más a la vida, que por fin la búsqueda finalizó. Pero cuando despierto y me topo con tu mirada, no puedo evitar darme cuenta de que sigo siendo un depredador.
Te acercaste mucho mi niña. Ahora tenemos que pagar.