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Ciudadanos
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Un foro o lugar de encuentro presidido por la pluralidad, igualdad de oportunidades, solidaridad y libertad de todos y cada uno de los seres humanos, vengan de donde vengan, vayan a donde vayan.
La ciudadanía es una noción internacionalista o universalista, lo que entronca con una de las mejores tradiciones del movimiento obrero que, sin embargo, se vio derrotada en más de una ocasión por los nacionalismos (¿quién no recuerda el paradigmático estallido de la Gran Guerra de 1914-1918?). La idea de ciudadanía no es que sea necesariamente antinacionalista, pero sí que es no-nacionalista. Los ciudadanos tenemos nuestras identidades territoriales, por supuesto, pero éstas son múltiples, no excluyentes y, lo que es más importante aún, a partir de ellas no creamos una ideología —la nacionalista— y por ende una nación. Son los nacionalistas los que inventan las naciones y no al revés. Dichas identidades van desde la local (la polis en su sentido más estricto) hasta la mundial, pasando por la provincial, regional —o autonómica—, nacional o estatal y supranacional (o europea), pero todas ellas conviven armónicamente en el territorio de nuestra privacidad, espacio que también debería abrigar a nuestras creencias, o falta de ellas, religiosas.
La idea de ciudadano es la antítesis de la de individuo, volcado éste hacia su vida interior, familiar y/o privada, y no digamos de la de cliente o consumidor, tan cara al neoliberalismo o al conservadurismo libertario. No. El ciudadano es un ser político, que por supuesto tiene su vida privada, familiar y/o interior, pero que no se limita a ellas, sino que participa en la cosa pública, bien a través de los partidos políticos, de las llamadas asociaciones secundarias, de los grupos de interés legítimos o como tal, esto es, como ciudadano sin más.
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