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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, mi difunto blog es eso, un difunto, así que naranjas de la China.
Enlaces
Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
El triunfo de Don Carnal
Fui.

Vi.


a la muerte


a una bruja travestida que daba muuuucho miedo


a un demonio maligno que tenía problemas con las uñas


a un acólito del Conde Dracul


a una pareja de brujos que portaban las manzanas del Árbol de la Ciencia


a una bruja muy malvada que hace pócimas en la rebotica


a un mago que no sabemos a ciencia cierta si era Saruman o Merlín (aunque algunos le decían Gandalf, pese a ir de negro)


a una gimnasta transformada -tras múltiples lagrimitas de gintonic- en una bruja piruja que echaba esquirlas de fuego por la boca y tenía marcas de goma elástica en las orejas


a otra bruja acompañada de una preciosa vampiresa que robaba las almas de las gentes con su cámara

Y me vine.

No, no es Halloween, son los Carnavales de mi pueblo.

Y estos no son la caravana de la muerte. Son mis amigos (pese a que no están todos los que son, claro).
 
Morriña
Curiosamente me he sorprendido a mí misma vagando por el Google Earth en las inmediaciones de mi pueblo... Y me he emocionado viendo los nombres de las calles y los recuerdos que me traen cada una de ellas.

¿Tendré morriña? ¿Iré a pasar los Carnavales (míticos, todo hay que decirlo) a mi pueblo? ¿O no? Who knows.

Pásenme buen fin de semana. Miss Calamity.
 
Comentario de texto
Iba yo leyendo (pese a las indicaciones del médico) tranquilamente en el autobús que nos lleva al matadero cada mañana y me encontré con lo siguiente:
¿No es cierto que se empieza la vida como un dulce niño que cree en todo lo que le pasa bajo el techo de su padre? Luego llega el día de la decepción cuando uno se da cuenta de que es desgraciado y miserable y pobre y está ciego y desnudo, y con rostro de fantasma dolorido y amargado camina temblando por la pesadilla de la vida.
Jack Kerouac, En el camino

Ahí queda eso.
 
Sorpresas te da la vida
Desde que vivo en el nuevo zulo madrileño con mi adorado tormento sólo me han pasado un par de buenas cosas (tirando por lo alto). De hecho lo único bueno que me ha pasado ha sido conocer a la gata Tula.

Pero antes de ayer, tras uno de mis ataques Feng Shui caseros debidos al fallecimiento de mi rubiales Pepín, encontré en una remota carpeta de mi PC treinta y tres artículos escritos de mi antigua y difunta bitácora (normalmente suelo tirar los post una vez que estos están publicados. Y no escarmiento).

Y he pensado en irlos republicando uno a uno en ésta misma con su fecha original.

Hoy os deleitaré con “La Quinta de los Sustos”, uno de mis preferidos.

Besitos. Cal.
 
La creación
- Tienes que dibujar la línea del cielo de Zaragoza. Así que nada, pones el Pilar y te inventas unos cuantos edificios alrededor.
- Mmm, vale.


Y la chavala se inventó la Puerta del Carmen, San José de Panetes, el Puente Romano y el Castillo de la Aljafería (entre otros).

(Vale, vale, que tampoco quiero ir de cultureta aquí. Que a mí me dicen que dibuje la línea del cielo de, no sé, Cádiz -que no he estado nunca- y me costaría un huevo bosquejar algo más que la Catedral.)
 
Pepa, quiero decir, Pepín
Recuerdo el día que Pepa, quiero decir, Pepín, me eligió. La sola idea de que Rita y Felipe nos hubieran abandonado días atrás me superaba. Esos días los pasé, interminables, caminando de la cama al sofá, escuchando a Interpol y a Joy Division y a a la Bauhaus continuamente. Regodeándome en mi infinito desamparo.

Paquete consiguió arrancarme de los brazos de la desolación para llevarme a la tienda de animales del barrio, Yo me había jurado no volver a tener más animales nunca. Pero allí estaba. Plantada frente a las jaulas pulcramente cuidadas de la calle Tucán (qué nombre tan adecuada para un vía en la que se vendían pajarillos) mirando de reojo a los asustadizos psitácidos recién caídos del nido.

Todos estaban apostados contra las rejas del fondo. Mirando de reojo. Creyendo, figúrome, que aquello era el paraíso y que cualquier lugar diferente a ese sería una especie de primer anillo infernal. Menos uno. Un rubiales un tanto engreidillo que ni se inmutaba lo más mínimo de nuestra presencia mientras aprovechaba para comer el pienso que dejaban por momentos sus múltiples compañeros de jaula. Con ese rictus, como diciéndonos “¿qué, que no me vais a llevar a vuestra casa? Pues no sabéis lo que os perdéis, majos” mientras molía el mijo con un pico que parecía descoyuntarse a cada instante.

Por supuesto vino a casa y fue como que hubiese estado siempre con nosotros. Cuando te acercabas a él ni se movía. Seguía comiendo como si tal cosa. Te observaba de frente y sólo dejaba de mirarte cuando rebuscaba en el semillero o entre las hojas de acelga y lechuga. Era el pionero. El primero en descubrir una nueva jaula. El primero en salir de la misma a darse sus vuelos matutinos. El primero en ir a catar un alimento (¡cómo no!)…

Ayer por la tarde cuando llegué a casa Pepín estaba en un palito de la jaula cerca del comedero, eso sí totalmente embolado y tristón. Ni me saludaba. Algo andaba mal. Llamé inmediatamente a paquete y nos fuimos con el chiquitajo a urgencias. Allí estuvimos cuatro horas entre loros, conejos y reptiles. Ojalá Pepín hubiese tenido alguna de las enfermedades que cualquiera de ellos aquejaba, pero no, Pepín tenía unas bacterias en el buche que le impedían tragar. Estaba ya muy enfermo pero había sabido disimularlo perfectamente hasta última hora.

Antibióticos, primperán, papilla de cereales, bombilla infrarroja y mucha paciencia. Cada hora y media 0,4 gramos de papilla que, al rato, vomitaba sin remedio. Noche en vela. Mañana de desesperación. Carreras hacia urgencias de nuevo para ponerle una vía que lograra alimentarlo hasta que pasara la infección. Nada. Todo inútil. En mitad del camino, con la jeringa de papilla en una mano mientras otra le sujetaba la cabecita, Pepín se me murió.

Ahora la casa está vacía. Nadie rebusca ya en el semillero tras los granos de avena. Sus compañeros reposan en los palos de la jaula soportando una cuarentena antibiótica y mucho calor. La gata no se queda ensimismada mirando a sus compañeros alados. Paquete mata el tiempo con el Magic en red. La música suena a obituario genuínamente orleanniano.

Le echamos de menos y no se nos ha ocurrido una manera mejor de rendirle homenaje que irnos a uno de los mejores restaurantes de la capital para decicarle una opípara comida.

Llenad vuestras copas de buen vino. Por él, porque así lo hubiera querido Pepín, ¡salud!