Localización
¿A qué no sabéis dónde va a estar la abajo firmante el próximo 21 de Abril de 2007?
Venga, os doy una pista:

Je, je, je.
(verás como voy esta tarde a por las entradas y ya se habrán agotado; lagarto, lagarto).
Venga, os doy una pista:

Je, je, je.
(verás como voy esta tarde a por las entradas y ya se habrán agotado; lagarto, lagarto).
Me lo(s) pido
Es sólo una pequeña muestrecilla de lo que me gustaría recibir como regalo en estas próximas fechas... Da igual cómo venga envuelto el presente. Sin envoltorio, así, como dios lo trajo al mundo, también se acepta. Oyes, que no se va a poner una tiquismiquis en según qué situaciones. ;D
(Es que en el curro ya hemos hecho el sorteo del amigo invisible, así que, ellos que ojean de vez en cuando el blog, que tomen –toméis- nota, chicos/as.)

Colin Farrell. Sí, sí, sí. No puedo decir más de él. Me vuelve del derecho, del revés, pa'la izquierda y pa'la derecha... Si me le vuelvo a cruzar por la calle, voy directa a su cuello. Cómo me moooooooooooolaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Daniel Craig. Vale, este se ha puesto de moda ahora por lo de James Bond, pero ¿alguien recuerda al envidioso hijo de Paul Newman en Camino a la perdición? Pues desde entonces es mi ojito derecho. Aconsejadíiiiiisima la película Layer Cake.

Jonhatan Rhys-Meyer. ¡Viva Irlanda, Cork y su festival de Música Folk! Por dios, este señor tiene que ser de mentira. No puede ser que todo le quede bien. ¿Alguien de aquí le ha visto Velvet Goldmind con esas pintillas?

Louis Garrell. Oh, la lá la lá la lá... Por cierto, me ha pasado una cosa curiosísima: buscando una foto de este atractivo monseiur en el Google, lo primero que ha aparecido ha sido mi bitácora. Ô_ô Sí, ya sé que ya he hablado de él en otra ocasión, pero éste es mi blog y estos son mis regalos del amigo invisible, ¿qué pasa?

Marc André Grondin. Cuando le vi por primera vez en CRAZY, ya os lo conté en este mismo blog, se me caía la baba literalmente. Esos ojos, esa boquita, ese pelo negro (esa música, ay, ay, ay)...
Hale, venga, a buscar se ha dicho. Cal.
(y deprisita, ¿eh?)
(Es que en el curro ya hemos hecho el sorteo del amigo invisible, así que, ellos que ojean de vez en cuando el blog, que tomen –toméis- nota, chicos/as.)

Colin Farrell. Sí, sí, sí. No puedo decir más de él. Me vuelve del derecho, del revés, pa'la izquierda y pa'la derecha... Si me le vuelvo a cruzar por la calle, voy directa a su cuello. Cómo me moooooooooooolaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Daniel Craig. Vale, este se ha puesto de moda ahora por lo de James Bond, pero ¿alguien recuerda al envidioso hijo de Paul Newman en Camino a la perdición? Pues desde entonces es mi ojito derecho. Aconsejadíiiiiisima la película Layer Cake.

Jonhatan Rhys-Meyer. ¡Viva Irlanda, Cork y su festival de Música Folk! Por dios, este señor tiene que ser de mentira. No puede ser que todo le quede bien. ¿Alguien de aquí le ha visto Velvet Goldmind con esas pintillas?

Louis Garrell. Oh, la lá la lá la lá... Por cierto, me ha pasado una cosa curiosísima: buscando una foto de este atractivo monseiur en el Google, lo primero que ha aparecido ha sido mi bitácora. Ô_ô Sí, ya sé que ya he hablado de él en otra ocasión, pero éste es mi blog y estos son mis regalos del amigo invisible, ¿qué pasa?

Marc André Grondin. Cuando le vi por primera vez en CRAZY, ya os lo conté en este mismo blog, se me caía la baba literalmente. Esos ojos, esa boquita, ese pelo negro (esa música, ay, ay, ay)...
Hale, venga, a buscar se ha dicho. Cal.
(y deprisita, ¿eh?)
Aquellos maravillosos años

Aunque me pida el mismísimo Alberto García-Alix que no le siga, no puedo más que hacer lo contrario. De mayor quiero ser como García-Alix. El primer día que me topé con una de sus fotos corría el año 1994 y yo estudiaba fotografía en el IEFC en Barcelona. Siempre me atrajo la dureza en cualquiera de las artes, pero especialmente en la fotografía. Este García-Alix, un fotógrafo nacional, no tenía nada que envidiarle a artistas de la talla de Nan Golding, por nombrar a alguien. Pero ya sabéis cómo somos los españoles a la hora de exportar nuestros mejores productos: torpes.
Aunque pocas, no me he perdido ninguna de las exposiciones que se han hecho con las fotografías de García-Alix. Y ésta que se celebra en la Fundación Canal de Madrid –y que además es ¡gratis!- no iba a ser menos. Allí me planté ayer mismo por la tarde y dediqué buena parte de la misma a disfrutar de la orgía de imágenes que ante mí se abría.
Y como siempre salí encantada. Por primera vez se mostraban fotografías de la primera época de Alix. Instantáneas sencillas y sin ningún tipo de artificio. Fotos de amigos, colegas, conocidos. De punkies, rockers y góticos reconvertidos a base de tiempo y restyling. De aquellos personajes que poblaban las calles de Madrid y que más tarde el señor Paco Umbral bautizó con el sobrenombre de la Movida en una de sus columnas. Por supuesto, la heroína, presente para bien y para mal.
Me sorprendió la parte final del texto que acompañaba al folleto informativo de la exposición. Paso a copiar textualmente un fragmento:
[...] Sin pretenderlo, las imágenes calan profundamente y hablan a gritos del drama derivado de esos años salvajes, del descenso al infierno de las drogas, y en palabras del propio artista, de cómo “comenzaba a bajar, paso a paso, los 1.000 peldaños que llevan al hondo bajo fondo donde las ilusiones se mueren”.
Me pregunto ahora tras la relectura del mismo (no me tachéis de mojigata ya que, más o menos, sé de lo que hablo): ¿por qué drogarse es bajar a los infiernos? ¿por qué por ese hecho se comienzan a morir las ilusiones? Tal vez no sea la droga en sí mala, sino sus adulteraciones y la adicción que provoca (y no hablo sólo de heroína) los aspectos nocivos de la misma. ¿No es igual de dañino estar enganchado al alcohol, o al trabajo o a cientos y cientos de cosas “permitidas”?
Soy un mar de dudas, pero una cosa no dudo en absoluto: si tenéis la oportunidad de ir a ver la muestra "No me sigas", id. Tenéis hasta el próximo domingo para visitarla.
Besotes. C.
Mumba
Tendría que haber escrito esto justo en el momento de la euforia -hace un par de semanas-, cuando llegué a casa y abrí el buzón y me encontré, entre tantas cartas de bancos y compañías telefónicas, una misiva muy especial y esperada. Pero el tiempo no me ha concedido tregua –en mi cumpleaños también me regalaron un par de disgustos bien gordos- y voy barruntando hojas ahora, con los ánimos más templados, robando minutos de mi jornada laboral.
Tengo una especie de filantropía misantrópica. Me explico: por un lado me incomoda absolutamente toda la humanidad (incluyéndome a mí, of course), pero por otro, no puedo evitar esta necesidad de ayuda y amparo con los que, desde mi punto de vista, están oprimidos, desesperanzados. No me importaría accionar el botón rojo que se cargara todo rastro de ser humano en el planeta Tierra y a la vez me encargaría de salvaguardar que absolutamente nadie tuviera acceso a dicho botón. Precisamente por este motivo puedo despotricar horas y horas sobre el género humano. Y también ansío la realización de actos como el que trato de explicar (¿bipolar?).
Desde hace años he querido apadrinar no sólo a uno sino a todos los niños que mi pobre economía me permitiera. Cuando estaba de becaria no podía. Imposible pagando 350 euros de alquiler y ganando 300 (no me preguntéis cómo lo hacía, pero lo hacía). Pero ahora sí que puedo y ha sido de las primeras cosas que he hecho (junto con mi adorado tormento). Tanto él como yo hemos estado mirando una organización que, además de enviar religiosamente la cuota pedida, nos permitiera participar de manera más activa. No queremos que este acto –para mí tan significativo- se resuma en una factura más a principios de mes.
Y, cómo buscando se encuentra, hemos dado con una ONG sorprendente. Sorprendente porque nació para dar amparo a los niños de la guerra españoles (sí, aquellos que mandamos a Rusia con la promesa de una vida mejor que la que iban a encontrar en la España de posguerra) y con el tiempo se ha transformado en una importante asociación que trata de dar cobijo a niños en todas las partes del mundo que sea preciso. Esta ONG se llama Plan.
Además de apadrinar en Plan te permiten ir a los lugares en los cuales están desarrollando actividades. Puedes ir y contribuir activamente, ayudar de cuerpo presente, colaborar de verdad, no sólo con dinero (que reconozco que es necesario).
Así que tanto mi adorado como yo estamos ya buscando viajes para ir a Zambia porque Mumba, nuestra ahijada, es de allí. Dentro de poco –justo en Nochevieja- va a cumplir 10 añitos. Es la mayor de tres hermanos (que también, porque sí, van a ser ahijados de ahora en adelante) y afortunadamente va a la escuela. Habla Bembo, un dialecto zambiano, y tendrá que aprender Inglés pues es el idioma oficial de su país. No ha estado enfermita nunca (crucemos los dedos) y su mirada denota una madurez inusual para la edad que tiene. Su cuerpecito menudo de niña oculta una cabeza bien amueblada de sentido común, tal vez por ser “la mayor”.

Es una preciosidad en todos los sentidos (aunque aquí esté muy seria). Sin apenas conocerla ya la queremos un montón, así, ¡chas!, de repente. Qué cosa ésta de la felicidad, oye.
Hoy mismo le vamos a escribir la primera carta de, espero, una larga relación epistolar.
Tengo una especie de filantropía misantrópica. Me explico: por un lado me incomoda absolutamente toda la humanidad (incluyéndome a mí, of course), pero por otro, no puedo evitar esta necesidad de ayuda y amparo con los que, desde mi punto de vista, están oprimidos, desesperanzados. No me importaría accionar el botón rojo que se cargara todo rastro de ser humano en el planeta Tierra y a la vez me encargaría de salvaguardar que absolutamente nadie tuviera acceso a dicho botón. Precisamente por este motivo puedo despotricar horas y horas sobre el género humano. Y también ansío la realización de actos como el que trato de explicar (¿bipolar?).
Desde hace años he querido apadrinar no sólo a uno sino a todos los niños que mi pobre economía me permitiera. Cuando estaba de becaria no podía. Imposible pagando 350 euros de alquiler y ganando 300 (no me preguntéis cómo lo hacía, pero lo hacía). Pero ahora sí que puedo y ha sido de las primeras cosas que he hecho (junto con mi adorado tormento). Tanto él como yo hemos estado mirando una organización que, además de enviar religiosamente la cuota pedida, nos permitiera participar de manera más activa. No queremos que este acto –para mí tan significativo- se resuma en una factura más a principios de mes.
Y, cómo buscando se encuentra, hemos dado con una ONG sorprendente. Sorprendente porque nació para dar amparo a los niños de la guerra españoles (sí, aquellos que mandamos a Rusia con la promesa de una vida mejor que la que iban a encontrar en la España de posguerra) y con el tiempo se ha transformado en una importante asociación que trata de dar cobijo a niños en todas las partes del mundo que sea preciso. Esta ONG se llama Plan.
Además de apadrinar en Plan te permiten ir a los lugares en los cuales están desarrollando actividades. Puedes ir y contribuir activamente, ayudar de cuerpo presente, colaborar de verdad, no sólo con dinero (que reconozco que es necesario).
Así que tanto mi adorado como yo estamos ya buscando viajes para ir a Zambia porque Mumba, nuestra ahijada, es de allí. Dentro de poco –justo en Nochevieja- va a cumplir 10 añitos. Es la mayor de tres hermanos (que también, porque sí, van a ser ahijados de ahora en adelante) y afortunadamente va a la escuela. Habla Bembo, un dialecto zambiano, y tendrá que aprender Inglés pues es el idioma oficial de su país. No ha estado enfermita nunca (crucemos los dedos) y su mirada denota una madurez inusual para la edad que tiene. Su cuerpecito menudo de niña oculta una cabeza bien amueblada de sentido común, tal vez por ser “la mayor”.

Es una preciosidad en todos los sentidos (aunque aquí esté muy seria). Sin apenas conocerla ya la queremos un montón, así, ¡chas!, de repente. Qué cosa ésta de la felicidad, oye.
Hoy mismo le vamos a escribir la primera carta de, espero, una larga relación epistolar.
Sleepy Hollow
Veo ahora el comienzo de la película de Tim Burton que están poniendo en la televisión, posiblemente traspasada por multitud de anuncios publicitarios que segarán la magia de las imágenes. Veo a Johny Depp –guapísimo as usual- liberando a una preciosa ave exótica roja de su cautiverio neoyorquino, gris y apático posiblemente, para dirigirse a un pueblo maldito entre encinas y robledales vestidos de sus colores de Otoño y me traen al recuerdo a mi abuela.
Recuerdo una otoñal tarde de Sábado, hace unos cinco años. Frío y lluvia en la calle, como ahora. Calor y recogimiento en los hogares de mi pueblo. Sleepy Hollow movía los cabezales de un viejo Sanyo y llenaba el cuarto de estar de la Quinta de los Sustos de raros asesinatos cometidos por un jinete del más allá.
Ella –mi abuela- y yo estábamos sentadas mientras mi madre terminaba de fregar los platos y de recoger la cocina tras el almuerzo. Finalizando ya el film mi abuela me manifiesta: “qué película tan fantasiosa, ¿no?”. Os puedo asegurar que le estaba gustando. A mi abuela le gustaba mucho el cine, de cualquier género, y seguía el argumento de cualquiera de ellas con gran atención.
Mi abuela no es mi abuela. Realmente ningún lazo legal me une a ella, salvo que es mi madrina, si eso sirve de algo. En cambio me aproximan a ella todos los lazos morales, éticos y sentimentales del mundo. Me ha cambiado más pañales que cualquiera de mis dos abuelas-abuelas; me ha curado heriditas en las rodillas día sí, día no; me ha enseñado a comer, a caminar, me llevó al cole el primer día; me enseñó a coser, tejer e intentó inculcarme el noble oficio de la vainica (no lo consiguió); y por supuesto me insufló junto con mi padre el amor por la lectura.
Mi abuela no tiene familia directa. No tuvo hijos, su marido murió hace más de cuarenta años, sus padres, obviamente, también. No tiene hermanos ni hermanastros. Nada. Sólo a mi madre y a mí. A los quince días de morir mi padre se instaló en la Quinta con nosotras dos. Ya tenía noventa años y se sentía en ciertos aspectos desvalida. Mi madre se encargó de darle comida y abrigo. Yo me encargué de que sus facturas estuvieran al día. Las dos nos encargamos de quererla como a una más de la parentela.
Cuando mi madre se fracturó las dos caderas y no podía atenderla con normalidad nadie apareció para cuidarla. Mi abuela, una mujer con 95 primaveras a sus espaldas, no se podía quedar sola en la Quinta de los Sustos. Tampoco estaba hecho su menudo cuerpo para soportar los ritmos de la gran urbe. Así que la menos mala de todas las opciones que pudimos barajar en aquel momento fue llevarla a una residencia geriátrica.
Hace poco brotaron, cual hongo en el campo después de un día de lluvia, unos sobrinos de su marido, por ende suyos, que yo no había visto en mi vida. Estos recién surgidos han conseguido que, pese a los achaques físicos y mentales que los años han causado en la abuela, ella les haya firmado unos papeles –notario ex cátedra- en los cuales le concede el uso y disfrute de sus bienes muebles e inmuebles a su antojo. Tal cual.
Dicen que la van a cuidar, que se van a encargar de ella… Me encantaría creer que sí.
Recuerdo una otoñal tarde de Sábado, hace unos cinco años. Frío y lluvia en la calle, como ahora. Calor y recogimiento en los hogares de mi pueblo. Sleepy Hollow movía los cabezales de un viejo Sanyo y llenaba el cuarto de estar de la Quinta de los Sustos de raros asesinatos cometidos por un jinete del más allá.
Ella –mi abuela- y yo estábamos sentadas mientras mi madre terminaba de fregar los platos y de recoger la cocina tras el almuerzo. Finalizando ya el film mi abuela me manifiesta: “qué película tan fantasiosa, ¿no?”. Os puedo asegurar que le estaba gustando. A mi abuela le gustaba mucho el cine, de cualquier género, y seguía el argumento de cualquiera de ellas con gran atención.
Mi abuela no es mi abuela. Realmente ningún lazo legal me une a ella, salvo que es mi madrina, si eso sirve de algo. En cambio me aproximan a ella todos los lazos morales, éticos y sentimentales del mundo. Me ha cambiado más pañales que cualquiera de mis dos abuelas-abuelas; me ha curado heriditas en las rodillas día sí, día no; me ha enseñado a comer, a caminar, me llevó al cole el primer día; me enseñó a coser, tejer e intentó inculcarme el noble oficio de la vainica (no lo consiguió); y por supuesto me insufló junto con mi padre el amor por la lectura.
Mi abuela no tiene familia directa. No tuvo hijos, su marido murió hace más de cuarenta años, sus padres, obviamente, también. No tiene hermanos ni hermanastros. Nada. Sólo a mi madre y a mí. A los quince días de morir mi padre se instaló en la Quinta con nosotras dos. Ya tenía noventa años y se sentía en ciertos aspectos desvalida. Mi madre se encargó de darle comida y abrigo. Yo me encargué de que sus facturas estuvieran al día. Las dos nos encargamos de quererla como a una más de la parentela.
Cuando mi madre se fracturó las dos caderas y no podía atenderla con normalidad nadie apareció para cuidarla. Mi abuela, una mujer con 95 primaveras a sus espaldas, no se podía quedar sola en la Quinta de los Sustos. Tampoco estaba hecho su menudo cuerpo para soportar los ritmos de la gran urbe. Así que la menos mala de todas las opciones que pudimos barajar en aquel momento fue llevarla a una residencia geriátrica.
Hace poco brotaron, cual hongo en el campo después de un día de lluvia, unos sobrinos de su marido, por ende suyos, que yo no había visto en mi vida. Estos recién surgidos han conseguido que, pese a los achaques físicos y mentales que los años han causado en la abuela, ella les haya firmado unos papeles –notario ex cátedra- en los cuales le concede el uso y disfrute de sus bienes muebles e inmuebles a su antojo. Tal cual.
Dicen que la van a cuidar, que se van a encargar de ella… Me encantaría creer que sí.
Día de todos los santos
(con retraso y sin fotografía)
La contemplación. No hacer absolutamente nada más que deleitarse con la vista de aquello que se nos refleja en la retina y transforma un impulso nervioso mil veces estimulado en la más maravillosa de las panorámicas posibles.
Tula –la gata- y yo asomadas a la ventana de la habitación. Solas. Acompañadas únicamente por nuestra propia banda sonora (“Don’t panic” y siguientes), imaginando las miles de aventuras domésticas que nuestros vecinos podrían estar llevando a cabo.
Observando detenidamente cómo una hoja de la enredadera del 2º E se desprende de la rama que ha pendido durante todo el verano y cae a la marabunta de hojarasca que hay en el patio del 1º. Algo que nos lleva a descubrir un nido de gorriones ahora ya abandonado. Un tímido rayo de luz lo ilumina.
Ay, lo que deseábamos que el tiempo se hubiera detenido allí mismo...
La contemplación. No hacer absolutamente nada más que deleitarse con la vista de aquello que se nos refleja en la retina y transforma un impulso nervioso mil veces estimulado en la más maravillosa de las panorámicas posibles.
Tula –la gata- y yo asomadas a la ventana de la habitación. Solas. Acompañadas únicamente por nuestra propia banda sonora (“Don’t panic” y siguientes), imaginando las miles de aventuras domésticas que nuestros vecinos podrían estar llevando a cabo.
Observando detenidamente cómo una hoja de la enredadera del 2º E se desprende de la rama que ha pendido durante todo el verano y cae a la marabunta de hojarasca que hay en el patio del 1º. Algo que nos lleva a descubrir un nido de gorriones ahora ya abandonado. Un tímido rayo de luz lo ilumina.
Ay, lo que deseábamos que el tiempo se hubiera detenido allí mismo...