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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, mi difunto blog es eso, un difunto, así que naranjas de la China.
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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Fuera vendas
Aquellos que me conocéis ya sabréis que, no es que no me guste la Navidad, es que más bien la odio. Por mí suprimiría estos días del calendario gregoriano que es el nuestro. Odio tener que pasear por el centro de Madrid porque está barruntado de personas. Odio tener que ir a comprar cualquier cosa al mercado porque está todo por las nubes. Odio tener que coger los transportes públicos porque están a tope de personal. Del coche particular prefiero no hablar (tres horas para hacer unos 15 kilómetros el año pasado son más que suficientes). Odio la cena de Nochebuena porque normalmente me toca a mi cocinar para los once o doce que nos juntamos en la Quinta de los Sustos. Y ojalá sólo fuera cocinar porque también es devanarse los sesos con lo que le gusta a menganito o a citranita, también supone chuparme unas colas de infarto en la pescadería, charcutería, carnicería y tienda de variantes (coñe, que en mi pueblo sólo somos 9.000 habitantes. De dónde diantre saldrá tanta gente el 24 de diciembre por la mañana).

Un largo etcétera de cosas que no viene a cuento contar aquí. Realmente lo que no me gusta de estas fechas es ese afán consumista, esa necesidad de tener que estar por huevos con tu familia aunque tú vivas en Kuala Lumpur y ellos en Palencia y al día siguiente tengas faena, esas prisas que nos llevan al dispendio absoluto y desenfrenado. Luego llegan los lloros y las cuestas de Enero.



Pero sí que me gusta una cosa: parece que somos más buenas personas. Se nos pasa enseguida, pero en estos quince días somos extraordinariamente generosos y amables (mientras que el que esté delante de ti en la pescadería no te lleve todo los camarones).

Bueno chicos, no os aburro. Soy una reniegas pero luego hago lo que todo el mundo: me encanta pasear y ver las lucecitas (qué horteras) de las calles, me gusta lanzar sonrisas a diestro y siniestro, me gusta mirar escaparates y pensar “mmm, esto seguro que le gusta a mi hermana… y aquello para mi Momi querida… para Paquete, ay, nunca sé qué comprar a mi adorado tormento…”, me gusta brindar con cava y jugar al cinquillo o la perejila con mis hermanos, madre, perros, periquitos, cuñados, cuñadas, primos, tíos y tías después de una opípara cena a base de pescados y lechazo asado de Castilla. Otro día tendremos tiempo de pensar en la dieta.

Queridos míos, de todo corazón: ¡¡¡FELICES FIESTAS!!!

Miles de besos, sonrisas, mimos y apachuchones. Cal.

PD. Las personas de las que tenga su dirección recibirán una postalita con el dibujito de aquí arriba escrita con mi puño y letra.

PD. La ilustración la he rescatado de esa gigantesca papelera a la que van a parar los dibujos que no les gustan a los clientes. Qué curioso, lo dibujé pensando en quitarse la venda navideña que nos ponen por delante, pero al cliente le tuve que decir que se trataba del gorro olvidado por San Nicolás en casa de la familia llamémosla X por el calor que allí había. Era para una empresa que suministra energía a los hogares españoles. Escogieron otra ilustración.

PD. Me voy a Berlín. Estaré off hasta el año que viene. Auf wiedersehen.
 
Adiós, Peterhof
Esto es lo último que dije al salir de Rusia. Habíamos dejado para nuestro último día en aquel país un plato fuerte: visitar el Versalles escita. Si he de ser franca, no tenía ni pizca de ganas. Estaba agotada tras once días de paseos para aquí y para allá hocicando lugares conocidos y ocultos de San Petersburgo y Moscú. Mi adorado tormento fue inteligente al arrastrarme de la habitación del hotel, a los pies del contaminado mar Báltico, y llevarme a Peterhof, la residencia de verano de los zares rusos.



Hoy el palacio de Pedro I es pasto de las llamas. No quedan más que toneladas de cascotes y vigas calcinadas. Espero que parte de los impresionantes (y frondosos) jardines se hayan conservado. Que la casa Marly (una postal casi surrealista) siga en pie. Que el Sansón de pelo corto siga sacando agua del león dorado que le acompaña. Que los cisnes negros sigan cultivando su vanidad frente a los avezados turistas. Que Neptuno siga vigilando a aquellos que llegan desde el Golfo de Finlandia.

Sólo me queda el consuelo de volver a ver Peterhof resurgir de sus cenizas como si del ave Fénix moderno se tratara.

Besitos. Cal.

PD. Este ha sido un post inesperado. Realmente las “Crónicas de Píter” iban a ser publicadas en esta bitácora ya el año que viene… Qué mala suerte.
 
Sesenta y nueve
Mucha gente celebra su aniversario, su onomástica, su santo, su artículo / post / entrada número cien, etcétera. Pues yo voy a celebrar el post número 69. Básicamente porque ésta no sería la entrada número 69 sino la 106, si contamos con los 37 “artículos” de mi anterior y difunta bitácora. Y como 106 no es ningún número especial, pues encomio el otro. Podría haber sido el número 101 y así, aprovechando que el Pisuerga también pasa por mi pueblo además de por Valladolid, dedicar el colgajo de hoy a Depeche Mode. Pero no.

Forzando la cohesión del escrito, ya que hablamos de números eróticos también pensaba decorar este esperpéntico texto -me gustaría a mí hacerlo con la mitad de maestría que don Ramón María- con alguna de las ilustraciones del Kama Sutra que de mi mano han salido. Pero tampoco. Lo voy a guarnecer con algo autóctono, con algo muy nuestro, algo tan del norte de esta España nuestra como es el Románico Erótico. ¿Cómo? Sí, queridísimos navegantes: iglesias románicas con auténticos monstruos humanos pertrechando barbaridades –algunas sí, otras no- sexuales y mostrándonos impúdicamente sus gónadas. Si no lo creéis pinchad aquí. Y aquí. Y aquí. Lo siento, esta vez no concurren fotografías de la abajo firmante a pesar de que la mayoría de estos sacro santos lugares están a pocos kilómetros de la Quinta de los Sustos, osease, mi casa.



Y ahora viene el meollo de la cuestión: ¿seríais capaces de compartir ese momento erótico que está guardado en el fondo de vuestra memoria aquí entre nosotros y nosotros? Daré el pistoletazo de salida con el mío:

Érase una vez una niña pequeña, muy pequeña. Levantaba poco más de un metro del suelo y contaba con seis añitos de edad. Esa noche no podía dormir. Tenía un insomnio terrible. La casa estaba tan silenciosa que era más bien una molestia para llegar a la fase rem del sueño. Parecía que no hubiese nadie.

Fue entonces cuando, ¡vete tú a saber porqué!, decidió levantarse y poner la televisión. Con un pequeño brinco encendió el aparato. A la sazón sólo había dos canales -VHF y UHF, que hoy serían TVE 1 y La 2- y los fotogramas todavía no estaban teñidos de color.

Cuando la imagen hizo acto de presencia, en escena estaban un hombre canoso de mediana edad y una chica morena desnudos haciendo extraños ejercicios gimnásticos.

La pequeña niña tuvo que crecer unos cuantos centímetros más y echar a sus espaldas los años de la adolescencia para darse cuenta de que aquello era “El último tango en París”.


Tic tac, tic tac, tic tac.
 
Él
Mira que está hoy caldeado el ambiente político, social, cultural, educacional y hasta mi zulo madrileño está revolucionado (hoy cumple años mi pequeño xinffonier, quiero decir, mi compañero de piso: ¡felicidades, aunque nunca vayas a leer esto!), pero no. Me niego, al menos hoy, a hablar de todo el tinglado mundial.

Ayer rebuscando en el baúl de los recuerdos fotográficos de mi último viaje a Rusia (sí, chicos, todavía estoy organizando las cerca de tres mil instantáneas tomadas en el país de los Urales) me encontré con Él. No era el original. Era una copia del mismo que mora en la habitación principal de L’Academia en Florencia. Éste, al cual miro enamorada como la que más (no os frotéis los ojos: magia de Fotochó), está en una de las salas del Museo Pushkin de Moscú (y puedo decir con asombro que es una copia mejor ejecutada que la que se haya en la Piazza di la Signora, sitio original de la estatua).



Pero el importante es el otro, el de verdad, el que está hecho de un trozo marmóreo de Carrara que se cruzó en su día con Miguel Ángel y se dijo para sí mismo: “oye, pues de este pedazo de roca podría sacar un David bíblico de lo más atractivo” (seguramente Miguel Ángel tenía un lenguaje más exquisito, pero ésta no es una publicación exquisita, queridos todos). Y vaya si lo hizo.

El día que llegué a Florencia por primera vez (a parte de rompérseme las gafas) estaba completamente alterada porque le iba a ver en todo su esplendor. Incluso, con un descuido del personal de seguridad, rozar levemente su pie. Sé que es una desconsideración por mi parte hacia una obra de arte, pero la mitomanía tiene esa peculiaridad: los quieres tocar, tener un contacto por ósmosis con ellos, con tus mitos.

Pero, oh tristeza sin fin, en L’Academia no se pueden sacar fotos. Ni con flash, ni sin él. Y yo no me podía marchar de Florencia sin una foto de Él y sin ver los cuadros de Botticelli en los Oficios. Tampoco disponía de tiempo suficiente como para enviar una misiva al director de la institución y suplicarle que me dejara fotografiar a tan magno compendio de curvas de Praxíteles, músculos y rizos en la cabeza. Así que utilicé mi (nuestra, de Paquete y mía) creatividad.

Al día siguiente, nuestro último día en Florencia, me coloqué una tremenda barriga de embarazada y oculté dentro del cojín del hotel que simulaba un futuro bebé a Baby –como si de un juego lingüístico del destino se tratara-, mi antigua réflex. Y entramos Paquete y yo a L’Academia sin ningún impedimento. De hecho estar embarazada me granjeó las sonrisas y cuidados de mucha gente que ni me conocía, ni me volveré a cruzar en la vida.

Y con mi barriga de “estoy a punto de parir (gemelos si me apuras)” y las toses de Paquete cada vez que accionaba yo el disparador (mira que tenía carraspera ese día mi adorado tormento) salió lo siguiente:



¿No está mal para ser una foto robada, verdad ;D? Besos para todos. Que paséis un feliz fin de semana. Misss Calamity.
 
Ojos verdes
Verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde. Y el verde, verde limón.



Sí. Tengo los ojos verdes. Lo reconozco: me gustan mucho mis ojos. Junto con los ojos negros (y los violeta de Elizabeth Taylor) son los menos comunes en los caucasianos. Mis ojos son verde piscina, como el mar cuando las algas se apoderan de la superficie acuática. Pero me hubiera conformado con unos ojos algo más normales, sobre todo a nivel de salud.

Acabo de llegar del oftalmólogo. Un tío más borde que Julián Muñoz –ex alcalde de Marbella-paraíso-especulador– cuando es enfocado con una cámara del Tomate:
- Señorita Calamidad.
- Sí. Soy yo.
- Pase.
Yo entro, claro. Y sin ofrecerme asiento ni mirarme a la cara me espeta:
- ¿Para qué ha venido usted?
- Mire primero el informe que acompaña mi médico de cabecera –tensa pausa-. Tengo un minúsculo bultito en el lagrimal y me está empezando a molestar… Además de sequedad de ojos y un espasmo que creo no se me ha pasado aún porque no veo un pimiento.

Diagnóstico: operación del colesteatoma (o como se diga) el próximo día 16 de Enero; lágrimas artificiales cada equis tiempo para la sequedad; y ¡¡¡gafas!!! para cuando tenga fija la vista en un punto, es decir, para el ochenta por ciento de mi tiempo (ordenador, cine, lectura y mesa de dibujo). Ay, gafas otra vez.

Es que la abajo firmante ha tenido ayuda visual prácticamente toda la vida. Se comienza, como casi todo, con poca cosa. Primero con una tímida dioptría y media que te hace confundir el cuatro con el siete en la clase de Mates… Luego te sube a tres así a lo tonto… Te pones lentillas con catorce años (por aquello de la hormona revolucionada y revolucionaria)… Abusas de las lentillas un cálido día de Agosto en el que vas a dar tu primer beso a un chico… Te diagnostican una queratitis en el ojo izquierdo con posible pérdida de éste (no os hablaré de la asquerosita herida que tuvo mi córnea)… Y no te vuelves a poner las lentillas jamás nunca. Tus ojos ya no las aguantan sin haber cruzado la barrera del dos en la cifra que desvela tu edad.

Cuando tienes veintitantos años ya rondas las ocho dioptrías, una escueta tercera parte de agudeza visual en el ojo izquierdo y unas gafas de culo de botella feas con avaricia y sin miedo al qué dirán, pesadas como el plomo por aquello de reducir el cristal hasta la mínima expresión y que se te rompen por la mitad el primer día que aterrizas en Florencia (cabreo monumental al lado del Duomo como podréis comprender). Por suerte alguien en la capital toscana usa lentillas de siete dioptrías y pude ver los Uffizi con relativa claridad aunque con una continua quemazón de ojos.

Ahorro el dinerillo de mi vigésimo sexta onomástica y me voy a dar un paseo por los parques de Aranjuez por si acaso no los puedo volver a ver. Quién sabe. Me tomo todo un blister de valerianas, varias benzodiacepinas de considerable microgramaje y me planto en un quirófano para sacarme de la cara las gafas de una vez por todas. La operación fue un éxito: al día siguiente ya había recuperado la práctica totalidad de la visión en el ojo derecho. El izquierdo siempre ha sido un poco más vago y tardó tres meses en ver bien.

Camino a casa todos los carteles de señalización de la M-30 eran míos. Los leí absolutamente todos. Jamás, hasta ese día, lo había podido hacer. No pude dormir. No por las molestias típicas de un post operatorio. No. Fue porque no recordaba ver las cosas por la noche. Estuve contando las puntas del gotelet del techo y observando las fotos que decoran las puertas de mi armario. Podía ver una a una todas las amapolas de un campo fotografiado cerca de mi casa.

Miles de anécdotas me han proporcionado mis ojos verdes. Las hay verdaderamente graciosas, como cuando mis amigos me despistaban en las playas cántabras -ellos debían llamarme cuando salía del agua para orientar mis pasos hacia donde estaban- y acaba perdida entre la marabunta de toallas promocionales y de colorines hasta que algún alma caritativa me socorría cual lazarillo y me devolvía a la toalla de la que jamás debí salir...

Os mantendré informados. Besos a mares. Calamity.
 
dEUS. Live in Madrid, 02/12/2005
Mi padre, sabio jugador de Mus, decía que se distingue a un buen adversario de uno mediocre porque el primero es capaz de ganarte la grande –e incluso la chica- con un peterete antes de soltar las cartas por un ridículo amarraco. Puedo asegurar que dEUS serían unos buenísimos jugadores de Mus porque los cinco belgas demostraron, pese a las circunstancias(no voy a entretenerme con detalles técnicos de la sala Copérnico y el pésimo sonido del recinto), ser un sublime grupo de músicos.



Al llegar aquello parecía Londres en uno de sus foggy days. Mira que yo he sido fumadora empedernida, pero el incómodo humo no es que no te dejara respirar, es que ni se veía el escenario. Eso sí, estaba a reventar de gente, jamás vi un concierto en Copérnico con un lleno tan absoluto. Pese a ello, conseguimos llegar a primera fila y ver sin ningún impedimento a Tom Barman y los suyos. Algo más mayores que la primera vez que los vi (allá por el 1.997), pero igualmente enérgicos y con más tablas en el escenario. Tanto Barman –voz principal y guitarra- como Mauro Pawlowsky –guitarra principal y voces- se metieron a la gente en el bolsillo desde el principio.

El concierto se configuró más bien con canciones de sus álbumes “In a bar, under the sea” y “The ideal crash” (mi favorito de los cinco que tienen). Quizá eso nos demostró algo que todos los seguidores de la banda ya conocíamos de antemano: que dEUS no se encuentran en su mejor momento y que, pese a ser de una calidad impecable musicalmente hablando, “Pocket Revolutions”, su último largo, no posee la fina nebulosa sonora de los anteriores.

Pero vamos con las canciones. El concierto comenzó con Pocket Revolutions, una canción down tempo con guiños al Tom Waits más calmado. El ambiente estaba lo suficientemente caldeado como para empezar con cualquiera de los platos fuertes del repertorio, pero todo lo bueno se hace esperar. Por eso Magdalena -esa fantástica Magdalena- siguió poniendo tierno al público. Barman sabía de antemano que no quería aburrir a su auditorio y controló desde el principio la intensidad que iba a tener el recital.

No querían cansarnos con baladas, pero tampoco pasarnos por encima como una apisonadora con su música más poderosa. Tal vez por eso empezó a sonar Instant Street, una canción que comienza con un tranquilo banjo y que termina abofeteándote en lo profundo del alma con un sonido desgarrador que se apodera de la estancia donde estés. Fue entonces cuando empecé a ser consciente de lo que estaba siendo testigo. Esos cinco señores eran ángeles que trataban de alegrarme el sueño eterno en un cielo lleno de nubarrones.

Después de presentarnos varias canciones del último elepé, dEUS volvieron a sus anteriores trabajos, esta vez demostrando su calidad al componer música incidental para el Cine. Turnpike hizo acto de presencia con el machacón sampler de Charles Mingus controlado por Janzoons -violín y teclados- que consiguió sumergirnos en los bajos fondos de ciudades lluviosas durante unos cuantos minutos.

La enigmática Roses arrancó todo el potencial de la banda en un santiamén. Estos chicos sonúnicos a la hora tejer melodías con sonidos cacofónicos. Sorprendente batería de Misseghers que estaba ejecutando un concierto impecable demostrándolo una vez más en Sun Rha.

Serpentine entraba en un momento de locura colectiva para serenar los ánimos de los allí presentes antes de que tuviéramos que echar mano de algún calmante para los nervios y anunciando que el final del concierto estaba cerca.

Los belgas volvieron a hacer saltar a su auditorio con Sud & Soda, uno de sus primeros y duros éxitos rockandrolleros, que coreamos todos como si mañana fuese el fin del mundo. Aquí sí que sí el final del concierto había llegado.

Un escuetísimo bis con 7 days, 7 weeks, corte que abre su último trabajo y que según mi parecer es la canción más precisa del mismo, finalizaba un show de auténtico infarto. Un diez para dEUS. Un cero patatero a los organizadores (sólo os diré que dEUS nos “sorprendieron” con un concierto acústico en mitad de una canción porque desapareció el sonido, así de repente, como por arte de magia).

Dedicado a mi mejor amigo L, que no pudo venir, y a Txarly, que tampoco pudo.

Besitos. Calamity.

PD: estar en primera fila y echarle morro al asunto tiene sus ventajas. ;D
 
Uno de diciembre
Cerca del parque de la Sagrada Familia en Barcelona hay –o había- una pastelería con unos bollos suizos de infarto. Los suizos son pasteles de receta sencilla, pero existen poquísimos sitios en los que los hagan realmente buenos. Este lugar es –o era- uno de los mejores de Barcelona.

Aquel día especialmente frío para la temperatura habitual de la Ciudad Condal estábamos mi madre y yo disfrutando de un suculento desayuno a base de chocolate caliente y pastelería fina. Acabábamos de salir del Hospital Sant Pau i la Santa Creu de visitar a mi padre, recién operado de Aorta y Femorales, y nos dispusimos a dar un paseo por la Avenida Gaudí hasta el templo expiatorio. (Si nunca lo habéis hecho, os lo recomiendo encarecidamente. Es un paseo delicioso).

Ojeamos escaparates, olimos flores traídas de los trópicos, miramos aquí y acullá por el paseo y nos sentamos cómodamente alrededor de una mesita con pie de hierro forjado y tapa de mármol blanco veteado observando a la infinitud de turistas que acudían a su cita con la arquitectura neogótica y modernista barcelonesa. Nosotras no dejábamos de ser unas turistas habituales; por aquellos entonces yo siempre llevaba al cuello mi cámara de fotos, fuera a donde fuese.

Entre azúcar y golosinas, en aquel momento en el que el tiempo parecía suspendido sobre cuerdas para tender la ropa, entró un joven indigente para pedir limosna:
- Señores y señoras, perdonen que les moleste. Hace ya un par de años que perdí mi trabajo. Tengo una familia que alimentar y no dispongo de dinero para poder hacerlo. En breve los bancos se nos echarán encima para quitarnos nuestra casa… Hace un par de años nos diagnosticaron Sida a mi mujer y a mí... Por fortuna nuestros hijos no tienen el VIH.

La gente que hacía ademán de sacar unas monedas de los bolsillos paró en seco al oir su última frase. Todos sentimos miedo.
- Lo siento, por favor no se preocupen, no les puedo contagiar aunque me toquen o les roce.

Su plegaria me pareció en grado sumo desesperada. Me imaginé lo que podría haber sido su vida en esos dos últimos años. Y lloré internamente para mi sola por ellos.

Hace trece años que sucedió. Fue la primera vez que estuve cerca de una persona con Sida. El pobre hombre ya tenía sarcoma de kaposi. Es muy posible que ya haya muerto (él y su mujer, me figuro).



Hoy sé que el Sida es una enfermedad real. Que no es solo de putas, maricones y yonquis, ni la manda Dios como castigo a nuestros pecados. Que cualquiera –como aquel padre de familia- puede contagiarse. Que muchos ya estarán contagiados y aún lo desconocen… Que hemos de ser conscientes y comprensivos. Que hoy, si me volviera a pasar lo que sucedió hace trece años, me levantaría de la silla y le daría, por lo menos, un abrazo y un desayuno en condiciones mojando en el café no sólo bollos suizos sino también palabras de amistad y comprensión.