Cíclopes
Aunque existieron aproximadamente unos siete cíclopes en el Mundo Antiguo -Brontes, Estéropes y Arges son los tres de mayor importancia ya que obsequiaron a Zeus con los rayos que le representan en la iconografía clásica-, a nosotros nos han llegado por medio de la transmisión oral, de las películas de romanos, y de la apoteósica Odisea de Homero principalmente dos historias conocidas: la de Polifemo y la pérdida de su único ojo y la de Télemo y su ojo vidente.
Cuentan por ahí que los cíclopes pidieron a los dioses poder vaticinar el futuro y éstos –los dioses- ofendidos por tal despropósito les obsequiaron con la desgracia de saber desde el primer día de su vida cuál iba a ser el día exacto de su muerte.

Fragmento de crátera del siglo VII a.C. Museo de Argos.
Ayer dediqué la hora de la comida a hablar con mi madre. Desde que está empezando a envejecer le encanta hablar por teléfono. Repetía las cosas infinidad de veces, cosas baladíes que me hacían estar mirando continuamente hacia el reloj de Atocha viendo cómo se acercaba la hora de marchar y aún no había empezado con el segundo plato.
Todo esto dejó de ser importante cuando me espetó “queremos ir este fin de semana tu tía Tina y yo a Plasencia a ver a tía Graci porque está triste”. En ese momento mi ranking de preocupaciones cambió. Ya no me importaba el reloj de Atocha y su tick tack.
- ¿Qué le pasa?
- Pues nada hija, este verano que le dio aquello y no levanta cabeza. -aquello era una embolia.
- Ya, pero de la embolia ya estaba recuperada, ¿no?
- Sí. Si no es de aquello. Es de lo otro.
- ¿Qué otro?
- Pues de la quimio y la radio, que la han dejado sin pelo.
- ¿Quimio? ¿Radio? ¿Qué es, que tiene cáncer?
- Uy, sí hija, pues, ¿no lo sabías? –ni idea tenía yo-. Ya tiene metástasis y todo.
- …
- Le queda poquito tiempo… No tiene pelo. Y queríamos ir a verla. La pobre.
- Ya, ya –segundos de silencio-. No te preocupes Momi -así llamo yo a mi madre cariñosamente-, tú vete a Cáceres que yo voy al pueblo para estar con la abuelita.
Después de esa conversación sólo me venían a la cabeza momentos vividos con mi tía Graci. Momentos en los que la mayoría del tiempo habían sido empleados en traducir del extremeño al castellano porque tiene un acento cerrado como la que más. Momentos de peluquería y manicura. De salón de belleza, vaya. Porque Gracia era -es-, sobre todo, coqueta.
Reflexiono sobre las escuetas y poco descriptivas palabras de mi madre “la tía Graci está triste”. Y la cabeza da más y más vueltas sobre lo obvio, ¿cómo me sentiría yo si supiera el día de mi muerte?
Feliz fin de semana para todos. Os lo deseo con toda mi alma. Misss Calamity.
Cuentan por ahí que los cíclopes pidieron a los dioses poder vaticinar el futuro y éstos –los dioses- ofendidos por tal despropósito les obsequiaron con la desgracia de saber desde el primer día de su vida cuál iba a ser el día exacto de su muerte.

Fragmento de crátera del siglo VII a.C. Museo de Argos.
Ayer dediqué la hora de la comida a hablar con mi madre. Desde que está empezando a envejecer le encanta hablar por teléfono. Repetía las cosas infinidad de veces, cosas baladíes que me hacían estar mirando continuamente hacia el reloj de Atocha viendo cómo se acercaba la hora de marchar y aún no había empezado con el segundo plato.
Todo esto dejó de ser importante cuando me espetó “queremos ir este fin de semana tu tía Tina y yo a Plasencia a ver a tía Graci porque está triste”. En ese momento mi ranking de preocupaciones cambió. Ya no me importaba el reloj de Atocha y su tick tack.
- ¿Qué le pasa?
- Pues nada hija, este verano que le dio aquello y no levanta cabeza. -aquello era una embolia.
- Ya, pero de la embolia ya estaba recuperada, ¿no?
- Sí. Si no es de aquello. Es de lo otro.
- ¿Qué otro?
- Pues de la quimio y la radio, que la han dejado sin pelo.
- ¿Quimio? ¿Radio? ¿Qué es, que tiene cáncer?
- Uy, sí hija, pues, ¿no lo sabías? –ni idea tenía yo-. Ya tiene metástasis y todo.
- …
- Le queda poquito tiempo… No tiene pelo. Y queríamos ir a verla. La pobre.
- Ya, ya –segundos de silencio-. No te preocupes Momi -así llamo yo a mi madre cariñosamente-, tú vete a Cáceres que yo voy al pueblo para estar con la abuelita.
Después de esa conversación sólo me venían a la cabeza momentos vividos con mi tía Graci. Momentos en los que la mayoría del tiempo habían sido empleados en traducir del extremeño al castellano porque tiene un acento cerrado como la que más. Momentos de peluquería y manicura. De salón de belleza, vaya. Porque Gracia era -es-, sobre todo, coqueta.
Reflexiono sobre las escuetas y poco descriptivas palabras de mi madre “la tía Graci está triste”. Y la cabeza da más y más vueltas sobre lo obvio, ¿cómo me sentiría yo si supiera el día de mi muerte?
Feliz fin de semana para todos. Os lo deseo con toda mi alma. Misss Calamity.
En un autobús
Hace muchos años, a mediados del ya lejano siglo XX, una mujer costurera –negra– desafió a las autoridades políticas y legislativas de su país ocupando un asiento de las primeras filas del autobús urbano que le llevaba a su trabajo. Me atrevería a afirmar que mal pagado esa faena suya.
Por ley no podía hacerlo. Los blancos le pidieron que dejara libre el asiento, que no podía sentarse allí. Ella no cedió ni siquiera cuando fue esposada por la policía y llevada al calabozo. Fichada y encarcelada como que hubiese cometido la mayor barbaridad criminal.
Un sencillo gesto, como si de una cucaña se tratase, originó todo un movimiento social liderado por el pastor Martín Luther King, ayjavadrim, que desembocó en el reconocimiento de las etnias (qué palabra más fea es ésta según que ocasión) afroamericanas y por mor de todas las del mundo como seres humanos de pleno derecho.
Hoy Rose Parks, aquella humilde zurcidora que ni en el mejor de sus sueños hubiera imaginado que su sentada acarreara tanta revolución, ha fallecido. Sólo espero que el cielo que muchos nos quieren vender no existan los ciudadanos de primera y los de segunda y que hoy esté mirándonos esta mujer de ojos cansados sentada a la derecha del Señor.
Un beso para ti, Rose. C.
Por ley no podía hacerlo. Los blancos le pidieron que dejara libre el asiento, que no podía sentarse allí. Ella no cedió ni siquiera cuando fue esposada por la policía y llevada al calabozo. Fichada y encarcelada como que hubiese cometido la mayor barbaridad criminal.
Un sencillo gesto, como si de una cucaña se tratase, originó todo un movimiento social liderado por el pastor Martín Luther King, ayjavadrim, que desembocó en el reconocimiento de las etnias (qué palabra más fea es ésta según que ocasión) afroamericanas y por mor de todas las del mundo como seres humanos de pleno derecho.
Hoy Rose Parks, aquella humilde zurcidora que ni en el mejor de sus sueños hubiera imaginado que su sentada acarreara tanta revolución, ha fallecido. Sólo espero que el cielo que muchos nos quieren vender no existan los ciudadanos de primera y los de segunda y que hoy esté mirándonos esta mujer de ojos cansados sentada a la derecha del Señor.
Un beso para ti, Rose. C.
Princesas. La historia de Carla.
Hace dos domingos, después de una cómoda jornada de trabajo, vino a buscarme mi paquete al trabajo y me invitó al cine. De haber sido honesta conmigo misma y con él le hubiera dicho que no a la propuesta de ver Princesas de Fernando León, director adorado por mi desde que vi aquella extraña Familia con mi paisana Elena Anaya como una de las protagonistas. Sabía que me enfrentaba a un dramón de mucho cuidado. Fui además advertida por un amigo que también la había visto y al que, por cierto, he de llamar pues le prometí un “cine forum” frente a unas cervecitas o cafeses en algún bar madrileño con solera respecto a la citada cinta.
He de decir que la película me pareció correctamente filmada, qué digo correctamente, es un deleite en cuanto a técnica se refiere. Esa especie de cámara que está pero no está, a medio camino entre el dogma y el realismo italiano del siglo pasado me parece sobresaliente. Con la ambientación, ídem. Cuidado que lo pasé mal con ese flequillo hortera de Caye – Candela Peña - que lleva durante el noventa por ciento del tiempo. Dios mío, qué mal. Sé que es una apreciación superficial, pero, en fin, cada uno con sus manías.
Pero lo que no me gustó nada de nada fue el guión. Más bien la historia que cuenta dicho guión. No me la creo, vaya. Me parece totalmente surrealista y os diré porqué. Pegaré un pequeño rodeo en el tiempo para llegar de nuevo a este punto.
Cuando estaba en la facultad, en tercero, nos tocó –en realidad lo elegimos nosotros mismos- hacer un estudio sociológico sobre la situación de la prostitución en España (algunos ya conocéis la anécdota). Al principio pensamos en estudiar un fenómeno cuando menos curioso: la prostitución de estudiantes universitarios, pero era tremendamente complicado contactar –gratuitamente- con personas pertenecientes a tal sector. Nos decantamos entonces por la prostitución de extranjeros, algo más accesible. Y la abajo firmante se ocupó del trabajo de campo. Vamos que me recorrí la Casa de Campo para arriba y para abajo y la mayoría de los prostíbulos de la Nacional I en busca de historias de vida. Os podéis hacer a la idea de las fábulas tan truculentas que escuché y que luego tuvimos que pasar a papel en forma de datos estadísticos.
Pero me sorprendió sobre manera la historia de Carla. Y no sé porqué. No era muy diferente de la del resto de chicas entrevistadas: emigrante sudamericana que viene a Europa en busca de una vida mejor para ella y para su familia (aún en Colombia). Sólo ella se encargaba de ocho hermanos, una madre ya anciana y un marido que no sabía absolutamente nada de lo que su esposa estaba haciendo en España (como tantas otras).
Carla tenía estudios (como tantas otras también). Era una mujer relativamente culta. No es que te pudieras poner a hablar con ella de los preceptos del, digamos, existencialismo de Sartre –ni falta que hace-, pero se podía mantener una conversación amena y variada. Los estudios de Carla eran de restauración y hostelería. Antes de venirse para España trabajaba con pinche de cocina en algún restaurante en Medellín.
Durante las dos horas largas que duró la entrevista ella me juró y perjuró que le encantaría dejar la prostitución, que no había venido a España para eso, que a ella le gustaba su profesión y que quería desarrollar su trayectoria laboral en ese sentido. Su historia caló tan dentro de mi alma que me dediqué a buscarle un trabajo “en condiciones”, esto es, un trabajo admitido como tal por nuestra Administración del Estado (ya sabéis que la prostitución como no está legislada, no existe; triste, pero está fue la respuesta de un hombre de leyes de este país cuando le preguntamos por el fenómeno del proxenetismo y su figura legal).
En los siguientes días me pateé las cocinas de cualquier amigo, amiguete o conocido en busca de una oferta laboral seria. Y la conseguí.
En ningún momento oculté que Carla estaba ejerciendo el oficio más antiguo del mundo a todos aquellos con los que hablé. No quería que la mujer se topara con los absurdos prejuicios que poseemos quien más, quién menos. Conquisté un trabajo de ayudante de cocina con contrato y bien remunerado (cobraba casi lo que yo cobro hoy en día).
No tardé ni diez minutos en hacerle eco de lo que a priori era una buena noticia. Algo así como un “Carla te voy a sacar de la calle”, pero sin necesidad de transformarla en la prostituta de un matrimonio de conveniencia. Pero no lo aceptó. Ni siquiera se pasó por el restaurante para negociar las condiciones salariales, si es que era eso lo que le preocupaba.
Me sentí muy decepcionada, no con ella sino conmigo misma por haberme tragado las lágrimas de cocodrilo de alguien que me contaba su ingreso en un hospital por tomar medicamentos para retrasar el periodo y poder trabajar más, de alguien que lloró en su día de debutante, de alguien que me enseñó las fotos de toda la familia y me hizo creer cuanto les añoraba.
Por eso no me creo la historia de Caye. No me la creo, no me la puedo creer.
Besos para todos. Calamity.
PD. Estoy guerrera, necesito debate, necesito vuestra opinión. A lo mejor alguien de vosotros encuentra sentido a la actitud de Cayetana en la película...
He de decir que la película me pareció correctamente filmada, qué digo correctamente, es un deleite en cuanto a técnica se refiere. Esa especie de cámara que está pero no está, a medio camino entre el dogma y el realismo italiano del siglo pasado me parece sobresaliente. Con la ambientación, ídem. Cuidado que lo pasé mal con ese flequillo hortera de Caye – Candela Peña - que lleva durante el noventa por ciento del tiempo. Dios mío, qué mal. Sé que es una apreciación superficial, pero, en fin, cada uno con sus manías.
Pero lo que no me gustó nada de nada fue el guión. Más bien la historia que cuenta dicho guión. No me la creo, vaya. Me parece totalmente surrealista y os diré porqué. Pegaré un pequeño rodeo en el tiempo para llegar de nuevo a este punto.
Cuando estaba en la facultad, en tercero, nos tocó –en realidad lo elegimos nosotros mismos- hacer un estudio sociológico sobre la situación de la prostitución en España (algunos ya conocéis la anécdota). Al principio pensamos en estudiar un fenómeno cuando menos curioso: la prostitución de estudiantes universitarios, pero era tremendamente complicado contactar –gratuitamente- con personas pertenecientes a tal sector. Nos decantamos entonces por la prostitución de extranjeros, algo más accesible. Y la abajo firmante se ocupó del trabajo de campo. Vamos que me recorrí la Casa de Campo para arriba y para abajo y la mayoría de los prostíbulos de la Nacional I en busca de historias de vida. Os podéis hacer a la idea de las fábulas tan truculentas que escuché y que luego tuvimos que pasar a papel en forma de datos estadísticos.
Pero me sorprendió sobre manera la historia de Carla. Y no sé porqué. No era muy diferente de la del resto de chicas entrevistadas: emigrante sudamericana que viene a Europa en busca de una vida mejor para ella y para su familia (aún en Colombia). Sólo ella se encargaba de ocho hermanos, una madre ya anciana y un marido que no sabía absolutamente nada de lo que su esposa estaba haciendo en España (como tantas otras).
Carla tenía estudios (como tantas otras también). Era una mujer relativamente culta. No es que te pudieras poner a hablar con ella de los preceptos del, digamos, existencialismo de Sartre –ni falta que hace-, pero se podía mantener una conversación amena y variada. Los estudios de Carla eran de restauración y hostelería. Antes de venirse para España trabajaba con pinche de cocina en algún restaurante en Medellín.
Durante las dos horas largas que duró la entrevista ella me juró y perjuró que le encantaría dejar la prostitución, que no había venido a España para eso, que a ella le gustaba su profesión y que quería desarrollar su trayectoria laboral en ese sentido. Su historia caló tan dentro de mi alma que me dediqué a buscarle un trabajo “en condiciones”, esto es, un trabajo admitido como tal por nuestra Administración del Estado (ya sabéis que la prostitución como no está legislada, no existe; triste, pero está fue la respuesta de un hombre de leyes de este país cuando le preguntamos por el fenómeno del proxenetismo y su figura legal).
En los siguientes días me pateé las cocinas de cualquier amigo, amiguete o conocido en busca de una oferta laboral seria. Y la conseguí.
En ningún momento oculté que Carla estaba ejerciendo el oficio más antiguo del mundo a todos aquellos con los que hablé. No quería que la mujer se topara con los absurdos prejuicios que poseemos quien más, quién menos. Conquisté un trabajo de ayudante de cocina con contrato y bien remunerado (cobraba casi lo que yo cobro hoy en día).
No tardé ni diez minutos en hacerle eco de lo que a priori era una buena noticia. Algo así como un “Carla te voy a sacar de la calle”, pero sin necesidad de transformarla en la prostituta de un matrimonio de conveniencia. Pero no lo aceptó. Ni siquiera se pasó por el restaurante para negociar las condiciones salariales, si es que era eso lo que le preocupaba.
Me sentí muy decepcionada, no con ella sino conmigo misma por haberme tragado las lágrimas de cocodrilo de alguien que me contaba su ingreso en un hospital por tomar medicamentos para retrasar el periodo y poder trabajar más, de alguien que lloró en su día de debutante, de alguien que me enseñó las fotos de toda la familia y me hizo creer cuanto les añoraba.
Por eso no me creo la historia de Caye. No me la creo, no me la puedo creer.
Besos para todos. Calamity.
PD. Estoy guerrera, necesito debate, necesito vuestra opinión. A lo mejor alguien de vosotros encuentra sentido a la actitud de Cayetana en la película...
Cómo hemos cambiado
Es curioso. El mundo parece muy grande y, cuando menos te lo esperas, ¡zas! se cruza algún conocido en tu camino. Lo más pasmoso que me ha sucedido en esto irse encontrando a gente por ahí me sobrevino en Sintra. Entrando en el Palacio do Pena, precioso por cierto, salían por la misma puerta una pareja de amigos de Madrid que hacía años que no veía. Todos nos quedamos como en una especie de trance y no sabíamos ni qué decirnos.
Pues casi lo mismo me pasó la semana pasada. Iba yo tranquilamente paseando por el Ministerio de Agricultura de la capital del reino cuando de repente me sacó de la inopia la imagen de alguien con quien antaño había compartido una amistad. Caminaba cabizbajo y no se debió de dar cuenta de que yo era yo (si tardas mucho en verme, es posible que mi pelo haya dado una vuelta de 180º y no sepas muy bien si soy yo o soy otra persona). Definitivamente no me conoció. Iba yo con unas tremendas gafas de pera y mi típica cara de no enterarme de nada.
En ese microsegundo de nuestras vidas me di cuenta de que la suya había cambiado enormemente.
Nos conocimos hace un montón de años. Entonces él era un actor de moda gracias a una serie de éxito –lo cual no significa que fuese buena- para adolescentes con las hormonas revolucionadas. Compartimos borracheras, paseos, cartas cuando se fue a Bolivia y muchos, muchos secretos. Poco a poco su carrera de actor se fue yendo al carajo y mi vida empezó a tomar otro rumbo. No le he vuelto a ver hasta anteayer. Iba con unos papeles bajo el brazo (espero fervorosamente que no haya echado también a perder su carrera como guionista) y había engordado muchísimo.
Qué lejos ha quedado aquella amistad.
Pues casi lo mismo me pasó la semana pasada. Iba yo tranquilamente paseando por el Ministerio de Agricultura de la capital del reino cuando de repente me sacó de la inopia la imagen de alguien con quien antaño había compartido una amistad. Caminaba cabizbajo y no se debió de dar cuenta de que yo era yo (si tardas mucho en verme, es posible que mi pelo haya dado una vuelta de 180º y no sepas muy bien si soy yo o soy otra persona). Definitivamente no me conoció. Iba yo con unas tremendas gafas de pera y mi típica cara de no enterarme de nada.
En ese microsegundo de nuestras vidas me di cuenta de que la suya había cambiado enormemente.
Nos conocimos hace un montón de años. Entonces él era un actor de moda gracias a una serie de éxito –lo cual no significa que fuese buena- para adolescentes con las hormonas revolucionadas. Compartimos borracheras, paseos, cartas cuando se fue a Bolivia y muchos, muchos secretos. Poco a poco su carrera de actor se fue yendo al carajo y mi vida empezó a tomar otro rumbo. No le he vuelto a ver hasta anteayer. Iba con unos papeles bajo el brazo (espero fervorosamente que no haya echado también a perder su carrera como guionista) y había engordado muchísimo.
Qué lejos ha quedado aquella amistad.
Nobleza obliga
Últimamente me estoy escondiendo en textos de antaño, en vivencias pasadas, la mayoría de ellas agradables, para huir de lo inevitable, de aquello que no queremos ver o, mejor dicho, nos incomoda a la vista.
No soy persona de lágrima fácil y no hago más que llorar cuando me siento por las mañanas a escuchar o ver las noticias antes de iniciar una rutinaria jornada laboral (para más inri entre postales y preparaciones festivas navideñas llenas de pastorcillos sonrientes y barrocos paquetes de regalo).
Leo bitácoras y aquellos que me encandilan no pueden dejar de mostrar su indignación por este primer mundo nuestro y por aquel más lejano y borroso tercer mundo. Me parece lo normal. Qué menos, sobre todo viniendo de personas sensibles (como creo que ellos/as son), que digan y expresen sus sentimientos de furia e irritación a través del lenguaje de los unos y los ceros.
Las propuestas para remediar tal asunto van desde el donativo para aliviar la pesadez del alma hasta la proclamación de una nueva revolución al más puro estilo francés con corte de cabezas incluido (que dicho sea de paso y a mi manera de ver las cosas, dejando claro que estoy totalmente en desacuerdo con la pena capital, no estaría mal en según qué situaciones). No sé cuál es la solución. Lo único que mi corto intelecto me llama a decir es que no haciendo nada, nada podremos solucionar.
Nos conformamos con diseñar una valla de look a la última, con intrincados caminejos y múltiples varillas de acero que impedirán que incluso los más intrépidos salten hacia los lugares donde creen que atamos los perros con longanizas. Pero no nos paramos a observar por qué lo hacen, cuáles son sus motivos. La situación en Ceuta y Melilla es dantesca, pero, señores, ¿cómo será la situación en sus países de origen para que ellos, seres humanos como tú y como yo, vengan a la desesperada hacia Europa, arriesgando el pellejo, dejando atrás todo lo poco que la vida les ha facilitado?
A mi no me engañan. Algo pasa. Es más me atrevo a afirmar que algo muy gordo está pasando. África existe. Pero no sólo existe esa África que nos muestra bonitas estampas de Zanzíbar y arriesgados paseos en jeep por el Serengheti viendo animales salvajes que simulan estar en libertad. No. Ésa es la África menos habitual. La más frecuente es aquella que nos enseña fotografías de niños comidos por moscas y vacas en los huesos. Gente llorando y sufriendo porque, qué desgracia, ni siquiera tienen recursos para poderse morir “dignamente”, tumbados en un camastro. Gente a la que cualquier hálito de vida les duele, les provoca un sufrimiento tal que espera la muerte como la mejor de las recompensas por haber vivido. Qué triste por dios, qué horriblemente triste.
Lo realmente doliente es que también existe Sudamérica y también existe Asia. Y también existen barrios dentro de nuestras ciudades donde las condiciones de vida no son lo que el primer mundo denomina bienestar.
Y lo escribo aquí tan pancha, escuchando la más triste de las canciones que se haya escrito jamás. Con mi Macintosh última generación. Con una sopa caliente y mantas encima de la cama esperándome por la noche cuando llegue a casa. Y soñando con un perfume carísimo que me compraré tarde o temprano. Me doy asco a mi misma. Si porque yo viva tan de puta madre –y perdón por tanto taco al tún tún- ha de sufrir tan siquiera una persona, me da igual quien, yo paso. Que paren que yo me apeo.
Abiertamente me gustaría pedir la dimisión y público arrepentimiento de muchos políticos y dirigentes mundiales a los cuales se les llena la boca de buenas intenciones mientras sus bolsillos se agrandan cada vez más (qué pasa con China, por ejmplo. ¿Nadie protesta por los atentados contra los derechos humanos que están pertrechando a sus anchas sólo porque es un futuro gigante del capitalismo?). Para qué Naciones Unidas, para qué tanto organismo chupón de fondos que, como podemos ver, no soluciona nada.
Por qué, ellos que pueden, no hacen nada. Por qué.
Y después de toda esta llantina, siguió sentada en su silla con respaldo ergonómico dibujando angelotes gordos portadores de buenas nuevas para las empresas que le daban de comer, soñando con que el reloj marcase las 19.30. Arggg.
No soy persona de lágrima fácil y no hago más que llorar cuando me siento por las mañanas a escuchar o ver las noticias antes de iniciar una rutinaria jornada laboral (para más inri entre postales y preparaciones festivas navideñas llenas de pastorcillos sonrientes y barrocos paquetes de regalo).
Leo bitácoras y aquellos que me encandilan no pueden dejar de mostrar su indignación por este primer mundo nuestro y por aquel más lejano y borroso tercer mundo. Me parece lo normal. Qué menos, sobre todo viniendo de personas sensibles (como creo que ellos/as son), que digan y expresen sus sentimientos de furia e irritación a través del lenguaje de los unos y los ceros.
Las propuestas para remediar tal asunto van desde el donativo para aliviar la pesadez del alma hasta la proclamación de una nueva revolución al más puro estilo francés con corte de cabezas incluido (que dicho sea de paso y a mi manera de ver las cosas, dejando claro que estoy totalmente en desacuerdo con la pena capital, no estaría mal en según qué situaciones). No sé cuál es la solución. Lo único que mi corto intelecto me llama a decir es que no haciendo nada, nada podremos solucionar.
Nos conformamos con diseñar una valla de look a la última, con intrincados caminejos y múltiples varillas de acero que impedirán que incluso los más intrépidos salten hacia los lugares donde creen que atamos los perros con longanizas. Pero no nos paramos a observar por qué lo hacen, cuáles son sus motivos. La situación en Ceuta y Melilla es dantesca, pero, señores, ¿cómo será la situación en sus países de origen para que ellos, seres humanos como tú y como yo, vengan a la desesperada hacia Europa, arriesgando el pellejo, dejando atrás todo lo poco que la vida les ha facilitado?
A mi no me engañan. Algo pasa. Es más me atrevo a afirmar que algo muy gordo está pasando. África existe. Pero no sólo existe esa África que nos muestra bonitas estampas de Zanzíbar y arriesgados paseos en jeep por el Serengheti viendo animales salvajes que simulan estar en libertad. No. Ésa es la África menos habitual. La más frecuente es aquella que nos enseña fotografías de niños comidos por moscas y vacas en los huesos. Gente llorando y sufriendo porque, qué desgracia, ni siquiera tienen recursos para poderse morir “dignamente”, tumbados en un camastro. Gente a la que cualquier hálito de vida les duele, les provoca un sufrimiento tal que espera la muerte como la mejor de las recompensas por haber vivido. Qué triste por dios, qué horriblemente triste.
Lo realmente doliente es que también existe Sudamérica y también existe Asia. Y también existen barrios dentro de nuestras ciudades donde las condiciones de vida no son lo que el primer mundo denomina bienestar.
Y lo escribo aquí tan pancha, escuchando la más triste de las canciones que se haya escrito jamás. Con mi Macintosh última generación. Con una sopa caliente y mantas encima de la cama esperándome por la noche cuando llegue a casa. Y soñando con un perfume carísimo que me compraré tarde o temprano. Me doy asco a mi misma. Si porque yo viva tan de puta madre –y perdón por tanto taco al tún tún- ha de sufrir tan siquiera una persona, me da igual quien, yo paso. Que paren que yo me apeo.
Abiertamente me gustaría pedir la dimisión y público arrepentimiento de muchos políticos y dirigentes mundiales a los cuales se les llena la boca de buenas intenciones mientras sus bolsillos se agrandan cada vez más (qué pasa con China, por ejmplo. ¿Nadie protesta por los atentados contra los derechos humanos que están pertrechando a sus anchas sólo porque es un futuro gigante del capitalismo?). Para qué Naciones Unidas, para qué tanto organismo chupón de fondos que, como podemos ver, no soluciona nada.
Por qué, ellos que pueden, no hacen nada. Por qué.
Y después de toda esta llantina, siguió sentada en su silla con respaldo ergonómico dibujando angelotes gordos portadores de buenas nuevas para las empresas que le daban de comer, soñando con que el reloj marcase las 19.30. Arggg.
Chale
Llegando a la oficina me he acordado de Carlos y su larga melena rubia. Las nubes amenazantes con lluvia, los mínimos resquicios de rayos solares en continua pugna con aquellas y un intenso olor a témpera en la calle (¿?) me lo han traído a la memoria.
Hace por lo menos diez años que no le veo. Ni siquiera sé dónde para. Se fue a Pontevedra y como que se le hubiera tragado la tierra. Nunca más se supo de él.
Pedro, Nacho y Chale fueron mis novios de niñez. Los dos primeros en primero y segundo de parvulitos respectivamente, con lo cual no cuentan demasiado. Pero Chale apareció en sexto de EGB, con la hormona dando algo de guerra. Vino nuevo al colegio de los niños (ja, me acabo de acordar que por aquellos entonces los colegios no eran mixtos aún) y se hizo un hueco en seguida entre los más “guays” de la clase. No me extraña: piel blanquísima, un lacio flequillo rubio que le caía sobre los ojos verde oliváceos y una arrogancia y confianza en sí mismo peculiar para su edad. Todas, absolutamente todas, estábamos detrás de él.
A mi jamás me hizo caso. Una amiga más, tan sólo eso.
Cuando crecimos Chale se hizo "gruncheta". Abandonó el suéter del cocodrilo y los pantalones de pinzas (normalmente azul marino o color camel) por una camiseta raída en la que ponía Spin Doctors y unos pantalones que suponemos vaqueros pues la cantidad de mierda y costuras que llevaban no dejaban claro el material del que estaban confeccionados.
La última vez que hablamos nos habíamos encaramado los dos tristes y solos a una de las poyatas de las ventanas del Nebraska –un bar de copas de mi pueblo- y estábamos llorando desconsoladamente porque Kurtko se había volado la cabeza con una de las pistolas que coleccionaba.
Chale…
Hace por lo menos diez años que no le veo. Ni siquiera sé dónde para. Se fue a Pontevedra y como que se le hubiera tragado la tierra. Nunca más se supo de él.
Pedro, Nacho y Chale fueron mis novios de niñez. Los dos primeros en primero y segundo de parvulitos respectivamente, con lo cual no cuentan demasiado. Pero Chale apareció en sexto de EGB, con la hormona dando algo de guerra. Vino nuevo al colegio de los niños (ja, me acabo de acordar que por aquellos entonces los colegios no eran mixtos aún) y se hizo un hueco en seguida entre los más “guays” de la clase. No me extraña: piel blanquísima, un lacio flequillo rubio que le caía sobre los ojos verde oliváceos y una arrogancia y confianza en sí mismo peculiar para su edad. Todas, absolutamente todas, estábamos detrás de él.
A mi jamás me hizo caso. Una amiga más, tan sólo eso.
Cuando crecimos Chale se hizo "gruncheta". Abandonó el suéter del cocodrilo y los pantalones de pinzas (normalmente azul marino o color camel) por una camiseta raída en la que ponía Spin Doctors y unos pantalones que suponemos vaqueros pues la cantidad de mierda y costuras que llevaban no dejaban claro el material del que estaban confeccionados.
La última vez que hablamos nos habíamos encaramado los dos tristes y solos a una de las poyatas de las ventanas del Nebraska –un bar de copas de mi pueblo- y estábamos llorando desconsoladamente porque Kurtko se había volado la cabeza con una de las pistolas que coleccionaba.
Chale…
Diálogos con la almohada
Vengo de mantener una seria conversación con mi almohada. Os preguntaréis pues cómo a estas horas de la tarde. Vale, es que mi almohada y yo mantenemos una relación muy especial. Antes hablábamos por la noche, pero era una canallada porque yo me quitaba horas de sueño y ella no cumplía bien con su trabajo. Así que convenimos que nuestras charlas iban a ser matutinas o hacia el ocaso. Más tarde de la una de la madrugada nunca.
El caso es que mi almohada coincide con Paquete en varias cosas (¿habrán estado hablando ellos dos a mis espaldas? ¿será un contubernio conmigo?). Sucede que ella es más directa, que no tiene miedo de que la mande a la mierda y le pegue cuatro gritos (debe estar acostumbrada). El primer punto en el que coinciden es: “Calamity, por partes”. En ese momento yo me digo qué mejor comienzo que aplicarlo a la bítacora. Así que vais a tener que soportar diversas entregas de diálogos con mi almohada. Qué remedio os quedará.
Y la segunda cosa en la que Paquete y la almohada están de acuerdo es: “Calamity, ¡¡¡¡¡¡¡¡actúa!!!!!!!!!!”. En eso tienen toda la razón del mundo. Lo mío es darle a la cabeza continuamente, pero a la hora de demostrar el movimiento andando, uf, me amilano y no hago nada. Debería de haber nacido en los años socráticos e ir deambulando de ágora en ágora soltando parrafadas, muchas de ellas sin sentido (dios mío la burrada que acabo de decir; perdón Sócrates). Evidentemente si hubiera nacido en dicha época helenística -que tanto adoro- tendría que haber cambiado el cromosoma X de mis genes por un Y, menos mono, pero más fructífero en cuanto a cuestiones laborales se refiere.
De todas maneras qué sencillo eso de decir “actúa”. No, si yo también lo pienso (otra vez pensando, hale). El problema, quicirlos problemas son dos: primero, falta de tiempo (vamos a ver, s¡i el calendario perpetuo de la mesilla de noche todavía no ha pasado de Septiembre a Octubre, quien me viene hablando de tiempo!); segundo, falta de dinero (eso mismo, que ni con mi nómina no me conceden una hipoteca ni aunque me pase por la piedra a todo el Banco de España, cosa que hasta este momento no me había planteado... Hum, ayer vi “Princesas” y estoy escribiendo algo al respecto). A ver así quién es el guapo capaz de actuar.
Ay, qué losa, dios mío, qué losa.
El caso es que mi almohada coincide con Paquete en varias cosas (¿habrán estado hablando ellos dos a mis espaldas? ¿será un contubernio conmigo?). Sucede que ella es más directa, que no tiene miedo de que la mande a la mierda y le pegue cuatro gritos (debe estar acostumbrada). El primer punto en el que coinciden es: “Calamity, por partes”. En ese momento yo me digo qué mejor comienzo que aplicarlo a la bítacora. Así que vais a tener que soportar diversas entregas de diálogos con mi almohada. Qué remedio os quedará.
Y la segunda cosa en la que Paquete y la almohada están de acuerdo es: “Calamity, ¡¡¡¡¡¡¡¡actúa!!!!!!!!!!”. En eso tienen toda la razón del mundo. Lo mío es darle a la cabeza continuamente, pero a la hora de demostrar el movimiento andando, uf, me amilano y no hago nada. Debería de haber nacido en los años socráticos e ir deambulando de ágora en ágora soltando parrafadas, muchas de ellas sin sentido (dios mío la burrada que acabo de decir; perdón Sócrates). Evidentemente si hubiera nacido en dicha época helenística -que tanto adoro- tendría que haber cambiado el cromosoma X de mis genes por un Y, menos mono, pero más fructífero en cuanto a cuestiones laborales se refiere.
De todas maneras qué sencillo eso de decir “actúa”. No, si yo también lo pienso (otra vez pensando, hale). El problema, quicirlos problemas son dos: primero, falta de tiempo (vamos a ver, s¡i el calendario perpetuo de la mesilla de noche todavía no ha pasado de Septiembre a Octubre, quien me viene hablando de tiempo!); segundo, falta de dinero (eso mismo, que ni con mi nómina no me conceden una hipoteca ni aunque me pase por la piedra a todo el Banco de España, cosa que hasta este momento no me había planteado... Hum, ayer vi “Princesas” y estoy escribiendo algo al respecto). A ver así quién es el guapo capaz de actuar.
Ay, qué losa, dios mío, qué losa.
Celebrity
No, hijos, no. No voy a hacer una crítica de la magnífica película de Allen en la que una aún desconocida Charlize Theron "instigaba" a Leonardo di Caprio a ponerse hasta las cejas de cocaína mientras el ultra católico personaje de Diane Weist aprendía a hacer felaciones con un plátano (de Canarias) que no hacía otra cosa que provocarle arcadas. No.
Hace pocos días os hablaba de la inauguración de una exposición en la galería de Ángel Romero. Bailando en la oscuridad mostraba –todavía muestra- cartones y alfombras realizadas por mi profesor, añado queridísimo y amado profesor Paco Pérez Valencia, de Museografía (y que nada tiene que ver con la película homónima de Von Trier). Allí nos presentamos varios de sus alumnos.
Marchaba la menda lerenda aquel día como que se tratara de una exposición propia. En fin. Me arreglé el pelo. Intenté combinar lo incombinable (el patchwork con el estilo marinero tomando un estilo lady like). Hasta me maquillé. Y no me bebí dos cubatones porque justo fue salir del curro y manifestar mi presencia en la galería.
Y por la galería había un fotógrafo, con una pedazo Canon Eos 1 D que me ponía los dientes laaaaargos frente a la minúscula y ridícula Canon Power Shot 1S que colgaba de mi cuello (espacio patrocinado por Canon). Y dicho fotógrafo decidió que ese día iba a ser yo misma una especie de musa.
(Esperad que me parto de risa un rato... Ya).
Ayer hablando con Ogarrie, una compañera del postgrado, me dijo que habíamos salido en un especial M2 de “El Mundo” publicado el sábado siguiente a la inauguración de la muestra. Arrea -que dirían en mi pueblo- la Calamity famosa exhibiendo sus michelines a esta España nuestra. Estimados lectores, yo no lo he visto. Y en esto sí que sí soy como Santo Tomás: ver para creer.
Feliz fin de semana a todos. Por cierto, estaré totalmente off durante estos dos días. Necesito concentrarme en mis kisikosas y hacerme un volcado de información del cerebro o estallará mi cabeza. Besitos. Calamity.
PD. Anita, ¿qué te ocurre? ¡Cómo es eso de que has perdido tu frivolidad y toda la divinidad que destilas! No pensarás que me lo creo... (hija, como los post los escribo en casa, pues así puedo explayarme un poquito más si tengo que hacer algún comentario, también desde casa gracias a mi memoria de elefante. Ja, ja. Y a ti te lo tengo que hacer y bien extenso. Ay virgencita del verbo divino, cómo está el patio).
Hace pocos días os hablaba de la inauguración de una exposición en la galería de Ángel Romero. Bailando en la oscuridad mostraba –todavía muestra- cartones y alfombras realizadas por mi profesor, añado queridísimo y amado profesor Paco Pérez Valencia, de Museografía (y que nada tiene que ver con la película homónima de Von Trier). Allí nos presentamos varios de sus alumnos.
Marchaba la menda lerenda aquel día como que se tratara de una exposición propia. En fin. Me arreglé el pelo. Intenté combinar lo incombinable (el patchwork con el estilo marinero tomando un estilo lady like). Hasta me maquillé. Y no me bebí dos cubatones porque justo fue salir del curro y manifestar mi presencia en la galería.
Y por la galería había un fotógrafo, con una pedazo Canon Eos 1 D que me ponía los dientes laaaaargos frente a la minúscula y ridícula Canon Power Shot 1S que colgaba de mi cuello (espacio patrocinado por Canon). Y dicho fotógrafo decidió que ese día iba a ser yo misma una especie de musa.
(Esperad que me parto de risa un rato... Ya).
Ayer hablando con Ogarrie, una compañera del postgrado, me dijo que habíamos salido en un especial M2 de “El Mundo” publicado el sábado siguiente a la inauguración de la muestra. Arrea -que dirían en mi pueblo- la Calamity famosa exhibiendo sus michelines a esta España nuestra. Estimados lectores, yo no lo he visto. Y en esto sí que sí soy como Santo Tomás: ver para creer.
Feliz fin de semana a todos. Por cierto, estaré totalmente off durante estos dos días. Necesito concentrarme en mis kisikosas y hacerme un volcado de información del cerebro o estallará mi cabeza. Besitos. Calamity.
PD. Anita, ¿qué te ocurre? ¡Cómo es eso de que has perdido tu frivolidad y toda la divinidad que destilas! No pensarás que me lo creo... (hija, como los post los escribo en casa, pues así puedo explayarme un poquito más si tengo que hacer algún comentario, también desde casa gracias a mi memoria de elefante. Ja, ja. Y a ti te lo tengo que hacer y bien extenso. Ay virgencita del verbo divino, cómo está el patio).
Nostalgias
En algún momento de la vida, cuando crees que ésta se empieza a desmoronar (eso si no se halla en pleno “cerrado por derribo”), ella te sorprende y te asalta con viejos recuerdos. Agradables por cierto.
Rondaban por mi nevera compartida cuatro carretes fotográficos misteriosos. No tenía ni la más mínima idea de lo que contenían. Sólo señalaban con ilegible ortografía
en su carcasa rallada las letras “EX”.
Reuní valor, pero no el suficiente como para ponerme a revelarlos yo en casa… Comienzo de nuevo. Reuní el dinero suficiente para el revelado y positivado de cuatro carretes en B/N y los llevé al Foto Prix que hay en mi calle. La chica me indicó a voz en grito, una vez que se enteraran todos los allí presentes de mi dirección, teléfono y correo electrónico, que me pasara a la semana siguiente a por ellas.
Y fui.
Y me encontré con los segundos vividos en lugares a los cuales no regresaré con tanta asiduidad como deseo. Aunque digan por ahí que al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver…

Besos. C.
Rondaban por mi nevera compartida cuatro carretes fotográficos misteriosos. No tenía ni la más mínima idea de lo que contenían. Sólo señalaban con ilegible ortografía
en su carcasa rallada las letras “EX”.
Reuní valor, pero no el suficiente como para ponerme a revelarlos yo en casa… Comienzo de nuevo. Reuní el dinero suficiente para el revelado y positivado de cuatro carretes en B/N y los llevé al Foto Prix que hay en mi calle. La chica me indicó a voz en grito, una vez que se enteraran todos los allí presentes de mi dirección, teléfono y correo electrónico, que me pasara a la semana siguiente a por ellas.
Y fui.
Y me encontré con los segundos vividos en lugares a los cuales no regresaré con tanta asiduidad como deseo. Aunque digan por ahí que al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver…

Besos. C.