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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, mi difunto blog es eso, un difunto, así que naranjas de la China.
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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Crónicas de un cabaret berlinés
Antes quería ser sofisticada y elegante, pero cuando maduré me di cuenta de que ya era sofisticada y elegante. Sally Bowles.

Sin lugar a duda los treinta me están sentando de maravilla. Pocos cumpleaños, que yo recuerde, han sido tan espectaculares como este, tan completos, vaya. Quedada el sábado, cena por todo lo alto anteanoche, regalitos y llamadas de casi toda la gente que más quiero en este mundo… Y eso que aún me queda la celebración con los amigos de Madrid (este sábado, ¿no?) y con los amigos de mi pueblo.

Pero ayer me hicieron uno de los regalos que más me pueden agradar del mundo: unas entradas para el teatro. Allí nos plantamos mi consorte (el regalador) y yo para disfrutar en plena fila siete de Cabaret. Había oído críticas fabulosas del espectáculo, no en vano está dirigido por Sam Mendes (le conoceréis por “American Beauty” –dios, esa Mena Suvari desnuda entre pétalos de rosa roja- y por “Camino a la perdición” con el siempre espléndido Paul Newman). La época en la que está basada me apasiona y esas historia de barriobajeros fracasados, eso sí, con principios, me pueden volver majareta desde el principio (porqué leeré tanta literatura de garaje). Creo que soy de las pocas personas que, como añadidura, no había visto la película.



Así iba yo, encantada de la vida y además enamorada artísticamente del actor que interpreta a Emcee, Asier Etxeandia, desde que le vi como maestro de ceremonias de los Premios Max hace un par de años. Qué gran intérprete (y qué monada de hombre, por dios). El gran elenco de actores, músicos, bailarines o todo a la vez no se queda atrás ni lo más mínimo. Una gozada.

No entiendo mucho de interpretación teatral (ni de cualquiera otra), pero, sí señor, me gustó y mucho. Consiguió atraparme desde el primer minuto, mover tontamente los pies a ritmo de swing, salir soñando que yo algún día también sería la protagonista de mi propia vida.

Maravilla de escenografía. Hasta nosotros, inconscientes, absortos y simples espectadores, teníamos un papelito a la hora de encender y apagar las lamparillas de rojo tafetán.

Un diseño de sonido impecable. De lo mejorcito que he, en este caso, oído en mi vida. Lo siento no me acuerdo del nombre del diseñador de sonido. ¿Gorski o algo así, no? Perdón mil por esta tonta cabeza.

Una trama de plena actualidad por desgracia. Ah, que, ¿no la habéis visto aún? Pues, venga, hala, ya estáis tardando.

Besitos. Calamity.

PD. Money makes the world go round, the world go round...
 
Añade 29 velitas más y ¡tachán! sabrás mi edad
Aquí os dejo con una tierna imagen. No sé si es que la magdalena estaba asquerosa o que me sentía el mono de feria de mi familia o que estaba horrorizada con semejante gorrito (ya sabéis que a mi madre nunca le gustó que fuese pelirroja, je, je), pero me encanta ese careto de asco mío.



Que paséis un buen día. Yo lo intentaré. No me gusta mucho cumplir años, pero mejor eso que no hacerlo. ;)

Besos y muuuuchos mimos. Calamity.

ACTUALIZACIÓN, 11:51 a.m.
Ja, ja, oficialmente por el reloj estelar y calendario juliano, ya tengo 30 añazos (recoño). Oye, y ¿qué mejor regalo que me enviéis algunas fotitios de la quedada madrileña del fin de semana? Venga, no seáis vagos: missscalamity@yahoo.es

Os estoy leyendo, que lo sepáis, pero, en fin sigue el toque de queda al aporreo de las teclas en este sacro santo lugar.

Más besos.
 
Metro de Madrid. Vuela.
Existen días en los que no es precisamente orgullo lo que sientes cuando piensas en la raza humana. Hoy es uno de esos días. Preferiría mil veces más pertenecer a cualquier especie de, no sé, équido que al homo sapiens sapiens.

No existe mejor manera de darte cuenta de lo mezquinos que somos que viajar en el Metro de Madrid en hora punta. Es toda una aventura. Estación de Oporto, 8.17 horas de la mañana. Llego al andén y el luminoso nos dice que quedan tres minutos para el siguiente tren, que es un tren largo y que nos situemos en todo el andén. Vale.

Llega el tren. Nos subimos. Ya no queda ningún asiento (tampoco me importa, bastante tiempo paso sentada todo el día) y me apoltrono en una de las plataformas. Abro mi libro, cojo mi lapicero y me dispongo a leer, cosa harto difícil para mi que me gusta observar a cualquier persona que se sube en el metropolitano. Hasta aquí todo correcto.

Pero, ay queridos blogueros, en Opañel se sube una persona con muletas. Un hombre joven, más bien madurito, de unos cuarenta y tantos. ¿Os podéis creer que nadie –NADIE- le cede el asiento? Increíble. En la estación siguiente se baja una tía pedorra que, francamente, no le debería de haber importado que un hombre enfermo se sentara en su butaca. Total, dos minutillos de pie no matan a nadie (aunque eso es lo que pensaría ella cuando vio entrar al de las muletas, digo yo. Gilipollas).

Llegamos a Plaza Elíptica y, hala, avalancha de gente. Yo entiendo perfectamente lo de llegar en punto al trabajo. Es lo que todos queremos (y pillar asiento pisando al que haga falta, también, por lo visto). Pero, que el conductor haya pitado ya un par de veces y que la gente siga empecinada en entrar en un vagón en el que ya no cabe ni una mosca… Así sucede lo que sucede: se quedó un chico atrapado. Parón de unos segundos hasta que se pudo desenganchar. Si es inteligente y saca sus propias conclusiones, la próxima vez se pensará dos veces antes de subir después del sonido del silbato. Hoy seguro le dolerán los brazos y parte de la caja torácica. Por cierto, nadie le ayudó.

Las siguientes estaciones hasta Pacífico ya son un caos de humanidad. Nadie deja que la gente que quiere salir salga. Los que luchan por entrar empujan. Un desastre. A estas alturas yo estoy batallando por coger mi bolso, que está en el suelo, y poder apearme en el andén. Pero nada, la gente no se baja ni a la de tres. ¡Con lo sencillo que es bajarse del vagón, dejar paso a los que se van y después volverse a subir!

Así que hoy he llegado a la oficina justificándome a mi misma la existencia de armas nucleares porque sinceramente si hubiese tenido la posibilidad de accionar el botón rojo, lo hubiera hecho. Menuda manera de terminar la veintena.

Feliz semana a todos y besitos. Calamity.
 
Estabilidad laboral
He de reconocer que me apasiona el mundo de la creatividad publicitaria (el modus operandi, para entendernos). Desde que inicié la carrera supe que o bien iba a ser creativa (que es lo que soy) o bien a ser reportera (que es la espinita clavada en lo más hondo de mi corazón).

Y todo esto por qué. Pues porque ayer estuve en una fiesta en la cual se presentaba el Anuario de la Creatividad Española junto a una conferencia ofrecida por Erik Kessels (http://www.kesselskramer.com/ No os asustéis, parece una óptica, pero no lo es) en Barcelona hace una semana y me quedé boquiabierta. No sé qué demonios le pasa a esta santa profesión porque sólo estaban o los grandes grandes creativos de este nuestro país o los –digamos- becarios y gente recién licenciada (unos posturitas la mayoría de ellos de flipar). Vamos que no conocía a nadie que no fuese grande grande (conste en acta que yo soy una pringadilla, de grande no tengo más que la talla de la braga-faja).

En un pis pas me cuestioné yo a mi misma: ¿y dónde coño se ha metido la gente de mi generación? ¿estarán trabajando? ¿les habrán mandado a tomar por el culo después de años cobrando una miseria gracias al reemplazo de las nuevas generaciones? Me gustaría creer más lo primero, esto es, que estaban haciendo horas extras por la patilla. Pero no sé porqué me inclino más por lo segundo. En este “agradecido” mundo o pegas el pelotazo o te vas a la puta calle con una mano delante y otra detrás (porque lo de hacer contratos, en fin, que no es la moda).

A mis especulaciones sobre la estabilidad laboral se unía lo que a priori debería ser un triunfo, pero que a mi me sume en la más profunda de las tristezas (una exageración de las mías, simplemente estoy con una apática): me han hecho fija. Sí, sí, fija. Vamos, indefinida. Eso que en esta profesión es tan difícil como que te toque la lotería primitiva marcando sólo cinco cruces en el boleto. Y estoy taciturna. Manda huevos.

Habría que tomárselo como un éxito y sólo lo veo un estancamiento creativo al cien por cien. Encima ni me conceden una sacro santa hipoteca para poder abandonar a mi compañero de piso y a las cuquis. Mierda de estabilidad laboral.

Hale, después de los ánimos, os deseo un feliz weekend (como diría cualquier creata que se precie). Calamity.
 
B.S. no O.
Sin descanso dominical alguno me pongo a teclear este post arropada por el silencio de ordenadores y luces de flexo que bañan con reflejo verde azulado las paredes huérfanas de adornos de la oficina, similares al bar donde tomaba leche el asesino en serie de La Naranja Mecánica.

El tiempo del fin de semana ha transcurrido como montado en una balsa de aceite –escurridizo y veloz- tras la barra de un asador de zona acomodada en la villa de Madrid entre vinos, pinchos de queso e ibéricos y soniquete lejano a fiesta de pueblo. Veintisiete horas de pie de las cuarenta y ocho que albergan dos días.

Todo empezó con una puesta a punto de los comedores mientras los altavoces del hilo musical escupían una horrenda música enlatada con el sabor de los últimos éxitos de las décadas pasadas. Llega un momento en el que los tímpanos se anestesian y ya no oyes nada excepto “¡niña, un vino!” respondiendo como si de un acto reflejo se tratara “¿blanco, tino o rosado?” .

Todo cambió con el son de los tambores de El Último allanando el camino hacia una banda sonora no original pero sí particular. El tiempo se detuvo por unos instantes y mientras abrillantaba cubiertos se sucedían canciones que me hacían a ratos mover tímidamente los pies (y no tan tímidamente que Rafa, mi jefe, más salao él que ni sé, se rió un buen rato al verme bailar con la escoba) y a ratos escalofriarme por completo.

Con El tonto Simón fregaba los suelos del salón comedor. Con Debajo del puente colocaba servilletas en los platos a la vez que asaltaban mi cabeza razones por las cuales me habría de sentir afortunada.

Como si de magia se tratase conocí a Fernando con su mulata sonrisa y esos andares de colegial repeinado al son de Te deseo. Sus indagadoras preguntas me hicieron abandonar mis tareas de fregadero –atestado de tacitas de café- para dedicarme a contestar con soltura inocencias que creía olvidadas.

Barrio ponía el punto nostálgico en un atardecer rojo y fresco como una sandía haciéndome recordar las calles de mi viejo pueblo mientras degustábamos unas pizzas -¡quién lo diría tratándose de un asador!- durante un merecido descanso y sabiendo que las cenas estaban ahí a la vuelta de la esquina.

Goles de baratillo que ponían en jaque a las grandes formaciones del fútbol nacional ambientados con Pastillas de freno y que encumbran a uno de los humildes, al Getafe, a la cima de la Liga.

Ana Belén sin su Víctor Manuel liaba mi mejilla y los pequeños labios de Fernando mientras me iba yendo ya por las escaleras con una estúpida sonrisa en la cara y el eco de su pregunta tan inocente como expuesta “Calamity, ¿podemos ir juntos mañana al cole?”. Claro que sí, pequeño.

Feliz entrada de semana a todos. Un beso. Calamity.
 
Haciendo de Relaciones Públicas (que eso a mi se me da de perlas)
Queridos blogueros, estoy hecha un trapo. Llevo toda la semana acostándome a eso de las dos y levantándome a las siete o antes. Un horror (eso sí, el proyecto me está quedando maravillosamente bien. Ya os contaré, ya).

A lo que voy. Ayer estuve, entre horas de trabajo y horas de trabajo, visitando el montaje de la exposición de mi profesor de Montaje Creativo Paco Pérez Valencia, del que sólo puedo hablar con admiración. Nunca había estado en ninguno –salvo en el de Doce Miradas, mi exposición de fotografía, que, ya sabéis, la monté medio pedete. Lástima de Diariogratis.com que no funciona para que lo releyerais- y la experiencia ha sido mágica. Ver cómo las piezas se van configurando en un todo homogéneo… Una especie de milagro.



Y ahora sí que sí, al grano. Hoy es la inauguración. Me gustaría que, si sois sensibles a esto del arte y tenéis un ratito para pasaros por la exposición, que lo hagáis, que paséis. Yo voy a estar allí desde las 20.00 horas hasta casi las 22.00 con toda seguridad. Os paso la dirección:
· Galería de Arte Ángel Romero · C/ San Pedro, nº. 5 · Madrid
· Inauguración de Bailando en la oscuridad, obra de Paco Pérez Valencia, a partir de las 20.00 de hoy y hasta mediados de octubre.

Más información: www.artemadrid.com (pincháis en la galería de Ángel Romero y allí se ve una breve historia) y www.galeriaangelromero.com (la página particular del lugar).

¿Nos vemos? Nos vemos. Un besito. Calamity.
 
Taza y media
I. LA FAMILIA CRECE
Sí, mis queridos blogueros. He de decir que, por si no fuera poco con la invasión de cuquis –cucarachas para aquel que no sea competente en la materia- que de vez en cuando se hace sitio en la cocina del zulo madrileño, hemos aumentado el número de habitantes potenciales de mi hogar. Vamos, que mi compañero de piso ¡¡¡SE HA ECHADO NOVIA!!! (Por fin, dios mío, por fin has escuchado mis súplicas). Pensé que se iba a quedar para vestir santos después de esa manía persecutoria suya a la hora de elegir una pareja. Madre que, como decía otro colega de la cuadrilla –mi queridísimo L-, había que hervírselas antes de que las catase. Tantos años juntos y esta es la segunda novia que le conozco.

Esto… Oops, se me ha olvidado un detalle: aún no la conozco.

Claro, claro, claro, que mi compi es más hermético que un Tupperware y a mi no me ha contado nada… Que me he enterado gracias a la increíble soltura de lengua del amigo Litros…

Vamos, que estoy que no me lo creo. Que todavía no he llegado a casa y me he encontrado la puerta cerrada de la habitación, pero que cuando suceda –seguramente pronto a juzgar por los lotazos que se estaban dando el pasado sábado según ciertos dimes y diretes-, descorcharé un buen vino tinto de Rioja (o Ribera; cómo se enteren los de mi tierra) y lo celebraré. Ay virgen, virgen, para un fin de semana que hay algo insólito que ver en Madrid y yo por ahí perdida a trescientos y pico kilómetros…Y hasta aquí puedo leer Mayra.


II. SOLSTICIO DE OTOÑO
Me voy a tener que ir acostumbrando al solsticio hiemal en el trabajo, esto es, a seis meses de la más absoluta desidia y otros seis meses de curro a ritmo desenfrenado. Si sois un poco despiertos, os habréis dado cuenta de que estoy en esa parte del año en la que la noche se hace con el día. Hijos míos, no doy abasto. No tengo depre post vacacional porque aún no he tenido tiempo de pensar que estoy reincorporada al trabajo. Eso sí, bendito sea. Siempre me he gustado más de la noche. ;)

Por si fuera poco mañana tengo la presentación del proyecto final del postgrado en Museografía y, lo peor, NO LO TENGO NI MEDIO HECHO. Vaya nochecita que me aguarda… Eso sí, he estudiado como una jabata. Todo el día con libros pa’cá, libros pa’llá y venga a pasearlos por el Metro, y venga a pasearlos por Palencia. Total para nada (voy a dejar mi papel de protomártir por un momento: le he pedido una prórroga a mi profe. Uff).



Y, no vamos a mentar la sacro santa quedada organizada -queriendo y sin querer- por la Divina (http://blogs.ya.com/ladivinagilda) que, aunque parezca que no estoy haciendo nada y sí, es cierto, poco estoy haciendo, algo hago. Hoy viendo el correo me he dado cuenta de que ya está el sitio para yantar escogido… Tarde, mal y nunca. Así se titularía mi biografía.

Horrorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Acabo de recordar que este fin de semana trabajo de camarera… Un válium, por compasión, un válium.

¿Comprendéis ahora porque ni comento, ni leo, ni escribo, ni veo mi correo, ni nada de nada? -eso sin contar con la persecución contra el golpe de tecla y la llamada telefónica intempestiva en horario de trabajo… Lo siento en lo más profundo de mi corazón chicos. En algún momento llegará el próximo solsticio.

Besos para todos. Calamity.
 
Casitas de Muñecas
Desde que tengo certeza de mi misma sé que me han gustado las casitas de muñecas. Sí, estas casitas, normalmente construidas con madera a cierta escala, que poseen todos los detalles –desde iluminación hasta ¡agua corriente!, claro está, las más curradas-, que tienen sus propios inquilinos y familias casi vivas que van creciendo en función de la disponibilidad monetaria del dueño de la casa en cuestión.

Tal afición es muy posible que naciera a raíz de las frecuentes visitas a la casa de la tía de varias primas mías que tenía una de estos hogares artificiales en los cuales nos embebíamos horas y horas con los mil y un detalles. A Yeya, la tía de mis primas, nunca le importó que pasáramos el rato con aquel trasto tan caro, que vistiéramos y desvistiéramos a los muñequitos de porcelana y que de vez en cuando se rompiera por culpa de un "accidente doméstico” alguna de las puertecillas de la diminuta alacena. Cuando regresábamos a casa de Yeya la casa continuaba en perfecto estado de revista.

El día que cumplí 26 años –la que suponía entonces la edad perfecta- llegó por fin mi ansiado tesoro: una caja-kit de montaje para hacer una casita de muñecas (prefiero construir yo misma la vivienda antes que una que ya venga totalmente hecha con una impecable factura inglesa). La emoción del momento hizo que se me saltaran las lágrimas (¿verdad, Paquete?).

Al poco de tener entre mis manos el pesado embalaje lo deshice casi por completo para ver qué era lo que allí había. Parecía increíble que una casa cupiese en tan poco espacio. Lo primero que saqué fueron los planos. Era perfecta. Una perfecta casa al más puro estilo Barrio Francés de Nueva Orleáns, mi ciudad preferida de los Estados Unidos. Eso sí las fotografías de dicha “mansión” venían con el color de sus paredes en un poco acertado rosa chicle. Pero aquí entraba en juego mi “buen gusto” para decorar la fachada con los colores blancos y azules o verdes o rojos tan característicos de la zona.

En ese momento mi imaginación se echó a volar y me supuse a todos los habitantes de ésta. Sería una pareja multirracial. Ella blanca y quizá un poco pelirroja o muy pecosa. Trabajaría como asistente social, probablemente, o en una ONG. Él negro y músico de Jazz, ¡cómo no!, pianista. En el ático de la casa estaría instalada la sala de reunión y ensayo de su grupo. Sería la perfecta pareja de bobo’s (bohemian bourgeois), sociologicamente hablando. No sé si tendrían niños, por el momento. El dinero de mi bolsillo no me daba para moldear un par de churumbeles o tres, pero posiblemente los tendrían. Eso sí, la casita estaría llena de flores y con varios perros. Uno de ellos un Setter Irlandés (como mi enano Señor Flöyd).

Mi casita de muñecas aún no está construida (no han habido ni tiempo ni dinero). Pero si lo estuviese, posiblemente sería la única que quedaría en pie de todo Nueva Orleáns.

Besitos. Calamity.

PD. Quería mantenerme al margen del debate político que la noticia del huracán Katrina a su paso por EEUU ha originado. Podría hacerlo y de hecho me apetece poner verde a más de uno por las desgracias que están sucediendo, pero paso. Si fueran simplemente humanos –que no lo creo a tenor de las circunstancias-, ya se sentirían los suficientemente mal como para presentar la dimisión. O, ¡qué menos!, ir directamente a Nueva Orleáns para poner su granito de arena como lo ha hecho gente tan increíble como Sean Penn (que demuestra que, además de ser un buenísimo actor y director, es una grandísima persona dejando atrás su glamour hollywodiense, calzándose una katiuskas para el agua y una camiseta de baratillo y arrastrando botes por las inundadas calles de la ciudad intentando rescatar a los más débiles, a todos aquellos que han perdido todo). Necesitan ayuda y punto, independientemente de los pelamanillas que los gobiernen.

PD 2: Sólo una mención al horripilante titular que leí anteayer en uno de esos periódicos que regalan por las mañanas en las entradas del Metro de Madrid en el que ponía con caracteres legibles casi hasta para un ciego: PIDEN AYUDA COMO LOS PAÍSES TERCERMUNDISTAS. Creo que era el periódico “Qué”; lo más seguro a juzgar lo sensacionalista del titular. Basta ya de tanto amarillismo periodístico, por favor. Señores editores de “Qué”: me da igual que se trate de la nación más poderosa (de ahora en adelante habrá que entrecomillar esto de más poderosa) del mundo la que esté pidiendo ayuda. Lo importante –me repito más que el ajo- es AYUDAR.

Uff, qué agustito me he quedado
 
Toma de decisiones
Mientras se van revelando los dieciséis carretes de fotos que he tomado en Rusia y mientras voy preparando un especial en tres capítulos (eso espero) sobre las capitales del país de los Urales, me vienen asaltando grandes dudas, digamos existenciales, referentes a mi próximo y lejano futuro de las que no encuentro por el momento respuesta.



Me explico: en primer lugar, estudié Periodismo, ejem, Ciencias de la Información porque quería conocer el mundo. El tonto sueño de cualquier plumilla universitario con ansias de corresponsalía de guerra.

He de admitir que también lo hice por rebeldía. Junto con Bellas Artes, Ciencias de la Información era la carrera que menos les gustaba a mis padres de la lista que les mostré hace ya –me dan escalofríos sólo con pensarlo- catorce años. Por supuesto se encargaron de hacerme saber primeramente que Bellas Artes para ellos no era una carrera (antes muertos que tener a una hija artista medio paranoica y bebedora compulsiva de absenta... ¡Para qué les regalaría aquel libro de Van Gogh!). Ellos me veían como una hacendosa veterinaria de perros y gatos, con una consulta anexa a su casa, en mi pueblo. Yo me veía (siempre que hubiese elegido aquella plaza de la Universidad de León) como investigadora en Bengala para frenar la extinción del tigre endémico hindú.

En segundo lugar, los años me están empezando a dar la razón: tengo complejo de culo inquieto. De mi corta y frustrante vida laboral no he pasado de estar más de dos años en el mismo sitio. Enseguida me aburro. En cuanto conozco los entresijos y el know how de la empresa el tedio se apodera de mí. Y no digamos cuando estás trabajando en un lugar en el cual no hay nada para hacer, vamos, que no hay proyectos. Para mí eso es la muerte en vida. Para más inri es lo que me está sucediendo ahora. Llevo un año en mi actual puesto, me van a hacer contrato indefinido –algo casi imposible en el roñoso mundo de la comunicación comercial, llámese Publicidad, y no comercial, llámese Periodismo- y yo sólo estoy pensando en reorientar mi carrera. Pero... ¿hacia dónde?

He hecho casi de todo en esto que se llama Sector de la Comunicación. Empecé como corresponsal (que sepáis que también existen las corresponsalías en las remotas zonas de la geografía española donde lo más interesante que puede pasar es que se le cruce una vaca en la carretera al que trae el pan bimbo a la localidad). Seguí como cronista deportivo. Como me pagaban una auténtica miseria –mi madre decía que gastaba más dinero en suelas de zapato y tenía toda la razón- me vine para los madriles a trabajar como diseñadora gráfica. La dirección de arte también me atrae, aunque sea la otra cara de la moneda respecto a lo que la redacción se refiere. Aquí me pagaban de lujo, pero sólo duró dos años. Luego he ido rotando por estos mundos de dios hasta el punto de llegar incluso a ser locutora de radio en un programa nocturno que combinaba con mi trabajo diurno en una aseguradora. Hasta que mi cuerpo dijo basta. Dos experiencias laborales más, una horrible, la otra paradisíaca y efímera –como casi todo lo bueno- me trajeron a donde estoy ahora…

- ¿Qué coño hago con mi vida? ¿Hago un máster? Si es que sí, ¿de qué? ¿relaciones públicas, dirección de arte...?

- No, este no, que los directores de arte los empiezan a jubilar a los cuarenta y entonces no me da tiempo a amortizar el máster (este es mi otro yo, el que a veces es más racional y pausado y que normalmente viene jodiendo la marrana).

- ¿Periodismo cultural, político, de naturaleza y viajes, si existe? Claro, que el de relaciones públicas sería para trabajar en una institución museográfica que para algo estoy estudiando museología...

- Pero, Calamity, ¿no acabas de decir que la empresa te aburre? Hija, ni tú te aclaras. (Pero, ¡vamos a ver! ¿Quién coño le ha dado vela en este entierro?).

- Mejor me doctoro. Sí, empecé a recopilar información en segundo de carrera y ya tengo algunas cosas escritas sobre semiótica...

- Pero... ¿para qué sirve, profesionalmente hablando, un doctorado? Cal, ya te licenciaste con notaza y de nada te ha servido. Escribe un libro tipo tesis y fórrate. (Pues a lo mejor no es tan racional como parece este otro yo mío, el muy soplapollas).

- Qué no, tampoco. Los ensayos no los lee en este país ni dios. Mejor estudio otra carrera, no sé, Antropología que me convalidan hasta cuarto... O Historia, que siempre me ha gustado... O Bellas Artes…

- Cal, los historiadores y los artistas se mueren de hambre. ¿No querías aprender un idioma en condiciones? (Es verdad, no es tan tonto).

- Ya, pero, ¿cuál? Inglés ya sé. El francés me gusta. Bah, creo que me gusta por Serge Gainsbourgh, por poder leer a Baudelaire, a Zola, a Flaubert en su idioma, por Edith Piaf, por Dominique A... en el fondo, hoy en día, no vale para casi nada. Alemán estoy aprendiendo, lento porque mira qué es reacio mi paquete a enseñarme lo poco de lo que él se acuerda... Árabe. Sí, esta es la elección.

- Y te vas a la franja de Gaza como corresponsal.

- ¡Eso!

- Y a tu madre le da un soponcio. (Es verdad...) ¿Qué tal chino?

- ¿Mandarino o cantonés?

- Cualquiera. China es un mercado en alza...

- Ya, pero el mundo empresarial me aburre... Joder, qué incertidumbre.
 
Depresión post vacional. Y ¿eso qué es?
Pues bien. Ya estamos por aquí de nuevo y en todos los sentidos. Estoy en la ofi, delante de mi Mac blanco inmaculado, esperando a que mis jefas hagan acto de presencia mientras me pongo al día del mundo blogueril –pero ¡cuánto escribís, leche!- y de los proyectos que quedaron a la mitad antes de las vacaciones y teniendo la sensación de que el último mes ha sido una especie de sueño lejano que casi no existió. Una especie de dicebamus hesterna die de Fray Luis de León.

Me gusta reincorporarme a la rutina de madrugar, de subirme en el Metro con la legaña pegada al ojo, de tener un ratito a solas conmigo misma mientras me encamino hacia el trabajo, de desear que llegue el viernes para “descansar”. Sólo la falta de tiempo que acarrea un trabajo monótono es la que me hace tener más tiempo libre que cualquier mes de vacaciones. Estoy un poco masoquista, ¿no?

Tengo tanto, tantísimo que contar, que me he quedado totalmente bloqueada. No sé por donde empezar. Por el principio, diréis algunos. ¿Qué principio? Esto es como la estructura de las muñequitas rusas –nunca mejor dicho- que de una sale otra hasta llegar al meollo de la cuestión. ¿Empiezo por el meollo o voy poco a poco dejando que la cebolla se vaya desprendiendo de sus capas? Y no quiero que ocurra lo mismo que sucedió con Lisboa y con París... Tanto remar, tanto remar para morir a la orilla. Hum, tengo todo un fin de semana para pensarlo y empezar a escribir en condiciones.

Os he estado echando de menos, coño. Calamity.