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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, mi difunto blog es eso, un difunto, así que naranjas de la China.
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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Las tres romas
ROMA, Italia
Llegué a Roma un atípico día primaveral dado el calor que hacía ya en marzo en la capital italiana. Era mi primer viaje al extranjero de verdad. Lo más cerca que había estado de la frontera española fue en Tuy intentando "sobornar" a un guardia civil de la aduana para que me dejase poner tan sólo un pie en tierras lusas. No hubo manera. Todavía no estábamos en la Unión Europea y mi estatura apenas superaba los cinco pies de altura.

Pero a Roma entré por la puerta grande. Dos horas de viaje en avión que, a pesar de los diversos objetos de entretenimiento que se hallaban en mi regazo, no consiguieron despegar mi nariz de la ventana. Quería ver qué era lo que había allí abajo; si realmente existían las fronteras que nos marcan en los mapas políticos o que si al pasar de España a Francia o de Francia a Italia sucedía algo mágico en la orografía del terreno. Nada.

Mi ansia por devorar aquella ciudad eterna hizo que tras llegar al hotel, casi en frente del Palacio de Quirinal, ni deshiciera la maleta y me lanzase a conocer todos y cada uno de los rincones que la Historia había dejado marcados. Es curioso pero casi lo primero con lo que nos topamos fue la Fontana di Trevi, atestada de turistas ávidos de una instantánea típica. Mi moneda se quedó allí. Tras caer al fondo de la fuente mis ojos no volvieron hacia atrás a mirar el soberbio monumento y huí corriendo por las callejuelas romanas albergando en mi ser la posibilidad de regresar allí algún día.


ESTAMBUL, Turquía
Constantinopla entró en mi corazón ya a unos cientos de metros de altura. Después de una breve escala en la ciudad donde nació mi adorado tormento (Frankfurt para aquel que no lo sepa), retomamos aquel límpido cielo azul plagado de nubes para llegar a la Segunda Roma. La sensación desde allí arriba, bordeando el Cuerno de Oro, fue no de estar en otra ciudad sino más bien en otro mundo. La vista no alcanzaba los límites de tan gran urbe salpicada por infinitas cúpulas y minaretes que nos hacían chanza como diciéndonos “sí, aquí seguimos, pese a quien le pese”.

Dispuestos a una aventura urbanita sin parangón nos lanzamos a la búsqueda de la orilla asiática a las siete de la tarde del frío febrero turco metiéndonos y perdiéndonos mil veces por aquellas angostas calles que bajaban hacia el puente que nos llevaba hacia la Torre de Galata. Curiosidades de la vida, en el mismo puente nos encontramos con dos españoles que tenían el mismo deseo que nosotros pero con un objetivo diferente: llegar desde Estambul a Medina y más tarde a La Meca (tres ciudades santas según el Islam).

Nuestros diez días turcos invadieron mi ser para siempre hasta el punto de desear que mis huesos (o cenizas) descansen en aquella vasta Bizancio plagada de cementerios con café, apple tea, y Backgamon, con vendedores de alfombras y dispensadores de sonrisas por aquí y acullá. Con la alegría por el detalle mínimo que sólo la cultura otomana sabe llevar con la cabeza bien alta.

Esas murallas marítimas de la antigua ciudad del Emperador Constantino se despedían de mi, con lágrimas en los ojos, mostrando en sus viejas piedras siglos y siglos de muda sabiduría mientras me iba de allí asomada desde la ventanilla de un taxi de marca Tofas.


MOSCÚ, Rusia
Tras la caída del Imperio Romano las extensas llanuras del Este y del Norte de Constantinopla comenzaron a recibir las visitas de algún que otro evangelizador. Así los escitas fueron rápidamente cristianizados, también gracias a la inestimable ayuda de las órdenes germánicas (una interesante muestra de la rápida adaptación de los pueblos del Este a la nueva cultura nos la describe Günter Grass –con su Danzig natal- en la interesante novela El rodaballo).

Kiev, por entonces la capital del nuevo y grande principado, comenzó a perder poder frente a un pequeño asentamiento ruso construido con madera en la colina Borovinski, entre los ríos Moscova y Neglinnaia. En 1.147 nace Moscú.

Años más tarde será Iván III, tras casarse con la sobrina del último emperador bizantino, quien convertirá poco a poco a la ciudad moscovita en la Tercera Roma sustituyendo la madera de sus murallas y edificios por piedra y afianzando los preceptos de una nueva religión, la ortodoxa.

Queridos amigos la que aquí escribe, mejor dicho, teclea estas letras, se marcha a conocer esa denominada Tercera Roma. ¿Será también Moscú capaz de robarme un trozo de corazón?

Ahora sí que sí comienzan mis verdaderas vacaciones.

Do Svidanaia, Calamity.
 
El último eclipse del siglo XX
Parece que la cosa va de homenajes. Ya dije en su momento que este mes de agosto está lleno de fechas importantes: los cumpleaños de paquete y de mi madre y el día de hoy.

Hoy podría hablar de música. Más que nada porque justo hoy actúan U2 en Madrid-grupo fetiche mío durante muchos años- y podría contar infinidad de anécdotas para poder coger unas entradas durante una fría madrugada en pleno centro de la capital. Pero eso lo haré otro día. Tal vez mañana, una vez que sepa cómo lo hicieron y me queden muñones de tanto comerme las uñas (aunque sinceramente lo dudo pues mi estado de ánimo no está en condiciones).

No. Hablaré de algo mil veces más importante que cualquier grupo de música y que cualquier cosa en este mundo: mi padre.

Justo hoy hace seis años sobre las ocho y poco de la tarde fallecía mi padre en un hospital palentino después de haber luchado contar el cáncer durante dos años y de haber luchado contra viento y marea toda su vida. A estos los ganó. A aquel, nada, vino a derecho y le dijo "ya eres mío".

Compartir 23 años y pico de mi vida con aquel ser único ha sido lo mejor que me ha pasado. Mi padre siempre quiso tener un hijo varón, pero llegué yo y además muy tarde. El padre primerizo rondaba ya la cincuentena. El hecho de que su hijo fuese al final una niña no impidió en absoluto que ambos formáramos equipo de por vida.

En fin que cualquiera diría que iba para fraile. Estudió con los hermanos maristas teniendo como telón, escenario y fondo el precioso convento de San Zoilo en pleno Camino de Santiago. Pero pronto decidió que se gustaba más de mirar faldas que de vestir una triste sotana conventual. Abandonó el seminario y se fue a trabajar a la mina.

La vida era difícil. España acababa de salir de una cruenta guerra civil que se había llevado por delante a mucha gente, entre ellos a dos de sus hermanos (Mariuca y Lolín). Mi padre y su familia pasaron mucha hambre y siempre le gustaba contar, no sin cierta tristeza clavada en sus oscuras pupilas, aquellos años en los que guardaba los mendrugos de pan de la cartilla de racionamiento durante toda la semana para "pegarse la tripada" los domingos. Los Reyes Magos de entonces no venían cargados de juguetes sino de chocolate y nueces. Un día mágico aquel de la Epifanía.

Los pocos años que pasó en la mina encenagaron sus bronquios de por vida. Dejó las profundidades de la madre tierra y se encaramó a las alturas de los andamios. Colgado allí arriba con una camiseta blanca roída, apestado de sudor, se cruzó mi madre -con su zigzagueante cadera- por su camino. Y se dijo a sí mismo que esa moza iba a ser suya. Y lo fue durante algo más de cuarenta años. Felices, añado.

Melómano incorregible, en mi casa siempre hubo música sonando desde por la mañana. Entusiasta absoluto del Jazz Latino pretendía enseñarme a mi a bailar cuando era una enana y no perdía ninguna ocasión para llevar a mi madre al "baile". Hasta con el Tango se atrevió.

Los domingos por la mañana en mi casa se escuchaba a la Filarmónica de RTVE fuese el concierto que fuera y tal vez por la tarde el soniquete mutaba con notas más actuales que salían de un viejo gramófono. Un jovencísimo Miguel Ríos cantando aquel engendro que hizo con la sublime Novena de Beethoven, o más yeyé con los Brincos, los Canarios, los Payos, o grupos Folk -quizá sus favoritos- como Nuestro Pequeño Mundo.

La lectura fue otra de sus grandes pasiones. Gracias a él yo encontré en los libros formas de vivir y de ser que no hubiera conocido de otra manera. Mientras mi madre se quedaba dando cabezadas en el sofá cuando la televisión escupía aquel Un Dos Tres, mi padre y yo subíamos a la cama, nos poníamos nuestros pijamas y nos acomodábamos cada uno a su lado del colchón con sendos libros. Su gran imaginación le hacía narrarme cada noche una historieta diferente hasta que mis párpados pesaban demasiado como para dejarles arriba prestando atención. Uno de sus cuentos para niños lo presenté en un programa infantil -animada por él que me hizo ilustrarlo- y lo contaron un día de aquellos para regocijo nuestro. Qué pena de vídeo en aquellos primeros 80...

Por todo esto y por mucho más seis años no han conseguido siquiera empezar a llenar el hueco que su ausencia me dejó aquel caluroso 11 de agosto en el cual un asteroide llamado Luna se interpuso entre la Tierra y el Sol como queriendo anunciar que una estrella se iba a apagar al poco rato.

Gracias papá, allá donde estés, gracias.
 
Dicen por ahí que toda persona tiene su complementario en alguna parte del mundo. Parte TRES (y final)
No puedo contaros mi primer beso con paquete. Ni siquiera puedo contaros mi primer, ejem, ya sabéis. El primero porque no me acuerdo. De lo segundo, pues tampoco (ni tú cariño, por mucho que disimules diciéndome que sí). Sé que aquel primer beso fue el primer día que quedamos para ir al cine, pero su evocación no aparece clara en mi mente. Sólo se perpetúa en mi ser el tacto de unos labios carnosos y húmedos recorriendo mi cuello y mi cara. Dos lenguas juguetonas –más la suya que la mía, que parecía de trapo- luchando por ganar qué sé yo. No recuerdo el lugar, ni el momento exacto de aquella noche.

Más chulo que un ocho y sabiendo los tejemanejes que me traía yo con los muchachos de mi pueblo y de los madriles el muy truhán osó mi ánimo. Una tarde de viernes cualquiera me preguntó algo a priori nada sorprendente “qué haces esta tarde”. Nada sorprendente, digo, porque por la tarde se supone que tenía que trabajar y tal fue mi respuesta. Pero lo verdaderamente pasmoso no fue ni la pregunta ni su respuesta sino la que me dio el a mi: “No te hablo de trabajar. Recuerda que soy tu jefe”. Gracias majo, ya lo sé, refunfuñaba yo por mis adentros. Después de eso, llevando como único equipaje nuestros propios cuerpos, nos plantamos en Sevilla en un periquete. Él tenía una reunión a última hora con unos clientes. Yo, así de repente, me puse mala malísima de la muerte. Todo mentira, claro. Vimos la Catedral y da gracias. No me preguntéis por la ciudad que poco más os podré contar de ella.

Ese San Valentín lo celebramos juntos. Éramos los únicos enamorados del restaurante Luna Rossa. También éramos los únicos a los que no les ataba nada, pero les unía todo. Ese día pusimos una fecha de caducidad a nuestra rollete entre piececitos por debajo de los manteles de la mesa y el rodar y rodar de copas de vino de Módena.

Así que llevamos cuatro años sin salir juntos. Pero viéndonos, besándonos, jugando y queriéndonos tanto como en aquellos primeros días de vino y rosas.

Amore, todo esto lo podía haber resumido con sólo dos palabras, esas que nos decimos casi a diario: te quiero. Y añado: con locura. ¿Me permitís que hoy los besos sean en exclusividad para mi chaval? Digo yo que sí. Calamity.


PD. Ay, siento el tostón. No ando muy inspirada últimamente. No es porque no tenga cosas que contar -fliparíais-, pero que no me concentro yo mucho con todo el rollo que tengo yo en casa y aquí rodedada de tanto loco por el videojuego. Sorry mil, quería hacer una bonita historia y dedicarsela a Rober -que es el verdadero nombre de paquete- pero me ha salido un churrillo... En fin.
 
Entre pitos y flautas (más abajo la segunda parte de lo que me traigo entre manos)
Pues eso que entre pitos y flautas el “mañana más” del pasado viernes se ha convertido en una mediana espera para concluir, eso espero, este relato tan íntimo y personal –más que nada porque es real y me pasó a mi misma-. Mi vida se caracteriza, como bien sabéis todos aquellos que leéis esto desde hace tiempo, por sobresaltos y calamidades de todo tipo. Normalmente vienen de dos en dos o de tres en tres. Luego, qué leche, suelo acabar las historias con un final feliz. Ya veis.

Ayer tuve no uno sino dos funerales. El primero, pues bueno, la madre de uno de mis tíos que tenía 99 años. Da pena, no voy a decir que no, pero ella ha vivido lo suyo y además muy feliz. Pero el que me dejó KO fue el segundo, media hora más tarde, de una amiga de toda la vida de mi familia que con cincuenta y pocos años un cáncer se la ha llevado a lo que los creyentes denominan mejor vida. Pobre Rosi, dos lustros de lucha contra un cáncer. Qué pena, en serio.

Pero no os preocupéis. Estoy bien. No hay nada como dar de merendar a una anciana abuelita mía, tan maja y tan sargento ella, que tiene diabetes para que todos los malos rollos se esfumen como si de un sueño se hubiese tratado. Y si después viene tu primo más pequeñín –20 meses que tiene el mozo- y te roba toda la tarde entre gorgoritos diciendo “teta, teta, teta” y carreras detrás de él para que no huyese de la aburrida conversación de adultos, ni os cuento. Sin duda hace honor a su nombre: Rodrigo (anda que ni el Cid era tan movidito de pequeño. La madre que lo parió). Y sin duda me hizo bajar a la realidad más amable que nos muestra la vida: la sonrisa de un bebé.

Y ahora sigo con lo que habíamos dejado entre manos.


DICEN POR AHÍ QUE TODA PERSONA TIENE SU COMPLEMENTARIO EN ALGUNA PARTE DEL MUNDO. PARTE DOS.

Como íbamos diciendo Paquete, que entonces no se llamaba Paquete sino mi jefe-jefe, bajaba día sí, día no para ver qué tal iba aquel asunto suyo que me había mandado. Yo, tan borde como siempre con la autoridad, le enjaretaba un “Pues bien. Cómo quieres que vaya, si esto en una tarde está hecho ya “. El hombre ante tal respuesta no pudo reaccionar (y mira que tiene tablas) y me dijo que se lo enviara por correo electrónico que tenía que revisar los posibles fallos.

Haciendo su currículo me di cuenta de que no era de Las Palmas de Gran Canaria –tiene un marcado acento isleño que no sé de donde le puede haber salido- sino que era nacido en Alemania y que vivía en Madrid por la zona del Vicente Calderón. Además también me enteré concretamente de cuál era su puesto de trabajo y porqué él era mi jefe-jefe.

Me voy por los cerros de Úbeda. A las pocas horas, qué digo horas, a la media hora o así de haberle enviado el correo electrónico con el documento en cuestión, recibí una respuesta cuyo asunto era “Hace un Coffe Break?”. Menos mal que esto de usar anglicismos en el lenguaje común se está pasando de moda. Y, coñe, menos mal que se empiezan a llevar los palabros en latín para dárselas de culto y de businessman. Otra vez por los cerros, no lo puedo evitar. Yo ya me empezaba a ablandar con mi jefe-jefe. Me resultaba extraño que quedáramos en la cafetería de la empresa, pero bueno. Allá que fui puntual como un inglés a las doce, hora de la “cita”.

Chicos, menos hablar del puñetero currículo, hablamos de todo. No recuerdo muy bien de qué, pero sé que sólo hubo una pequeña reseña a los fallos del documento.

Subsanados dichos fallos volví a enviar un correo electrónico a mi jefe-jefe. Esta vez la invitación que él me hizo no fue para la cafetería de la empresa sino para una arrocería que había en el Sexta Avenida, uno de los centros comerciales más pijos de Madrid. Pues vale. Para allá que me fui, eso sí, hasta me maquillé y todo y me hice un recorte de puntas (bueno, que por aquellos entonces iba con el pelo cortito).

Luego llegó la invitación al cine. Fuimos a ver “El Bola” de Achero Mañas. Pero antes quedamos en una cervecería de la Plaza del Carmen de Madrid. Yo no había cenado nada. Me había dedicado a ir de tiendas para estar impecable esa misma noche. Paquete, esto es, mi jefe, ya me tenía medio encandilada. Por no decir completamente chiflada.

Por supuesto que fuimos al cine. Pero después me enseñó lo más cool de la noche madrileña. Todo pagado. No me gasté ni un duro. Llega un momento de la noche en el que yo ya pierdo el sentido. No recuerdo nada. Por lo visto estuvimos en la Chocolatería San Ginés a las tantas de la madrugada, pero yo sólo recuerdo darme la vuelta en la cama y decir “¡¡¡Redios, mi jefe está en mi cama!!!” y saltar del catre como si de una serpiente pitón se tratase. Conste, chiquillos míos, que el chaval se portó bien conmigo y no “abusó” de una borracha inmunda como yo (por más que la menda insistiera). Hale, otro punto más para ser el hombre de mis sueños. El hecho de que después disfrutara de un enano con los dibujos animados y que le entusiasmase comer pizza –del telepi, no penséis que una tenía comida un domingo en la nevera, no; qué desastre- también le hizo sumar puntos.

Nuestra “relación” parecía que tiraba para adelante. Nada había de oficial en el asunto y pocos eran los que sospechaban que el jefe y la plebeya tenían algo más que palabras y encargos entre ellos. Paquete no quería que se enterasen en la empresa. Yo no quería que se enterasen en mi círculo de amigos porque (sentaos) se me acababa de caer el anillo de compromiso que traje de mi pueblo y un par de rolletes madrileños que frecuentaba en aquellos momentos.

Pues nada, que ya me he cansado. Que os voy a dar la brasa con una tercera parte. Eso sí, la última y por supuesto más breve (eso digo ahora que como luego me ponga a pegar a la tecla, no tengo límite). Besitos y esperad, esperad. Calamity.
 
Dicen por ahí que toda persona tiene a su complementario en alguna parte del mundo. Parte UNO.
El día que llegué a la capital del reino nunca me figuré que aquel personajillo cotilla, señoritingo, fanfarrón y con los ojos masculinos más expresivos que me había encontrado por estos mundos de dios fuera a compartir conmigo cinco de los más maravillosos y tormentosos años de mi vida.

Arribé en Madrid una tormentosa tarde de marzo prácticamente con el anillo de compromiso situado en el dedo anular de mi mano izquierda y con una familia en la lejanía que abandonaba por un sueño –aún no cumplido por cierto-: llegar a algo en el mundo de la comunicación. Empezaba desde abajo, como becaria. Una gran empresa de nuevas tecnologías me había brindado la oportunidad de aprender desde cero con ellos qué era eso de trabajar de verdad. Hasta entonces sólo había tenido pequeños empleos mal remunerados y muy absorbentes.

En esta nueva empresa me encontré con algo que a priori no me gustó y que mirado desde la lejanía pienso que es una circunstancia difícil de darse en cualquier ámbito laboral con posibilidades de promoción: compadreo. Allí no existían ni jefes ni empleados -excepto el jefe-jefe que sí era jefe y había que rendir pleitesía cada vez que aparecía- y todos o casi todos estábamos en la misma diáfana habitación. Tres de mis compañeros de trabajo eran especialmente pesados. Siempre querían que saliese con ellos a tomar algo los jueves, día en el que la biutifulpipol de la empresa se reunía en una sidrería de Madrid. Tanto insistieron que un día, deprimida como la que más, accedí a una juerga con ellos. Pensaba aquello de que perro ladrador poco mordedor. Si alardeaban tanto delante de las chicas de la empresa, fuera, con el disfraz de la normalidad, serían unos cortados de mucho cuidado. Me equivoqué.

A la mañana siguiente me enteré que había estado de fiesta con mis jefes. Desde aquel momento decidí que no quería saber más de unos jefes que me tiraban los tejos entre culete y culete de sidra.

Pasó el tiempo. Yo fui a trabajar a una gran empresa de la radiodifusión televisiva de este país subcontratada por la presente. Estuve casi un año y medio exiliada fuera de la nave nodriza. Yo a mi bola. De vez en cuando veía a los jefazos que venían a hacer una visita de rutina para ver qué tal iba el proyecto. Pero nada más. Casi ni un hola nos decíamos.

Regresé a la nave nodriza. Me sentía extraña como la que más. No me apetecía, sinceramente. Habíamos cambiado de edificio y la empresa había multiplicado por dos su capital humano. En fin que no conocía a casi nadie y que ahora los jefes estaban en las plantas de arriba separados del vulgo, es decir, de nosotros.

A los pocos días Paquete, mi jefe de antes de irme y mi jefe en aquel preciso instante, bajó del Olimpo al Averno para mandarme uno de sus trabajillos: diseñarle un currículo. ¿Cómo? Me quedé expectante y difusa pensando el porqué de tal encargo. Pero lo hice. Caramba, que era mi jefe.

Mañana más. Besitos, Calamity.
 
Para todo lo demás: Misss Calamity
- Llegar de Madrid a mi pueblo: ocho horas del domingo (la distancia en kilómetros es de 333 entre ambas villas).

- Ir a buscar a mi abuela a la residencia: toda la mañana del lunes.

-Acomodar a mi abuelita en la Quinta de los Sustos e ir a ver a la abogada de mi madre: toda la tarde del lunes.

-Limpiar uno a uno todos los libros de la librería de la Quinta y, por supuesto, limpiar la biblioteca con sus mesas, sillones, sillas, recoger los trastos allí acumulados, pasar el aspirador por las cortinas, fregar el suelo de madera, etc, etc, etc: todo el martes y casi todo el miércoles.

-Tomarme una cañita con mi prima Eus, varios familiares más y un agregado: tarde noche del miércoles.

-Sacar la hamacas y limpiarlas. Sacar las sillas y limpiarlas. Regar los tiestos, regar el jardín. Podar los rosales (las rosas pochas) y los bonsáis (que habían perdido toda la estructura de árbol enano), etc, etc, etc: toda la mañana del jueves.

-Empezar a limpiar la casa de tu abuela que lleva más de dos años cerrada a cal y canto (ni en el video de Lulaby de The Cure había tantas arañas): tarde del jueves y lo que te rondaré morena.

DARTE CUENTA DE QUE HAS JODIDO UNA SEMANA DE TUS VACACIONES Y QUE AÚN NO HAS HECHO NADA INTERESANTE: NO TIENE PRECIO (ni tiempo posible por recuperar).

Vaya caca de vacaciones, en serio. Ni de navegar un ratito por Internet tengo tiempo, aunque sinceramente esto no me quita el sueño. Lo que realmente me fastidia es que aún no he visto a mis colegas, todavía no me he ido una triste mediamañana para tomarme un blanco, sólo leo a partir de las doce de la noche y, teniendo que madrugar, no es plan. Un asco, dios mío, mis primeras vacaciones largas en cuatro años y no hago otra cosa que limpiar y limpiar y venga a limpiar. Hasta las mismísimas que estoy.

Eso sí esta noche ya pueden caer chuzos de punta, ya puedo tener una entrevista con la asistente social del ayuntamiento a primerísima hora de la mañana, que anuncien que la guerra nuclear empieza mañana, me importa un pepino: YO ME VOY A UNA FIESTA CHILL OUT (¿?) EN MEDIO DEL PINAR Y LA PLAYA DE MI PUEBLO. He dicho.

Oj, qué bien viene esto del blog para desahogarse un ratito, coño. Hale, me voy a ver qué hay de nuevo por la blogosfera para desestresarme un ratito.

Besitos para todos. Calamity.


ACTUALIZACIÓN POSTDATIL A ESO DE LAS 21.40 HORAS.
PD. Que se me olvidaba (si es que, estoy en la parra): FELICIDADES COOLAZUL (http://blogs.ya.com/lavidaenazul). Ni llamarte he podido, vaya, y que me acabo de acordar también ahora mismo hijina.

PD 2: mañana es el cumpleaños de la persona que más me ha apoyado y más me ha aguantado en uno de los peores momentos de mi vida: Paquete. Cariño mío, si lees esto, que sepas que estoy separada de ti, pero que cada segundo de los días ha girado en torno a ti. Te echo de menos. Me encantaría escribirte el post más bonito del mundo, pero prefiero darte los millones de besos que la distancia nos roba. Prometido queda un artículo para ti, para el hombre al que más quiero.