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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, visita su difunto blog
Sindicación
 
Delia. Parte I (tampoco sé si habrá parte dos. Me empieza a caer mal esta chica)
Delia era una todavía una niña pequeña cuando empezó a tener un contacto con la realidad ajeno a lo que correspondía para su edad. Ella no era consciente pero, mientras las mayores preocupaciones del resto de críos eran del estilo “quiero tener una Barbie” o “Miguelito me ha tirado del baby” , sus desasosiegos adquirían un tono adulto gracias a la escucha de barbaridades como “ésta no es de mi familia” dichas por el propio abuelo –por poner un ejemplo- de la pequeña y delante de ella, sin cortarse un pelo.

Por un lado entre algodones, por otro sobre el cemento más frío Delia fue creciendo de dos maneras diferentes. Fue creándose un mundo a medida, probablemente idealizado, del cual no tuviera constancia nadie de los que la rodeaban para poder escapar de las injusticias contra su persona sin saber a cuenta de qué. Se mostraba cariñosa y arisca, parlanchina e introspectiva, traviesa y responsable, en compañía, pero sola.

Tuvo tan poca suerte que los quince años no fueron para ella los de la niña bonita. Un cuerpecillo escuchimizado y el acné juvenil, que no perdona, le hicieron parecer durante años la fea de la clase. Bajita, plana, sin conversación y con gafas. Así que el primer soplapollas que se cruzó por su camino y le hizo creer por un momento que era alguien especial, se la llevó al huerto sin ningún tipo de esfuerzo.
Después de eso Delia cambió. Pero para peor (o para mejor, según se mire). Se dio cuenta –maldita sea la hora- que no quería ser esa chiquilla que había venido siendo, que tenía que hacer algo para que “los demás” la aceptaran. Y así empezó a ponerse retos cada vez más inalcanzables. A veces llegaba. La mayoría de las veces no.

Poco a poco se fue dando cuenta de que adaptarse a las necesidades de los demás no era el camino. Por mucho que quisiera complacer a todos los que la rodeaban siempre perjudicaría a alguien que también pululase a su alrededor. Pero ya habían pasado años desde que empezara a estar para todos. La gente se acostumbra mal. Y las actitudes son de difícil canje (y lo digo por Delia que era la que se comía el tarro).

Y ahora empezaba otro nuevo recorrido vital: saber qué era lo que quería ella.
 
INTERPOL. Live in Madrid, 25/04/05.
Con sólo dos discos en el mercado y varios ep’s los neoyorquinos Interpol han conseguido meterse a la crítica y al público en el bolsillo. Si bien es verdad, este éxito repentino de su segundo largo –Antics-, que ha logrado incluirlos tímidamente en el mainstream de las listas de media Europa, no les ha favorecido en absoluto. Nunca me ha gustado ir a conciertos en los que un grupo de fans enloquecidas por la belleza del cantante soterrara su impresionante voz bajo los chirridos desafinados de sus gritos. Un horror.

Al margen de las niñatas y niñatos, el concierto que ofreció Interpol en Madrid el pasado lunes nos dejó con buen sabor de boca. Qué digo, muy buen sabor de boca. Comenzaron puntuales cual ingleses, tocaron correctamente todas las canciones del repertorio elegido (con más canciones de Antics que de Turn on the Bright Lights), ecualizaron la sala de manera impecable (lograron acoplarse y desacoplarse las guitarras a su antojo en función de las canciones, como en "Say Hello to the Angels", algo que se agradece), el público entregado, el ambiente oscuro y melancólico. Una hora y media penetrante intensidad.



Quedaron claras varias cosas tras asistir al concierto. El líder indiscutible –hay que decir que los cuatro tienen un carácter muy definido en el escenario- fue Carlos D, el bajista. Sólo con recordarlo aún se me eriza el vello. El nivel alcanzado en el directo ofrecido me hacía recordar sin ninguna duda a Simon Gallup (bajista a ratos de The Cure), a Andy Rourke (bajista de The Smiths) o incluso a Peter Hook en su época con Joy Division debido a esa ejecución pulcra y fascinante de cada una de las piezas que se iban sucediendo, pero con estilo propio. Carlos D es posible que pase a la historia de la música actual (si el marketing los deja) como uno de los mejores bajistas de principios del Siglo XXI. Eso espero. Yo le daré mi voto a él.

Otro aspecto indiscutible es la maestría de Sam Fogarino con los platos. Condujo la potencia del concierto a su antojo. Si quería hacer vibrar al gentío, lo conseguía. Si quería relajarlos, también. Su dominio del High Hat es posible que sorprendiera a más de uno. Sus cambios de ritmos totalmente dominados. Cosa por otra parte harto necesaria si vas a ser batería de Interpol.

Tampoco hay que olvidar a los otros dos integrantes del grupo: Daniel Kessler (guitarra y coros) y a Paul Banks (voz principal y guitarra) que cada vez canta mejor. Se va deshaciendo de esa etiqueta que le colgamos todos en su momento: “la voz de Ian Curtis”. Hombre comedido donde les haya, si no fuese la voz principal, pasaría por el más tímido de los cuatro.

No voy a tirar a Daniel Kessler por tierra. No. Demostró una sobrada experiencia y trabajo a la guitarra (más de uno y de dos se conformaría con tocar la cuarta parte de bien que lo hace él. Y no me refiero a los aficionados), pero nos hizo un desafino en los coros de "PDA" que, ay, se la pasaremos por ser quien es.

Y hablando un poco de las canciones que se oyeron. La intensidad más abrumadora se consiguió en canciones como "NYC", ejecutada sublimemente, en "Evil" y en "Stella was a driver…", con el estallido general del público, en "Untitled", abriendo la segunda parte del concierto y con "Not Even Jail", destapando su lado más punkero.

Una de las cosas que me gustó de Interpol, fuera de su nivel musical, fue que no ocultaron a su teclista en un segundo plano. Blasco, el teclista, estaba integrado dentro del grupo como que fuera uno más. Este gesto de, llamémoslo, humildad me conmueve.

Y lo que menos, sus paradas entre canción y canción. Quizá excesivamente largas para la inquietud del público español. Ah, y que no tocaran mi preferida, pero eso es otra historia.

Besitos rockeros, Calamity.

 
¿Astenia?


Parece ser un virus que se extiende por la blogosfera como lo haría la leche derramada sobre una trébede, pero es cierto que muchos de los bloguers a los que habitualmente leo están out –o en su defecto con huelga de post caídos: Wolffo, Dockof, Carol B, Fray Barriga…

¿Crisis de ideas? No lo creo. Sin conocer tanto como quisiera a estos columnistas de lo cotidiano pondría la mano en el fuego, sin quemarme, que no se trata de este particular. En mi caso puedo decir que tampoco se trata de una crisis de ideas. Y menos de anécdotas y ligoteos varios que contar. Nada más lejos de la realidad.

Últimamente se han vuelto a despertar sentimientos que creía ya superados y me atormentan sin derecho a réplica. El fantasma de la melancolía cíclica me acecha tras la esquina de cualquier manzana que doblo. Y la soledad, tal vez impuesta por mi misma, comienza a ser una compañera desagradable de la cual no me puedo deshacer.

Por todo esto y por cosas más íntimas y personales que no vienen a cuento aquí y ahora decreto unas vacaciones obligadas de mi misma. Estaré espiando como el cobarde voyeur que se esconde detrás de la cortina para no ser visto. Estaré decretando lo que quiero. Estaré reafirmándome en aquello que no quiero.

No es un adiós, es un hasta luego. Besos, Calamity.
 
20 de Abril de 2005
Hola chato, ¿cómo estás? Te sorprenderá que te escriba, hace tanto tiempo que es normal. Estaba aquí sola y me había puesto ha recordar. Me entró la melancolía y te tenía que hablar.

¿Recuerdas aquella noche en el concierto de los Celtas Cortos? Qué risas nos hacíamos todos juntos. Aún recuerdo a Chus llevando el fumigador cargado de kalimotxo para que no pasáramos sed ¡ni tedio!. Y todavía me sonrojo al pensar que mi tío Uri nos estaba esperando con el coche fuera del recinto para llevarnos a casa a las tres marías…Después había una fiesta de la espuma a la que acudimos de forma furtiva escapándonos por la puerta del patio y allí seguiríamos la movida.

Hoy ya no queda casi nadie de los de antes. Y los que hay están cambiados: bodas, hijos, lejanía, hipotecas eternas, trabajos interminables… Está claro que todos hemos cambiado.
Retiene mi memoria el sábado aquel en el que entre tanta algarabía me dijiste que me escapara contigo. A dónde. Al fin del mundo respondiste. Y fue el mundo el que se paralizó en torno a ti y mi en ese eterno y breve instante de tiempo.

Pero bueno, tú, qué tal. Lo mismo hasta tienes críos. Qué tal te va con la piba esa. Espero que la vida te resulte al menos divertida… Me dolió cuando admitiste que ella era tu chica y yo sólo alguien con quien pasar el día cuando nos encontrábamos. El tiempo me dio la razón cuando admitiste delante de Teté que yo hubiera sido la elección exacta.

Yo la verdad estoy como siempre. Sigo haciendo lo mismo. La comunicación no me cansa, pero me siento vacía, aún a pesar de haber llegado donde estoy en la vida.

Bueno, me despido. Si te apetece me contestas. Espero que estas palabras hayan desordenado tu conciencia.

Pues nada niño, lo dicho, hasta pronto si nos vemos. Yo seguiré con mis diseños y tu sigue con tus sueños. Besos, Calamity.

Caris, voy a ver si mi cabeza se puede sujetar sin necesidad de un soporte externo a mi cuerpo. Ay, qué bien me lo pasé anoche. Por mi ya puede decretar el Papa Mazinguer el fin del mundo. El Gris es la hostia, qué música niños, qué música: Interpol (que quedan menos de cinco días para verles, ay que me meo toa), Cure, Smiths, James, Bowie, Joy Division (las braguillas hechas cocacola)... Hale, a disfrutar de la jornada laboral. Espera, espera... bah, era una naúsea.
 
Hagas lo que hagas, ponte bragas
Este es un sabio refrán castellano que mi madre me recordaba continuamente cuando dejaba algo a la mitad. Por ejemplo, si me iba al cole sin hacer la cama, me lo decía. Si llegaba el domingo y no tenía los deberes hechos, lo mismo. Si tenía una entrevista de trabajo, ídem. Lo que pasa es que mi madre nunca me especificó qué tipo de bragas debía de llevar.

Érase una vez un soleado día de primavera de mayo de 1.995 cuando Calamity y sus amigos de la facultad estaban disfrutando de una de sus ociosas tardes de clase –vamos, de no clase- tirados en el césped del parque de San Martín, cercano a la Universidad. Todo era alegría, cartas y amarracos, cigarritos y sonrisas. Hasta que la negra nube del Cólico Miserere invadió la idílica tarde. Y a que no imagináis a quién le descargó encima todo el chaparrón. Pues sí, a la mismísima Calamity.

Al principio Cal se encontraba un poco revuelta. “Bah, -se decía- será la mezcla de sol y cervecita fresca”. Pero más tarde ya se empezó a dar cuenta de que eso no era la sensación onírica que provoca el beber con toda la solanada, era algo más serio. Como siempre haciéndose la valiente respondía continuamente “no es nada, no es nada”. Hasta que ya no aguantaba más los –digamos- retortijones de dolor y exclamó a la enésima pregunta qué-te-pasa: “Tíos, es apendicitis”.

Revolución, alboroto, anarquía: “Llamamos a un taxi”. “No, llamamos a la ambulancia”. “¡Qué coño, yo tengo el coche ahí aparcado!” “Tía cómo vamos a conducir con este estado etílico” . “Bueno pues llamamos a la ambulancia”…”Baaaaaasta –gritó Calamity-. No vais a llamar a nadie ni vamos a ir a ningún lado salvo a mi casa”. Os podéis imaginar el jeto de estapobreestáloca que pusieron todos. “Que sí, que yo tengo que ir primero a mi casa a por unas cosas (era la segunda vez que le daba un pseudo ataque de apéndice) y no se hable más”.

Nadie entendía esa decisión tan sorpresiva. Estaba doblada de dolores y no quería ir al hospital a que le extirparan la raíz del mismo. Sólo ella sabía los motivos de tan drástica decisión: las braguitas que llevaba puestas ese día. No os podéis imaginar lo feeeeeas que eran. Horrorosas, feísimas, de escándalo. Os haría un dibujo, pero no tengo tiempo, así que paso con la descripción: unas braguitas estilo años 70 (vale, ahora se llevan, pero en los 90 continuaba el Reinado del Tanga), de cinturilla baja, de color visón más bien oscuro y caladas con topos negros diminutos. Por supuesto de algodón, ya rancio por el uso. Y con dos lacitos de inocente rosa pálido a cada lado de la curva de Praxíteles. Un espanto. Un desacierto de bragas para tan fatal día.

Fueron a casa de Calamity para que ella cogiera sus cosas y se marcharon para el hospital más cercano, justo en la otra punta de la ciudad. Cuando salió de casa no llevaba nada que delatara que hubiese cogido algo nuevo para el hospital. Nunca nadie supo, hasta hoy, el porqué de su paso obligado por casa.

Salud para todos (y besitos), Calamity.
 
Quedada brutal
Uff chicos y chicas, poco puedo decir de lo de ayer por la tarde noche. Creo que todavía me he levantado un poco atufada... He dormido cuatro horitas de mierda así que ahora, nada más acabe estas palabrillas me iré al sobre de cabeza. Ja, qué leche, ya dormiré cuando me muera. Me piro al cine a ver qué se cuece.

A ver no quiero pecar de tontona y lameculetes pero es que lo de ayer fue alucinante. Estaba un poco escéptica en el sentido que no sabía lo que me iba a encontrar. Pero me encontré con unas personas fascinantes: Amaya, la brujilla, EuRia y Amaltea. Estaba gratamente sorprendida. Había hablado sólo con Amaya por teléfono y no veáis qué voz más impactante tiene esta mujer. Ay, me quedé tonta sólo con escucharla. A EuRia no me la imaginaba de esa manera. Es una muñequita preciosa y simpatiquísima. Y Amaltea, ay, pobrecica que estaba toda pocha y con unos antibióticos para caballos que no la dejaron disfrutar a ella de nosotros, ni a nosotros de su compañía. Con todo y con eso aguantó como una campeona con sus botellitas de agua y sus zumos. Un crack de niña (qué piel tienes chiquilla, qué envidia -sana- me das).

Luego aparecieron Dawu y un poquito más tarde Ceitor con su amigo Juan. Un poco de compañía masculina no estaba nada mal. Dawu monísimo y charlatán... Ay, ay, ay lo que habla este buen hombre. Ceitor con una melenaza que más de una la quisiéramos tener y un sentido del humor alucinante. Y Juan, aunque no se maneje en esto de la blogosfera -no que sepamos- habrá que contar algo, echaba unos bailables con las mulatas y con nosotras que no veas tú.
Luego llegó más gente, pero yo ya estaba flying in the sky para variar y no me enteré mucho. Sorry, sorry, sorry. ¡¡¡Si es que últimamente piso una chapa y ya voy pedete!!! Y ayer no fue la excepción. Tuve que salirme de uno de los bares de Huertas porque si me quedaba, echaba ahí mismo la cenita y no era plan. Claro, mis queridos blogueros se debieron de quedar un poco flipados por mi desaparción. Pero es que yo actúo así. Cuando me encuentro ligeramente mareada, prefiero salir a que me dé un poco el fresco porque sino después va a peor la cosa. Y allí estuvimos en la calle charlando cuando apareció mi paquete con una mierda también fulminante.

Por cierto, estamos de celebración. El equipo de rugby de mi muñeco presioso (advertencia: la página es horrible. Abstenerse estetas incorregibles) está en la final para ascender a PRIMERA DIVISIÓN B de la Liga Nacional. Cojonudo. A ver si tienen un poquito de suerte y suben, que se lo merecen. ¡¡¡ARRIBA LOS QUINCE DE HORTALEZA!!!

Bueno, que quería escribir dos palabrillas y me ha salido aquí la Biblia y media. Me voy a dar un paseillo.

Mañana, si no se mosquean mis jefas, más y mejor. Besitos resacosos, Calamity.
 
Noche de Reyes en Abril (advertencia: chorra post)
No hay nada como que te regalen algo cuando menos te lo esperas para levantarte un poco la moral. Ya sabéis que estos días ando bastante chafada, hecha una mierdita, vamos. Pues bien. Ayer por la tarde, con mis jefas aquí mismo, desde el lugar donde escribo estas palabras, vino un chavalín a traerme esto: pincha aquí y espera unos segundos

Ay, qué ilusión me hizo. Al principio no quería cogerla... Yo como siempre, haciéndome pajas mentales y diciéndome a mi misma: "Cal, quién coño te regala flores a estas alturas... Paquete no puede haber sido porque parece que está siempre en Babia... Ay dios mío. Y lo peor, si no es paquete, ¡¿cómo le digo que me he comprado una orquídea phalenopsis si ando como una puta en cuaresma?!". Pero era de paquete. Ay, madre mía, mi muñeco presioso, que lleva viéndome jodida todos estos días y ya no sabe lo que hacer para tenerme contenta.

Lo gracioso fue que a él también le han llegado los Reyes ayer mismo. Como mi nombre indica soy una auténtica calamidad y éste año me descuidé a la hora de comprar su regalo... Vaya horas para dar regalos navideños. Eso sí el hombre está feliz con su nuevo súper keko guerrero de la II Guerra Mundial a escala 1/6. Una gozada sí señor. A Jupp Bauer, nombre del muñequito en cuestión, no le he sacado aún fotos... Si lo hago esta tarde las colgaré mañana. Pero a pelo, nada de animaciones como la de la orquídea que ayer estuve hasta las tantas haciéndola entre casa y trabajo y hoy estoy que no me lamo.

Mañana más y mejor. Besitos, Calamity.
 
Domingos con gustillo a retransmisión deportiva
Para mi los domingos estarán por siempre asociados a las retrasmisiones deportivas. Desde enanilla el domingo tiene un rumor especial: el sonido lejano de una conexión telefónica emitida por la televisión, normalmente La 2, aunque ahora también en Telecinco (eso sin contar con los que tienen canales exclusivamente deportivos).

El día 10 fue uno de esos que me traen al presente recuerdos del pasado. Primero el Motociclismo, tanto 250 cc com GP (putadón que le hicieron a nuestro querido Gibernau. Como pille el Rossi con algún español, que se ande con cuidado). Después, entremezclado, el partido de baloncesto del Real Madrid y el Caja San Fernando. Y más tarde la Liga Profesional de Fútbol (vale, vale, ya sé que cascó el Barça, y ¿qué?). Todo eran deportes, deportes y más deportes.
De igual manera que los domingos en casa de mis padres: deportes, deportes y deportes. Mi padre aprovechaba el último día de la semana para actualizar lo que no había podido ver de lunes a sábado. El domingo era su día. Era el día del descanso del guerrero. Toda la semana estaba luchando contra la monotonía e insolencia del trabajo junto a mi madre, pero el domingo era su día. Se levantaba, se arreglaba -él siempre fue muy coqueto-, desayunaba fuerte y se sentaba a ver la tele tooooodo el día. Sólo interrumpía su sesión deportiva para comer y para irse a echar la partida (de Mus) siempre que no hubiese un partido de primera imprescindible. Si había un partido, la cosa cambiaba: llamábamos a nuestra vecina y ésta se venía a ver el fútbol con nosotros. Mi madre se echaba una cabezada en el sofá.

En el descanso aprovechábamos para hacer la cena mientras que nuestra vecina se iba a su casa a cenar –supongo- para volver a ver la segunda parte juntos. La segunda parte ya era otra historia. Yo ya estaba cansada de ver tanto deporte y me ponía a jugar con los muñecos que estaban tirados por la sala. El sonido se transformaba en una especie de compañero inútil y persistente que acompañaba mis momentos de acompañada soledad entre muñecas, coches y jugadores de fútbol tirada en la alfombra del salón de estar.

Besos, Calamity.
 
Choff
Esto de la astenia primaveral me empieza ya a joder -perdón por la expresión- de verdad. Al margen de antihistamínicos para mi alergia al polén, mis ánimos están bajo mínimos. Estoy hecha una auténtica mierda.

Siento defraudar a Flor porque la dije que hoy iba a poner un artículo alegre y lleno de anécdotas, pero no puedo. El malestar me vence.
Y como no sé hacerlo mejor que él (que Sabina, quicir), os dejo con su poesía (me largo a comer, sola, para variar. Aunque cuando estoy acompañada tampoco es que esté mejor. Qué chungo esto de "sentirse solo"):

Como quien viaja a lomos
de una yegua sombría,
por la ciudad camino,
no preguntéis adónde.

Busco acaso un encuentro
que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas
que niegan lo que esconden.

Las chimeneas vierten
su vómito de humo
a un cielo cada vez
más lejano y más alto.

Por las paredes ocres
se desparrama el zumo
de una fruta de sangre
crecida en el asfalto.

Ya el campo estará verde,
debe ser Primavera,
cruza por mi mirada
un tren interminable,
el barrio donde habito
no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.

Vivo en el número siete,
calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años
al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento
ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento
a silbar mi melodía.


Besos, Calamity.
 
La Quinta de los Sustos
La Quinta de los Sustos llevaba apenas un año cerrada a cal y canto. Sus dueños la habían abandonado paulatinamente tiempo atrás para empezar una nueva vida en un nuevo sitio. Poco a poco todos se habían ido. Primero la hija mayor, luego la hija pequeña. Más tarde el padre. Y en último lugar la madre y la abuelita. El polvo depositado lentamente en muebles, paredes y suelos delataba la soledad que la Sustos estaba pasando en estos tiempos. Pero la Sustos entendía los motivos de sus inquilinos al querer abandonarla a su suerte.

La hija mayor se fue cuando estando embarazada de su primer hijo decidió comenzar una nueva andadura en la ciudad condal. Ésta parecía que le iba a brindar más oportunidades a su hijita y a su recién estrenado marido ingeniero. Y allí sigue 33 años después.
La hija pequeña se fue porque se tenía que ir. La Sustos se le había quedado chica. Allí no daban clases de periodismo y por más que la Quinta habló y requetehabló con todos los decanos, rectores, profesores del mundo mundial, ninguno aceptó dejar su puesto para dar clases a la hija pequeña. Lógico.

El padre se marchó lánguidamente. Un día enfermó. Otro día se recuperó. Más tarde volvió a enfermar y esta vez la enfermedad no fue clemente con él ni con ella, con la Sustos, quiero decir. La Sustos y la enfermedad mantuvieron acaloradas discusiones durante al menos cuatro meses, pero eso tenía la misma solución que ciertos problemas de índole política. Por cojones la enfermedad tenía que ganar, costara lo que costase. Y la enfermedad se llevó al padre dejando a la Sustos, la madre y la abuela solas.

De igual manera que a un viejo le empiezan a salir las arrugas cuando su regeneración protéica empieza a decaer, a la Sustos la empezaron a salir grietas, se la desajustaban los cables de la red eléctrica y las tejas encanecían. Incluso le apareció alguna humedad.
Pero el golpe más doloroso para la Sustos fue cuando la madre y la abuelita tuvieron que abandonarla. Ya se había acostumbrado a tener más de la mitad de las habitaciones vacías y a ser pasto del jolgorio sólo en épocas vacacionales. La pobre estaba tan mayor que acogía a la hija mayor con toda su prole y a la hija menor con sus amigos con gran ansiedad. La misma que tenía días antes de que prole, amigos e hijas volvieran a sus lugares (el padre decidió que estaba mejor donde estaba y no volvió a visitar a la Sustos, al menos de cuerpo presente). Pero, como íbamos diciendo, madre y abuela tuvieron que dejar un día a la Sustos.

MADRE Y ABUELA DEJAN SOLA A LA SUSTOS
La jácara comenzó un día en que la madre había quedado con sus amigas para irse de excursión a ver una mina abandonada que le habían hecho un restyling de vicio y ahora era un museo.
La madre se arregló tras la mirada atenta de la Sustos: se puso su pintalabios rojo, se cardó el pelo, se limpió las gafas para poder ver bien, escogió modelito acorde a las circunstancias y se calzó unas reebok blancas a estrenar, aconsejada por la Sustos -que ella es muy buena estilista. Y tanto tiempo gastó en arreglarse que ya llegaba tarde a su cita con las amigas. Cogió el bolso a toda prisa y se marchó.

Y cuando iba a torcer la esquinita para bajar una rampa mal embastada, zás, se cayó. Se pegó un golpe tan morrocotudo que estuvo inconsciente varios minutos. Cuando se despejó se dio cuenta de que estaba sangrando muchísimo por la nariz y que no se podía mover ni mucho ni poco. La madre estaba angustiada porque tampoco pasaba nadie por la calle a esas horas. La Sustos la miraba de reojo desde la lejanía y sufría porque no podía arrancarse de sus cimientos para socorrer a la madre (y por otro lado qué sobresalto se llevaría la abuelita al ver que la casa se movía).
Al poco rato la madre pudo empezar a moverse. Se colocó un pañuelo en la cara para parar la hemorragia nasal. Y trató de incorporarse. Lo consiguió. La Sustos hizo uno de esos ruidos extraños que sólo las casas saben hacer para que una de las vecinas saliese a la calle y se diese de bruces con la madre. Era lo único que podía hacer. La madre, pues, se cruzó con una vecina que al verla no pudo más que exclamar: “Pero… mujer ¡¡¡qué te has hecho!!!”. Y se fueron juntas para urgencias.

Diagnóstico: esguince cervical, rotura de nariz, fisura en las muñecas, fisura en el esternón y magulladuras por todo el cuerpo. Cabestrillo, collarín y antiinflamatorios a mansalva. Pero más tarde se descubriría que había algo más que no habían visto los médicos.
El sobresalto del principio se fue aminorando poco a poco y, como la Sustos había criado a una familia con mucho sentido del humor, empezaron a llamar a la madre Pinochín. La abuela cuidaba un poquillo de la madre como lo haría antaño en la época de recién casada de ésta.

Pero algo no marchaba bien. La madre se estaba quedando sin poder andar. Cada vez que daba un paso le dolía todo el cuerpo y la simple acción levantarse por las mañanas conformaba un esfuerzo desmedido. La Sustos ayudaba a la madre a soportar su propio peso aportándole múltiples paredes y muros junto con puertas y aramboles. Mas poco a poco la madre se fue quedando paralítica. No podía prácticamente andar. No andaba.

Cuando sus hijas, con sus proles y sus amigos, llegaron a la Quinta de los Sustos para pasar las vacaciones de Semana Santa del 2004 la madre estaba postrada en la cama, delgada como un fideo, cuando ella siempre ha sido una señora en plan mesa camilla, blanca como un folio y llorando a moco y baba. La abuelita, con 95 primaveras, llevaba el peso de la quinta. Los médicos ya no la hacían caso. Se tomaba unas 15 pastillas diarias –recetadas- entre antiinflamatorios, analgésicos, tranquilizantes, antidepresivos y protectores para el estómago.

Se montó un congreso a toda prisa entre las hijas, la abuela y la Sustos. Hubo pequeñas discusiones, pero al final decidieron una cosa: “o se va a la ciudad condal con la hija mayor y su prole, o se va a Madrid con la hija pequeña y sus amigos”. Y se fue a Barcelona. La Sustos se quedó un poco desconsolada porque siempre pensó que iba a ir a Madrid ya que así estarían más cerca madre y quinta, pero la vida da sorpresas incluso a las casas solariegas. Como consuelo le quedó que la abuelita se fue a una residencia para la Tercera Edad cercana a la quinta teniendo así alguna que otra visita periódica. “Ser casa a veces es un incordio porque no puedes ir a visitar a quien quieres y siempre tienes que esperar tú esas visitas”, esto le decía la Sustos a la abuela en una de sus revistas matutinas.

LA VIDA EN LA CIUDAD CONDAL
En un hospital muy bonito, con helipuerto y todo, que se hacía llamar San Pablo -qué estiradillo éste hospital que no la gente que lo habitaba- estuvo ingresada la madre varios días hasta que localizaron la raíz de su invalidez: ruptura de las dos alas sacras de la pelvis. Esto es, a grandes rasgos, dos fracturas de cadera. Así estuvo la madre con la cadera rota desde el 25 de noviembre, día en que se cayó, hasta el 18 de abril, día en el que le diagnosticaron lo que le pasaba. Sin quejarse ni un ápice hasta que no pudo más.

Pero no temáis que aquesta historia tiene un happy end. La madre querida ya anda de nuevo. Hace dos meses que dejó las muletas y ahora se suele apoyar en un bastón. Cojea de vez en cuando, cuando anda demasiado, porque quiere recuperar todos esos pasos que no ha dado en este año de parón. Y va de nuevo a rehabilitación para que su masa muscular pueda volver en sí después de tanto tiempo sin usarse.

De vez en cuando se cartea con la Sustos y ésta ya anda impaciente porque sabe que dentro de muy poco volverá a estar habitada.

Mamá, gracias por todo. Te echo de menos. Besos, Calamity, tu hija pequeña.
 
Oops, cómo huele
¿Os habéis encontrado alguna vez con alguien o algo del que se os hiciera insoportable el olor? Seguro que sí. Y no me refiero a ese tipo de personas que han abandonado su higiene diaria, no. Me refiero a personas que son aseadas, pero cuyo perfume se hace insufrible. Lo mismo sucede con las cosas. Sobre todo con los coches.

Aún recuerdo un viaje que hice a Bilbao en autobús. Un autobús flamante. Totalmente nuevo. Y con ese olor tan aséptico a nuevo. Todo olía bien. Demasiado bien. Olía tan maravillosamente bien que Calamity tuvo que hacer parar al señor conductor transcurrida una hora de haberse montado para enviar las riquísimas galletas y la leche con colacao por el mismo sitio por el que entraron en medio de la plaza de un precioso pueblo burgalés (cada vez que paso por Espinosa de los Caballeros me acuerdo de la anécdota).

También recuerdo un tufillo que se instaló en el SEAT Fura de mi padre durante una larga temporada. Entrar en el coche y tener ganas de regurgitar era todo uno. Ni siquiera los pinos esos verdes que se colgaban en el espejo retrovisor conseguían paliar la peste. Mi madre y yo nos desesperábamos a limpiar el habitáculo todos los fines de semana. Pero nada, no se iba el muy jodio. Poco a poco, muy poco a poco, fue desapareciendo. O quizá nos acostumbramos al tufo. Un día me dio por limpiar el coche a fondo. De estas limpiezas que te llevan todo el día. Y fue ese día cuando encontré al culpable de tal hedor: un cangrejo de río que había escapado de la bolsa de la pescadería (y de la cazuela) para ir a morir debajo del sofá de atrás. Yo no sé por dónde diantre se pudo meter el bicho, pero allí apareció. Más seco que el ojo de Andrés.

Otro momento memorable coche-peste fue en un viaje que hicimos paquete y yo a mi pueblo. Con las prisas se me olvidó cerrar bien mi perfume (oye, que una es muy fina y gasta perfume no colonia) y se derramó por todo el maletero. Podéis estar pensando: bah, un perfume nunca puede oler mal. Vale, depende. Depende de la cantidad derramada, de dónde se derrame y de lo que allá alrededor. Los perfumes suelen algo de alcohol y algún corrosivo porque la que montó medio bote de eau de parfum de una conocida marca francesa en el maletero de coche no tiene nombre. Toda el viajito con las ventanillas bajadas. Era noviembre.

Y todo esto me ha venido a la memoria porque ayer tuvimos un episodio similar en el nuevo y flamante coche de paquete. Por la mañana cuando vino a buscarme para ir a currar olía de mal aquello… Uff, para ser un coche nuevo y limpito algo se estaba pudriendo allí dentro. Bueno. Lo dejamos así. Por la tarde fuimos a por el coche al garaje y fue una sorpresa porque las ventanillas estaban bajadas (es de estos parking en los que dejas la llave y el señor que lo cuida mueve el coche en función de sus necesidades). Y al introducirnos en el área destinada a conductor (paquete) y copiloto (osease yo), nos acordamos de la pestilencia de la mañana.

Investigando, investigando nos dimos cuenta de que anteanoche, al venir de mi pueblecillo, se nos había abierto una botella de vino tinto anteriormente descorchada para acompañar el chuletón de Castilla y los pimientos del Bierzo del almuerzo y se había derramado parte del líquido elemento en el maletero del coche. Qué horror, qué peste, qué ascazo.

Y ahora tengo otra duda, ¿cómo coño quito yo esa pedazo de mancha color vino burdeos del maletero? ¿qué hago con la pestilencia que despide el coche? Vale, ahora hace bueno, pero ¿y si empieza a llover de nuevo?

Ay. Besitos olorosos, Calamity.

PD: me tenéis contenta señores de Diario Gratis... Se me van acumulando los post que se pasan de fecha cual yogur del Carrefour
 
Entre copas
Ésta era una de las pelis que ponían en los cines de mi pueblo. Qué leche, en mi pueblo sólo hay dos cines: uno cerrado y el otro con dos salas. Vamos, para no liarme, que la peli que ponían en la otra sala no merece la pena ni ser nombrada. Y entre copas se ha desarrollado mi finde. Uy, qué peligro tiene ir al pueblo después de cuatro meses sin pisar tierra palentina…

Al final llegamos a las 3.30 de la madrugada del viernes a mi casa. Los viernes siempre se lía algo en el trabajo. Un frío, dios qué espanto. Y claro, os podéis imaginar que una casa taaaaan grande no calienta en dos minutos. Y es que digo yo ¿para qué una casa tan descomunal? ¿es que la gente de pueblo no sabe hacer pisitos en plan cubículo de 40 metros cuadrados como en Madrid? Por supuesto tampoco estaban las camas hechas, así que a las tantas de la madrugada buscando sábanas y mantas, muchas mantas.

El viaje no se me hizo muy largo. Claro yo no conduzco, voy de paquete. Y es paquete el que conduce. Pusimos las noticias a pesar de la correcta selección de música que llevaba (y llevo) en un porta cedes en el bolso. Pusimos la SER. Bueno, con eso de que el Papa estaba estirando la pata de vez en cuando escuchábamos la COPE. Oy, oy, oy, qué asquito de radio. Y en la SER había un programa de lo más raro: Tercer Milenio. Todo de esoterismo y cosas parapsicológicas. Con lo que a mi me gusta cagarme de miedo. Es que imaginaros: de noche, ni un alma en la carretera ,cayendo chuzos de punta con algún que otro rallito y trueno. Y paquete y yo escuchando las profecías de San Malaquías sobre los 111 Papas antes de que llegue el Apocalipsis. Dios, casi me hago popó en las braguitas.

Y lo que prometía ser un fin de semana tranquilito y al calor de la estufa casera o en el cine, qué va, se convirtió en una especie de vorágine social. Por la mañana fuimos a hacer la ronda. Fuimos a las farmacias a visitar a dos de mis amigas (una de ellas de baja porque un pelamanillas le ha causado una hernia cervical al darle con la cámara de la tele local en Carnaval) y a la tienda de ropa recién inaugurada de una de las parejas de mi panda. Qué ropa, qué chic, qué glamour, qué caro para un pueblo. Eso sí, Misss Calamity se compró una camiseta muy ibicenca –salvo por el color: naranja butano- con bordaditos de florecillas. Muy primaveral. Paquete se abstuvo.

Total que en la tienda nos juntamos prácticamente la mitad de la cuadrilla y quedamos en ir a cenar a un pueblo todavía más recóndito y pequeño que el nuestro. A las 9.30 en la gasolinera (que por cierto, es de otro colega de la cuadrilla, un particular, sí señor). Y nos fuimos en tres coches para seis personas (viva el efecto invernadero). Y nos pusimos… ay, cómo nos pusimos. Yo creo que lo de menos era la comida –aunque estaba para chuparse los dedos-, lo importante fue el vino. Sin denominación de origen, ni etiqueta ni nada de nada. Un tinto vulgar y común, pero qué vinito. Corrieron botellas a la misma velocidad que de la Rosa ayer en Bahrein. Y a las 11 de la noche Calamity ya iba beoda del culo para arriba y del culo para abajo. Claro que no era la única. Se nos juntó un espontáneo que nos estaba oyendo hablar de que si era mejor vivir en una gran ciudad o en un pueblo y ahí se quedó tomando su carajillo a ver si pillaba algo. Ay iluso, si estamos todos emparejaditos… y sin ganas de complicarnos la vida. Je, je.

Después volvimos a mi pueblo y nos fuimos de copeo por ahí. Primero a un bar en el que trabajan otros dos colegas, que además estuvieron en la cena, y que nos sirvieron unas copillas gratis. La primera fue del tirón. La segunda ya más relajada. No es cuestión de beber un cubata cada 10 minutos.

Después nos fuimos a un bar de salsa. Ahí me di cuenta de que no iba lo suficientemente pedo como para soportar el ambiente, así que me dediqué a fumar y a beber como si no existiese un mañana. Y así acabé yo, bailando una salsa con el dueño del bar. El tío era un vivales porque yo iba con faldas de vuelo como una enagua y claro, venga a darme vueltas y más vueltas para, en fin, imaginad. Así que entre el whisky y los meneos del jefe del bar…

En el siguiente bar ya iba como una zarrapastrosa con pegatinas de cerveza Mahou pegadas por el escote diciendo: soy una chica cinco estrellas. Que conste que tengo fotos porque llegué a casa a las tantísimas y me hice una foto que nunca jamás publicaré (con lo calimero que soy seguro que la cuelga paquete para que se me caiga toda la mierda en la boca). Qué aspecto, por dior.

A todo eso el domingo me levanté a las 11 de la mañana con una resaca de la güan que no me dejaba dormir. Y me dediqué a otra de mis facetas vitales. No os vayáis a creer que yo sólo hago que beber y beber, no. En menos de 36 horas podé el césped del jardín (que parecía la selva amazónica después de cuatro meses), barrí las aceras del jardín, transplanté tres tiestos. Podé no sé cuantos geranios que previamente saqué del invernadero-galería a la calle, regué las plantas, tiré a la basura a dos cadáveres (cuando se entere mi mami de que se la ha secado el anturio, va a montar en cólera), bañé al perro, le corté el pelo, le di dos paseos por el campo, hablé con dos de mis tías (esto también cuenta porque las tías en cuestión rajan por los codos así que cada vez que las llamo me tienen media hora cada una al teléfono), hice las compras, hice la comida, barrí, fregué (esto es un farol. Tuve al paquete de ama de casa haciendo la comida y fregando). Estuve haciendo zapping continuamente por todas las televisiones para ver las nuevas que venían desde Roma-Ciudad del Vaticano, leí el periódico, leí el dominical, estuve al tanto de la magnífica carrera de Alonso y de de la Rosa. Fui a visitar a mi abuelita a la residencia de ancianos (le tengo que comprar un par de libros porque se está leyendo una novelilla de Estefanía, ¡¡¡horror!!!), fui al cementerio y quité las flores secas de la tumba de mi papi… Uy, qué mareo, qué ajetreo (que diría Joaquín Sabina). Vamos que estoy hecha una mierda. Necesito un fin de semana más para recuperarme de mi fin de semana.

Y vosotros, ¿qué tal el fin de semana? Me ha dicho por ahí un pajarito que hubo una quedada bloguera…

Besitos, Calamity.
 
Cómo prorrogar tu contrato laboral seis meses más o el maravilloso mundo de la Heráldica Hispana
Estimados blogeros:
Tras aquel insólito post en el que narraba mis venturas y desventuras currelares y en el que pedía ayuda a gritos -y vosotros me distéis fielmente-, he de deciros que hoy mismo, no hace ni dos horas, he firmado mi prórroga del contrato. Bien, seis mesecillos más en el mismo sitio. Uff, ya me veía por ahí arrastrando los tacones de empresa en empresa. Pensaba escanearlo y colgarlo aquí, pero también he pensado que es una gilipollez de lo más absurda.

Y pensando, pensando creo que he encontrado uno de los motivos por los cuáles mis jefas no me han pegado la patada en el culo en el último momento (que no, que son un encanto de niñas): la Heráldica (¡¡¡¿¿¿???!!!). Pues sí, el noble y antiquísimo oficio de la Heráldica. Ay, y yo que pensaba que hacer un escudo era relativamente sencillo: un león feo por aquí, un águila explayada por allá, varias plumitas a modo de penacho o una corona real, colores estridentes y voilà un escudo heráldico. Pues va a ser que no.

Siempre me ha hecho gracia esto de los escudos, pero es que yo tengo unos apellidos muy vulgares y claro ahora me he dado cuenta de que perfectamente me podrían haber metido gato por liebre ya que un escudo no es de un apellido sino de un linaje (toma esa). Investigando así por encima he averiguado que la procedencia más "notable" de mi primer apellido es asturiana. Pues vaya novedad: mi padre nació en Asturias.

Pero lo curioso es lo de mi segundo apellido: es cántabro. Leche, mi Tila, mi mami querida, es más extremeña que ni sé. Y todavía más sorprendente ha sido lo de mi tercer apellido (lo he mirado porque es el más raro que tengo junto al decimovetetúasaber que ese es raro de cojones porque ni aparece en los tratados de Heráldica) que toda la vida pensando que era asturiano y es también cántabro y para más señas de Santoña. Ay, ay, ay.

Eso sí, investigar sobre el trabajo que ahora tengo que desarrollar, muy poco. Si es que me lío, me lío y me diluyo y no hago lo que tengo que hacer. Pero no hay nada como dárselas de listillo con un profano en la materia. Cuando ha venido mi jefa a preguntarme "qué tal el escudo de la ....". Yo le he contestado con jerga totalmente heráldica diciendo algo así: "creo que deberíamos usar el metal oro y el esmalte púrpura debido al origen santo y real que se atribuye a la figura. Como muebles podríamos poner una fuente que significa intelectualidad, pero nunca se nos debe ocurrir una brisura para el blasón puesto que esto es reconocimiento para guerreros y no para reyes". Bueno, y más rollo de ballarate. La pobre se ha ido desconsolada diciendo "ah" y trayéndome a los cinco minutos mi prórroga de contrato pensando seguramente 'como se vaya esta piba del curro a ver quién es el guapo que se lee ahora toooodas y cada una de las páginas de Internet que versan sobre Heráldica'

Bueno chatos, me piro a mi casita -esta vez la del pueblo- pero me voy con mi portátil. Oye, que una tiene clase para según que cosas. Además, no pensaréis que os íbais a librar de mi tan fácilmente. Ja, ja. ja.

Lo dicho. Besitos, Calamity the returns.