Sería fácil dedicar hoy un post a esto de los Oscars y he insinuado por ahí que es posible que lo hiciera, pero me he dado cuenta de que no merece la pena. Es como hablar de la nieve cuando nieva. Quiero decir, es como hablar de lo que todo el mundo hablará por lo insólito del acontecimiento. Así que mi enhorabuena a los ganadores. Especialmente a Jorge Drexler y a Alejandro Amenábar por eso de la proximidad territorial.
Hoy quiero dedicar mi post a Cladis. Y, ¿quién coño es Cladis? Pues Cladis es una especie de muñequita de porcelana (oscura, ya que no podemos decir que sea muy blanquita de piel la chica) que trabaja como camarera en el bar de debajo de mi curro. Es un auténtico cielo. La típica persona que basta que vayas tú con el peor de los días para que ella sea capaz de alegrártelo con ese desparpajo y candor al hablar.
Cladis sabe en todo momento lo que necesitas y lo que no necesitas. Un café con leche no es sólo un café con leche si te lo pone Cladis. Es una conversación y una enorme sonrisa. Posee esa especie de psicología que no se enseña en las universidades pero que es la que realmente te saca de los apuros vitales. Pero hoy era Cladis la que tenía mal día. Hoy era ella la que necesitaba que le sirvieran el café y le echaran una sonrisa cómplice.
Y por eso he decidido que se merecía más ella estas parcas líneas que nadie en el mundo. Porque gracias a personas como Cladis el mundo sigue para adelante. Poco a poco, pero siempre hacia delante. Nunca conseguirá un Nobel, (casi con toda probabilidad) pero ayuda a muchos en esa larga y tortuosa carrera hacia el ingrato “éxito”.
Me encanta el cine. Es de las pocas cosas que realmente me evaden de mi existencia en el mundo. Cuando estoy en el cine nada ni nadie existe. Los problemas se evaden, el trabajo parece un vago sueño y la enfermedad de mi madre una pesadilla de la noche pasada. Todo absolutamente todo se diluye frente a una enorme pantalla de cine. Y para este caso no me vale un home cinema ni que pongan en la tele la mejor de las películas. Necesito la negritud de una sala de cine. Sus butacas, su olor a palomitas y su halo de luz procedente de la sala de proyección que se transforma en imágenes y palabras.
Ahora mismo estoy viendo El Último Emperador, de Bertolucci, en la tele. Pero ya veis, en vez de deleitarme con las maravillas del filme estoy escribiendo a toda pastilla en mi blog. Aunque en mi casa (que no estoy en mi casa, todo hay que decirlo) la luz esté bajo mínimos y las palomitas recién sacadas del microondas con ese –digamos- corrupto olor de mantequilla y la pantalla tenga más de las pulgadas habituales en cualquier televisor que se precie, no me centro. Yo sé que tú sabes que yo sé que ese es un diálogo entre Confuncio y Mang Shu (o como se escriba; es lo que acaba de decir el último emperador). Bien, descanso. La clase ha terminado, eso decía el emperador en la peli, y yo voy a terminar antes de que los veinte minutos de publicidad se coman mi poco espacio para dedicarme únicamente a esta tarea (dios, el anuncio de Ikea, dios, dios, dios, no sé si era Ogilvy, un publicista, el que decía que si no tienes nada que decir, dilo cantando. Pues eso les debe de pasar a los de Ikea y a SCPF. Vale que me vuelvo a ir por otros derroteros).
Regresando después de estos minutos “publicitarios”, como os iba diciendo me gusta el cine. Aunque no siempre ir al cine es un momento de placer excelso. Me refiero a esas veces en las que tú vas al cine y pasas (me mola el papá modelo del anuncio del Astra) religiosamente por taquilla pagando el dinero que cuesta una entrada (que ya se están pasando un poquito) y tienes la mala suerte de que te tocan detrás los comentaristas.
Es el momento en el que por muy buena que sea la peli, todos los problemas que se hayan fuera de la sala de cine entran y además se les añaden los comentarios del plasta que tienes detrás: “¿qué ha dicho? Uy, no me enterado. ¿en qué momento ha matado al poli?” Y te dan ganas de volverte y decir: “señora, si no hablase tanto se enteraría mejor de lo que está pasando”. Aunque realmente piensas que ante una personalidad mononeuronal poco se puede hacer.
Bien, pues este fin de semana tuve varias versiones del compañero de cine plasta rodeándome. Por un lado, mi churri. Qué pesadito se pone a veces el pobre. Más si la peli tiene contenidos eróticos como la que estábamos viendo en cuestión. Y al otro lado, uno de mis amigos (en otro post hablaremos largo y tendido de este particular, como diría Sabina) al que no le estaba gustando una mierda el film y quería que los demás nos contagiáramos de su aburrimiento. Y por si fuera poco la versión de vecino de atrás comentarista y con risa histriónica. ¡¡¡Por Dioooooooooooooooooor, un poco de silencio y de paz por favor!!! (mierda, se acabó el bloque de anuncios).
Al final conseguí por breves minutos meterme de lleno en la película y disfrutar de los comentarios guarretes del personaje que interpretaba Clive Owen y del turgente cuerpo de Natalie Portman-Princesa Amidala. Y qué decir de esas Leica M6 y Rolleiflex que porta la actriz con la sonrisa más grande de Jolibud… Ay.
Después de terminar la peli estaba tan indignada (no por ella que me gustó mucho) que tuve que ir al baño para no pegar un par de malas contestaciones (mi vida es un quiero y no puedo) a los que en vez de acompañarme al cine y ayudarme a sofocar la tediosa vida cotidiana me hicieron recordar que todo aquello es ficción y que detrás de la pantalla se esconde un mundo lleno de tonalidades de gris. Ogg.
Nuestro Carolo Wojtila se nos ha puesto malo otra vez. Oooooooh, vaya, va a ser que eso de estar cerca de dios, perdón que va con mayúsculas, Dios no tiene muchos privilegios que digamos. En fin, os habréis dado cuenta de que no soy especialmente creyente. De acuerdo, después de no-sé-cuántos-años en colegios de monjas y frailes (hasta en la Uni estuve en la Resistencia de monjas) han conseguido que mi fe esté poco más o menos bajo mínimos. A todo esto la idea fue reforzada en mi primera visita al Vaticano. Coño, si a eso le llaman ser pobre, yo quiero ser pobre, amos, la más pobre del mundo. Que sí, que estaba muy bonito y muy bien conservado todo esto, pero me parece a mi que mucho predicar con la palabra y poco con los actos.
A lo que voy (que me voy por los cerros de Úbeda, Jaén). Digo yo que, idependientemente del cargo que ostentemos en nuestra vida laboral, todos tenemos derecho a una jubilación ¿no? Pobre hombre, habrá sido todo lo conservador que se puede llegar a ser en el Siglo XXI, seguirá diciendo que el mal está detrás de los matrimonios homosexuales y ese tipo de barbaridades, pero debajo de toda esa careta rancia se halla un hombre. Y para mi todos los hombres, estén donde estén, son hombres. Quicir, que me da igual que sea el Pontífice y representante de dios –Dios- en la tierra o que esté limpiando las calles de la ciudad del Vaticano, por favor, que lo jubilen ya. Me cagüen to las normas esas que no se pueden romper por nada del mundo… Coño, que el hombre está muy pachucho. Pero también me da que pensar justo en el extremo opuesto… Vamos a ver: ¿no nos están vendiendo la bicoca de la vida eterna? Bien, pues si es así la verdad es que lo único que están demostrando es tener un miedo a la muerte bárbaro. Tratan de retrasarla lo mayor posible.
Y sigo pensando y haciéndome mis pajas mentales: si tienen tanto miedo a la muerte y a encontrarse con su Dios no será que están acojonados de miedo por haber dicho y hecho las barbaries aquí abajo en la tierra. No será que se están dando cuenta de que estar radicalmente en contra de la homosexualidad, del preservativo (con el Sida ahí mismo), entre otros es el pecado más grande que se pueda estar cometiendo hoy en día. No sé, no sé. Esperemos que el hombre –no es apestoso personajillo- se mejore lo antes posible y pueda disfrutar de una jubilación paseando por debajo de las maravillosas bóvedas de la Capilla Sixtina. Muchos besos, Calamity.
¿Os habéis sentido alguna vez abrumados por la hoja en blanco? Yo sí, muchas. En cambio os quiero contar la más reciente. Hace unos meses mis amigos y yo nos volvimos a reunir en nuestro pueblo de origen. Cada vez resulta más difícil que nos juntemos más de cinco en el mismo sitio debido a la dispersión geográfica que origina el paro. En los últimos tiempos sólo nos reuníamos con ocasión de bodorrios o de cosas peores.
El caso es que en esta “reunión” nos dio tiempo para prácticamente nada. Un fin de semana cuando eres pequeño se hace eterno, pero a medida que pasan los años las horas pasan como minutos. Uno de mis amigos no hacía más que hablar de su blog y venga con su blog para acá y para allá. En fin, una, que no es precisamente el colmo de la tendencia, no se enteraba de nada: “Calamity, hija, ¿no sabes lo que es un blog?” Pues no, la verdad. Mi único conocimiento del mundo de los blogs era a través de uno que encontré de purita casualidad cuando buscaba por Interné algo así como cuánto vale una idea. Por cierto, lo tengo dentro de mis favoritos del explorer y no lo he vuelto a leer.
El domingo, con un resacón de la güan debido a la ingesta alcohólica de los dos últimos días, quedamos, entre portazos de coches y besos y buenas intenciones de vernos lo antes posible, en que alguien me enviara ésa dirección del blog. ¿Y qué es lo que hice yo durante toda la santa mañana del lunes? Pues eso, leer. Leer como una auténtica loca todo lo que allí estaba escrito. Incluso hasta aparecía yo en alguno de los comentarios... Me fui a casa. En el Metro no hacía más que pensar y pensar en el tema del blog. Pero como siempre existen peros empecé a pensar también en los inconvenientes de abrir mi corazón a todo aquel que se pasase por la dirección web en el que alojase mis más íntimos secretillos. Primero que sí, luego que no. Más tarde que porqué no. Y al rato que ni hablar.
Enero se suele caracterizar por una actividad económica prácticamente nula –al menos en mi empresa, quicir, en la empresa en la que trabajo ahora- y empecé a pensar seriamente en ocupar las ociosas horas en retomar mis diarios, esta vez de manera online. Y, por fin, el 21 de febrero, me abro mi propio blog. Toda una página virtual blanca para mi, para expresarme, para confesarme e incluso para exorcizar mis demonios internos. Qué bien.
Después de un período más que razonable pensando en “y ahora qué coño escribo” llegué a la conclusión de que no podía escribir nada. Ayer volví a mi hoja virtual en blanco. Coño, cuando uno tiene ideas siempre tiene algo que hacer, me refiero a obligaciones que le impiden “desarrollarse con naturalidad”. De repente un mogollón de curro en el estudio. Si es que... Vale, voy a mirar el lado positivo: con un poco de suerte, me renovarán contrato en abril. Aunque ya sabéis lo que dicen de un tal Murphy que se inventó unas leyes que, francamente, se las podía haber metido por donde la espalda pierde su nombre. Besitos, Calamity.
Esto es todo nuevo para mi. Leo a muchos de los bloggers que hay por ahí, pero nunca me atrevo a decir nada. Y de repente, zas, todo un diario para mi... Vaya, vaya.
Poco a poco iremos mejorando. Os lo aseguro.
Besitos, Calamity.