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Literatura de Colombia---Carlos Echeverry Ramirez
Nueva narrativa en Argentina-Colombia-Mexico-
Acerca de
Nació por cosas de la vida en Colombia. Ciudadano canadiense desde el año 1987. Politologo, ha sido asesor de campañas políticas para el NDP de Ontario/Canada. Estudió Lengua y Civilización Francesa. Fotografo, Poeta aficionado. Especializado en Diseño Grafíco y sistemas de redes. Junto con su familia (ESMODA) es uno de los pioneros en Colombia y la Republica Bolivariana de Venezuela en la masificación de la enseñanza del Diseño Industrial de Moda. Poliglota, ha vivido durante los últimos 30 años de su vida en las principales ciudades del Mundo. Entre ellas Paris, londres, Frankfurt, Caracas, Amsterdam, New York, Barcelona, Buenos Aires, Mexico DF y Toronto.
Sindicación
 
El último Viaje--Fragmento(11) Carlos Echeverry Ramirez--Colombia



El último viaje

Carlos Echeverry Ramirez

ISBN: 0-9683701-0-1

Fragemento (11)

Escrito el dia 28 de diciembre del año 1996
en la ciudad de: toronto -Canada


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Bajamos los siete pisos y la puerta se abrió; llegamos a la recepción, me quitaron las esposas, firmé unos papeles, volvieron a ponerme las esposas y caminando al exterior recordé al hombre árabe.

En la calle, siendo las 9:40 de la mañana en el reloj de la recepción, me esperaba el furgón metálico. Ahora conmigo van dos hombres, uno conduciendo y otro mirándome de vez en cuando para asegurarse de que este hombre con el pasaporte verde ausente todavía está ahí presente.

A través del parabrisas del camión recibí con alegría todo lo que venía a mis ojos, los niños en la esquina jugando yo-yo, las mujeres caminar, pude oler sus perfumes, acompañé con respeto a los ancianos con sus gorras de color gris y beige, me senté a beber cerveza en los cafés, escuché voces amables y risas melodiosas.

Miles de cosas quise hacer.

Al mirar el color del cielo y la forma de sus nubes vi los pájaros volando libremente.
-¿Quién pudiera como ellos cambiar de lugar cuando se quiere?, pensé.


En los aproximados treinta minutos que duró mi viaje caminé las calles de esta ciudad como lo había hecho tantas veces en las calles de París, Londres, México, Berlín, Caracas, Toronto, Barcelona y Nueva York; pensaba que era libre, me sentía libre, a pesar de llevar mis manos esposadas y de estar encerrado en este cajón metálico que iba con las sirenas de dos automóviles de la policía que nos acompañaban.

El tribunal se encontraba en un edificio muy antiguo, parecía una iglesia, tenía unas ventanas inmensas terminadas en punta y ocupaba casi toda la cuadra.


Los tres carros se estacionaron en medio de algo que me impactó y provocó una risa nerviosa; la cantidad de personas esa multitud de gente que había alrededor de la calle y el andén del lugar.


Había varios carros de la policía, vi hombres con fusiles, el dolor volvió, respiré profundo en medio de toda esta cantidad de personas. Abrieron la puerta del furgón y me ordenaron que bajara. Con los policías apartando la multitud, de los gritos y las voces en diferentes idiomas, caminé recibiendo empujones y escasos golpes amigables de palma de mano en la espalda.


Con la lluvia cayendo escuché por primera vez, en idiomas conocidos, palabras aisladas como: ladrón, desquiciado, traficante, sudaca, maldito, loco, loco, asesino, vago, pillo, proxeneta, negro choto, conspirador, extranjero de..., y todas las palabras que nacen del odio irracional en los hombres y en especial del anglosajón al extranjero.


Caminando esposado miraba el callejón donde escasamente cabía mi cuerpo y el de los policías tratando de proteger el mío.

Hombre criminal necesario para ellos; en medio de cables en el suelo, de los flashes de las cámaras y de empujones logramos entrar en el enorme edificio, cruzamos el pasillo todavía con cantidades de gente a los lados, ésta, un poco más organizada que en la calle.


En la sala o salón inmenso, me impresioné, al ver las ventanas alargadas terminando en punta, como si estuvieran todavía buscando a Dios. Pude ver los colores de los vidrios en ellas: verde, rojo, azul y blanco; la luz que entraba era tenue.

El susto ahora era verme en una sala tan inmensa, comparada con el espacio de la celda. Había una baranda en madera que separaba un espacio grandísimo donde había varias sillas; al frente, un estrado larguísimo en madera; encima de éste un mueble con trece cómodas sillas de cuero negro, donde se sentarían los funcionarios del tribunal.

Cruzamos la baranda por una puerta pequeña. En las graderías había mucha gente. Me llevaron a una silla y soltaron las esposas, de esta forma quedé frente al estrado de los trece jueces.


Recuerdo que llevé las manos a la cara y, así estuve con ellas unos segundos, sintiendo mis ojos, nariz, cejas, boca, dientes, y respirando lentamente.

No sabía qué pensar, no creía todo esto y, lo peor de todo, la ansiedad ahora me producía náuseas y ganas de vomitar, que no podía aguantar; no sé cómo logré controlarlas y poco a poco fui colocando mi pequeño cuerpo en la gran amplitud de este mundo y de esta sala.

Al lado derecho había un hombre de unos cuarenta años indiferente a todo lo que allí pasaba. Miraba el reloj con impaciencia y supe, segundos más tarde, que iba a ser el intérprete. Al lado izquierdo se encontraba un hombre que parecía amable y envejecido prematuramente, que resultó ser el defensor de oficio.

A un lado del estrado sobresalían unos escritorios con sus sillas y unos hombres en ellas; eran los abogados del Gobierno suizo que presentarían los cargos en contra mía al tribunal.

El abogado de oficio, el defensor de mi caso, el defensor de un caso perdido, uno más en la frustrada vida de litigante, me hizo señas con su mano.

-Señor Cato, ¿Cómo está?, ¿Cómo la ha pasado estos días?, dijo en voz baja.
-Estoy bien y he sobrevivido estos días ¡de puro milagro! le contesté sonriendo.
Contestó la sonrisa y reconocí el acento italiano del sur de Suiza.

Me explicó la Ley y me hizo caer en cuenta que lo mejor, en mi caso y siendo colombiano, sería declararme culpable, no teníamos argumento sólido y lógico para una defensa.

-Si tienes suerte puedes salir en sólo doce meses, me dijo el abogado.


Al escucharlo me cubrí el rostro con las manos para ocultar la expresión de angustia y dejé caer mi cabeza sobre las piernas; sentí desfallecer, pero repentinamente algo me levantó de la postración en la que estaba.

Al hacerlo, di unos pasos y empecé a observar detenidamente todo lo que se encontraba en la sala; luego de ver la magnitud de lo que pasaba, y con toda esa gente presente, caminé y me senté otra vez.

¡Señor, esperemos a ver qué pasa!, dije respirando profundamente.

Sentado observé el entorno. Gente que entraba, alegres, conmovidos, indiferentes, algunos paisanos con trajes llenos de colores, y gente de origen africano con sus niños que hacían gestos con la mano; apenas sonreía.

A lo lejos vi a Mazarine con su perro labrador negro. Observé cómo entraba gente con saris y kaftans, gente con costosos vestidos grises y corbatas rojas, de rígido caminar y con apariencia de burócratas y políticos.

Luego me llené de risa al ver unos hombres pequeñitos de cabellos negros y sus mujeres, más pequeñas aún, con niños amarrados a la espalda y me dije entusiasmado: ¿qué putas hacen estos indígenas por aquí? Pensé, que quizás eran del festival de teatro o del festival de música. Fascinado miré con calma la belleza de los rojos en sus atuendos, su lindo cabello amarrado con tiras de tela con una policromía hermosísima; me llené de sus azules, de sus verdes, de sus morados y lilas; aterrado de ver que a la misma Suiza habían venido descalzos.


Sentí una profunda alegría y fuerza.


Seguí mirando, cuando un grupo bullicioso entró con unas sonoras lutes y tambores, hablando un idioma de bárbaros; sonreí al reconocer en ellos a los ber-ber.
Después, con sorpresa, algo que no podía faltar, aquellos hombres con sus fusiles Jalil colgados del hombro, vestidos de negro con sombrero de copa y largas barbas y patillas rubias enroscadas.

Logré encontrar, entre toda esa gente de la gradería, a la linda gente de Otavalo con sus collares maravillosos.

Continuaba el deambular de personajes: los curas con sus afeminados sacristanes, la pareja de novios felices y los ancianos cogidos de la mano; este gesto de ternura me hizo pensar en los suegros a quienes, nunca había visto hacerlo.


Atónito observé cómo iban entrando más hombres y mujeres con sus cargas a la espalda, con bultos de fique como si se fueran para siempre.

Encontré el reloj del intérprete y todavía faltaban veinte minutos para que salieran los jueces.

Sonreí de nuevo al ver mis amigos del Instituto Max Plank y los del Louis Pasteur de París, ¡qué locos! Como siempre, estaban con sus trajes blancos.


Después, unas prostitutas amigas saludaron con sonrisa amable, veían en mí a un triste cliente perdido o a un nuevo cliente satisfecho en el futuro.

Estaba respondiendo con una sonrisa a esas tristes mujeres de la llamada vida alegre, cuando entraron unos hombres raros con unos cables larguísimos y me pregunté: ¿para qué serán esos cables?
Reconocí, inmediatamente, que eran los mismos de siempre ¡los puritanos pervertidos!, los psicópatas, aquellos que en el trópico llamamos: ¡Los gringos!
Sí, los gringos de las grandes cadenas de la televisión y la radio, con todos sus incontables aparatos raros, rarísimos, con sus gigantescos zoom y sus cámaras ultramodernas.


Como siempre, listos a filmar la miseria y el drama humano, para hacer de este otro producto comercial más, sin importarles nada, sólo la ganancia y el oro.


Todos mirábamos en la sala con cautela y máxima sospecha cuan listos y ansiosos los..., se disponían a filmar la miseria de la sala y el drama de mi vida.

Continua...

Carlos Echeverry Ramírez (Colombia-Canada)

fitofeliz@hotmail.com

www.carlosecheverryramirez.org

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