Sentimientos encontrados
Sentimientos encontrados
Martina estaba sola leyendo un libro en la recepción.
Costumbre que tenía para guardar la distancia con gente desconocida en los lugares conocidos.
La observé en silencio y me puse a meditar unos instantes sobre nuestras últimas noches de años atrás. Momentos y cosas que si me pusiera en detalle a explicar sus causas y efectos en nuestra intensa relación necesitaría largos años sin poder llegar a describirlos.
Jamás pude olvidar tantas palabras de amor, tantas promesas perdidas en la distancia y más tarde el silencio que esto obliga.
Contento, por encontrarla, me fui a comprar una cerveza en la máquina que había en la recepción.
Me senté a mirar las otras personas que entraban y salían. Luego seguí observándola en silencio y sin que notara mi presencia. Su físico no había cambiado mucho. La expresión de su rostro era distinta. Parecía triste. Muy ausente, o quizás como los otros seres en este mundo, desesperados, y buscando alguien con quién mitigar sus miedos y nuestras ausencias.
Al mirarla, después de tanto tiempo sin verla, pude observar que su cabello mostraba las primeras canas de una mujer en la crisis existencial de los treinta años.
Estaba más delgada y parecía también muy preocupada.
Pero, ¿qué preocupación podría tener?
Me dije en silencio que ella hoy en día vivía con holgura económica al ser su compañía, de biotecnología, una de las líderes en el área y de tener una herencia que le permitiría a la hora que ella quisiese vivir tranquilamente de las rentas.
¡Ah! y se me olvidaba… un esposo ideal. Según su querida Madre.
No queriendo especular más de su actual situación y mucho menos sobre su apariencia física, acabando el cigarrillo y la cerveza, fui ansioso donde estaba sentada.
Me paré frente a ella y le hice con el dedo en mis labios el gesto de no hablar.
Allí, en uno de los salones de la recepción y con un ligero temblor en mis manos por el miedo que sentía de encontrarme de nuevo junto a ella y como si fuera un hombre completamente desconocido frente a la extraordinaria mujer que había sido el gran amor de mi vida, y como uno de esos amores sentidos en los amaneceres o atardeceres o en todos los momentos y en los largos años que se comparten juntos en la vida de una mujer, me paré frente a ella trémulo y angustiado.
En silencio total nos miramos largos e interminables segundos. Desnudándonos el uno al otro con los ojos. Nos mirábamos las cansadas manos, nuestras risas lejanas, las nuevas y recientes arrugas y todo aquello que habíamos vivido y sobrevivido en los inolvidables viajes que juntos habíamos hecho por diferentes regiones del mundo. Conociendo en ellos personajes en lo alto y lo bajo de la llamada sociedad, y… con los más mezquinos seres para los cuales necesitaría mínimo otros veinte años para contar, si acaso existía en ellos rasgo de alguna virtud.
En ese momento, después de tantos años sin vernos, estábamos el uno frente al otro, sentados en la recepción de un hotel, insinuándonos con las miradas las cosas que durante todos esos años de ausencia jamás pudimos expresarnos con palabras.
Muy nervioso me senté junto a ella y lentamente tomé sus manos y sin hablarle le di un beso en la mejilla.
Sin poder decirle lo que estaba sintiendo tan intensamente en esos segundos -que la quería besar toda y sentirla íntegramente mía- que la quería besar como en aquél entonces. Cuando juntos compartimos el mismo aposento y el mismo colchón viejo tirado en el suelo sin ningún prejuicio ni preocupación alguna en nuestra sencilla habitación de la antigua casa llena de flores naturales pendientes del techo y que llenaban de alegría todos esos aposentos.
En esa casa y en el salon principal entre las hamacas multicolores teníamos en el piso una caja de madera con forma rectangular y angosta, que la mayor parte del tiempo estaba cubierta con un bello mantel blanco que fue tejido a mano durante nueve meses por mi querida y extrañada suegra.
Esa caja rectangular y angosta de fina madera era algo fantástico y alucinante para mis amigos, cuando en esos tiempos y en esas noches de ágapes hasta el amanecer y después de habernos tomado varias botellas de whisky y de ron empezaban ellos a indagarme, en medio de carcajadas y mirando entre sus borracheras bien paranoicas, por la rectangular y angosta caja de madera.
Para preguntarme en medio de las risas y con incredulidad al amanecer:
¿Qué hacía yo con un lindísimo ataúd cubierto con un delicado mantel y sin muerto glorioso en él?
La respuesta que daba a mis amigos y conocidos que nos visitaban en forma permanente era la misma que en todas las oportunidades respondía con martina a los hombres, aquellos de la aduana. Que con sus pesadas botas militares trabajan en los aeropuertos.
-Señor ¿usted qué trae ahí en esa caja?
Y yo por mamarles gallo a esos rutinarios y predecibles hombres que su única labor en este mundo consiste en mirar las intimidades y suciedades de la gente, las bragas asquerosas, las medias con mal olor, y la ropa sucia transportadas en una lujosa o en una infeliz maleta comprada a crédito o en una valija prestada por el vecino o también llevadas a veces en una desbaratada y humilde caja de cartón, si se viaja de África o de Iberoamérica.
Estando con nuestra rectangular y angosta caja, y que parecía un bello ataúd, al pasar frente a esos funcionarios que actúan según sea el personaje, y tomando la actitud apropiada si el pasajero que llega es un hombre humilde y que con dificultad se puede expresar en su mismo idioma por el miedo, la intimidación y el terror que siente al tener que pasar por la tortura sicológica y sistemática de las preguntas inquisidoras de estos funcionarios uniformados, armados y sólo educados y entrenados para recibir órdenes, sea la que sea… sin cuestionar alguna de ellas.
Nosotros en esos momentos conocíamos muy bien algunas de sus actitudes fascistas, a veces con sólo mirar la expresión de su rostro y escuchar su forma de hablar podíamos saber qué nivel de educación tenían. Conociendo lo anterior siempre les contestábamos muy serios y a veces con sonrisa maliciosa cuando nos preguntaban, sin ellos tener siquiera el mínimo y básico respeto humano o un poco de cortesía para decir ¡Buenos días! Y siempre hablan con voz altanera a quien consideran inferior, según ellos, pero ponen voz de servil y arrastrado ser ante los superiores a ellos en jerarquía.
-¿Usted míster, qué trae en esa caja?
-¡Un muerto, sí un muerto!, -contestaba yo.
Y nosotros pasmados del susto mientras ellos incrédulos trataban de encontrar ante esa inesperada respuesta una pregunta al origen de ese muerto transportado ingenuamente en la improvisada caja.
Riéndonos al verlos ¡atónitos y asustados! Les decíamos abriendo con todo el respeto humano posible y la máxima parsimonia del caso, la caja de madera para que estos hombres observaran detenidamente y asombrados el muerto…
¡Bello y silencioso del violonchelo de Martina!
Entonces ahora… sentado con Martina en el Albergue de la Plaza Real de Barcelona y después de tomarme una cerveza me quedo en silencio y empiezo a recordar cuando su querida madre, en un inolvidable día de febrero, vino a visitarnos en el trópico, en la ciudad de la Sultana del Valle, en Colombia. Estábamos viviendo lo que una pareja puede llamar un tiempo feliz, viviendo en la misma casa antigua y grande, con paredes anchas y varias habitaciones por donde nuestros perros jugaban todo el día. Los loros al amanecer con sus típicos sonidos despertaban al barrio y un mico llamado “Fausto”, que se volvía loco cuando veía las rubias mujeres europeas que trabajaban en el Centro Internacional de Agricultura Tropical, y que venían a visitarnos cotidianamente. Felizmente también “vivíamos con el mismito colchón viejo de siempre” y que, años antes, mi respetado y querido padre me regaló como contribución a la difícil misión de ser un esposo responsable y eficiente.
Mi querida suegra alemana al llegar por primera vez al país del llamado Sagrado Corazón de Jesús no hizo el menor comentario de las bombas cotidianas, las permanentes matanzas, ni de su gente que vive de carnaval en carnaval y de feria en feria y de reinado en reinado, que de pueblo en pueblo, ciudad y ciudad se celebran sin final, para olvidar de esta forma el caos y las masacres colectivas y constantes que se viven allí.
Mi querida suegra poniéndosele la piel del color del ruibarbo, sólo exclamó en protesta y muy indignada al ver a su hija durmiendo en un colchón tirado en el piso:
-¡Oh my GOT! ¡Peor que los miserables gitanos!
-Martina, ¿cómo toleras dormir tirada en el piso y en un colchón viejo?
Martina sorprendida por las palabras de su madre me miró en la distancia y con sonrisa irónica le respondió:
-¡Mutti!, no me importa.
-¡Así soy feliz! Aquí en Latinoamérica se vive segundo a segundo la vida y una aprende a que tiene una sola vida para vivir y debemos disfrutarla al máximo.
Mi suegra al escuchar tan ilógica respuesta, según ella, salió disparada sin decir nada donde sus muy sabias amigas del club alemán. Como siempre, a tomar café colombiano con las famosas tortas de chocolate. Cuando regresó del club alemán su cara había cambiado para siempre y en los pocos días que le faltaban por vivir.
Nosotros sin dar trascendencia al caso o a lo dicho por ella continuamos felices nuestras relaciones en el viejo colchón.
Dos días más tarde mi querida suegra entró en una fantástica crisis maniático depresiva y me tocó montarla a la carrera en un viejo y destartalado avión con la ayuda de varios amigos y mandándola llenita, llenita de diazepanes y alprozolanes a la pobre vieja alemana, para que se fuera de regreso a la patria del nuevo orden.
Jamás comprendió que en el trópico algunos personajes siempre hemos vivido en el desorden y de fiesta en fiesta.
Para mi suegra la Frau Kats eso fue demasiado. Muchos años después y recordando ahora todos esos momentos con Martina y riéndonos a carcajadas de esas cosas y muchísimas más vividas juntos, le dije tembloroso: -¡Todavía te quiero Martina!
Se turbó, llevándose las manos a la cara nerviosamente y lloró por unos segundos.
Terminando sus sollozos dijo tomándome las manos y apretándolas fuertemente mientras me traía junto a ella y como siempre lo hizo en los años felizmente compartidos.
-Cato, ¡Yo jamás, jamás te olvidaré!, en todos los segundos, y en cada minuto de mi vida siempre has estado en mí.
Te encuentro día a día y a cada segundo en la risa de los niños, en las orquídeas de mi laboratorio, en el caminar lento de los ancianos cogidos de la mano, en mis ilusiones, en el aire que respiro y… ¡en todo aquello, sí!
En todo aquello que dejamos por hacer.
Por eso hoy y en este momento soy consciente que te amo más y más, y en cada momento que pasa de mi frustrada existencia.
Escuchando sus palabras sentí rabia y me llené de melancolía al escuchar la frase aquélla:
¡Que dejamos por hacer!
Levantándome cogí su mano al escuchar que el volumen de la música había aumentado al grado que me era imposible escucharla y le dije:
-Amor, Martina, vamos a otro lugar más tranquilo y como en aquel entonces.
Cogidos de la mano, y metiendo en ellas toda la fuerza de nuestro corazón fuimos a otro bar cercano.
Allí había poca gente. La música era agradable y estaba a un buen volumen.
Yo muy conmovido y nervioso pedí lo de siempre, un whisky doble, ella pidió muy ansiosa un coñac.
No hablábamos, sólo nos mirábamos en medio de tímidas sonrisas y nerviosos gestos mientras dejábamos pasar los segundos o el imparable momento.
Sorpresivamente Martina se llenó de risas y en medio de unas sonoras carcajadas y sin pena alguna me dijo:
-¡Estás gordo, gordísimo, pareces un marrano!
Apenado, y tratando de dar una excusa a mi falta de disciplina en una dieta balanceada y con fibra le respondí:
-Amor, son los años y la malparida vejez que no vienen solos.
Cuando pararon las risas a mis excusas por mis doce kilos sobrantes en el cuerpo, y después un largo silencio en el cual habíamos mirado todos los objetos que nos rodeaban en el lugar, me preguntó en forma directa, sin duda alguna y con entusiasmo desconocido por mí en ella.
-¿Serías capaz de volver atener relaciones sexuales conmigo?
Al escuchar tan tremenda pregunta y después -con susto meditar unos segundos- tímidamente respondí:
-Amor, Martina, ¡me da mucho miedo!
-¿Qué pasaría si no es como en aquel entonces?
Por no decirle también que temblaba del pánico.
-Cato, ¡no olvides que ya no somos los del aquel entonces!
Dijo con ternura.
-¡Por eso me da miedo! Respondí.
Trataba de disimular la angustia y el miedo que me causaba encontrarme con ella y sacando valor, no sé de dónde, le hablé: Amor, el lugar donde vivo es una pensión llamada “La Gallega” es un lugar de bandidos, putas, ladrones, turistas baratos, pensionados pobres y es la más barata de Barcelona. No queda lejos de aquí, está muy cerca, en la calle Ample y próxima a la plaza La Merced. Pero... no quiero ir allí contigo, porque ese lugar es una porquería y no existe privacidad alguna y tampoco creo que sea el lugar adecuado para estar juntos después de estos años sin vernos.
Mirándome a los ojos, me respondió.
-¿Acaso, no hemos conocido la miseria humana suficientemente como para pensar que sólo tú y yo existimos en estos momentos y también en todos los años cuando hemos estado juntos? Qué nos importa la otra gente y los lugares.
-Tienes razón. Respondí.
No tenía más excusa.
Mientras las horas pasaban con nosotros conversando animadamente y disfrutando de tragos de whisky y coñac, y en ocasiones con algunas caricias y robados besos, decidimos irnos y sin ningún prejuicio a la Pensión Gallega.
Nos fuimos caminando solos y en silencio. Como siempre, y recordando todo lo que habíamos hecho y también extrañando lo que dejamos de hacer en nuestra pasada relación.
Caminábamos muy juntos y ausentes de los ríos imparables de las gentes que venían a caminar en las Ramblas de Barcelona.
Estaba yo sintiendo la dulce brisa de Cali y ella recordando las bellas noches con palmeras alegres que danzaban en la fresca brisa de Santa Verónica, cerca de Barranquilla, allá en la costa Caribe, donde siempre pasábamos nuestro tiempo libre.
Al final de una media hora de apacible caminata llegamos a la Pensión Gallega.
Pensión de mierda llena ésta de miseria humana, empezando por la dueña y sus pillos administradores.
Subimos al tercer piso y abrí la puerta con la llave más grande que he tenido en mi vida, y en el mundo. Parecía la llave para abrir una iglesia, o un convento; no una simple puerta como era la de la mísera habitación.
Al entrar me metí en la ducha, Martina se acostó en la cama igual que siempre.
Al salir puse la música de Pablo Casals con sus fugas para violonchelo, bajé la intensidad de la luz, prendí una vela y destapé una botella de vino blanco. Le serví una copa y brindamos por el futuro.
-¿Qué éramos?, me pregunté con curiosidad en algunos instantes mientras me duchaba.
Con su mirada me indicaba que estábamos muy felices; yo estaba muy nervioso, igual que ella; sin embargo tratábamos de disimularlo y de aceptar que encontrarse con la persona con la cual se convivió por años y años causa una angustia que a cualquiera lo dejaría propenso a un infarto, fácil, facilito… .
Después de tomarse la primera copa de vino me dijo: -Cato, mi amor, sírveme otra copa que me voy a duchar.
Se desnudó delante de mí como siempre.
¡Y… casi, casi, me da el infarto del que hablaba al ver semejante hembra, -tremenda mujer tan bella al frente mío- otra vez y después de tantos años!
Martina entró al baño como de costumbre, se duchó y salió desnuda con su cabello recogido atrás con la toalla. Pude ver toda su belleza, su estatura de un metro con ochenta y, ¡yo con mis escasos ciento sesenta centímetros!
Sus redondas caderas, la firmeza de su busto, sus bellos pezones; toda, toda… la miré, y pensé: ¡bellísima!
Estaba divina, se veía destensionada, y volviendo a ella la ternura que siempre me brindaba en aquellos años, su risa se llenó de espontaneidad.
Volvía a ser ella. Yo me sentía feliz.
Me llenaba de alegría el escuchar su risa, sentirla contenta, y saber que su amor por mí había sido sólo desplazado por unas adversas circunstancias del destino.
Nos fuimos a la cama como en aquel entonces.
¡Sin desespero y sin acelere!
Luego hicimos el amor muy lentamente y sin angustias.
Como si la última vez hubiera sido unos pocos días antes.
Nos mordíamos suavemente y al final, duro y mutuamente por largos segundos, tanteando e imitando las fieras. Y de esta forma asegurar la presencia del otro ser y de agarrarlo y retenerlo con la mordida para siempre, para no dejarlo partir jamás a su lejana existencia de este efímero mundo.
Tratábamos en esos instantes de hacer lo único que nunca pudimos hacer. Perpetuarnos en esta tierra, ser juntos un solo cuerpo, una sola sangre, y ser por un solo instante lo que siempre soñamos durante los pasados años.
“Ser el llanto y los gritos de un recién nacido al amanecer”.
Entonces… muy al final de la noche, cuando ya Martina dormía profundamente, lo contrario a mí, -que jamás duermo bien-, durmiendo las noches, imitando los gallos de pelea ¡Con un ojo abierto!, escuché en el estrecho corredor que llevaba a las míseras habitaciones de la Pensión unos ruidos muy extraños. Unos sonidos que a esa hora inmediatamente me hicieron recordar los sonidos que producen las botas militares cuando van con fusiles buscando a alguien.
Parando la oreja, también como los gallos de pelea, escuché que el piso de madera crujía, me paralicé del terror pensando que era por mí que venían.
A cada segundo, y por el angosto corredor que comunicaba las habitaciones, los escuchaba venir más y más cercanos.
Martina dormía plácidamente y yo aterrorizado no sabía qué hacer o qué pensar.
Muy rápido y levantándome de la cama sigilosamente y sin prender la luz de la habitación miré sin perder una décima de segundo cómo podría encontrar un medio de escape a mis alrededores.
La ventana abierta de mi habitación sólo me permitía mirar en la penumbra de la noche, y desde una altura de tres pisos, el duro cemento gris del patio y una muerte asegurada.
-¡Qué voy hacer, no tengo alternativa!
Las botas con los hombres armados se acercaban a nuestra habitación y la ventana más cercana al mirar por el exterior de la mía era la del vecino y estaba cerrada.
-¡Dios mío ayúdame! ¿Qué hago?
En medio del ruido de las botas militares acercándose más y más a cada segundo logré escuchar la voz de Martina, que con ternura infinita decía:
-¿Cato, mi amor, qué te pasa?
-Duerme tranquila, ¡duerme mi amor!
Escuchando las pesadas botas de los hombres armados venir hacia nosotros y parando sus pasos, frente a la habitación nuestra, no alcanzaba a distinguir ninguna voz conocida.
Los hombres armados hablan entre ellos algunos segundos al frente de la habitación y lloro del miedo en silencio, mientras se siguen escuchando los radios en mensajes cifrados.
Segundos más tarde empieza de nuevo la marcha de los hombres hacía las otras habitaciones al final del pasillo.
Sintiendo mi corazón latir a explotar, Martina despierta otra vez preguntándome:
-¿Mi amor, qué te pasa?
Le contesto, casi sin poder hablar, al no tener saliva en mi boca por el pánico que siento.
-¡Amor, no sé, ¡no sé! Son hombres armados.
-Y… ¡buscan a alguien en la pensión!
Después, con el sonido de las botas haciéndose más leve y alejándose por el estrecho pasillo que comunicaba las habitaciones y llegando al final del corredor, empezamos a escuchar unos gritos desgarradores.
¡Dios mío!, No sabía qué hacer con los gritos que rompían el silencio impenetrable de la vecindad, y desgarraban ahora la media noche, la intimidad de todos los hogares y personas alrededor.
Aquellos conmovedores alaridos jamás los he podido olvidar…
¡Alá- Alá- Alá- Alá!
Eran gritos muy potentes y de un hombre muy fuerte. Creo que podía imaginar su físico y su titánica lucha hasta el último segundo de la vida, viéndose cercano a la muerte y resistiendo la intensa tortura que recibía.
Su voz se escuchaba en todo el edificio y casas vecinas. No me equivocaba en el tipo de hombre que imaginaba en medio del terror y pánico que sentía al escuchar sus desgarradores gritos.
En sus palabras de auxilio decía: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! Y suplicando llamaba: ¡Policía!, ¡Policía!
¡Alá! Alá! Alá, Alá!
¡Auxilio! ¡Auxilio!
En sollozos suplicaba que llamaran la Guardia civil, la llamaba desesperado y sin encontrar respuesta ni eco a sus súplicas.
¡Guardia civil, Guardia civil, por favor!
¡Policía auxilio!
Y en quejumbrosos lamentos les decía ¡Hijos de Puta! ¡Cabrones de mierda!
Ahora que les necesito… ¿por qué no vienen?
¿Dónde están?, ¡Yo he pagado mis impuestos como todos!
¿Por qué no vienen?
Su voz fuerte y profunda al final únicamente encontró eco en aquel que siempre se ha considerado a través de la historia de la humanidad, "El único digno de llamarse el amigo del hombre".
-Los perros del vecindario no ladraron-
Esa extraña noche los perros no ladraron como de costumbre. Aullaban como sus antepasados lejanos, los lobos. Y pidiendo una nueva justicia moderna y de acuerdo a las circunstancias de cada hombre.
El hombre desesperado en sus gritos pidiendo auxilio se cansó y sus gemidos agónicos empezaron a ser más débiles. Simultáneamente los aullidos de los perros iban siendo más fuertes, y luego... no se escuchó nada.
Fuera de su voz. Ninguna voz, ninguna…nada, ni siquiera un leve sonido, el canto de un ave, y tampoco la brisa del bello amanecer.
Todo el vecindario estaba bien escondido y guardado en la comodidad del triste y cobarde silencio.
Nosotros, dentro de la habitación, abrazados en el terror y ante la impotencia de la situación, nos quedamos acompañados por los sonidos de nuestra respiración y escuchando en los edificios vecinos los nuevos aullidos desesperados de los otros canes que anunciaban la muerte de un ser humano.
Uno más y uno menos de este miserable mundo.
Recuerdo muy bien que sus últimas palabras en agónicos sollozos eran:
¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá ! ¡Alá! ¡Alá!
Y por último, todos los inquilinos de la Pensión Gallega escuchamos sin creer y paralizados por el terror que se siente al oír algo semejante, la forma bruta, despiadada y salvaje, como caía pesadamente un bulto sobre el duro y frío cemento del patio.
No pude en ese instante, por el pánico que sentía, calcular la altura de la cual fue arrojado.
Lo escuché cuando cayó y en silencio lloré, sin decirle nada a Martina ni mover un dedo de mi aterrorizado cuerpo.
La tortura terminó ¡Lo mataron! ¡Hijos de puta, lo mataron!
Era todo lo que me decía en silencio.
-¡Que descanse en Paz!
-Gracias Dios mío. Me dije, dándome trémulo la bendición.
Creo que Martina al escuchar lo mismo, cuando cayó el pesado cuerpo, sintió la muerte de ese desgraciado hombre y guardó un obligado silencio por el pánico y terror que sentía.
Luego en sollozos, y en medio de la angustia y resignación que ya sentía Martina al saber que nosotros, quizás, seríamos las próximas víctimas, nos quedamos abrazados, sin soltarnos un minuto, hasta los primeros rayos de sol en el amanecer.
Así pasaron los minutos y las horas del resto de la noche, sin palabras, sentados, abrazados y en el extremo cansancio que produce el miedo y el pánico de sentir la muerte y escucharla impotente segundos más tarde caer con todo su trascendental peso sin ley y pena alguna y abrazada de la ignominia de los Estados, llenos de hombres, políticos corruptos y ladrones.
En la mañana cuando observé los primeros rayos del sol bajé muy asustado al patio. Bajé decidido a mirar e investigar qué había pasado en la Pensión y en horas anteriores.
¡Dios mío, ¿cómo es posible?! Me decía al ir bajando los escalones. Había sido una noche de terror indescriptible para todos los allí presentes en la Pensión y los modestos habitantes del barrio.
Al llegar al patio encontré de súbito el siniestro bulto.
Estaba tirado en el piso húmedo y frío, y con unas manchas grandes y de color marrón, cuando las vi.
Pensé que era sangre coagulada.
Viendo estupefacto el bulto, ¡Dios mío! Ese es el cadáver del hombre asesinado, metido en ese bulto y sin piedad alguna por los hombres armados.
Para mi gran sorpresa, que todavía meses pasados de esa trágica noche no lo puedo creer aún, el siniestro bulto tenía impresas en él las letras bien grandes con los bellos colores de mi feliz infancia, colores aquellos del amarillo, azul y rojo de:
Café de la Colombie.
Y… sobre el bulto y esas letras estaba sentado muy tranquilo y feliz tomándose un delicioso y fresco café y fumando cigarrillos Camel un señor llamado: Mohamed Sidi.
Atacado de la risa, riéndose a carcajadas de todo el mundo y de la gente asustada y escandalizada que lo rodeaba compungida.
Creyendo esta gente ingenuamente que todo el drama y terror demoníaco había sido una cosa real y patética; por los sucesos ya conocidos y escuchados por nosotros a través de la horrible e indescriptible noche vivida en la simple pensión y sólo unas horas antes.
Mohamed Sidi, un increíble hombrecito de unos 76 años y no más de 160 centímetros de estatura, famoso y conocido en el barrio como pintor de brocha gorda de la Pensión y de tres más que tiene la avara y pícara Gallega.
Estaba contándoles muy divertido mientras tomaba café y le regalaba a diestra y siniestra a todos los confundidos, asustados y algunos aterrorizados clientes anglosajones de esta mísera pensión, como eran los gringos drogadictos, alemanes, suecos, holandeses, canadienses y... a mí como único colombiano, o sudaca del... que eso tan horrible e inaceptable en un país civilizado, y que lo que pasó ayer en la noche era algo rutinario para él. Nos lo decía mientras sonriendo contaba a todos lo asustados turistas y huéspedes, algunos de ellos puritanos pervertidos y súper clientes y grandes adictos fijos del prozac y los famosos diazepanes, y los otros conocidos ansiolíticos y antidepresivos, recomendados por aquellos y algunos de ellos comerciantes y charlatanes de la salud mental y conocidos ponenombres o marcas en sus clientes, como si fueran artículos más de consumo; los médicos siquiatras, que… ese acto de terror, de la invivible noche pasada, lo hacía todos los primeros viernes, cada tres meses.
Lo hago, decía el señor Mohamed, para despertar las emociones ya muertas o muy reprimidas y completamente olvidadas en algunos turistas nórdicos y anglosajones.
Repitiéndolo cada tres meses para recordarles a los vecinos catalanes y españoles y más aún, para no dejarles olvidar jamás a mis vecinos de barrio y de apartamentos próximos que los árabes, los moros, nosotros, la gente odiada en toda Europa y el mundo, hemos estado en España por ocho siglos; y que llegamos hasta las cercanías de París, a una ciudad llamada Poitiers. Que estamos presentes y estaremos en la arquitectura, el lenguaje, el comercio, la música, y el muy consumido desesperadamente por la juventud europea y española: ¡el hachís!
En nuestra deliciosa comida y en la muy necesitada mano de obra y mal pagada siempre que proporcionamos a todos los empresarios catalanes, españoles y europeos.
Y hoy, más que nunca antes, estamos presentes en la vida cotidiana de esta Europa y del tercer milenio que comenzó.
Luego don Mohamed con tremenda indolencia se levantó del bulto semilleno de arena mientras se reía de los asustados presentes para despedirse diciéndonos a todos los incrédulos, muertos del terror y desvelados clientes de la puta pensión, cuando se alejaba con otro delicioso café de Colombia:
-¡Have one nice day, all you bastards!
Yo subí corriendo a la habitación donde me esperaba en pánico y llorando aún la Martina.
Ahora iba donde ella, no aterrorizado sino sorprendido con la historia de este árabe. Y, su despedida tan tranquila de todos los concurrentes con:
-¡All you bastards!
Ya en la habitación, incrédulo y atacado también de la risa por esta increíble, pero real historia, le conté a Martina toda la versión de este individuo.
Martina, después de escucharla, se ensimismó unos largos instantes, luego, cariñosamente dijo:
-¡Típico árabe!
Se llenó de risa, me miró en paz. Luego, caminó tranquila y se metió en la ducha.
Para salir igual que la noche anterior, desnuda y majestuosa con su imponente belleza.
Al salir de la ducha podía notar en ella el pánico y el cansancio de lo vivido la noche anterior.
Miraba detenidamente la hermosura de su ser y la sensualidad de su cuerpo, cuando la escuché ahora muy tranquila y segura de sí misma y después de un largo silencio decir:
-CATO, ¡Mi amor, mi vida, quiero un buen café y que sea de Colombia!
Y ¡Vámonos, vámonos ya!
Y, ¡cuanto antes!, el hombre árabe tiene toda la razón. Estamos rodeados en el mundo de hombres corruptos y mediocres y muchísimo más aquí, en esta llamada:
Culta civilización europea.
Vámonos a hacer lo que dejamos por hacer en nuestra pasada relación.
Vámonos al lugar aquél, donde los niños aún en medio de sus risas y la pobreza material que los rodea hacen la pesca con cometas y donde, en las cálidas y sencillas noches se escuchan los acordeones, las arpas, los tiples, guitarras, tamboras y maracas tocadas por los abuelos y siempre acompañados con las olas y alegres brisas del mar Caribe.
Vámonos a Venezuela.
Vámonos a Latinoamérica.
Cato, mi Amor, mi vida, ¡vámonos rápido!
Y… no olvides por favor, ¡no olvides! la rectangular, muy angosta, y fina caja con el… ¡Violonchelo!
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Barcelona, 20 de julio de 1998
Carlos Echeverry Ramírez
Colombia
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