Nuestros perros ladran otra vez
Nuestros perros ladran otra vez
Al bajar de la montaña y mirando el valle jamás pensé que esas cosas pudieran pasarme.
-¡Llovió por estos lados!, dijo Carolina, bajando el volumen de la música. Y al observar que la carretera estaba húmeda disminuí la velocidad del Mercedes Benz.
Sorpresivamente al frente del automóvil frenó peligrosamente un jeep con pasajeros. Reaccioné de inmediato y traté de parar mi carro. Pero el Mercedes se deslizó sobre el asfalto y mientras lo hacía una joven mujer salió del borde de la carretera para montarse en el jeep.
En décimas de segundos y tratando de eludir el accidente y para no matar a la mujer tiré hacia la izquierda el viejo auto y lo estrellé contra el jeep en el lado izquierdo trasero con el lado delantero derecho del automóvil. Siendo la farola lo único grave del accidente entre los dos vehículos.
La mujer que estaba subiendo al jeep perdió la estabilidad en el tremendo susto y cayó a un lado de la carretera.
En otro lugar arriba en la montaña, y a unos veinte metros de altura y del lugar de los hechos narrados, en un improvisado rancho y desde una de sus rústicas ventanas -de donde cuelgan geranios en tarritos metálicos- Juan, el esposo de María, segundos antes al despedirse le había enviado con su mirada y con un gesto cariñoso un último beso y un adiós.
María iba muy feliz al hospital para el control de su cuarto mes de embarazo. Llevaba varios días haciendo planes para el futuro de su bebé, acariciando su barriguita diariamente y diciéndose en compañía de la fresca brisa de los atardeceres mientras esperaba cotidianamente que su esposo regresara de la fábrica donde trabajaba como obrero especializado.
-Hijo mío cuando crezcas tienes que ser un líder.
-¡O lo que sea!, quiero que seas un hombre bueno y siempre ayudes a la comunidad.
-¡Siempre, serás un Hombre de Paz!
De esta forma María se entretenía en las horas con los rojos y amables atardeceres, cuidando las plantas de legumbres y bellas flores de su jardín.
Cuando se sentía bien se iba con otras mujeres amigas y vecinas a trabajar la agricultura en el Jardín Comunitario que la gente que vivía a su alrededor, y después de mucho esfuerzo, habían logrado establecer.
En el momento del accidente, y desde la distancia, angustiado la vi caer sobre la hierba a un lado de la carretera. Recuerdo que reaccionó levantándose de inmediato.
Nítidamente observé entre las imágenes sus ojos buscándome con la mirada suplicante mientras escuchaba aterrorizado los gritos de la gente que iba en el jeep.
Me bajé del auto como un loco y corrí hacia ella.
La abracé, y le pregunté si estaba bien.
Me miró en forma extraña y con dificultad para estar de pie.
Después, poco a poco, me fue hablando angustiada y muy despacio -por su dificultad para respirar- mientras yo iba sintiendo una tristeza nunca experimentada en mi vida. Miraba con pánico cómo ella, con angustia y terror indescriptible, trataba inútilmente de proteger su vientre con las manos. Para terminar diciéndome aquellas palabras de:
-¡Tengo mucho dolor aquí!
En ese momento comprendí que estaba en embarazo.
De repente, y sin darme cuenta de nada, llegaron decenas de personas. Entre ellas un grupo de hombres armados los cuales me encañonaron y olieron mi aliento.
Querían saber ellos si el conductor del auto estaba borracho.
Se calmaron. No era la irresponsabilidad de un conductor ebrio.
Las aspas del radiador, que enfrían el motor del automóvil, habían quedado golpeándolo causando un sonido repetitivo que aumentaba la angustia que sentían en el lugar del accidente todas las personas que presenciaban los dramáticos hechos.
Carolina, mi esposa, asustadísima y temblando, como pudo y en medio de su trauma por el accidente no sé cómo logró apagar el auto para acabar con ese sonido infernal de las aspas del motor golpeando el radiador.
Juan, el esposo de María, con sus amigos y vecinos de la invasión y rodeándome con cuchillos, machetes y armas de fuego, nos dijeron que debíamos trasladarla rápidamente al hospital.
Entre todos los hombres corrimos el radiador y pusimos en marcha el automóvil. Tres de ellos venían con nosotros para evitar, según ellos, que escapáramos del lugar del accidente.
Al llegar lo más rápido posible a un pequeño hospital, y el más cercano al sitio de los hechos, un médico la examinó, y nos dijo a todos que aparentemente no había golpe alguno en el feto y que tampoco existía sangrado. Sin embargo la remitió al Hospital Central del Seguro Social, para que estuviera en observación intensiva bajo el cuidado de un especialista.
En el hospital del Seguro Social, y con todo su corrupto sistema administrativo y operativo que lo acompaña, nadie la quería recibir.
Sin embargo por intermedio de mi primo, el cirujano plástico, más la presión de toda la gente armada que nos acompañaba logramos que la ingresaran en la sala de urgencias lo más rápido posible.
María en el hospital, y con calma impresionante, miraba la angustia y el caos de todo este mundo a su alrededor.
Yo sigo sin encontrar palabras para describir lo que sentía en esos interminables y angustiosos minutos que estuve con ella y con su esposo esperando desesperados que ella fuera atendida.
Al llegar la noche, y después de que María quedó en estricta observación y cuidados intensivos, fuimos con Juan a la casa donde vivíamos Carolina y yo en el barrio Versalles, de la ciudad de Cali; llegando a casa nos sentamos en nuestra amplia y cómoda sala. Sincerándonos el uno al otro le pedí a Juan que por favor entendiera que lo sucedido había sido un accidente y que nunca fue mi intención causar daño a su mujer con el automóvil.
Que ella y su bebé no corrían peligro alguno.
Al dia siguiente y en la noche, después de haber estado en la mañana con María en el hospital, en nuestra casa los perros ladraron en forma extraña.
Miré desconfiado por el orificio de la puerta y era el esposo de María. Cuando abrí la puerta, repentinamente y aterrorizado me sentí empujado al interior de mi casa por varios hombres armados.
Segundos más tarde supe que querían negociar conmigo el daño causado a María en el infortunado accidente.
No sé por qué, pero no sentía miedo alguno. Muy tranquilo los invité a la sala de mi casa y saqué una botella de ron, les ofrecí un trago, el cual tomaron gustosamente. En ningún momento brindamos por nada.
Carolina no estaba en casa. Alfredo salió minutos más tarde de su habitación y se puso pálido cuando vio los siete hombres armados con caras de asesinos, y con automáticas y metralletas Uzis en la sala de la casa muy tranquilos bebiendo ron.
Saludando atemorizado, el pobre alemán, se sentó en medio de todos los hombres.
Así, únicamente en la compañía de Alfredo frente a estos hombres, sólo me quedaba preguntar:
-¿Qué quieren?
El jefe de los hombres armados respondió:
¡Dólares!
-¿Cuánto dinero quieren?
Y, con todo el cinismo del caso me pidieron una cifra extraordinaria. Cantidad que no tenía y la cual, si hubiera pedido la ayuda de mis padres, jamás hubiéramos podido reunirla.
Después de otros tragos de ron y tratando de calmar la tensa situación, y mirándonos los unos a los otros con perpetua desconfianza, logré bajar la suma que ellos pedían a una modesta suma y que estaba de acuerdo a mis ingresos.
Quedando en que yo al día siguiente les entregaría lo pedido.
El día martes. Juan el esposo de María regresó con el líder del grupo armado a recoger el dinero.
Habiendo llegado dos horas antes del banco y cumpliéndoles con mi palabra entregué la suma indicada.
El jefe del grupo colocando la metralleta Uzi sobre la mesa y, con toda la parsimonia del caso, contó uno por uno los dólares y se fueron sin decir palabra.
Absorto me quedé mirando a Carolina en silencio cuando los hombres se fueron. No pensé en nada mientras me acostaba en una de las hamacas multicolores. Acostado allí de inmediato me invadió una tristeza y depresión indescriptibles al recordar a María en el hospital contándome sus sueños para con su futuro bebé.
Mientras tanto María, en el hospital, arreglaba las pocas y sencillas pertenencias en una pequeña maleta prestada a la carrera por la vecina a su mamá y que le había llevado el día anterior para meter sus cositas personales.
Muy resignada iba colocando las prendas una por una y en la misma forma que empacó meticulosamente las dos únicas muditas de ropa que tuvo en aquel entonces para pasar su feliz luna de miel.
Suspirando se decía:
-¡Ah tan cortica! ¡Sólo un fin de semana!
Y con nostalgia en la sonrisa recordó cómo fueron los días cuando, también por primera vez, conoció:
¡No el miedo! No un hombre, sino el mar Pacífico.
Y los recuerdos le trajeron a la memoria aquella música de:
“Bello puerto del mar, mi Buenaventura”.
-¡Ay mi Dios, ayúdame!
Decía mientras seguía inconscientemente acariciando su vientre y terminando de empacar sus escasas pertenencias.
Su señora madre regresó al rato para recogerla y salir del hospital.
Y luego tomar un bus con dirección a la montaña.
A la carretera con dirección al mar. A su rancho alegre en la invasión; y donde estaba aquel lugar siempre rodeado y lleno de flores, con el bambú y las paredes blanqueadas a punta de cal iluminando a toda hora los pisos de tierra siempre limpios.
Los días siguientes después de este accidente para mí fueron una pesadilla total. Poco a poco iban volviendo a su rutina normal los días cuando a las tres semanas y todavía con el trauma psicológico del accidente y de haber visto y conocido cómo fácilmente la vida se nos va de las manos y más aún, o peor, la vida de otra persona por algo tan simple como lo que me sucedió a mí con el automóvil; nuestros perros ladraron otra vez.
Y me di cuenta, inmediatamente, que eran los hombres armados. Abrí la puerta de mi casa y eran los mismos siete hombres y Juan que los acompañaba.
Estaban allí otra vez para contarme que María había perdido el feto de su feliz embarazo a causa del accidente.
Me desplomé en el sofá al escuchar la noticia, me llevé las manos a la cabeza y les pregunté angustiado:
-¿Ahora qué quieren?
-¡Mátenme si quieren!
Escuché que le quitaron el seguro al arma asesina, y el hombre con voz envalentonada me grita:
-¡Queremos más dólares!
En esta ocasión querían la suma pedida la primera vez.
No teniendo más alternativa que recurrir a mi viejo fui a su casa muy angustiado. Mi padre muy preocupado por lo sucedido y la desesperante situación fue al banco, hizo un préstamo y regresó con el dinero.
Al día siguiente los hombres armados volvieron y en esta oportunidad sin decir palabra de sobra contaron alegremente los dólares. Y se fueron tranquilamente, sin prisa alguna y sin mirar atrás.
Seis meses después del accidente, y siempre, tratando de no recordar lo trágicamente sucedido, continuaba con mi rutina habitual de dictar clases de nueve a doce y de tres a seis de la tarde en nuestra Escuela de Diseño Industrial de Moda, en la ciudad de Cali cuando, aproximadamente, a las diez de la noche...
Y mientras escuchábamos Carmina Burana, los perros volvieron a ladrar en forma desconocida.
-¡Dios mío otra vez los hombres armados!
Me dije, mientras caminaba la larga distancia de la sala, con sus hamacas, a la entrada de la casa.
Decidido y sin arma alguna abrí la puerta.
¡Qué gran sorpresa me llevé!
Allí estaba una anciana con aspecto no desconocido.
Con cabello blanco, nariz aguileña, ojos grises y mirada inquisidora.
A pesar de lo tarde de la noche y de su mirada, la cual me puso muy nervioso, amablemente la saludé y le pregunté:
-¿Señora, en qué puedo ayudarla?
¡Muchísimo!, Señor Cato, con voz segura contestó.
-¿Me permite entrar en su casa?, dijo muy pausada.
Al escuchar mi nombre me asusté.
-¿Cómo lo sabe?, me pregunté.
Por cortesía y respeto a su edad le contesté:
-Bien pueda, pase usted señora.
-¿En qué le puedo servir?
Le pregunté como habitualmente lo hago con toda la gente que conocía bien.
Después de sentarse en la sala se ensimismó y poco a poco empezó a mirar bien y con atención todos los rincones de la casa llenos de flores y en forma especial las orquídeas y azucenas que colgaban del techo.
En forma muy digna y apenada fue jalando su sencilla falda y cubrió bien las esqueléticas rodillas de su ya extenuado cuerpo.
Le ofrecí un café, los perros más tranquilos dejaron de ladrar. Después me excusé y fui a la cocina y cuando regresé con el café preparado Carolina, mi esposa, que ya había salido de la habitación al escuchar la algarabía de los perros, a esas horas no esperadas, estaba conversando respetuosamente con la anciana. Con curiosidad y mientras ponía el azúcar en su café le pregunté:
-Señora, ¿en qué podemos ayudarla?
La anciana, ahora con orgullo y mirando fijamente, me respondió:
Quiero que conozca Señor Cato, que yo soy la mamá de María… La mujer que sufrió un accidente con usted.
Vengo a decirle lo siguiente:
El dinero que esos hombres armados le robaron
¡Jamás tuvo mi consentimiento!
Yo nunca supe de ello, ni María tampoco.
Nosotras dos, ¡No somos así!
Las únicas mujeres de la casa, ¡No hubiéramos aceptado ese chantaje!
¡Porque un accidente es un accidente!
Y usted no tuvo la culpa de lo que pasó ese día.
Esas son cosas que trae la vida y hay que tomarlas y aceptarlas así.
La anciana respirando profundo tomó otro sorbo de café, despacio y con la mirada penetrante recorrió lentamente toda la casa, sus rincones y sus plantas epifitas, mientras yo intrigado la observaba.
Finalmente suspirando y con una larga exclamación dijo:
¡Ah… Señor Cato!, para ese tipo de accidentes los ricos nunca pierden. Para eso tienen sus compañías de seguros.
-Perdón señora, yo no soy un hombre rico, ni creo que algún día llegue a serlo, no me interesa.
La señora de forma extraña empezó a decir unas frases incoherentes que me dejaron aterrado.
-Y que midiosito santo no me castigue por maldecir.
Yo nunca he querido ni he aceptado la moral de ese demonio maldito llamado en estos tiempos modernos ¡el dólar!
Ese dólar maldito que tanto daño ha causado a nuestros pueblos con esa cultura de Satanás. Dólar del diablo, dólar maldito, maldito sea.
Yo sólo venía a pedirle algo muy especial y sencillo a ustedes dos.
Y no sé si usted pueda y quiera.
Pero... como nosotros, ¡no tenemos una maquina de coser!
Pensamos María y yo que usted, entre sus amigos ricos y conocidos, quizás me puedan ayudar a conseguir una maquinita de coser a un precio cómodo.
Señor Cato, y ¿por qué no?, y ¡mejor!
¡Que me la vendan para pagarla a placitos! ¡Así no le debo favores a nadie!
-Yo me quedé aterrado y estupefacto con lo escuchado y sugerido por la digna anciana de ojos grises.
Mientras salía de la grave perturbación de revivir todo lo pasado en esa amarga y dolorosa experiencia del accidente y el terror que sentí a cada segundo que estuve recogiendo a María en el lugar del accidente y luego en el hospital y después con los hombres armados listos a asesinarme respiré profundo dos veces, me fui al baño para orinar y después al regresar me serví un trago de whisky doble.
Así, impávido, y todavía sin creer lo escuchado, le pregunté a la señora anciana -dígame señora, ¿María cómo está?
Después de un contagioso y largo silencio, mientras la anciana se concentraba mirando todo a su alrededor, las niñas de sus ojos se le escapaban y se iban a bailar entusiasmadas, contentas y llenas de alegre vida otra vez y como en los años felices de su remota infancia en un pueblo al oriente de la Antioquia grande, y entre las bellas y variadas flores colgando del techo de nuestra sala, ella… la digna anciana con sus huesudas manos se arreglaba otra vez muy dignamente el largo de la falda, para respondernos pausadamente y muy serena, dando fabulosos brincos entusiasmados en la expresión de sus ojos, ahora, de niña pura.
-María está muy feliz.
-¡Es todo lo que les puedo decir!
Y se quedó de nuevo unos interminables segundos en silencio esta vez mirando al Tao, mi perro favorito.
-¡Sí, Sí, María está ¡muy feliz! ¡Muy feliz!
Sorpresivamente dijo: -Señor Cato y usted señora Carolina, me duele mucho lo que les tengo que contar, pero... Si supieran cómo recuerdo aquella noche...
Y la señora se quedó en silencio ensimismada otra vez y yo más sorprendido a cada instante que pasaba con esta anciana extraña. Por lo mismo y sin pena alguna y al escuchar lo narrado, le pregunte:
-¿Cuál noche? Haber Señora por favor... cuéntenos.
-Esa noche aquella, larga e inolvidable noche, en que mi querida hijita perdió su bebé.
Era una noche bella de luna llena, y qué bien que la recuerdo.
Era una noche muy extraña también, porque ese día las cigarras cantaron como locas y en todas las horas de la tarde.
Ese día y como cosa extraña me sentía muy sola. La noche y los vientos de ese amanecer eran tibios y húmedos, normalmente son fríos y secos, también había bello trinar de pájaros y en la aurora la atmósfera olía a mango dulce y recuerdo muy bien, como si fuera hoy, cuando María me despertó.
-¡Mamá, Mamá!, esas palabras y lamentos de un llamado de hija a la media noche y como si esas voces angustiadas y lamentos que parecían eternos en esos instantes fueran nacidos de esa misma oscuridad, y como la brisa que me acariciaba me causaron una angustia enorme y un pánico y miedo que nunca había sentido.
La anciana para de hablar. Carolina y yo la mirábamos con el Alfredo, todos aterrados con el relato, ella miraba de vez en cuando las azucenas y orquídeas que cuelgan del techo de la sala.
Hace una pausa, nos mira y luego continúa el relato.
-Sí, a las tres de la mañana, más o menos, escuché:
¡Mamá! ¡mamá, por amor a Dios, por favor ayúdeme!
Asustada corrí donde ella, llegué donde estaba, y la vi entre las sombras y en la penumbra de la noche con la tenue luz de la luna que entraba por la ventanita del cuarto.
Allí la encontré tratando de levantarse de la cama y apretándose desesperada el vientre con las dos manos.
Yo con mi experiencia de todos estos años vividos y con siete hijos muy bien paridos pensé...
¡Ay! ¡Mi pobre hija va a perder el bebé! Y más corrí hacia ella.
Después, apoyándose en mi brazo y con Juan sosteniéndola por el otro, logramos salir del rancho caminando a través del patio para llevarla a la letrina. Teníamos a la luna iluminándonos y quizás como único testigo.
-Mi vida, mi amor, tranquila aguanta, ya todo pasará. Le decía yo cariñosamente. Cuando de un momento a otro...
¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!, se le vino el fetico en medio de una gran hemorragia, ella, muy valiente, valiente y no sé cómo hizo, lo alcanzó a agarrar antes que cayera al piso.
La anciana levantándose de la silla camina un poco y nos explica todo lo sucedido esa noche por medio de gestos con las manos y angustiosos cambios de expresiones en la cara.
-Ella, María, mi hija, mi primera hija, lo alcanzó a coger entre sus piernas con sus delicadas manos y segundos más tarde, llorando a gritos al infinito en medio del dolor que sentía me dijo con sus palabras entrecortadas y convertidas en la dulce brisa de aquella apacible noche:
-¡Mamita! ¡Mamita!, tráeme ya y rápido el trapito de satín blanco y la toallita tricolor que tengo en el nochero.
¡Yo una anciana ya!
¡Míreme! mírenme todos, Señor Cato y Señora Carolina: me llené de ¡dolor, sí de dolor, de dolor!, y llorando, llorando con un dolor de madre desconocido para mí hasta ese día y hasta ese entonces de todos mis largos días de esta amarga vida, y sintiendo el dolor infinito de mi hija, regresé corriendo rapidito con la luz de la luna al rancho.
Adentro prendí la única vela que nos quedaba.
Y sacando el trapito de satín blanco y la toallita y con ellos en mis manos, estas manos, que usted puede mirar bien, ya cansadas de dar ejemplo de trabajo a todo el mundo, regresé a la carrera otra vez, donde mi hija María estaba y llevaba también en la totuma un poco de agua fresca con azúcar.
Al llegar me senté junto a ella y se recostó junto a mí, luego se lo di a beber con mis propias manos.
Llorando desconsolada mi pobre hija tomó el trapito blanco y la toallita, luego despacito, muy despacito, envolvió con toda su ternura y amor infinito el fetico ensangrentado con ellos.
Lo abrazó largos segundos junto a su pecho mientras lloraba desconsolada y miraba desafiante hacia la luna.
-La señora nos clava la mirada de sus ojos grises, y me dice:
No sé, de dónde, Señor Cato, hoy en día todavía me pregunto:
¿De dónde?, y con esa hemorragia que tenía y que mostraba la sangre en la batola de dormir mi hija.
Yo me pregunto a mis años de ¿dónde sacó la fuerza? ¿De dónde sacó esas fuerzas increíbles para caminar como una leona herida toda esa distancia, que hay desde el rancho… hasta el Jardín Comunitario?
Allá en ese lugar apacible del Jardín Comunitario, con sus propias manos y las uñas llenas de sangre, cavó con una de ellas un hueco en la tierra de unos veinte centímetros de profundidad; mientras sostenía en la otra, su fetico ensangrentado envuelto en el trapito blanco y la toallita tricolor.
Ella, mi hija, esa leona herida, con movimientos llenos de ternura y dolor sin límites, fue llevando lentamente el fetico otra vez y por última vez en su vida a su pecho.
Allí, en su pecho, con los pezones bellos, crecidos y tristes; esperándolo inútilmente para siempre, y observándolo todo, como testigos mudos e impotentes de su dolor ante el mundo. Allá, en el Jardín Comunitario, ella, mi María, lo abrazó largos instantes con todas sus fuerzas, y luego dando un envolvente e interminable grito celestial a todo este mundo invadido por la maldita violencia lo empezó a depositar muy despacito, muy despacito en la muy negra y siempre fértil tierra de estas majestuosas montañas y valles de la cruel y triste Colombia, mientras gritaba enfurecida a la luna y al universo su desgracia y su dolor.
Con el fetico ya puesto en la tierra lo empezó a tapar lentamente con sus manos mientras lo observaba y lo guardaba para siempre en su alma, mientras poco a poco la imagen desaparecía de este mundo por la tierra que ella iba poniendo encima.
De esta forma lo cubrió poco a poco con la negra noche y siempre grata tierra. Mientras seguía llorando desconsolada y mirando ahora como mujer y más desafiante que nunca, a su alrededor, a la luna y al triste mundo.
Yo la dejé por unos minutos y cuando regresé con más agua con azúcar en la mismita totuma me decía en medio de imparables sollozos -que me hicieron pensar que mi María se me había vuelto loca-.
-¡Mamá!, ¡Mamá!
¡Ya veraz cuando crezca!,
¡Será un hombre bueno y siempre útil a la comunidad!
¡Será un hombre que ayude a todo el mundo!, ¡sin egoísmos!
¡Será un hombre de Paz!
Abrazándola muy duro, y con todas mis fuerzas y sin encontrar la ternura y el amor suficientes en este infeliz y desgraciado mundo para calmar su dolor logré sacar de la inmensa rabia, frustración y odio que sentía en esos instantes para escasamente también decirle en medio de mi llanto y llena de nuevo coraje:
-¡Mija, mi vida!, tus lágrimas ya humedecieron para siempre la tierra que el hombre nuevo en Colombia y Latinoamérica necesita para crecer.
-¡Vamos, vida mía!, ¡vamos a dormir!
-Te lo suplico, María ¡ven mi vida!
No me respondía, era sólo sollozos.
La levantamos, y a rastras la llevamos a través del patio hasta el rancho y la pusimos lentamente en la cama.
Estando acostadas las dos y abrazándola con todas mis fuerzas volvió a tomar un poco más de agua con azúcar en la vieja totuma y en pocos segundos estando abrazadas y cogidas de la mano, mientras Juan nos observaba asustado, se quedó dormida.
No puedo contar o describir qué sentía en esos momentos.
Minutos más tarde, después de haberme acostado y en la soledad de mi cuartucho, pensaba en lo duro que es la vejez para las mujeres cuando estamos ya viejas, llenas de artritis en las manos, muecas, llenas de arrugas y feas. Y peor aún, cuando somos pobres y creemos que no hemos hecho nada de valor en este mundo. Cuando sobramos en todas partes, cuando estorbamos en todos los lugares y rincones que ni toser nos dejan o podemos. Y que sentimos que ya no somos útiles o nos hacen sentir inútiles para todo, que ya ancianas somos un fracaso al final de nuestras vidas, que ni para pagar un entierro de segunda y en cementerio de pobres tenemos.
Por todo eso anterior, me entró un no sé qué. Un desespero, un acelere, una sensación extraña, una angustia desconocida y sin pensarlo dos veces me fui directo a la cocina del rancho. No me importaba la oscuridad de ese momento, nada me importaba, y allí con la poca luz que entraba por la ventanita del cuarto encontré por fin el cabito de la vela que aún nos quedaba.
Estaba desesperada porque los cerillos se habían humedecido. Trataba y trataba de prender uno, ya llegando al final de la caja, ¡por fin un cerillo prendió!
Y luego con la luz del cabito de la vela me puse a buscar, a ver..., sí, a ver... si la suerte me acompañaba y -midiosito santo-, si al menos encontrara uno.
Después de algunos minutos de buscar entre todos los tarros ya vacíos por falta de granos, encontré uno. Un frijolito.
El único que nos quedaba. ¡Bendito sea mi Dios!
Cuidadosamente lo puse en mis cansadas manos y apretándolo duro para que no se me fuera a perder salí corriendo llena de entusiasmo al Jardín Comunitario.
En el jardín miré a la luna e increpándola por lo sucedido a María, y llena de extraña amargura y sentimiento que no sé qué era, hice un hueco en la tierra.
Creo que lo hice quizás con odio y no sé por qué, pero me sentí también llena de fe y de firme esperanza en el porvenir sembrando el frijolito en la mismita tierra, al lado donde María, ¡mi hija!, ¡mi vida!, mi leona herida enterró su fetico bien humedecido con el llanto.
En la fértil tierra del Jardín Comunitario para que el frijolito creciera para siempre acompañado del dolor infinito que ella sintió esa noche.
Señor Cato y Señora Carolina, sólo vine esta noche a decirles, que siento una emoción que no sentía desde hace ¡muchos y muchos años!
María está en embarazo otra vez y hoy, seis meses después que sembré esa planta de fríjol en aquel jardín, ¡esa planta es gigantesca y divina!
Todos los compañeros, vecinos, los ancianos, mujeres, hombres y todos los niños del Jardín Comunitario cogemos nuestros frijoles de ella.
Y… lo más extraño… ¡parece un milagro! Y aunque muchos no lo crean por siglos, ¡es que esa planta! ¡siempre!, ¡siempre tiene frijoles!
¡Y siempre tendrá para todas aquellas familias que tengan hambre!
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Barcelona - España
Octubre 7 de 1998
Carlos Echeverry Ramírez
COLOMBIA
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