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Bitácora, aquí y ahora
Pasa. Suele pasar.
Acerca de
mí.
Sindicación
 
Palermo, domingo por la noche

No podés, con un auto así no podés
, me dice por vez no-sé-cuánto. Otra, me dice chasqueando los dedos y señalándome el vidrio de la puerta que está a mi lado, se trabó y ahora no quiere bajar. Y andá que el dueño lo arregle, ja, iluso. A mí nunca me tocaron autos buenos para manejar, pero andá que te toca un chofer que sea menos cuidadoso que yo en el manejo y este auto no le dura ni dos semanas. ¿Charcas y qué, me habías dicho? Ah sí. Y mete mano para buscar un fusible. Hace falso contacto. Este limpiaparabrisas es una porquería. Lo peor es que si voy manejando no puedo prenderlo porque no reconozco bien cuál es el que tengo que tocar. No, pero así no podés. A mí me da vergüenza salir con un auto así. A la gente la tenés que llevar bien. A mí me tocó manejar un colectivo también. Estuve un tiempo en la 103 y otro tanto en la 106. Poquito eh, pero bien. Si te tocaba uno que tenía buen andar era un placer. Ahora, a veces me tocaba cada uno que madre mía. Con el 106 tenía uno fijo que era una porquería. Agarraba los empedrados y me temblaba todo; el piso, el techo, los vidrios. Y ahí nomás yo me tranquilizaba y manejaba despacito. Si manejaba más rápido hacía todavía más ruido. Así me he comido demoras de 50 minutos. Pero bueno, todo sea por llevar mejor a la gente. Esperame que aprovecho el semáforo para acomodar el espejito, y se baja corriendo del auto, da la vuelta por el capot y viene a meter mano al espejito del lado del acompañante, espejito que yo no puedo tocar, claro está, porque el vidrio está trabado. ¿Y de adentro no lo podés manejar? No, qué va a andar esto de adentro. Mirá, tocálo, no va ni para atrás ni para adelante. No, no (repite “no” durante unas 10 veces seguidas en distintos volúmenes). Ayer se me quedó en la Riccieri. Decí que me dieron batería los del peaje, porque sino no sé qué hacía. Y encima hoy salen todos los pelotudos a manejar. La gente maneja como es. Y acá la gente en Buenos Aires está loca, acelerada, con quilombos las veinticuatro horas. Pero vos no podés trasladarlo en el manejo. Y me mira unos segundos. Mirame a mí, yo ahora estoy sin un mango y sin embargo no por eso voy a hacerme el loquito arriba de un auto. Al contrario, voy a tratar de manejar despacito, serenarme un poco. ¿Acá doblo?
Ya dentro del departamento; Pará de gritarme Adrián, pa-rá de gritar-me. ¡No puede ser que nunca tengamos un fin de semana en paz! ¡Vos y tus conflictos de mierda! Me estás buscando, me vas a sacar, vas a lograr que te reviente Adrián, lo vas a lograr. Mirá que mi paciencia tiene un límite. A todo esto la voz de Adrián se confunde, es de un tono grueso, grave, y las ondas no llegan nítidas hasta aquí. La voz de ella es fuerte, clara, se mezcla con resignación y sollozos. La de él es revanchista, sobradora, contestataria. La escena termina con ruidos de forcejeos, muebles que se corren, tensión en el ambiente, y ella diciéndole, ¿Esto es lo que querés? ¿Que te pegue?, ¿Que me vaya? ¡¿QUÉ CARAJO QUERÉS?! Un portazo, y la lluvia que no deja de caer.

 
No