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Bitácora, aquí y ahora
Pasa. Suele pasar.
Acerca de
mí.
Sindicación
 
El mismo destino

Es muy linda. Ella es muy linda. Ella es tan linda que temo volver a perderme. Su frescura, esa increíble sonrisa y la carcajada a punto de desbordar. De pronto compartir momentos, compartir sensaciones, y saber que está allí. Tan sólo contemplarla, intentando no exponerme, de a ratos, de reojo, como cuando piensa y mira al vacío, o tal vez al piso, y yo la miro, congelándola en mis retinas por unos cuántos segundos. Es divertida. Conozco pocas mujeres que transmiten de manera tan natural sus ganas de reir. Y ella lo hace como ninguna. Es contagiosa. Me atrae tanto escucharla reir que me siento tentado de hacer el ridículo delante de sus ojos tan sólo para oir el vacío, primero, ese sonido que se genera unos segundos antes de disparar la carcajada, y luego la risa, que vendría a ser lo segundo, el instante mismo cuando contrae el pecho, vuelve su cabeza hacia abajo, y acompaña el movimiento del abdomen con sus brazos mientras una lágrima se escapa de sus ojos para hacer lo suyo mejilla (colorada) abajo.

Tiene frescura. Ella expresa sus ganas de vivir aún cuando no está de ánimo. Lo transmite. Es contagiosa, otra vez. Pero no ya de la risa, sino de su dulzura, de la mirada tierna, de la mirada comprensible. Es tan linda. Pienso en ella y se despierta en mí una sensación que conjuga admiración y fascinación a la vez. Se amalgaman mis ganas de quedarme allí, inmóvil, mirándola y eventualmente escuchándola cuando susurra a lo lejos la melodía de alguna canción, con mis ganas de tomarla de la mano, y acariciarla. De decirle que ya no lo puedo evitar. Que desde el primer momento en que la vi, aquella reunión, aquella oficina, aquella tarde, algo de ella se quedó en mí.. Hasta recuerdo su primer visita, su indumentaria a tono de rosas, y el perfume. Creo que no pasaron más de cinco visitas hasta que le tuve que decir, seguramente sonrojado, que su perfume era muy rico. Ya no recuerdo como lo dije, pero estoy seguro que debo haber dicho cualquier cosa. Uno piensa tanto las cosas que va a decir que cuando las dice, las dice mal. Y pasó un tiempo, pasaron varias oportunidades en las que no encontraba el espacio para hacerlo, pero una vez la invitación, y la aceptación. Y luego otra vez la invitación, y nuevamente la aceptación. Y hasta yo me sorprendo que pueda sentirme tan bien con ella. Las conversaciones, una bebida de por medio, y los alcoyana-alcoyana que empiezan a repetirse una y otra vez. Y es hasta lindo conversar con ella cuando me plantea algo que no puedo refutar. No me importa no tener la razón en ese tema. No me importa, simplemente, porque no la tengo. Mis razones se han ido con ella, al menos en ese momento en que estamos juntos. Y ella que no me hace sentir mal. Ella, que debe saber que yo estoy parado en el mismo umbral que el otro, al cual criticamos juntos. Y sí, esas cosas que se hacen para no quedar en evidencia. Y ahora yo soy como ese, distinto pero igual. Y hasta me apeno por ella. Sin buscarlo, sin haber hecho borrón y cuenta nueva, se encuentra asediada por dos desconsiderados. Y lo veo en ella, en sus ojos, en sus relatos. Me quiere, creo que hasta me respeta en varios aspectos, pero nunca se vería junto a mí. Y pensar en eso hace que involuntariamente gire la cabeza levemente hacia la izquierda y abajo, deteniendo mi mirada en horizontes, que se nublan, porque no importa ver nada, sólo a ella, en mi cabeza, y en las retinas, como congelada.
No