Voluntad sobra, lo que faltan son monedas
Pero qué lunes. Primero que abro los ojos dos cuadras después de la parada. Me bajo, confundido, en ese trance casi automático que hace el cuerpo pegando un salto cuando reconoce (o más bien no) esas esquinas post-parada. Voy hasta Acoyte a tomarme el subte. No es para tanto pienso yo, que tendría que haberme bajado en Rosario y Centenera para tomármelo en Primera Junta. Tengo que ir hasta Perú a hacer combinación con el D. Bajo con la mirada fija en mi reloj. Comienzo a sospechar algo cuando me adentro en el andén. De aquel lado hay como treinta veces más el número de personas que de este lado del andén, que valga la aclaración, no sumábamos más que dos. Caigo en la cuenta de que me estoy tomando el que vuelve para Primera Junta. Torpe. Bueno, de última tengo la ventaja de que voy a viajar sentado. Retrocedo con el subte una estación para volver a salir desde su origen. Los ojos se me cierran. Sonando Smashing Pumpkins en mi walkman con una versión de Never let me down again. Sí, se me cierran. Loria. Hasta ahí aguanté. Después ya no más. Me despierta un golpeteo en la madera que cubre las paredes del vagón. Abro los ojos y otra vez la misma sensación que tuve un rato antes. Me pongo de pie, abruptamente. Plaza de Mayo. Pucha, me volví a pasar. Salgo del vagón, y vuelvo a meterme en él. Este tren sale primero dice el cartelito y me siento. Ya no me quiero poner los auriculares. Es una sola parada. Y finalmente, Perú, y ahora sí la combinación con la D. Palermo se hace desear, pero estoy curado de espanto, ya no cierro los ojos ni de casualidad. En mi reloj, las 9:05. En los monitores, la aclaración buscando la compasión del viajante. Ya no es más para la birra. Ahora es para el subte.





