Oriente | me
Oh! No lo puedo creer! Y sujeto el paquete con mis dos manos analizando más de cerca si realmente se trata de aquello. Sí sí, es Dulce de Tamarindo, le digo a C que se da vuelta y me mira con una cara extraña. ¿De qué?, de Tamarindo. Trato de olerlo para distinguir si se trata de alguna variedad del Tamarindo pero está herméticamente cerrado y no puedo distinguir su aroma del de los pescados que aparecen en la góndola siguiente. Demoré meses buscando aquel producto en varias casas regionales. Nadie lo tiene. Creí que mi única salvación iba a ser que me lo envíen desde México. Ya está. Y me voy eligiendo una botella de Vino añejado que es mucho más linda que las de Sake, que definitivamente se parecen a una botella de agua mineral. Tamarindo para mí, Vino para mi hermano. Es su cumpleaños. Damos un par de vueltas más. Arribeños, Mendoza, supermercados a tres pasos de distancia, un par de restaurantes y las súbitas ganas de comer un chop suey. Pero antes el tren, y entonces detenernos a esperar que la barrera suba de una vez por todas, aunque en realidad es detenernos para poder estar abrazados, y para que mis labios busquen los suyos. No sé si notaste que no fumé nada. Y continuar caminando para caer en la cuenta de que es verdad. No ha encendido un solo cigarrillo. Lo cual me deja un tanto atónito. Imagino lo duro que debe ser para ella no fumar. Lo valoro inmensamente. Decirme eso es significativamente superior a decirme que me quiere y que se quiere mucho. Sonrío mientras me acerco para decirle que me encanta que esté intentando dejarlo. Y nos vamos caminando abrazados. Barrio chino de encuentros. Barrio chino de desilusiones, el Tamarindo sabe a alga en descomposición.





