Filoso
Ya no tengo dudas de que cuando lo hace lo hace conscientemente. Contarme de que se esta escribiendo con él, que los mails van y vuelven cada vez con mayor cercanía y dardos de mediana distancia. Los dardos también me tocan a mí. Que piensa en él, que lo admira, y sus ojos se pierden en el cielo. Vaya uno a saber cómo es él. A priori, el título de Profesor lo posiciona con mejores posibilidades. Otra dardo más, ahora lo siento más punzante. El mirarme a los ojos y decirme acá hay amor, el indicarme con sus palabras que se vislumbra un encuentro inminentemente. Y el dardo vuelto daga me da de lleno en el ventrículo derecho. Se me van las palabras. Ni ánimo de continuar la conversación. Miro primero a las baldosas y después un poco para adelante. Se me van las ideas, los tópicos a tocar. Mejor salir rápido al cruce, y no mirarla a los ojos. La vulnerabilidad está por cruzar la línea roja. Un chiste, sí, un chiste, algo, un comentario gracioso, que me saque del trance y me devuelva el espíritu. El frío juega de cómplice y ahora la escucho reír y siento como el calor vuelve al cuerpo. Plaza San Martín y yo volviendo a Belgrano con la excusa de que no hay nada allí que me lleve directo a casa. Estoy tan cerca de resultar un adorable caballero como de ser un patético paria. No me importa, con ella me siento bien, y no me interesa irme del centro hasta Belgrano para luego volver a casa -lejana- tan sólo para compartir algunos minutos más junto a ella. El vacío llega después, cuando ya no está allí, cuando me toca volver a casa. Mirar por la ventana y cerrar los ojos intentando dormir. Por favor, evite el adoquinado, el bamboleo me remueve la daga aquí dentro, sabe.





