La Espiral de Kundalini
Y así, como Takker, y con él, pasaron una semana refugiándose en una rutina conocida que les diera la paz, la seguridad, la confianza y la sensación de que todo era igual que antes, de que los amigos no habían sido sustituidos por otros, de que los amores no se habían marchitado, de que el mundo no había dado otro giro imprevisto, dejándolos, ciegos, sordos y mudos, en la parte inferior de la onda, alejados de todo lo que habían construido con esfuerzo y tesón.
No se habían movido de su sitio, el mundo había seguido girando y ellos, a pesar de que lo sabían, no habían girado con él. Ahora tendrían que partir de cero, volver a ganarse la confianza de aquéllos que un día fueron algo especial.
Habría que esperar, desplazarse al doble de velocidad que el resto, encontrarse en el próximo giro. Pero tenían más años, más experiencia. Y más cansancio.
No se habían movido de su sitio, el mundo había seguido girando y ellos, a pesar de que lo sabían, no habían girado con él. Ahora tendrían que partir de cero, volver a ganarse la confianza de aquéllos que un día fueron algo especial.
Habría que esperar, desplazarse al doble de velocidad que el resto, encontrarse en el próximo giro. Pero tenían más años, más experiencia. Y más cansancio.






