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Navegando en el Lobo Solitario
Un Barco y el mar. Aventuras vividas a través de los ojos de 6 personajes....¿ficticios?
Acerca de
¿Es posible ver la vida a través de los ojos de otras personas?
¿y si estas personas no son reales?
En el galeón " El Lobo Solitario", encontrarás a nuestros seisprotagonistas , que son una parte de cada uno de nosotros. Representan una faceta de mi personalidad, y ellos son los que cuentan las cosas de mi vida que yo no me atrevo....
Sindicación
 
El Hermanísimo
Viste con ropa holgada. Compra por impulso, sea o no su talla. Es olvidadizo y despistado (luces encendidas, llaves dentro de la casa, un cuhillo en la nevera, y se va sin pagar del bar), lleva el pelo muy corto y gafas. Y es un personaje realmente entrañable.

Tiene una historia oscura y amarga (como la tengo yo mismo) que no cuenta a nadie más que en noches de oscura borrachera, pero que todos en la familia sabemos. Por respeto, por prudencia, por no incordiar, no se la recordamos. Él tiene que hacerse cargo de sus propios fantasmas y conjurarlos con sus métodos.

Tal vez por ello se enganchó a los porros. Tal vez por ello va, noche tras noche, de fiesta, probando mujeres, drogas (no me lo ha confesado explícitamente, pero sabe que yo lo sé y tampoco me lo ha negado ) y placeres prohibidos. O tal vez no. Tal vez lo lleve grabado en el código genético que le imprimieron unos padres primerizos, pues él es el mayor de todos. El Hermanísimo.

Cuando llegó a Valencia, y lo recogí en una estación de tren abarrotada de gente, tenía una mano por delante y otra por detrás. Sin trabajo, sin prestación por desempleo y con un montón de deudas por tarjetas de crédito, su único equipaje era una mochila que le había dejado su hermana (y la mía, claro) y que, además, había roto durante el viaje.

Estuvo en mi casa sin pagar un duro. Conoció a mis amistades. Le ayudé, (por aquel entonces tenía influencias) a buscar un trabajo del que hoy es el segundo jefe y, preocupado, una semana después de que llegara, tuve que partir a uno de mis eternos viajes.

Lo llamaba casi cada semana, o si no, me llamaba él. Volví para aclarar unos papeles, un mes después. Y la puerta que le había abierto la había traspasado y había andado un buen camino.

Me siento terriblemente feliz de que haya prosperado en el trabajo tal y como lo ha hecho. Yo sólo le facilité una entrevista sin compromiso. Pero es bueno. Condenadamente bueno. Segundo de toda España en ventas de un tipo. Primero en ventas en ciertos trimestres. En el bar lo aprecian ya más que a mí (sic). Sus amigos lo respetan y ha conocido, de hecho está conociendo, la felicidad.

Pero cada hombre tiene sus propias taras, y cada vida su momento agridulce. No pretendo ni por asomo que me haga caso en todo. Faltaría más. Es el mayor, es el Hermanísimo. Pero a veces me mata que no asuma las responsabilidades, que no valore los esfuerzos, que no se implique, en todo lo que trato de hacer por los dos, o por él.

Con la compra de la nueva casa se ha desatado el temporal. La puse a su nombre. Arriesgué. Tenemos que mudarnos cuanto antes para alquilar ésta y no perder dinero (no podemos pagarnos dos letras). Y bien... en lugar de estar mirando muebles, precios, pintura, etc... cuando yo entré a trabajar, estando él de vacaciones, se ha dedicado a montar unas fiestas de aúpa a altas horas de la madrugada, por lo cual me han llamado la atención a mí. Se ha gastado bastante dinero que pedimos de más para amueblar en pagarse las deudas por tarjetas que tenía, (cosa que me parece estupenda, cuantas menos deudas tengamos mejor), alegando que si no le quitan de la nómina los casi 800 euros mensuales que tiene puede asumir gastos, ha gastado dinero del común en esas fiestas de aúpa, se ha burlado cuando yo, preocupado, le exponía las dudas sobre si era o no conveniente gastarse un pastón en un hidromasaje, diciendo que, bueno, que habría que recortar de otro lado, para luego decir que hay que contratar a una chica para limpiar... me ha desesperado una y mil veces.

Pero es lo que tiene ser un Hermanísimo. No sé si tirará la sangre o qué, pero el muy cabrón, cuando más suspicacias levantaba en mí. Ha sabido responder y sobrepasar con creces todas mis espectativas. Tiró de mí económicamente, dejó de ir de fiesta una temporada, compró la lavadora, la nevera y la pintura, abrió las puertas a los técnicos que tenían que efectuar las mediciones, se preocupó de hablar con un albañil, domicilió la nómina en la cuenta común para que no nos (y digo nos) faltase dinero en caso de necesidad, firmó los papeles para las subvenciones y los cambios de titularidad de agua, gas y luz sin mirar y confiando en mí para rellenarlos, madrugó (a las 11 para él, con esa vida que tiene, es un mérito) cuando se lo pedí y estuvo en 5 minutos donde quiera que le dijese que estaba.

Si, todavía es un desastre, todavía tiene la lavadora llena de ropa y no puedo lavar yo hasta que no la saque. Y el tendedero lleno de ropa pendiente de planchar, y la tabla y la plancha en el centro del salón. Y su cuarto es un compendio de olores, ropa por planchar, ceniceros y ceniza, botellas de agua y botes de cerveza vacíos. Todavía me desespera con ciertas bromas, y todavía estoy temeroso de que, en un momento dado, venda la casa (lo sugirió muy efusivamente cuando vio que el baño, que es grandísimo, no daba para el hidromasaje, con el increíble argumento de que ganaríamos dinero por la venta y podríamos comprar otro más barato, con las habitaciones más pequeñas y el baño gigantesco, hasta que lo mandé tres veces seguidas a tomar por culo, cabreadísimo) vender, digo, en un ataque de irresponsabilidad de esos que le dan, sin respetar mi criterio ni mi opinión y se meta en un lío y nos deje con el culo al aire. Pero todavía también, cuando llega cada noche, bastante borracho o no, o cada tarde al bar, me hace reir con sus comentarios, con sus alegrías, con sus ilusiones, que a veces son de niño pequeño y otras no. Todavía me ilusiona ver que tiene carácter y que dice que va a ver nueva vecina, la que me regañó, si puede con él o no.

Es lo que tiene un Hermanísimo. Haga lo que haga, siempre se le quiere.
No